Mostrando entradas con la etiqueta Norbert Lieth. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Norbert Lieth. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de diciembre de 2016

Cómo Apagamos el Espíritu

Deberíamos evitarlo, pero lastimosamente es posible: los creyentes pueden “borrar” la obra del Espíritu Santo con quien fueron sellados. ¿Cómo puede suceder eso? He aquí una explicación.


Pablo exhortó a los tesalonicenses, diciendo: “No apaguéis al Espíritu" [1 Ts. 5:19). Otras traducciones hablan de “borrar” o “suprimir”. Encontramos un pasaje paralelo en Efesios 4:30: "Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”.
Los hijos de Dios redimidos es­tán sellados con el Espíritu Santo (2 Co. 1:22; Ef. 1:13-14; 4:30). Por eso, no Lo pueden perder. Pero, sí pueden suprimir Su obra. Si miramos el contexto de la orden de Pablo, esto es posible en, al menos, dos maneras:
Primero: podemos apagar el Espíritu dentro nuestro, si no dejamos que los dones de gracia recibidos se desplieguen en no­sotros. Por eso, dice a continuación: “¡No menospreciéis las profecías!” (1 Ts. 5:20). Profecía significa, en el contexto bíblico, que la Palabra de Dios sea proclamada en forma clara y con autoridad “profética”. De modo que no se trata de una inspiración nueva, contradictoria a la Palabra revelada o algún tipo de iluminación sobre el estado de otras personas (eso es adivinación).
También tenemos que admitir, en este contexto, que algunos do­nes de gracia han dejado de ser desde el tiempo de los apóstoles (1 Co. 13:8; cp. Ef. 2:20), como determinó Agustín en el siglo cuatro: “En los primeros tiempos, el Espíritu Santo vendría sobre los creyentes y ellos hablarían en idiomas que ellos no habían estudiado, según el Espíritu les daba para hablar. Esa era una señal apropiada para ese tiempo. Era apropiado que el Espíritu Santo fuera anunciado en todas las lenguas, porque el evangelio de Dios, a través de esas lenguas, debía ser proclamado a través de toda la Tierra. Las señales fueron dadas y pasaron”. A ciertos dones no los podemos forzar para que vuelvan. Pero, los dones de gracia que el Espíritu Santo hoy reparte libremente dentro de las iglesias son muy importantes. Los mismos deberían ser reconocidos y fomentados, y nadie los debería suprimir. Allí donde los dones del Espíritu Santo obtienen lugar, Él mismo también obtiene lugar. Porque el Espíritu Santo solamente obra donde se le da lugar. En esos sitios surgen iglesias vivas, en las cuales el agua viva del Espíritu fluye a raudales.
De ahí que nosotros mismos no deberíamos apagar nuestros propios dones del Espíritu al no animamos, al frenarnos en falsa humildad, al no sentirnos dignos, al avergonzarnos o sencillamente al tener temor de las personas. A veces sabemos lo que se debería hacer, pero no lo hacemos. Deberíamos recordar que toda persona sellada con el Espíritu ha recibido por lo menos un don, y que todos los dones deben ser utilizados para el bien común de la iglesia.
Los líderes de las congregaciones, y otros, deberían prestar atención a los dones dentro de la iglesia, no apagarlos, sino fomentarlos. Esto, naturalmente, debería suceder siempre según las reglas de las Sagradas Escrituras. "Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho” (1 Co. 12:7; cp. v. 11). "Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia” (1 Co. 14:12). "Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis” (1 Co. 14:1). En el caso de los dones del Espíritu siempre se trata de que la iglesia sea edificada y la Palabra de Dios sea proclamada. Quien su­prime eso, también apaga el Espíritu en sí.
Segundo: El Espíritu Santo también es apagado a través de la práctica del pecado, del aferrarse a él y soportarlo. Si tenemos en cuenta el contexto, vemos claramente en los versículos 12 al 18 de primera Tesalonicenses 5, todo lo que puede apagar al Espíritu Santo:
1) Si no aceptamos a otros, sino que los despreciamos.
2) Si no mantenemos la paz entre nosotros.
3) Cuando no tenemos el valor para exhortar a los desordenados.
4) Si no consolamos a los desanimados.
5) Si no cuidamos a los débiles.
6) Si no somos pacientes con todas las personas.
7) Si devolvemos mal con mal y somos resentidos.
8) Si no buscamos el bien en todo momento.
9) Si no estamos gozosos.
10) Si no oramos.
11) Si somos desagradecidos.
12) Si no nos mantenemos alejados del mal (v. 20).

