domingo, 3 de marzo de 2013

VOSOTROS SOIS


·         "Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2: 8).
·         "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado" (Juan 15:3; 13:10).
·         "Porque habéis muerto, y vuestra vida está escon­dida con Cristo en Dios" (Colosenses 3: 3).
·         "Mas por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención" (1 Corintios 1: 30).
·         "Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (Gálatas 3: 28-29).
·         "Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miem­bros cada uno en particular" (1 Corintios 12: 27).
·         "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?... El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es" (1 Corintios 3: 16-17).
·         "Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios" (Efesios 2: 19).
·         "En quien vosotros también sois juntamente edifi­cados para morada de Dios en el Espíritu" (Efesios 2: 22).
·         "Vosotros también, como piedras vivas, sed edifi­cados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo" (1 Pedro 2: 5).
"Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinie­blas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios" (1 Pedro 2: 9-10).

SALVOS POR GRACIA, POR MEDIO DE LA FE


Puede que algunos lectores de estas líneas no sepan si son verdaderamente salvos. Un día son felices, creen que poseen por fin el gozo de la salvación, y otro día, sin ninguna razón evidente, todo cambia, están tristes y dudan. Otros están preocupados por su conducta; les parece que son hijos de Dios, pero cometen una falta, tienen un momento de malhumor, mienten, y la realidad de su conversión les resulta problemática.
            ¿Qué nos dice la Palabra de Dios? ¿Somos salvos cuando gozamos del Señor? ¿O acaso somos hijos de Dios cuando nuestra vida es santa? ¡No! Creyendo en Jesús, Dios nos "dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1:12) ¿En qué condiciones? —por gracia, por medio de la fe.
            El Señor Jesús se ofreció en sacrificio en la cruz, "el justo por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 Pedro 3:18). He aquí la gracia; he aquí la fe: Cristo atestiguó "que Dios es veraz" (Juan 3:33). Se debe creer lo que Dios dice: "Cristo... murió por los impíos" (Romanos 5:6). ¿Soy yo un impío? Si no pienso que sea tal cosa, entonces Cristo no murió por mí; pero si reconozco mi verdadero estado en la presencia de Dios, basándome en su Palabra, sé que Jesús murió por mí. Eso da la paz: la fe en una obra cumplida por otro, una sola vez (Hebreos 10:10-14).
            Cuando asalta la duda, Satanás trata siempre de sembrarla en el corazón de los creyentes. Nos conviene recordar esto: La obra de Dios es una obra perfecta (Deuteronomio 32:4). "Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2:8).
            La obra de la salvación no depende de nuestro andar; ya está hecha. Si la tenemos como don de Dios, la poseemos. ¿La podemos perder? Satanás no puede arrebatarnos de las manos del Padre (Juan 10:28- 29). Sin embargo, no olvidemos una cosa: Pedro —y otros también— escribió a propósito de personas que se apartaron de las contaminaciones del mundo, mediante el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, y que otra vez se enredaron en ellas: "Vuelve... la puerca lavada a revolcarse en el cieno" (2 Pedro 2:20-22). Precisamente, la puerca nunca se transformó en oveja; sólo se lavó, exteriormente. Las personas descritas en esos versículos no experimentaron el nuevo nacimiento, ni fe en Su nombre, lo cual otorga la potestad de ser hechos hijos de Dios.
            Una influencia cristiana, un hogar creyente o un conocimiento intelectual de la Biblia no dan la salvación. Sólo la fe, la fe de corazón (Romanos 10:10) en la obra perfecta cumplida en la cruz, nos lleva a Dios, nos da la certeza de una salvación perfecta. Nada tenemos que hacer sino adorar y mostrar nuestra gratitud mediante una vida consagrada al Señor.       
                                        
Creced 2005 - N° 3

Los ángeles: El Ángel de Jehová


4. Los Ángeles.


El ángel de Jehová


Características del Ángel de Jehová.
            Después de haber revisado los pasajes que nos hablan del Ángel de Jehová, y haber analizado algunos pasajes relevante, ya podemos definir cual es su ministerio. Podemos identificar dos características principales en este Ángel de Jehová.

1.  En Ángel de Jehová es  Jehová
a.                  En Éxodo 3. Allí, el Ángel de Jehová se aparece a Moisés desde la llama de fuego en una zarza. El Ángel le da a Moisés la misión de liderar y sacar al pueblo de Israel fuera de Egipto. Cuando Moisés le pregunta por su nombre, el Ángel de Jehová se identificó con el nombre de “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14). Todos sabemos que éste es el nombre con que los judíos, más adelante, reconocían a Dios. Resumiendo: el Ángel de Jehová es Jehová.
b.                  Génesis 22: Aquí Dios habla con Abraham y le ordena tomar a su hijo Isaac para ofrecerlo en sacrificio (Gn. 22:1). Cuando Abraham está a punto de hacerlo, el Ángel de Jehová lo detiene y le ordena no hacerlo, y entre sus palabras encontramos,  “Porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo” (Gn. 22:12a). Concluimos: Ofrecer a Isaac, lo estaba haciendo al Ángel de Jehová.
c.                   Jehová se le apareció en sueños a Jacob en Bet-el, en Génesis 28. En el extremo superior de la escalera hay alguien que le dice a Jacob: “Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac… (Gn. 28:13b). Ahora, en Génesis 31:11-13, encontramos que el Ángel de Jehová le dice a Jacob: “Yo soy el Dios de Bet-el…”. Una vez más, vemos que Ángel de Jehová es Jehová.

2.  El  Ángel de Jehová  es otra persona, que se llama Jehová.
            En Zacarías. 1: 12-13 encontramos al Ángel de Jehová intercediendo por Judá frente a Jehová. Se puede notar en los versículos la presencia de dos personajes perfectamente definidos, Jehová y el  Ángel de Jehová.  Y en Zacarías. 3: 1-3  encontramos la presencia del Ángel de Jehová y de otra persona llamada Jehová, en donde ambos se intercambian y se confunden a tal grado  que los dos se identifican de la misma manera.
            El punto es que el Ángel de Jehová es una persona diferente a otra, llamada Jehová.

