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domingo, 4 de julio de 2021

MEDITACIÓN

 

[Bernabé] exhortó a todos a que con propósito de corazón per­maneciesen fieles al Señor.  (Hechos 11:23)

UNA EXHORTACIÓN A PERMANECER FIELES AL SEÑOR (2)

          Un corazón distraído es la ruina de un cristiano. Cuando mi corazón está lleno de Cristo, ni mi corazón ni mi vista se sienten atraídos por la basura del mundo. Si Cristo mora en tu corazón por la fe, entonces no existirá esta pregunta: «¿Qué hay de malo en esto o aquello?», sino más bien: «¿Estoy haciendo esto por Cristo? ¿Puede Cristo acompañarme en esto?» No dejes que el mundo entre y confunda tus pensamientos. Este promete muchas cosas que no puede cum­plir. El hecho es que, el corazón de un cristiano es demasiado grande para el mundo, este no lo puede llenar. Al mismo tiempo, el corazón de los cristianos es muy pequeño para Cristo, pues Él llena los cielos de los cielos; sin embargo, Él llenará tu corazón y lo hará rebosar.

Meditemos nuevamente en que debe-mos permanecer fieles al Señor: no a una responsabilidad, no a alguna ley, sino al Señor. Bernabé sabía cuán engañoso es el corazón y con qué prontitud pone algo más en el lugar que le pertenece a Cristo. Tú tendrás que aprender a conocer qué es lo que hay en tu corazón. Permanece con Dios y aprenderás a conocer tu corazón junto con Él, bajo el poder de su gracia; de lo contrario, tendrás que aprenderlo con el diablo a través de tentaciones que te harán caer. Pero Dios es fiel, y si te has alejado de Él y otras cosas han entrado en tu corazón, endureciéndolo, y quieres volver a Él, Dios dice: debes tratar con tu corazón a fin de librarte de su poder engañoso.

Sin embargo, por más descuidado que hayas sido, por más lejos que te hayas alejado de Él, ¡vuélvete a Él! No dudes que se gozará al verte volver; medita en su amor; mira con horror al pecado que te aleja, pero no desconfíes de su amor, como tampoco un esposo o esposa querría ofender a su cónyuge desconfiando de su amor. Ódiate a ti mismo, pero recuerda cuánto te amó Él, y lo hará hasta el fin. No desconfíes de su obra ni de su amor.

J. N. Darby,

Devocional “El Señor está cerca 2020”, 01/12/2020

miércoles, 1 de agosto de 2018

LA FE QUE HA SIDO UNA VEZ DADA A LOS SANTOS (Parte III)

JUDAS 3


Al leer los Hechos de los Apóstoles, resulta muy sorprendente ver que hay poder en medio del mal. Cuando estemos en el cielo no habrá ningún mal, no nos hará falta la fe ni el ejercicio de nuestras conciencias entonces; pero ahora sí, y lo único que tenemos, donde predomina el mal, es el poder del Espíritu de Dios, y por ese poder debemos nosotros dominar el mal en nuestro camino.
La Palabra no dice que todo cristiano será perseguido, sino que dice: “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12). Si un hombre manifiesta el poder del Espíritu de Dios, el mundo no lo puede tolerar; ése es el principio. En los Hechos, cuando vemos el poder del Espíritu manifestado en los milagros, como antes lo fue en Cristo, ¿qué provocó? La misma enemistad que crucificó al Señor. Lo que tenemos hoy es el bien en medio del mal, y eso es precisamente lo que Cristo fue, el bien supremo en medio del mal; pero el resultado de la manifestación divina en Él, y puesto que la mente carnal es enemistad contra Dios, fue lo que provocó la hostilidad; y cuanto mayor fue la manifestación, tanto mayor la hostilidad que provocó; pues por Su amor le devolvieron odio. Todavía no hemos llegado al tiempo cuando el mal ha de ser quitado: eso será cuando Cristo vuelva. Y ésa es la diferencia entre aquel tiempo y éste. Aquel tiempo será el advenimiento del bien con poder, en el cual Satanás será atado y el mal sojuzgado. Pero el tiempo que Cristo estuvo en este mundo, y luego sus santos, es, por el contrario, el bien en medio del mal, y Satanás, entretanto, es el dios de este mundo.

¿SI PECÁREMOS VOLUNTARIAMENTE…?


Pregunta: Una creyente pregunta: ¿Qué significado tiene Hebreos 10:26. "Si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por el pecado"?

RespuestaLos versículos 23 al 31 de este capítulo se refieren a las personas que caminaron juntamente con los verdaderos creyentes, pero que eran profesantes, y no tenían en realidad la vida divina. El Espíritu nos enseña las fatales e irremediables consecuencias del abandono de la fe cristiana; el que desprecia el cristianismo es digno de mayor castigo que el que ha menospreciado la Ley (Hebreos 10:29). Para comprender el alcance de este versículo 26, es necesario considerarlo con el conjunto del capítulo. Creemos provechoso dar a continuación unos extractos de lo que escribió sobre este capítulo un verdadero siervo de Dios, en sus "Estudios sobre la Epístola a los Hebreos":
          "En los versículos 1 al 18 de Hebreos 10 el apóstol confirma y establece por la Palabra (citas del Antiguo Testamento) una verdad de capital importancia: Cristo se entregó a sí mismo, habiendo ofrecido "una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados" (versículo 12), se sentó a la diestra de Dios, habiendo hecho "perfectos para siempre a los santificados" (versículo 14); de modo que "no hay más ofrenda por el pecado" (versículo 18).
            A partir del versículo 19 da varias exhortaciones, basadas en las verdades que acaba de exponer en la primera parte del capítulo:
            En los versículos 19 al 22: "acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe"; es la actitud que más honra la eficacia de la Obra de Cristo.
            En los versículos 23 al 25: Animémonos mutuamente para no faltar a la profesión pública y colectiva de la fe (la congregación de los creyentes), tanto más cuanto que "aquel día se acerca": se trata del día del juicio; este pensamiento es presentado al creyente para obrar en su conciencia y guardarle en la separación del mal.
            El versículo 26 es una advertencia o amonestación introducida por el fin del versículo 25, el cual declara que el día del juicio se va acercando. Está relacionado con el conjunto de los versículos 23 al 25, es decir, con la exhortación de perseverar en la profesión de la fe.
            El "conocimiento de la verdad" (versículo 26) designa la enseñanza de los capítulos 9 y 10 de esta epístola, los dos grandes privilegios del cristianismo (comparen con versículo 29), es decir: el "solo sacrificio" de Cristo en la cruz y la presencia del Espíritu Santo, que da testimonio de la gracia manifestada en este sacrificio.
            Si aquél que profesaba reconocer el valor de este sacrificio lo abandonara, no habría otro, del cual pudiera reclamarse; este sacrificio tampoco se repetía; no quedaba sacrificio por el pecado. Todo pecado era perdonado por medio de este sacrificio; pero, si se rechazaba la verdad después de haberla conocido, ya no había sacrificio expiatorio, a causa de la misma perfección de la víctima ofrecida: sólo quedaba "una horrenda expectación de juicio" (versículo 27).
            Aquellos que habían menospreciado la Ley de Moisés morían sin misericordia alguna (versículo 28). ¡Qué castigo mucho más severo merecían, de parte de Dios, aquellos que hollaban bajo sus pies al Hijo de Dios, que estimaban como inmunda la sangre del pacto, con la cual habían sido santificados, y que hacían afrenta al Espíritu de gracia (versículo 29)! Esto no era desobedecer; era mucho más: era despreciar la gracia de Dios en Cristo. ¿Qué quedaba, pues, si se abandonaba esta gracia, después de haberla conocido? ¿Cómo escapar al castigo de Dios? Los Hebreos sabían Quién es Aquél que ha dicho que la venganza es suya, y que El dará el pago, como también sabían que "El Señor juzgará su pueblo" (versículo 30).
            Observemos, también, que en estos versículos vemos de nuevo que la santificación es atribuida a la sangre; también notamos que los profesantes son tratados como perteneciendo al pueblo... Todos los que habían reconocido a Jesús como el Mesías, y la sangre como sello y fundamento de un pacto eterno, trayendo la purificación y la redención, se reconocían como separados por Dios, como perteneciendo al pueblo de Dios. Por consiguiente, al abandonar a Cristo para volver al judaísmo, abandonaban su consagración a Dios por el medio perfecto y único que Dios había establecido para reconciliar al pueblo con Él mismo. Y no había otro medio para santificar a los que despreciaban así la gracia de Dios."
John N. Darby
Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1958, No. 33.-