¡Dios nos guarde de contristar a Su Espíritu!
Llamada de Medianoche, Mayo 2016,

martes, 2 de diciembre de 2014

Enamorado de la segunda venida de Jesús

Pablo estaba enamorado de la segunda venida del Señor Jesús. Esto lo vemos en 2 Ti­moteo 4:6-8. He aquí una explicación al respecto.


El apóstol Pablo, escribe: "Por­que yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cer­cano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guarda­da la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Ti. 4:6-8). Vale la pena citar las últimas palabras de este versículo, en di­versas traducciones:
·        “Que han amado su apari­ción (= lo han esperado con amor)” (Menge).
·        “Que esperan Su venida con añoranza"  (EU)
·        “Que ansiosamente han espe­rado que él venga” (GNB).
·        “Que añoran su regreso” (NLB).
·        "Que llenos de amor esperan su venida” (Roland Wemer).
·        “Que han dirigido todo su amor a su venida” (Moule).
Si Pablo conecta su declara­ción - “He peleado la buena bata­lla, he acabado la carrera, he guar­dado la fe” - con: “a todos los que aman su venida”, ¿por qué él no llama la atención a su exitosa lu­cha por la fe, y con respecto al ga­lardón señala esa lucha y escribe: “Todo aquel que lucha como yo, recibe la corona de justicia”? Ve­mos que, en vez de eso, señala el amor por la venida de Jesús. ¿Por qué? Porque esas dos cosas no pueden ser separadas. La vida en­tera de Pablo, su trabajo, su entre­ga, su lucha, su misión y su fe, del principio hasta el fin, estaban diri­gidos y motivados por la segunda venida de Jesucristo. La espera in­minente caracterizaba su vida en­tera y todo su trabajo. Lo mismo debería suceder en nuestro caso. Eso es lo que el texto señala. Pablo estaba enamorado de la segunda venida de Jesús.
Si alguien está enamorado de algo, eso lo dominará, ya sea el amor a una cosa (un hobby, piezas de colección, objetos, ideas) o el amor a una persona (novia, novio, cónyuge). Él o ella pensarán mu­cho en eso, día y noche se acorda­rán y se esforzarán. - También po­demos estar enamorados en la se­gunda venida de Jesucristo.
Muchos cristianos tratan este tema con mucha cautela, advier­ten acerca de la exageración, ex­hortan a ser cautelosos y previe­nen de aquellos que, en su opi­nión, se ocupan “demasiado” del tema de la segunda venida de Je­sús. La Biblia, no obstante, en va­rios pasajes aclara que sólo es po­sible tratar muy poco dicho tema. Nunca se nos advierte de un “de­masiado mucho”, pero sí de un “demasiado menos”, de cuidarnos de la actitud: “Mi señor tarda en venir” (Mateo 24.48).
William Kaal escribe en Firme y Fiel: “Tres impresionantes pará­bolas en el discurso sobre los pos­treros tiempos del Señor, ilustran las reacciones equivocadas que pueden existir con respecto al aparente retraso de Su venida. En dichas parábolas habla de un sier­vo malvado que hace grandes fies­tas e, incluso, maltrata a sus con­siervos, y de un siervo perezoso que se niega a trabajar. Y la pará­bola de las diez vírgenes muestra, en las que se durmieron, que el dormirse quizás sea el mayor peli­gro cuando esperamos a nuestro Señor. Pero, ¿no será frío y ofensi­vo olvidar la llegada prometida del amado? El drama de posguerra de Wolfgang Borchert “Fuera de la puerta”, da una idea trágica de los sentimientos de aquél que regre­só, pero que ya no era esperado. Nada puede ser peor que haber muerto en el corazón de aquellos a quienes uno ama. ¡Cuán impor­tante es, entonces, para Jesús, que   lo esperemos con añoranza!”
La segunda carta de Ti­moteo es el testamento de Pablo, escrito poco antes de su muerte (2 Ti. 4:6). Mayormente, al final de su vida, uno reconoce, en re­trospectiva, lo que sería mejor no haber hecho y lo que habría sido mejor ha­cer más. Pablo, al final de su vida, reconoce como un triunfo su trabajo con res­pecto a la segunda venida de Jesucristo, y el hecho de que, por eso, ahora le espe­re un galardón. Pero, a su vez, ve este galardón como algo que le espera a todos los que tengan la misma actitud que él, porque dice: “y no sólo a mí, sino tam­bién a todos los que aman su venida” (2Tí 4:8).
Por lo demás, Pedro ha­ce lo mismo. La segunda carta, es el testamento de Pedro, escrito poco antes de su muerte, pues él dice: "sabiendo que en breve de­bo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha de­clarado" (2 Pedro 1:14). Y en este con­texto, también Pedro exhorta a pensar insistentemente en la se­gunda venida de Jesucristo: “Por­que no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artifi­ciosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majes­tad (...) Tenemos también la pala­bra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lu­gar oscuro, hasta que el día escla­rezca y el lucero de la mañana sal­ga en vuestros corazones” (2 Pedro 1:16,19).
Dios el Espíritu Santo, en Su Palabra, en cierto sentido, enfatiza doblemente lo que es esencial en nuestra vida, y lo que debe ser el centro de nuestra vida.
Llamada de Medianoche,  Agosto 2014

