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domingo, 30 de marzo de 2025

“TRABAJA”, es un mandamiento

 

Lee 2 Tesalonicenses 3.10-13. El verso 10 dice: “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”. Dijo William MacDonald: “es el mandamiento para los perezosos”. Tanto en el primer siglo, como hoy, hay personas adiestradas en “no trabajar”. Dicen que no encuentran trabajo (¡pero los demás sí!). Sin trabajo, viviendo a expensas de otros: sus padres, su esposa, o un hermano “generoso” (ingenuo). El trabajo es bueno e importante. Pero éstos, ya que no trabajan, tienen tiempo para meterse en otras cosas. “...Andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno” (v. 11). Lo ajeno es lo que no les corresponde. Pero como no tienen otras responsabilidades, se inventan cosas que hacer. Se inventan actividades, teorías (como el Dióxido de Cloro, o la Tierra Plana, u otras teorías de conspiraciones), y las protagonizan con los demás. Hablan, pero no trabajan.

Pablo da la solución: el trabajo “A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que, trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (v. 12). Que provean para sus propias necesidades. No vivan del paro, o del salario de otro - su esposa, sus padres, su hermano, etc... Algunos de ellos dicen que “están buscando trabajo”, pero curiosamente, nunca lo encuentran. Parece que no están dispuestos a aceptar cualquier trabajo. Pero, trabajar es hacer bien (v. 13). Aunque se remanguen y trabajen con horas largas y poco pago, luego hallarán que "dulce es el sueño del trabajador" (Ecl. 5.12). No les sobrará tiempo para otras cosas. Trabajar es mejor que estar parado, que soñar, y es mejor que entremeterse en lo ajeno.

C.H. MACKINSTOSH


HERMANOS SANTOS (3)

 El Sumo Sacerdote de nuestra profesión

Examinemos ahora otra división importante de nuestro tema. Hemos de considerar al “sumo sacerdote de nuestra profesión”. Esto también está repleto de las más ricas bendiciones para cada uno de los hermanos santos. El mismo Bendito que, como Apóstol, descendió de Dios hasta nosotros para darle a conocer, ha vuelto a Dios a fin de estar delante de Él por nosotros. Vino a hablarnos de Dios, y ha vuelto a lo alto para hablar de nosotros a Dios. Aparece por nosotros ante la faz de Dios. Nos lleva continuamente sobre su corazón. Nos representa delante de Dios, y nos mantiene en la integridad de la posición en que su obra expiatoria nos ha introducido. Su bendito sacerdocio es la provisión divina para nuestra senda en el desierto. Si sólo fuese cuestión de nuestra posición o de nuestro título, no tendríamos necesidad de sacerdocio; pero como se trata de nuestro estado actual y de nuestra marcha práctica, no podríamos dar un solo paso si no tuviésemos a nuestro gran Sumo Sacerdote viviendo siempre por nosotros en la presencia de Dios.

Ahora bien, la epístola a los Hebreos nos presenta tres preciosísimas facetas del servicio sacerdotal del Señor. En primer lugar, leemos en el capítulo 4: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” [5]

Lector cristiano, ¿no es una preciosa e inmensa bendición el tener, a la diestra de la Majestad en los cielos, a Uno que se compadece de nuestras debilidades, que participa en todos nuestros dolores, que siente por nosotros y con nosotros en todos nuestros ejercicios de alma, nuestras pruebas y nuestras dificultades? ¡Qué inefable bendición el tener en el trono de Dios a un Hombre, a un corazón humano perfecto, con el que podemos contar en todas nuestras debilidades, nuestras cargas y nuestros conflictos; en todas las cosas, en una palabra, aparte del pecado! Con este último —bendito sea su Nombre— Él no puede tener ninguna simpatía.

¿Qué pluma, qué lengua humana, sería capaz de describir digna y plenamente la profunda bendición que resulta del hecho de tener en la gloria a un Hombre cuyo corazón está con nosotros en todas las pruebas y los dolores de nuestra senda a través del desierto? ¡Qué preciosa provisión! ¡Qué divina realidad! Aquel que tiene toda potestad en los cielos y en la tierra, vive ahora por nosotros en el cielo. Podemos contar con él en todo tiempo. Toma parte en todos nuestros sentimientos, como ningún amigo en la tierra podría hacerlo. Podemos acudir a Él y decirle cosas que no podríamos confiar a nuestro amigo más íntimo en la tierra. Él solo puede comprendernos perfectamente.

Pero nuestro gran Sumo Sacerdote puede comprender todo lo que nos concierne. Ha pasado por todos los dolores y las pruebas que un corazón humano puede conocer. Por eso es capaz de simpatizar perfectamente con nosotros, y se complace en ocuparse de nosotros cada vez que pasamos por el dolor y la aflicción, cuando nuestro corazón es quebrantado y abrumado bajo un peso de angustia que sólo Él puede conocer plenamente. ¡Precioso Salvador! ¡Misericordioso Sumo Sacerdote! ¡Que nuestros corazones hallen sus delicias en ti, y se acerquen más y más a las fuentes inagotables de consolación y de gozo que se hallan en tu tierno amor por todos tus hermanos probados, tentados, que lloran y sufren aquí abajo!

Hebreos 7:25 nos muestra otra preciosísima parte de la obra sacerdotal de nuestro Señor, a saber: su incesante intercesión a favor de nosotros en la presencia de Dios. “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.”

¡Qué poderoso consuelo para todos los “hermanos santos”! ¡Qué seguridad bendita! Nuestro gran Sumo Sacerdote nos lleva continuamente en su corazón delante del trono. Todo lo que concierne a nosotros está en sus benditas manos, y jamás dejará que nada de lo nuestro peligre. Vive por nosotros, y nosotros vivimos en Él. Nos llevará adelante, en seguridad, hasta el fin. Los teólogos hablan acerca de «la perseverancia final de los santos»; la Escritura habla de la perseverancia de nuestro divino y adorable Sumo Sacerdote. Sobre eso reposamos. Él nos dijo: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19). “Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo —el único medio por el cual podíamos ser reconciliados—, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10), es decir, su vida en lo alto en el cielo. Él se ha hecho a sí mismo responsable —garante— de cada uno de los “hermanos santos”, de llevarlos derecho a la gloria a través de todas las dificultades, pruebas, trampas y tentaciones del desierto. ¡Que el universo entero alabe por siempre su bendito Nombre!

Naturalmente que no podemos, en tan breve escrito, abordar el gran tema del sacerdocio con todos sus detalles. No podemos más que tratar brevemente los tres puntos sobresalientes que ya mencionamos, y citar, para el lector, los pasajes de la Escritura donde aparecen.

En Hebreos 13:15 tenemos la tercera parte del servicio que el Señor cumple por nosotros en el santuario celestial: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.”

¡Que consuelo es saber que tenemos delante de Dios a Uno que le presenta nuestros sacrificios de alabanzas y nuestras acciones de gracias! ¡Cuán dulcemente ello nos anima a llevarle en todo tiempo tales sacrificios! Es cierto que pueden parecer muy pobres, muy magros y muy imperfectos; pero nuestro gran Sumo Sacerdote sabe cómo separar lo precioso de lo vil. Toma nuestros sacrificios y los presenta a Dios en toda la perfección del perfume de buen olor de su propia Persona y de su ministerio. El menor suspiro del corazón, la menor expresión de los labios, el más insignificante acto de servicio, sube a Dios no solamente despojado de toda nuestra debilidad e imperfección, sino adornado de toda la excelencia de Aquel que vive siempre en la presencia de Dios, no solamente para simpatizar e interceder, sino también para presentar nuestros sacrificios de acciones de gracias y de alabanzas.