martes, 3 de julio de 2018

LA FE QUE HA SIDO UNA VEZ DADA A LOS SANTOS (Parte II)

JUDAS 3


La opinión prevaleciente, que es común entre miles de personas, es la de escapar a la idea de la presente confusión para echar mano de esta especie de recurso: que la iglesia enseña y juzga y hace esto y aquello; pero, contrariamente a eso, es Dios quien juzga a la iglesia. Él muestra paciencia y gracia, y llama almas hacia sí tal como lo hizo en Israel. Pero lo que debemos mirar de frente es el hecho de que la iglesia no ha escapado de los efectos de ese principio propio de la pobre naturaleza humana, a saber, que lo primero que hace es apartarse de Dios, y arruinar todo lo que Él ha establecido.
Cuando hablamos de los últimos tiempos, no se trata de algo nuevo, sino de algo que tenemos en las Escrituras, de algo que Dios, en su soberana bondad, nos ha revelado antes del cierre del canon de las Escrituras. Él permitió que el mal surgiese para poder darnos el juicio de las Escrituras sobre él.
         Si consideramos la epístola de Judas —y ahora tomo sólo algunos de los principios que la Iglesia de Dios necesita—, dice: “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). La fe ya estaba en peligro, y ellos se veían obligados a contender por aquello que se les estaba escapando de las manos, por así decirlo, “porque algunos hombres han entrado encubiertamente”, etc. de modo que ahora debéis considerar el juicio. Dios salvó a su pueblo de Egipto, y más tarde tuvo que destruir a aquellos que no creyeron. Algo similar ocurrió con los ángeles también.
Luego también Enoc profetizó de aquellos de quienes habla Judas, de los impíos sobre los cuales el Señor ejecutará juicio cuando venga otra vez. Éstos ya estaban allí, y el comienzo del mal en los días de los apóstoles, era suficiente para que Dios nos revelara Sus pensamientos en su Palabra. La base del juicio para cuando el Señor vuelva ya estaba presente. Leemos en la primera epístola de Juan: “Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo” (1 Juan 2:18). De modo que no se trata de algo nuevo que se ha desarrollado, sino de algo que empezó en los primeros tiempos, tan precisamente como ocurrió en Israel cuando hicieron el becerro al principio de su historia, y sin embargo Dios los soportó por siglos, pero el estado del pueblo era juzgado por un hombre espiritual. Dice Juan: “Conocemos que es el último tiempo.” Supongo que la iglesia de Dios difícilmente haya mejorado desde entonces. En el v. 20 agrega: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas”, es decir, tenéis lo que os capacitará para juzgar en tales circunstancias.
Veamos de nuevo el estado práctico de la iglesia tal como lo ve el apóstol Pablo en Filipenses 2:20-21: “Pues a ninguno tengo del mismo ánimo, y que tan sinceramente se interese por vosotros. Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús.” Eso sucedía en sus días. ¡Qué testimonio! No quiere decir que ellos habían desistido de ser cristianos.
El apóstol le dice a Timoteo: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta” (2 Timoteo 4:16). ¡Ninguno se quedó con él! Pedro nos dice que “es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1 Pedro 4:17). Cito estos pasajes como la autoridad de la Palabra de Dios que nos muestra que ya entonces, desde el mismo principio, algo estaba sucediendo públicamente, que el Espíritu de Dios podía discernir, y de lo cual podía dar testimonio como la causa del juicio final, pero que ya era manifiesto en la iglesia de Dios.
Hay otra cosa que demuestra positivamente este principio, lo cual es la causa de la acción, bajo las circunstancias reveladas en las siete iglesias de Asia: Apocalipsis 2 y 3. No dudo de que se trata de la historia de la iglesia de Dios, pero el punto principal es éste: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” Las iglesias no podían guiar, ni tener autoridad, ni nada de esa naturaleza, pero todo aquel que tenía oído para oír la Palabra de Dios, debía juzgar el estado de ellas. Éste, evidentemente, es un principio importante, y algo muy solemne. Cristo habla a las iglesias, no como Cabeza del cuerpo —aunque lo es para siempre—, sino que ellas son contempladas como responsables aquí en la tierra. No es que el Padre envía mensajes a la iglesia tal como lo hace a través de las diversas epístolas, sino que se trata de Cristo caminando en medio de ellas para juzgarlas. Él, pues, está aquí, no como Cabeza del cuerpo, ni como el Siervo. Está vestido “de una ropa que llegaba hasta los pies” (Apocalipsis 1:13); si se tratara de servicio, uno la recoge si quisiera servir; pero no es el caso aquí. Él anda en medio de ellos para juzgar su estado. Es algo nuevo.
Se trata de una cuestión de responsabilidad; en consecuencia, hallamos unas asambleas aprobadas y otras desaprobadas. Su condición está sujeta al juicio de Cristo, y ellas son aquí llamadas para oír lo que Él tiene que decir. No es precisamente la bendición de Dios lo que tenemos en relación con estas iglesias, aunque ellas tenían muchas bendiciones, sino la condición de las iglesias una vez que estas bendiciones habían sido puestas en sus manos. ¿Qué uso habían hecho de ellas?
Consideremos a los tesalonicenses en su frescura: la obra de fe, el trabajo de amor y su perseverancia en la esperanza eran manifiestos. Pero en la primera epístola a las iglesias, esto es, en la epístola dirigida a Éfeso, leemos: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia” (Apocalipsis 2:2). ¿Dónde estaban la fe y el amor? Faltaba la fuente. El Señor tenía que decir: “Quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido” (v. 5). Ellos habían sido colocados en un lugar de responsabilidad, y el Señor los trata conforme a eso. Lo primero que dice es: “Has dejado tu primer amor” (v. 4), por lo que, ya era “tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1 Pedro 4:17).
Estas palabras de Pedro se refieren a Ezequiel cuando dice: “Comenzaréis por mi santuario” (Ezequiel 9:6), la casa de Dios en Jerusalén, porque es allí donde Dios busca primero la justicia, en su propia casa. Siento que esto es algo tremendamente solemne, algo que debe inclinar nuestros corazones delante de Dios. La iglesia ha faltado en ser la epístola de Cristo (2 Corintios 3:3), y como tal fue puesta en el mundo, pero ¿vemos acaso que responda a ese propósito ahora? ¿Puede un pagano, “si lo vemos de esa manera” ver algo de ello? Puede que haya individuos que anden en santidad; pero ¿dónde encontramos fe como la de Elías, el que, si bien no conocía a ninguno que fuese fiel en Israel, Dios, sin embargo, conocía a siete mil? Era un hombre bendecido, pero aun su fe faltó, y Dios le pregunta: “¿Qué haces aquí Elías?” Esto no ha de desanimarnos tampoco, pues Cristo nos es suficiente. Nada iguala la fidelidad plenamente perfecta de la propia gracia de Dios, y nuestros corazones debieran inclinarse enteramente al contemplarla.
Tampoco es cuestión de atacar o de culpar, porque todos somos responsables en cierto sentido; pero nuestros corazones deben tomar en cuenta aquello tan hermoso que fue establecido por el poder del Espíritu de Dios, y preguntarse: ¿en qué quedó todo? ¡Esto hace que nuestras almas echen mano de esa fuerza que nunca falta!
Cuando volvieron los espías a Israel, la fe de diez cedió. Caleb y Josué dijeron: “Ni temáis al pueblo de esta tierra, porque nosotros los comeremos como pan.” Lo mismo es para nosotros frente a las dificultades y a la oposición presente. Somos llamados a ver dónde estamos, y cuál es la senda y el lugar en donde debemos andar: se nos llama a tomar conciencia del estado en el que se halla todo lo que nos circunda. Pero si bien la iglesia ha fracasado, la cabeza no puede fallar jamás. Cristo es más que suficiente para nosotros hoy para el estado de cosas en que nos hallamos, tanto como al principio cuando estableció la iglesia en hermosura y santidad. Posiblemente tengamos que mirar su Palabra para discernir Su pensamiento, pero no debemos cerrar nuestros ojos ante la realidad del estado de cosas en que nos encontramos.