jueves, 15 de diciembre de 2011

HISTORIA DE LA SALVACIÓN: Navidad Romana

En la carta a los romanos se nos muestran algunos re­galos que hemos obtenido por el hecho que Jesucristo se hi­ciera hombre. No podemos más que sorprendernos de ellos. Cierta vez recibí una tarjeta navideña con la si­guiente inscripción: "La Navi­dad también es una época de regalos. En todos los comer­cios podemos comprar las co­sas más bonitas para obse­quiar a otros y así darles una alegría. Pero el mejor regalo y único en su especie nos lo dio Dios mismo, al obsequiarse Él mismo a través de su Hijo Je­sucristo. Este regalo nunca pierde su valor ni su vigen­cia..." Esta última frase en particular me conmovió mu­cho. En Jesús tenemos algo que, contrario a las cosas te­rrenales, no pierden ni el valor ni la vigencia, es más, pode­mos decir que lo más lindo aún está por venir. En lo que al cielo se refiere, aún vivimos en los tiempos previos a la Navidad. En una oportunidad C.H. Spurgeon relató una ex­periencia personal: "Hace un tiempo atrás una joven dama solicitó hablar conmigo. Profe­saba ser mormona. Me dijo que había venido a "convertir­me". Evidentemente se había equivocado de persona. Aún así presté atención a su expo­sición, y una vez finalizada le dije: "bien, usted me ha mos­trado su camino al cielo, aho­ra permítame mostrarle el mío." Cuando comencé a ha­blarle quedó perpleja: "¿Acaso cree usted que todos sus peca­dos le fueron perdonados?" preguntó "por supuesto, lo creo." "¿De manera que está convencido que pase lo que pase, un día estará ante el trono del Dios? Entonces us­ted debe ser una persona fe­liz." "Lo soy" repliqué, "verda­deramente soy una persona feliz." "Pues entonces no tiene sentido que le hable, usted tiene más de lo que yo le pue­do ofrecer." ¡Ciertamente, en Cristo tenemos algo que nin­gún otro nos puede ofrecer!"

