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domingo, 29 de septiembre de 2024

Cantó el Gallo (Juan 18:27)

 

–Cuando el Señor Jesús fue arrestado, Simón Pedro le seguía de lejos (Lucas 22:54). Sin embargo, Jesús le había dicho claramente: “A donde yo voy, no me puedes seguir ahora” (Juan 13:36). Pero Pedro estaba decidido a ir adonde el Señor fuera: “Mi vida pondré por ti”, le había respondido. Y con esta presunción de sus propias fuerzas siguió a Jesús hasta la casa de Caifás.

–“Mas Pedro estaba fuera, a la puerta” (v. 16). En su gracia el Señor, quien en el huerto de Getsemaní ya le había advertido sobre este peligro, puso un obstáculo en su

camino, a fin de guardarlo. ¿Por qué forzar la entrada? ¿Por qué servirse de la influencia del otro discípulo que “era conocido del sumo sacerdote” para obtener una entrada que no hubiera conseguido sin él?

–Aquel discípulo “habló a la portera, e hizo entrar a Pedro”. Juan –si efectivamente se trata de él– no se dio cuenta del mal servicio que estaba prestando a su amigo. Tenía buenas intenciones, quiso aprovechar sus influencias; pero –sin duda involuntariamente– introdujo a su compañero en un lugar donde nunca tendría que haber estado. –Tan pronto entró, una criada le preguntó: “¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?”. Pedro dijo: “No lo soy”. ¿Había pasado por alto la advertencia que Jesús le había hecho? Fuese lo que fuese, esta primera negación no lo detuvo.

–Los siervos habían encendido fuego, pues hacía frío. “Con ellos estaba Pedro en pie, calentándose”. No estaba afligido por su primera negación; hacía frío y se calentaba. Estaba viendo cómo su Maestro era interrogado, cómo lo abofeteaban y lo maltrataban. Vino, pues, la segunda pregunta: “¿No eres tú de sus discípulos? Él negó, y dijo: No lo soy” (v. 25).

–Luego, “negó Pedro otra vez” (v. 27). Sin embargo, el siervo que le interrogó le había dicho: “¿No te vi yo en el huerto con él?”. Sí, Pedro había estado en el huerto con el Señor. Había participado con él en Su última cena pascual (en ese momento se instituyó la “cena del Señor”), había oído todas Sus enseñanzas posteriores (Juan 14 a 16), e incluso la extraordinaria oración que el Señor pronunció antes de entrar en el huerto (Juan 17). ¿Qué había hecho Pedro en ese huerto? ¡Dormir! Después desenvainó su espada y cortó la oreja del siervo del sumo sacerdote. Jesús le reprendió, pero todo esto no sirvió de nada.

–“Y en seguida cantó el gallo” (v. 27). Es un relato de cuyas etapas podemos sacar varias lecciones. Puede suceder que tengamos el deseo de emprender algún servicio para el Señor, pero una Voz nos dice: «Aún no, es preciso que estés más formado, mejor preparado». Algunas semanas después de que el Señor le advirtiera: “No me puedes seguir ahora”, después de que Pedro cayera y el Señor lo restaurara, volvió a decirle: “Sígueme”. Pedro le siguió, apacentó la grey hasta el momento de dejar este mundo, cumplió fielmente el servicio que el Señor le confió y finalmente dio su vida por él.

Es necesario prestar atención a las advertencias de Dios. A través de toda la Palabra vemos que Dios forma y prepara a sus siervos antes de que llegue el momento de decirles: “Id”. Pensemos en Moisés, Josué, Elías, Jeremías, Pablo y muchos otros. Empezar demasiado pronto puede conducir no sólo al fracaso, sino también a la caída, sobre todo si tenemos la pretensión de confiar en nosotros mismos.

Aparte de esto el enemigo también tiene una táctica diferente: desanimarnos. “No podrás tú ir…” (1 Samuel 17:33). “El león está fuera; seré muerto en la calle” (Proverbios 22:13). “El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará” (Eclesiastés 11:4). Podemos encontrar toda clase de pretextos para no comprometernos, para no responder al llamado del Señor cuando ha llegado el momento: “Soy tardo en el habla y torpe de lengua” (Éxodo 4:10). “He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (Jeremías 1:6). Pero el Señor responde: “No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande” (v. 7).

Pidamos al Señor que nos conceda el equilibrio para no actuar antes de que sea Su hora, y para que tampoco demos marcha atrás cuando él abra claramente la puerta.

G. A.

domingo, 7 de julio de 2019

EL PAN DE LA TIERRA

(Números 15:19)
Por G. André.