martes, 5 de junio de 2018

LA FE QUE HA SIDO UNA VEZ DADA A LOS SANTOS


JUDAS 3

Es muy importante, amados amigos, en toda nuestra senda, saber primero dónde estamos, y, luego, conocer el pensamiento de Dios para descubrir la senda que Dios ha trazado y que debemos seguir en medio de las circunstancias en que nos encontramos.
No sólo es cierto que Dios nos ha visitado en gracia, sino que también debemos tomar conciencia de los resultados presentes de esa gracia, a fin de guardar tenazmente los grandes principios bajo los cuales Dios nos ha colocado como cristianos; y, al mismo tiempo, debemos ser capaces de aplicar esos principios a las circunstancias en que nos hallamos. Esas circunstancias pueden variar dependiendo de nuestra situación, pero los principios nunca varían.
Su aplicación a la senda de fe puede variar, y, de hecho, lo hace. Voy a ilustrar lo que quiero decir. En el tiempo del rey Ezequías, se le dijo al pueblo: “En quietud y en confianza será vuestra fortaleza” (Isaías 30:15), y también se le dijo que el asirio no entraría en Jerusalén y ni siquiera levantaría contra ella baluarte. Debían permanecer perfectamente quietos y firmes; y el ejército de Asiria fue destruido. Pero cuando llegó cierto tiempo de juicio en los días de Jeremías, entonces aquel que saliese de la ciudad para ir a los caldeos —sus enemigos—, se salvaría.
Ellos eran todavía, al igual que antes, el pueblo de Dios, aunque, por el momento, en el tiempo de juicio, Él decía: “No sois pueblo mío” (Oseas 1:9-10), y eso marcó la diferencia. No se había alterado el pensamiento de Dios ni su relación con su pueblo: eso nunca sucederá. Sin embargo, la conducta del pueblo tenía que ser exactamente opuesta. Bajo el reinado de Ezequías, fueron protegidos; bajo Sedequías debían someterse al juicio.
Me refiero a estas circunstancias como testimonio, para demostrar que mientras la relación de Dios con Israel es inmutable en este mundo, sin embargo, la conducta del pueblo en un determinado tiempo tenía que ser la opuesta a la que venía presentando anteriormente.
Miremos el principio de los Hechos de los Apóstoles, y fijémonos en la Iglesia, la Asamblea de Dios en el mundo. Encontramos allí la plena manifestación de poder; todos eran de un corazón y un alma, y tenían todas las cosas en común; hasta el lugar donde estaban congregados tembló (Hechos 4:31-32). Pero si tomamos la iglesia ahora, incluyendo el sistema católico romano y todo lo que lleva el nombre de cristiano, si contemplamos todo eso y lo reconocemos, en seguida nos sometemos a todo lo malo.
Aun cuando los pensamientos de Dios no varíen, y él conozca a los suyos, no obstante, necesitamos discernimiento espiritual para ver dónde estamos y cuáles son los caminos de Dios en tales circunstancias, en tanto que nunca nos hemos de apartar de los grandes principios primordiales que él estableció en su Palabra para nosotros.
Hay otra cosa también que debemos tomar en cuenta como un hecho establecido en la Escritura, y es que dondequiera que Dios haya puesto al hombre, lo primero que el hombre ha hecho ha sido arruinar la posición original: siempre debemos tener en cuenta este hecho.
Miremos a Adán, a Noé, a Aarón, a Salomón y a Nabucodonosor. La paciente misericordia de Dios jamás sufre alteración, pero el camino uniforme del hombre, según leemos en las Escrituras, ha sido malograr y arruinar lo que Dios había establecido como bueno. Por consiguiente, no puede haber ninguna marcha con verdadero conocimiento de nuestra posición, si esto no se toma en cuenta. Pero Dios es fiel y continúa en su paciente amor. Por eso leemos en Isaías 6:10: “Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos…”, pero no se cumplió sino después de 800 años y, cuando Cristo vino, lo rechazaron.
Así seguía la paciencia de Dios; las almas individuales eran convertidas, había varios testimonios dados por los profetas, y un remanente todavía fue preservado. Pero si fuésemos a alegar por la fidelidad de Dios ―que es invariable― para justificar positivamente el mal que el hombre ha introducido, todo nuestro principio sería falso.
Eso es precisamente lo que hacían en los días de Jeremías cuando se acercaba el juicio, y lo que la cristiandad hace ahora. Decían: “Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este”, y “la ley no faltará al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta” (Jeremías 7:4; 18:18), cuando todos estaban por ser llevados cautivos a Babilonia. La fidelidad de Dios fue invariable, pero tan pronto como la aplicaron en apoyo de una mala posición, vino a ser la misma causa de su ruina. Los mismos principios que constituyen la base de nuestra seguridad, pueden significar nuestra ruina si no tomamos conciencia de la posición en que nos encontramos.
Tenemos la palabra: “Mirad a la piedra de donde fuisteis cortados, y al hueco de la cantera de donde fuisteis arrancados. Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os dio a luz; porque cuando no era más que uno solo lo llamé, y lo bendije y lo multipliqué” (Isaías 51:1-2), un pasaje a menudo mal aplicado. Dios dice allí que Abraham estaba solo, y que Él lo llamó. El pueblo de Israel, a quien se dirigió esta palabra, consistía entonces tan sólo en un pequeño remanente. Pero Dios les quiso decir: «No os preocupéis por eso, yo llamé a Abraham estando solo.» No tenía importancia el hecho de que fuesen pequeños: Dios podía bendecirlos igualmente solos, tal como lo hizo con Abraham.
Ahora bien, en Ezequiel el pueblo dijo algo similar en circunstancias diferentes, lo cual es denunciado como iniquidad. Dijeron: “Abraham era uno, y poseyó la tierra; pues nosotros somos muchos” (Ezequiel 33:24). Decían que Dios había bendecido a Abraham y que, como ellos eran muchos, Él los tendría que bendecir aún más a ellos. En realidad, no entendieron la condición en la que se hallaban, y con la cual Dios trataba, por su falta de conciencia. Y de la misma manera hoy día, si no tomamos conciencia de nuestra condición —quiero decir, de la condición de toda la iglesia profesante en medio de la cual estamos—, estaremos completamente faltos de inteligencia espiritual.
Estamos en los últimos días, pero a veces pienso que algunos no estiman debidamente el pleno significado de ello. Creo que puedo mostrarles por medio de las Escrituras que la iglesia, como sistema responsable sobre la tierra, era, desde el mismo principio, aquello que había entrado en la condición de juicio, y su estado era tal que requería fe individual para juzgarlo.

