domingo, 5 de mayo de 2024

“JUZGARSE A SI MISMO”

 Existen pocos ejercicios más valiosos y saludables para el cristiano que el de juzgarse a sí mismo. Con esto no me refiero a la desdichada práctica de buscar en uno mismo pruebas de vida y de seguridad en Cristo, pues sería terrible estar ocupados en esto. Yo no podría concebir ninguna otra ocupación más deplorable que la de estar mirando a un yo vil en vez de contemplar a un Cristo resucitado. La idea que muchos cristianos parecen abrazar con respecto a lo que se conoce como «autocrítica» —esto es, un examen de sí mismos— es por cierto deprimente. Ellos lo consideran como un ejercicio que puede terminar haciéndolos descubrir que no son cristianos en absoluto. Esto, lo repetimos, es una labor terrible.

Sin duda es bueno que aquellos que han estado edificando sobre un fundamento arenoso tengan abiertos sus ojos para ver el grave error que ello configura. Es bueno que aquellos que con satisfacción han estado envueltos en ropajes farisaicos se despojen de los mismos. Es bueno que aquellos que han estado durmiendo en una casa en llamas despierten de sus sueños. Es bueno que aquellos que han estado caminando con los ojos vendados al borde de un terrible precipicio se saquen la venda de sus ojos para que vean el peligro y retrocedan. Ninguna mente inteligente y ordenada pensaría en poner en duda la propiedad de todo esto. Pero entonces, admitiendo plenamente lo antedicho, la cuestión del verdadero juicio propio permanece completamente intacta. En la Palabra de Dios no se le enseña ni una vez al cristiano a examinarse a sí mismo con la idea de que descubra que no es cristiano, sino —y trataremos de demostrarlo— precisamente lo contrario.

Hay dos pasajes en el Nuevo Testamento que son tristemente mal interpretados. El primero tiene que ver con la celebración de la cena del Señor: “Por tanto, pruébese (o examínese) cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí” (1.a Corintios 11:28-29). Ahora bien; es común, en este pasaje, que el término “indignamente” se lo aplique a las personas que participan, cuando, en realidad, se refiere a la manera de participar. El apóstol nunca pensó en cuestionar el cristianismo de los corintios; es más, en las palabras de apertura de su epístola él se dirige a ellos en estos términos: “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (en rigor, «santos por llamamiento»). ¿Cómo podía él emplear este lenguaje en el capítulo 1 y poner en tela de juicio, en el capítulo 11, la dignidad de esos santos para participar de la cena del Señor? ¡Imposible! Él los consideraba santos y, como tales, los exhortó a celebrar la cena del Señor de una manera digna. Jamás se planteó la cuestión de que estuviera presente allí alguno que no fuese verdadero cristiano; de modo que era absolutamente imposible que la palabra “indignamente” se pudiera aplicar a personas. Su aplicación correspondía únicamente a la manera. Las personas eran dignas, pero su manera no; y entonces fueron exhortadas, como santas, a juzgarse a sí mismas en lo que respecta a su proceder, pues, de lo contrario, el Señor habría de juzgarlas en sus personas, como ya había sido hecho (1 Corintios 11:30). En una palabra, habían sido exhortados a juzgarse a sí mismos en su calidad de cristianos. Si ellos hubiesen tenido dudas de esa condición, no habrían sido capaces de juzgar absolutamente nada. Yo nunca pensaría en hacer que mi hijo juzgase si es hijo mío o no, pero sí esperaría que él se juzgara a sí mismo en cuanto a sus hábitos, pues, de lo contrario, yo tendría que hacer, mediante la disciplina, lo que él debió haber hecho mediante el enjuiciamiento propio. Precisamente porque lo considero mi hijo no lo dejaría sentarse a mi mesa con ropas sucias y malos modales.

El segundo pasaje se encuentra en 2.a Corintios 13: “pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí... examinaos a vosotros mismos” (v. 3-5). El resto del pasaje es un paréntesis. El punto esencial es éste: el apóstol apela a los mismos corintios como la clara prueba de que su apostolado era divino; de que Cristo hablaba en él, de que su comisión provenía del cielo. Él los consideraba como verdaderos cristianos, a pesar de toda la confusión que reinaba en la asamblea; pero, puesto que ellos constituían el sello de su ministerio, ese ministerio debía ser divino, y, por ende, no debían oír a los falsos apóstoles que hablaban en contra de él. El cristianismo de los corintios y el apostolado de Pablo estaban tan íntimamente relacionados que poner en duda el uno implicaba poner en duda el otro. Resulta claro, pues, que el apóstol no exhortaba a los corintios a examinarse a sí mismos con la idea de que dicho examen pudiera resultar en el triste descubrimiento de que no eran cristianos en absoluto. ¡Todo lo contrario! En realidad, es como si yo fuera a mostrarle un auténtico reloj a una persona y le dijese: «Ya que usted busca pruebas de que el hombre que fabricó este reloj es un verdadero relojero, examine el aparato».

