miércoles, 12 de julio de 2017

Jesucristo Crucificado



¿Preguntáis por el hecho en el cual me glorío
y el motivo que alegra mi espíritu angustiado?
¿Qué recompensa alcanza este corazón mío
por adorar el nombre divino en quién confío?
¡Jesús Crucificado!

¿Quién al diablo derrota por ser mucho más fuerte?
¿Quién de su cruz alivia al más desesperado?
¿Quién rescata a la vida del hoy de la muerte?
¡Jesús Crucificado!

 ¿Quién da la vida eterna a quien no tiene vida?
¿Quién derrota a la muerte con su brazo esforzado?
¿Quién me dará la dulce corona prometida?
¡Jesús Crucificado!

Su cruz es el eterno perdón que me redime.
Su cruz quien da esperanzas al corazón cargado.
¡Por eso en Ti yo creo, Mi Redentor sublime,
y ante Tu amor por toda la humanidad que gime
yo adoro Tu grandeza, Jesús Crucificado!
                                                     Claudio Gutiérrez Marín,
                                                                       Sendas de Luz, 1976

CONSEJOS A JÓVENES CONVERTIDOS

“Para que en todo él tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18).


Apégate al Señor de todo corazón y depende de él. En Cristo hallarás todo el poder necesario para ser y para hacer lo que él quiera.
Es probable que hayamos experimentado un largo período de gozo al principio de nuestra vida cristiana. Pero Dios —quien conoce nuestros corazones— sabe con qué rapidez empezamos a confiar en nuestro propio gozo y no en Cristo. Él debe ser nuestro objeto, no el gozo.
El pecado ya no está sobre ti, más la carne está en ti, y lo estará hasta el fin. Si no velas, las viejas raíces echarán sus retoños, los que deberás cortar tan pronto como aparezcan. Tales raíces son incapaces de llevar fruto; sólo la nueva naturaleza puede producirlos para Dios. Pero aunque la carne esté en ti, no pienses en ello, sino en Cristo. A medida que crezcas en Su conocimiento, aparecerá un gozo más profundo que el de la conversión.
Conozco a Cristo desde hace unos treinta años y puedo decir, con toda seguridad, que mi gozo en él es mucho mayor actualmente que al principio de mi vida cristiana. Es un gozo más profundo, más apacible y más estable en todas las circunstancias.
Apégate a Cristo de todo corazón. Un corazón distraído es un veneno para el cristiano. Cuando nos ocupamos en cualquier otro objeto que no sea Cristo, estamos lejos de la fuente de poder. En el momento en que nuestra alma está llena de Cristo, nuestro corazón y nuestra mirada están puestos lejos de las cosas del mundo. Si Cristo habita por la fe en ti, no te preguntarías: «¿qué tiene de malo esto o aquello?», sino «¿hago esto para Cristo?» o «¿podría Cristo acompañarme en esto?»
No abras la puerta al mundo para que entre y distraiga tus pensamientos. Los que ya somos mayores sabemos por experiencia lo que es el mundo y lo que éste quiere. Despliega ante la juventud todo su esplendor y hace todo lo posible para atraerla. Engañosas son sus sonrisas; promete lo que no puede cumplir.
Joven, tu corazón es demasiado grande para el mundo; éste no puede llenarlo. Pero es muy pequeño para Cristo. Aquel que llenó los cielos quiere llenar tu corazón hasta hacerlo rebosar.
Persevera junto al Señor con todo tu corazón. Él sabe perfectamente cuán engañoso es el corazón y cuán propenso a poner cualquier cosa en lugar de Cristo. Debes conocer lo que realmente hay en tu corazón. Permanece con Dios y aprenderás de él y de su gracia; de lo contrario, tendrás que aprender del diablo con dolor y amargura al verte vencido por sus tentaciones.
Sin embargo, Dios es fiel. Si te encuentras alejado de él y otras cosas han venido a formar una «costra» sobre tu corazón —por decirlo así— entonces no volverás a hallar de pronto ese gozo. Dios quiere que rompas esa «costra» y que te liberes de ella. Recuerda que Cristo te ha rescatado con su propia sangre a fin de que le pertenezcas a él y no al mundo. No permitas que Satanás se interponga entre ti y la gracia de Dios. Por más negligente que puedas ser y por más alejado que estés de Dios, cuenta con su amor. Él se regocijará al verte regresar. Aborrece el pecado y no deshonres a Dios menospreciando su amor. No pongas en duda su obra ni su amor. Él te ama y te amará hasta el fin.
Habla con Jesús tanto como puedas. No te des por satisfecho hasta no ser capaz de conversar con Cristo como con tu mejor amigo y de ir en pos de él. No te conformes con nada que no sea la comunión íntima de tu alma con Aquel que te amó y lavó tus pecados con su propia sangre.


