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lunes, 6 de febrero de 2017

Los cuatro evangelistas (Parte V)

Juan
Juan fue uno de los primeros a ser incorporados en el grupo de discípulos y el último en dejar este mundo, partiendo a estar con el Señor a la edad madura de aproximadamente 100 años. Llegó a ser creyente bajo el ministerio de Juan el Bautista, y un discípulo cuando el Señor le llamó de su ocupación de pescador para ser “pescador de hombres”. Más adelante fue escogido como uno de los doce apóstoles; luego, a ser uno de los tres favorecidos que gozaban de una intimidad especial con su Maestro; y finalmente toma para sí el título del “discípulo a quien Jesús amaba”.
Sabemos que era un joven pescador galileo, probablemente de Betsaida o una de las aldeas adyacentes a las orillas del Galilea. Aquel lago era escenario de mucha actividad en aquellos días. Se dice que cuatro mil barcas surcaban la reducida superficie de unos veinticuatro kilómetros por trece, pero con todo la pesca abundaba. Esta industria dio lugar a otras afines; un escritor bien informado afirma que había nueve poblaciones por las orillas, cada una con una población promedia de quince mil personas.
Veamos primeramente los enlaces familiares de Juan. Sabemos que el nombre de su padre era Zebedeo; su hermano mayor, compañero inseparable en los primeros años, era Jacobo. Al comparar Mateo 27:56 con Marcos 15:40, entendemos que su madre era Salomé, y es importante recordar que Salomé era hermana de María, la virgen madre de Jesús. Esto quiere decir que Juan era primo hermano del Señor según la carne, y tal vez explica en parte la intimidad entre ellos.
Parece que la familia era razonablemente bien acomodada. Leemos de jornaleros en su barca, Marcos 1:20, y es posible que Zebedeo haya poseído más de una. Sabemos poco de la vida de éste, salvo que estaba de acuerdo con el llamado que sus dos hijos recibieron cierto día. Dejaron su padre en aquella barca, y siguieron a Jesús, sin mención de algún reparo de parte del mayor.
Salomé era parte de aquella compañía de mujeres devotas que ministraban al Señor en Galilea, dejando sus respectivos hogares para seguirle hasta Jerusalén en su último viaje. Fueron testigos oculares de su muerte y adoradores ante la tumba la mañana de su resurrección. De que Salomé era una mujer de carácter fuerte, además de discípula ferviente, se sabe por la solicitud suya, hecha a los pies de Jesús, que sus hijos se sentaran a cada lado del Señor en su reino, Mateo 20.20. Su petición fue inapropiada, pero por lo menos mostró el amor que tenía para el Señor, la certeza de su convicción de que Él va a reinar, y su concepto de qué sería un honor en aquel reino.
Otro indicio de la posición social de la familia es que Juan poseía hogar propio en Jerusalén, Juan 19.27; sea propia o alquilada la casa, él pudo llevar la madre de Jesús a ese refugio. Parece que era bien conocido en la ciudad, ya que tenía derecho de entrada al palacio del sumo sacerdote, y probablemente fue el único discípulo permitido a entrar en el pretorio durante el juicio de su Señor.
Se entiende que estaba más cerca de la cruz que cualquier otro discípulo, ya que afirma haber visto lo que ningún otro de ellos vio, hasta donde sabemos; a saber, el costado de Jesús penetrado por la espada de un soldado una vez que el Cristo había muerto, Juan 19.35.
Pasamos ahora a sus primeros años con el Maestro. Producto de aquel robusto pueblo galileo que guardaba mucha de la sencilla fe y firmeza de sus antepasados, fue atraído temprano en la vida por el denuedo de Juan el Bautista. Sospechamos que no pocas veces se ausentó de la pesca para acudir al desierto a escuchar las poderosas predicas del Precursor.
Llegó el día cuando en Betábara, “al otro lado del Jordán”, cuando vio el Bautista que venía a él Uno que el pescador no conocía, y Juan escuchó palabras que jamás olvidó: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Luego, el día siguiente Juan el Bautista le vio de nuevo. Mirando a Jesús, exclamó de modo de adoración, “He aquí el Cordero de Dios”.
