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sábado, 25 de julio de 2026

“CINCO DE PALABRAS… (1 CORINTIOS 14:19)

 

Es siempre maravilloso observar la manera en que las palabras de la Escritura cautivan el corazón. Ellas son ciertamente “como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones” (Eclesiastés 12:11). A veces, una breve oración, o una simple expresión, prenden el corazón, penetran la conciencia u ocupan la mente de tal forma que demuestran, fuera de toda duda, la divinidad del Libro en que se encuentran. ¡Qué fuerza de argumento, qué plenitud de significado, qué poder de aplicación, qué desarrollo de los orígenes de la Naturaleza, qué descubrimiento del corazón, qué agudeza y penetración, qué energía acumulada encontramos de arriba abajo en las páginas sagradas! Uno se deleita cada vez que se detiene a considerar estas cosas; pero más particularmente en un tiempo como el presente, cuando el enemigo de Dios y del hombre está procurando, por todos los medios posibles, mancillar el honor del inspirado Volumen.

Todos estos pensamientos fueron no pocas veces sugeridos a la mente por medio de la expresión que constituye el título del presente artículo. Dice el humilde y devoto apóstol: “Prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida” (1.ª Corintios 14:19). ¡Qué importante es que todos los que hablan recuerden esto! Sabemos, naturalmente, que las lenguas tuvieron su valor. Ellas fueron “por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos” (v. 22). Pero, en la asamblea, ellas no servían de nada a menos que hubiese un intérprete.

El gran fin de hablar en la asamblea es la edificación, y este fin sólo puede ser logrado, como sabemos, por personas que entienden lo que se dice. Es absolutamente imposible que un hermano pueda edificarme si no puedo entender lo que dice. Tendrá que hablar en un lenguaje inteligible y en una voz audible, pues, de lo contrario, no podré recibir ninguna edificación. Esto, seguramente, es claro y muy digno de la seria atención de todos cuantos hablan en público.

Pero, además, bien haríamos en tener en cuenta que nuestra única autorización para pararnos y hablar en la asamblea es que el Señor mismo nos haya dado algo para decir. Si sólo fuesen “cinco palabras”, profiramos las cinco y sentémonos. Nada puede ser más insensato que intentar hablar “diez mil palabras” cuando Dios no nos ha dado más que “cinco”. ¡Es lamentable que esto ocurra con tanta frecuencia! ¡Qué gracia sería si tan sólo nos mantuviésemos dentro de nuestra medida! Esa medida puede ser pequeña. Eso no importa; seamos simples, fervientes y genuinos. Un corazón fervoroso es mejor que una cabeza lúcida; y un espíritu vehemente es mejor que una lengua elocuente. Cuando hay un deseo sincero y genuino de promover el bien de las almas, se podrá ver que ese deseo es más efectivo con los hombres y más aceptable a Dios que los más brillantes dones sin él. No hay duda de que deberíamos anhelar fervientemente los dones mejores; pero también debemos recordar el camino “más excelente” (1.ª Corintios 13), esto es, el del amor, el cual siempre se oculta a sí mismo y procura solamente el beneficio de los demás. No estamos diciendo que valoramos menos a los dones, sino que valoramos más al amor.

Por último, recordar la siguiente regla sencilla ayudará muchísimo a elevar el tono de la enseñanza y la predicación públicas: «No se ponga a buscar algo de que hablar porque tenga la oportunidad de hablar; sino hable por cuanto tiene algo que debe decirse». Esto es muy simple. Es algo miserable que alguien esté meramente reuniendo el material suficiente para llenar un determinado espacio de tiempo. Esto nunca debería ocurrir. Que el que enseña o el que predica presten la debida atención a su ministerio; que cultiven su don; que dependan de Dios para su guía, poder y bendición; que vivan en el espíritu de oración, y que respiren la atmósfera de la Escritura. Entonces estarán siempre listos para ser usados por el Señor, y sus palabras ya sean cinco o diez mil seguramente glorificarán a Cristo y serán de bendición para los demás. Pero en ningún caso, por cierto, un hermano debería levantarse para dirigirse a sus semejantes, sin la convicción de que Dios le ha dado algo que decir, y sin el deseo de decirlo para edificación.

C.H. Mackintosh

viernes, 29 de diciembre de 2023

El Matrimonio

 

(Respuesta a una carta)

C.H. MACKINTOSH

…o nos sentimos con libertad de ofrecerle ningún consejo respecto de su situación. Usted debe acudir solamente a Dios. Cada uno debe aprender por sí mismo, en comunión con Dios, cuál es su propia senda en este solemne asunto. Siempre hemos encontrado que aquellos que fueron los más apresurados para ofrecer consejos, fueron los más incompetentes para darlos; mientras que, aquellos cuyo consejo merecía ser tomado en cuenta, fueron los más pausados para darlo. No vaya a suponer, querido amigo, que somos indiferentes a sus ejercicios; al contrario, nos condolemos profundamente de ellos; pero nosotros creemos que usted debe pedir consejo a Dios. 1.- Corintios 7:32-34 enseña, muy ciertamente, que los solteros son los que más libertad tienen de cuidados; pero el versículo 7 enseña con claridad que “cada uno tiene su propio don de Dios”; y cada uno debe saber, por sí mismo, cuál es su propio don. Una cosa, es decir: «Siga el ejemplo de Pablo», y muy otra tener el «propio don» para hacerlo. Es un error fatal que uno aparente andar en una senda para la que Dios no le ha dado ningún llamamiento ni le ha dotado de poder espiritual.

Debemos recordar, en estos días de ritualismo y de renovado monasticismo, que el matrimonio es una institución santa y honrosa, establecido por Dios en el huerto del Edén; aprobado por su presencia en Caná de Galilea y declarado ser honroso en todo, por su Espíritu, en Hebreos 13:4. Esto es suficiente en cuanto al principio general; más, cuando consideramos los casos individuales, cada uno debe ser guiado por Dios. A él lo encomendamos a usted muy afectuosamente.

No podemos comprender cómo uno que se llame a sí mismo «cristiano» puede atreverse a hablar, en los términos que usted describe, de la santa y honrosa institución del matrimonio. Tampoco podemos entender por qué usted tuvo que buscar una opinión humana sobre el tema, estando Hebreos 13:4 brillando delante de usted, por un lado, y 1.- Timoteo 4:1-4, por el otro. ¡Oh! ¿cuándo aprenderá la gente a abrir su Biblia e inclinarse ante su santa autoridad en todas las cosas? Detestamos absolutamente esa ficticia espiritualidad, santurronería y trascendentalismo que salta a la vista en las notas a las que usted llama nuestra atención. A nosotros nos parece que se trata simplemente de santidad en la carne, lo cual sabemos que es una de las habilidosas tretas de Satanás. El matrimonio fue instituido por el Jehová Dios en el huerto del Edén. Fue ratificado por la presencia de Cristo en Caná de Galilea. El Espíritu Santo declara en Hebreos 13 que es honroso. La prohibición del matrimonio es declarada doctrina de demonios en 1.a Timoteo 4. Esto es plenamente suficiente para nosotros, por más que los píos sentimentalistas e hiper espiritualistas digan lo que les plazca.