Resulta claro, pues, que ninguno de los pasajes citados aporta garantía alguna que apoye la idea de ese tipo de «examen de conciencia» o «autocrítica» que algunos sostienen, el cual se basa en un sistema de dudas y temores y carece de todo respaldo en la Palabra de Dios. El juicio propio, sobre el cual deseo llamar la atención del lector, es algo totalmente diferente. Es un sagrado ejercicio cristiano del más saludable carácter. Tiene por base la más inquebrantable confianza respecto de nuestra salvación y aceptación en Cristo. El cristiano es exhortado a juzgarse a sí mismo por cuanto es cristiano, y no para ver si lo es. Esto marca toda la diferencia. Si estuviera mil años haciendo un examen de conciencia, una autocrítica, y buceara en el yo, no hallaría otra cosa que miseria, ruinas e iniquidad, cosas todas a las que Dios hizo a un lado y a las que yo tengo la responsabilidad de considerarlas “muertas”. ¿Cómo podría esperar obtener pruebas consoladoras mediante tal examen? ¡Imposible! Las pruebas del cristiano no han de hallarse en su corrompido yo, sino en el resucitado Cristo de Dios; y cuanto más logre olvidarse de lo primero y ocuparse en lo segundo, tanto más feliz y santo será. El cristiano se juzga a sí mismo, juzga sus hábitos, sus pensamientos, sus palabras y sus actos porque cree que es cristiano, no porque dude que lo sea. Si él duda, no es apto para juzgar nada. El verdadero creyente se juzga a sí mismo estando plenamente consciente y gozoso de la eterna seguridad de la gracia de Dios, de la divina eficacia de la sangre de Jesús, del poder de Su intercesión que prevalece, sobre todo, de la inquebrantable autoridad de la Palabra, de la divina seguridad de la más débil oveja de Cristo; sí, entrando en estas realidades inapreciables por la enseñanza de Dios el Espíritu Santo, el creyente verdadero se juzga a sí mismo. La idea humana de la «autocrítica» se basa en la incredulidad. La idea divina del juicio propio, en cambio, se basa en la confianza.

Pero nunca olvidemos que somos exhortados a juzgarnos a nosotros mismos. Si perdemos esto de vista, la vieja naturaleza no tardará en aflorar de nosotros y ganará la delantera; entonces tendremos que ocuparnos tristemente en ello. Los cristianos más devotos tienen un sinnúmero de cosas que necesitan ser juzgadas, y, si no se juzgan habitualmente, seguramente acumularán abundante y amargo trabajo para sí. Si hubiese enojo o ligereza, orgullo o vanidad, desidia natural o impetuosidad natural, cualquier cosa que pertenezca a la naturaleza caída, nuestro deber como cristianos es juzgar y avasallar todas estas cosas. Todo lo que sea juzgado de forma permanente nunca se hallará en la conciencia. El enjuiciamiento propio mantendrá todos nuestros asuntos de forma correcta y en orden; pero, si la vieja naturaleza no es juzgada, no sabemos cómo, cuándo o dónde brotará, provocando un agudo dolor del alma y trayendo deshonra al nombre del Señor. Los más graves casos de fracaso y decadencia generalmente se deben al descuido en el juicio de uno mismo respecto de cosas pequeñas. Hay tres diferentes niveles de juicio: el juicio propio, el juicio de la iglesia y el juicio divino. Si un hombre se juzga a sí mismo, la asamblea se conserva pura. Pero si no lo hace, el mal brotará de alguna forma, y entonces la asamblea se verá comprometida. Y si la asamblea deja de juzgar el mal, entonces Dios habrá de tratar con la asamblea. Si Acán hubiese juzgado sus pensamientos ambiciosos, la congregación no se habría visto implicada (Josué 7). Si los corintios se hubiesen juzgado en privado, el Señor no habría tenido que juzgar a la asamblea en público (1.a Corintios 11).

Todo esto es sumamente práctico y humillante para el alma. ¡Ojalá que todo el pueblo del Señor aprenda a andar en el despejado día de Su favor, en el santo gozo de sus mutuas relaciones y en el habitual ejercicio de un espíritu de juicio propio!

C.H. MACKINSTOSH


EL QUÍNTUPLE NOMBRE DEL MESÍAS EN ISAÍAS (3)

 


Porque un Niño nos es nacido, Hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Conse­jero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. (Isaías 9:6)


Ahora leemos algo que sobrepasa todo pensamiento, y verdadera­mente debe ser así a causa del bendito Nombre que se nos revela.

“PADRE ETERNO”—¿Quién puede pensar en la eternidad? ¿Quién puede captar lo infinito? ¡Solo el Dios eterno! Sin embargo, aunque la eternidad es un concepto infinito, no es más grande que Aquel del que habla el autor inspirado, el «Hijo que nos es dado», cuyo nombre es “Padre eterno”. ¡Esto está más allá de nuestra com­prensión! Sin embargo, lo creemos; y más aún, creemos que nuestro Señor, nuestro Salvador Jesucristo, es Aquel, tal como nos lo dice el Espíritu Santo; y nos gozamos en su grandeza y gloria; sí, nos regocijamos. Y aunque somos capaces de captar mucho a través de la gracia divina, también reconocemos que es algo que sobrepasa nuestra comprensión, sin embargo, ¡nos gozamos en ello! Leemos acerca del Hijo; “Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten" (Col. 1:17).

Después de tal descripción de su Nombre, entramos, por así decirlo, a una bahía de tranquilidad en la última palabra: “¡PRÍNCIPE DE PAZ!” “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite" (v. 7). Actualmente, los suyos disfrutan de una paz «sin límites», pero en su reino, Él será el Príncipe de la paz—el jefe. Él es “el Soberano de los reyes de la tierra”. No hay nadie por sobre Él. Es el Hijo de David, ¡que a su vez es Señor de David! Este es el verdadero Salomón del Salmo 72. Leemos que en el tiempo de su gobierno “los mon­tes llevarán paz al pueblo... Y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna... todas las naciones...lo llamarán bienaventurado... toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén.” (Sal. 72:3,7,17,19).

H. J. Vine.

Las últimas palabras de Cristo (5)

 

JUAN 14

Los discípulos en relación con el Espíritu Santo (Juan 14:15-31)


Habiendo llevado los pensamientos de los discípulos del presente al futuro, el Señor procede a revelarles el segundo acontecimiento que sería señal de los días venideros. El Señor no solo iba al Padre, sino que el Espíritu Santo vendría del Padre.