J. N. Darby 1995 - Nº 2

EL CRISTIANO: LA SOCIEDAD

El cristiano no cesa de vivir en el mundo de los hombres después de su conversión, y debe tratar con una am­plia gama de personas, lo que origina tantos problemas como oportunidades, siéndole preciso solucionar aquéllos y aprovechar éstas. Pablo dirigió una de sus cartas a “todos los que están en Ro­ma, amados de Dios, llamados a ser santos” (Romanos 1:7), recalcando así la procedencia celestial de los cristianos y, a la vez, el hecho de que habían de ser­vir al Señor y mantener su testimonio en medio de la capital pagana del gran imperio gentil. Era relativamente fá­cil manifestar la santidad de los “amados de Dios” en el ámbito de la iglesia, pero ¡cuán difícil fue el caminar de los cre­yentes por las calles, plazas y mercados de Roma, en contacto con hombres y mujeres entregados a una vida ajena por completo al mensaje de la Cruz! Hoy en día se habla mucho de la “obra social” de la Iglesia, y cristianos (rea­les o nominales) adoptan actitudes con­trastadas. Aquellos que van dejando la clara predicación del Evangelio de la gracia de Dios, subrayan la necesidad de un evangelio social, en su afán de llenar el hueco que ha dejado el moder­nismo en la esfera de la Fe, por esfuer­zos humanitarios, útiles en sí, pero que no puede transformar el corazón del hombre. En el otro extremo se hallan hermanos, muy sanos en la Fe, que han perdido la noción del hombre co­mo “prójimo”, acreedor de nuestra cor­tesía, de nuestro cariño y de nuestra ayuda y éstos no reconocen que es im­posible predicar el Evangelio a las al­mas perdidas en un vacío, ya que el Mensaje ha de darse a conocer dentro del contexto de la vida normal huma­na. Si queremos o no, formamos par­te de la raza humana, que empieza pa­ra nosotros por el vecino de al lado y se extiende hasta abarcar los africanos del Congo y los amarillos de Lejano Orien­te. Dios es Creador de esta raza y amó al mundo de los hombres hasta el pun­to de dar a su Hijo para hacer posible su salvación. La fe obra por medio del amor (Gálatas 5:6): la fe hace contacto con el Trono de Dios, pero el amor ha de dar la mano al vecino.
Amarás al prójimo como a ti mis­mo. Tanto el Maestro como el após­tol Pablo insistieron en que el amor es el cumplimiento de la Ley, y así este principio pasa al Nuevo Siglo como pri­mer fruto del Espíritu (Lucas 10:25-37; Marcos 12:25-34; Romanos 10:8-10; Gálatas 5: 13, 14, 22). El doctor de la ley de Lu­cas 10:25-37 quedó en evidencia delante de la multitud, pues ni él ni nadie podía pretender el cumplimiento del mandato de amor a Dios con todo el ser y al prójimo como a sí mismo. Por eso quiso salir airoso del compromiso por medio de sutilezas legales, pregun­tando: “¿quién es mi prójimo?” La pregunta insinuaba una diferencia en­tre los israelitas, los gentiles y los samaritanos, según el criterio de los ra­binos. Cristo contestó por medio de una parábola en la que el protagonis­ta principal era samaritano, y sólo él tuvo compasión del judío maltrecho que los bandidos habían dejado desnu­do y medio muerto al lado del camino. Seguramente la parábola encierra pro­fundas lecciones soteriológicas, pero no obsta para la parte práctica: todo aquel que nos necesita es nuestro pró­jimo, por encima de toda barrera de raza o de religión. A Dios le hemos de amar con todo nuestro ser, pues a él nos debemos ya que es Creador y Re­dentor (Isaías 43:1); al prójimo le he­mos de amar como a nosotros mismos algo muy diferente, lo que significa que le hemos de dedicar una cariñosa consideración comparable con la aten­ción que prestamos a nuestros propios asuntos. El egoísmo ha de ser frena­do con el fin de servir a otros según las oportunidades que se presentan.
El hermano y el prójimo. “No nos cansemos, pues, de hacer bien —escri­be Pablo— porque a su tiempo sega­remos, si no desmayamos. Así que, se­gún tengamos oportunidad hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:9 y 10). He aquí el servicio del amor, con el esta­blecimiento de dos grados de respon­sabilidad: en primer término hemos de velar por el bien del hermano de la familia espiritual, y en segundo tér­mino hemos de pensar en todos. A me­nudo los del mundo tienen sus medios y modos de vivir que son negados al hermano (especialmente en tiempos de persecución), y el apóstol Juan tam­bién recalca el deber del cristiano de compartir nuestros bienes con el herma­no, y aun de dar la vida por él según el ejemplo de Cristo (1 Juan 3:16-18), pues amar “de palabra” es una mera hipocresía. Con todo, el hecho de que tenemos “hermanos” en la familia, no ^nula el otro hecho que existen “pró­jimos” en la sociedad, personas cerca de nosotros, hombres y mujeres por quienes murió Cristo. Se ha dicho que durante el siglo segundo, el Evangelio se extendió mucho más por medio del testimonio de las buenas obras de los cristianos que no por las predicacio­nes, limitadas éstas por la represión y la persecución. Los cristianos seguían hablando por sus obras cuando los hom­bres les tapaban la boca.