Debe ser absolutamente una cuestión de fe individual. Usted debe andar delante de Dios; pero procure andar en feliz y benigna comunión. Ustedes dos, juntos, deberían esperar en Dios y procurar ser de un mismo pensamiento en el Señor. Éste es su feliz privilegio. No hay nada más importante para los esposos que cultivar juntos el hábito diario de esperar en el Señor. Ello produce un maravilloso efecto en todo el ámbito de la vida doméstica. Pongan todo delante de Dios, derramen sus corazones juntos; no tengan secretos ni ninguna reserva. Entonces sus corazones estarán unidos en santo amor, y la corriente de su vida personal, conyugal y doméstica fluirá en paz y felicidad, para alabanza de Aquel que los ha hecho uno y los ha llamado a andar juntos como herederos de la gracia de la vida.

Ya hemos alzado una voz de advertencia contra el terrible mal de los matrimonios mixtos (esto es, la unión de un creyente con un inconverso) y hemos dado un muy solemne ejemplo de sus consecuencias. Creemos que es un paso fatal que un creyente se case con un inconverso, y una triste prueba de que el corazón se ha apartado del Señor y de que la conciencia ha escapado de la influencia de la luz y la autoridad de la Palabra de Dios. Es sorprendente cómo el diablo logra echar polvo en los ojos de la gente en este asunto. Él induce a los creyentes a creer que serán una bendición para el cónyuge inconverso. ¡Qué lamentable engaño! ¿Cómo podemos esperar bendición sobre un flagrante acto de desobediencia? ¿Cómo puedo yo, siguiendo un mal camino, pretender en él corregir a otro? Pero sucede —y no infrecuentemente— que un creyente, cuando se empeña en casarse con un incrédulo, se engaña a sí mismo mediante la convicción de que es convertido. Estos creyentes aparentan estar satisfechos con pruebas de conversión que, bajo otras circunstancias, dejarían enteramente de inspirarles confianza. En estos casos, lo que gobierna es su propia voluntad. Ellos están decididos a seguir su propio camino, y entonces, cuando ya es demasiado tarde, se dan cuenta de su terrible error.

Con respecto a su pregunta acerca de cómo debemos actuar con las personas que incurren en esta transgresión, no conocemos ninguna instrucción directa que conste en el Nuevo Testamento. Con toda seguridad, tendrá que haber una solemne reprensión y una fiel reprobación; pero creemos que se trata de algo que más bien pertenece al trabajo pastoral y a la disciplina personal que a la disciplina de la asamblea.

Acerca del triste caso que usted menciona, no creemos que esté bien que un hijo «intente y gestione una reconciliación» entre sus padres. Si el marido desea regresar, la esposa deberá recibirlo. Creemos que esto se desprende claramente de 1.- Corintios 7:13. “Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone”. Si él desea regresar, ello equivale a “consentir en vivir con ella”; y si a ella se le dice que “no lo abandone”, ello equivale a recibirlo. Al menos, así lo juzgamos nosotros. Puede ser que el Señor esté por llevar a sus pies al marido; y, si es así, sería muy triste que una esposa creyente resultara ser una piedra de tropiezo por falta de gracia. Sin duda, el marido ha faltado grandemente a sus deberes como esposo al abandonar a su mujer, aun si no hubiera nada más serio; pero si él realmente desea volver —aparte de cualquier manipulación o influencia externas—, no podemos sino considerar que es deber de toda esposa cristiana recibirlo y procurar, mediante su “conducta casta y respetuosa” (1.a Pedro 6:2), ganarlo para Cristo. Si ella se opusiera, y él entonces fuese empujado al pecado o al endurecimiento de su corazón, ella nunca se lo perdonaría a sí misma.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

El cristiano ¿En qué consiste? (4)

 

Es muy agradable a nuestro espíritu considerar el carácter del Señor Jesús como nuestro Pastor, en cualquiera de sus aspectos, ya sea como: “el buen pastor” (Juan 10:11) dando su vida por las ovejas; “el gran pastor” (Heb. 13:20) saliendo de la tumba, habiendo ya - en la grandeza de su fortaleza - despojado a la muerte de su aguijón y al sepulcro de su victoria; o, como “el príncipe de los pastores” (1Ped. 5:4), rodeado por todos sus pastores subordinados, quienes, por amor a Su persona adorable, y por la gracia de Su espíritu, hayan vigilado y cuidado de la grey. De los cuales ceñirá las sienes con diademas de gloria. En todos los aspectos de la historia de nuestro Pastor divino, es muy agradable y edificante pensar en Él.

Ciertamente, hay algo en el carácter de nuestro Señor como Pastor que se adapta de manera peculiar a nuestra condición actual. Por la gracia somos constituidos en “pueblo de su prado, y ovejas de su mano” (Sal. 95:7); y como a tales, precisamos de manera bien especial de un pastor. Como pecadores, culpables y arruinados, le necesitamos como el “Cordero de Dios” (Juan 1:29,36); su sangre expiatoria nos encuentra en aquel punto de nuestra historia y satisface nuestra urgente necesidad. Como adoradores, le necesitamos como al “gran sacerdote” (Heb. 10:21), cuyas vestiduras, la expresión comprensiva de sus atributos y requisitos, demuestran a nuestras almas de la manera más bendita cuán eficazmente Él se encarga de este oficio. Como ovejas, expuestas a peligros innumerables en nuestro peregrinaje a través del desierto oscuro en este día sombrío y tenebroso, verdaderamente podemos escuchar la voz de nuestro Pastor, cuya vara y cayado nos proporcionan la seguridad y estabilidad para poder caminar hacia el hogar celestial.

Ahora bien, en estos siete versículos de Lucas cap. 15, hallamos al Pastor presentado a nosotros en un aspecto profundamente interesante con respecto a su obrar bondadoso: se ve aquí buscando la oveja perdida. La parábola tiene un significado especial debido al hecho de que fue colocada juntamente con la segunda acerca de la dracma perdida y la tercera acerca del hijo pródigo, como argumento a favor de las acciones de Dios repletas de gracia, en pro de los pecadores. (Es una sola “parábola”).

Dios, en la persona del Señor Jesús, había venido tan cerca del pecador, que el legalismo y el fariseísmo (representados por escribas y fariseos), se ofendieron por ello: “Este a los pecadores recibe, y con ellos come”. Aquí residía la ofensa de que la gracia divina fue imputada en el tribunal del corazón legal y orgulloso del hombre que se reputa justo a sí mismo. Pero el recibir así a los pecadores era la misma gloria de Dios - Dios manifestado en carne - Dios había descendido a la tierra. Fue por eso que Él bajó a este mundo arruinado. No dejó su trono en los cielos para bajar en búsqueda de los justos, pues ¿por qué tendría que buscar a los tales? ¿Quién pensaría en buscar cosa alguna sino solamente lo que se había perdido? Con toda seguridad la misma presencia de Cristo en este mundo demostró que había venido en busca de algo, y, además, que ese algo estaba perdido. “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvarlo que se había perdido” (Lc. 19:10).

El alma debería regocijarse en gran manera por el hecho de que fue como cosa perdida que provocó la gracia y la piedad del corazón del Pastor. Podemos preguntarnos qué fue lo que impulsó el corazón de Jesús hacia nosotros, tal como somos; sí, podemos preguntárnoslo, pero solamente la eternidad nos descifrará la respuesta de este enigma. Podríamos preguntar al pastor de la parábola por qué pensaba más en aquella oveja solitaria y perdida que en las noventa y nueve restantes no perdidas. ¿Cuál sería su respuesta? --- La oveja perdida es mía, es de gran valor para mí, y tengo que hallarla. Jesús podía ver - Él sólo - en un pecador desvalido, un objeto de valor para sí y por el cual se viera impelido a descender del trono de gloria del Padre para salvarlo.