1. Un regalo doble:
La gracia abundante y la justicia. "Pues si por la trans­gresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucris­to, los que reciben la abun­dancia de la gracia y del don de la justicia" (Romanos 5:17).
"Reinarán en vida por uno solo, Jesucristo" significa que uno consigue tomar el control de su vida no por su propia fuerza y esmero, sino por Je­sús. Suele suceder, que den­tro de un paquete encontre­mos dos regalos en uno, se co­rresponden. Es lo que sucede aquí: 1. Gracia abundante y 2. Justicia.
- La gracia abundante: Si un paquete contiene algo bueno, genial, y si está repleto de esto, mejor aún, pero si de tan lleno que está abunda y desborda, entonces ya no hay palabras para describirlo. En Jesucristo recibimos gracia que abunda, es más, que so­breabunda. Cada uno de noso­tros vive por la llenura de la gracia divina, y cuando Dios regala, lo hace en gran medi­da. ¿Cómo es que lo expresa el salmista? "...mi copa está re­bosando" (Sal. 23:5).
- La justicia. ¿Qué tal nos vendría para la Navidad un vestido o un traje nuevo? Confeccionado en una tela que no existe en la tierra y que no hay nada que se le compare, una tela que desca­lifica completamente los mo­delos de los diseñadores Lagerfeld, Hugo Boss o Armani. Me refiero a la vestidura de justicia, cuya tela es la des­bordante gracia divina, su di­señador y sastre el propio Creador y el material la obra redentora de Jesús.
A la gracia sobreabundan­te corresponde la justicia ab­soluta que Dios nos regala, de no ser así la gracia no se­ría gracia. No existe pecado que Dios no nos quisiera per­donar en Jesucristo. Dios nos viste con vestiduras comple­tamente nuevas. Nos recubre con el vestido de la justicia del Salvador.
Cierta vez recibí el llama­do de una señora mayor que en sus años de juventud había cometido una falta grave. Pe­se a que era una hija de Dios desde hacía ya mucho tiempo, de tanto en tanto resurgía aquel temor, la inseguridad de que ese pecado le hubiese sido perdonado. Pero toda persona que ha recibido la justicia de Cristo, está total­mente vestida de ropa absolu­tamente nueva. Pablo da fe de esto al decir:"porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revesti­dos" (Gá. 3:27). En los tiem­pos de los apóstoles, el bautis­mo se equiparaba a la profe­sión de fe, ya que tras la profesión de fe inmediata­mente seguía el bautismo (Hch. 2:38-41; 8:12.36-38; 9:18; 10:47-48).
Nuestro versículo decía: "Los que reciben la abundan­cia de la gracia y del don de la justicia". Esta gracia abun­dante sólo puede recibirse co­mo un regalo, es el regalo di­vino de la Navidad. Dios quie­re obsequiársela a todos. La salvación de Cristo es para to­dos. Pero realmente sólo reci­ben el regalo quienes acepta­ron la salvación.
"Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hom­bres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida" (Ro. 5:18). Tan real co­mo que el pecado penetró en toda persona y la condenación llegó a todos por la transgre­sión de Adán, de la misma manera es real, que el regalo de la justicia es para toda per­sona, no sólo para unos esco­gidos. No es posible que una cosa pueda afectar a todos y la otra no pueda estar dirigi­da a todos. Sin embargo, en definitiva sólo serán justifica­dos aquellos que han acepta­do el regalo de Jesucristo. A continuación un ejemplo:
Un fabricante de jabones conversaba con un cura. El fabricante criticaba el cristia­nismo: "Con el mayor de los respetos, pero seamos since­ros: ¿Qué es lo que ha logrado la iglesia en sus 2000 años de existencia? El mundo no se ha vuelto ni un poquito mejor por la fe cristiana. Hoy como ayer gobierna la maldad y pululan las personas malas." El cura siguiendo la conver­sación le señaló un pequeño niño sentado al borde del ca­mino: "¿Ve aquel pequeño mugriento? Su fábrica produ­ce jabones desde hace déca­das, y aún así en el mundo to­davía existe suciedad y niños mugrientos." El fabricante sonrió: "¡Bueno, sí, el jabón sólo sirve si uno lo usa!" Y el cura contestó: "¡Pues con la fe pasa lo mismo!"