Juan y Andrés le oyeron hablar, le dejaron y siguieron a Jesús. Conocieron al Señor cara a cara y se hospedaron con él el resto del día. Aquella entrevista nunca fue narrada; fue demasiado sagrada, demasiado impactante para decírsela a otros. Pero ha debido quedar impresa en la mente de Juan el resto de su vida, porque en el libro del Apocalipsis que Juan escribió cuando viejo, le describe como “un Cordero inmolado”, 5.6.
En aquellos primeros tiempos de su discipulado Juan y su hermano Jacobo fueron apellidados por el Señor Boanerges, “hijos del trueno”. Aparentemente eran jóvenes fervorosos, y de su celo contamos con dos ejemplos en Lucas capítulo 9.
Fue Juan que protestó con vehemencia contra uno que echaba fuera demonios en nombre de Jesús, prohibiéndole, porque no seguía con los discípulos. Fue una manifestación de aquel espíritu sectario que todavía vemos a veces, no reconociendo nada de bueno en aquellos que no son de nuestro reducido círculo. La respuesta del Señor —“El que no es contra nosotros, por nosotros es”. — ha debido causar al discípulo no poca reflexión.
El otro ejemplo figura más adelante en el mismo capítulo. Cuando los samaritanos de la aldea rehusaron hospitalidad al Maestro, Juan y Jacobo, indignados, querían invocar fuego del cielo. De nuevo el Señor reprende con firmeza y gentileza: “No sabéis de qué espíritu sois”. Juan aprendió la lección. Bajo el ministerio con gracia que el Señor realizó, se ablandó aquel celo que no siempre había venido acompañado de comprensión, hasta que en sus Epístolas le encontramos como el apóstol del amor. El amor en verdad y la verdad en amor sobresalen en todas sus tres epístolas.
Hemos notado que tomaba para sí, con modestia pero con satisfacción, la descripción de ser el apóstol a quien Jesús amaba. Parece que aun Pedro lo reconoció cuando le preguntó a Juan por señas en el aposento alto quién sería el traidor.
Esta maravillosa amistad entre Juan y su Señor tal vez se nota más en la última cena, Juan 13, y es por demás llamativa. Tengamos presente que el Señor y sus discípulos estaban acostados en sofás conforme a la costumbre, cada uno apoyado por su lado izquierdo, mirando a la mesa, su muñeca izquierda apoyando la cabeza.
Aparentemente Juan estaba al lado derecho del Señor pero quería estar aún más cerca. Así, Simón Pedro le hizo señas para que Juan preguntara de quién Jesús estaba hablando. Recostado más de cerca, preguntó, “Señor, ¿quién es?” Fue un acto de familiaridad inusual pero de profunda reverencia.
Si hace falta otra evidencia de la intimidad entre Juan y su Señor, está en que éste, desde el árbol de la cruz, le encomendó a Juan el cuidado de su madre. Juan fue el último de los apóstoles en abandonar el Calvario y el primero a la tumba la mañana de resurrección. Si bien Juan ganó la carrera al huerto, Pedro le ganó posteriormente al nadar a la playa donde estaba el Maestro. Parece que estos dos hombres, de temperamentos tan diferentes, se acercaron más el uno al otro una vez que el Señor había ascendido.
Hay una sugerencia —y es solamente una sugerencia— en cuanto al porqué de este acercamiento. Posiblemente Juan se culpaba a sí mismo por haber llevado a Pedro al patio del sumo sacerdote, Juan 18.16, con buenas intenciones pero consecuencias tan funestas para este último. Da la impresión que Juan acudió a la casa de Pedro tan pronto que supo de la restauración de su hermano en la fe (o, quién sabe, tal vez aun antes), y le trajo a su propio hogar. Lo cierto es que estaban juntos cuando María Magdalena trajo las noticias del sepulcro vacío, Juan 20.2.