En el desierto, los israelitas se alimentaban del maná. Cada mañana tenían que levantarse muy temprano a fin de recoger la cantidad que necesitaban para el consumo del día. (Se repite seis veces en Éxodo 16). Era imposible hacer pro­visiones para más de un día, ya que entonces el maná criaba gusanos.
En Juan 6, cuando la multitud increpaba a Jesús dicien­do: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto”, Él les responde: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (v. 31 y 35). Cada mañana tenemos el gozo de hallar en las Escrituras la figura de un Cristo descendido a la tierra, Hom­bre entre los hombres, enviado por el Padre para darnos vida eterna. No sólo se nos habla de Él en los evangelios, sipo también en el Antiguo Testamento: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14); “He aquí mi siervo, yo le sostendré” (Isaías 42:1); “Y será aquel varón como escondedero contra el vien­to” (Isaías 32:2), entre otras citas.
Una vez que Israel llega a Canaán, la escena cambia: “Comieron del fruto de la tierra, los panes sin levadura, y en el mismo día espigas nuevas tostadas” (Josué 5:11). El pueblo acababa de atravesar el Jordán, donde doce piedras fueron levantadas como monumento conmemorativo de aquel hecho memorable, símbolo de nuestra identificación con Cristo en su muerte. Otras doce piedras sacadas del fondo del río fueron erigidas en Gil Gal, y son la figura de nuestra unión con Cristo en su resurrección. Introducidos de esta manera en la tierra prometida, los israelitas gozan de una nueva relación con Dios; ahora es necesario que combatan para conquistar lo que Dios les ha dado: “Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie” (Josué 1:3). En la experiencia cristiana esto corresponde a la ense­ñanza a los Colosenses y sobre todo a los Efesios: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, don­de está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Colosenses 3:1). “Y juntamente con Él nos resucitó, y asimismo nos hizo sen­tar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:6). Se relaciona, además, con la lucha que debemos sostener según Efesios 6:10-18. A partir de aquel momento el maná deja de ser el alimento, pues Cristo descendió del cielo y tenemos “el fruto de la tierra, los panes sin levadura y las espigas tosta­das”.
“El fruto de la tierra” nos habla de Cristo en los consejos de Dios: “Padre... me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Juan 17:24). “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7).
“Los panes sin levadura y las espigas tostadas” eran el producto de la cosecha “del país”. El alma se alimenta de Cristo, víctima sin defecto y sin mancha, quien padeció, murió y resucitó; ya no le puede buscar en la cruz (“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”), sino que le ve en la gloria. Es la gavilla de las primicias (Levítico 23), la avecilla que vuela hacia el cielo (Levítico 14) y el pan de la tierra (Números 15). Para nosotros es el Señor, quien en el día de su resurrección se aparece a los discípulos que están reunidos; Jesús, a quien ahora vemos coronado de gloria y honor; el Cordero en medio del trono.
La vida cristiana se desarrolla tanto en “el desierto” como en “la tierra”. Rescatados por medio de la muerte de Cristo (pascua de Egipto), librados del poder del enemigo (mar Rojo), atravesamos este mundo semejante a un desierto, pero al mismo tiempo experimentamos los cuidados del Señor y nuestra alma se renueva interiormente cada día por medio de la Palabra que leemos y meditamos, en la cual debemos buscar ante todo la Persona del Señor Jesús (maná). Pero, si bien por la fe sabemos que hemos muerto y resucitado con Cristo, vivimos también en “la tierra”, de manera que tene­mos que conquistar y apropiarnos personalmente de todas las bendiciones espirituales que Dios nos da por medio de Cristo, para lo cual es preciso que cada día nos alimentemos del Señor Jesús resucitado y glorificado y que busquemos “las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Co­losenses 3:1).
La Palabra de Dios aun va más lejos: “Cuando hayáis entrado en la tierra a la cual yo os llevo, cuando comencéis a comer del pan de la tierra, ofreceréis ofrenda a Dios... de las primicias de vuestra masa daréis a Dios ofrenda por vuestras generaciones” (Números 15:18, 19 y 21). En el desierto se conservaba dentro del tabernáculo una urna que contenía maná, figura de Cristo en su carácter de pan de vida descen­dido del cielo. Sin embargo, en la tierra prometida era nece­sario ofrecer al Señor “las primicias de vuestra masa”.
El alma, alimentada del Cristo resucitado, podrá presen­tarse delante de Dios y ofrecerle “el fruto de labios que con­fiesan su nombre”; los sacrificios de alabanza no sólo expre­san reconocimiento por haber sido salvos, sino que presentan al Padre lo que su Hijo es para Él (Salmo 50:14 y 23; Hebreos 13:15). Durante la siega, la primera gavilla era ofrecida a Dios (Levítico 23:10). Una vez terminada la cosecha, cuando ya había sido batido, molido y preparado el trigo, de nuevo las primicias eran ofrecidas al Señor.
¡Ojalá pudiéramos ser alimentados así de Cristo, tanto en su vida como en su muerte, su resurrección y su ascensión a la gloria, a fin de que nuestros corazones, llenos de Él, puedan rendir verdaderamente al Padre el culto que Él espera de sus adoradores!

sábado, 10 de diciembre de 2016

UNA SOLA OFRENDA, VARIOS SACRIFICIOS (Parte XII)

(Levítico 1 a 7)
"A Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Corintios 2:2).
(Continuación)
4. EL SACRIFICIO DE PAZ (Levítico 3; 7:11-36)


El real sacerdocio
Estos capítulos del Levítico nos mostraron cómo los israelitas llevaban ofrendas a Dios. Ahora, los cre­yentes somos piedras vivas; somos edificados como casa espiritual, como sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Bajo la ley, se podía presentar a Dios lo que él demandaba, y nutrirse de los sacrificios; pero la parte del cristiano es más amplia. Sin duda, lo más importante es ofrecer a Dios sacrificios espirituales: adorarlo por lo que él es en sí mismo, bendecirlo por todo lo que hizo por nosotros; luego gozarnos en su presencia y nutrirnos del infinito amor de su Hijo.
Pero, bajo la ley, época del "vallado", del "redil" judaico (Marcos 12:1; Juan 10:1, 16), Israel ignoraba el real sacerdocio: "Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9). Si bien nuestro primer privilegio es ofrecer a Dios sacrificios espirituales, también somos invitados a anunciar a los demás las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Al salir del santuario, podremos dar a conocer al mundo de donde hemos sido sacados, esta gracia, este amor, esta luz de que gozamos.
Es lo peculiar de la gracia, de esta gracia que nada retiene, pero que se extiende hasta los confines de la tierra según la promesa hecha por el Señor Jesús mismo por medio de la voz profética: "Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra" (Isaías 49:6).
Que podamos responder al pensamiento de Dios ofreciendo sacrificios espirituales y nutriéndonos de Cristo, a la vez que proclamando a nuestro alrededor las maravillas de su gracia.
G. André

martes, 2 de diciembre de 2014

¿Holocaustos que no cuestan nada?

(2 Samuel 24:24)



El Antiguo Testamento habla ante todo de sacrificios materiales: animales ofrecidos sobre el altar, incienso y muchos otros, que a menudo son figuras del sacrificio de Cristo: “La ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10).
            Al cristiano se le proponen tres sacrificios:
1. La alabanza (Hebreos 13:15; 1 Pedro 2:5).
2. Hacer el bien a aquellos que tienen necesidad, y ayudar a los siervos del Señor (Gálatas 6:6; 1 Corintios 9:14) “porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:16).
3. Presentar nuestros “cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Romanos 12:1).
Estos sacrificios ¿son para nosotros de aquellos “que no cuestan nada”?