Los resultados secundarios del tes­timonio cristiano. Sin duda la mayor contribución que el cristiano puede ha­cer dentro de la sociedad es testificar por palabra y por obra Es probable­mente exacto el aserto de que Juan Wesley libró a la Gran Bretaña de los horrores de una revolución del estilo de la francesa, gracias a su amplia pre­dicación del Evangelio por todas par­tes del país. Tantas personas se convir­tieron al Señor (especialmente entre las clases obreras) para dedicarse al ser­vicio cristiano, que el ambiente social fue transformado en amplias esferas, frenándose el descontento y encendién­dose la llama de la esperanza cristia­na. De igual forma Pablo no atacó el inicuo sistema de la esclavitud que pre­valecía en el imperio de Roma de sus tiempos, sino que introdujo a tantos amos y esclavos a la libertad del Rei­no de Dios y sembró tan buena semilla de amor y de respeto a la persona­lidad humana, que por fin se derrum­bó el sistema por sí solo. El Evangelio recibido por el poder del Espíritu cam­bia las vidas, y una fuerte minoría de cristianos hace un impacto enorme so­bre la sociedad, aun cuando no preten­de, en primer término, llevar a cabo una obra de mejora social.
Contactos vitales. Es poco proba­ble que puedas “predicar el Evangelio” a tu vecino o a tu compañero de traba­jo, o a personas que encuentras en el curso de los negocios, “a primeras de cambio”. Lo normal consiste en hacer contactos por medios de conversación sobre el tiempo, el jardín, los hijos, los negocios, etc., llegando la oportunidad de hablar de tu Fe después de crearse estas circunstancias de amistosas rela­ciones sociales. Quizá un favor que se ha hecho proveerá la oportunidad, y es preciso recordar que cada persona que tratas es para ti el “prójimo” de la pa­rábola. Muchos contactos se hacen con personas que no manifiestan inclina­ción alguna para temas espirituales, y que llevan, quizá, un tren de vida mun­dano y vicioso. Con todo, Cristo murió por los impíos, y como ellos éramos nos­otros y tales seríamos si no fuera por la gracia de Dios. Pero la cortesía y la comprensión no han de llevarnos al te­rreno de concesiones al espíritu del mundo que entrañan peligrosas com­ponendas. Conviene hacer ver que eres “diferente” en ciertas costumbres y maneras de hablar, y muchas veces la firmeza, unida con la cortesía, crea una buena impresión. ¡Cuántos hay que qui­sieran ser “diferentes” y les falta el po­der para ello! Durante la primera gue­rra mundial se contaba la historia de un soldado inglés que se alejó un poco de sus compañeros en una trinchera transversal que le acercaba a los ale­manes, De pronto gritó: “¡Mi capitán! ¡Tengo un prisionero!” “Bien —res­pondió el oficial ¡tráigale aquí!” ¡Mi capitán! ¡No quiere venir!” Y un po­co más tarde se oyó una voz débil y lejana que decía: “¡Me está llevando a mí!” El pobre soldado se había acer­cado demasiado al enemigo, y su su­puesta victoria se convirtió en derro­ta. Ha habido muchas derrotas simila­res en el campo de batalla espiritual, siendo las víctimas hermanos que han interpretado mal el sentido de la nor­ma de Pablo: “A todos me he hecho todo para que de todos modos salve a algunos”, que ha de entenderse en su contexto y a la luz de la vida y del servicio del gran apóstol.
Las normas se nos dan en Juan cap. 17. No somos del mundo conside­rado como sistema diabólico fundado so­bre la Caída del hombre, pero a la vez somos enviados al mundo de los hombres, y hemos de encontrarnos con ellos en el contexto de la socie­dad. Cortésmente, rechazamos las co­sas mundanas; pero amamos a los hombres. La obra misionera empieza con el vecino, y, por oración, ayuda financiera o vocación personal llega a fines de la tierra. No podemos desen­tendernos del hombre, aun cuando aborrezcamos sus vicios. ‘Venid en pos de mí —dijo Cristo— y yo os haré pescadores de hombres”. El mismo nos ofrece hermoso ejemplo de cómo po­demos ser “amigos de publícanos y pecadores”, y, a la vez, ser “aparta­do de pecadores”, cómo extender la mano al prójimo y cómo resistir las tentaciones del mundo.
Sendas de Luz, 1976