A primera vista es sorprendente que Juan figure poco en Hechos de los Apóstoles. Está mencionado solamente cinco veces, y siempre en relación con Pedro, en los capítulos 3 y 4. Puede haber dos razones. (1) Sabemos por la carta a los gálatas que era una de las columnas de la iglesia en Jerusalén. Este hecho por sí sólo limitaría su esfera de ministerio. (2) Tenemos que llevar en mente su deber sagrado de cuidar la madre del Señor, quien había sido encomendado a su atención, y otra vez esta responsabilidad ha podido circunscribir su radio de acción. Con todo, no puede haber duda de que estos años de aparente falta de actividad sirvieron para profundizar sus conocimientos y aptitud para días cruciales que iban a presentarse.
Una vez que Pedro y Pablo habían sido llamados a su descanso, Juan vuelve a prominencia. Desempeñó su obra mayormente en Asia, basándose en Éfeso. Las palabras de Apocalipsis 1.4 confirman lo dicho; las cartas a las siete iglesias le fueron encomendadas porque las conocía.
Con tan sólo haber escrito su Evangelio, sus tres epístolas y el Apocalipsis, Juan habría hecho mucho. Su Evangelio fue escrito muchos años después de los otros tres. Había vivido suficiente tiempo como para ver a la Iglesia perder mucha de su unidad y poder y ver el comienzo del insidioso gnosticismo, cuya enseñanza atenta contra la deidad eterna del Señor.
El Evangelio según Juan es su convincente respuesta a ese error venenoso. Desde su apertura —que Agustín describió como un trueno celestial— “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, hasta sus últimas palabras en el capítulo 20, Juan se manifiesta no sólo como sujeto a su Maestro, sino también con maestría en cuanto a su Sujeto.
Con una combinación de conocimiento sin par del Señor y lealtad personal a él, Juan escribe con tal certeza y convicción de la Persona gloriosa del Hijo de Dios que no tan sólo aplasta sus opositores gnósticos sino resuelve el asunto para siempre para todos los creyentes.
Sus Epístolas ofrecen para la vida diaria del creyente una aplicación excepcionalmente práctica de las verdades de su Evangelio, empleando como palabras clave la vida, la luz y el amor. Los había visto manifestados perfectamente en el Señor Jesús, y quiere verlos manifestados en su pueblo también.
Tengamos presente que su último libro —aquella maravillosa y a veces difícil Revelación— fue escrito durante un exilio. Hombre viejo que era, fue detenido por el emperador romano, probablemente Domiciano, y sujetado a labor forzosa en la solitaria isla de Patmos. Parece que la marcha de los años no había efectuado cambio en Juan, ya que los motivos de su destierro resultaron ser también los temas de su escrito: la Palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.
Vio cosas maravillosas, pero ninguna que era de comparar con la visión del Señor a quien amaba y servía en Palestina décadas antes. Era diferente ahora, majestuoso en su gloria. Santo y amigo estrecho que era, Juan dice que cayó a sus pies como muerto al verlo. Luego el glorioso Señor puso su mano derecha sobre él y, hablando en voz como de muchas aguas, le aseguró: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos”.
Fortificado por aquella entrevista, Juan recibió su último mandamiento: “Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de estas”. Esto quería decir en efecto: “Dígales a mi pueblo en la tierra, que sufren y prosiguen, que tengo la situación de un todo bajo control, y pronto vendré por ellos”. Casi las últimas palabras que el Señor le habló a Juan, antes de mandarle a poner su plumilla a un lado para siempre, fueron: “He aquí, yo vengo pronto”, a las cuales Juan respondió de todo corazón; “Amen; sí, ven, Señor Jesús”.

The Witness, 1948

lunes, 2 de enero de 2017

Los cuatro evangelistas (Parte IV)

Lucas.



Se puede considerar a Lucas como el ideal del caballero cristiano. Una de las gracias sobresalientes de su vida es su negativa a promocionarse a sí mismo. Prefiere ser oído pero no visto, leído pero no conocido. En su Evangelio y en Hechos de los Apóstoles él ha sido escogido por el Espíritu de Dios para proporcionar uno de los aportes claves a las Escrituras del Nuevo Testamento, pero no menciona una sola vez su propio nombre. Se le nombra solamente tres veces, y es Pablo quien lo hace.