Todo esto está lleno de aliento y de consuelo. ¡Cuán a menudo tenemos que lamentarnos por nuestra frialdad, de nuestra esterilidad, de nuestra falta de vida, tanto en privado como en público! Parece que somos incapaces de hacer algo más que proferir un gemido o un suspiro. Pues bien, Jesús —y éste es el fruto de su gracia— toma este gemido o este suspiro, y lo presenta a Dios en todo el valor de lo que es. Ello es parte de su ministerio actual por nosotros en la presencia de nuestro Dios, ministerio que Él se complace en cumplir —¡bendito sea su Nombre! —. Él halla su gozo en llevarnos sobre su corazón ante el trono. Piensa en cada uno de nosotros en particular, como si no tuviera más que uno solo en quien pensar.

¡Qué maravilloso es esto!, pero así lo es. Él toma parte en todas nuestras pequeñas pruebas, en nuestros dolores más despreciables, en nuestros conflictos y ejercicios de corazón, como si no tuviera otra cosa en que pensar. Cada uno de nosotros posee la atención y la simpatía indivisas de su grande y amante corazón, en todo lo que pueda surgir durante nuestro curso a lo largo de esta escena de pruebas y de dolores. Él la recorrió toda. Conoce cada paso del camino. Podemos discernir la huella bendita de sus pisadas a través del desierto, y, mirando a lo alto los cielos abiertos, le vemos en el trono, a Él, al Hombre glorificado, pero al mismo Jesús que estuvo aquí abajo; las circunstancias en que estuvo han cambiado, pero no así su corazón tierno, amante y lleno de simpatía: “El mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”

Tal es, pues, amado lector cristiano, el gran Sumo Sacerdote que somos exhortados a considerar. Realmente, tenemos en él lo que responde a todas nuestras necesidades. Su simpatía es perfecta; su intercesión prevalece, sobre todo, y nuestros sacrificios, para Él, son hechos aceptables. Bien podemos decir: Lo tenemos “todo, en abundancia” (Filipenses 4:18 - V.M.).

"Considerémonos unos a otros"

Y ahora, como conclusión, echemos un vistazo a la exhortación de Hebreos 10:24: “Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras.”

La conexión moral de este pasaje con el que nos ha ocupado, primeramente, es verdaderamente hermosa. Cuanto más atentamente consideremos a Jesús, tanto más aptos y dispuestos estaremos para considerar a todos los que le pertenecen, quienesquiera que sean y dondequiera que se encuentren. Mostradme un hombre lleno de Cristo, y yo os mostraré a un hombre lleno de amor, de solicitud y de interés por cada miembro del Cuerpo de Cristo. Así debe ser. Es simplemente imposible estar cerca de Cristo, y no tener el corazón lleno de los más tiernos afectos por todos los que le pertenecen. No podemos considerarle a Él, sin acordarnos de ellos y ser conducidos a servirles, a orar por ellos, a tener simpatía respecto a ellos de acuerdo con nuestra débil medida.

Si oís que alguno habla en alta voz de su amor por Cristo, de su apego a su Persona, del deleite que halla en Él, y, al mismo tiempo, veis que no hay en esta persona ni amor por aquellos que pertenecen a Cristo, ni solicitud respecto de ellos, ni interés por sus circunstancias, ni buena disposición para dedicar tiempo y esfuerzo para ellos, ni sacrificio de sí mismo por amor a ellos, podéis estar seguros de estar en presencia de una profesión vacía y sin valor. “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” Y todavía: “Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1.a Juan 3:16-18; 4:21).

Son estas palabras saludables para cada uno de nosotros. ¡Ojalá que hagan mella en el fondo de nuestro corazón! ¡Ojalá que, por la poderosa acción del Espíritu Santo, podamos ser hechos capaces de responder de todo nuestro corazón a estas dos importantes y acuciantes exhortaciones: Considerar al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, por una parte, y, por la otra: ¡Considerar los unos a los otros! Y recordemos que una consideración conveniente de los unos por los otros jamás revestirá la forma de una curiosidad indiscreta, ni de un espionaje inexcusable: cosas que no pueden ser consideradas más que como la plaga y la destrucción de toda sociedad cristiana. No; es lo contrario de todo esto. Es la solicitud tierna y amante, que se expresa de una manera refinada, delicada y oportuna en todo servicio brindado, fruto del amor de una verdadera comunión con el corazón de Cristo.

C.H. MACKINSTOSH


domingo, 16 de febrero de 2025

“HERMANOS SANTOS” (2)

 

La exhortación dirigida a los “hermanos santos”

El Apóstol de nuestra profesión

Nos detendremos ahora unos momentos en la exhortación dirigida a los “hermanos santos, participantes del llamamiento celestial”. Como ya ha sido observado, no somos exhortados a ser “hermanos santos”, somos hechos tales. Este lugar y esta porción son nuestros en virtud de una gracia infinita, y sobre este hecho el inspirado apóstol basa su exhortación: “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús.”

Los títulos otorgados aquí al Señor lo presentan a nuestros corazones de una manera muy maravillosa. Abarcan todo el ámbito de su historia: desde el momento en que se hallaba en el seno del Padre hasta que descendió al polvo del sepulcro, y de allí al trono de Dios. Como Apóstol, vino de Dios a nosotros, y como Sumo Sacerdote, ha vuelto a Dios donde está por nosotros. Vino del cielo para revelarnos a Dios, para desplegar ante nosotros el corazón mismo de Dios, para hacernos conocer los preciosos secretos que estaban en su seno. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo [en uio = en Hijo], a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la majestad en las alturas” (Hebreos 1:1-3).

¡Qué maravilloso privilegio que Dios se haya revelado a nosotros en la persona de Cristo! Dios nos ha hablado en el Hijo. El Apóstol de nuestra profesión nos ha dado la plena y perfecta revelación de lo que Dios es. “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (Juan 1:18; 2.a Corintios 4:6).

Todo esto es de un precio inestimable. Jesús ha revelado a Dios a nuestras almas. No habríamos podido conocer absolutamente nada de Dios si el Hijo no hubiera venido y no nos hubiese hablado. Pero —¡gracias y alabanzas sean dadas a nuestro Dios! — podemos decir con toda la certeza posible: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (!.§ Juan 5:20). Si recorremos las páginas de los cuatro evangelios y contemplamos a Aquel bendito que el Espíritu Santo nos presenta en todo el resplandor de su soberana gracia, de esa gracia que brillaba en todas sus palabras, sus actos, y sus caminos, podemos decir: He ahí a Dios. Lo vemos yendo de lugar en lugar haciendo el bien, y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo; lo vemos sanando a los enfermos, limpiando a los leprosos, abriendo los ojos a los ciegos y las orejas de los sordos, alimentando a los que tienen hambre, enjugando las lágrimas de la viuda, llorando ante la tumba de Lázaro, y decimos: Éste es Dios. Todos los rayos de la gloria moral que brillaron en la vida y en el ministerio del Apóstol de nuestra profesión, eran la expresión de Dios. Él era el resplandor de la gloria divina y la imagen, o exacta impresión, de su sustancia o esencia divina.