Sus Ministerios.
     Después de haber revisado los principales versículos en donde encontramos como persona relevante al Ángel de Jehová, podemos revisar los ministerios que ha desempeñado.
1.   Revelación. Entre los ministerios del ángel destaca el de reve­lar el nombre de Dios, Jehová (Éx. 3:2, 4, 6, 14). A él, por encima de todos los ángeles, se le concedió este privilegio único. Jesucristo es la revelación permanente de Dios en forma humana (Jn. 1:14,18; Col. 2:9), y también reveló el nombre de Dios (Jn. 17:6) en su per­sona y en sus palabras.
2.   Mandamientos. En una misma ocasión, el ángel de Jehová mandó a Moisés que rescatase al pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto y que les condujese a la Tierra Prometida (Éx. 3:7, 8). Lla­mó y encargó a Gedeón que se enfrentase, con la fuerza de Dios, a los madianitas (Jue. 6:11-23). También llamó y ordenó a Sansón a través de sus padres (Jue. 13:1-21). Jesucristo llamó y encargó a sus discípulos y a nosotros que rescatemos, mediante el evangelio, a los hombres del pecado (Mt. 28:19, 20; Jn. 20, 21).
3.   Liberación. El ángel de Jehová era también el ángel de la libe­ración, ya que en cada uno de los casos mencionados actuó para liberar al pueblo de Dios de la servidumbre a los enemigos. Jesu­cristo, a su vez, libera del temor, de la muerte y de la culpa por el pecado a aquellos que confían en Él (Ef. 1:7; He. 2:14. 15) y a Israel (Ro. 11:25,26).
4.   Protección. Su ministerio de protección era muy conocido en los días de David. Salmo 34:7 declara que «el ángel de Jehová acam­pa alrededor de los que le temen, y los defiende». Ezequías fue tes­tigo de una espectacular liberación frente al ejército asirio (2 R. 19:35). Hoy en día, Jesucristo es nuestro protector. No debemos tener temor de los hombres, «porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré» (He. 13:5).
5.   Intercesión. El ángel de Jehová intercedió por el pueblo de Israel cuando los enemigos lo oprimían. Le rogó a Dios que actuase en su favor y lo liberase (Zac. 1:12, 13). Nuestro sumo sacerdote vive siempre para interceder por nosotros (He. 7:25).
6.   Defensa. Zacarías presenta al ángel de Jehová como el aboga­do de los creyentes imperfectos de Dios, a los que defiende de las acusaciones de Satanás (Zac. 3:1-7). Jesucristo el justo es nuestro abogado, el defensor de nuestra posición, adquirida por Él median­te la muerte en el Calvario, muerte que pagó con creces para Dios el precio de nuestros pecados (1 Jn. 2:1, 2).
7.   Reafirmación del pacto. El ángel de Jehová reafirmó el pacto con Abraham (Gn. 22:11-18). Dios había prometido a Abraham con anterioridad grandes bendiciones personales, nacionales y univer­sales (Gn. 12:1-3). Abraham había creído a Dios (15:5, 6), y Dios «hizo un pacto» incondicional con él (15:8-21). Tan grande era su le que hubiese sacrificado a Isaac, su único hijo; pero el ángel de Jehová le detuvo y le confirmó las promesas de Dios (22:15-18). Es por esto que se identifica al ángel con Jehová como el que hizo un pacto inquebrantable con Israel (Jue. 2:1). Cristo fue enviado para reafirmar las promesas de la liberación a Israel y el perdón de peca­dos para todos (Mt. 26:28; Ro. 15:8, 9; He. 9:15).
8.   Consuelo. El ángel de Jehová encontró y consoló a Agar, la esclava expulsada, y prometió darle seguridad y una gran descen­dencia (Gn. 16:7-13). Cristo vino para consolar y para bendecir (Le. 4:16-19) y sirvió a los expulsados (Jn. 9:35-38; 16:1-4).
     9.    Juicio. En ciertas ocasiones, el ángel de Jehová vino a juzgar. Cuando Satanás incitó a David para que censara a Israel y se sintie­se orgulloso de su poderío militar, Dios se disgustó y envió al ángel de Jehová para que destruyese Jerusalén parcialmente (1 Cr. 21:1, 14, 15). Cuando David le vio con la espada desenvainada y el brazo extendido, cayó sobre su rostro arrepentido y en intercesión por el pueblo (vv. 16, 17). Tras esto, el ángel le encomendó la construc­ción de un altar, el cual se convirtió posteriormente en el emplaza­miento del templo de Salomón (21:18; 24-29; 22:1, 6). Durante la gran tribulación, el Señor Jesús juzgará a su pueblo de Israel junto con los habitantes de la tierra que no sean creyentes (Mt. 24:44-51; 25:32-42; 2 Ts. 1:5-10; Ap. 5:5; 6:1-17). Una vez se haya hecho la tría, se reconstruirá el templo para la adoración (Ez. 20:37-42; 43:2- 5, 12).