lunes, 6 de febrero de 2017

TITO (PARTE I)

Introducción
La Epístola a Tito se ocupa del mantenimiento del orden en las iglesias de Dios.
El objetivo especial de las Epístolas escritas a Timoteo fue el mantenimiento de la sana doctrina, aunque se habla de otras cosas en atención a las cuales el apóstol entrega instrucciones para la conducta de Timoteo. Esto nos lo dice el apóstol mismo. En la Primera Epístola a Timoteo vemos que Pablo había dejado a su amado hijo en la fe en Éfeso, para que cuidase que ninguna otra doctrina fuese predicada allí; la asamblea es la "columna y apoyo de la verdad" (1 Timoteo 3:15 - Versión Moderna). En la Segunda Epístola hallamos los medios mediante los cuales los cristianos deben fortalecerse en la verdad, cuando la masa se ha apartado de ella.
Capítulo 1
El tema del libro: su carácter y su fuerza
Aquí en Tito, el apóstol dice expresamente que le había dejado en Creta para poner orden en las cosas que aún faltaban, y para establecer ancianos en cada ciudad. Aunque más o menos los mismos peligros se presentaban en la mente de Pablo como cuando le escribió a Timoteo, con todo, hallamos que el apóstol entra de inmediato en su asunto, con una tranquilidad que demuestra que su mente no estaba preocupada de la misma manera con esos peligros, y que el Espíritu podía emplearle más enteramente con el andar común de la asamblea, de modo que esta epístola es mucho más simple en su carácter. El andar que conviene a los cristianos, con respecto al mantenimiento del orden en sus relaciones los unos con los otros, y los grandes principios en los cuales este andar está fundamentado, forman el asunto del libro. El estado de la asamblea casi no se presenta ante nosotros. Verdades que fluyen más completamente de la revelación cristiana, y que la caracterizan, tienen más lugar en esta epístola que en aquellas dirigidas a Timoteo. Por otra parte, las profecías concernientes a la condición futura del Cristianismo, y el progreso de la decadencia que ya había comenzado, no se repiten aquí. Al mismo tiempo que declara de una manera notable ciertas verdades con respecto al Cristianismo, el tono de la epístola es más calmo, más común.

La promesa de vida y la revelación de Dios como el Padre, distinguiendo al Cristianismo del Judaísmo
Versículos 1-3. Se habla aquí particularmente de la promesa de vida así como en Timoteo. Además, esta promesa y la revelación de Dios (como el Padre) en Cristo distinguen al Cristianismo del Judaísmo.

Los grandes límites del Cristianismo presentados como caracterizando el apostolado de Pablo y el tema de su ministerio
Pero en esta epístola los grandes límites del Cristianismo son presentados al comienzo. La fe de los escogidos, la verdad que es según la piedad, la promesa de vida eterna desde antes del principio de los siglos, y la manifestación de la Palabra de Dios por medio de la predicación, son los asuntos de la introducción. El título de "Salvador" es aquí, como en Timoteo, añadido al nombre de Dios al igual que al de Cristo.

La revelación de una vida subsistiendo antes de que el mundo existiera: la fe de los escogidos
Esta introducción no carece de importancia. Aquello que contiene es presentado a Tito por el apóstol como caracterizando su apostolado, y como el asunto especial de su ministerio. No era un desarrollo del Judaísmo, sino la revelación de una vida y de una promesa de vida que subsistía (es decir, en Cristo, el objeto de los consejos divinos), antes de que el mundo fuese. Conforme a esto la fe se hallaba, no en la confesión de los judíos, sino en los escogidos traídos por gracia al conocimiento de la verdad. Era la fe de los escogidos: esta es una verdad importante, y lo que caracteriza la fe en el mundo. Otros pueden, en efecto, adoptarla como un sistema; pero la fe es en sí misma la fe de los escogidos.

Fe en el corazón y confesión de la verdad delante de los hombres
Éste no era el caso entre los judíos. La confesión pública de su doctrina, y la confianza en las promesas de Dios, pertenecían a todo aquel que nacía Israelita. Otros pueden pretender la fe cristiana; pero es la fe de los escogidos. Su carácter es tal que la naturaleza humana ni la comprende, ni la concibe, sino que encuentra que le es piedra de tropiezo. Desvela una relación con Dios, la cual es inconcebible para la naturaleza y, al mismo tiempo, presuntuosa e insoportable. Para los escogidos es el gozo de su alma, la luz de su entendimiento, y el sustento de su corazón. La fe los sitúa en una relación con Dios que es todo lo que su corazón puede desear, pero que depende enteramente en lo que Dios es; y esto es lo que el creyente desea. Es una relación personal con Dios mismo; por consiguiente, es la fe de los escogidos de Dios. Por lo tanto es también para todos los Gentiles así como para los Judíos.
Esta fe de los escogidos de Dios tiene un carácter íntimo en relación con Dios mismo. Reposa en Él, conoce los secretos de Sus consejos eternos - ese amor que hizo que los escogidos fuesen el objeto de Sus consejos. Pero hay otro carácter conectado con esta fe, a saber, la confesión delante de los hombres. Existe la verdad revelada mediante la cual Dios se da a conocer, y demanda la sumisión de la mente del hombre y la adoración de su corazón. Esta verdad sitúa el alma en una verdadera relación con Dios. Es la verdad que es según la piedad.
Por lo tanto, la confesión de la verdad es un carácter importante del Cristianismo, y del cristiano. Existe en el corazón la fe de los escogidos, fe personal en Dios y en el secreto de Su amor; y existe la confesión de la verdad.

La esperanza de la fe -- la vida eterna que tiene su fuente en Dios
Ahora bien, aquello que formaba la esperanza de esta fe no era la prosperidad terrenal, una posteridad numerosa, la bendición terrenal de un pueblo a quienes Dios reconocía como Suyos. Era la vida eterna, prometida por Dios en Cristo antes de que el mundo fuese, fuera del mundo y el gobierno divino del mundo y el desarrollo del carácter de Jehová en ese gobierno.
Era la vida eterna. Está en conexión con la naturaleza y el carácter de Dios mismo, y, teniendo su fuente en Él, procediendo de Él, era el pensamiento de Su gracia, y declarado ser tal en Cristo, antes de que un mundo existiese en el cual el primer hombre fue introducido en responsabilidad (su fracaso en el cual está su historia hasta Cristo el segundo Hombre, y la cruz en la que Él llevó sus consecuencias por nosotros, y obtuvo esa vida eterna para nosotros en su gloria plena con Él), y que fue la esfera del desarrollo del gobierno de Dios sobre aquello que estaba sujeto a Él - una cosa muy distinta de la comunión de una vida mediante la cual uno participa de Su naturaleza, y que es su reflejo. Esta es la esperanza del evangelio (pues nosotros no estamos hablando aquí de la asamblea), el tesoro secreto de la fe de los escogidos, de la cual la palabra revelada nos da seguridad.