El Verbo eterno eres tú

El unigénito del Padre Dios manifiesto, Dios visto y oído El Amado del cielo En ti, perfectamente expresado Del Padre mismo el resplandor La plenitud de la Deidad El Bendito, eternamente Divino

¡Cuán infinitamente precioso es todo esto para nuestras almas! Tener a Dios revelado en la persona de Cristo, de manera que podemos conocerle, regocijarnos en Él, hallar todas nuestras delicias en Él, llamarle “Abba Padre”, marchar en la luz de su bendita faz, tener comunión con Él y con su Hijo Jesucristo, conocer el amor de su corazón, el amor mismo con que ama al Hijo, ¡qué profunda bendición! ¡Qué plenitud de gozo! ¡Cómo podríamos alabar y bendecir lo suficiente al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por la maravillosa gracia que desplegó hacia nosotros, al introducirnos en tal esfera de bendiciones y privilegios, y al colocarnos en tan maravillosa relación consigo mismo en el Hijo de su amor! ¡Oh, que nuestros corazones le alaben! ¡Que nuestras vidas le glorifiquen! ¡Que el único gran objeto de todo nuestro ser moral sea magnificar su Nombre!

C.H. MACKINSTOSH


domingo, 7 de julio de 2024

¿LA DOCTRINA O ESPERANDO AL HIJO? AP. 1:5-7

 En días como los presente, cuando el conocimiento sobre la pregunta que encabeza este estudio es ampliamente difundido, se hace más necesario enfatizar sobre la conciencia del lector cristiano la gran distinción entre el sencillo mantenimiento de la doctrina de la Segunda Venida del Señor y la actual esperanza de su aparición (1Tes. 1:10). Pero ¡Ay de aquellos que sostienen una elocuente predicación sobre la doctrina del segundo advenimiento de quien realmente no conocen, advenimiento que ellos profesan creer y predicar! Estos malvados debían ser puestos fuera al tratar con ellos. La presente es una edad de conocimiento - o de conocimiento religioso, pero ¡Oh!, el conocimiento no es vida, el conocimiento no es poder, el conocimiento no será una liberación ni de Satanás, ni del mundo, ni de la muerte, ni del infierno. El conocimiento, según entiendo, es una muestra del conocimiento de Dios en Cristo. Uno puede saber un gran tema de las Escrituras, un gran tema de la profecía, un gran tema de la doctrina, y estar muerto en delitos y pecados.

Hay, sin embargo, una clase de conocimiento que necesariamente, incluye vida eterna y ese es el conocimiento de Dios, como Él es revelado en la faz de Jesucristo “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado” (Juan 17:3). Ahora, es imposible estar viviendo en la expectación del día y la hora de “la venida del Hijo del Hombre”, si el Hijo del Hombre no es conocido en la experiencia. Yo puedo concluir efectos proféticos por un mero estudio y en el ejercicio de mis facultades intelectuales, descubrir la doctrina de la Segunda Venida del Señor, y aún ser totalmente ignorante de Cristo, viviendo una vida de no pertenencia de Su corazón. ¡Cuan a menudo ha sido este el caso! Cuantos hemos sido sorprendidos con su vasto fundamento de conocimiento profético - un fundamento adquirido, el cual puede ser por años de laboriosa búsqueda y así al final se prueban ellos mismos de haber sido iluminados por una luz no santa - luz no adquirida por la espera en oración delante de Dios. Seguramente el pensamiento de esto afectará profundamente nuestros corazones y solemnizará nuestras mentes y nos instará a inquirir quiéralo o no, a conocer a aquella bendita persona, quien una y otra vez, anuncia Él mismo “viene pronto”; también, si no le conocemos, podemos hallarnos en el número de quienes son acusados por el profeta en las siguientes palabras introductorias: “¡Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová? Será de tinieblas, y no de luz, como el que huye de delante del león, y se encuentra con el oso; o como si entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una culebra. ¿No será el día de Jehová tinieblas, y no luz; oscuridad, que no tiene resplandor?” (Amos 5:18-20).

El capítulo dos de Mateo nos provee de una muy atractiva ilustración de la diferencia entre un mero conocimiento profético de Cristo -- mostrando en el ejercicio del intelecto sobre la letra de las Escrituras, y el designio del Padre en la persona de Cristo. Los sabios manifiestamente guiados por el dedo de Dios estaban en la verdadera y seria búsqueda de Cristo, y lo encontraron. En cuanto al conocimiento escritural ellos no podrían, por el momento, haber competido con los jefes de los sacerdotes y los escribas; ¿Qué había hecho el conocimiento escritural sobre estos últimos?, ¿Por qué se prestaron como instrumentos eficientes para Herodes, quien los llamó con el propósito de usar su conocimiento bíblico en su mortal oposición al Ungido de Dios? Ellos eran capaces de darle capítulo y versículo, como dijimos. Pero, mientras ellos estaban ayudando a Herodes a través de su conocimiento, los sabios estaban, por designio del Padre, efectuando su camino a Jesús. ¡Bendito contraste!, ¡Era mucho más feliz ser un escriba docto y tener un corazón frío, muerto y distante del Bendito!, ¡Cuánto mejor es tener el corazón lleno de un vivo afecto por Cristo que tener un cúmulo de intelecto con el más exacto conocimiento de la letra de la Escritura!

¿Cuál es la característica melancólica del tiempo presente? Una amplia difusión del conocimiento escritural con un amor pequeño por Cristo, una pequeña devoción por Su obra; abundante preparación para citar las Escrituras, como los escribas y los jefes de los sacerdotes, más con un pequeño propósito del corazón. A diferencia de los sabios que abren los tesoros y los presentan a Cristo como ofrendas voluntarias de corazones llenos de un sentido de lo que Él es. Lo que debemos desear es una devoción personal y no una mera exposición vacía de conocimiento. No es que desestimemos el conocimiento escritural, Dios nos libre si ese conocimiento no es hallado relación con una genuina disciplina. Pero si no es así, me pregunto ¿Qué valor tiene? Ninguno, en absoluto. El más extenso rango de conocimiento, si Cristo no es su centro, será solo algo vano; si; será con toda probabilidad más eficiente instrumento en las manos de Satán para sus nuevos propósitos de hostilidad a Cristo. Un hombre ignorante puede hacerlo, pero como una travesura, pero un hombre culto, sin Cristo, puede hacer un gran negocio.

Los versículos que encabezan este estudio nos presentan las bases divinas sobre las cuales se funda todo el conocimiento escritural, más especialmente el conocimiento profético. Antes que alguien pueda pronunciar su sincero amén al anuncio “He aquí él viene con las nubes”, él tiene que ser capaz, sin duda, de agregar un arrebato bendito de adoración: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. El creyente conoce a Aquel que viene, porque Él lo ha amado, y lo ha lavado de sus pecados. El creyente espera el amor eterno que es derramado en su alma. Aquel que es manso y humilde es quién sirvió, sufrió y fue humillado, pronto vendrá en las nubes del cielo, con poder y gran gloria, y todo aquel que le conoce lo recibirá con alegres alabanzas y será capaz de decir: “Este es el Señor, le hemos esperado, nos regocijaremos y nos alegraremos en su salvación”. Pero, ¡ay! Existen muchos quienes esperan y discuten acerca de la venida del Señor los cuales no le esperan completamente, quienes están viviendo para ellos mismos en el mundo, y cuya mente está ocupada en las cosas terrenales. ¡Cuán temible es estar hablando acerca de la venida del Señor y cuando el venga tengan que ser alejados! ¡Oh! Piense en esto, y si Ud. Realmente está consciente de no conocer al Señor, entonces le ruego que contemple al Señor derramando su preciosa sangre para lavarle a usted de sus pecados, y aprender a confiar en Él, apoyarse en Él, regocijarse en Él y sólo en Él.