El Señor los prepara para los cambios trascendentales que van a ocurrir. El Hijo regresará al Padre para tomar su lugar como Hombre en la gloria; y el Espíritu Santo vendrá a hacer morada en los creyentes como una Persona divina en la tierra. Estos dos sucesos extraordinarios son los que introducirán el cristianismo en escena y traerán a la Iglesia a la existencia, la sostendrán en su viaje por el mundo y la guardarán del mal, haciendo que mantenga el testimonio de Cristo, y finalmente se la presentarán en la gloria.

Sin embargo, aquí el Señor no revela la doctrina de la Iglesia ni cómo llegó a ser formada. Tampoco revelará el testimonio que estará encargada de dar por medio del Espíritu. El momento para dichas revelaciones estaba aún por venir. Lo que se tratan aquí son las profundas experiencias espirituales que los creyentes gozarán cuando venga el Espíritu que está delante del Señor, y esto era lo que se ajustaba a ese momento. La idea de perder a Aquel que les era tan querido y cuya presencia habían gozado apenaba sus corazones. El Señor habla entonces de la venida de otro Consolador, que no solo les quitaría ese sentimiento de soledad, sino que también dirigiría sus corazones a un conocimiento mucho más íntimo y profundo de su Maestro de lo que lo habían tenido en épocas cuando Él vivía con ellos. Estas experiencias gozadas por el Espíritu prepararán a los discípulos para ser testigos de Cristo en el poder de este Espíritu.

¿No suele ocurrir que nuestro testimonio de Cristo se debilita porque no gozamos lo suficiente de nuestra íntima relación personal con Él, a la que solo el Espíritu sabe llevarnos? Tenemos intención de emprender nuestro servicio sin haber vivido antes en el lugar secreto de comunión con el Padre y el Hijo. Lo que hace tan estimada esta porción del último discurso es la revelación de estas experiencias secretas, pues son una escena en la que el creyente entra acompañado de las Personas divinas a fin de poder ofrecer, a su debido tiempo, un testimonio de Cristo en el mundo de afuera.

v. 15. No es menos sorprendente la manera como el Señor introduce este tema de la venida del Espíritu Santo: «Si me amáis, guardad mis mandamientos». En el evangelio de Juan hemos oído una y otra vez acerca del amor del Señor por sus discípulos. Ahora, por primera vez, oímos del amor de los discípulos por su Señor. El don del Espíritu se relaciona con una compañía de gente que ama y obedece al Señor, y para la que el Señor se deleita en rogar al Padre que les envíe un Consolador. ¿No son estas palabras indicativas de que las experiencias gozadas en el poder del Espíritu son únicamente conocidas por quien vive una vida de amor y obediencia al Señor?

En los versículos precedentes el Señor habla de la fe y la oración (12-14). Ahora hablará del amor y la obediencia. Deducimos que el Señor da a entender que estas hondas experiencias espirituales a las que nos conduce el Consolador están ahí para aquellos que tienen la marca de la fe puesta en el Señor, que dependen de la oración presentada en Su nombre y poseen un amor de adhesión al Él, así como una obediencia que se deleita en guardar sus mandamientos. Estos son los grandes rasgos morales que darán beneficio al alma por la presencia del Espíritu. No es suficiente que tengamos el Espíritu morando con nosotros, también es necesario tener un estado de corazón favorable en nuestra vida.

v. 16. Al comienzo del evangelio, Juan el Bautista nos dice que el Señor bautizaría con el Espíritu Santo. Más adelante, y en relación con la visita que el Señor hace a Jerusalén, se nos dice claramente, bajo la figura del agua vivificante, que Él habló del Espíritu que recibirían un día aquellos que creerían en Él. Un don que no fue dado en aquel entonces porque Cristo no había sido glorificado todavía. Ahora ha llegado el momento en que el Señor va a serlo, y es una buena ocasión para revelar a sus discípulos la gran verdad de la llegada a la tierra de esta Persona divina.

Buscando la oportunidad del momento, el Señor habla del Espíritu Santo como el Consolador. Por grandes y variopintas que sean las funciones del Espíritu, la de ofrecer consuelo es una que los discípulos precisaban en ese momento. El título de consolador tiene un significado demasiado profundo para ser soslayado. Según la acepción moderna de nuestro idioma, implica en realidad que alguien muestra su empatía en el dolor. Su principal uso es el de que alguien está ahí «para fortalecer, apoyar y dar ánimo». En el Consolador los discípulos tendrían a alguien que estaría con ellos fortaleciéndolos en sus flaquezas y consolándolos en el dolor.

El Señor habla del Consolador como de otro Consolador, comparando de esta manera a Aquel que ya había venido con Él, pues ¿no había estado con ellos dándoles apoyo, animándolos y consolándolos? No solo hace la comparación, sino también el contraste entre el Consolador y Él. Había vivido entre ellos unos cuantos años, mientras que el Consolador que vendría moraría con ellos para siempre. Más de un pasaje del Antiguo Testamento hace referencia al Espíritu viniendo sobre determinados hombres y tomando control de ellos durante un tiempo para algún propósito especial, pero el hecho de que una Persona divina viniera para morar con ellos para siempre era un hecho inaudito.

v. 17. Otro contraste entre Cristo, que es la Verdad, y la Persona que vendría, radica en que esta se trataba del Espíritu de Verdad. En Cristo vemos la verdad presentada de manera objetiva, pero por el Espíritu de Verdad se ha originado en nosotros una verdadera comprensión de todo lo que Cristo representa.