Otros Posibles ministerios
Otros pasajes parecen referirse al ángel de Jehová a pesar de que su nombre no sea explícitamente mencionado. De ser así, podría­mos atribuirle otros posibles ministerios. Algunos de los ministe­rios siguientes se solapan, debido a que buscamos, más que nada, el énfasis de cada referencia.
1.   Hacer una llamada a la fe y al compromiso. Abraham interce­dió ante el ángel de Jehová (Gn. 18:22-33). El ángel también llamó a Jacob para que tuviese fe en Jehová (Gn. 31:11 -13). Más tarde some­tió a Jacob, le concedió un nombre nuevo y le puso en un camino nuevo (Gn. 32:24-32). Estas acciones prefiguran al Señor Jesús.
2.   Proveer y custodiar. Al bendecir a los hijos de José, Jacob habló de «el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal» (Gn. 48:15, 16). Es posible que, teniendo en cuenta el paralelismo hebraico que se establece, se esté equiparando a Dios con el ángel, a quien se atribuye protección y provisión.
3.   Perdonar y guiar. En Éxodo 3:20, 21 Dios prometió enviar un ángel a Moisés e Israel para que les cuidase en el viaje y les llevase a la Tierra Prometida. Debían obedecerle y no enojarle. El ángel podía perdonar pecados, lo cual sólo Dios puede hacer, porque el nombre de Dios (que indicaba su carácter y autoridad) estaba en él. Nos encontramos ante otra aparición previa del Señor Jesucristo, quien nos cuidará en el transcurso de nuestra vida y nos llevará a nuestro destino, perdonándonos, en la autoridad de Dios, los peca­dos diarios.
4.   Representar la presencia de Dios. En el viaje a través del de­sierto, Moisés intercedió por el pueblo de Israel tras su primer in­cumplimiento de la ley. Dios respondió y prometió: «He aquí mi ángel irá delante de ti»; e, inmediatamente después, dijo otra vez: «Pero yo no subiré en medio de ti». Moisés volvió a rogarle y Dios le respondió: «Mi presencia irá contigo, y te daré descanso» (Éx. 32:34; 33:3, 14, 15). Esto nos muestra la distinción entre un ángel ordinario y el ángel del que se dice que llevaba en sí mismo la pre­sencia de Dios (Éx. 23:20, 21). El ángel de Jehová parece ser «el ángel de su presencia» (Is. 63:9, Biblia de las Américas).
5.   Conducir a través de la nube de gloria. Se relaciona la nube de fuego en forma de columna que guió a Israel en el viaje a través del desierto con el ángel de Dios (Éx. 13:21,22; 14-19). Él ángel de Jehová, en caso de que se trate de él, fue quien condujo y protegió al pueblo de Jehová en el transcurso de su peregrinaje (véase Nm. 9:15-23).
6.     Liderar las huestes celestiales. Si quien se apareció a Josué justo antes de que Israel iniciase el camino para conquistar Jerusalén fue el ángel de Jehová, entonces sabemos que se le llamó «Prín­cipe del ejército de Jehová» (Jos. 5:13-15). Conduce al pueblo de Dios a la victoria sobre sus enemigos (ver Ef. 6:10-18).

Paz Con Dios


CAPÍTULO 3
Un marinero asistió a una reunión en donde se predicaba el Evangelio. Lo que escuchó le interesó vivamente y cuando la reunión terminó se fue a hablar al predicador. Pero cada vez que se le presentaba el evangelio de una manera sencilla, siempre respondía con estas palabras "No me doy por satisfecho". Pero el predicador le contestó: —Mi querido amigo, poco importa que usted no esté satisfecho; la gran cuestión es ésta: ¿Está Dios satisfecho?
Vamos a suponer que yo fuera un deudor obligado por la justicia a pagar cierta cantidad de dinero. Poco importaría que estuviese yo satisfecho o no; lo importante sería que la persona a quien le debo el dinero quedara satisfecha con el pago... la gran cuestión es ésta: ¿Está Dios satisfecho? El tiene cuentas con nosotros, pero Jesús murió para pagarlas. ¿Está Dios satisfecho? Sí, mi estimado amigo; Dios está eternamente satisfecho y lo probó resucitando de los muertos a Jesús, nuestro Señor, y coronándole de gloria y honra.
Permíteme insistir sobre este punto; y para aclararlo un poco más, usaré una comparación. Supongamos que estoy a punto de ir a la cárcel por una deuda que no puedo pagar. Un amigo mío, sabiendo que tengo muchas obligaciones con mi familia se presenta y me dice generosamente: "Me ofrezco a ir a la cárcel en lugar tuyo". Yo acepto con gratitud su generosa oferta y guardo constante recuerdo de mi buen amigo.
Después de un tiempo me lo encuentro en la calle, y exclamo sorprendido: " ¡La deuda ya está completamente pagada!”¿Que cómo lo sé? "Ah, pues porque viste a tu amigo en la calle", me dirás tú, y agregas aún más: "Bien sabes que las leyes de la nación no le hubieran permitido la libertad si no hubiera dado completa satisfacción o no hubiera liquidado la deuda". Tienes razón, amigo lector. ¡Has hecho una muy buena observación! Sé, pues, que la deuda ha sido pagada, porque he visto a mi amigo fuera de la cárcel, en completa libertad.
Aplicando esta comparación a la realidad, diré que yo, lo mismo que cada una de las personas que lean este folleto... y, tú, amigo lector, habíamos contraído una gran deuda con Dios; pero el Señor Jesús dijo: "Seré yo el Sustituto, moriré en la cruz, sufriré de las manos de un Dios justo y santo toda la sentencia que a ustedes iba a ser aplicada", y El caminó hasta la cruz. Muriendo exclamó: "Consumado es", y su cuerpo fue puesto en el sepulcro. Al sepulcro corresponde la figura de la cárcel; pero la piedra que lo cubría fue removida y quitada de su lugar, no para que el Salvador pudiera salir, sino para que pudiésemos mirar al interior del sepulcro, y ver que ¡el Salvador ha resucitado!