Pero si usted puede mirar los cielos y decir: “Gracias Dios, yo le conozco y estoy esperándolo”, permítame recordarle lo que dice el apóstol Juan como el resultado práctico de esta bendita esperanza. “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica, así como él es puro”. Si, ésta debe ser el resultado de la espera por el Hijo desde de los cielos y no sólo la mera doctrina profética. Mucho de los caracteres más impuros, profanos e impíos que ha hecho su aparición en el mundo, han sostenido en teoría, el segundo advenimiento de Cristo; pero ellos no estaban esperando al Hijo, por lo tanto, no eran ni podían purificarse ellos mismos. Es imposible que cualquiera pueda estar esperando por la aparición de Cristo, y no hacer esfuerzos para ir creciendo en santidad, separación y un corazón devoto. “He aquí yo vengo pronto, bienaventurado aquel que halle velando así”. Aquellos que conocen al Señor Jesucristo y aman su venida, buscarán diariamente de sacudirse cualquier cosa contraria a la mente de su Maestro; buscarán llegar a ser más y más en conformidad a Él, en todas las cosas. Los hom bres pueden sostener la doctrina de la Segunda Venida de Cristo y aún mantenerse unidos al mundo y a las cosas inherentes a un gran afán, pero el verdadero siervo de corazón mantendrá sus ojos en el retorno de su Maestro, recordando sus palabras benditas: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. (Juan 14:3).

C.H. MACKINSTOSH


domingo, 23 de junio de 2024

LA COMPASIÓN Y LA GRACIA DE JESÚS

 

(Lea cuidadosamente Mateo 14:1-21 y Marcos 6:30-44)


En estos dos versículos paralelos nosotros nos presentamos con dos distintas condiciones del corazón en los cuales ambos encuentran su respuesta en la compasión y la gracia del Señor Jesús. ¡Permítanos examinarlo diligentemente y pueda el Espíritu Santo permitirnos tomar y llevar siempre su preciosa enseñanza!

Fue un momento de dolor profundo para los discípulos de Juan cuando su maestro cayó por la espada de Herodes, cuando era el único en quién ellos estaban habituados a apoyarse y de cuyos labios los cuales ellos se habían acostumbrado a beber la instrucción, se aferraron ellos igual como una costumbre. Esto era verdaderamente un momento de tristeza y desolación, a los seguidores del Bautista.

Pero había uno a quién ellos podían venir con su dolor y en cuyo oído ellos podrían verter su historia de dolor - El único de quién su maestro había hablado, a quién él había señalado y de quién él había dicho “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”. Recurrieron a Él los discípulos afligidos. Nosotros leemos "... los discípulos de Juan, tomaron el cadáver, y lo sepultaron; y yendo, se lo contaron a Jesús”. Esto era lo mejor que ellos pudieron haber hecho. No había otro corazón en la tierra en el que ellos pudieran encontrar una respuesta compasiva, del corazón amoroso de Jesús. Su compasión era perfecta. Él conoció todo el dolor de ellos. Él supo de su perdida y como ellos se estaban sintiendo. Estos discípulos actuaron sabiamente cuando "yendo, se lo contaron a Jesús”. Su oído estaba siempre abierto y su corazón siempre preparado a consolar, y ha compadecerse. Él ejemplifica perfectamente el mandato después incluidas en las palabras del Espíritu Santo, "Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Romanos 12:15).

¿Quién puede decir algo sobre el valor de la compasión genuina?, ¿Quién puede declarar el valor de tener a aquel que puede realmente de tus gozos y dolores hacerlos propios? ¡Gracias a Dios! Nosotros tenemos al único al bendito Señor Jesucristo. Aunque nosotros no podemos verlo con los ojos de este cuerpo, no obstante, podemos usar la fe en Él en toda la preciosura y poder de su perfecta compasión. Nosotros podemos, sí únicamente nuestra fe es simple e infantil, venir desde la tumba donde nosotros hemos recientemente depositado los restos de algún ser querido a los pies de Jesús y allí verter la angustia de un acongojado y desolado corazón. Nosotros no encontraremos un duro rechazo allí, no habrá reproches crueles por nuestra necedad y debilidad en sentimientos tan profundos. Ni cualquier esfuerzo torpe por decir algo adecuado, algún esfuerzo sin sentido por dar alguna expresión de condolencias. ¡Ah! No; Jesús sabe cómo compadecerse de un corazón quebrado y agobiado bajo el peso del dolor. El suyo es un corazón humano perfecto. ¡Qué pensamiento! ¡Es un privilegio tener acceso en todo momento, en todo lugar y bajo todas las circunstancias a un perfecto corazón humano! Nos pudiera parecer en vano esto al estar aquí. En muchos casos, hay un deseo real hacia la compasión, pero una total carencia de capacidad. Yo podría encontrarme en momentos de dolor, en la compañía de alguien que no sabe nada acerca de mi dolor o del origen de este. ¿Cómo podría él compadecerse? Aunque debo decirle, su corazón podría estar tan ocupado con otras cosas, como para tener espacio y tiempo para mí.

No es así con el Hombre perfecto, Cristo Jesús. Él tiene ambas cosas espacio y tiempo, para cada uno y para todos. No importa cuando, como o conque tu vienes, el corazón de Jesús está siempre abierto. Él nunca desechará, nunca fallará, nunca defraudará. ¿Si nosotros estamos en el dolor, qué debemos hacer? Simplemente debemos hacer tal como los discípulos del Bautista hicieron, “ir y decir a Jesús”. Esto es lo correcto de hacer. Permitirnos ir directamente desde la tumba a los pies de Jesús. Él secará nuestras lágrimas, aliviará nuestros dolores, sanará nuestras heridas y llenará nuestro vacío. De esta manera nosotros podemos ser capaces de entrar en aquellas palabras verdaderas de Rutherford cuando él dice “intento poner todas mis obras buenas sobre Cristo y entonces una parte del ser irá en gran manera conmigo” Esta es una experiencia que nosotros podríamos bien anhelar. ¡Que el bendito Espíritu nos dirija más a esto!

Nosotros podemos ahora contemplar otra condición del corazón provista por los doce apóstoles en su retorno de su cumplida misión. “Y los apóstoles, reuniéndose con Jesús, le dieron cuenta de todo; de cuanto habían hecho, y de cuanto habían enseñado”. (Marcos 6:30 V.M.). Aquí nosotros no tenemos un caso de aflicción y desamparo, pero sí uno de regocijo y estimulo. Los doce avanzaron hacia Jesús para contarle de su buen resultado, así como los discípulos del Bautista se acercaron en el momento de su pérdida. Jesús fue igual con todos. Él podría encontrarse con un corazón que está quebrado por el dolor y Él podría encontrarse con un corazón que está lleno por la buenaventura. Él supo cómo controlar, calmar y dirigir, a los unos y a los otros. ¡Bendiciones por siempre sobre Su glorioso nombre!

“Y él les dijo: Venid vosotros mismos aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que venían e iban; de manera que ni para comer tenían tiempo” (Marcos 6:31 V.M.). Aquí nosotros nos dirigimos a un punto en el cual las glorias morales de Cristo brillan con reflejo extraordinario y corrigen el egoísmo de nuestros pobres y estrechos corazones. Aquí nosotros somos enseñados con inequívoca claridad que hace a Jesús el depositario de nuestros pensamientos y sentimientos, lo cual nunca ha de producir en nosotros un espíritu de arrogante suficiencia e independencia, o un sentimiento de desprecio hacia otros. Por el contrario. Aún, es más, nosotros tenemos que ver con Jesús, el gran deseo es que nuestros corazones sean abiertos para encontrar las formas variadas de las necesidades humanas que puedan presentarse a nuestra vista de día en día. Esto es cuando nosotros venimos a Jesús y derramamos nuestros corazones completamente delante de Él, hemos de contarle a Él de nuestros sufrimientos y nuestros gozos, y dejar toda nuestra carga a sus pies, para que nosotros realmente aprendamos de que modo sentir por otros.