Vida eterna prometida antes de que el mundo comenzara
"Prometió desde antes del principio de los siglos" es una expresión notable e importante. Uno es admitido en los pensamientos de Dios antes de la existencia de esta escena cambiante y mezclada, la cual da testimonio de la fragilidad y del pecado de la criatura - de la paciencia de Dios, y de Sus caminos en gracia y en gobierno. La vida eterna está conectada con la naturaleza inmutable de Dios; con consejos que son tan permanentes como Su naturaleza, con Sus promesas, en las cuales Él no nos puede mentir, y a las cuales Él no puede ser infiel. Nuestra parte en la vida existía antes de la fundación del mundo, no sólo en los consejos de Dios, no sólo en la Persona del Hijo, sino en las promesas hechas al Hijo como nuestra parte en Él. Se trataba del asunto de esas comunicaciones del Padre al Hijo, de las que nosotros éramos los objetos, siendo el Hijo el depositario de ellas[1]. Maravilloso conocimiento que nos ha sido dado de la comunicación celestial de la cual el Hijo era el objeto, para que pudiéramos entender el interés que Dios tiene por nosotros en Sus pensamientos, de los cuales nosotros éramos los objetos en Cristo. ¡Desde antes del principio de los siglos!

La Palabra como la comunicación de los pensamientos eternos de Dios en Cristo, la revelación sobre la cual la fe se fundamenta
Aquello que la Palabra es se hace también más claro para nosotros por medio de este pasaje. La Palabra es la comunicación, en el tiempo, de los pensamientos eternos de Dios en Cristo. Ella encuentra al hombre bajo el poder del pecado, y revela la paz y la liberación, y muestra de qué modo él puede tener parte en el resultado de los pensamientos de Dios. Pero estos pensamientos no son nada más que el plan, el propósito eterno, de Su gracia en Cristo, para concedernos vida eterna en Cristo - una vida que existía en Dios antes de que el mundo fuese. La Palabra es predicada, manifestada (es decir, la revelación de los pensamientos de Dios en Cristo). Ahora bien, estos pensamientos nos dan vida eterna en Cristo, y esto fue prometido desde antes del principio de los siglos. Los escogidos, creyendo, lo saben, y poseen la vida misma. Ellos tienen el testimonio en sí mismos; pero la Palabra es la revelación pública en la cual la fe está fundamentada, y que tiene autoridad universal sobre las conciencias de los hombres, ya sea que la reciban o no. Tal como en 2 Timoteo 1: 9, 10, ella es presentada como salvación, pero manifestada entonces.




[1] Comparen con Proverbios 8: 30, 31, y Lucas 2:14, y Salmo 40: 6-8, "has abierto" siendo en realidad la traducción, "has horadado mis orejas" - es decir, preparado un cuerpo, el lugar de obediencia, o un siervo (Filipenses 2); traducido así por la Septuaginta o LXX y aceptado en Hebreos como justa (Hebreos 10: 5-7).

domingo, 1 de febrero de 2015

Sentado a tus pies

Sentado a tus pies, Señor Jesús,
Éste es mi lugar;
Aquí hondas lecciones aprendí:
La verdad que libertad me procuró.



De mí mismo libre, Señor Jesús,
De los caminos de hombres liberados;
Las cadenas que me habían atado
Nunca más mi mente atarán.



Nadie sino Tú, Señor Jesús,
Cautivó esta mi errante voluntad.
Si no fuera que Tu amor me atrajo,
Errante aún andaría yo.