La tumba abierta: Una puerta a la felicidad eterna
El Señor pudo salir del sepulcro a pesar del sello que había puesto el gobernador romano. La piedra fue quitada para que pudiésemos mirar, y mirando, se desvanecieran nuestras dudas y recelos y pudiéramos exclamar triunfantes: " ¡El Señor ha resucitado verdaderamente!"
El resucitó por la potencia de Dios y por su propio poder. ¿Qué conclusión, pues, sacamos de la resurrección del Señor Jesús? Lo vemos en libertad y decimos que la deuda está pagada. La justicia está satisfecha, puesto que Jesús ha resucitado; éste es el punto central del cristianismo. Cristo Jesús no sólo murió por nuestros pecados, sino que "resucitó al tercer día, conforme a las escrituras (I Corintios 15:4) y de su muerte y resurrección depende nuestra salvación.
Llevemos nuestra comparación un poco más allá: Al dirigirme a mi amigo, para decirle lo contento que estoy de verle de nuevo, me doy cuenta de que mi antiguo acreedor, es decir, la persona a quien debía yo el dinero, también le sale al encuentro. El corazón me da un salto y comienzo a preguntarme si efectivamente todo está cancelado y terminado. Pero luego me doy cuenta de que se saludan y empiezan una amigable conversación. Desde aquel instante, quedo convencido, adquiero la certeza de que mi deuda está totalmente cancelada, completamente pagada, no sólo porque mi amigo está en libertad, sino porque mi acreedor habla con él como si fueran amigos desde hace mucho tiempo.
De igual modo me hallo doblemente convencido de estar redimido de mis pecados. Primeramente, porque Cristo salió triunfante del sepulcro, y en segundo lugar, porque Le veo, por fe, sentado a la diestra de Dios. El y el gran acreedor que es Dios, son amigos. Dios está satisfecho, y esto es lo que da paz a mi alma. ¿Esta maravillosa certeza también da paz a tu alma? ¿Dudas todavía ante las patentes y seguras pruebas que Dios te da para estar satisfecho de la obra de Cristo?
¿Qué puede hacer Dios ahora sobre la base de la obra consumada de la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo? Dios puede, querido amigo mío, justificar al pecador que cree, "Justificados pues por la fe, tenemos paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo".
Hay personas que dicen: ¡Ah, si yo pudiera sentirlo! La Biblia no dice: "Justificados pues por los sentidos…"; ni tampoco: "Justificados pues por las obras"; lo que dice es: "Justificados pues por la fe".
¿Qué hace Dios con los que creen en Aquel que resucitó de los muertos, a saber, en Jesús Señor nuestro? Ponga mucha atención, amigo; mire aquí la respuesta: ¡Les atribuye justicia divina! Sí, son justificados ante los ojos de Dios. Son, lo repetimos, justificados por la fe; la justicia les es contada por creer en Dios, El que resucitó a Jesús Señor nuestro, como está escrito: "Justificados pues por la fe, tenemos paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo".
Voy a poner dos ejemplos de paz. Miremos un caso bíblico: el de David y Goliat (véase I Samuel 17). Forma un cuadro en tu imaginación. Saúl, cuya cabeza y hombros sobresalían entre los demás, por su estatura, está entre sus guerreros, que forman el ejército de Israel. Sin embargo, todos tiemblan. ¿Por qué?
Goliat de Gat, varón de gran tamaño y formidable aspecto, hace ya cuarenta días que desafía al ejército de los israelitas, pidiendo que le manden uno para pelear con él. La propuesta es la siguiente: Cada uno de los contendores representa a su respectiva nación; el vencedor no será, según el trato, vencedor del hombre sino del pueblo por él representado. El que perdiere la pelea está indicando con eso, que junto con él será vencido todo su pueblo y éste, en consecuencia, pasará a ser esclavo del vencedor. Saúl es alto, el más alto del pueblo y sin embargo tiene miedo.
Aparece por fin el campeón que todos necesitaban en ese momento, el campeón ansiado en la persona del pequeño David. Era éste un joven hermoso, que poco antes apacentaba las ovejas de su padre. Saúl le pone su armadura, pero David la rechaza diciendo: "No puedo andar con esto porque nunca lo practiqué".
El no era más que un joven pastor, pero había tenido la oportunidad de probar el poder de Dios, en el caso del león y el oso (I Sam. 17:34-36), y por lo tanto dijo: "Llevaré mi zurrón, mi cayado y mi honda, y unas pocas piedras, y confiaré en el Dios vivo". Y David con su honda y su cayado descendió al valle, mientras que Goliat lo esperaba equipado con sus armas de guerra. David, el joven pastorcillo llevaba sólo cinco piedras lisas en su zurrón; pero corre valientemente hacia el enemigo, porque confía en Dios; pone una piedra en la honda (especie de cauchera) y dispara la piedra contra su enemigo.
Todavía le quedan cuatro más, pero no las necesita; una sola le basta. Dios la dirige hacia su destino. Hiere al gigante, se la clava en la frente y lo derriba. Rueda por tierra mortalmente herido. Corre David hacia él, le quita la espada y con su propia arma le corta la cabeza.
Ahora observa esto, amigo mío. Aquellos israelitas estaban llenos de dudas y temores, pero al volver David de la pelea, ¿tuvieron paz y tranquilidad, o no? Sí, tuvieron paz, porque al volver David, traía en su mano el trofeo de su victoria, la cabeza del temido gigante.
Si pudiéramos preguntar a los que componían el pueblo de Israel, desde el asustadizo niño, a la débil mujer, como al valiente guerrero, si todavía abrigaban temor alguno del gigante, todos a una voz darían igual respuesta; todos dirían que no. Y si les dijéramos: "¿Ustedes se sintieron como una tímida y débil criatura. ¿No es verdad? "Sí", nos hubieran contestado: "... pero al gigante no le tememos ya, porque está muerto. David ha vuelto del campo con esa horrible cabeza en su mano".
El caso no admite dudas. Escucha esto, amigo mío: El Señor Jesús descendió al valle de la muerte; pero ¿cómo descendió?
Jesús dijo que el Padre le daría más de doce legiones de ángeles, si El las pedía; pero El no pidió esto. El no se hizo acompañar de un poderoso ejército angelical: fue solo. Descendió sin armas al valle de la muerte, donde resolvió la gran cuestión del pecado. Descendió pobre, humilde, manso. Los hombres le hicieron cuanto pudieron, pero esto es todavía poco si se considera que Jesús fue desamparado por su Padre. Sin armas de ninguna clase, ni ayuda de nadie. El ganó la batalla. El volvió del valle, retornó de la muerte y nosotros los cristianos podemos decir: "Estamos seguros que la victoria fue ganada. Sabemos que la fuerza del pecado y Satanás fueron vencidos; nuestro Salvador volvió resucitado de los muertos, y Le vemos sentado sobre el trono de Dios, coronado de gloria y honra".