Siguiendo todavía con este contraste, el Espíritu es quien el mundo no recibirá ni conocerá porque no le ve. Cristo se había encarnado y los hombres podían verle, y fue presentado así para que le recibieran. El Espíritu Santo no se encarnará ni será presentado como un objeto visible y conocido intelectualmente. Para el mundo no es ninguna Persona divina sino, en el mejor de los casos, una vaga y etérea influencia. Pero para los discípulos no será una mera influencia, sino una Persona que more con ellos en contraste a lo que Cristo representó. El Espíritu estará en ellos, en contraste también con Cristo, que estaba con ellos, pero no en ellos.

vv. 18-20. En estos pasajes el Señor pasa de hablar de la persona del Espíritu Santo a revelarles los efectos derivados de su presencia en el creyente. La partida del Señor para estar con el Padre, y la venida del Espíritu, no significan que ellos pierdan una Persona divina y ganen otra. Alguien ha dicho con razón: «la promesa no es ninguna sustitución, sino un medio que ofrece la seguridad de Su presencia». De este modo el Señor dice a los discípulos que no los dejará huérfanos, que volverá a ellos. Se ha dicho también: «cuando Cristo estuvo en la tierra el Padre no estaba lejos». Yo puedo decir, pues, que no estoy solo porque el Padre está conmigo, y si el Consolador está aquí Cristo no puede estar lejos de mí.

Si el versículo 18 nos dice que la venida del Espíritu hará que Cristo esté muy cerca de nosotros, los otros dos versículos dan la respuesta al creyente para el Cristo que ha de venir. El Señor expresa, finalmente, los temores del creyente con estas palabras: vosotros me habéis visto, viviréis y conoceréis. El Espíritu Santo no vendrá para hablar de sí o para hacernos estar ocupados con Él, ni para crear un culto del Espíritu, sino para conducir el alma a Cristo. Faltaba muy poco para que el mundo no viera más a Cristo, pero, aunque se hubiera alejado de su vista continuaría siendo el objeto de la fe para el creyente. Para el mundo, Cristo vendría a ser una figura histórica de alguien que vivió una hermosa vida y murió como un mártir. Para el creyente continuará siendo una Persona que está viva, y tendrá plena conciencia de que su presencia podrá ser sentida y gozada por el poder del Espíritu. Los creyentes, al verle por la fe, vivirán. Los hombres del mundo viven porque hay un mundo que continúa dándoles sus placeres, su política y sus escandaleras de cada día, pero cuando estos se terminan la vida de la gente deja de ser poco menos que interesante. El cristiano vive porque Cristo vive, y al igual que el objeto de nuestra vida, vive para siempre. La vida del cristiano es una vida eterna.

Por medio del Espíritu el creyente sabe que Cristo está en el Padre, que los creyentes están en Cristo y que Él está en los creyentes. Sabemos que tiene un lugar especial en los afectos del Padre, que nosotros tenemos un lugar en el corazón de Cristo y que Él tiene un lugar en nuestros corazones. El mundo no puede ver, ni experimentar, ni conocer. Está ciego a las glorias de Cristo y muerto en delitos y pecados. Ignora a Dios, pero en el poder del Espíritu habrá una compañía de gente sobre la tierra que verán por fe, vivirán y conocerán. Ellos poseen a Cristo en la gloria como objeto de sus almas, una vida que obtiene su gozo y deleite en Él, y el conocimiento del lugar que ellos tienen en Su corazón.

Cartas que matan, que enojan, que protegen, que alegran o que recomiendan

 Cuatro cartas que encontramos en la Biblia y sus resultados


Muchas veces estamos esperando con ansiedad una carta, y al ver al cartero, nos parece que viene la nuestra; pero otras, si no estamos esperando ninguna, nos sorprende oír que tocan a la puerta y, pronunciando nuestro nombre, dicen: “Una carta para usted”. Mas en cualquier forma, y por los medios que llegue, una carta siempre nos coloca en una situación de expectativa, en ocasiones maliciosa y hasta provoca aprensión. Basado en ello, quiero exponer algunas meditaciones sobre cuatro cartas que encontramos en la Biblia y sus resultados. Son (i) una carta que mata, porque llevó una sentencia de muerte, fruto del pecado escondido; (ii) una carta que enoja, por la ligereza de un malentendido; (íii) una carta que salva la vida, porque libró a un gran hombre del complot urdido en su contra; (iv) una carta que cura, porque produjo arrepentimiento en los receptores.

· Una carta que mata

“Escribió David a Joab una carta, la cual envió por mano de Urías. Y escribió en la carta, diciendo: Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y retiraos de él, para que sea herido y muera”. (2 Samuel 11:14,15)

Es muy triste leer de aquel noble y temeroso siervo Urías que, inocentemente, llevaba en las manos su propia sentencia de muerte. ¡Qué feo es, y cuánto deña hace, el pecado escondido!

Con otro siervo del Señor, visitamos a dos personas que en otro tiempo estuvieron en comunión, para probar su ánimo y saber si estaban dispuestos a volver a la asamblea. Pero el carácter agresivo, las palabras y los gestos de ellos, evidenciaban el “homicidio espiritual” (1 Juan 3:15), porque no es tanto que experimenten resentimiento contra todo otro hermano, sino que abrigan en su pecho “el instrumento de muerte” que, por obra del pecado escondido, los hace llevar una amargura hasta la muerte.