Hay gran belleza y poder en las palabras “Venid vosotros aparte”. Él no dice “Marchaos”. Esto nunca lo haría. Sería inútil irnos aparte a un lugar desierto si Jesús no ha de estar allí. Entrar en la soledad sin Jesús es para hacer de nuestros corazones fríos y estrechos, mucho más fríos y estrechos todavía. Yo podría retirarme de la escena que me rodea en mortificación y desilusión, y envolverme así en un egoísmo impenetrable. Yo puedo suponer que mis compañeros no han hecho bastante por mí y puedo retirarme para hacer mucho por mi mismo. Yo puedo hacerme el centro de todo mí ser y así puedo volverme a un corazón frío, estrecho, y miserable criatura. Pero cuando Jesús dice “Venid”, el caso es totalmente diferente. Nuestras finas lecciones morales son aprendidas solo con Jesús. Nosotros no podemos respirar la atmósfera de Su presencia sin tener nuestros corazones ensanchados. Si los apóstoles hubieran entrado en el desierto sin Jesús, ellos mismos se habrían comido los panes y los peces, más yendo con Jesús ellos aprendieron algo diferente. Él supo satisfacer la necesidad de una multitud hambrienta, tan favorablemente como el de la compañía de afligidos o regocijados discípulos. La compasión y la gracia de Jesús son perfectas. En Él puede encontrarse todo. Si uno está afligido, puede ir a Jesús; Si uno está contento, puede ir a Jesús; Si uno tiene hambre, puede ir a Jesús. Nosotros podemos traerle todo a Jesús, porque en Él mora toda la plenitud y bendito sea su nombre. Él nunca envía lejos a alguien estando vacío.

No así lamentablemente, son sus pobres discípulos ¡Cuán nefasto es su egoísmo cuando vieron en la luz de su magnífica gracia! “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas”. Él había ido a un lugar en el desierto para dar a sus discípulos descanso, más estos no consideran con prontitud en ninguno de ellos las necesidades humanas, como es el ser llevado en las profundas corrientes de una envolvente compasión delante de Su corazón tierno.

“Cuando ya era muy avanzada la hora, sus discípulos se acercaron a él, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya muy avanzada. Despídelos para que vayan...”. ¡Qué palabras de hombres que recién han retornado de la predicación del evangelio! “Despídelos para que se vayan” (“Envíalos afuera de aquí” AKJV). ¡Ah! Una cosa es predicar la gracia y otra cosa es obrar por ella. Es bueno predicar, pero también es bueno obrar en ella. De hecho, la predicación sufrirá si no es combinada con el obrar. Es bueno instruir al que ignora, pero también es bueno alimentar al que tiene hambre. Lo último puede involucrar una mayor abnegación que lo primero. Puede no costarnos nada el predicar, pero hay un mayor costo el alimentar y no nos gusta tener en nuestra provisión privada a intrusos. ¿Está el corazón listo para poner por delante diez mil objeciones “Qué haré yo por mí mismo” ?, ¿Quién se ocupará de mi familia? Nosotros debemos actuar juiciosamente. Nosotros no podemos hacer cosas que son imposibles. Estos y los argumentos similares al corazón egoísta pueden empujar a objetar cuando una necesidad es presentada a Él mismo.

“Despídelos para que se vayan” (VM). ¿Qué hizo a los discípulos decir esto?, ¿Cuál fue el origen real de esta egoísta demanda? Simplemente la incredulidad. Ellos tuvieron recuerdos que hubo en medio de ellos un anciano que había alimentado a “600.000 caminantes” durante cuarenta años en el desierto, ellos sabían que Él (Señor) no habría enviado lejos a una multitud hambrienta. Ciertamente la misma mano que había nutrido aquellas huestes por tan largo tiempo fácilmente podía proporcionar una sola comida para cinco mil. Así la fe razonaría, pero la incredulidad oscurece el entendimiento y constriñe el corazón. No hay nada tan absurdo como la incredulidad y nada que contraiga más las entrañas de compasión. La fe y el amor van siempre juntos, y en proporción del crecimiento de uno es el crecimiento del otro. La fe abre las compuertas del corazón y le permite conducir las corrientes de amor hasta lo último. Así el apóstol podía decir a los Tesalonicenses “...que crezcáis y abundéis en amor, los unos para con los otros, y para con todos”. Esta es la regla divina. Un corazón lleno de fe puede permitirse ser caritativo; un corazón inconverso no puede permitirse nada.

La fe pone al corazón en un contacto inmediato con Dios en sus inagotables tesoros y satisface con los afectos más benévolos. La incredulidad empuja al corazón sobre sí mismo y le llena con todas las formas del miedo egoísta. La fe nos dirige en el alma expandiendo la atmósfera de los cielos. La incredulidad nos deja envueltos en la atmósfera marchita de este mundo cruel. La fe nos permite escuchar las palabras de gracia de Cristo, “Dadles vosotros de comer”. La incredulidad nos hace expresar nuestras propias palabras crueles “Despídelos, para que se vayan” (V.M). En una palabra, no hay nada que ensanche el corazón como la simple fe y nada que lo contraiga tanto como la incredulidad. ¡Oh!, ¡Que nuestra fe pueda crecer muchísimo, para que nuestro amor pueda abundar más y más!, ¡Podamos nosotros cosechar ganancias de la contemplación a la compasión y la gracia de Jesús!

Es un contraste llamativo entre “despídelos, para que se vayan” y “Dadles vosotros de comer”. Así es en la vida. Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Es mirando sus caminos que nosotros aprendemos a juzgar nuestros caminos - mirándole a Él nosotros aprendemos a juzgarnos a nosotros mismos. Esta es una escena maravillosa donde Jesús corrige el egoísmo de sus discípulos. Primero haciendo de ellos instrumentos a través de los cuales Su gracia puede fluir a la multitud y segundo haciéndoles recoger “y alzaron doce cestos llenos de los pedazos de pan y de los peces” para ellos.

Ni es esto todo. No solamente es egoísmo reprendido, más el corazón instruido es sumamente bendecido. Naturalmente podría decirse “¿De qué pueden servir los cinco panes y los dos peces a todos? Ciertamente, el único que puede alimentar, puede fácilmente alimentarlos sin aquella mediación”. En lo natural podría defenderse así, pero Jesús nos enseña que nosotros no somos criaturas despreciables a Dios. Nosotros estamos para usar lo que tenemos con la bendición de Dios. Esta es una hermosa lección moral para el corazón. “¿Cuánto tiene Ud. en la casa?” Es la pregunta. Es licito aquello, y a ningún otro, Dios usara. Es fácil ser generoso con lo que nosotros no tenemos, pero la cosa es sacar lo que nosotros tenemos y con la bendición de Dios, aplíquelo a la necesidad presente.

También en especial en la recolección de los pedazos. El necio aquí podría decir, “¿Qué necesidad de recoger aquellas migajas esparcidas? Ciertamente el único que ha forjado tal milagro no tiene necesidad de las migajas”. Sí, pero nosotros no somos criaturas desechadas de Dios. Él usando los panes y los peces somos enseñados al no desprecio de ninguna criatura de Dios, más en la recolección de las migajas somos enseñados a no desperdiciarla. Los hombres en su necesidad se han reunido libremente, más Él no permitió que una sola miga fuera desperdiciada. ¡Cuán divinamente perfecto!, ¡Que diferente a nosotros! A veces nosotros somos tacaños y otras veces derrochadores. Jesús no fue ni lo uno ni lo otro. “Y comieron todos”. Más “Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, y de lo que sobró de los peces”. ¡Perfecta gracia!, ¡Perfecta sabiduría! ¡Podemos nosotros adorarle y aprender de esto! Podemos nosotros regocijarnos en la seguridad del bendito quién ha manifestado toda esta sabiduría y gracia en nuestras vidas. Cristo es nuestra vida y la manifestación de esta vida constituye un cristianismo práctico. Esto no es estar viviendo por reglas y regulaciones, sino simplemente teniendo a Cristo morando en el corazón por fe Cristo es la fuente de compasión perfecta y gracia perfecta.