1. La alabanza
Se puede alegar que cantar himnos no cuesta casi nada, a menudo sin detenerse demasiado a pensar en las palabras que se pronuncian o en Aquel a quien van dirigidas; o decir “amén” a una oración de alabanza, de la que apenas se ha seguido su contenido. Pero ésta no es la verdadera alabanza, los “sacrificios espirituales” de 1 Pedro 2.
Hebreos 13:15 nos habla de ofrecer, “por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”. Los versículos anteriores nos indican en qué contexto tiene lugar: “Mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio”. Es en tal contexto, profundamente sentido, donde se debe ofrecer el sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su Nombre. No se trata únicamente de cantar con los labios, o decir un “amén” —¡si es que se pronuncia!— a una oración, a la que no se ha prestado demasiada atención. Hace falta todo un trabajo interior para que el “fruto” que sube del corazón a los labios no sea un “sacrificio que no cueste nada”, sino uno que demande una meditación previa y profunda, acordándose de todo lo que estos versículos implican.
Nos dirigimos a Dios “por medio de él”. A veces cantamos himnos dirigidos a nosotros mismos, para incitarnos a la alabanza, recordando la obra de Cristo. Éstos no son destinados al Padre o al Hijo; son más bien estrofas que, expresando el tema de la alabanza, nos animan a ella. Pero qué diferentes son en su esencia los himnos dirigidos a Dios mismo. Tenemos necesidad de pensar, a medida que vamos cantando, tanto en el tema, como en el objeto de ellos. Así, todo está en su lugar. Filipenses 3:3, V.M., subraya: “adoramos a Dios en espíritu”.
2. Hacer el bien
Se dirá que éste es un sacrificio que cuesta. La Palabra se complace en presentarnos algunos ejemplos:
La viuda de Sarepta (1 Reyes 17:7-16) no tenía ni un trozo de pan, sólo un puñado de harina y un poco de aceite. Quería prepararlo para ella y su hijo y después dejarse morir (v. 12). ¿Qué le dice el siervo de Dios? “No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida… y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo” (v. 13). Este “primero”, ¿no habla a nuestra conciencia? Sólo la fe en la promesa de Dios, por medio de Elías, podía conducir a la viuda a dar todo lo que le quedaba. Jesús mismo nos recuerda su ejemplo (Lucas 4:25-26).
En Lucas 21:1-4, sentado en el templo, Jesús mira a la gente que echa su ofrenda en el arca, entre ellos a una viuda muy pobre que echa dos monedas de poco valor. ¿Qué dice el Salvador?: “Esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron… de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía”. “Jesús mira”, no tanto lo que se da, sino lo que se guarda para sí. El apóstol precisa en 2 Corintios 8:12: “Si primero hay la voluntad dispuesta, será acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene”. A veces es un sacrificio que cuesta (v. 1-5), pero es un “sacrificio acepto, agradable a Dios” (Filipenses 4:18).
3. Presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo
Los ocho primeros capítulos de Romanos desarrollan la justificación por la fe, el valor de la obra de Cristo que ha permitido, de alguna manera, que Dios manifestara, hacia todo aquel que cree en Jesús, su compasión, amor y justicia (Romanos 3:25-26). Ya que somos conscientes del inmenso precio pagado por nuestro rescate, este versículo nos exhorta a presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, lo que es nuestro culto (o servicio) racional o inteligente.
Es verdad que esto cuesta. Es preciso que nuestro interior sea renovado (12:2) para discernir la voluntad de Dios y lo que Él espera de cada uno de nosotros. Es una gracia que nos ha sido dada (v. 6), la cual exige un ánimo de corazón y de espíritu para poder estar a su disposición durante todo el día, todo el año, toda nuestra vida.
En Lucas 9:57-62, vemos a varias personas dispuestas a seguir al Señor: el primero, adondequiera que fuera. Jesús le advierte que seguirle traerá dificultades, pues “el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”. A otro le dice “Sígueme”; la respuesta: “Déjame que primero…” Y un tercero también se propone seguir al Señor, pero, como el anterior, tiene algo que hacer primeramente.

Tal sacrificio no es posible si no hay una comunión total con Cristo, el cual “se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2). En verdad, el suyo fue un caro sacrificio: “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:7-8).