La enfermedad en la Biblia (Parte I)

La presencia de enfermedad en el mundo es consecuencia del pecado de Adán. Dios le dijo: “maldita será la tierra por tu causa” (Génesis 3:17). El pecado no entró porque el Maligno haya hecho presencia en este planeta. Estrictamente hablando, “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte” (Romanos 5:12). Veremos más adelante las reacciones de Dios y del diablo a esta circunstancia.

La herencia en Adán
Adán, cabeza de la raza humana (Salmo 8:6), pecó contra Dios y por lo tanto rompió la unión que debería haber existido entre la humanidad y su Creador. Si se hubiera mantenido la creación en perfecta armonía con su Creador, esto habría sido de bendición perpetua, o sea, perfecta salud e inmortalidad, entre otras cosas. Este fue el propósito original de Dios para con la humanidad. La enfermedad es una de las consecuencias de la maldición que vino por la separación causada por el pecado. “Vuestros pecados han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios” (Isaías 59:2).
La enfermedad es evidencia de la corrupción física que afecta a todo ser humano, con la clara excepción del Señor Jesucristo. “Toda la creación gime a una”, por estar sujetada a la esclavitud de corrupción (Romanos 8:18-23). Los terremotos, los huracanes y las enfermedades son ejemplos de los gemidos de un planeta enfermo que, lejos de gozar de lo que su Creador tenía en mente, está convulsionado debido al pecado.
Cuando Adán y Eva pecaron contra Dios en el huerto, en ese momento sucedieron, por lo menos, dos cosas: espiritualmente quedaron separados de Dios (Génesis 3:7, 8) y físicamente empezaron a morir. Dios le había hablado a Adán acerca del árbol de la ciencia del bien y del mal, diciéndole: “el día que de él comieres ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Jerónimo, en su versión Vulgata Latina de la Biblia, traduce “morirás” del hebreo al latín de esta manera: “morte morieris”. Nos hace entender que realmente lo que Dios le dijo a Adán fue: “muerto, morirás”.
Así fue, una vez muerto espiritualmente, moriría físicamente años después de haber comido del árbol prohibido. El mismo día en que Adán comió, él murió “en delitos y pecados” (Efesios 2:1); y también se convirtió en un ser mortal, o sea, empezó a morir por quedar sujeto a corrupción y enfermedad. Dios decretó: “al polvo volverás” (Génesis 3:19).
Aunque se nos haga extraño, la muerte física es una evidencia más de la benevolencia de Dios para con una raza caída. Dios impidió que Adán, ya sujeto a corrupción y enfermedad, comiera también del árbol de la vida y así viviera para siempre (Génesis 3:22). De haber sido así, el hombre habría vivido en corrupción inmortal. ¿Se imagina una persona padeciendo de cáncer por millones de años? ¡No! “La creación fue sujetada a vanidad (hecho temporal, o transitorio), no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza” (Romanos 8:20). ¡Dios acortó esta vida pero ofrece la esperanza de una mejor vida!
He aprendido aquí en Hermosillo que algunos predicadores ofrecen a sus feligreses la posibilidad de vivir hasta los ciento veinte años, como premio de buen comportamiento. (O sea, ¡si diezman lo suficiente!) Si se van a remontar a tiempos antediluvianos, por qué no mejor ofrecer el “paquete matusalénico”, que es de novecientos sesenta y nueve años. O, de perdida, el enóico, que es de trescientos sesenta y cinco años para el que camine con Dios por trescientos años. ¿Vivir hoy ciento veinte años? ¡Qué absurdo! Necesitan aprender lo que dijo Moisés, catorce siglos antes de Cristo, en Salmo 90: “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia trabajo, porque pronto pasan, y volamos”. Basta con buscar en un Almanaque Mundial la edad promedio de habitantes alrededor del mundo y se dará cuenta de cuán acertada es la Biblia, y cuán errados están algunos “lobos evangélicos” que creen que todos nos chupamos el dedo.
Debido al pecado, Dios limitó la estancia del hombre sobre esta tierra maldita, ofreciéndole la salvación del pecado por medio de Cristo para que, al acabarse la vida aquí (o al suceder el Rapto) uno goce, después de la resurrección de vida, de incorrupción e inmortalidad en un cuerpo glorificado junto con Cristo por toda la eternidad. Hay que tener claro que cuando Pablo escribió que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), no se refería a la muerte física; así como la segunda parte del versículo tampoco se refiere a la vida física. La paga del pecado será la muerte eterna en el lago de fuego. Pablo predicó en Atenas que Dios a los  hombres “les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación; para que busquen a Dios” (Hechos 17:26). La brevedad de la vida pone en “calidad de urgencia” el asunto de la salvación.
Los que hemos recibido a Cristo como Salvador personal sabemos que “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:20, 21). En este pasaje vemos que seremos semejantes a Cristo físicamente, mientras que en 1 Juan 3:2 aprendemos que seremos moralmente semejantes a Él también.
Al considerar eventos futuros, quiero insertar aquí una nota en cuanto al Milenio. En su venida en gloria, Cristo apresará a la Bestia y al Falso Profeta y los lanzará, directamente desde la tierra, vivos al lago de fuego (Apocalipsis 19:20). Parece ser que los demonios activos sobre la tierra al final de la tribulación serán apresados y enjaulados por mil años en las ruinas de la Babilonia destruida, Apocalipsis 18:2. La palabra “guarida” en este versículo es una jaula, o prisión. Apocalipsis 20:1-10 sí nos enseña claramente que mientras el reino milenario de Cristo se lleva a cabo sobre esta tierra, el diablo estará todo ese tiempo atado en el abismo.
Por mil años no habrá ninguna influencia satánica ni demoníaca sobre la tierra. Sin embargo, todavía habrá enfermedad y muerte. Cristo juzgará con vara de hierro y “matará al impío” (Isaías 11:4). “El niño morirá de cien años” (Isaías 65:20). Es muy cierto también que para casos de enfermedad habrá “sanidad para las naciones” (Apocalipsis 22:2) y, por lo tanto, “la lengua de los tartamudos hablará rápida y claramente” (Isaías 32:4), “los ojos de los ciegos serán abiertos”, y “los oídos de los sordos se abrirán y el cojo saltará como ciervo” (Isaías 35:5, 6).
Una de las distinciones entre el Milenio y el Estado Eterno es que en el Milenio aún habrá pecado sobre la tierra, mientras que en el Estado Eterno no. Cuando el diablo suba a la tierra una vez más, al final del Milenio, va a reunir a un enorme número de personas que, aunque fingieron obediencia al Rey Justo, mostrarán la rebelión que siempre había existido en sus corazones al apoyar un último ataque contra Dios (Apocalipsis 20:9, 10). El Milenio comprueba que el problema principal del hombre no es el ambiente en que vive, ni es el diablo tampoco, sino que es la perversidad de su propio corazón. Bien dijo el profeta: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9).
Sin embargo, debo aclarar que el diablo, en su imperio de la muerte (Hebreos 2:14,15) se ha valido de la enfermedad y de la muerte como armas para amedrentar a la raza humana. En un momento veremos más acerca de su actividad en relación con la enfermedad.