Colosenses 4.14 hace saber que era médico por profesión, estimado por sus pacientes y sus hermanos. Parece que ejerció voluntariamente, y veremos en un momento por qué. En Filemón 24 le encontramos en íntima asociación con Pablo, figurando como “colaborador”. No era ningún flojo uno que podía guardar el paso con el gran apóstol. Y, finalmente, en 2 Timoteo 4.11 hay ese gran y emocionante tributo: “Sólo Lucas está conmigo”.
Si él es —como algunos creen— el hombre de 2 Corintios 8.18, “el hermano cuya alabanza en el evangelio se oye por todas las iglesias”— y está descrito en el capítulo, junto con otros, como “mensajero de las iglesias, y gloria de Cristo”, hay una razón adicional para entender que era uno de los más conocidos y estimados de los creyentes primitivos, aun cuando huía de la publicidad.
Cuando está obligado a entrar en el relato misionero, en Hechos 16.8 al 10, lo hace de una manera por demás recatada. Solamente por el cambio de pronombre de ellos a nosotros [suprimidos en el castellano; leemos “descendieron” y luego “procuramos”] podemos descubrir que se juntó con Pablo y otros antes del viaje a Troas, cuando se tomó la gran decisión de llevar el evangelio de Asia a Europa.
Hay una sugerencia que no admite dogmatismo pero parece probable. Sabemos que Pablo y sus compañeros llegaron a la provincia fronteriza de Misia y aparentemente pensaban girar hacia el este para entrar en Asia, pero “el Espíritu no se lo permitió”. Inciertos en cuanto a su rumbo, llegaron a Troas, al extremo norte del Mar Ageo, entre Europa y Asia. Se le mostró a Pablo una visión; un varón macedonio estaba rogándole a pasar a Macedonia “y ayudarnos”. La sugerencia es que ese varón era Lucas, quien había pasado a Troas para hacer este llamado. “En seguida”, relata, “procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba”.
Si así fue, Dios había enviado la visión primeramente y luego el varón de la visión. Es de recordar que casi la misma cosa había sucedido en el caso de Pedro y Cornelio; Hechos 9. Se cree que Lucas era oriundo de Filipos, o que ejercía su profesión allí en aquellos años. Parece que antes él había escuchado la predicación de Pablo; posiblemente ahora viene a rogar que el apóstol evangelizara el continente oscuro de Europa.
A favor de esta sugerencia hay tres hechos. (1) Cuando Pablo y sus amigos navegaron a Europa, se dirigieron directamente a Filipos. No eran indecisos. (2) Segundo, Lucas parece haber tenido conocimiento de la ciudad. Dice que era la primera ciudad de la provincia de Macedonia y una colonia. Los ciudadanos se jactaban de que era colonia romana, ya que por esto era una Roma en miniatura, con privilegios y responsabilidades para sus ciudadanos romanos. En un principio los colonos eran sólo soldados veteranos, con tierra propia y con su propio senado y magistrados. (3) Lucas sabía que eran judíos acostumbrados a reunirse para la oración. No contaban con sinagoga, sino posiblemente una estructura provisional “junto al río”. Es probable que sólo un residente supiera esto.
Aquella reunión de oración fue asistida por damas no más, y los predicadores se sentaron y hablaron con las mujeres reunidas. La primera alma fue ganada para Cristo, y oportunamente muchos en adición al carcelero estaban preguntando qué deberían hacer para ser salvos. Una iglesia local fue constituida y a lo mejor los creyentes se reunían en casa de Lidia la comerciante. Desde luego, un evento como éste no puede suceder sin despertar oposición; los secuaces del diablo fueron despertados.
Cuando Pablo y sus colaboradores se marcharon hacia otras conquistas espirituales, Lucas se quedó en Filipos por quizás siete años más. Si ejercía medicina, no sabemos, aunque hubiera sido bueno hacerlo allí. Este pastor-médico nada nos dice de su labor, aunque la carta de Pablo a los filipenses nos hace pensar que logró mucho.
La próxima mención de Lucas en Hechos está en el 20.6, donde figura de nuevo el plural: “Nosotros... navegamos de Filipos…” De nuevo estaba con Pablo, éste enfermo. Leyendo en 2 Corintios 11.23 al 33 de las experiencias que había vivido, esto no nos sorprende.