sábado, 6 de octubre de 2012

Especies distintas


“No sembrarás tu viña con semillas diversas” (Deuteronomio 22:9).
            Este pasaje de Deuteronomio, como los que vamos a estudiar a continuación, debemos interpretarlos espiritualmente y no en el sentido literal. Por lo tanto, la viña puede ser considerada como fuente de gozo (Jueces 9:13). Para el creyente hay el gozo en el Señor, en su comunión (Juan 15:11), en la comunión con el Padre y con el Hijo (1 Juan 1:3-4). Además están todas las alegrías terrenales que recibimos con agradecimiento de la mano del Señor (1 Timoteo 6:17 final).
            Por otra parte, existen los gozos corruptos de este mundo, a menudo, ficticios, temporales y muchas veces ligados a la concupiscencia de los ojos o de la carne.
            Es muy importante que el creyente no tenga dos especies de “viñas”: los gozos en el Señor y los del mundo. De lo contrario, corre el peligro de perder el gozo de la comunión con el Señor. “Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1 Juan 1:4).
“Tu campo no sembrarás con mezcla de semillas”. Levítico 19:19
            En este pasaje el “campo” puede ser tomado como una figura de nuestro corazón. ¿Qué clase de semilla sembramos en él? ¿Semilla que proviene de lecturas profanas, de malas conversaciones, de cosas vistas u oídas que corrompen? “Mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña…” (Mateo 13:25). Al principio no ocurrió nada, pero cuando el trigo empezó a crecer, apareció también la cizaña. La mala semilla que uno ha dejado penetrar en lo más íntimo de su corazón, porque ha hallado placer en ello, generalmente no germina de inmediato. Más tarde uno se extraña al ver cómo un joven, que parecía amar y querer servir al Señor, se va alejando progresivamente de la asamblea y de su Maestro. “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo?... Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto” (Mateo 13:27-28). ¡Qué importante es estar alerta, principalmente en la juventud, para no permitir que la semilla portadora de malos frutos penetre en nuestro corazón! Antes bien, debemos cultivar la buena semilla que “es la Palabra de Dios”, y que puede producir “fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno” para la gloria de Dios (Marcos 4:20).
            En nuestro texto, el campo también puede significar la esfera del servicio para el Señor. Todos los que son llamados a trabajar en ella desean imitar al divino Sembrador. Él sólo esparcía buena semilla, aunque ésta cayera a lo largo del camino, en las rocas o entre los espinos. Pero existe el peligro de sembrar dos clases de semillas. Éste era el caso de los gálatas, pues algunos querían mezclar las obras de la ley con la gracia que es por la fe. Otros querían hacer de los colosenses su “presa” por medio de la filosofía y de enseñanzas humanas, a las que llamaban “revelaciones”, excediéndose de lo que Dios ha querido decirnos. Establecían además “mandamientos y doctrinas de hombres” como no tomes, no gustes, no toques, que apartaban de la realidad viviente de estar ligados a un Cristo resucitado (Colosenses 2). Una doctrina es aún más peligrosa cuando asocia las enseñanzas de la Palabra con las de los hombres.
“No vestirás ropa de lana y lino juntamente”. Deuteronomio 22:11
            El “vestido” habla del testimonio exterior. Para nosotros este versículo significa que debemos vigilar nuestra conducta en el mundo y —si consideramos los vestidos de los sacerdotes— en el servicio ofrecido a Dios, especialmente en el culto de adoración.
            Aarón debía vestirse de lino para entrar en el santuario (Levítico 16:4). Lo mismo ocurriría con los hijos de Sadoc quienes, en el futuro templo, se acercarían al Señor (Ezequiel 44:17-18). La “lana”, agente de calor natural —sentimentalismo, elocuencia humana— no tiene sitio en la casa de Dios. En las bodas del Cordero, la Esposa estará vestida de “lino fino, limpio y resplandeciente”. Los santos que forman el cortejo del Rey de reyes estarán asimismo vestidos de “lino finísimo, blanco y limpio”. En Apocalipsis 19:8, el lino fino representa las acciones justas de los santos que han marcado la conducta y el testimonio de los cristianos durante su vida.
“No ararás con buey y con asno juntamente”. Deuteronomio 22:10
            El labrador representa, sea al Señor Jesús mismo o bien a los suyos, a quienes ha confiado un servicio en el campo. “El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero” (2 Timoteo 2:6). Este trabajo sería en vano sin la bendición divina y la dependencia de Dios: “…El labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía” (Santiago 5:7). Del mismo Señor dice la Escritura: “Verá el fruto del trabajo de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:11, V.M.). A este gozo, él asocia a los suyos “que sembraron con lágrimas” (Salmo 126:5-6).
            ¿Cómo labrar juntos si no se anda al mismo paso, según los mismos principios? Sin duda, Pablo y Apolos no eran iguales. Pablo había plantado, cumpliendo ante todo la obra de un evangelista; Apolos había regado, y “fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído” (Hechos 18:27). Tenían dones y caracteres diferentes, pero ambos habían trabajado sobre las mismas bases. El apóstol puede decir: “Y el que planta y el que riega son una misma cosa” (1 Corintios 3:8).
            Bajo el régimen de la ley, para labrar no se podía atar a un buey junto a un asno. El buey era un animal puro o limpio, que podía ser ofrecido en sacrificio. El asno, según Levítico 11, no era inmundo; no obstante, debía ser redimido por un cordero (Éxodo 13:13); no podía ser ofrecido sobre el altar. Un buey y un asno no podrían andar a la par y trazar un surco derecho. El apóstol nos advierte seriamente sobre el “yugo desigual” (2 Corintios 6:14-18), tanto si se trata del casamiento, como del servicio en el campo del Señor.
            Únicamente la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones y el amor hacia el Señor nos guardarán de cualquier “yugo” que no sea para su gloria y nos ayudarán a discernir de qué “gozo” podemos disfrutar con él —la clase de semilla que dejamos penetrar en nosotros o que esparcimos en su campo, el testimonio práctico que damos en nuestra marcha diaria.

sábado, 9 de junio de 2012

EL TABERNÁCULO


EL LUGAR SANTÍSIMO


Como la ciudad de Apocalipsis 21: 16, el lugar santísimo era cúbico, manifestando así la perfección de Dios en todo. Era oscuro, pues, según 1 Reyes 8: 12, Dios había dicho que "habitaría en la oscuridad", manifestando de esa forma que aún no había sido ple­namente revelado a los hombres. Esta plena revelación sólo tuvo lugar en Cristo, Dios manifestado en carne (Juan 1: 14).
Finalmente, el lugar santísimo estaba cerrado por el velo, sobre el cual se encontraban los querubines que recordaban los de Edén, los cuales cerraban el camino al árbol de la vida. Nadie (salvo Moisés, quien se hallaba en una situación especial) podía entrar allí, excepto el sumo sacerdote una vez al año con la sangre (Levítico 16; Hebreos 9: 7). Ahora el velo está rasgado desde la muerte del Señor Jesús (Lucas 23: 45) y noso­tros podemos acercarnos por el "camino nuevo" descripto en Hebreos 10: 19-22.

1. El arca (Éxodo 25: 10-22)
En las ordenanzas para el tabernáculo dadas por Dios a Moisés, en los capítulos 25 a 27, el arca ocupa el primer lugar. De igual manera, cuando Dios se nos revela, parte del santuario y sale hacia el atrio; nos pre­senta primeramente lo que es el objeto supremo de su corazón: la persona de Cristo. Cuando consideramos el camino por el cual nosotros nos acercamos a Dios, acu­dimos primeramente al atrio, al altar, luego a la fuente y sólo entonces podemos entrar en el santuario. Por eso en nuestra charla hemos dejado el arca para el final.
Si el arca es el primer objeto colocado ante nues­tros ojos en estos capítulos, es sin duda porque la Per­sona de Cristo debe tener el primer lugar en nuestro corazón. En el Salmo 132 vemos qué importancia tenía el arca para David. Es notable que este salmo esté seguido por el 133, en el cual se ve "cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía". Es preciso primeramente el Centro para que la reunión se realice.
No se podía ver el arca más que en el lugar santí­simo. El acceso a él está abierto para nosotros hoy en día; pero conviene que al ocuparnos en la Persona del Señor lo hagamos siempre con la mayor reverencia.
El arca tenía 2 1/2 codos de largo, 1 1/2 de ancho, 1 1/2 de alto; estaba hecha de madera de acacia y de oro puro (para las tablas no se dice oro puro), pues es una figura de la Persona de Cristo, "el Verbo (la Pala­bra)... hecho carne" (Juan 1: 14), "Dios... manifestado en carne" (1 Timoteo 3: 16). ¡Misterio ante el cual ado­ramos! Pero de ninguna manera nos conviene querer hacer la disección de la humanidad perfecta (la madera de acacia) de la divinidad (el oro), siempre presentadas en la Palabra maravillosamente unidas en una sola Per­sona, tal como nos la revelan los evangelios y otras páginas de la Escritura. Por haber querido mirar en el arca, los hombres de Bet-semes murieron (1 Samuel 6: 19) y, por haber tocado el arca, Uza fue herido de muerte (2 Samuel 6: 6-7).
Una cornisa o coronamiento de oro se encontraba alrededor del arca (Éxodo 25: 11), hablándonos de la excelsa gloria de Cristo, pero formando también como una especie de protección contra toda irreverencia ante el misterio de su Persona (la misma cornisa se ve en el altar de oro y en la mesa de los panes).
Como los otros objetos del tabernáculo, el arca estaba munida de varas para llevarla. Estas últimas tie­nen una importancia particular en relación con el arca, sea que se piense en todas las etapas que ella recorrió desde Sinaí hasta su reposo final en el templo de Salo­món (1 Reyes 8: 81 sea que una vez más haga falta subrayar la santidad de lo que representaba el propio Cristo: el arca siempre debía ser llevada en andas y no puesta en un carro (1 Crónicas 15:2).
En Números 4: 5-6 vemos al arca marchando a través del desierto, cubierta de azul, tal como Cristo en este mundo: "el que viene del cielo" (Juan 3:31). Bajo el azul, las pieles de tejones cubrían sus glorias diversas: el velo (v. 5) el cual era el único que podía estar en contacto con el arca misma. "No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos" (Isaías 53: 2). Sólo la fe podía discernir las glorias del velo, bajo las pieles de tejones. En cuanto a la propia arca, "nadie conoce al Hijo, sino el Padre" (Mateo 11:27). Es el inescrutable mis­terio.
En el desierto (pero no después de haber atrave­sado el Jordán), el arca es llamada "el arca del testimo­nio" (Éxodo 25: 16). Hubo en el desierto de este mundo un Testigo fiel que respondió en todo a la voluntad de Dios (tablas de la ley en el arca) y que le glorificó en la tierra.
En Números 10:33 tenemos "el arca del pacto", base de las relaciones de Dios con su pueblo; y, por último, está "el arca de Jehová", cuando se trata de mostrar su poder, como en el Jordán, en Jericó o en la casa de Dagón (Josué 4: 5; 6: 6-13; 1 Samuel 5: 3).