¿UNO SERÁ TOMADO Y OTRO SERÁ DEJADO?

MATEO 24: 40, 41



Pregunta: ¿Qué significan las palabras siguientes: "el uno será tomado, y el otro será dejado."? (Mateo 24:40-41)

Respuesta: Este versículo se refiere a la separación que se verificará en Judea, cuando tendrá lugar la venida (aparición, manifestación) del Hijo del hombre para establecer su reino.
Uno será tomado, y lo será para el juicio; el otro será dejado para la bendición. Las palabras "tomado" y "dejado" no presentan dificultad alguna si recordamos que las esperanzas de los judíos estaban puestas en bendiciones terrenales, tales como las vemos prometidas a Israel en los Salmos, y en los Profetas: por consiguiente, uno será tomado para juicio, o condenación; el otro dejado para la bendición del Milenio.
Lo contrario acaecerá cuando la venida de Cristo para arrebatar a su Iglesia: uno será tomado para la bendición celestial, y otro será dejado para la condenación (2 Tesalonicenses 2:12). Es una verdad sencilla, pero de capital importancia. La bendición de los cristianos es celestial, mientras que la de los judíos es terrenal.

Escenas del Antiguo Testamento (Parte X)

Harán



Murió Harán antes que su padre Taré en la tierra de su naturaleza, en Ur de los Caldeos (Génesis 11: 28).
Los últimos versículos del capítulo 11 de Génesis traen delante de nosotros cuatro personas típicas, o sean, representativos de la gran familia humana:
(i) Harán tipifica a la inmensa multitud de indiferentes, que viven y mueren en “la tierra de su naturaleza”, o “ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay”.
(ii) Taré, a ese gran número de meros profesantes religiosos que carecen de la potencia impulsiva de la fe salvadora y de las obras que caracterizan esta fe.
(iii) Lot, al triste grupo de creyentes con mentes carnales, cuyos ojos están puestos en “las llanuras del Jordán” en vez de “en las cosas de arriba”.
(iv) Abram es el verdadero tipo del fiel creyente; obediente y consagrado a Dios.
Ahora, amado lector, una pregunta íntima: ¿en cuál de estos grupos encuentras incluido? ¡Examina la senda de tus pies! (Proverbios 4:26).
Las Sagradas Escrituras dicen muy poco acerca de Harán, hijo de Taré y hermano de Abram; pero lo poco que dicen es altamente significativo: “Murió Harán... en la tierra de su naturaleza, en Ur de los Caldeos”. Allí nació, vivió y murió. El horizonte de su vida no se extendía más allá de las montañas de Ur. A cierta distancia estaba la tierra que “fluía leche y miel”, Canaán, y las promesas de dulce comunión con el Dios Eterno. Pero nada de esto interesaba a Harán. ¿Para qué preocuparse por estas cosas? ¿No había nacido él en Ur de los Caldeos? y era muy lógico que debía de vivir y morir allí, en la tierra de su naturaleza. ¡Lástima grande que en este presente tiempo, muchos, preciándose de sabios, reaccionan de igual manera!
Harán, con su religión tradicional, sus fríos y mudos dioses de barro, sin una mejor esperanza, sin deseo alguno de ser librado de aquella atmósfera viciada, vivió y murió en “la tierra de su naturaleza”. ¡Infructuosa vida, triste y desgraciada muerte!
La condición de los indiferentes no es mejor que la de Harán. El in­diferente es el tipo del hombre dege­nerado, el hombre en “devolución”, el “eslabón perdido”. Para el indiferente importa muy poco el triunfo de la verdad o del error, de la justicia o de la injusticia, de la virtud o del vi­cio. Indiferente a todo aquello que no sea el “yo”, es incrédulo en su fondo, su lema es: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”.
¿Tiene el indiferente religión? Si: la religión de la “tierra de su naturaleza”. En ella vive y muere por la sola razón, para él convincente, de haber nacido, en esa. Para el indiferente la conveniencia ocupa el lugar de la razón, y el beneplácito del mundo el de los dictados de la conciencia.
Querido lector, despiértate para ver tu condición. Examina la senda de tus pies, recordando que “hay camino que al hombre parece derecho; empero su fin son caminos de muerte”. La Escritura nos dice que “hemos nacido en pecado”, que somos “por naturaleza hijos de la ira”. Deja, pues, la tierra de tu naturaleza y ven a Jesús, “en el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados por las riquezas de su gracia”.

ALGUNAS MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO (Parte XIX)

19 Los libros de Rut y Ester



Hay sólo dos mujeres en el Antiguo Testamento que tienen libros que llevan su nombre y tratan de su historia. Son Rut y Ester. Estos libros, junto con el Cantar de los Cantares, son mayormente femeninos en carácter y contienen ilustraciones hermosas de una devoción singular al Señor.
         Los varones en el Antiguo Testamento, cuando son usados como ilustraciones, presentan el lado objetivo de las cosas y la obra de Cristo a favor de nosotros. Las mujeres, en cambio, presentan el lado subjetivo, o sea, el deseo de Cristo de ser formado en nosotros.
         Sin embargo, Satanás se opone, y es interesante observar que las mujeres se emplean también para representar las cosas impías, especialmente los falsos sistemas religiosos. Jezabel es el ejemplo sobresaliente; 1 Reyes 16 a 2 Reyes 9; Mateo 13.33; Apocalipsis 17 y 18.
         Tanto el libro de Rut como el de Ester comienzan con énfasis sobre la dama. Pero, en ambos casos el reflector cambia de posición para enfocarse más sobre el varón: Booz es el redentor y Mardoqueo gana acceso al trono. (El Cantar de los Cantares es entre otras cosas una ilustración de la relación de Cristo el Amado y su Esposa la Iglesia. Se nota en ese libro que el amado es fuerte, constante, cumplido; la esposa se proyecta como expuesta a influencias malsanas, fluctuantes y a veces incumplidas, aunque en feliz comunión al final del relato).
         Si uno desea considerar los dos libros en su contexto amplio y profético, en el libro de Rut tenemos una figura de la relación entre Cristo y la Iglesia; es una escena celestial. En cambio, en el libro de Ester la idea es más la de Israel en relación con el Mesías por venir; es un escena terrenal y milenaria.
         Veamos algunos contrastes entre las dos historias:



Rut
Ester
Una extranjera casada con un israelita.
Una israelita casada con un extranjero.
Un malestar entre el pueblo (Obed)
que afectaba al gobierno
Un malestar en el gobierno que afectaba al pueblo.
La conducta de Rut influencia a Booz
El consejo de Mardoqueo influencia a Ester.
Una vida quieta en la esfera de la familia
Una vida pública en el palacio.
Los eventos concluyen con un nacimiento.
No hay una conclusión en cuanto a la pareja.
El amor y devoción de Rut eran espon-
táneos; requerían poco estímulo de afuera.
La actuación de Ester fue producto
de consejos energéticos de parte de otro.
Muchas referencias a Dios.
Ninguna referencia a Dios.
No hubo una gran oposición.
Hubo una oposición feroz.
-- (copiado)

Doctrina: Cristología (Parte XIX)

Su vida terrenal.