Tal vez la peor de esas experiencias fue la de Listra, 14.19, 20, donde Pablo fue apedreado y luego arrastrado fuera de la ciudad bajo la creencia de que había muerto. Posible sea a esta ocasión que se refiere el apóstol en 2 Corintios 12.2: “Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo”. Las fechas corresponden.  Parece no haber duda que aquel día él haya sufrido heridas de las cuales nunca se recuperó, y que Lucas se dio cuenta de que ese consiervo suyo requería atención continua.
Lucas asumió esta responsabilidad. Entendemos que se quedó al lado de Pablo en aquel último y memorable viaje que incluyó Cesarea, Jerusalén, el naufragio mediterráneo y la larga caminata hasta Roma. Entendemos también que se quedó con Pablo en Roma y en ambos encarcelamientos, ministrando a su cuerpo quebrantado, animándole con compañerismo espiritual y sin duda escuchando del apóstol los relatos que anotaría con sumo cuidado.
La partida de su amigo más cercano ha debido ser un tremendo golpe para Lucas, pero uno que le condujo a entrar en otra fase de su servicio. Ahora estaba en condiciones de escribir su Evangelio y Hechos de los Apóstoles. En la introducción al Evangelio cuenta cómo fue que llegó a realizar esta labor: “Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido”.
Nada dice allí de haber sido inspirado por el Espíritu a escribir, pero sabemos que lo fue, y sabemos que hay un lado humano a la inspiración. Lucas percibió la necesidad de una relación acertada del nacimiento, vida, muerte y resurrección del Señor Jesús, y su bien es cierto que escribió mayormente para el beneficio de su amigo Teófilo y otros creyentes gentiles, su obra ha sido incorporada en el canon sagrado para formar parte de la herencia de la Iglesia a lo largo de las edades y el medio de salvación para muchos miles de almas.
Dedicado él a su tarea, el Espíritu Santo se apoderó de su servidor, de manera que escribió precisamente lo que Dios quería. A la misma vez, Lucas se esmeró en ordenar su material y redactar el texto. Aseguradamente no se ha podido encontrar otro mejor para el proyecto. Era hombre preparado; se había dedicado a averiguar los hechos, especialmente de testigos oculares; y, tenía la capacidad de poner en orden la información relevante. Veamos tres ejemplos de esta atención a detalles:

“Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías;  su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet”, 1.5.
“Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo [el mundo romano] fuese empadronado”, 2.1.
“En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea...”, 3.1.

Se nota su orientación médica en la terminología que emplea. Al hablar de aquel que era cojo de nacimiento, dice en Hechos 3.7 que se le afirmaron los pies, usando el griego básis que  no figura en otra parte del Testamento. Indica que el problema estaba en el tacón. También es de uso único tobillos en la misma oración. Al decir en 3.8 “saltando”, Lucas describe el hecho de que se encajó un hueso que había estado descoyuntado. Pero tal vez sea más llamativa la manera en que describe eventos relacionados con el embarazo de María y el nacimiento de Jesús. Solamente María ha podido divulgar estas intimidades. Además, ¿quién sino su propia madre han podido atesorar aquello de un muchacho de doce años entre los maestros de la ley en el templo?
Solamente Lucas cuenta del hijo pródigo, el buen samaritano, el rico y Lázaro, el ladrón moribundo. Y, solamente él revela varios detalles de la postrimería de Jesús, su resurrección y su ascensión. Él tuvo la oportunidad de entrevistar no sólo a la madre de Jesús sino también la mayoría de los apóstoles. Pedro, Pablo, Felipe (en cuya casa se hospedó), Mnason (“el discípulo antiguo” de Hechos 21.16) — la lista de informantes es larga.
         Y, por vez última encontramos sobreentendido el pronombre nosotros: “Cuando llegamos a Roma…” Con esto, un varón bueno y humilde se retira del escenario.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Los cuatro evangelistas (Parte II)

Mateo (continuación)
Mateo era residente de Capernaum, aquella ciudad favorecida a la orilla del Lago de Galilea donde el Señor hizo tantas de sus obras poderosas, Mateo 11.23, y de cuyo vecindario se reclutó la mayor parte de los discípulos. Perece claro que aquí Mateo hizo su banquete, Lucas 5.29, y este trasfondo es importante al intentar captar el trasfondo de su historia.