J. N. Darby (18 Noviembre 1800,  29 de Abril de 1882)

domingo, 3 de agosto de 2014

LA IGLESIA - LA CASA Y EL CUERPO

Me parece que una pocas palabras en cuanto a la iglesia serán ahora oportunas, aunque no presentando alguna cosa enteramente nueva. La cuestión de la Iglesia es debatida en todo sentido; y aquellos que favorecen la opinión católica o la de la alta iglesia (Iglesia Anglicana o de Inglaterra) sacan provecho de ciertas expresiones que algunos encuentran difícil de explicar. Mi nota acerca del tema será breve.
         Hay dos puntos a ser considerados que contienen todo aquello de lo cual me ocupo ahora. El primero es uno que yo he advertido hasta ahora, y sobre el cual descansan la confusión y la discordia que agitan al protestantismo creyente; a saber, la identificación de la casa con el cuerpo, o la cosa exterior aquí en la tierra (que incluye a todos quienes profesan el Cristianismo y a todos los bautizados) con la cosa interior, o aquello que está unido a Cristo por el Espíritu Santo. El otro punto es tomar la figura de un edificio (tal como la Escritura lo hace), y luego confundir lo que Cristo mismo edifica con lo que es el fruto de la obra de edificar exteriormente, confiada aquí en la tierra a la responsabilidad del hombre.
         La confusión sobre el primer punto me parece que ha sido el origen del sistema completo del papado (catolicismo) en sus rasgos principales; y la Reforma no consiguió librarse de dicha confusión. Yo me refiero al atribuir los privilegios del cuerpo a todo aquel que era introducido exteriormente en la profesión interior de Cristianismo - a toda persona bautizada. Al principio, de hecho, fue así: el Señor añadía diariamente a la Iglesia a los que iban siendo salvos. No había ningún principio implicado en esto. Era la propia obra del Señor; y, obviamente, era llevada a cabo real y perfectamente. Lo que Él hizo con los perdonados al final de la dispensación Judía no fue llevarlos al cielo, tal como Él lo hará al final del período actual, sino añadirlos a la asamblea que Él había formado. No puede haber ninguna duda razonable acerca de que ellos fueron añadidos mediante el bautismo, puesto que era la forma conocida habitual de hacerlo. Estos, como introducidos por el Señor, ciertamente, tenían realmente parte en todos los privilegios que se encontraban en el cuerpo al cual ellos eran añadidos. El sistema sacramental (o de ordenanzas) y vital permaneció sin distinción; y, de hecho, permaneció no desarrollado en ciertos aspectos, ya que aún no había Gentiles recibidos, ni tampoco la unidad del cuerpo había sido enseñada. Todo lo que hubo allí fue dado; ya que el Espíritu Santo había descendido, pero estaba, como un hecho, limitado a los judíos y a Jerusalén; de modo que si la nación se hubiera arrepentido, Hechos 3 podría haberse cumplido así como el capítulo 2. Pero si todo estuviera desarrollado aquí, si los caracteres distintivos de la Iglesia, tal como la unidad de Judíos y Gentiles en un cuerpo, no eran puestos en evidencia, todo era, en todo caso, real. El Señor, quien añadía a la Iglesia, llevó a los hombres a los privilegios que la Iglesia poseía, y trajo a ella a los que los habían de poseer.
         Pero este pronto dejó de ser el caso. Simón el mago y falsos hermanos entraron encubiertamente, y la introducción sacramental (o por ordenanzas) y el disfrute real del privilegio llegaron a ser distintivos. No todos quienes eran introducidos mediante el bautismo eran miembros del cuerpo de Cristo, ni tampoco tenían realmente vida eterna. Yo no digo que no gozaran de ventajas. Ellos gozaban de muchas en todo sentido, pero ello solo se volvió en mayor condenación, y según Judas, ellos eran la simiente del juicio en lo que se refiere a la Iglesia: la Escritura es así testigo de esto. Permanece así, como hemos mostrado acerca de la Iglesia primitiva, que esta cuestión, o diferencia, se perdió completamente. Ellos contendieron por la verdad contra la herejía, como Irineo; por la unidad, de hecho, en lo que existía, como Ignacio (aunque la mayor parte de lo que comúnmente se lee de él considero que es claramente espurio). Ambos tenían razón en lo principal, pero la doctrina que Pablo sostuvo con dificultad contra los judaizantes, y, en general, la doctrina de un solo cuerpo (del cual Cristo era la cabeza, y aquellos personalmente sellados con el Espíritu Santo eran los miembros), se perdió; y en general, los derechos del cuerpo fueron atribuidos a todos los bautizados. Yo digo en general, porque los verdaderos privilegios del cuerpo habían desaparecido totalmente de sus mentes. Si ellos guardaban los grandes elementos de la fe, y el Gnosticismo (la negación de la humanidad, o de la divinidad, de Cristo) era rechazado, ellos se sentían satisfechos; mientras el Platonismo (por medio de Justino Mártir, Orígenes, y Clemente) corrompía suficientemente en el interior. Pero el efecto fue evidente. El cuerpo exterior llegó a ser la Iglesia, y cualquier cosa que se consideraba un privilegio fue atribuido a todos los bautizados.
         Esto ha continuado en las iglesias reformadas. De esta manera, se dice 'el bautismo en el cual fui hecho un miembro de Cristo, un hijo de Dios, y un heredero del reino de los cielos'; así Lutero, así Calvino: sólo que el último afirmando, en otras enseñanzas, que sólo se llevaba a cabo en los elegidos; así la Iglesia Escocesa (Presbiteriana) - difiriendo sólo el grado de privilegio. Muchas consecuencias importantes derivaron de esto en anglicanos y luteranos; tales como que una persona tenía realmente vida eterna, era realmente un miembro de Cristo, y con todo, finalmente se perdía. No me detengo en estas cosas; pero la inmensa relevancia de ellas es evidente. Ahora bien, había un doble error en atribuir así a los ritos sacramentales exteriores, la real introducción vital a la posesión viviente de los privilegios divinos; y, en la total confusión de pensamiento que siguió a continuación, el hecho de atribuir los privilegios de un sacramento u ordenanza a la participación en el otro.
         Yo no niego que se habla de la señal como la cosa significada. Cristo pudo decir, "esto es mi cuerpo que por vosotros es partido" (1 Corintios 11:24), cuando aún no había sido partido en absoluto y mientras Él sostenía el pan en Su propia mano estando vivo; "Pascua es de Jehová" (Levítico 23:25), cuando Dios ya no estaba 'pasando sobre' en absoluto; "Yo soy la vid verdadera" (Juan 15:1), y lo mismo acerca de otros miles de casos. Ello cabe en todo idioma. Yo digo acerca de un retrato: «Esta es mi madre.» Nadie es engañado por ello sino los que eligen ser engañados. "Por tanto, fuimos sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo" (Romanos 6:4 - BTX), no obstante, nosotros no estamos sepultados, y no morimos: eso es seguro. De ahí que en la Escritura encontramos, de un modo general, este uso del lenguaje en cuanto al bautismo y a la cena del Señor. Sólo que, es excepcional decirlo, nosotros no encontramos la comunicación de vida atribuida al bautismo, ni tampoco el comer la carne de Cristo ni beber la sangre de Cristo atribuidos al participar de la cena del Señor. El más cercano enfoque a ello es el lavamiento de la regeneración[1]. [1] Puede haber pasajes de los cuales se puede pensar que lo demuestran, tal como Juan 3 y 6 (cuya aplicación a los sacramentos u ordenanzas yo debo negar completa y absolutamente); pero no hay ningún pasaje directo. El bautismo es usado figuradamente en cuanto a nuestra sepultación para muerte, y puede ser aseverado de nuestra resurrección con Cristo. Saulo fue llamado para que sus pecados fueran lavados (Hechos 9); pero de nadie se dice que reciba vida o se vivifique en él.
           La Escritura reconoce un sistema sacramental (es decir, un sistema de ordenanzas) mediante el cual los hombre se reúnen manifiestamente en un sistema en la tierra, donde se encuentran privilegios. Las Escrituras Judías y cristianas tienen ambas este carácter; pero la Escritura distingue cuidadosamente la posesión personal de privilegios de la admisión al lugar donde están estos privilegios. "¿Qué ventaja tiene pues el judío? . . . Mucho, en todos los sentidos. Primero, ciertamente en que les fueron encomendados los oráculos de Dios." (Romanos 3: 1, 2 - BTX). Y en otra parte tenemos una enumeración de estos privilegios que es llevada a cabo aun hasta Cristo siendo de ellos según la carne. (Romanos 9: 1-5). Pero no todos los que descendían de Israel eran Israelitas, ni eran judíos los que lo eran exteriormente.