Introducción:
La vida terrenal de Cristo es importante para la doctrina cristiana por varias razones[1]:
1.    Por­que mostró la validez de sus asertos y, por consiguiente, su dignidad para ser Salvador.
2.    Fue el tiempo cuando el Cordero de Dios pasó por la prueba y mostró ser un ex­celente sacrificio por el pecado.
3.    Su vida terrenal suministra un ejemplo que pueda seguir su pueblo, lo que particularmente quiere decir el ejem­plo de su amor sacrificial (1.a Juan 2:6).
4.    Fue durante su vida terrenal cuando Él realizaba sus enseñanzas, algunas de las cuales se referían de modo principal a los judíos como pueblo directo, y al­gunas se dieron como anticipación a la formación de su Iglesia.
Para estudiar la vida de Cristo podemos dividirla en tres partes. La primera, corresponde a aquellos años de preparación, partiendo por su nacimiento en Belén, seguida de sus años de infancia, juventud y madurez hasta convertirse en hom­bre plenamente, y culmina este periodo con el bautismo y la tentación. La segunda parte de su vida comprende el periodo de mi­nisterio público, que incluían su ministerio primero en Judea (Juan 2:13 al 4:3), su ministerio en Galilea (Ma­teo 1:14 a 9:50) y el ministerio de Perea (Lucas 9:51 — 19:28). Y en tercer lugar, trata de los acontecimientos que conducen a su muerte por crucifixión. Todo esto ocurrió durante  una semana, la que conocemos como la Semana de Pasión o semana Santa (Lucas 19:29 — 22:46) e incluía la traición, el arresto (Juan 18:2-13), el juicio ante Anás y Caifás (Juan 18: 12-24 y Marcos 14:53 — 15:1), Pilato (Marcos 15:1-15), Herodes (Lucas 23: 8-12), y la crucifixión con las varias palabras pronunciadas en la cruz.
Los  biógrafos que disponemos presentas material similar entre ellos, con excepción del evangelio de Juan. Cada evangelista ordena el material existente con el fin de resaltar una cualidad del redentor. Podemos destacar que la creencia generalizada que Mateo muestra a Jesús como el Mesías prometido; Marcos como el Siervo perfecto; Lucas como el hombre perfecto; y Juan muestra el aspecto divino del Señor Jesús. Cada una de estas cualidades propias de nuestro Señor, son resaltadas en forma especial por alguno de los evangelistas
La forma que abordaremos será enumerar  o bosquejar los principales acontecimientos en cada una de las tres etapas de su vida.