Sabemos a ciencia cierta que su nombre original era Leví, dejándonos sin duda en cuanto a su nacionalidad, y que después de su llamado su nombre fue cambiado a Mateo, el cual quiere decir, “don de Dios”. El cambio de nombre indicó un cambio de vida, así como Simón llegó a ser Pedro, y Saulo fue cambiado a Pablo.
Se nos dice que su ocupación era la de cobrador de impuestos romanos. Los romanos concedían franquicias a gente que entregaba su recaudación al publicum —el tesoro nacional— y por lo tanto éstos eran llamados publicanos. El sitio asignado a Leví ha debido ser importante, ya que estaba situado en las afueras de Capernaum en la Vía Maris, una carretera entre Damasco al norte de Jerusalén, que quedaba en sentido norte-sur al lado del Lago de Galilea; adicionalmente, Leví cobraría una tasa por la carga que cruzaba el lago. Él y sus subalternos tasarían la mercancía y cobraría el impuesto. Por ser este cobrador un judío al servicio de los romanos, sus conciudadanos le verían como traidor. Le negarían acceso a la sinagoga y amistad con la masa de judíos.
Es que los “publicanos y pecadores” eran de un mismo grupo en la estima del pueblo, y para los comerciantes los primeros eran peores que los postreros. Por esto podemos reconocer la candidez del hombre cuando habla de sí como “Mateo el publicano” en los capítulos 9 y 10, máxime cuando ni Marcos ni Lucas hablan así de él. Es especialmente llamativo que en su lista de los apóstoles, en el capítulo 10, él es el único cuyo oficio se menciona. Parece que insiste en reconocer la maravillosa gracia de Dios que llamó a un publicano a figurar entre los doce apóstoles.
Otro punto que no se puede dudar es que Mateo experimentó una clara, específica experiencia de conversión. La relata de una manera sencilla y carente de sensación. Sentado en su taquilla cerca de la playa, ocupado de listines, tarifas y efectivo, objeto de desaprobación por parte de los que transitaban la carretera, Jesús lo vio. El verbo es significativo; Lucas 5.27 emplea theáomai: lo contempló.  El Señor penetró hasta el alma, evaluando su ser, y luego le retó con esa orden imperativa: “Sígueme”, o, “Anda conmigo”.
Qué sentimientos florecieron en el corazón del hombre, no sabemos; se limita a decirnos que se levantó y siguió. Uno no puede resistir la conclusión —aunque no está dicha— que en más de una ocasión él había escuchado al “amigo de publicanos y pecadores”, Lucas 7.34. A lo mejor se paraba a menudo detrás de la muchedumbre que escuchaba las palabras de gracia a los cargados y trabajados de venir a Jesús y descansar. Por cierto, es el único de los cuatros evangelistas que cita las poderosas palabras del 11.28.
Así, cuando el Salvador —quien percibía los anhelos más íntimos de ese hombre— apeló de una manera específica a que le siguiera, él dejó todo, se levantó y siguió, Lucas 5.28. No hay por qué disminuir la fuerza de estas palabras. Sabría que tenía que dejar sus cuentas en orden, pero hecho esto, abandonó el cargo, dejando atrás el efectivo, los registros y los empleados. Su sacrificio no fue nada pequeño.
La confesión de Mateo de su fidelidad a un Maestro nuevo estuvo acorde con su conversión. En su propio Evangelio él omite algo que Lucas incluye; a saber, que ofreció para Jesús un gran banquete en su propia casa, y que los invitados consistieron mayormente en gente de su propia clase. “Había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos”. Era el estilo de Mateo de anunciar su lealtad a su Señor y a la vez facilitar que otros escucharan al Salvador.
Seguidamente el Señor anunció aquel gran mensaje evangélico de Lucas 5.32: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”. Quién sabe cuántos de los antiguos compañeros de Mateo fueron ganados para Cristo aquel día.