En cambio, no ocurrió así a David, quien con gran humillación dijo: “Pequé contra Jehová”; y Él remitió su pecado. (2 Samuel 12:13)

· Una carta que enoja

“Le dijo el rey de Siria: Anda, ve, y yo enviaré cartas al rey de Israel. Salió, pues, él, llevando consigo diez talentos de plata, y seis mil piezas de oro, y diez mudas de vestidos. Tomó también cartas para el rey de Israel, que decían así: Cuando lleguen a ti estas cartas, sabe por ellas que yo envío a ti mi siervo Naamán, para que lo sanes de su lepra”. (2 Reyes 5:6,7)

El rey de Siria envió esta carta con ocasión de la enfermedad de Naamán, al rey de Israel, , quien para ese tiempo era Joram, tan impío como su padre Acab, pues “se entregó a los pecados de Jeroboam ... que hizo pecar a Israel, y no se apartó de ellos. (2 Reyes 3:3)

La respuesta de Joram, al leer aquella misiva, pone de manifiesto su carácter delicado, susceptible, carnal, y su desconocimiento de Dios, que no le facultaba para dar importancia al alto concepto y a la fe que, en el Dios de Israel, tenían muchos fuera de las fronteras nacionales. Tal era su vil condición que, en cierta ocasión, el profeta Eliseo lo trató con desprecio. (3:14)

¡Qué oportunidad perdió Joram de hacer que el nombre de Dios fuese engrandecido por intermedio suyo! Al leer la carta se enojó, dándole una mala interpretación, un malentendido, porque conocía a Dios como los otros paganos, que sólo ven en Él una especie de gigante, “que mata y da vida” (5:7), e ignoraba por completo la virtud sobresaliente del Señor, que es amor. Su concepto de Dios era semejante del siervo inútil en la parábola de Jesús, quien dijo a su señor: “Te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste”. (Mateo 25:24,25) Esto es debido, hasta la actualidad, a que sólo la nueva creación (la espiritual) es lo que puede hacer cambiar el carácter.

· Una carta que salva la vida

“Escribió una carta en estos términos: Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud. A este hombre, ... hallé que le acusaban por cuestiones de la ley de ellos, pero que ningún delito tenía digno de muerte o de prisión”. (Hechos 23:25-30)

La tercera constituía un salvoconducto para Pablo, el gran apóstol de nuestro Señor Jesucristo, cuando era conducido por los soldados de Jerusalén a Cesarea. No cabe duda que tanto la carta como la custodia eran dignas del embajador de más prestigio que ha vivido en este mundo, fiel a su Señor, humilde en su carácter, limpio en su conducta, quien constituye el primer paladín ejemplar de los seguidores de Cristo. El autor de dicha correspondencia fue Claudio Lisias, el tribuno romano de Jerusalén. ¡Oh, Claudio! el día de las recompensas tuviste, o tendrás, la tuya.

La carta de Claudio es de este estilo: honesta, noble, concisa, sin fanatismo ni adulancia y sin las expresiones de quien busca popularidad. Expone sencillamente los hechos, y da una opinión clara y justamente favorable al acusado. Es muy bueno y satisfactorio poder escribir encomiando a alguno por su buen testimonio, como en el caso de Febe, de quien se escribió: “Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea ... porque ella ha ayudado a muchos”. (Romanos 16:1,2) Pero es algo lamentable cuando en algunas cartas tiene que exponerse una conducta deshonesta o cierta sospecha sobre algún hermano.

Ahora, de aquellos cuarenta insensatos que con su actitud dieron origen a la situación causante de aquella misiva, nada sabemos. Pero sí se puede asegurar sin vacilar que la maldición con que se juramentaron les vino encima en cumplimiento de la Escritura, según Números 30:2 y Eclesiastés 5:4,5.

· Una carta que cura

“Aunque os contristé con la carta, no me pesa, aunque entonces lo lamenté; porque veo que aquella carta, aunque por algún tiempo, os contristó. Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte”. (2 Corintios 7:8,9)

La cuarta carta, enviada a los hermanos de Corinto, consta de dieciséis capítulos y fue escrita por el apóstol Pablo con muchas lágrimas y gran preocupación, pero con toda la sinceridad de su alma, para exhortarles la verdad sin embargues. Su envío provocó en el autor una gran ansiedad durante algún tiempo, por querer saber la reacción y el resultado obtenido con la carta. Pero no teme las represalias que pudieran desencadenarse, porque la escribió con la guía del Espíritu Santo y en el temor del Señor, hablándoles claramente de su conducta extremadamente bochornosa. Pues procura con ella sacar todo el pus del tumor, para hacer bajar la fiebre de grandeza que envanecía a los corintios. Y ¡qué curación tan extraordinaria produjo!

La evidencia de un resultado saludable la notamos en las palabras posteriores del apóstol, citadas ya. Y en el versículo 11 de esta misma porción leemos de los siete frutos* del arrepentimiento promovidos por aquella carta de tan elevado altruismo para la edificación de la iglesia del Señor en todos los tiempos.

* “¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación!”

José Naranjo


Raíces y ramas

 Volverá a echar raíces abajo, y llevará fruto arriba, 2 Reyes 19.30. Creced en la gracia, y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, 2 Pedro 3.18

La naturaleza misma nos enseña que primero hay las raíces, después el desarrollo del árbol y al fin los frutos. Así es la vida espiritual.


Las raíces

Las raíces empiezan muy pequeñas y finas. Así es nuestra fe que empieza como semilla de mostaza, debajo de la superficie, la parte escondida de la vida espiritual. La vida secreta del creyente es la parte principal y es hacia abajo, cada vez más humilde.

Antes de salir del palacio de Faraón, Moisés era enseñado en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y obras. Al conocer a Dios, él llegó a ser muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra, Números 12.3. El apóstol Pablo se llamaba primeramente Saulo, y tenía por tocayo el rey de quien leemos en el Antiguo Testamento, un hombre de cabeza y hombros más alto que cualquier otro. Pero el Saulo del Nuevo Testamento tomó el nombre de Pablo, el cual significa “pequeño”. Su contacto íntimo con Cristo cambió al pretencioso fariseo en otro hombre.