2. El propiciatorio (Éxodo 25: 17-21)
El arca era un cofre y tenía una tapa llamada propiciatorio. El término hebreo traducido por propi­ciatorio deriva de "cubrir o cubierta". En el Antiguo Testamento, la propiciación (expiación en la Reina- Valera 1960) de los pecados significa que éstos eran "cubiertos", como en el Salmo 32: 1; mientras que en el Nuevo Testamento, una vez que la obra de Cristo fue cumplida, los pecados son "quitados" (Hebreos 9: 26; 10:4, 11-18). La palabra propiciatorio, —traducida en la versión alemana por "Gnadenstuhl" y en la versión inglesa por "mercy-seat" (o sea "el asiento de la gra­cia") — contiene también la idea de gracia, de miseri­cordia.
El propiciatorio estaba enteramente hecho de oro puro, lo que nos habla de la justicia inherente a la na­turaleza divina. Por otra parte, encima del propiciato­rio había dos querubines de oro batido, de una sola pieza con el propiciatorio. Los querubines, asiento del trono de Dios (Salmo 80: 1; 89: 14), hablan fundamen­talmente del juicio de Dios; así la justicia divina reclama el juicio inexorable de Dios sobre su pueblo pecador, el cual de ninguna manera observó la ley (Éxodo 32: 19).
Pero los querubines y el propiciatorio estaban colocados sobre el arca, que es como decir sobre Cristo, quien sí cumplió plenamente la voluntad de Dios y le permitió a ésta el cumplimiento de amor en favor del hombre (el arca contenía las tablas de la ley); luego, sobre el propiciatorio, se encontraba la sangre de la víc­tima que el sacerdote había llevado allí el gran día de la expiación (Levítico 16:14-15). Los querubines no tenían una espada, como en Edén, sino, al contrario, alas para proteger, y sus rostros —uno enfrente del otro— estaban vueltos hacia el propiciatorio, es decir, ¡miraban la sangre!
El conjunto —el arca, el propiciatorio y los queru­bines— vino a ser así no ya el trono de Dios en juicio, sino el de la gracia. Todo nos habla de Cristo y de su obra; vemos en ello, de una manera sorprendente y profunda, cómo Él respondió plenamente a la justicia y al amor de Dios (Salmo 85: 10). El trono de la gracia está fundado sobre la obediencia de Cristo hasta la muerte.
El propiciatorio era el lugar de encuentro de Dios con el hombre en un doble sentido:
(a) Aarón, el sacerdote, representando al pueblo ante Dios, acudía con la sangre; (b)        Moisés, el enviado de Dios, el apóstol, recibía allí los mensajes de Dios para el pueblo (Éxodo 25: 22).
El Señor Jesús, en Hebreos 3:1, reúne el doble carácter de Moisés y de Aarón cuando es llamado "apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión".

3. Contenido del arca (Hebreos 9: 4)
a)    Las tablas de la ley
Las primeras tablas habían sido quebradas ante la idolatría del pueblo (Éxodo 32: 19). Las segundas tablas nos son presentadas en Deuteronomio 10:3-5 como no hechas hasta después de la construcción del arca y colocadas allí en cuanto Moisés descendió del monte: sólo Cristo podía cumplir la ley de Dios (Salmo 40: 8); sólo a causa de El, figurado por el arca, Dios podía continuar habitando en medio de su pueblo.
b)    La vasija de oro (Éxodo 16: 32-34)
Esta vasija de oro que contenía el maná nos pre­senta dos pensamientos:
—  la fidelidad de Dios, quien durante cuarenta años había alimentado a su pueblo a través del desierto; convenía tenerlo presente: "te acordarás de todo el camino" (Deuteronomio 8:2);
—  ella es un memorial de Cristo descendido del cielo, pan de vida, alimento de su pueblo en el desierto (Juan 6:31-38, 58).
Cabe señalar al respecto que los israelitas recogían cada día un omer de maná; tal es nuestra parte: alimentarnos de Cristo cada día. Pero el último versículo de Éxodo 16 nos dice que "un gomer (u omer) es la décima parte de un efa", vale decir que lo poco que podemos captar de Cristo aquí abajo no es más que una débil parte de la plena medida que tendremos en la gloria.
c) La vara de Aarón (Números 17)
Esta vara, que había brotado, producido flores y almendras, nos habla de la gracia y de la resurrección. Así, todo lo que el arca nos enseña acerca de la Persona de Cristo es completado por su contenido: su obedien­cia perfecta, su humillación como descendido del cielo, su gracia y su resurrección.