         Lo mismo es verdad en el Cristianismo. En 1 Corintios 10 el apóstol insiste que los hombres podrían participar de los sacramentos u ordenanzas y, después de todo, perecer. Y esto puede ir muy lejos: una persona puede tener todos los privilegios exteriores y reales que pertenecen al sistema Cristiano y puede no tener vida. Este es el caso en Hebreos 6. Uno puede hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles (1 Corintios 13:1 - VM), puede tener fe para mover montañas, y ser nada. Estas cosas pueden estar allí, y no "acompañan a la salvación." ("Empero, amados míos, esperamos con confianza mejores cosas de vuestra parte, y que acompañan a la salvación,..." Hebreos 6:9 - VM). Por eso, en el caso de los Gálatas, el apóstol estuvo perplejo en cuanto a ellos (Gálatas 4:20), aunque el Espíritu fue ministrado a ellos; y nosotros tenemos al Señor admitiendo que los hombres echaban fuera demonios en Su nombre, y sin embargo Él nunca los había conocido (Mateo 7). Y aunque esto (es cierto) está directamente conectado con Su estadía en la tierra, uno puede ser un pámpano en la vid, y ser quitado[2]. [2] Yo meramente confirmo la verdad general mediante esto. En el orden Cristiano de cosas, nosotros somos admitidos al sistema Cristiano reconocido mediante ordenanzas, y aun podemos disfrutar de privilegios exteriores y, con todo, podemos no tener vida divina o unión con Cristo.
          Pero el sistema Anglicano va más allá. Atribuye a los bautizados aquello de lo cual el bautismo no es ni siquiera una señal. Yo no deseo negar que el bautismo debiera ser una señal de regeneración. Es conforme a la Escritura específicamente para muerte, y, en general, en el nombre de Cristo. Pero es como una señal de muerte, y saliendo de ella puede ser considerado como resurrección; pero esto es individual, y no tiene nada que ver con el cuerpo de Cristo. El bautismo no es ni siquiera una señal de ser, o de haber sido hecho, un miembro de Cristo. El bautismo no va más allá de la muerte, y, a lo más, de la resurrección. Es individual. Yo muero allí: yo me levanto nuevamente. La unidad del cuerpo no tiene ningún lugar en él. Nosotros somos bautizados solos, cada uno por sí mismo. Pero es por un solo Espíritu que nosotros somos bautizados en un solo cuerpo, no por agua. La cena del Señor es una señal de eso; nosotros todos somos un solo cuerpo, puesto que participamos de aquel un solo pan. El hecho de alegar que todas las personas bautizadas tienen vida no es Escritural y es falso. Adscribir la posesión de privilegios vitales, vida eterna, a dichas personas es un error fatal, y es lo que conduce al juicio revelado en la epístola de Judas. El atribuir la membresía de Cristo a ellos no se encuentra en el bautismo ni siquiera en figura.
         Los sacramentos u ordenanzas, puesto que existe un sistema sacramental, son las administraciones terrenales de privilegios revelados, un sistema exterior de la fe profesada, y un cuerpo visible en la tierra. Tener vida y ser miembros de Cristo son por el Espíritu Santo. Nosotros nacemos del Espíritu, y por un solo Espíritu somos bautizados en un solo cuerpo. Decir que somos miembros de Cristo por el bautismo es una falsificación de la verdad de Dios, confundiendo (lo que es directamente contrario a la Escritura) la admisión exterior a la profesión terrenal con la vida de parte de Dios, se trata de la falsificación aun del significado de la señal. Es el otro sacramento u ordenanza, no el bautismo, el que (aun exteriormente) exhibe la unidad del cuerpo. La cena del Señor es, en su naturaleza, recibida en común. La asamblea o Iglesia participa. Por tanto tenemos (Efesios 4), "Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como también fuisteis llamados con una misma esperanza de vuestro llamamiento." (Efesios 4:4 - BTX). Esto pertenece al Espíritu y a personas espirituales. "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (Efesios 4:5 - BTX); tal es la profesión exterior y la fe de Cristo.
         El confundir la administración exterior mediante ordenanzas con el poder del Espíritu de Dios es la fuente del catolicismo y la apostasía. Es lastimoso ver de qué manera Agustín de Hipona (un hombre verdaderamente piadoso personalmente, quien sintió lo que la vida y la verdadera Iglesia eran, cuando la cosa exterior llegó a estar groseramente corrupta) se retorcía bajo el esfuerzo de conciliar los dos; y se desalienta y se sobresalta en su respuesta a los Donatistas - la cual es ninguna. Se había determinado que el bautismo por medio de herejes era bueno; se sostenía que el Espíritu Santo era dado mediante dicha ordenanza (otro error a lo menos atroz, tal como el libro de los Hechos muestra claramente): por consiguiente, los Donatistas lo tenían, por consiguiente ellos eran de la Iglesia verdadera. Agustín procuró en vano, actuando con  indecisión, salirse de la red que él mismo había extendido o en la que el mismo se había introducido. Ello requería un nuevo remedio. De hecho, los obispos y Constantino habían utilizado más bien otros medios en vez de argumentos. 
         Permítanme añadir aquí, lo que no es menos importante comentar, que el bautismo importa, no un cambio de estado recibiendo vida, sino un cambio de lugar. Hay dos cosas necesarias para el hombre caído. Él estaba en enemistad con Dios, en la mente de su carne, y era conducido lejos de Dios. Ambas cosas tenían que ser remediadas. Nosotros hemos nacido de Dios, obtenemos el Espíritu de vida en Cristo Jesús; pero el hecho de tener vida no cambia nuestro lugar; tomamos conciencia de la pecaminosidad de la carne - de que no hay ninguna cosa buena en nosotros (es decir, en nuestra carne); pero si nosotros traemos esto a la luz de las demandas de Dios, entonces sólo podemos exclamar "¡Miserable de mí!" Se necesita también un cambio de lugar, de posición, de nivel, siendo reconciliados con Dios. Pero eso es por la muerte de Cristo y entrando así como Hombre en resurrección en un lugar y una posición nuevos para el hombre, conforme al valor de Su obra. Él murió al pecado una vez por todas: más en cuanto vive, vive para Dios. (Romanos 6:10). Ahora bien, es de esto de lo que el bautismo es señal, no simplemente de Su poder vivificador como Hijo de Dios. Nosotros somos bautizados en Su muerte, sepultados con Él para muerte, para que como Cristo fue resucitado de los muertos por la gloria del Padre, nosotros andemos también en novedad de vida (o en vida nueva). No hay duda que si nosotros resucitamos, nosotros estamos vivos; pero somos vivificados junto con Él. La muerte nos ha sacado totalmente fuera del antiguo lugar; morimos fuera de él, tal como Cristo murió fuera del mundo[3], y al pecado; estamos muertos a la ley por medio del cuerpo de Cristo; estamos muertos al pecado, hemos crucificado la carne, estamos crucificados para el mundo. Ahora bien, el bautismo representa la muerte, y por tanto, una vez salido de él, un nuevo lugar y posición delante de Dios - muerte y no vivificación. Nosotros nos hemos revestido de Cristo como estando en este lugar nuevo, y hemos terminado con el mundo, la carne, y la ley, por medio de la muerte. Esto sería verdad aunque no hubiese más que un Cristiano salvado en el mundo. La unidad del cuerpo, la cual sigue a esto, es otra verdad. La doctrina de la Epístola a los Romanos no trata esto, aunque las partes prácticas se ocupan de ella como una verdad bien sabida.
         Me vuelvo ahora al edificio. Cristo declara en Mateo 16, que Él edificará la Iglesia y que las puertas del infierno (Hades) - el poder de Satanás, como teniendo el poder de la muerte - no prevalecerán contra ella. El título dado al poder de Satanás muestra claramente qué era la roca. Cristo era el Hijo del Dios viviente. El poder de la muerte (que Satanás tiene) no podía prevalecer contra eso. La resurrección fue la prueba de ello: entonces Él fue declarado Hijo de Dios con poder. La confesión de Pedro de la verdad revelada a él por el Padre lo coloca, por el don de Cristo, en el primer lugar en conexión con esta verdad. El lector puede observar que las llaves no tienen nada que ver con la Iglesia: las personas no edifican, tal como hasta aquí lo he comentado, con llaves. Además, las llaves, las del reino, fueron dadas a Pedro. Él no tenía nada que ver con el hecho de edificar: Cristo iba a hacer eso. "Edificaré", dice Cristo. El Padre había revelado el carácter de Cristo. Sobre esa roca Cristo edificaría; Pedro podría ser la primera piedra en importancia, pero no edificador. Además de eso, Cristo mismo tiene ("también" se refiere a esto: "Yo también", es decir, además de lo que el Padre ha hecho, Mateo 16:18) una administración que confiere a Pedro, la del reino cuyas llaves le son dadas. Pero más allá de toda controversia, el reino de los cielos no es la Iglesia, aunque puedan correr paralelamente en la época actual. Por consiguiente, cuando Pedro se refiere a esto, él no habla, de ningún modo, de él mismo como edificando. Era la obra personal secreta personal de Cristo en el alma llevada a cabo por Él, una obra espiritual real, aplicable individualmente y sólo a aquellos que eran espirituales, y, aunque por gracia en sus corazones, el que ellos hayan venido a Cristo. "Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, más para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; Y el que creyere en él, no será avergonzado. Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso." (1 Pedro 2: 4-7); por otra parte, una piedra de tropiezo. Ahora bien, no hay aquí ninguna ordenanza, sino fe; piedras vivas acercándose a una piedra viva. Todo es espiritual, personal, real. Cristo es precioso para la fe. Ellos han gustado que el Señor es benigno: de lo contrario no es cierto, Pedro no edifica, ni tampoco ningún otro instrumento. Ellos vienen por fe y son edificados. Contra esto, con toda seguridad, las puertas del hades no prevalecerán; pero el edificio del hombre no tiene nada que decir a ello. El cuerpo o la membresía del cuerpo no forma parte de la revelación de Pedro. Ni él tampoco habla de la Iglesia o asamblea en absoluto.