Pablo mismo habla de tres grados hacia abajo en su experiencia personal, y así es crecer en la gracia: Yo soy el más pequeño de los apóstoles, 1 Corintios 15.9. Soy menos que el más pequeño de todos los santos, Efesios 3.8

La alimentación

“... que habite Cristo por la fe en vuestros corazones ... arraigados y cimentados en amor”, Efesios 3.17. Las raíces buscan alimento, no tanto para sí, sino para el árbol arriba. Ellas tienen el doble ministerio de alimentar y fortalecer a éste.

Como la firmeza del árbol depende de sus raíces, así con una persona: cuando la profesión de fe es sólo superficial, no puede durar. Las raíces del árbol se profundizan y se fortalecen, y es notable que, de acuerdo con la extensión de las ramas, así es la de las raíces abajo en la tierra.

El creyente que va llenando su cabeza con doctrina sin ponerla por práctica es como un árbol sin raíces. Es una maravilla como las raíces consiguen lo que es bueno y rechazan lo que es malo. Así el Espíritu Santo dirige el creyente en escoger lo que le conviene — “para que aprobéis lo mejor”, Filipenses 1.10 — y a rehusar lo que no le conviene. La conciencia del cristiano le indica la una y la otra. Cristo mismo es el hortelano; la Palabra es nuestro alimento; el Espíritu Santo aplica la verdad a nuestro corazón.

El crecimiento

“Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo”, Efesios 4.15. Aquí hay el crecimiento hacia arriba; el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo va llevándonos más cerca del cielo y más apartados del mundo. Al ir asimilando las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable, seremos sacerdotes suyos y anunciaremos sus virtudes.

Además de crecer hacia arriba, el árbol se extiende lateralmente con sus ramas que van en toda dirección, cada una llevando su fruto. Así debe ser el creyente en su desarrollo espiritual, no sólo creciendo sino llevando las gratas nuevas de salvación en derredor. El que se ha alimentado de la manera que hemos dicho, se interesa por repartir la Palabra impresa y decir la palabra en sazón a los que están perdidos y sin Cristo. Hay una advertencia solemne en Juan 15.2: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará”. En cambio, “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”.

Gálatas 5 nos presenta una lista de las obras de la carne y otra del fruto del Espíritu. Este fruto consta de nueve cosas buenas, que aparecen en tres grupos:

Amor, gozo y paz para uno mismo. En comunión con nuestro Señor, ésta será nuestra porción rica; pero, cuando hay pecado sin confesar, mundanalidad o descuido en nuestros ejercicios espirituales, el creyente no goza de estas bendiciones.

Paciencia, benignidad y bondad. Este es el racimo que debemos tener para nuestros hermanos y también para los que no son salvos.

Fe, mansedumbre y templanza es la parte en nuestra vida que agrada a Dios. “Sin fe es imposible agradar a Dios”, Hebreos 11.6.

Que seamos árboles robustos, hermosos y fructíferos en la viña de nuestro Señor. Que no seamos higuera estéril, como la de la parábola que no dio nada en tres años.

Santiago Saword


MUJERES DE FE DEL NUEVO TESTAMENTO (2)

 

María, la madre de nuestro Señor




"Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer". (Gálatas 4.4)

La historia está en Mateo 1.16, 18-25, 2.1-23, 13.55, Marcos 6.3, Lucas 1.26-56, Juan 2.1-11, 19.25 y Hechos 1.14.


Una humilde joven llamada María fue escogida por Dios para ser madre de nuestro Señor Jesucristo. Dios, por medio del ángel Gabriel, la llamó muy favorecida y bendita entre las mujeres. Más tarde su prima Elisabet, guiada por el Espíritu Santo, también proclamó que ella era bendita entre las mujeres.

En la escena de la historia mundial, cuando el imperio romano trataba a las mujeres con desprecio y degradación, apareció una mujer que todas las generaciones llamarían bienaventurada. Dios, en su infinito amor, mandó a su amado Hijo al mundo, nacido de aquella mujer piadosa, María.

El nacimiento virginal del Señor Jesucristo fue profetizado miles de años antes de que Jesús tomara forma humana. Después de la caída del hombre, Dios le dijo a Satanás que la simiente de la mujer lo iba herir, y no hubo mención de la simiente del varón (Génesis 3.15). Más tarde el profeta Isaías escribió: "El Señor mismo os dará señal: He aquí la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel" (Isaías 7.14).

El Evangelio según Mateo empieza con una genealogía de Jesucristo y esta lista de nombres termina con "José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo". "La cual" es femenino; José no fue el padre biológico de Jesús, sino su padre legal. En Lucas 3 tenemos la genealogía de María, la madre del Señor. Vemos que ambos M José, eran descendientes del rey David.

María vivía en Nazaret, un pueblo de poca importancia. Era joven estaba comprometida para casarse con José, un carpintero. La Biblia dice poco acerca de la familia de María, pero sabemos que José y María eran pobres a pesar de ser descendientes del rey David.

Conocemos la historia del ángel Gabriel anunciándole a María que ella iba dar a luz un hijo y que debía llamar su nombre Jesús. "¿Cómo será esto?", preguntó María, siendo ella una virgen. El ángel le dijo que iba ser obra del Espíritu Santo de Dios. "El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". El milagro iba a ocurrir en la concepción del Hijo de Dios, no en el nacimiento del niño.