C.H. Mackintosh

sábado, 30 de septiembre de 2023

El cristiano ¿En qué consiste? (2)

 C.H. MACKINTOSH


2.  El objeto del cristiano

Aquí nuevamente vemos que el cristianismo nos coloca delante de Cristo solo. El hecho “de conocerle” (Filipenses 3:10) constituye la aspiración del verdadero cristiano. Si la posición del cristiano es “ser hallado en él”, “conocerle” constituye su único objeto, su única meta. La filosofía de los antiguos tenía un adagio que era constantemente presentado a la atención de sus discípulos: «Conócete a ti mismo.» El cristianismo, al contrario, tiene otra palabra, que tiende a un objeto más noble y elevado. Nos insta a conocer a Cristo, a hacer de él el objeto de nuestro corazón, a fijar nuestra mirada en él.

Esto y sólo esto constituye el objeto del cristiano. Tener cualquier otro objeto no constituye en absoluto el cristianismo, y lamentablemente los cristianos tienen otros objetos en que ocuparse. Por eso decíamos al principio de nuestro artículo, que lo que deseábamos presentar a nuestros lectores es el cristianismo y no la marcha de los cristianos. Poco importa cuál sea el objeto que nos ocupa; desde el momento que no es Cristo, no es el cristianismo. El anhelo del verdadero cristiano tenderá siempre hacia lo que se dice en estas palabras: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (v. 10).

La meta del cristiano no es hacer su camino en el mundo, ir en busca del dinero, procurar alcanzar una posición social elevada, buscar engrandecer su familia, hacerse de un nombre y buscar fama. Él no aspira a ser considerado un gran hombre, un hombre rico, un hombre popular. No, ninguna de estas cosas es un objeto cristiano. Ellas pueden constituir las aspiraciones de aquellos que no han hallado mejores bienes; pero el cristiano ha hallado a Cristo. En esto reside toda la diferencia. Puede parecer natural para un hombre que no conoce a Cristo como su justicia, hacer lo mejor que pueda para forjar su propia justicia; pero para aquel cuya posición está en un Cristo resucitado, la más perfecta justicia que pudieran producir los esfuerzos humanos, no sería más que una pérdida. Es exactamente lo mismo cuando se trata de un objeto. La cuestión no es decir: «¿Qué hay de malo en tal o cual cosa?», sino: «¿Es esto de Cristo?».

Es útil considerar esto, pues estamos seguros de que una de las grandes causas de la baja condición espiritual que prevalece entre los cristianos, se debe justamente al hecho de que la mirada es quitada de Cristo, y fijada en tal o cual objeto inferior. El objeto puede tener en sí mismo cierto valor moral para un hombre del mundo, para un hombre que no ve nada más allá de su lugar en la naturaleza, en la vieja creación. Pero, para el cristiano, no es así. Él no es de este mundo. Está en el mundo, pero no es del mundo. Ellos “no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”, dice nuestro amado Señor (Juan 17:14). “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20), y nunca debiéramos estar satisfechos con un objeto inferior a Cristo. No importa en lo más mínimo la posición social en la cual estemos. Un hombre puede ser un recolector de residuos o un príncipe, o puede ocupar uno de los numerosos grados entre estos dos extremos sociales; es todo lo mismo si Cristo constituye su único y verdadero objeto. No es la condición social de un hombre, sino el objeto que persigue, lo que le confiere su carácter.

El apóstol Pablo no tenía sino un solo objeto: Cristo. Ya sea que se quedase en un lugar o que estuviese de viaje, que predicase el Evangelio o que juntase ramas secas para las estacas (Hechos 18), que estableciese iglesias o que hiciera tiendas, su objeto era Cristo. Tanto de noche como de día, en casa o fuera de ella, por mar o por tierra, solo o con otros, en público o en privado, Pablo podía decir: “Una cosa hago” (v. 13); y esto, notémoslo bien, no se trata solamente de Pablo el diligente apóstol, Pablo el santo arrebatado al tercer cielo, sino de Pablo el cristiano vivo, activo y caminante; de aquel que podía decirnos: “Hermanos, sed imitadores de mí” (v. 17). Y no deberíamos contentarnos con nada menos. Nuestras faltas —es triste decirlo, pero es cierto—, son numerosas; pero mantengamos siempre ante nuestros ojos el verdadero objeto. El escolar, que escribe unas líneas, sólo puede esperar que la página que redacta quede prolija si mantiene sus ojos fijos en la primera línea del encabezamiento que subrayó con una regla. Ahora bien, si luego aparta su mirada de la línea modelo, y se empieza a fijar en la última línea que acaba de trazar —lo cual es una tendencia muy común—, entonces cada línea subsiguiente se irá desviando cada vez más de la precedente. Lo mismo ocurre con nosotros: Apartamos la mirada de nuestro divino y perfecto modelo, y comenzamos a considerarnos a nosotros mismos, a fijarnos en nuestros propios esfuerzos, en lo que somos nosotros, en nuestros propios intereses, en nuestra reputación. Comenzamos a pensar en lo que estaría de acuerdo con nuestros principios, con la profesión que hacemos, con nuestra posición en el mundo, en lugar de pensar en el único objeto que el cristianismo pone ante nosotros, esto es, Cristo.

Pero —dirá alguno— ¿dónde se halla esto? En efecto, si lo buscamos en las filas de los cristianos de nuestros días, ello será ciertamente difícil. Pero es lo que nos dice el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses, y esto ha de bastarnos. Hallamos allí un modelo del verdadero cristianismo, que debemos tener única y continuamente ante los ojos. Si nuestros corazones quisieran ir en pos de otras cosas, entonces juzguémoslos. Comparemos las líneas que trazamos con la línea modelo, y busquemos seriamente reproducir una copia fiel a partir de ella. Sin duda habremos de llorar por nuestras frecuentes caídas, pero estaremos ocupados con nuestro verdadero objeto, y tendremos así formado nuestro carácter cristiano; porque, no lo olvidemos, éste es el móvil que nos hace actuar, que forma nuestro carácter; cada objeto anhelado, forma nuestro carácter. Si mi meta es el dinero, seré avaro; si busco el poder, seré ambicioso; si amo las letras, seré un literato; si mi objeto es Cristo, seré cristiano. No se trata aquí de una cuestión de vida o de salvación, sino de cristianismo práctico. Si alguien nos pidiera que definamos en pocas palabras qué es un cristiano, en seguida responderíamos que es un hombre cuyo objeto es Cristo. Esto es muy simple. ¡Ojalá que podamos experimentar el poder de esta verdad, de manera de manifestar un carácter de discípulos más sano y vigoroso, en estos días en que tantos cristianos, lamentablemente, tienen sus pensamientos en las cosas terrenales!

Concluiremos este breve e imperfecto esbozo de un tema tan amplio e importante, con algunas palabras sobre la esperanza del cristiano.

(continuará)

martes, 29 de agosto de 2023

El cristiano ¿En qué consiste?