Otra realidad sorprendente acerca de Mateo es que ha debido ser un lector asiduo y cuidadoso del Antiguo Testamento. Tal vez nos parezca raro que el Espíritu de Dios haya empleado a un hombre como Mateo para escribir el primero y más extenso de los cuatro Evangelios. Pero creemos que el escogimiento soberano del Espíritu tiene mucho que ver con la capacidad del individuo a llevar a cabo la tarea, y hacemos bien en llevar en mente que Mateo había adquirido un conocimiento muy llamativo de las Escrituras hebraicas, y especialmente las profecías que predecían la venida del Mesías y Rey.
Uno ha estimado que hay nada menos de noventa y nueve referencias directas al Antiguo Testamento en este Evangelio, además de muchas indirectas. Parece que podemos asumir que Mateo, al escuchar hablar al Señor Jesús, le comparaba calladamente con aquel de quien testificaban “la ley los profetas”, y que se satisfizo que era de veras el rey de Israel, aunque su reino todavía no había asumido una forma visible.
¿Quién sino él ha podido darnos la carta magna de aquel reino en los capítulos 5 al 7? ¿Quién sino él ha podido darnos trece parábolas del reino de los cielos, diez de las cuales no se mencionan en otra parte? ¿Quién más que este ex funcionario del Imperio estaba tan calificado para decirnos de un reino que no se basaría en poderío militar, sino en la gracia y poder del rey escogido de Dios?
El círculo familiar de Mateo es de interés, aunque debemos reconocer que no disponemos de información definitiva como para permitir una certeza absoluta.
Marcos 2.14 nos informa que Leví era hijo de Alfeo, aparentemente un nombre que los discípulos conocían bien, de manera que otros detalles no eran necesarios. Adicionalmente, en todas las listas de los apóstoles —Mateo 10, Marcos 3, Lucas 6 y Hechos 1— figura “Jacobo hijo de Alfeo”, y en dos listas este nombre figura junto al de Mateo. ¿No será que estos dos hombres eran hermanos, que este Jacobo era aquél que en otra parte se llama “el menor?”
Entrando en la materia desde otro ángulo, encontramos en Juan 19.25 los nombres de cuatro mujeres (cuatro, no tres) y una de ellas figura en Marcos 15.40 como “la madre de Jacobo el menor y de José”. Si estamos en lo cierto al asumir que los dos varones eran hermanos, entonces Mateo el publicano tenía una madre que era una seguidora devota del Señor Jesús. Posiblemente ella, como muchas otras madres, había aportado con sus oraciones a la gran decisión que tomó un hijo errante.
        Una comparación de Marcos 15.40 con Juan 19.25 muestra que “María la madre de Jacobo el menor” era también “María mujer de Cleofás”, y se ha sugerido que este es el mismo Cleofás que se menciona en Lucas 24.18 como caminando a Emaús con otro discípulo aquel primer Día del Señor. Parece posible que Cleofás y Alfeo sean una y la misma persona, y en tal caso él era el padre de Mateo. Sin duda es significativo que tanto Cleofás como María estaban en Jerusalén en la ocasión de la crucifixión. Ambos eran discípulos fervorosos. Sin insistir indebidamente, se observa un romance de la gracia entretejido en este círculo familiar.
The Witness, 1948

lunes, 3 de octubre de 2016

Los cuatro evangelistas (Parte I)

Introducción
Las biografías de los notables del Antiguo Testamento figuran en considerable detalle, de manera que no nos es difícil visualizar la historia de sus vidas y hazañas. En el Nuevo Testamento en cambio observamos una ausencia, comparativamente hablando, de detalles biográficos. El hecho es que una sola biografía ocupa espacio significativo, y se podría decir, como se dijo en el Monte de la Transfiguración, que no vemos a ninguno sino a Jesús solo.
El primer nombre notable que nos espera es el de Mateo, el escritor del primer Evangelio. Tenemos que llevar en mente que cuando el Señor Jesús estaba aquí sobre la tierra no había ningún periodista historiador oficial adscrito al grupo de sus seguidores para darnos un registro autorizado. Empleando las palabras de Pedro en Hechos: “Estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros” (1:21), cada cual tendría sus propios recuerdos del Señor, y aquellos testigos contarían cada uno a su manera lo que había visto y oído de aquella maravillosa vida y muerte.