EL ACCESO AL SANTUARIO
El tabernáculo nos ha hablado de la Casa de Dios y del conjunto de sus rescatados, representados por las tablas, las cortinas, los doce panes, las columnas y las cortinas (o colgaduras) del atrio, figuras —entonces incompletas— del misterio que debía ser plenamente revelado al apóstol Pablo: la Iglesia que es su Cuerpo (Efesios 3 : 5-6).
Mejor aun, el tabernáculo nos ha presentado la revelación de Dios en Cristo; en todas sus partes, desde el arca hasta la puerta, hemos visto en ella a Cristo. Ojalá pueda ser él, cada vez más, el objeto de la medita­ción de nuestros corazones y el atractivo de nuestras almas.
El tabernáculo, finalmente, nos muestra el camino por el cual tenemos acceso a Dios. En sus trazos gene­rales, el evangelio de Juan sigue el plano del taberná­culo. Los capítulos 1 a 13 representan el atrio: desde la entrada se encuentra primero el altar de bronce; de la misma manera, el Cordero de Dios se presenta a noso­tros (1: 29). El capítulo 13 corresponde a la fuente de bronce. Los capítulos 14 a 16 nos hacen entrar en el lugar santo: el Señor Jesús conversa con sus discípulos, en especial del Espíritu Santo y de las luces que él les traerá. Luego, en el capítulo 17, nuestro sumo Sacer­dote entra solo en el lugar santísimo para hablar con su Padre e interceder por los suyos.
Cualquiera en Israel podía entrar en el recinto del tabernáculo por la puerta ancha, cuyo acceso no estaba interceptado por ningún querubín, con tal que aquél trajese un sacrificio. En el altar de bronce, el culpable sabe cómo sus pecados pueden ser perdonados. Hoy, en la cruz, el pecador arrepentido sabe por la fe que la sangre de Cristo quitó su pecado, del cual Dios no se acordará nunca más.
Hecho sacerdote, el creyente encuentra la fuente de bronce, la que soluciona las manchas del camino. Una vez dentro del santuario (los lugares santos no forman más que una sola cosa hoy en día para noso­tros), el hijo de Dios halla alimento y luz. Tiene con­ciencia de ser presentado ante Dios en Cristo: ""voso­tros en mí" (Juan 14:20). En el altar de oro puede adorar y hacer subir ante Dios algo de las perfecciones de la maravillosa Persona que llena ese santo lugar. Y ahora, a través del velo desgarrado, puede contem­plar la belleza y las glorias de Aquel del cual el arca no era más que una sombra (Salmo 27: 4; 2 Corintios 3: 18).
Cuando la nube, señal de la presencia de Dios, llenó el tabernáculo y luego el templo, los sacerdotes debían permanecer fuera (Éxodo 40: 35; 2 Crónicas 5: 14). Esa nube, objeto de terror incluso para los discí­pulos (Lucas 9: 34), es hoy para nosotros la morada del Padre, desde la cual resuena la voz: "Éste es mi Hijo amado; a él oíd" (Marcos 9: 7). Hebreos 10: 19-22 nos describe la suma de nuestros actuales privilegios. En lugar de un acceso cerrado, tenemos plena libertad para entrar en los lugares santos. La sangre de Jesús ha sido vertida; el camino nuevo y vivo ha sido abierto por él a través del velo; él es nuestro sumo sacerdote, quien presenta a Dios, purificadas, nuestras santas ofrendas. ¿Acaso permaneceremos "lejos", como en otro tiempo los ancianos de Israel? (Éxodo 24: 1). Al contrario, podemos acercarnos sin temor. Pero corresponde hacerlo con el debido estado práctico: un corazón sin­cero que ame al Señor; una plena seguridad de fe, cer­tidumbres fundadas en la Palabra de Dios; los corazo­nes — merced a la aspersión de la sangre de Cristo — purificados de mala conciencia, y el cuerpo, una vez para siempre, lavado con agua pura (Tito 3:5; Juan 13 : 10).
"Acerquémonos" (Hebreos 10:22) es verdadera­mente una palabra maravillosa. Todo lo que hemos visto en el tabernáculo repite que "aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo" (9: 8). Dios habitaba "en la oscuridad" (2 Crónicas 6: 1). Hoy todo está abierto, todo es luz. Cristo vino con su propia san­gre; ofreció su propio cuerpo; y ahora —bendita posi­ción mientras aguardamos la gloria— "por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo
            Espíritu al Padre" (Efesios 2: 18). Habiendo "gustado la benignidad del Señor", las "piedras vivas" se acer­can a él (1 Pedro 2: 3-4). Es el deseo de su corazón tenernos en su presencia; el Padre busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad (Juan 4: 23). Seguramente no habría mejor conclusión para nuestro estudio que esta exhortación imperiosa: Acerquémonos.

sábado, 5 de mayo de 2012

La Biblia - Resumen de Sus 66 Libros


1 Tesalonicenses

“Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes” (1 Tesalonicenses 2:13).

           

La primera epístola a los Tesalonicenses («victoria sobre la falsedad»), cronológicamente, es la primera de las epístolas de Pablo. Está llena de frescura, energía, y calidez. Pastoral en su carácter, se dirige “a la iglesia de los tesalonicenses”, ilustrando así que el verdadero cuidado pastoral no es sólo de individuos, sino también de la iglesia de Dios. Esta última, formada durante una breve visita a Tesalónica (Hechos 17:1-4), en medio de circunstancias de amarga persecución, había llegado a ser un modelo para las otras, debido a su piadosa energía de fe divulgando la Palabra del Señor (1 Tesalonicenses 1:7-8). Fe, amor y esperanza se ven de forma hermosa a través de todo este libro y de la segunda epístola también.
            La venida del Señor es un asunto que resalta en esta epístola. En el capítulo 1:10 se ve como la liberación de la ira venidera de la tribulación. En el capítulo 2:19, está relacionada con el gozo de Pablo al ver a sus hermanos en la gloria de arriba. En el capítulo 3:13, tiene a la vista el fortalecimiento de los creyentes irreprensibles en santidad. En el capítulo 4:15-18, es una preciosa perspectiva para dar consuelo presente a aquellos que están en tristeza. En el capítulo 5:23, es vista como una santificación final y total del espíritu, alma y cuerpo.
            El versículo arriba citado muestra la razón de la fiel energía de los tesalonicenses. La Palabra de Dios actuaba realmente en sus almas: era Dios quien había hablado; ellos aceptaban esa Palabra como tal. De esta manera se producen buenos resultados. En consecuencia, este libro es muy alentador y estimulante.