2. Un certificado de amnistía
"Ahora, pues, ninguna con­denación hay para los que es­tán en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, si­no conforme al Espíritu. Por­que la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era im­posible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en seme­janza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne" (Ro. 8:1-3). Dios nos regala un certificado de amnistía. La carne no pue­de cumplir la ley. Nuestra de­bilidad nos imposibilita vivir de tal manera que seamos jus­tos ante Dios. Por naturaleza ya somos condenados y vivi­mos rumbo a la condenación.
Toda persona siente ese in­nato temor de estar un día en la presencia de Dios y tener que ser juzgada. Por eso, al­gunos estarían encantados con deshacerse de El, otros lo quieren borrar de sus mentes, olvidar y no quieren que al­guien les recuerde el tema. Esto es algo que hasta el día de hoy no se ha logrado, ni se logrará jamás.
Hay un mejor camino: Ya se puede recibir ahora mis­mo la absolución y la garan­tía de que no necesitaremos comparecer ante el tribunal divino. El abogado, Jesucris­to, se encarga de ello. El en­tra a sus prisiones y le hace entrega del certificado de amnistía absoluta.
Fracasamos en cuanto a la ley de Dios debido a nuestro cuerpo de pecado, pero el pe­cado fracasó en el cuerpo de Jesucristo (Rom. 6:6 – 1 P. 2:24). Como el pecado fue con­denado en el cuerpo santo y justo de Jesús, el pecador cre­yente en Jesucristo ya no será condenado.
3 El regalo de la adopción
"Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para es­tar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clama­mos: ¡Abba, Padre! El Espíri­tu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, tam­bién herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos junta­mente con él, para que junta­mente con él seamos glorifica­dos" (Ro. 8:15-17).
El que Dios ya no sea nuestro juez es grandioso, pe­ro recibirlo y tenerlo como Pa­dre lo excede todo. Es común leer que celebridades adopten niños del tercer mundo. Lo hacen por amor al prójimo, porque tienen la posibilidad de hacerlo, pero algunos segu­ramente también para seguir siendo noticia o para mejorar su imagen. Dios lo hace por­que realmente nos ama.
Es casi incomprensible, pero es real: Como hijos de Dios, los pecadores perdonados están más cercanos a Dios que los propios ángeles. Ciertamente los ángeles an­helan ver por dentro la salva­ción, el evangelio de la salva­ción de los hijos de Dios (1 P. 1:12). Los ángeles son espíri­tus que sirven a los hijos de Dios (He. 1:14).