 

C.H. MACKINTOSH


I.              La posición del cristiano

Este punto, en nuestro capítulo, se halla desarrollado de manera doble. No sólo se nos dice lo que es la posición del cristiano, sino también lo que no es. Si alguna vez ha existido un hombre que pudiera jactarse de tener su propia justicia con la cual estar delante de Dios, ése ha sido Pablo. “Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Fil. 3:4-6).

He aquí un muy notable catálogo que presenta todo lo que se podría desear para constituir una buena posición en la carne. Nadie podía aventajar a Saulo de Tarso. Él era un judío de pura cepa, de una conducta irreprensible, con un celo ferviente y una devoción inquebrantable. En sus principios, era un perseguidor de la Iglesia. Como judío, era imposible que no viese que los fundamentos mismos del judaísmo eran sacudidos por la nueva economía de la Iglesia de Dios. Era absolutamente imposible que el judaísmo y el cristianismo pudiesen subsistir sobre el mismo terreno, o que pudiesen reinar juntos sobre el mismo espíritu. Un rasgo especial del antiguo sistema era la estricta separación de judíos y de gentiles; un rasgo especial del último es la íntima unión de ambos en un solo y mismo cuerpo. El judaísmo erigía y mantenía la pared intermedia de separación; mientras que el cristianismo la derribó para siempre.

Por tal motivo, Saulo de Tarso, como celoso judío, no podía ser sino un ardiente perseguidor de la Iglesia de Dios. Ello era parte de su religión, en la cual él “aventajaba a muchos de sus contemporáneos en su nación”, siendo “mucho más celoso” (Gálatas 1:14). Saulo tenía todo lo que se podía tener bajo forma de religión; cualquiera fuese la altura que el hombre podría alcanzar, él la alcanzaba. No se le escapaba nada que pudiese contribuir a construir el edificio de su propia justicia, de la justicia en la carne, de la justicia en la vieja creación. Le fue permitido apropiarse de todas las atracciones de una justicia legal, a fin de que pudiese arrojarlas lejos de él en medio de las glorias más brillantes de la justicia divina. “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Filipenses 3:7-9).

Debemos notar aquí que el pensamiento más sobresaliente en este pasaje no es el de un pecador culpable que echa mano de la sangre de Jesús para obtener el perdón, sino más bien el de un legalista que echa de lado, como escoria, su propia justicia, por haber encontrado una mejor. Ni precisamos mencionar que Pablo era un pecador por naturaleza, “el primero de los pecadores”, y que, como tal, tuvo que apropiarse de la sangre preciosa de Cristo, y hallar allí el perdón, la paz y la aceptación para con Dios. Muchos pasajes del Nuevo Testamento nos enseñan esto; pero no es éste el pensamiento principal del capítulo que estamos considerando. Pablo no está hablando de sus pecados sino de sus ganancias. No está ocupado con sus necesidades como pecador, sino de sus ventajas como hombre, como hombre en la carne, como hombre en la vieja creación, como judío, en una palabra.

Es cierto, benditamente cierto, que Pablo trajo todos sus pecados a la cruz y que ellos fueron lavados en la sangre expiatoria de la divina ofrenda por el pecado. Pero vemos otra cosa en este importante pasaje. Vemos a un hombre legalista arrojando lejos de sí su propia justicia y estimándola como una cosa repugnante y sin valor en comparación con un Cristo resucitado y glorificado, quien es la justicia del cristiano, la justicia que pertenece a la nueva creación. Pablo tenía pecados que lamentar, pero tenía una justicia en la cual podía gloriarse. Tenía culpa en la conciencia, y laureles en la frente. Tenía abundantes cosas de que avergonzarse, y abundantes cosas de que gloriarse. Pero el punto principal que se presenta en Filipenses 3:4-8 no es el de un pecador cuyos pecados han sido perdonados, su culpa borrada y su vergüenza cubierta, sino el de un legalista que deja atrás su propia justicia, el de un erudito que se despoja de todos sus laureles, el de un hombre que abandona su vanagloria por la sencilla razón de que ha hallado la verdadera gloria, el galardón inmarcesible y una eterna justicia en la Persona de un Cristo victorioso y exaltado. No se trataba solamente de que Pablo, el pecador, tuviese necesidad de una justicia, porque, en realidad, él no tenía ninguna; sino de que Pablo, el fariseo, prefería la justicia que le fue revelada en Cristo, porque ella era infinitamente mejor y más gloriosa que toda otra.

Sin duda, Pablo, como pecador, tenía necesidad de una justicia, en la cual pudiese estar de pie ante Dios, como todo otro pecador; pero no es eso lo que él nos presenta en este capítulo. Deseamos que nuestros lectores comprendan con claridad este punto, a saber, que no es sólo cuestión de que mis pecados me muevan hacia Cristo, sino de que Sus excelencias me atraen a Él. Es cierto que tengo pecados y que, por lo tanto, necesito a Cristo; pero, aunque tuviese una justicia, la arrojaría lejos de mí y sería dichoso de refugiarme “en Él”. Sería una positiva “pérdida” para mí el tener una justicia propia, ya que Dios me ha provisto en su gracia de tan gloriosa justicia en Cristo. Es como Adán en el huerto de Edén; estaba desnudo y, en consecuencia, se hizo un delantal; pero habría sido una “pérdida” para él el hecho de conservar el delantal después que Jehová Dios le hiciera una túnica. Seguramente era muchísimo mejor tener una túnica hecha por la mano de Dios, que un delantal hecho por la mano del hombre. Así pensó Adán, así pensaba Pablo, y así pensaban todos los santos de Dios cuyos nombres hallamos grabados en las páginas sagradas. Es mejor estar en la justicia de Dios, que es por la fe, que estar en la justicia del hombre, que es por las obras de la ley. No es solamente una gracia ser librados de nuestros pecados mediante el remedio que Dios proveyó, sino que es también una gracia ser librados de nuestra justicia y aceptar, en lugar de ella, la justicia que Dios reveló.

Así pues, vemos que la posición de un cristiano está en Cristo. “Hallado en él” (Filipenses 3:9). Ésta es la posición cristiana. Nada más ni nada menos que ésta. No es que una parte esté en Cristo y la otra en la ley, una parte en Cristo y otra en las ordenanzas. No; se halla toda “en él”. Ésta es la posición que el cristianismo provee. Si se la tocase en lo más mínimo, no sería más el cristianismo. Puede que se trate de algún «ismo» antiguo, de un «ismo» medieval o de algún «ismo» nuevo; pero si fuese otra cosa que no sea solamente “hallado en él”, seguramente no sería el cristianismo del Nuevo Testamento. Vemos, pues, la importancia, en el tiempo en que vivimos, de actuar en las conciencias de nuestros lectores. Les suplicamos que consideren bien este primer punto, como lo ha expresado un himno: «En Cristo está nuestra posición.» Él es nuestra justicia; él mismo, el Cristo crucificado, resucitado, exaltado y glorificado. Sí, él es nuestra justicia. “Ser hallado en él”, he aquí la propia posición cristiana. No es el judaísmo, el catolicismo, ni ningún otro «ismo». No es ser miembro de esta iglesia o de tal otra, sino que es estar en Cristo. Éste es el gran fundamento del verdadero cristianismo práctico. Ésta es, en una palabra, la posición del cristiano.

(continuará)

domingo, 30 de julio de 2023

El cristiano ¿En qué consiste?