1.    Su preparación.
Este periodo de la vida del Señor Jesucristo no podemos empezar a reseñarla con la anunciación, sino que  debemos empezarla por donde Lucas comenzó, con la promesa dada a Zacarías que tendría un hijo y que le llamaría Juan. “Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos.  E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.  (Lucas 1: 16, 17).
          Seis meses después el ángel Gabriel visita a María  y le “dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. […] María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin (Lucas 1:28-33). Ella sin más acepta lo que Dios había dispuesto en su soberana autoridad:  “He aquí la si-erva del Señor; hágase conmigo con-forme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia” (Lucas 1:38).
          Por orden imperial, todos debían volver a sus pueblos de origen porque debían ser censados (Lucas 2:1). José, casado con María, tuvo que ir a Belén de Judea por causa del censo, y ella estaba por dar a luz a su hijo primogénito. Al llegar no encontraron mesón donde pudiese estar y dar a luz, sino que el parto se produjo en un pesebre (Lucas 2:7). El hecho fue de tal reconocimiento celestial, que los ángeles alababan a Dios (Lucas 2:14).  A causa del mensaje dado a los pastores por el ángel, ellos fueron a ver lo que sucedía y encontraron al niño y la madre en el pesebre de Belén (Lucas 2:16). 
          Como todo Hebreo, al octavo día fue circuncidado de acuerdo a lo que la ley ordenaba (Lucas 2:21).  Pasado el periodo de purificación, de acuerdo a la ley fueron a presentar al niño a Dios en el templo, ya que por ser el primogénito de María era considerado Santo; y por ser muy pobres, ofrecieron “conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos” (Lucas 2:24 cf. Levítico 12:6-8).
          En el templo es reconocido por el sacerdote Simeón que esperaba al Mesías (Lucas 2:25-26), lo bendice; y estaba también Ana que era profetisa (Lucas 2:36).
          Del oriente llegaron unos Magos haciendo  la siguiente pregunta: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:2). Provocó tal revuelo, que hasta Herodes se conmocionó (Mateo 2:3). “Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea…” (Mateo 2:4-5), y citaron el pasaje del profecía de Miqueas 5:2. Herodes procedió astutamente “indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella (Mateo 2:7); y los envió con el encargo que volviesen y diesen cuenta de donde estaban para que él le fuese adorar también.  Pero Dios trastocó su plan de eliminar al Mesías prometido y que amenazaba su trono.
          Lo magos, que seguían a una estrella, llegaron hasta el lugar donde habitaban José, María y el Niño. Allí adoraron al niño y le entregaron los presentes que traían: “oro, incienso y mirra” (Mateo 2:11). Y al regresar a su tierra, fueron avisados que lo hiciesen por otro camino y no volviesen a Jerusalén. Herodes dándose cuenta que su planes  de trastocaron, ordenó que todo niño menor de dos años fuese asesinado.
          José fue avisado en sueños que debía huir porque querían matarlo. “Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto (Mateo 2:14). Estuvieron en Egipto hasta que Herodes murió. Y siendo avisados por un ángel, volvieron a Israel, pero no se quedaron en Belén porque reinaba en aquella zona “Arquelao” (Mateo 2:22), fueron a su antigua tierra: Nazaret, y de ahí que sería llamado “Nazareno”, término que no debe confundirse con “Nazareo”, porque el primero es un gentilicio y el segúndo era un voto o promesa hecha a Dios.
          La siguiente información que se dispone, es la que detalla Lucas en su evangelio, en el cual se visualiza a Jesús como un adolecente de doce años (que posiblemente había celebrado su “Bar Mitzvah”, hijo de los mandamiento, es decir, que era un hombre responsable de sus actos ante la ley)  que viaja con sus padres a celebrar la pascua, en su primer viaje, a Jerusalén. Al terminar la fiesta, y después de un día de viaje, se percataron sus Padres que no estaba en la caravana después de buscarlo por todos lados. Se devolvieron a Jerusalén y al tercer día lo encontraron en el templo, “sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas (Lucas 2:46-47).