Libres de un diluvio de juicio
Todavía voy a presentar otro caso que ilustre la enseñanza que me propongo dar. Dice la Biblia que cuando Noé y su familia estuvieron dentro del arca, "Jehová cerró la puerta" (Génesis 7:16). Llovió durante cuarenta días y cuarenta noches, y luego comenzó el agua a disminuir. Después de algún tiempo "quitó Noé la cubierta del arca, y miró, y he aquí que la faz de la tierra estaba seca". Observó Noé que el cielo estaba claro -— aquel cielo que durante tantos días estuvo sombrío — y mirando al suelo que tantos días permaneció cubierto por las aguas del diluvio, vio que estaba seco. ¿Sentiría Noé algún temor del diluvio después de esto? De seguro que me dirás que no, ¡porque las aguas habían desaparecido y la tierra estaba seca!
Observa pues, amigo mío: Jesús es nuestra Arca de salvación. ¿Confías en El? ¿Te hallas en refugio seguro con Cristo? El torrente de la justa ira divina contra el pecado cayó todo sobre nuestra Arca, nuestro Substituto el Señor Jesucristo, cuando estaba colgado en la cruz del Calvario. La tempestad acabó para nosotros los cristianos y ya podemos levantar la cubierta del Arca y ver que la tierra está seca. ¿Qué quiero decir con esto? Noé, para saber de dónde venía el castigo, miró arriba y no vio caer una sola gota; la sentencia había sido completamente ejecutada; no quedaba nube alguna, ni caía ninguna gota de agua. El castigo había pasado, el sol brillaba, la tierra estaba seca.
Confiemos en Jesús nuestra Arca. Podemos dirigir la vista atrás, a la cruz del Calvario y ver allí el lugar donde la justicia de Dios cayó sobre la cabeza de nuestro Salvador... La ira de Dios se descargó sobre El, y así como Noé estaba seguro en el Arca, de igual modo lo estará el creyente que confía en Jesús. Después de la cruz del Calvario ¿qué más vemos? El velo del templo rasgado de arriba abajo, los sepulcros abiertos, las rocas desquebrajadas; ¡pruebas éstas que la tempestad desapareció para siempre!
Nuestro privilegio es elevar nuestros ojos hasta el trono de Dios, y ver a Aquel sobre quien cayó toda la condenación divina, al cual vemos coronado de gloria y honra. Y al contemplar esto decimos: " ¡Gracias a Dios, que no quedó una sola gota de juicio por caer!" El firmamento que una vez estuvo oscurecido, por efecto del juicio, permanece límpido y sereno para nosotros. Jesús lo expió todo. Jesús pagó por todo. El exclamó: " ¡Consumado es!" La tierra está seca, y mirando arriba, vemos a Jesús sentado en el trono de Dios. ¿No te parece hermosamente sencillo?

La ley del Leproso y su purificación


SEGUNDA PARTE

La purificación del leproso
(Levítico capitulo 14)

"Muchos leprosos había en Israel en tiempo del pro­feta Elíseo; pero ninguno de ellos fue limpiado sino Naamán el Sirio" (Lucas 4,27); es el Señor, el que bien lo sabía, que lo dijo, aunque un largo capítulo del An­tiguo Testamento daba las instrucciones precisas y de­talladas del medio por el cual la lepra de un israelita podía ser purificada. ¿Por qué no las aprovecharon?
Contestar a esta pregunta es provocar otra: en nuestra época hay millares de pecadores que podrían ser salvos, ¿por qué no lo son, ya que Dios ha provisto los medios para su salvación?
"Y habló Jehová a Moisés diciendo...: Con estas palabras Dios introduce el tema de la purificación del leproso:' son las mismas con que ha introducido el diag­nóstico de la lepra, son las palabras del Dios viviente, fieles y verdaderas; oigámoslas de todo corazón: "esta será la ley para el leproso cuando se limpiare: será traí­do al sacerdote" (Levítico 14,2).
¿Recuerdas el día en que este tumor o hinchazón o mancha blanquecina apareció sobre tu cuerpo y fuiste llevado al sacerdote? No te olvidaste el tétrico veredic­to... y tampoco olvidaste el día en que descubriste que eras un pecador. Pensabas entonces como muchos otros: . . .no soy tan malo como tal o cual; pero sabías sin em­bargo que llevabas escondida la llaga que conduce a la muerte. Al comienzo podías todavía cubrir el mal con tus ropas, mas tuviste que salir fuera del campamento con los vestidos deshechos, la cabeza descubierta y gri­tar: ¡inmundo, inmundo!
Después el mal se extendió cubriéndote la cabeza, el cuerpo, los miembros, invadiéndolo todo; "hazte vuel­to todo blanco", ¡terrible condición cuando no se puede pinchar un solo punto con un alfiler que no haya sido cubierto por la lepra!
¿Qué sucede entonces? Puede ser que un amigo te encuentra fuera del campamento triste, abatido, sin es­peranza. .. tu amigo te mira de arriba abajo, esboza una sonrisa y te dice: "ven, te llevaré al sacerdote; es­tás todo cubierto de lepra, pues puedes ser limpiado...
Tú respondes:
—  No, no hay esperanza para mí, estoy peor que nunca; no hay ningún leproso tan enfermo como yo. Mira, estoy todo cubierto.
—  Es cierto, bien lo veo —responde tu amigo—, es por eso que te hallas en condición de ser purificado; ven pues enseguida al sacerdote.
Y tú, lector cristiano, ¿tienes parientes o amigos que no han sido todavía salvos? ¿Has rogado por ellos? ¿Los has llevado a escuchar el evangelio en alguna opor­tunidad? Estos son los benditos privilegios que tenemos, los que hemos sido limpiados, y que demasiado poco usamos. Que nos conceda el Señor ser cada vez más fieles para con nuestros amigos inconversos, que no son en realidad más que pobres leprosos alejados de la pre­sencia de Dios.
En relación con el supuesto encuentro del leproso y su amigo, no puedo resistir al deseo de evocar la pe­queña pero deliciosa escena en la cual vemos a un dis­cípulo ocupado precisamente en ese servicio; es Andrés. Conoció al Señor una noche, y ¿qué aconteció después? "Halló primero a su hermano Simón" (Juan 1,41). ¡Cuánto me agrada esta expresión: primero! Hacía tiem­po que había pasado la décima hora, mas Andrés no se preocupa por ir a comer, ni para descansar. Va en bus­ca de su propio hermano; y cuando lo halla ¿qué hace? "lo lleva a Jesús".
No se habla mucho de Andrés en los evangelios, pero Simón Pedro, su propio hermano a quien él con­dujo a Jesús, es el discípulo que tanto bien nos ha he­cho. Andrés parece haberse especializado en esta clase de trabajo; lo volvemos a encontrar en el capítulo 6,8 del mismo evangelio, introduciendo a un joven en la pre­sencia de Jesús. Y más tarde lo vemos con Felipe, con­duciendo a los griegos al Señor, a quien deseaban ver. ¡Tarea feliz, fructífera! Que el Señor nos dé de realizarla, llevándole almas una a una. ¡Cuán importante es la actuación del amigo que lleva a un leproso al sacerdo­te: desconocido, anónimo, apenas mencionado, pero es el eslabón de la cadena sin el cual el pobre inmundo no podría ser limpiado.