María se sometió totalmente y respondió: "He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra". Fue una respuesta reverente, acertada y sin reserva. Nos hace pensar en la oración de Jesucristo: "No sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26.39),

María aceptó aquel día una carga difícil, la de dar a luz y criar aquel Niño que era el Hijo de Dios. Ella iba a ser objeto de burla y vergüenza. Su sumisión a la voluntad divina constituye un reto para nosotras. ¿Hay en nuestro corazón el deseo de hacer la voluntad de Dios aún si fuera bajo circunstancias difíciles?

El ángel Gabriel le dijo también que su prima Elisabet había concebido e iba a dar a luz un hijo, como hemos notado en la historia de ella. María fue a la casa de Zacarías y Elisabet, y la salutación que aquella anciana le dio a María le confirmó que ella ciertamente había sido destinada para ser la madre del Mesías. María respondió engrandeciendo al Señor con su propio cántico, llamado el Magníficat.

                En este poema de alabanza a Dios, la virgen no dijo directamente que ella iba a ser madre de aquel Santo Ser, aunque ésta era la

de su gozo y ella iba ser bienaventurada. Ella hizo referencia a Dios su Salvador, reconociéndose como una persona que había pecado, y humildemente confesando su propia bajeza llamándose "su sierva".

Aquella joven reveló su conocimiento de las Escrituras del Antiguo Testamento cuando engrandeció a Dios por su santidad, poder y misericordia hacia la nación de Israel.

Cuando José, un hombre recto, supo que María estaba encinta, él pensó que no debía casarse con ella y que sería mejor dejarla secretamente y no infamarla. Pero un ángel le habló una noche, diciéndole que la voluntad de Dios era que él se casara con María, pues ella había concebido por obra del Espíritu Santo e iba a dar a luz el esperado Mesías.

Además, el ángel le dijo a José que el nombre del niño sería Jesús, que significaba "Jehová es salvación", porque Él salvaría a su pueblo de sus pecados. José obedeció al ángel. Se casaron, pero no tuvieron relaciones conyugales hasta que María dio a luz a Jesús. Siendo padre adoptivo del Niño, José proveyó para María el apoyo que ella necesitaba.

En aquellos tiempos el poder mundial estaba bajo el control de un solo hombre, Augusto César. Un carpintero y su joven esposa fueron a Belén para ser empadronados como resultado del mandato de César. ¡Qué maravilla que la mujer, María, llevaba en su matriz al Hijo de Dios!

Mucho tiempo antes el profeta Miqueas había profetizado: "Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad" (Miqueas 5.2). Se cumplieron muchas profecías del Antiguo Testamento.

¡Cuánto nos conmueve la historia del nacimiento de Jesús! Parece que no hubo partera para atender a María en su parto en aquel establo. Pero en el Salmo 22.9 y IO está profetizado que la presencia de Dios ellos al nacer el Señor Jesucristo.

Aquella noche unos pastores cuidaban sus ovejas en un cerro de Belén cuando de repente vieron la "gloria del Señor" y oyeron el mensaje del ángel acerca del nacimiento del Salvador. Llegando a donde estaban el Niño, María y José, los pastores les contaron el mensaje divino: "Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor". "María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón" (Lucas 2.11, 19).

Cuando María y José llevaron a su Hijo al templo para los ritos de la ley, un hombre de fe llamado Simeón tomó al Niño en sus brazos. Espiritualmente viendo la salvación del mundo en la faz del Niño, Simeón dio gloria a Dios. Pero también le dijo a María que una espada iba a traspasar su corazón, prediciendo lo que ella iba a sentir al ver al Señor crucificado.

Después de haber cumplido lo de la purificación del Niño y de María, la familia regresó a su hogar en Nazaret. Jesús, bajo el cuidado de María y José, creció como un niño normal en su desarrollo, y más aún, la gracia de Dios estaba sobre Él y no tenía pecado. El se deleitaba en hacer la voluntad de su Padre celestial y durante toda su vida estuvo en comunión con El.

En las Escrituras no se registran las palabras dichas por María desde su cántico hasta que Jesús tenía doce años de edad. José y María regresaban de la fiesta de la Pascua en Jerusalén pensando que Jesús estaba en la compañía. Por tres días lo buscaron, y cuando por fin 10 hallaron, María le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho así?" Entonces Él les dijo: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" (Lucas 2.49).

Por segunda vez leemos que María guardaba algunas cosas en su corazón. Jesús estaba haciendo la voluntad de su Padre celestial' pero parece que José y María no entendían lo que Él les estaba diciendo

Unos años después, cuando el Señor estaba empezando su ministerio público, la madre de Jesús estaba en una boda. Jesús y sus discípulos también fueron invitados y ella le dijo: "No tienen vino”. Jesús dijo: "¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora". María comprendió el sentido de sus palabras, y mostró su fe en el Señor al decirles a los que servían: "Haced todo lo que os dijere". Estas palabras son un buen consejo para todas nosotras también.

En esas dos ocasiones mencionadas, María habló fuera de lugar — algo que cada una de nosotras hace a veces. Como todo ser humano, ella también se equivocaba y necesitaba un Salvador. Lo que ella dijo en las bodas de Caná (Juan capítulo 2) fueron sus últimas palabras registradas en las Escrituras.


María, la madre de nuestro Señor, es nombrada otra vez durante el ministerio terrenal del Señor. Mientras Él estaba tan ocupado enseñando a sus discípulos, predicando las buenas nuevas del reino de Dios y curando a los enfermos, sus familiares se preocupaban pensando que tal vez estaba fuera de sí. Sus hermanos biológicos y su madre llegaron a Capernaum deseando llevárselo a su hogar en Nazaret.

Mientras Jesús estaba rodeado de la gente que escuchaba sus enseñanzas, unos le dijeron: "Tu madre y tus hermanos están fuera, y te buscan". Jesús les respondió: "Todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre".