4. El regalo de la gloria
"Pues tengo por cierto ("concluyo pues", "considero")..." (Ro. 8:18).
En otras traducciones lee­mos:
-"...que los sufrimientos del tiempo presente no son na­da si los comparamos con la gloria que habremos de ver después" (Dios habla hoy).
-"...que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser compara­dos con la gloria que nos ha de ser revelada" (La Biblia de las Américas).
En este relato se hace alusión a los estados pasaje­ros, tales como el sufrimien­to, la pérdida, la angustia y la preocupación.
En el Salmo 112:4 leemos: "Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos; es clemente, misericordioso y justo" Y esa es la gran diferencia. Es pro­bable que un hijo de Dios esté atravesando un valle de som­bras, pero en medio de la os­curidad le resplandece la po­tente luz desde la eternidad. Si no es un hijo de Dios, tam­bién atravesará sombras, pero a este no le resplandecerá esa maravillosa luz.
"Antes bien, como está es­crito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en co­razón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo pro­fundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las co­sas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mun­do, sino el Espíritu que pro­viene de Dios, para que sepa­mos lo que Dios nos ha conce­dido" (1 Co. 2:9-12). Dios ha preparado su gloria para los suyos, y sólo los suyos la po­drán ver, pues es un regalo para aquellos que recibieron su Espíritu.
El espíritu permite que una persona sepa lo que ella mis­ma piensa, siente y desea, pe­ro no puede saber estas cosas acerca de otra persona, a me­nos que tenga el espíritu de és­ta. Así, sólo el Espíritu de Dios conoce las razones divinas pa­ra la salvación. Pero como Dios le da su Espíritu a los que creen en su Hijo, también usted puede reconocer lo que Dios le ha regalado. Usted se hace partícipe del discerni­miento de Dios, se hace parte de los pensamientos de Dios. El espíritu de este mundo nunca jamás podrá hacer eso.
Tener nuestra mirada en­focada en la gloria, requiere que nos ejercitemos en ello. Cuanto más lo hagamos, me­nos probabilidad habrá que una situación nos haga caer. "..." (2 Co. 4:16-18).
Otras traducciones dicen: "Por eso no nos desanima­mos", "Por tanto no desfallece­mos". ¡Las fuerzas para vivir que por naturaleza ya tene­mos, se agotan, pero la vida que Dios nos da se renueva día a día!

5. Regalos adjuntos
"Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan (contribuyen, cola­boran) a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Ro. 8:28).
A veces junto al regalo hay otras cosas, como por ejemplo dulces. Por lo general se les da menos trascendencia que a los regalos grandes. Junto a las grandes metas de salva­ción en el cielo, están los "ad­juntos" de la salvación, es de­cir innumerables cosas que desde ya nos sirven para nuestro bien. Un día nos sor­prenderemos cuánto nos sir­vió para bien aquello que ni habíamos notado o prestado atención o sobre lo cual hasta nos habíamos quejado.

6. Un regalo infinito
"¿Qué, pues, diremos a es­to? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su pro­pio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él to­das las cosas?" (Ro. 8:31-32). ¿Quién entre nosotros puede regalarle todo a otra perso­na? Nadie. Algunos pueden regalar mucho, muchísimo.
            Herodes estaba dispuesto a regalar la mitad su reino. Pe­ro nadie lo puede regalar to­do, porque en definitiva no le pertenece todo. Sólo Dios, a quien todo le pertenece, lo puede regalar todo, y lo hace. Tiene el poder de regalarle a cada uno de sus hijos en par­ticular todo, y con eso El no se empobrece. Pablo le escri­bió a los Corintios: "sea Pa­blo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios" (1 Co. 3:22-23). Una vez hablé con una persona que podía ver lo bello en ca­da cosa, cada detalle, todo lo llenaba de gozo: La belleza de las montañas, la decora­ción de una mesa o la arqui­tectura de un edificio, etc. Personalmente fue un testi­monio impactante.
William MacDonald escri­be: "¿Si Dios ya nos dio el ma­yor de los regalos, habría un regalo más pequeño que deja­ra de entregarnos? ¿Si ya ha pagado el más alto precio, se negaría a pagar uno menor? ¿Si se ha esforzado tanto en salvarnos, permitiría que vol­viéramos a caer? ¿Cómo no nos dará también con El to­das las cosas?" Mackintosh escribe: "El lenguaje de la in­credulidad dice: ¿Cómo nos dará?, el de la credulidad di­ce: ¿Cómo no nos dará?"
¡Reciba usted también es­tos regalos, es Navidad!

Llamada de Medianoche, Diciembre 2010