En el consejo divino resultó que, en vez de estos muchos testimonios verbales, el Espíritu de Dios inspiró a cuatro hombres a dar un retrato del Señor en vida. Alguien ha dicho que el Espíritu no es un informador, sino un editor. Él ha ordenado el material conforme a su propósito y ha escogido a quienes considera apropiados para la tarea. De ninguna manera cubren todo el material: “Hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Juan 21:25).
Surge, entonces, la pregunta de por qué cuatro Evangelios. Se puede decir acertadamente que de esta manera se proporciona cuatro perspectivas del Señor Jesús. Pero sugiero que hay por lo menos una razón más. Así como la ciudad celestial del Apocalipsis 21 “se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura”, con puertas abiertas a los cuatro puntos cardinales para permitir a las naciones de la tierra milenaria acercarse y contemplar sus glorias, la presentación de las buenas nuevas de Jesucristo es “cuadrada” en el sentido que está diseñada a satisfacer la perspectiva y necesidad del mundo entero. Es de notar que la inscripción en la cruz fue escrita en los tres idiomas —hebreo, griego y latín— que representaban las civilizaciones sobresalientes de la época. El judío era el hombre de comercio y religión; el griego, de instrucción y cultura; el romano, de energía y conquista.
Es más de todo al primero de éstos, al judío, que Mateo dirige su Evangelio. La narración breve y concisa de Marcos iba dirigida mayormente al mundo romano. Lucas, estudioso y médico, escribió principalmente para el griego de cultura. Juan, quien escribió su Evangelio mucho más tarde que los demás, escribe para la Iglesia de Dios en la cual no hay ni judío ni griego, sino todos son uno en Cristo Jesús.
Mateo.
El Evangelio según Mateo ocupa el primer lugar en el canon sagrado, no sólo por haber sido escrito primero, sino también el orden divino es “al judío primeramente, luego al gentil”. Todo el estilo y trasfondo de su Evangelio, desde la oración inicial —“Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”— hasta el último versículo del último capítulo —“Toda potestad me es dada”— indican claramente que una de las finalidades principales del autor es hacer ver al pueblo escogido “con muchas pruebas indubitables” que Jesús de Nazaret era de veras su rey y su Mesías.
Tal vez nos veamos inclinados a veces a pasar por alto las genealogías bíblicas, pensando imprudentemente que no hay nada de valor en ellas. Pero no nos atrevemos hacerlo en Mateo 1, ya que es de un todo esencial. Primeramente se afirma que Jesús es hijo de David por ley de la línea real, y por ende elegible a ser Rey de Israel. Luego, es hijo de Abraham, heredero de las promesas del pacto, aquel de quien toda bendición fluye para la nación de Israel y en última instancia a todas las otras naciones también, y por esto competente a ser Mesías de Israel. Tercero, en vista de su nacimiento único (las circunstancias de la cual el evangelista describe hermosa y delicadamente) y por su muerte expiatoria, su nombre sería Jesús, el Salvador, ya que “él salvará a su pueblo de su pecado”.
Aquí hay uno cuya persona y obra están apartes de todas las demás. “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, Hechos 4.12. En cuarto lugar, el cumplimiento de la profecía de Isaías 7.14: el hijo de la virgen sería llamado Emanuel, “Dios con nosotros”, porque el que era el Verbo eterno se había manifestado en carne.
Así es, entonces, la buena nueva según Mateo. Pero es de Mateo el hombre —su vida, actuaciones, familia— que deseamos saber un poco más.  Y nos encontramos de una vez ante una carencia de información de parte del escritor. Si su Evangelio no hubiera sido inspirado por el Espíritu Santo, a lo mejor nos hubiera contado algo acerca de sí mismo, y es obvio que hubiera sido interesante, pero el escritor parece perderse en sus escritos. Él quiere levantar en alto la bandera y en sus dobleces esconderse a sí mismo.
Creo tener la razón al decir que no contamos con una sola palabra dicha por Mateo. Pero, hay cosas importantes que sabemos a ciencia cierta en cuanto a él; hay otras que son por lo menos probabilidades; y, hay otras que son posibilidades que merecen investigación.
(Continuará)