C.H. MACKINSTOSH

domingo, 5 de mayo de 2024

“JUZGARSE A SI MISMO”

 Existen pocos ejercicios más valiosos y saludables para el cristiano que el de juzgarse a sí mismo. Con esto no me refiero a la desdichada práctica de buscar en uno mismo pruebas de vida y de seguridad en Cristo, pues sería terrible estar ocupados en esto. Yo no podría concebir ninguna otra ocupación más deplorable que la de estar mirando a un yo vil en vez de contemplar a un Cristo resucitado. La idea que muchos cristianos parecen abrazar con respecto a lo que se conoce como «autocrítica» —esto es, un examen de sí mismos— es por cierto deprimente. Ellos lo consideran como un ejercicio que puede terminar haciéndolos descubrir que no son cristianos en absoluto. Esto, lo repetimos, es una labor terrible.

Sin duda es bueno que aquellos que han estado edificando sobre un fundamento arenoso tengan abiertos sus ojos para ver el grave error que ello configura. Es bueno que aquellos que con satisfacción han estado envueltos en ropajes farisaicos se despojen de los mismos. Es bueno que aquellos que han estado durmiendo en una casa en llamas despierten de sus sueños. Es bueno que aquellos que han estado caminando con los ojos vendados al borde de un terrible precipicio se saquen la venda de sus ojos para que vean el peligro y retrocedan. Ninguna mente inteligente y ordenada pensaría en poner en duda la propiedad de todo esto. Pero entonces, admitiendo plenamente lo antedicho, la cuestión del verdadero juicio propio permanece completamente intacta. En la Palabra de Dios no se le enseña ni una vez al cristiano a examinarse a sí mismo con la idea de que descubra que no es cristiano, sino —y trataremos de demostrarlo— precisamente lo contrario.

Hay dos pasajes en el Nuevo Testamento que son tristemente mal interpretados. El primero tiene que ver con la celebración de la cena del Señor: “Por tanto, pruébese (o examínese) cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí” (1.a Corintios 11:28-29). Ahora bien; es común, en este pasaje, que el término “indignamente” se lo aplique a las personas que participan, cuando, en realidad, se refiere a la manera de participar. El apóstol nunca pensó en cuestionar el cristianismo de los corintios; es más, en las palabras de apertura de su epístola él se dirige a ellos en estos términos: “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (en rigor, «santos por llamamiento»). ¿Cómo podía él emplear este lenguaje en el capítulo 1 y poner en tela de juicio, en el capítulo 11, la dignidad de esos santos para participar de la cena del Señor? ¡Imposible! Él los consideraba santos y, como tales, los exhortó a celebrar la cena del Señor de una manera digna. Jamás se planteó la cuestión de que estuviera presente allí alguno que no fuese verdadero cristiano; de modo que era absolutamente imposible que la palabra “indignamente” se pudiera aplicar a personas. Su aplicación correspondía únicamente a la manera. Las personas eran dignas, pero su manera no; y entonces fueron exhortadas, como santas, a juzgarse a sí mismas en lo que respecta a su proceder, pues, de lo contrario, el Señor habría de juzgarlas en sus personas, como ya había sido hecho (1 Corintios 11:30). En una palabra, habían sido exhortados a juzgarse a sí mismos en su calidad de cristianos. Si ellos hubiesen tenido dudas de esa condición, no habrían sido capaces de juzgar absolutamente nada. Yo nunca pensaría en hacer que mi hijo juzgase si es hijo mío o no, pero sí esperaría que él se juzgara a sí mismo en cuanto a sus hábitos, pues, de lo contrario, yo tendría que hacer, mediante la disciplina, lo que él debió haber hecho mediante el enjuiciamiento propio. Precisamente porque lo considero mi hijo no lo dejaría sentarse a mi mesa con ropas sucias y malos modales.

El segundo pasaje se encuentra en 2.a Corintios 13: “pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí... examinaos a vosotros mismos” (v. 3-5). El resto del pasaje es un paréntesis. El punto esencial es éste: el apóstol apela a los mismos corintios como la clara prueba de que su apostolado era divino; de que Cristo hablaba en él, de que su comisión provenía del cielo. Él los consideraba como verdaderos cristianos, a pesar de toda la confusión que reinaba en la asamblea; pero, puesto que ellos constituían el sello de su ministerio, ese ministerio debía ser divino, y, por ende, no debían oír a los falsos apóstoles que hablaban en contra de él. El cristianismo de los corintios y el apostolado de Pablo estaban tan íntimamente relacionados que poner en duda el uno implicaba poner en duda el otro. Resulta claro, pues, que el apóstol no exhortaba a los corintios a examinarse a sí mismos con la idea de que dicho examen pudiera resultar en el triste descubrimiento de que no eran cristianos en absoluto. ¡Todo lo contrario! En realidad, es como si yo fuera a mostrarle un auténtico reloj a una persona y le dijese: «Ya que usted busca pruebas de que el hombre que fabricó este reloj es un verdadero relojero, examine el aparato».

Resulta claro, pues, que ninguno de los pasajes citados aporta garantía alguna que apoye la idea de ese tipo de «examen de conciencia» o «autocrítica» que algunos sostienen, el cual se basa en un sistema de dudas y temores y carece de todo respaldo en la Palabra de Dios. El juicio propio, sobre el cual deseo llamar la atención del lector, es algo totalmente diferente. Es un sagrado ejercicio cristiano del más saludable carácter. Tiene por base la más inquebrantable confianza respecto de nuestra salvación y aceptación en Cristo. El cristiano es exhortado a juzgarse a sí mismo por cuanto es cristiano, y no para ver si lo es. Esto marca toda la diferencia. Si estuviera mil años haciendo un examen de conciencia, una autocrítica, y buceara en el yo, no hallaría otra cosa que miseria, ruinas e iniquidad, cosas todas a las que Dios hizo a un lado y a las que yo tengo la responsabilidad de considerarlas “muertas”. ¿Cómo podría esperar obtener pruebas consoladoras mediante tal examen? ¡Imposible! Las pruebas del cristiano no han de hallarse en su corrompido yo, sino en el resucitado Cristo de Dios; y cuanto más logre olvidarse de lo primero y ocuparse en lo segundo, tanto más feliz y santo será. El cristiano se juzga a sí mismo, juzga sus hábitos, sus pensamientos, sus palabras y sus actos porque cree que es cristiano, no porque dude que lo sea. Si él duda, no es apto para juzgar nada. El verdadero creyente se juzga a sí mismo estando plenamente consciente y gozoso de la eterna seguridad de la gracia de Dios, de la divina eficacia de la sangre de Jesús, del poder de Su intercesión que prevalece, sobre todo, de la inquebrantable autoridad de la Palabra, de la divina seguridad de la más débil oveja de Cristo; sí, entrando en estas realidades inapreciables por la enseñanza de Dios el Espíritu Santo, el creyente verdadero se juzga a sí mismo. La idea humana de la «autocrítica» se basa en la incredulidad. La idea divina del juicio propio, en cambio, se basa en la confianza.