El sacerdote saldrá fuera
Acabamos de ver al leproso y a su amigo apurados en el camino que los conduce al sacerdote; mas detengámonos un instante, no olvidemos que el enfermo no puede pasar los límites del campamento: es impuro. ¿Có­mo pues podrá acercarse a la morada del sacerdote que habita en la casa de Dios, en el centro mismo del cam­pamento? Pero ¡qué dicha! Dios mismo ha provisto de un medio para que el encuentro pudiera tener lugar: "el sacerdote saldrá fuera del campamento..." nos dice el versículo 3. El Señor Jesucristo, nuestro gran Sacer­dote, salió del seno de su gloria, descendió a este triste mundo de pecado, y como nos dice el evangelio: "lle­vando su cruz, salió al lugar que se dice de la Calave­ra" (Juan 19,17). Sí, pobre pecador manchado, el Sa­cerdote te vio venir y salió a tu encuentro "fuera de la puerta" donde El padeció (Hebreos 13,12).

Príncipe de paz eterna, gloria a Ti, Señor Jesús,
De tu heredad paterna nos trajiste vida y luz;
Has tu majestad dejado, y buscarnos te has dignado;
Para darnos el vivir, en la cruz fuiste a morir...

"Entonces el sacerdote le reconocerá y si la lepra hubiere cubierto todo su cuerpo, declarará limpio al lla­gado; toda ella se ha vuelto blanca, y él es limpio" (vers. 13,13; 14,3).
Los ojos llameantes del sacerdote te escrutan nue­vamente; la primera vez te escudriñó para descubrir si tenías una mancha de lepra, y confirmándolo, tuvo que declararte inmundo. Ahora el sacerdote debe asegurar­se que no tienes un lugar sin lepra; y siendo así, puede declararte limpio: antes trataba de descubrir si te halla­bas exento del terrible mal, ahora debe asegurarse de de que estás completamente cubierto de lepra.
El Señor Jesús sondea a aquel que se le acerca: ¿vienes a El realmente como pecador, culpable, sin es­peranza o como el joven rico del Evangelio? (Marcos 10,17). ¿No tienes nada que argumentar a tu favor? ¿Estás lleno de pecado? El te ve delante de él: El mismo había venido ya allí donde estás. Oyes la pregunta que importa ahora: "¿quieres ser sano?" (Juan 5,6). Si eres un pecador convencido de estar cubierto de tu mal, ex­clamarás como otrora el apóstol: "yo sé que en mí no mora el bien. . . ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?"... "El sacerdote lo verá" y si te hallas realmente en este estado puedes ser limpio, salvo, en presencia del Salvador exclamas: "gra­cias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro". Es el instante en que el buen Pastor toma a su oveja perdida en sus brazos, la pone sobre sus hombros, y gozoso em­prende luego el camino de regreso a casa.
El leproso está curado desde el instante en que está absolutamente cubierto de lepra; pero, para gozar ahora de esta curación debe someterse a los diferentes actos de su purificación. Así es para el pecador; la absoluta convicción de pecado lo lleva al arrepentimiento: "de oídas te había oído, mas mis ojos te ven; por tanto me aborrezco y me arrepiento en el polvo y en la ceniza" (Job 42,5). El pecador es salvo como el hijo pródigo cuando arrepentido y sollozando se arroja a los brazos de su padre y exclama: "he pecado contra el cielo y con­tra ti...". Luego el padre hace reemplazar los harapos de su hijo por el vestido principal y lo introduce en su casa, como el pecador es vestido de salud y rodeado del manto de justicia (Isaías 61,10), y tiene entrada en la casa del Padre (Efesios 2,18). Tal es el sentido de la purificación que tiene por objeto nuestra comunión con Dios en sus mismos atrios.

Dos avecillas vivas y limpias
He aquí pues al leproso bajo la mirada del sacerdo­te, quien no encuentra sobre su cuerpo ni un solo lugar sin lepra. ¡Qué gozo, está curado! Amigo lector, tú has seguido hasta aquí el camino del leproso en su desgra­cia, ¿quieres prestar toda tu atención para saber lo que se debe hacer para su purificación? Escucha, el sacer­dote habla: "mandará luego que se tomen para el que se purifica, dos avecillas vivas, limpias, y madera de cedro, grana, e hisopo" (vers. 4).
El leproso es demasiado pobre para procurarse las avecillas y las demás cosas necesarias para el sacrificio, por ese motivo no se las pide a él; el sacerdote ordena a otro que las traiga. Aún a los ricos Dios no pide estos elementos que los puede purificar porque no los poseen.
es por esta razón que un rico de la antigüedad, Abraham, contestó a su hijo Isaac: "Dios se proveerá de cor­dero para el holocausto" (Génesis 22,7-8). Es Dios quien provee siempre para el sacrificio; nosotros, pobres pecadores, moriríamos en nuestros pecados si tuviéra­mos que buscar el sacrificio conveniente porque nunca jamás lo encontraríamos. Mas la Palabra de Dios dice: "el sacerdote mandará que se tome para él..." el amor de Dios lo ha provisto todo para el pecador. El procuró las dos avecillas vivas y limpias, tal como El es, un Dios vivo y limpio; y las dos juntas forman una sola y llama­tiva figura de Aquel que descendió del cielo, nuestro Salvador y Señor Jesucristo (Juan 3,13; Prov. 8,30).
Contemplemos un momento esta escena: "y manda­rá el sacerdote matar la una avecilla en un vaso de ba­rro sobre aguas corrientes..." (vers. 5). Aquí el lepro­so es solamente un espectador mientras otro ha procu­rado la avecilla y la degüella también... Un vaso de barro, en este vaso una avecilla limpia, sin defecto; los cielos son la esfera desde donde vino esa avecilla, era su lugar natal. Mas descendió, dejó su habitación ce­lestial por esta pobre tierra y en ese vaso de barro es inmolada. ¡Sorprendente imagen de nuestro Salvador: El dejó su morada celestial, dejó su trono de gloria, des­cendió a este pobre mundo, tomó un cuerpo terrenal, "un vaso de barro". ¡Oh, cuánto nos agrada contem­plar a ese hombre celestial manifestado aquí abajo en un cuerpo terrenal, y en ese mismo cuerpo recibir la muerte en una cruz donde su preciosa sangre fue de­rramada!