 

En otra ocasión, sostuvimos que la Biblia —y no un sistema particular de teología deducido de ella— era la guía suprema y plenamente suficiente de la Iglesia, en todas las épocas, en todas las latitudes y bajo todas las circunstancias. Ahora nos proponemos presentar a nuestros lectores, no una forma particular de religiosidad humana, sino el cristianismo en su excelencia moral y en su belleza divina, tal como está ilustrado en este conocido pasaje de la epístola a los Filipenses. No osamos tomar la defensa de los hombres ni de sus sistemas. Los hombres yerran en su teología y en su moral, pero la Biblia y el cristianismo permanecen inalterables e inquebrantables. ¡Qué gracia indecible! ¿Quién podría apreciarla debidamente? Poseer una regla perfecta de teología y de moral, es un privilegio por el que jamás podríamos estar suficientemente agradecidos. Poseemos esta norma —bendito sea Dios— en la Biblia y en el cristianismo que ella expone. Los hombres pueden errar en sus creencias y faltar en su conducta, pero la Biblia no deja de ser la Biblia, y el cristianismo no deja de ser el cristianismo.

Ahora bien, creemos que el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses nos presenta el modelo de un verdadero cristiano, un modelo según el cual todo cristiano debería ser formado. El hombre que se nos muestra aquí, podía decir por el Espíritu Santo: “Hermanos, sed imitadores de mí” (Filipenses 3:17). Él no habla así en su carácter de apóstol, ni como hombre dotado de dones extraordinarios, habiendo tenido el privilegio de haber visto inefables visiones. En este versículo 17 de nuestro capítulo, no oímos a Pablo el apóstol ni a Pablo el vaso dotado, sino a Pablo el cristiano. Nosotros no podríamos seguirlo en su brillante carrera como apóstol. No podríamos seguirlo en su arrebatamiento al tercer cielo; pero sí podemos seguirlo en su marcha cristiana a través de este mundo; y nos parece que en este capítulo tenemos una vista completa de esta marcha, y no solamente de la marcha en sí, sino también del punto de partida y de la meta. Vamos, pues, a considerar:

          Primero: La posición del cristiano

          Segundo: El objeto del cristiano

          Tercero: La esperanza del cristiano

¡Que el Espíritu Santo sea nuestro instructor, mientras nos detenemos un poco en estos puntos tan importantes y tan llenos de interés!  (continuará)

lunes, 26 de junio de 2023

El Cristiano y la Ley

 




¿Es la ley una «regla de vida» para el cristiano?

Hay tres importantes puntos, relacionados entre sí, que a veces son tergiversados, sobre los cuales quisiéramos escribir unas palabras con el solo fin de guardar la verdad de toda falsificación, y de remover, dentro de nuestras capacidades, un tropiezo del camino de los lectores honestamente interesados en la verdad de Dios. Estos puntos son, el sábado, la ley y el ministerio cristiano. En esta ocasión sólo vamos a considerar el tema de la ley en relación con el cristiano, dejando para otra oportunidad los otros dos puntos.

A la ley se la contempla erróneamente de dos maneras:

•   Primero, como fundamento de la justificación, y

•   Segundo, como regla de vida del cristiano

Un pasaje o dos de la Escritura serán suficientes para zanjar la cuestión tanto de lo uno como de lo otro. En cuanto a la justificación:

“Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).

“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28).

“Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16).

En cuanto al hecho de ser una regla de vida, leemos:

“Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios” (Romanos 7:4).

“Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu [lit.: ‘en novedad de espíritu', véase Lacueva] y no bajo el régimen viejo de la letra” (Romanos 7:6).

Obsérvense dos cosas en este último pasaje citado:

1.  “Estamos libres de la ley”

2.  No para hacer lo que agrada a la vieja naturaleza, sino para que sirvamos “en novedad de espíritu”.

Aunque fuimos librados de esclavitud, es nuestro privilegio “servir” en libertad. Asimismo, leemos también en este capítulo:

“Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte” (v. 10).

Evidentemente, la ley no demostró ser una prueba de vida para él.

“Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (v. 9).

Independientemente de quién represente el “yo” en este capítulo de la epístola a los Romanos, él estaba vivo hasta que vino la ley, y entonces murió. De ahí, pues, que la ley no podía haber sido una regla de vida para él; ella, en realidad, era todo lo contrario: una regla de muerte.

Es evidente, pues, que un pecador no puede ser justificado por las obras de la ley; y es igualmente evidente que la ley no constituye la regla de vida del creyente:

“Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10).

La ley no reconoce ninguna distinción entre un hombre nacido de nuevo y otro que no lo es; maldice a todos los que intentan colocarse ante ella; rige y maldice a un hombre entretanto éste vive. Nadie como el verdadero creyente reconocerá plenamente que es incapaz de guardarla, y nadie así estaría más completamente bajo la maldición.

¿Cuál es, pues, el fundamento de nuestra justificación? Y ¿cuál es nuestra regla de vida? La Palabra de Dios responde de la siguiente manera: Somos “justificados por la fe de Cristo” (Gálatas 2:16), y Cristo es nuestra regla de vida. Él llevó todos “nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero” (1.a Pedro 2:24). Cristo fue “hecho por nosotros maldición” (Gálatas 3:13). Él bebió por nosotros la copa de la justa ira de Dios “hasta sus sedimentos” (Isaías 51:17; Juan 18:11). Despojó a la muerte de su aguijón, y al sepulcro de su victoria (1.a Corintios 15:55- 56). Dio su vida por nosotros. Descendió hasta la muerte, donde estábamos nosotros, a fin de conducirnos a una eterna asociación con Él en vida, justicia, favor y gloria delante de nuestro Dios y de Su Dios, de nuestro Padre y de Su Padre. (Véanse cuidadosamente los siguientes pasajes: Juan 20:17; Romanos 4:25; Romanos 5:1-10; Romanos 6:1-11; Romanos 7. Romanos 8:1-4; 1.a Corintios 1:30, 31; 1.a Corintios 6:11; 1.a Corintios 15:55- 57; 2.a Corintios 5:17-21; Gálatas 3:13, 25-29; Gálatas 4:31; Efesios 1:19-23; Efesios 2:1-6; Colosenses 2:10-15; Hebreos 2:14, 15; 1.a Pedro 1:23.).

Si el lector pondera con oración todos estos pasajes de las Escrituras, verá claramente que no somos justificados por las obras de la ley, y no sólo eso, sino que también verá cómo somos justificados. Verá los profundos y sólidos fundamentos de la vida, la justicia y la paz cristianas, conforme a los consejos eternos que Dios tenía en sus planes, puestos en la consumada expiación de Cristo, desarrollados por Dios el Espíritu Santo en la Palabra escrita, y hechos efectivos en la bienaventurada experiencia de todos los verdaderos creyentes.

Luego, en cuanto a la regla de vida del creyente, el apóstol no dice: «Para mí el vivir es la ley», sino: “Para mí el vivir es Cristo” (Filipenses 1:21). Cristo es nuestra regla, nuestro modelo, nuestra piedra de toque, nuestro todo. Lo que el cristiano debiera preguntarse continuamente en su vida, no es: «¿Es esto conforme a la ley?», sino: «¿Es esto conforme a Cristo?». La ley nunca podría enseñarme a amar, a bendecir y a orar por mis enemigos; pero esto es precisamente lo que el Evangelio me enseña a hacer, y lo que la nueva naturaleza me lleva a hacer. “El cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10), y si yo no obstante fuese a buscar justificación por la ley, estaría perdido; y si fuese a hacer de la ley mi norma de acción, erraría totalmente mi propio blanco. Fuimos predestinados para ser conformados, no a la ley, sino a la imagen del Hijo de Dios. Debemos ser como Él. (Véanse los siguientes pasajes: Mateo 5:21-48; Romanos 8: 29; 1.a Corintios 13:4-8; Romanos 13:8-10; Gálatas 5:14-26; Efesios 1:3-5; Filipenses 3:20, 21; Filipenses 2:5; Filipenses 4:8; Colosenses 3:1-7).