 

2 Tesalonicenses

“El mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra” (2 Tesalonicenses 2:16-17).

           

La segunda epístola a los Tesalonicenses, al igual que la primera, es de carácter pastoral; pero trata de aquellas sutiles influencias que muy pronto amenazaron con arrebatarle a esta joven iglesia su reciente y ardiente afecto para con el Señor, su vigorosa fe y su paciencia ante la persecución. El apóstol Pablo advierte fielmente del futuro advenimiento del Anticristo, mientras que ya estaba “en acción el misterio de la iniquidad” (2:7) para socavar lo que era de Dios. Por lo tanto, fieles amonestaciones se agregan al refrescante estímulo de la primera epístola, sazonar con sal, para preservar el testimonio de Dios.
         Cartas, que pretenden haber sido enviadas por Pablo, habían comunicado a los tesalonicenses que el día del Señor ya había venido. Esto era un astuto engaño del enemigo por medio del cual buscaba socavar la confianza de ellos en la venida del Señor para buscar primeramente a la Iglesia, antes del impresionante día de su juicio del mundo. Pablo corrige esto y, en el capítulo 2, explica que el día del Señor, no puede ocurrir antes de que la Iglesia sea arrebatada a los cielos.
         En contraste con las malignas obras y palabras del Anticristo, los creyentes son animados a permanecer firmes en toda buena palabra y obra. Por lo tanto, éste es un libro que tiene por objeto darnos discernimiento espiritual y firmeza en cuanto a aquellas cosas que tiendan a rebajar el testimonio cristiano.
         Igualmente, la venida del Señor resalta en todos los capítulos.

El Tabernáculo


EL LUGAR SANTO

Así como la puerta y el altar de bronce nos hablan del acceso al tabernáculo, abierto a cualquiera que que­ría venir con un sacrificio, el lugar santo nos presenta el privilegio exclusivo de los sacerdotes. Hoy, para ser sacerdote, es necesario ser hijo de Dios, nacido de nuevo. Y todo hijo de Dios es sacerdote (1 Pedro 2: 5) (lo que no era el caso en Israel). La porción que vamos a considerar concierne, pues, a aquellos que conocen al Señor Jesús como su Salvador y no a aquellos que aún no han querido acudir a él.
Se ha comparado el altar de bronce con la conver­sión, la fuente de bronce con la confesión y el lugar santo con la comunión.
En el tabernáculo no había ni piso, ni asiento, ni ventana. En efecto, los sacerdotes, con los pies en la arena, siempre debían recordar que aún estaban en el desierto. Hoy, cualesquiera sean los privilegios de que podamos gozar, sabemos que estamos en la tierra, donde no conocemos sino en parte, pues el "cara a cara" está aún por venir (1 Corintios 13: 12).
No había asiento en el tabernáculo porque los sacerdotes debían permanecer de pie, pues su servicio nunca terminaba, ya que los sacrificios del altar de bronce jamás podían "quitar los pecados" (Hebreos 10: 11). En cambio, el Señor Jesús, "habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios" (v. 12).
Por último, el tabernáculo no tenía ventana. Dicho de otro modo, no era iluminado por la luz exterior, por la luz natural, ya que la inteligencia del "hombre natu­ral", guiado sólo por su mente, no puede discernir las cosas de Dios (1 Corintios 2: 14). Para conocerlas es necesaria la luz que da el Espíritu Santo (el candelero).
El lugar santo contenía —entrando, a la derecha — la mesa con los panes de la proposición, el candelero de siete brazos a la izquierda y el altar de oro en el cen­tro, ante el velo. Esos tres objetos nos hablan de ali­mento, de luz y de culto.
1.      La mesa de los panes de la proposición (Éxodo 25: 23-30; Levítico 24: 5-9)
La mesa, de pequeñas dimensiones (dos codos de largo, un codo de ancho y uno y medio de alto) era de madera de acacia (o de sittim), cubierta con una lámina de oro puro. Era, evidentemente, una figura de Cristo llevando a su pueblo ante Dios.
Los panes sobre la mesa, en número de doce (Leví­tico 24: 5-9), tienen un doble significado. Hechos de flor de harina, recubiertos de incienso, como la ofrenda vegetal (Levítico 2), nos hacen pensar:
a)     primeramente en Cristo, alimento de los sacerdotes en el lugar santo. Este alimento le es indispensable al hijo de Dios que quiera crecer hasta el estado de "un varón perfecto" (Efesios 4: 13) y no permane­cer como un niño en Cristo. Sin alimento, un niño o una planta se marchitan. Pero el alimento debe ser sano, sino el niño o la planta perecen. Nuestro "hombre interior" está formado por el alimento espiritual. El Salmo 144: 12 expresa esta oración: "Sean nuestros hijos como plantas crecidas en su juventud". Meditemos a menudo acerca de la per­sona del Señor Jesús, busquémosla en los evange­lios y en toda la Palabra. Un hermano decía: « ¡Si no has hallado a Cristo en esta página de la Biblia es que has leído mal!». "Escudriñad las Escritu­ras... ellas son las que dan testimonio de mí" (Juan 5: 39). Señalemos de paso que Cristo como ali­mento también nos es presentado en la ofrenda vegetal, en el sacrificio por el pecado, en el sacrifi­cio de paz, en el sacrificio de consagración y en el cordero de la Pascua ; por otra parte, como maná y como trigo del país ;
b)     en los santos: vistos en Cristo, teniendo su natura­leza (flor de harina), aceptos a Dios (incienso), en el orden establecido por Dios (seis por hilera), tal como los describe por ejemplo la epístola a los Colosenses. Son los creyentes a la luz del santua­rio, en su posición ante Dios, tales como Cristo (la mesa de oro) les presenta a Dios; una moldura de un palmo alrededor de la mesa impedía que los panes pudieran caerse, lo que es emblema de la seguridad que los rescatados tienen en Cristo ;
c)     en las doce tribus de Israel, sea en la época del desierto, sea en un tiempo futuro, cuando la admi­nistración en la tierra sea confiada a ese pueblo; y, en el santuario, siempre presentes en el pensa­miento de Dios (Romanos 11).