         Volvámonos ahora a Pablo. Él abunda sobre esta cuestión. Él era un ministro de la Iglesia para proclamar plenamente o completar la Palabra de Dios. Por eso es que la doctrina de la Iglesia como el cuerpo de Cristo es desarrollada plenamente por él. En Efesios 4, en 1 Corintios 10 y 12, en Romanos 12, en Colosenses, tenemos una amplia y elaborada enseñanza sobre el tema; pero, obviamente, no se habla acerca de edificar un cuerpo. Cristo ha resucitado para ser la Cabeza del cuerpo. En Colosenses 1, Él es exaltado a la diestra de Dios. Y Dios le ha dado a Él, en esa posición, ser Cabeza del cuerpo que es Su plenitud, la plenitud del que todo lo llena en todo. Cristo ha reconciliado a ambos en un cuerpo por medio de la cruz. Y, en cuanto a su cumplimiento, es por el bautismo del Espíritu Santo: por un solo Espíritu todos hemos sido bautizados en un solo cuerpo. Y, además, cuando él habla del edificio en su verdadero ajuste perfecto, él tampoco tiene un edificador instrumental. "Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor." (Efesios 2: 20, 21). Esto, aunque diferentemente visto, es el edificio de Pedro. Podemos encontrar lo mismo en Hebreos 3, la casa de Cristo, "la cual casa somos nosotros." (Hebreos 3:6). Pero Pablo habla de manera diferente en otra parte, y nos muestra la casa levantada por instrumentos humanos, una ostensible obra pública en el mundo. "Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como sabio arquitecto, puse el fundamento, y otro edifica sobre él. Pero cada uno tenga cuidado cómo edifica encima." (1 Corintios 3: 9, 10 - LBLA). Y luego  él muestra el efecto de la fidelidad, o de la infidelidad, en la obra. Ahora bien, en esto nosotros tenemos directamente involucradas en la obra la responsabilidad del hombre, y la agencia del hombre. Cristo no es el edificador de esta obra. Pablo es el sabio (o perito) arquitecto y pone el fundamento, el cual es Cristo; otros edifican sobre él; y tampoco el edificio es, por consiguiente, bien coordinado. Madera y heno y hojarasca no se coordinan bien en un edificio con oro y plata y piedras preciosas: la obra, en tal caso, debe ser quemada: la obra de Cristo jamás lo será. Ahora bien, esto presenta, evidentemente, otro carácter de la Iglesia distinto del presentado en Mateo 16 o 1 Pedro 2.         
Es sobre esta confusión y este error que el catolicismo, el Puseyismo[4], y el sistema completo de la alta iglesia (Anglicana) está edificado. Ellos no han distinguido entre el edificio que Cristo edifica, donde piedras vivas se allegan a una piedra viva, donde todos crecen para ser un tempo santo en el Señor (es decir, donde el resultado es perfecto), y aquello que el hombre edifica abiertamente, aunque como si fuera edificio de Dios, y donde el hombre puede fracasar y ha fracasado. Yo estoy enteramente justificado al considerar la cosa exterior en este mundo como un edificio, el cual en pretensión, carácter, y responsabilidad es el edificio de Dios; no obstante, este ha sido edificado por el hombre, y edificado de madera y hojarasca, de tal manera que la obra va a ser quemada en el día del juicio, la cual va a ser revelada por fuego. Efectivamente, hay más, yo puedo ver que los corruptores la han corrompido; y que, si algunos han tratado con ella en este carácter, ellos serán destruidos. En una palabra, yo tengo un edificio que Cristo edifica, un edificio en el cual piedras vivas vienen y son edificadas como piedras vivas, un edificio que crece para ser un templo santo en el Señor. Yo tengo, asimismo, lo que es llamado el edificio de Dios, como aquello que es para Él y establecido por Él en la tierra, pero que es edificado, en lo que respecta a la agencia y la responsabilidad, por el hombre, donde puedo encontrar muy mala edificación e incluso personas corrompiéndolo. El fundamento está bien puesto, y es un buen fundamento, pero toda la superestructura está puesta en duda. De este modo, la iglesia profesante completa se encuentra en la posición y responsabilidad del edificio de Dios; el edificio en sí mismo, o la obra, es la obra de los hombres y puede ser madera, heno, y hojarasca, o la mera corrupción de los corruptores. No es aquello de lo cual Cristo dice, "Edificaré." Sería una blasfemia decir que Él edifica con madera, heno, y hojarasca, o que corrompe el templo de Dios. No obstante, el apóstol nos dice que eso puede suceder; y ello ha sucedido, y aquel que pone el título de Dios sobre la madera, heno, y hojarasca, o sobre la malvada corrupción de Su templo, deshonra a Dios (en lo que a ellos concierne) poniendo Su sello y aprobación sobre el mal, lo cual es la mayor de las iniquidades. Pablo nos dice cuál es nuestra senda en un caso tal (2 Timoteo 2); pero no es mi objetivo dedicarme a esto aquí, sino distinguir entre aquellos admitidos por el bautismo y el cuerpo; y entre la Iglesia que Cristo edifica, y lo que el hombre edifica cuando el edificio de Dios le es confiado. Todo lo que ha sido confiado al hombre, el hombre ha fracasado en ello. Y Dios ha puesto primero todo en sus manos, para ser establecido perfecto en el segundo Hombre quien jamás fracasa.
         El propio Adán fracasa y es reemplazado por Cristo.
         La ley fue dada, e Israel hizo el becerro de oro; de aquí en adelante, cuando Cristo venga, la ley será escrita en el corazón de Israel.
         El sacerdocio fracasó, fuego extraño fue ofrecido y a Aarón se le prohibió entrar en el santuario, excepto en el gran día de la expiación, y esa ocasión, no sin sus vestiduras para honra y hermosura; Cristo es un sumo sacerdote misericordioso y fiel aun ahora en gloria.
         El hijo de David establecido fracasa completa y personalmente, amando mujeres extranjeras, y el reino es dividido. Nabucodonosor, establecido por Dios sobre los Gentiles, hace una imagen de oro, pone a aquellos fieles a Dios en el fuego, y llega a ser una bestia. Cristo tomará el trono de David en gloria inagotable, y se levantará para reinar sobre los Gentiles.
         La Iglesia fue llamada a glorificar a Cristo. "Yo", dice Él, "soy glorificado en ellos." ("Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado; porque tuyos son: y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío; y yo soy glorificado en ellos." Juan 17: 9, 10 - VM). Pero el resultado es anticristos y apostasía: aun en el tiempo del apóstol todos buscan lo suyo propio; y el último tiempo (Juan), los objetos de juicio (Judas), estaban ya allí. Después del deceso de Pablo, lobos rapaces vendrían, y del seno de la Iglesia se levantarían aquellos que arrastrarían tras sí a los discípulos (Hechos 20), y tiempos peligrosos y malos hombres y engañadores irían de mal en peor (2 Timoteo 3:13), y si ellos no continuaban en la bondad de Dios, ellos serían cortados: pero Él vendrá, para todo esto, para ser glorificado en Sus santos y admirado de todos los que creen. (2 Tesalonicenses 1:10). La Iglesia ha caído al igual que el resto. La gracia producirá y perfeccionará su propia obra. El edificio de Cristo estará completo y será perfecto, pero para ser manifestado en gloria. El edificio del hombre está mal edificado y corrompido, y caerá bajo el peor y el más severo de los juicios.
  Traducido del Inglés por: B.R.C.O.


[1] En 1 Pedro 1 la palabra "regeneración" no es la misma palabra que "nacer de nuevo". Se trata de un cambio de estado, como en Mateo 19:28, no de una comunicación de vida.

[2] "Si alguno", no 'si vosotros', "no permaneciere en mi" (Juan 15:6 - VM): el Señor los conocía, y sabía que ellos ya estaban limpios.
[3] N. del T.: es decir, levantado en la cruz
[4] (N del E) Referencia al movimiento surgido dentro del protestantismo con inclinación a la “fe católica”. La expresión proviene del nombre de uno de sus grandes exponentes: Pusey