          Ante la reconvención de la Madre a su Hijo (Lucas 2:48), la respuesta del Hijo puede parecer dura ante el sufrimiento de una madre, pero corresponde a un hombre responsable de sus actos y que se preocupa de los negocios de su Padre, de ahí la respuesta del joven Jesús: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? (Lucas 2:49). Sin embargo, el comprendió a pesar de su deseo de complacer a su Padre que su hora no había aun llegado y volvió con ellos “y estaba sujeto a ellos” (Lucas 2:51).
          Después de los sucesos de Jerusalén, solo tenemos que “Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52). Es decir, su crecimiento fue como un muchacho normal y de seguro adquirió la profesión de su padre José (Marcos 6:3; Mateo 13:55).
        “En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (Lucas 3:1-2). Juan era conocido como el bautista y proclamaba su mensaje en el Jordán (Betábara, Juan 1:28). “Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados” (Marcos 1:4). Su Mensaje era: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2). Además predicaba diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo” (Marcos 1:7-8; Vea también Mateo 3:11, 12; Lucas 3:16, 17; Juan 1:27).
          Un día llegó Jesús a ser bautizado por Juan y este se le oponía diciendo: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?(Mateo 3:14). Pero comprendió que era necesario que se cumpliese toda justicia y lo bautizó. Después que subió del agua y hubo orado (Lucas 3:21), vio Juan descender el Espíritu Santo como en forma de Paloma y posarse en Jesús (Marcos 1:10). “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).
          “El Bautismo de Jesús fue el último acto de su vida privada, desde ahí en adelante su ministerio está vinculado resueltamente ejecutar el plan previamente establecido para la obra que le había sido encomendada y por la que había venido al mundo”[2]
          Impulsado por el Espíritu Santo fue llevado a un  lugar desierto (Mateo 4:1; Lucas 4:1; Marcos 1:12) donde pudo estar cuarenta días  en oración y ayuno. Al finalizar este periodo, Jesús tuvo hambre y Satanás lo tentó, o mejor dicho, lo probó de tres formas. “La tentación del Señor no se originó en Satanás, sino que obedece en todo propósito eterno en relación con la naturaleza humana del Redentor, quien lleno del Espíritu, en el plano de la humanidad aceptó con gusto y complacencia los días de ayuno y luego la tentación, como corresponde a quien se complacía en cumplir todos los propósitos de Dios”.[3]
          El agente de tentación fue Satanás (Marcos 1:13; Mateo 4:1; Lucas 4:2) y lo tentó en tres aspectos, los mismos en el cual Adán fracasó.
a)    Proveerse de alimento en una forma ilícita
Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí que estas piedras se conviertan en pan” (Mateo 4:3).
b)   Proveer reconocimiento en forma ilícita
Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios” (Mateo 4:6-7)
c)    Proveerse de los reinos de la tierra de una forma ilícita
Todo esto te daré, si postrado me adorares (Mateo 4:9)
          Ante cada prueba que Satanás lo sometía, el Redentor le daba una respuesta  de acuerdo a lo que Dios había establecido en la Ley. Para primera tentación cita Deuteronomio 8:3; para la segunda, Deuteronomio 6:16; y para tercera, cita Deuteronomio 6:13; 10:20. A diferencia de Adán, el Redentor acudió a las palabras de Dios para protegerse de la tentación, si Adán hubiese recurrido a ella, la situación hubiese sido totalmente distinta.
          Después de la victoria sobre la tentación, “El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían(Mateo 4:11).




[1] Charles C. Ryrie, Síntesis de Doctrina Bíblica, página 67 (adaptado)
[2] Samuel Perez Millos, Comentario Exegético al texto griego del Nuevo Testamento, página 209, editorial Clie.
[3] Idem, página 213