El Señor nunca deshonró a su madre, pero ella tuvo que entender que el Señor Jesucristo estaba en el mundo para hacer la voluntad de su Padre Dios. María, la madre del Señor, llegó a ser discípula de Él.

Pasaron unos años y se cumplió la profecía hecha por Simeón de que una espada iba a traspasar el corazón de María. Cuántos recuerdos tendría ella de Jesús, pero aquel día Él iba a dar su vida para ser su Salvador. La presencia de María ante la cruz de Cristo demuestra su entendimiento del sacrificio de Cristo a favor de la humanidad.

No podemos imaginarnos la angustia que sufrieron aquellas mujeres. Nos conmueve saber que cuando Él las vio, el Salvador encomendó do de Juan, el discípulo a quien Él amaba, mostrando así el gran aprecio que le tenía. Jesús dijo: "Mujer, he ahí tu hijo", y a Juan: "He ahí tu madre". Pero había un vínculo nuevo: Jesús era su Salvador y Señor. Ella había dado a luz al niño Jesús, pero Jesucristo cargó en su cuerpo en la cruz los pecados de María, y los de cada una de nosotras.

Es importante notar que ésta no es la última referencia a María en la Biblia. Leemos en Hechos 1.14 que después de la ascensión del Señor al cielo los que creían en Él se juntaron en el aposento alto para orar. Con ellos estaba María, la madre de Jesús, probablemente viuda ya, y los hermanos de Jesús. Parece que ellos creyeron en Él cómo Salvador después de su resurrección.

María guardaba silencio con las otras hermanas creyentes, como tantas veces antes ella había guardado silencio. Pero ahora, como creyente en Cristo, ella podía disfrutar de la comunión continua con Él por medio de la oración.

Sabemos por la Biblia que la concepción de María no fue inmaculada, que ella no es "la reina del cielo" ni "la madre de Dios". Pero queremos darle a María el lugar que Dios le dio. Como hemos notado, ella fue bendita entre las mujeres, no sobre las mujeres; además nunca pretendió ser más que una humilde sierva del Señor.

Nos regocijamos de que María haya hallado gracia delante de Dios. El mensaje celestial fue dirigido a una joven mujer que fue pura en medio de un ambiente inmundo, en medio del desorden fue sumisa, y que se entregó sin reservas a la voluntad de Dios. El ejemplo de María, visto a la luz de las Escrituras, nos enseña que debemos hacer lo mismo. María fue favorecida y bendecida por Dios, pero un día delante de la multitud Jesucristo dijo: "Bienaventurados los que oye] la palabra de Dios, y la guardan" (Lucas 11.28).

Viviendo por encima del promedio (11)

 

Amigo de los rechazados por la sociedad


Jack Wyrtzen fue el fundador y el director de Word of Life Camp (Campamento Palabra de Vida) en Schroon Lake, Nueva York. Los meses de verano estaban llenos de conferencias bíblicas, campamentos de jóvenes, y otras actividades diseñadas para ganar a los perdidos para Cristo, edificar a los creyentes en su fe, y fortalecer las iglesias cristianas locales. Jack era un líder espiritual y un dínamo humano. Sus días estaban repletos de actividades administrativas, preparación de mensajes, reuniones con invitados, y todo otro tipo de tareas necesarias para el buen funcionamiento del campamento.

Un año, un creyente con una desagradable discapacidad vino a la conferencia de adultos. Era particularmente notorio cuando estaba en el comedor. Antes que comenzara a comer, alguien tenía que tomar un periódico, ponerlo en su mentón, cubrir su pecho y envolverlo con eso, pues cuando Ponía comida en su boca, podía tragar solo un poquito. Debido a que los músculos de su boca estaban dañados, el resto de la comida se le salía hacia afuera y caía justo en el periódico. No había nada que se pudiera hacer al respecto. Esta era solo una de sus muchas discapacidades. Sin embargo, a este creyente tan particular le gustaba la Palabra de Dios y quería asistir a las conferencias donde pudiera escucharlas.

Los demás visitantes evitaban sentarse en la misma mesa. Obviamente, no era un escenario propicio para una da elegante. Algunos podrían sentir repulsión, otros habrían perdido el apetito. Como resultado de esto, este precioso hijo de Dios invariablemente se sentaba solo en una mesa.

Debido a su enorme cantidad de trabajo, Jack raramente llegaba al comedor a tiempo. Usualmente los visitantes ya habían comenzado a comer, y en el lugar abundaba la conversación animada.

Cuando los visitantes finalmente veían que él había llegado, lo saludaban con emoción, llamándolo para que se sentara a su mesa.

Pero Jack nunca lo hizo. Iba a la mesa donde el hermano abandonado estaba comiendo solo. Era lo que el Señor Jesús habría hecho. Haciéndolo, Jack predicaba uno de sus mejores sermones. Silenciosamente les recordaba a los demás que el Salvador se humilló hasta lo sumo, a lo último a lo más bajo, y nosotros también somos llamados a humillarnos con las personas de baja condición. No deberíamos aspirar a llegar a la buena voluntad de las personas importantes (Romanos 12: 16), sino asociarnos con los humildes.

La gente tomaba como un símbolo de estatus que Jack se sentara en su mesa. Después de todo, él era una celebridad de la radio, un evangelista bien conocido, y el director de Palabra de Vida, una organización cristiana en crecimiento. Significaba mucho volver a sus hogares y decirles sus amigos que conocían a Jack Wyrtzen. Pero debido a que Jack era un creyente humilde que vivía a Cristo, el estatus el privilegio especial iba para la persona menos estimada en el comedor.

William Macdonald