A algunos les parece una paradoja que se diga que “la justicia de la ley se cumple en nosotros” (Romanos 8:4) y a la vez que no podemos ser justificados por la ley, ni hacer de la ley nuestra regla de vida. Sin embargo, así es si hemos de formar nuestras convicciones por la Palabra de Dios. Tampoco para la mente renovada existe la menor dificultad en el entendimiento de esta bendita doctrina. Nosotros estábamos, por naturaleza, “muertos en nuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1), y ¿qué puede hacer un hombre muerto? ¿Cómo puede un hombre obtener la vida guardando aquello que requiere vida para poder ser guardado; una vida que no tiene? Y ¿cómo obtenemos nosotros la vida? Cristo es nuestra vida. Vivimos en Aquel que murió por nosotros; somos bendecidos en Aquel que fue hecho maldición por nosotros al ser colgado en un madero; somos justos en Aquel que fue hecho pecado por nosotros; somos traídos cerca en Aquel que fue arrojado fuera por nosotros (Romanos 5:6-15; Efesios 2:4-6; Gálatas 3:13).

Teniendo así, pues, vida y justicia en Cristo, somos llamados a andar como Él anduvo, y no simplemente a andar como un judío. Somos llamados a purificarnos, así como él es puro; a andar en sus pisadas; a anunciar sus virtudes; a manifestar su Espíritu (Juan 13:14, 15; Juan 17:14-19; 1.a Pedro 2:21; 1.a Juan 2:6, 29; 1.a Juan 3:3).

Concluiremos nuestras observaciones sobre este tema sugiriendo al lector dos preguntas, a saber:

(1)   ¿Podrían los Diez Mandamientos sin el Nuevo Testamento ser una regla de vida suficiente para el creyente?

(2)   ¿Podría el Nuevo Testamento sin los Diez Mandamientos ser una regla de vida suficiente?

Seguramente aquello que es insuficiente, no puede ser nuestra regla de vida. Recibimos los Diez Mandamientos como parte del canon de la inspiración; y, además, creemos que la ley permanece plenamente vigente para regir y maldecir a un hombre en tanto que éste vive. Que un pecador tan sólo intente obtener vida mediante la ley, y verá dónde ésta lo emplazará; y que un creyente tan sólo dirija su camino conforme a ella, y verá lo que la ley hará de él. Estamos plenamente convencidos de que, si un hombre anda conforme al espíritu del Evangelio, no cometerá homicidio ni hurtará; pero también estamos convencidos de que todo hombre que se circunscriba a las normas de la ley de Moisés, se desviará totalmente del espíritu del Evangelio.

El tema de “la ley” demandaría una exposición mucho más elaborada, pero los límites de este breve escrito que me he propuesto, no lo permitirían, y nos vemos obligados así a encomendar al lector la consideración de los diversos pasajes de la Escritura a los que hemos hecho referencia y que los examine con cuidado. De este modo —creemos con certeza— llegará a una sana conclusión, y será independiente de toda enseñanza e influencia humanas. Verá cómo un hombre es justificado libremente por la gracia de Dios, a través de la fe en un Cristo crucificado y resucitado; verá que es hecho “participante de la naturaleza divina”, e introducido en una condición de justicia divina y eterna, siendo totalmente libre de toda condenación; verá que en esta santa y elevada posición, Cristo es su objeto, su tema, su modelo, su regla, su esperanza, su gozo, su fuerza, su todo; verá que la esperanza puesta delante de él, es estar con Jesús donde Él está, y ser semejante a Él por siempre. Y verá asimismo que, si como pecador perdido halló perdón y paz a los pies de la cruz, él no es, como un hijo acepto y adoptado, enviado de nuevo a los pies del Monte Sinaí, para ser allí aterrado y rechazado por las terribles maldiciones de una ley quebrantada (Hebreos 12:18-24). El Padre no podía pensar en regir con una ley de hierro al hijo pródigo a quien Él había recibido en Su seno con la más pura, profunda y rica gracia. ¡Oh, no! “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:1-2). El creyente es justificado, no por obras, sino por medio de la fe; él se halla, no en la ley, sino en la gracia; y aguarda, no el juicio, sino la gloria.
C.H. MACKINTOSH

domingo, 28 de mayo de 2023

CRISTO En la Barca

 


“El momento de extremo peligro o de angustiosa necesidad en la vida del hombre es el momento oportuno para Dios”. Éste es un dicho muy familiar en el mundo de habla inglesa, que citamos a menudo y que, sin ninguna duda, creemos plenamente; y, sin embargo, cuando a nosotros mismos nos toca pasar por un momento crítico, cuando nos vemos enredados en un gran aprieto, a menudo estamos poco dispuestos a contar únicamente con la oportunidad de Dios. Una cosa es exponer una verdad o escucharla, y muy otra realizar el poder de esa verdad. No es lo mismo hablar de la capacidad de Dios para guardarnos de la tempestad cuando navegamos sobre un mar en reposo, que poner a prueba esa misma capacidad cuando realmente se desata la tempestad a nuestro alrededor. Sin embargo, Dios es siempre el mismo. En la tempestad o en la calma, en la enfermedad o en la salud, en las necesidades o en las circunstancias favorables, en la pobreza o en la abundancia, él es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8); él es la misma gran realidad sobre la cual la fe puede apoyarse y de la cual puede echar mano en cualquier tiempo y circunstancia.

Lamentablemente, ¡somos incrédulos!, y ésta es la causa de nuestras flaquezas y caídas. Nos hallamos perplejos y agitados cuando deberíamos estar tranquilos y confiados; buscamos socorro de todos lados cuando deberíamos contar con Dios; hacemos “señas a los compañeros” en lugar de “poner los ojos en Jesús”. Y de este modo, sufrimos una gran pérdida al mismo tiempo que deshonramos al Señor en nuestros caminos. Pocas cosas habrá, sin duda, por las que debamos humillarnos más profundamente que por nuestra tendencia a no confiar en el Señor cuando surgen las dificultades y las pruebas; y seguramente afligimos su corazón al no confiar en él, pues la desconfianza hiere siempre a un corazón que ama.

Veamos, por ejemplo, la escena entre José y sus hermanos en el capítulo 50 del Génesis: “Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos. Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban” (v. 15-17).

Triste respuesta a cambio de todo el amor y los cuidados que José había prodigado a sus hermanos. ¿Cómo podían suponer que aquel que les había perdonado tan libre y completamente, que había salvado sus vidas cuando estaban enteramente en sus manos, querría desatar contra ellos, después de tantos años de bondad, su ira y su venganza? Fue ciertamente grave el error de parte de ellos, y no es de extrañar que José llorara mientras hablaban. ¡Qué respuesta a todos sus indignos temores y a sus terribles sospechas! ¡Un mar de lágrimas! ¡Así es el amor! “Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, más Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón” (v. 19- 21).