Hasta la tierra bajó el cielo
De Dios misterio es Emmanuel;
Cubre a su gloria humano velo,
De hinojos, demos loor a El.

¿Quién este amor sondear nos diera?
De Dios, el Hijo, el Creador,
Para el perdido en esta tierra
Siervo fiel fue y buen Pastor.

Este amor que tanto se brinda
También amomos hasta el fin;
Sufre el Cristo y da su vida
Por un mundo perdido y ruin.

Pero el vaso de barro estaba lleno de aguas co­rrientes y sobre estas aguas la avecilla era degollada. En las Escrituras el agua es el símbolo, a menudo em­pleado, para ejemplificar la vida divina que actúa con el poder del Espíritu Santo: "el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás" (Juan 4,14). Pero aquí, esta agua viva o corriente, en contraste con el agua estancada, estaba mezclada con la sangre de la avecilla muerta; es por eso que también leemos en el evangelio: "el que bebe mi sangre tiene vida eterna, porque mi sangre es verdadera bebida..." (Juan 6,54- 55).
Muchas veces habrás oído referir, lector, la muer­te del Salvador, cómo de su costado abierto por una lanza brotó sangre y agua; habrás visto, por así decirlo, esa avecilla muerta en el vaso de barro, pero, ¿has realizado alguna vez que El murió expresamente por ti? Su sangre y esa agua de vida corren a través de la Pa­labra divina para comunicarte la vida y limpiar tus pe­cados mediante el poder del Espíritu Santo. Es bebiendo esa Palabra viva que hará producir en ti una fe viva y una nueva naturaleza, naciendo así de agua y de Espíritu.

Oí la voz del Salvador
Decir: "venid, bebed.
Yo soy la fuente de salud,
Que apago toda sed".
Con sed de Dios, del vivo Dios,
Al Calvario acudí,
Y de su herida, fuente fiel,
La vida yo bebí.

"Después tomará la avecilla viva, el cedro, la gra­na y el hisopo, y los mojará con la avecilla en la san­gre de la avecilla muerta sobre las aguas corrientes" (vers. 6).
Hemos dicho que las dos avecillas juntas forman una sola imagen de nuestro Señor Jesucristo; lo hemos visto descender del cielo, "el Hombre celestial" y en su cuerpo terrenal ser crucificado por nosotros, y bajar a la tumba. Resucita llevando las marcas de la muerte que sufrió, en sus manos, su costado y sus pies... Así vemos a la avecilla viva ser sumergida en la sangre de la muerta y en el agua viva, luego salir llevando en sus plumas las señales de la muerte junto con la vida: "si no viere en sus manos la señal de los clavos —dijo To­más— y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré... mirad mis manos y mis pies -—dijo el Señor resucitado— que yo mismo soy" (Juan 20,25; Lucas 24,39).
Juntamente con la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo debían ser sumergidas en la sangre y el agua; estas cuatro cosas formaban un solo manojo en la mano del sacerdote.
Como lo vimos, la avecilla viva es figura de Cristo, el Hombre celestial.
El cedro es el árbol que simboliza la magnificencia del Señor como Rey y Mesías. La madera de cedro sir­vió para la construcción del templo de Jehová en Jerusalén, para la casa del bosque del Líbano, para el pa­lacio de Salomón y su carroza real (1. Reyes 7,2; 2. Cró­nicas 2,3-16; Cantar de los Cantares 3,9).
La grana o púrpura es el color de los vestidos rea­les: es con un manto de grana que vistieron a Jesús burlándose de su dignidad real (Mateo 27,28); la halla­mos en la confección de las cortinas del Tabernáculo de Jehová (Éxodo 26,1); era la grana propiedad parti­cular israelita: es un hilo de grana que señaló al primo­génito de Thamar, esposa de Judá (Génesis 38,28); es un cordón de grana dado por los espías israelitas que colgaba de la ventana de Rahab (Josué 2,18).
El hisopo, a su vez simboliza la humillación y la pequeñez; se empleó un manojo de hisopo para untar el dintel y los postes con la sangre del cordero pascual (Éxodo 12,22); era con sangre, agua, grana e hisopo que Moisés roció y santificó a Israel al pie del Sinaí (Hebreos 9,19); "purifícame con hisopo —exclama Da­vid culpable— y seré limpio..." (Salmo 51,7). "Desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared disertó Salomón" (1. Reyes 4,33); es decir desde los lugares más altos que ocupara Cristo hasta los más ba­jos (Filipenses 2,6-11).
A través del evangelio de Mateo aparece el cedro, la realeza del Señor como hijo de David: su genealogía, su nacimiento, los honores recibidos en Belén, en la casa de Betania. y después de su resurrección, todo lo proclama Rey. A través de los evangelios de Lucas y Marcos por lo contrario, es el hisopo, es decir la humillación del Señor que aparece con énfasis: es el hijo del hombre, el niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, es su sumisión cual siervo de Jehová, su obediencia hasta la muerte de cruz que el Espíritu de Dios presenta. En el evangelio de Juan vemos al Hom­bre celestial, la "avecilla viva", el Verbo hecho carne: "salí del Padre —dice el Señor— y he venido al mun­do; otra vez dejo al mundo y voy al Padre" (Juan 16,28).
Así los cuatro evangelios presentan al Señor en sus cuatro aspectos como un solo manojo en la mano sacerdotal que debe pasar a través de la muerte para rociar con su sangre a un pobre leproso, su mísera cria­tura, el hombre que El mismo había creado. Notemos además que para obtener el agua de purificación, según Números 19,1-7, el sacerdote debía echar en medio del fuego en que ardía la vaca roja, cuya sangre había sido presentada a Jehová, palo de cedro, hisopo y escarlata; luego se juntaba la ceniza para mezclarla con agua co­rriente: otra figura elocuente del sacrificio de Cristo presentado en los cuatro evangelios.
Sin embargo, el cedro, la grana y el hisopo pueden representar también al ser humano pecador, ocupando distintas escalas sociales: el hombre en eminencia dota­do de las más altas cualidades, la mujer distinguida, el más honesto y el más humilde trabajador, todos, sin excepción, deben descender a ese flujo purificador para obtener la salvación. Cedro, grana e hisopo, es decir todo cuanto es de este mundo debe ser crucificado y sepultado en cuanto al creyente (Gálatas 6,14).