Pero nunca olvidemos que somos exhortados a juzgarnos a nosotros mismos. Si perdemos esto de vista, la vieja naturaleza no tardará en aflorar de nosotros y ganará la delantera; entonces tendremos que ocuparnos tristemente en ello. Los cristianos más devotos tienen un sinnúmero de cosas que necesitan ser juzgadas, y, si no se juzgan habitualmente, seguramente acumularán abundante y amargo trabajo para sí. Si hubiese enojo o ligereza, orgullo o vanidad, desidia natural o impetuosidad natural, cualquier cosa que pertenezca a la naturaleza caída, nuestro deber como cristianos es juzgar y avasallar todas estas cosas. Todo lo que sea juzgado de forma permanente nunca se hallará en la conciencia. El enjuiciamiento propio mantendrá todos nuestros asuntos de forma correcta y en orden; pero, si la vieja naturaleza no es juzgada, no sabemos cómo, cuándo o dónde brotará, provocando un agudo dolor del alma y trayendo deshonra al nombre del Señor. Los más graves casos de fracaso y decadencia generalmente se deben al descuido en el juicio de uno mismo respecto de cosas pequeñas. Hay tres diferentes niveles de juicio: el juicio propio, el juicio de la iglesia y el juicio divino. Si un hombre se juzga a sí mismo, la asamblea se conserva pura. Pero si no lo hace, el mal brotará de alguna forma, y entonces la asamblea se verá comprometida. Y si la asamblea deja de juzgar el mal, entonces Dios habrá de tratar con la asamblea. Si Acán hubiese juzgado sus pensamientos ambiciosos, la congregación no se habría visto implicada (Josué 7). Si los corintios se hubiesen juzgado en privado, el Señor no habría tenido que juzgar a la asamblea en público (1.a Corintios 11).

Todo esto es sumamente práctico y humillante para el alma. ¡Ojalá que todo el pueblo del Señor aprenda a andar en el despejado día de Su favor, en el santo gozo de sus mutuas relaciones y en el habitual ejercicio de un espíritu de juicio propio!

C.H. MACKINSTOSH


martes, 30 de abril de 2024

“HERMANOS SANTOS”

 

"Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús" (Hebreos 3:1)

"Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras" (Hebreos 10:24).

Los dos pasajes guardan entre sí una muy íntima relación. Ello se debe a que el autor inspirado de la epístola emplea en ambos una misma palabra, la que no se halla más que en estos dos lugares a lo largo de todo este maravilloso tratado.

Nosotros somos invitados a considerar a Jesús y, al mismo tiempo, a todos aquellos que le pertenecen, dondequiera que se encuentren. Éstas son las dos grandes divisiones de nuestra obra. Debemos aplicar nuestra mente diligentemente a Él y a sus intereses en la tierra, y así seremos librados de la miserable ocupación de pensar en nosotros mismos y en nuestros propios intereses. Gloriosa liberación, seguramente, por la cual bien podemos alabar a nuestro glorioso Libertador.

El título de "hermanos santos"

Pero antes de entrar en el examen de los grandes temas que hemos de considerar, detengámonos un momento en el maravilloso título que el Espíritu Santo aplica a todos los creyentes, a todos los verdaderos cristianos. Él los llama “hermanos santos”. Éste es ciertamente un título de gran dignidad moral. No dice que debemos ser santos. No; sino que lo somos. Se trata del título o de la posición de todo hijo de Dios en la tierra. Sin duda que, al tener esta santa posición por la gracia soberana, debemos ser santos en nuestra marcha; es menester que nuestro estado moral responda siempre a nuestro título. Jamás deberíamos permitir un pensamiento, una palabra o una acción que sea, aun en el menor grado, incompatible con nuestra elevada posición como “hermanos santos”. Santos pensamientos, santas palabras y santas acciones, es lo único que conviene a aquellos a quienes la gracia infinita de Dios ha concedido este título.

No lo olvidemos. No digamos, no pensemos jamás que no podemos mantener tan elevada posición o vivir a la altura de esta medida. La misma gracia que nos ha revestido de esta dignidad, nos hará siempre capaces de mantenerla, y veremos, a continuación de estas líneas, cómo esta gracia actúa, de qué poderosos medios morales ella se vale para producir un andar práctico que esté en armonía con nuestro santo llamado.

Pero examinemos sobre qué base el apóstol funda este título de “hermanos santos”. Es de suma importancia tener en claro esta cuestión. Si no vemos que es enteramente independiente de nuestro estado, de nuestra marcha o de nuestro progreso, no podremos comprender ni nuestra posición ni sus resultados prácticos. Afirmamos con la mayor seguridad que la marcha más santa que se haya visto en este mundo, el más elevado estado espiritual que haya sido alcanzado, jamás podría constituir la base de una posición tal como la que expresa este título: “hermanos santos”. Es más, nos atrevemos a afirmar que la obra misma del Espíritu Santo en nosotros, tan esencial como lo es en cada etapa de la vida divina, tampoco podría darnos derecho a entrar en tal dignidad. Nada en nosotros, nada de nosotros, nada concerniente a nosotros, podría jamás constituir el fundamento de esta posición.

¿En qué, pues, se funda? Hebreos 2:11 nos proporciona la respuesta: “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos.” Aquí tenemos una de las verdades más profundas y más extensas del santo volumen. Vemos cómo llegamos a ser “hermanos santos”; esto es, al estar asociados con Aquel bendito que descendió a la muerte por nosotros, y que en su resurrección vino a constituir el fundamento de este nuevo orden de cosas donde tenemos nuestro lugar. Él es la Cabeza, el jefe, de esta nueva creación a la que pertenecemos, el Primogénito entre muchos hermanos, de quienes no se avergüenza, puesto que los ha puesto sobre el mismo terreno que Él, y los ha traído a Dios, no sólo según la perfecta eficacia de su obra, sino según la perfecta aceptación y la infinita preciosidad de su persona delante de Dios. “El que santifica y los que son santificados, de uno son todos.”

¡Palabras maravillosas! Meditémoslas, querido lector. Notemos la profunda, sí, la inconmensurable diferencia que existe entre “el que santifica” y “los que son santificados”. El Señor, personalmente, de una manera intrínseca, en su humanidad, podía ser “el que santifica”. Nosotros, personalmente, en nuestra condición moral, en nuestra naturaleza, tenemos necesidad de ser santificados. Pero —¡el universo entero alabe su Nombre por la eternidad! — es tal la perfección de su obra, tales son las “riquezas” y “la gloria” de su gracia, que podía ser escrito: “Como él es, así somos nosotros en este mundo.” “El que santifica y los que son santificados, de uno son todos” (1.a Juan 4:17; Hebreos 2:11). Todos están sobre un mismo plano, y eso por siempre.

Nada puede sobrepasar la grandeza de este título y esta posición. Estamos delante de Dios según todos los gloriosos resultados de su obra perfecta y según toda la aceptación de su Persona. Él nos ha unido consigo, en su vida de resurrección, y nos ha hecho participantes de todo lo que tiene y de todo lo que es como hombre, salvo su Deidad, naturalmente, que es incomunicable.

Prestemos particular atención a lo que implica el hecho de que necesitábamos ser “santificados”. Ello pone de manifiesto de la manera más fuerte y clara, la ruina total, sin esperanza y absoluta en que se halla cada uno de nosotros. No importa, en lo que toca a este aspecto de la verdad, quiénes éramos o qué éramos en nuestra vida personal y práctica. Podríamos haber sido refinados, cultos, amables, morales y religiosos a la manera de los hombres; o bien habríamos podido ser degradados, inmorales, depravados, la hez de la sociedad. En una palabra, podríamos haber estado, en cuanto a nuestro estado moral y a nuestra condición social, tan lejos los unos de los otros como los dos polos; pero como se trata de la necesidad de ser santificados, para el más excelente como para el peor, antes que podamos ser llamados “hermanos santos”, no hay evidentemente “ninguna diferencia”. El más vil no necesitaba nada más, y nada menos el mejor. Todos y cada uno de nosotros estábamos envueltos en una ruina común y teníamos necesidad de ser santificados, puestos aparte, antes de poder tomar nuestro lugar entre los “hermanos santos”. Y ahora, puestos aparte, estamos todos sobre un mismo terreno; el más débil hijo de Dios sobre la faz de la tierra forma parte de los “hermanos santos” tan verdadera y realmente como el apóstol Pablo mismo. No es cuestión de progreso ni de logros, por importante y precioso que sea hacer progresos; se trata simplemente de nuestra común posición delante de Dios, de la cual el “Primogénito” es de una manera viva, en su persona, la eterna y preciosa definición.