Así ocurrió con los discípulos en la ocasión que estamos considerando. Meditemos un poco este pasaje.

“Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas.

Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal” (Marcos 4:35-38).

Tenemos aquí una escena interesante a la vez que instructiva. A los pobres discípulos les toca vivir un momento de extremo peligro, una situación límite. No saben qué más hacer. Una recia tempestad, la barca llena de agua, el Maestro durmiendo. Era realmente un momento de prueba y, si nos miramos a nosotros mismos, seguramente no nos extrañará el miedo y la agitación de los discípulos. De haber estado en su lugar, sin duda habríamos reaccionado de la misma manera. Sin embargo, no podemos sino ver dónde fallaron. El relato se escribió para nuestra enseñanza, y debemos estudiarlo y tratar de aprender la lección que nos enseña.

No hay nada más absurdo ni más irracional que la incredulidad, cuando la consideramos con calma. En la escena que nos ocupa, la incredulidad de los discípulos es, evidentemente, absurda. En efecto, ¿qué podía ser más absurdo que suponer que la barca podía hundirse con el propio Hijo de Dios a bordo? Y, sin embargo, eso es lo que temían. Se dirá que precisamente en ese momento no pensaban en el Hijo de Dios. A la verdad, pensaban en la tempestad, en las olas, en la barca que se llenaba de agua, y, juzgando a la manera de los hombres, parecía una situación desesperada. El corazón incrédulo razona siempre así. Mira las circunstancias y deja a Dios de lado. La fe, en cambio, no considera más que a Dios, y deja las circunstancias de lado.

¡Qué diferencia! La fe se goza en los momentos de extremo peligro o de angustiosa necesidad, simplemente porque los tales son una oportunidad para Dios. La fe se complace en concentrarse en Dios, en encontrarse sobre ese terreno ajeno a la criatura, para que Dios manifieste su gloria; en ver que las “vasijas vacías” se multipliquen para que Dios las llene (2.° Reyes 4:3-6). Podemos afirmar ciertamente que la fe habría permitido a los discípulos acostarse y dormir junto a su divino Maestro en medio de la tempestad. La incredulidad, por otro lado, los hizo estar sobresaltados; no pudieron permanecer tranquilos ellos mismos, y perturbaron el sueño del Señor con sus incrédulas aprensiones. Él, cansado por un intenso y agobiador trabajo, había aprovechado la travesía para reposar durante unos instantes. Sabía lo que era el cansancio. Había descendido hasta todas nuestras circunstancias, de modo que pudo familiarizarse con todos nuestros sentimientos y debilidades, habiendo sido tentado en todo según nuestra semejanza, a excepción del pecado. En todo respecto fue hallado como hombre y, como tal, dormía sobre un cabezal, balanceado por las olas del mar. El viento y las olas sacudían la barca, a pesar de que el Creador se hallaba a bordo en la persona de ese Siervo abrumado y dormido.

¡Profundo misterio! El que hizo el mar y podía sostener los vientos en su mano todopoderosa, dormía allí, en la popa de la barca, y dejaba que el viento le tratase sin más miramientos que a un hombre cualquiera. Tal era la realidad de la naturaleza humana de nuestro bendito Señor. Estaba cansado, dormía, y era sacudido en medio de ese mar que sus manos habían hecho. Detente, lector, y medita sobre esta maravillosa escena. Ninguna lengua podría hablar de ella como conviene. No podemos detenernos más en este punto; sólo podemos meditar y adorar.

Como ya lo hemos dicho, la incredulidad de los discípulos fue la que hizo salir a nuestro bendito Señor de su sueño. “Y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?” (Marcos 4:38). ¡Qué pregunta! “¿No tienes cuidado?” ¡Cuánto debió de herir el sensible corazón del Señor! ¿Cómo podían pensar que era indiferente a su angustia en medio del peligro? ¡Cuán completamente habían perdido de vista su amor —por no decir nada de su poder— cuando se atrevieron a decirle estas palabras: “¿No tienes cuidado?”!

Y, sin embargo, querido lector cristiano, esta escena ¿no es un espejo que refleja nuestra propia miseria? Ciertamente. Cuántas veces, en los momentos de dificultad y de prueba, esta pregunta se genera en nuestros corazones, aunque no la formulemos con los labios: “¿No tienes cuidado?” Quizá estemos enfermos y suframos; sabemos que bastaría una sola palabra del Dios Todopoderoso para curar el mal y levantarnos, pero esa palabra no la dice. O quizá tengamos dificultades económicas; sabemos que “el oro y la plata, y los millares de animales en los collados” son de Dios, que incluso los tesoros del universo están en su mano; sin embargo, pasan los días sin que nuestras necesidades se suplan. En una palabra, de un modo u otro atravesamos aguas profundas; la tempestad se desata, una ola tras otra golpea con ímpetu nuestra diminuta embarcación, nos hallamos en el límite de nuestros recursos, no sabemos qué más hacer y nuestros corazones se sienten a menudo prestos a dirigir al Señor la terrible pregunta: “¿No tienes cuidado?” Este pensamiento es profundamente humillante. La simple idea de lastimar el corazón de Jesús, lleno de amor, con nuestra incredulidad y desconfianza debería producir la más profunda contrición.

Además, ¡qué absurda es la incredulidad! ¿Cómo Aquel que dio su vida por nosotros, que dejó su gloria y descendió a este mundo de pena y miseria, donde sufrió una muerte vergonzosa para librarnos de la ira eterna, podría alguna vez no tener cuidado de nosotros? Y, sin embargo, estamos prestos a dudar, o bien nos volvemos impacientes cuando nuestra fe es puesta a prueba, olvidando que esa misma prueba que nos hace estremecer y retroceder, es mucho más preciosa que el oro, el cual perece con el tiempo, mientras que la fe es una realidad imperecedera. Cuanto más se prueba la verdadera fe, tanto más brilla; y por eso la prueba, por más dura que sea, redundará, sin duda, en alabanza, gloria y honra para Aquel que no sólo implantó la fe en el corazón, sino que también la hace pasar por el crisol de la prueba, velando atentamente sobre ella durante todo ese tiempo.

Pero los pobres discípulos desfallecieron a la hora de la prueba. Les faltó confianza; despertaron al Maestro con esta indigna pregunta: “¿No tienes cuidado que perecemos?” ¡Ay, qué criaturas somos! Estamos dispuestos a olvidar diez mil bondades en cuanto aparece una sola dificultad. David dijo: “Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl” (1° Samuel 27:1). Y ¿qué ocurrió al final? Saúl cayó en la montaña de Guilboa y David ocupó el trono de Israel. Ante la amenaza de Jezabel, Elías huyó para salvar su vida, ¿y cómo terminó todo? Jezabel fue arrojada por la ventana de su aposento y los perros lamieron su sangre, mientras que Elías ascendió al cielo en un carro de fuego (véase 1.° Reyes 19:1-4; 2.° Reyes 9:30-37; 2:11). Lo mismo ocurrió con los discípulos: tenían al Hijo de Dios a bordo, y creían que estaban perdidos; ¿y qué pasó al final? La tempestad fue reducida al silencio, y el mar se allanó como un espejo al oír la voz del que, antiguamente, llamó los mundos a la existencia. “Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza” (Marcos 4:39).