2.      El candelero (Éxodo 25: 31-40; 27: 20-21; Levítico 24: 1-4; Números 8: 1-4)
Contrariamente a los otros objetos del tabernáculo hechos de madera de acacia recubierta de oro, el cande­lero era totalmente de oro puro, forjado en una sola pieza. Él nos habla de lo que es esencialmente divino. Era de oro batido ("labrado a martillo"), recordando que aquel a quien representa —Cristo— pasó por el sufrimiento. El becerro de oro, por el contrario, había sido simplemente fundido (Éxodo 32: 24). El propio candelero, pues, es una figura de Cristo, mientras que el aceite es, como en toda la Palabra, una figura del Espí­ritu Santo.
Uno de los elementos del candelero que es mencio­nado varias veces lo constituyen las flores de almendro. Esas flores nos hacen pensar en la vara de Aarón que había brotado, producido flores y almendras, tal como lo vemos en Números 17: 8, lo que es una figura de la resurrección de Cristo. El almendro, según Jeremías 1: 11-12, manifiesta que Dios cumple sus promesas en Cristo. Precisamente fue un Cristo resucitado y glorifi­cado el que dio el Espíritu Santo a los suyos.
En el conjunto formado por el candelero, el aceite y las siete lámparas ardiendo en el santuario se puede ver también a Cristo tal como es presentado por el Espíritu Santo por mediación de los vasos humanos del ministerio. En efecto, bajo este aspecto, había necesi­dad de "despabiladeras" (Éxodo 25: 38) para quitar todo lo que habría impedido el libre curso del aceite para producir la luz. Por otra parte, las siete lámparas nos muestran que el ministerio de Cristo por el Espíritu se ejerce mediante diversos canales.
Vemos al candelero brillar bajo cinco aspectos diferentes:
a)     Hacia adelante de él (Éxodo 25 : 37), pues el mayor y primer testimonio que da el Espíritu Santo es res­pecto del mismo Cristo; por eso el primer objeto que atraía las miradas al entrar en el santuario era el candelero totalmente iluminado.
El Señor Jesús, al hablar del Espíritu Santo, dice: "Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber" (Juan 16: 14).
b)     El candelero iluminaba la mesa de los panes (Éxodo 26: 35); es el Espíritu Santo que pone en evidencia la posición de los santos en Cristo en el santuario.
c)     El candelero brilla en Números 8 en relación con la purificación de los levitas: es el Espíritu Santo quien debe dirigir todo servicio para Dios y ser su motor.
d)     En Levítico 24 vemos el candelero al comienzo de un capítulo en el cual va a manifestarse la oposi­ción a Dios en medio de Israel: la apostasía. Frente al mal que se introduce en el pueblo de Dios, únicamente el Espíritu Santo es el remedio.
e)     En Éxodo 27: 21 y 30: 8 se ve que el candelero ardía durante la noche. (Cabe hacer notar que, en el templo de Ezequiel, durante «el día» del mile­nio, no hay candelero). Sólo durante la noche del rechazo y la ausencia de Cristo el Espíritu Santo ilumina el santuario en la tierra y produce la ora­ción de intercesión y el culto.
Si bien el alimento es indispensable para crecer, la luz no lo es menos. Una planta ubicada en un lugar oscuro, aunque sea bien regada, perecerá. Un joven cristiano que no ande en la luz no puede hacer progreso alguno. Al contrario, se apartará cada vez más del Señor. Y la luz del Espíritu Santo generalmente no se apaga en forma súbita para nosotros, sino que dejamos poco a poco que una cosa primero y luego otra se colo­que entre el Señor y nosotros como un ligero velo, el cual se va espesando más y más hasta privarnos de la comunión con Él, del gozo de su Persona y trabar la acción del Espíritu Santo en nosotros. Entonces no puede haber ni crecimiento, ni comunión, ni gozo. ¿Qué es necesario hacer? Volver a Él con oración, bus­car su rostro y tomar el tiempo necesario para pasar con Él, como María (Lucas 10:38-42), si es posible horas que se dejen correr hasta que Él nos haya devuelto el gozo de nuestra salvación.
3.      El altar de oro (Éxodo 30: 1-10)
El altar de oro era de dimensiones mucho más reducidas que el altar de bronce, o sea un codo de ancho, un codo de largo (cuadrado) y dos codos de alto. Era de madera de acacia cubierta de oro puro y nos habla esencialmente de Cristo. Ubicado frente al velo (v. 6), está íntimamente ligado al arca y al propi­ciatorio.
En el altar de oro el sacerdote ofrecía el perfume, mientras afuera el pueblo oraba (Lucas 1: 9-10). Es una hermosa figura del Señor Jesús que presenta a Dios las oraciones de su pueblo, ya sea como intercesión, ya sea como adoración (Apocalipsis 8: 3-4).
En el altar de oro, el sumo sacerdote intercede por el pueblo, tal como Cristo en Juan 17, Hebreos 7: 25 y Romanos 8: 34.
Pero también al altar de oro puede acudir hoy el hijo de Dios para ofrecer el incienso, es decir, las perfecciones de Cristo que suben hacia Dios. Tal es el culto, el servicio más elevado del cristiano. Es un culto que se ofrece ante todo en asamblea (1 Pedro 2: 5), pero cada uno de nosotros ¿no puede, mañana y tarde, como el sacerdote con el incienso, hacer subir a Dios su reconocimiento por el don inefable de su Hijo?
El incienso era únicamente para Dios (Éxodo 30: 34-38); no podía ser ofrecido más que en el lugar santo y no debía ser consumido por un fuego extraño, sino solamente por el tomado del altar de bronce (véase Nadab y Abiú en Levítico 10: 1-2). ¡Cuán importante es que estemos recogidos en el sentimiento de su pre­sencia cuando abrimos la Palabra o nos acercamos a Dios en oración, o más aun cuando estamos reunidos alrededor del Señor en asamblea! La distracción, los vistazos, las lamentables sonrisas que se intercambian entre banco y banco, incluso durante el culto, son, sin exageración, una iniquidad en el lugar santo. Nada de la carne debe ser tolerado allí. ¡Y qué decir de la prisa de ciertas personas que antes de finalizar el culto se preparan para salir!
Por otra parte, sólo a Dios, Padre e Hijo, se dirigen nuestras oraciones y nuestra adoración. En ninguna parte de la Palabra vemos que las oraciones deban ser dirigidas a alguien más. Sólo Él puede ser el objeto del culto: "Inclínate a él, porque él es tu señor" (Salmo 45: 11).