Pero debemos recordar aquí al lector que es de la mayor importancia tener bien en claro y estar bien fundados en cuanto a la relación del “Primogénito” con los “muchos hermanos”. Es ésta una verdad fundamental, respecto a la cual no debe haber ninguna vaguedad ni indecisión. La Escritura es clara y enfática sobre este gran punto cardinal. Pero hay muchos que no quieren oír la Escritura. Están tan repletos de sus propios pensamientos que no se toman la molestia de escudriñar las Escrituras para ver lo que dicen sobre este tema. Por eso hoy encontramos a muchos que sostienen el fatal error de que la encarnación constituye el fundamento de nuestra relación con el “Primogénito”. Los tales consideran a Aquel que se ha encarnado como nuestro “hermano mayor” que, al tomar sobre sí una naturaleza humana, nos unió a Él, o él se unió a nosotros.

Sería difícil expresar convenientemente y enumerar las terribles consecuencias de tal error. En primer lugar, lleva aparejado una positiva blasfemia contra la Persona del Hijo de Dios; es la negación de su humanidad absolutamente pura, sin pecado, perfecta. En su humanidad, era tal que el ángel podía decir a la virgen María: “El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). Su naturaleza humana era absolutamente santa. Como hombre, no conoció pecado. Fue el único hombre en la tierra de quien podía decirse ello. Era único, absolutamente solo en esa condición. No había ni podía haber ninguna unión con él en su encarnación. ¿Cómo el Santo y los profanos, el Puro y los impuros, el Inmaculado y los manchados habrían podido ser unidos alguna vez? ¡Ello era absolutamente imposible! Aquellos que piensan y dicen que tal cosa era posible, yerran grandemente, ignorando las Escrituras y al Hijo de Dios.

Además, aquellos que hablan de unión en la encarnación son muy manifiestamente enemigos de la cruz de Cristo. En efecto, ¿qué necesidad habría de la cruz, de la muerte o de la sangre de Cristo, si los pecadores pudiesen estar unidos a Él en su encarnación? Ninguna, seguramente. No habría ninguna necesidad de expiación, ninguna necesidad de propiciación, ninguna necesidad de los sufrimientos y de la muerte de Cristo como sustituto, si los pecadores pudiesen estar unidos a Él sin eso.

De ahí podemos ver que tal sistema de doctrina no puede provenir sino del enemigo. Deshonra a la persona de Cristo y pone a un lado su obra expiatoria. Además de todo esto, tal doctrina arroja por la borda la enseñanza de toda la Biblia respecto a la ruina y la culpabilidad del hombre. En suma, destruye completamente todas las grandes verdades fundamentales del cristianismo, y no nos deja sino un sistema profano, sin Cristo, e infiel. Éste es el objetivo que siempre el diablo tuvo en vista, y el que todavía persigue; y miles que se llaman maestros cristianos actúan como sus agentes en sus esfuerzos por socavar el cristianismo. ¡Qué tremenda responsabilidad para ellos!

Prestemos oídos con reverencia a la enseñanza de las Santas Escrituras sobre este gran tema. ¿Qué significado tienen esas palabras que brotaron de los labios de nuestro Señor Jesucristo, y que Dios el Espíritu Santo nos ha conservado: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo” (Juan 12:24)? ¿Quién era este grano de trigo? Él mismo, bendito sea su santo Nombre. Jesús debía morir, a fin de “llevar mucho fruto”. Para rodearse de “muchos hermanos”, debía descender a la muerte, a fin de quitar de en medio todo obstáculo que impidiera que ellos fuesen eternamente asociados con él en el nuevo terreno de la resurrección. Él, el verdadero David, debía avanzar solo contra el temible enemigo, a fin de tener el profundo gozo de compartir con sus hermanos los despojos, frutos de su gloriosa victoria. ¡Eternas aleluyas sean dadas a su Nombre sin par!

En el capítulo 8 del evangelio de Marcos tenemos un hermosísimo pasaje que se relaciona con nuestro tema. “Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle.” En otro evangelio, vemos lo que Pedro le dijo: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.” Ahora, prestemos atención a la respuesta y la actitud del Señor: “Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.”

Esto es de una belleza perfecta. No sólo presenta a la inteligencia una verdad, sino que deja penetrar en el corazón un brillante rayo de la gloria moral de nuestro adorable Señor y Salvador Jesucristo, con el expreso propósito de inclinar el alma en adoración ante Él. “Volviéndose y mirando a los discípulos”, es como si hubiese querido decir a su errado siervo: «Si admito lo que me sugieres, si tengo compasión de mí mismo, ¿qué sería de éstos?» ¡Bendito Salvador! Él no pensó en sí mismo. “Afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51), sabiendo bien lo que allí le esperaba. Iba a la cruz para sufrir allí la ira de Dios, el juicio del pecado, todas las terribles consecuencias de nuestra condición, a fin de glorificar a Dios con respecto a nuestros pecados, y eso, a fin de tener el gozo inefable y eterno de verse rodeado de “muchos hermanos” a quienes, sobre el terreno de la resurrección, podía anunciar el nombre del Padre. “Anunciaré a mis hermanos tu nombre.” De en medio de las terribles sombras del Calvario, donde soportaba por nosotros lo que ninguna criatura inteligente podría jamás sondear, él miraba adelante, hacia este momento glorioso. Para poder llamarnos “hermanos”, él debía encontrar solo la muerte y el juicio por nosotros.

Ahora bien, ¿por qué todos estos sufrimientos, si la encarnación fuese la base de nuestra unión o de nuestra asociación con él?[4] ¿No es perfectamente evidente que no podría haber ningún vínculo entre Cristo y nosotros excepto sobre la base de una expiación cumplida? ¿Cómo podría existir este vínculo, con el pecado no expiado, la culpabilidad no borrada y los derechos de Dios no satisfechos? Sería absolutamente imposible. Mantener semejante pensamiento es ir en contra de la revelación divina, socavar los mismos fundamentos del cristianismo, y éste es precisamente, como bien lo sabemos, el objetivo que el diablo siempre persigue.

Sin embargo, no nos detendremos más en este tema aquí. Puede que la gran mayoría de nuestros lectores tengan perfectamente en claro y resuelto este punto, y que lo sostengan como una de las verdades cardinales y esenciales del cristianismo. Mas en un tiempo como el presente, sentimos la importancia de dar a toda la Iglesia de Dios un claro testimonio de esta tan bendita verdad. Estamos persuadidos de que el error que hemos combatido —a saber, la unión con Cristo en la encarnación— forma una parte integrante de un vasto sistema infiel y anticristiano que domina sobre miles de cristianos profesantes, y que hace tremendos progresos en toda la cristiandad. Es la profunda y solemne convicción que tenemos de este hecho, lo que nos conduce a llamar la atención del amado rebaño de Cristo sobre uno de los más preciosos y gloriosos temas que pudieran ocupar nuestro corazón, a saber, nuestro título para ser llamados “hermanos santos”.

C.H. MACKINSTOSH