¡Cuánta gracia y majestad juntas! En lugar de reprochar a sus discípulos por haber interrumpido su sueño, reprende a los elementos que los habían aterrorizado. Así respondía a la pregunta: “¿No tienes cuidado que perecemos?” ¡Bendito Maestro! ¿Quién no confiaría en ti? ¿Quién no te adoraría por tu paciente gracia, y por tu amor que no hace reproches?

Vemos una perfecta belleza en la manera en que nuestro bendito Señor pasa, sin esfuerzo alguno, del reposo de su perfecta humanidad a la actividad de la Deidad. Como hombre, cansado de su trabajo, dormía sobre un cabezal; como Dios, se levanta y, con su voz omnipotente, acalla al viento impetuoso y calma el mar.

Tal era Jesús —verdadero Dios y verdadero hombre—, y tal es hoy, siempre dispuesto a responder a las necesidades de los suyos, a calmar sus ansiedades y alejar sus temores. ¡Ojalá que confiemos más simplemente en él! No tenemos más que una débil idea de lo mucho que perdemos al no apoyarnos más de lo que lo hacemos en los brazos de Jesús cada día. Nos aterrorizamos con demasiada facilidad. Cada ráfaga de viento, cada ola, cada nube nos agita y deprime. En vez de permanecer tranquilos y reposados cerca del Señor, nos dejamos sobrecoger por el terror y la perplejidad. En vez de tomar la tempestad como una ocasión para confiar en él, hacemos de ella una ocasión para dudar de él. Tan pronto como se hace presente la menor dificultad, pensamos en seguida que vamos a sucumbir, a pesar de que nos asegura que nuestros cabellos están contados. Bien podría decirnos, como a sus discípulos: “¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?” (v. 40). Parecería, en efecto, que por momentos no tuviésemos fe. Pero ¡oh, qué tierno amor es el suyo! Él está siempre cerca de nosotros para socorrernos y protegernos, aun cuando nuestros incrédulos corazones sean tan propensos a dudar de su Palabra. Su actitud para con nosotros no es conforme a los pobres pensamientos que tenemos acerca de Él, sino según su perfecto amor. He aquí el consuelo y el sostén de nuestras almas al atravesar el tempestuoso mar de la vida, en camino hacia nuestro reposo eterno. Cristo está en la barca. Esto siempre nos basta. Descansemos con calma en él. ¡Ojalá que, en el fondo de nuestros corazones, siempre pueda haber esta calma profunda que proviene de una verdadera confianza en Jesús. Entonces, aunque la tempestad ruja y se encrespen las olas hasta lo sumo, no diremos: “¿No tienes cuidado que perecemos?” ¿Podemos acaso perecer con el Maestro a bordo? ¿Podemos pensar eso alguna vez, teniendo a Cristo en nuestros corazones? Quiera el Espíritu Santo enseñarnos a servirnos más plena, libre y ardientemente de Cristo. Realmente necesitamos esto justamente ahora, y lo necesitaremos cada vez más. Nuestro corazón debe asir a Cristo mismo por la fe y gozar de él. ¡Que esto sea para su gloria y para nuestra paz y gozo permanentes!

Podemos señalar todavía, para terminar, cómo afectó a los discípulos la escena que acabamos de ver. En lugar de la calma adoración de aquellos cuya fe ha recibido respuesta, manifiestan el asombro de aquellos cuyos temores fueron objeto de reproche. “Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” (v. 41). Seguramente, tendrían que haberlo conocido mejor. Sí, querido lector, y nosotros también.

domingo, 11 de abril de 2021

Pensamientos

 

Dios ha llegado a lo sumo en la demostración de su gracia; y el hombre ha llegado a lo sumo en la demostración de su culpa. Ambos han llegado a su extremo en la muerte de Cristo; y cuando le vemos coronado de gloria y sentado en el trono, tenemos la evidencia más poderosa de que solo falta que la salvación sea revelada, por un lado, y que el juicio emprenda sur curso, por el otro. (C. H. Mackintosh, Extracto Comentario de 1 Pedro 4:5)

sábado, 10 de octubre de 2020

MEDITACIÓN

 Fuera león o fuera oso, tu siervo lo mataba. Ese filisteo incir­cunciso será como uno de ellos, porque ha desafiado a los escuadrones del Dios viviente. (1 Samuel 17:36)


           


Tal fue el argumento de la fe. La mano que había librado a David de una dificultad, podía librarlo de otra. Él no se había jactado de su triunfo sobre el león y el oso. Nadie parece haber oído de esto antes; y él. sin duda, jamás habría hablado de eso tampoco, de no haber sido con el expreso propósito de mostrar sobre qué base sólida reposaba su confianza para la gran obra que iba a empren-der. Quería mostrar claramente que no lo iba a hacer con su propia fuerza. Así ocurrió con Pablo cuando fue arrebatado al tercer cielo. Durante catorce años, este secreto permaneció sepultado en el corazón del apóstol, y jamás lo habría divulgado, si no fuera porque los razonamientos carnales de los corintios lo habían obligado a ello.

            Ahora bien, estos dos ejemplos están llenos de instrucción prác­tica para nosotros. La mayoría de nosotros somos demasiado pro­pensos a hablar de nuestros pobres hechos o, por lo menos, a pen­sar en ellos. La carne tiene una fuerte tendencia a vanagloriarse en todo lo que exalta al yo; y si el Señor, a pesar de lo que somos, realiza algún pequeño servicio por medio nuestro, ¡cuán propensos somos a comunicarlo a los demás, en un espíritu de orgullo y auto- complacencia!

            Sin embargo, David guardó en su corazón el secreto de su triunfo sobre el león y el oso, hasta el momento en que se presentase la ocasión adecuada para hablar de ello. “Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo”. ¡Preciosa fe que cuenta con Dios para todo y que no confía para nada en la carne; que introduce a Dios en cada dificultad y nos conduce, con un corazón lleno de gratitud, a ocultar el yo y a dar al Señor toda la gloria! ¡Ojalá que nuestras almas puedan aprender cada día más de esta fe tan bendita!

C. H. Mackintosh

martes, 3 de julio de 2018

PENSAMIENTO


La vida cristiana no consiste en la observancia de ciertas reglas, mandamientos y tradiciones humanas. Es una realidad divina. Es tener a Cristo en el corazón y a Cristo reproducido en la vida diaria por el poder del Espíritu Santo. Es el nuevo hombre, formado sobre el modelo de Cristo mismo, y apareciéndose en los más minuciosos de talles de nuestra vida, en la familia, en los negocios, en todas nuestras relaciones con nuestros semejantes; en nuestro genio, espíritu, estilo, conducta, en todo. No es asunto de mera profesión, o de dogma, o de opinión o de sentimientos; es una realidad viva e inconfundible. Es el reino de Dios establecido en el corazón, ejerciendo su bendita dominación sobre todo el ser moral y derramando su genial influencia sobre toda la esfera en la que somos llamados a movernos días tras día. Es el cristiano que sigue las benditas pisadas de Aquél que pasó haciendo bienes, haciendo todo lo posible para satisfacer toda forma de necesidad humana; viviendo no por si mismo sino para los otros, deleitándose en servir y dar; listo para calmar y simpatizar con cualquier espíritu quebrantado o corazón desolado.
C.H Mackintosh, Deuteronomio (1), pág.,265, 266