Purificación inicial
"Y rociará siete veces sobre el que se purifica de la lepra, y le declarará limpio" (vers. 7). Contemplad un momento conmigo esta escena conmovedora: el le­proso ha sido traído de su proscripción, el sacerdote se acercó a él, otro ha procurado las dos avecillas vivas y limpias, y degollada una de ellas mezcló su sangre con aguas vivas en un vaso de barro; la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo, todo ha sido sumergido en la sangre y el agua que corren ahora sobre el cuerpo del leproso. Una, dos, tres veces y siguiendo así hasta seis veces el sacerdote hace aspersión, y todavía nin­gún cambio hubo en el inmundo. Mas viene la séptima, cifra que indica la perfección de la obra, y el hombre es declarado purificado: la sangre y el agua lo limpió, no existía otro medio; y tampoco para nosotros sino sólo la sangre y el agua que corrieron del costado abier­to del Salvador en la cruz. "La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado" (Hebreos 9,22; 1. Juan 1,7). Pero oíd, la avecilla pura tuvo que morir para que el leproso inmundo pudiera ser purificado con su san­gre; ¡ah! comprended claramente esto; sólo la preciosa sangre de Cristo puede lavar al más vil, al más sucio, al más repugnante pecador, muriendo por él.
Más aquí puede formularse una pregunta: ¿cómo puede saber el leproso que su purificación se ha cum­plido? ¿Desapareció la lepra en la séptima aspersión? ¿Ha cambiado su cuerpo? No lo pienso; ni que se haya sentido en lo más mínimo diferente de antes... ¿Cómo puede saber entonces que está limpio?
Después de haber tenido lugar la séptima y última aspersión, el sacerdote lo declaró limpio. Mientras con­templáis esta maravillosa escena podéis oír la declara­ción divina: "si la sangre de animales rociada a los in­mundos, santifica para la purificación de la carne, ¿cuán­to más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eter­no se ofreció a sí mismo a Dios, limpiará vuestras con­ciencias. . .? Porque con una sola ofrenda hizo perfec­tos para siempre a los santificados; y atestíguanos lo mismo el Espíritu Santo.. ." (Hebreos 9,13; 10,14). La sangre de la avecilla ha limpiado al leproso, pero éste lo sabe por la palabra del sacerdote; poco tiempo atrás, el que lo había declarado inmundo, es el mismo que ahora lo declara limpio.
Mas no es todo; la avecilla viva que está todavía en la mano del sacerdote, y que no tenía aún la libertad para emprender el vuelo hacia su morada celestial, es ahora soltada; la obra del sacrificio terminó, y no hay para qué retenerla aquí abajo. Resucitado de entre los muertos, y después de un alto con sus discípulos, nues­tro Señor y Salvador ascendió a los cielos llevando en su cuerpo las señales de la cruz que proclaman cumpli­da su obra redentora. Su victoria asegurada, nuestros pecados quitados ante la presencia de Dios sin quedar uno, pues él los había llevado todos en su cuerpo, él mismo es acepto y nosotros con él, en los lugares celes­tiales: "está sentado a la diestra de Dios..." (Hebreos 10,12). A su tiempo verá todo el fruto en sazón del tra­bajo de su alma, se presentará a sí mismo a la Iglesia "sin mancha ni arruga"; aún las heridas que ella sufrió en sus conflictos aquí abajo habrán desaparecido, mien­tras las de su Señor, precio que ella le costó, las verá indelebles en sus manos, sus pies y su costado.

Tu gloria aquí fue velada
Por la sangre y el llorar,
Mas pronto el Resucitado
Su belleza ha de mostrar.
¡Con qué inefables delicias,
Tu mirada puesta en mí,
Me dirá con tus heridas:
"Yo morí también por ti"!

Supongamos que algún vecino encuentre al leproso purificado, y le dice:
— ¿Qué haces aquí? Eres leproso, ¡fuera del cam­pamento!
—  Sí, responderá, yo era ciertamente leproso, pero gracias a Dios he sido limpiado.
—  ¿Tú, limpiado? No parece. Al contrario, estás peor que antes; estás cubierto de ese espantoso mal.
—  Es verdad, mas el sacerdote ha hecho la asper­sión sobre mí con la sangre de la avecilla muerta y me declaró limpio. Sé que estoy sano porque él lo dijo.
—  ¡Qué absurdo! seguramente has comprendido mal sus palabras; ha debido decirte que eres inmundo; todos pueden ver tu lepra.
—  No, es imposible que haya comprendido mal; primero fui rociado con la sangre y después oí al sa­cerdote que me declaró limpio. Y no es todo, con mis propios ojos he visto a la avecilla viva, cubierta de san­gre, subir al cielo. ¿Conoces la ley? Recuerda que la avecilla viva no puede remontar el vuelo hasta que el sacerdote me haya declarado limpio.
—  Pero, continuó el vecino, ¿quieres decirme si te sientes purificado, ya que admites estar cubierto de lepra?
—  Amigo, no es ese el asunto; el sacerdote dijo que yo estoy limpio, de modo que todo está en regla; él, sólo él, está autorizado para hacer tal declaración. Me de­claró limpio y, por lo tanto, que lo sienta o no, creo que soy limpio.
El vecino se alejó en tanto que el feliz leproso, se­guro del triunfo de su liberación, evoca todavía la esce­na de la avecilla viva remontándose libremente hacia los cielos. Así sucede conmigo y contigo, pecadores la­vados en la sangre de Jesús, cuando con los ojos de la fe vemos a nuestro Señor y Salvador volver a sus mo­radas celestiales después de haber muerto por nosotros; bien sabemos que El fue acepto por Dios en el pleno valor de su obra cumplida, y nosotros con El (Efesios l,6;2,6).
Ese mismo Jesús vivo, vuelto al cielo, nos dice algo más aún; su resurrección y ascensión proclaman que es el Conquistador de los dominios de la muerte y el Ven­cedor de la tumba: "subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad..." (Efesios 4,8). La más grande batalla del Universo ha sido librada y ganada: "¿dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro tu victoria?" (1. Corintios 15:55).

Perdiste, oh muerte, la suprema batalla.
Rota está tu red, y abierta tu prisión;
Resucita el Santo de Dios y se lanza
Desde la tumba a la célica mansión.