domingo, 23 de agosto de 2026

El Perezoso


A.Hy 

“Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso se vuelve en su cama”. Proverbios 26:14

“El perezoso ni aun asará lo que ha cazado, pero la riqueza más preciosa de un hombre es la diligencia”. Proverbios 12:27 (V. M.)



El primer versículo refleja el estado de algunos amados hijos de creyentes. “Como la puerta gira sobre sus quicios”. Van regularmente a las reuniones, hacen el camino de ida y vuelta fielmente. Se parecen a una puerta que puede ser el ejemplo de la fidelidad. Pero, ¿cuál es el avance realizado por la misma puerta, al cabo de un año? ¡Ninguno! Y ustedes, ¿han avanzado más que ella? A la puerta se la puede excusar porque en su tarea monótona presta un servicio; reconocemos su preciosa utilidad sobre todo contra los ladrones. En cambio, nosotros, ¿podemos presentar alguna excusa cuando, como el perezoso, seguimos hallándonos en el mismo lugar o nivel espiritual? Aun avanzada la mañana, la cama del perezoso da una impresión de desorden. Lo mismo ocurre con nosotros si no hacemos ningún progreso con Jesús: el desorden espiritual se nos viene encima, lo cual conduce a una confusión moral que el enemigo sabrá aprovechar cuando llegue el momento favorable.

Acordémonos de Herodes en Marcos 6:20. Escuchaba de buena gana a Juan el Bautista, lo tenía por un hombre santo, también obraba de acuerdo con sus consejos; sin embargo, lo hizo encarcelar y decapitar. Ustedes también oyen de buena gana hablar de Jesús, no tienen duda en cuanto a quién es él, y seguramente cumplen con muchas de las cosas prescritas en el Evangelio. Pero si su corazón no conoce personalmente a Cristo, el Enemigo encontrará la ocasión para que se asocien a los que crucifican “de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios” (Hebreos 6:6). ¡Qué cosa más terrible! Tal vez les parezca imposible llegar a tal extremo. Pero, ¡cuidado! Si, como la puerta, no han avanzado, si su conciencia, tal como la de Herodes, no ha sido alcanzada, ustedes son como una ciudad sin muralla delante del invasor. Este principio se aplica tanto a los que confiesan que Jesús es su Salvador, como a los que hasta ahora han permanecido completamente indiferentes.


En el segundo versículo, el perezoso fue a cazar, es decir, ha oído la Palabra. Como Rut, espigó en el campo del verdadero Booz; pero ella desgranó las espigas que recogió, mientras que el perezoso no asó lo que cazó; dejó estropearse lo que tanto esfuerzo le costó. Algunas veces ustedes sintieron una emoción real en presencia del amor de Jesús, entendieron la seriedad que conlleva el testimonio cristiano, tomaron la decisión de no quedarse más en la “puerta”. Pues bien, entonces ya no son indiferentes, tienen un botín. Pero, ¡qué desgracia!, como en Marcos 4:19, la semilla que cayó en medio de las espinas no ha llevado fruto a causa de “las codicias de otras cosas”. La primera impresión fue desvaneciéndose poco a poco, la bendición pasajera se evaporó porque no la cultivaron, «dejaron la caza sin asar». Rut es llamada una “mujer virtuosa” (Rut 3:11) porque demostró energía espiritual permaneciendo en el camino en donde se encontraba la bendición. Booz le dio seis medidas de cebada; entonces, con la que ella había recogido, tuvo siete: la plenitud. “Añadid a vuestra fe virtud” (2 Pedro 1:5).

¡Cuán precioso es perseverar, vencer, y después de haberlo superado todo, mantenerse firme! El “reino” en Mateo 11:12 es para los violentos; siempre hay algo que vencer. Zaqueo fue un violento, espiritualmente hablando. Subió al sicómoro, exponiéndose a las burlas de todos, más la mirada de Jesús fue para él como una medida de cebada. Pero cuando Jesús, quien es la “salvación”, entró en su casa, resultó como las seis medidas añadidas: la plenitud.

Mis palabras no van dirigidas a ignorantes, sino tal vez a “puertas” y a algunos “perezosos”.

“Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo” (Efesios 5:14).

Dios me Hizo Mujer (1)

 


El plan divino de la feminidad

Eleonor Mosquera 

Capítulo 1: La obra maestra de la creación de la mujer

"Jehová Dios... hizo una mujer", (Génesis 2.22)


Para estudiar el tema de la feminidad, necesitamos comenzar donde Dios reveló el diseño que había en su corazón: en el principio de la creación. "¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo?" (Mateo 19.4). Esta fue una excelente pregunta que hizo el Señor Jesucristo en referencia al recuento bíblico del origen del hombre y la mujer en Génesis 1 y 2. Esta pregunta es también para nosotras: ¿No hemos leído? Aunque ya lo hayamos hecho, sería bueno que nos tomáramos el tiempo ahora para leer cuidadosamente los primeros dos capítulos de la Biblia.

Génesis 1 y 2 nos enseñan que durante seis días Dios estuvo creando un hermoso mundo nuevo. Él colocó el sol, la luna y las estrellas con precisión en el cielo; demarcó hábilmente los lagos, ríos y mares; adornó espectaculares paisajes con toda clase de plantas y flores; e hizo asombrosos animales grandes y pequeños para que llenaran la tierra, los mares y el aire. Dios tenía todo el escenario preparado para recibir la obra maestra final que estaba a punto de hacer. Había gran regocijo en el cielo cuando, en el momento cumbre, "creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios" (Génesis 1.27-28).

Génesis 2 nos dice con más detalle que Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y luego "hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer" (vv 21-22). La mujer fue la última creación de Dios, y justo después de haberla creado, "vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera" (Génesis 1.31).

Desde el principio notamos que la mujer es una creación de Dios, y, por lo tanto, Él es el que decidió qué es la verdadera feminidad y cuál es su intención. ¡Qué bueno que esto no es un asunto condicionado por la cultura ni determinado por nuestros sentimientos cambiantes!

NUESTRO EXTRAORDINARIO DISEÑADOR

Si queremos entender realmente el diseño de la mujer, necesitamos conocer a su Diseñador. La Biblia deja bien en claro que "Jehová Dios... hizo una mujer" (Génesis 2.22). El Dios infinito, perfecto y todopoderoso, que también es un Dios personal, confiable y bondadoso, fue el que diseñó e hizo a la mujer con intención y amor.

Dios es un Dios inmenso, sin medida y sin fin, pero que ha revelado a sí mismo en su Palabra para que nosotros podamos conocerlo. Aquí sólo vamos a considerar brevemente cuatro atributos de nuestro extraordinario Diseñador divino que nos ayudarán a apreciar mejor por qué nos hizo como nos hizo:

·         Dios es soberano y, por lo tanto, tiene la autoridad suprema para decidir cómo hacer las cosas. "Todo lo que Jehová quiere, lo hace" (Salmo 135.6), y Él "hace todas las cosas según el designio de su voluntad" (Efesios 1.11). Esto nos da la confianza de que su diseño de la mujer es excelente, porque la Biblia resalta el hecho de que la voluntad de Dios siempre es buena, agradable y perfecta (Romanos 12.2).

·         Dios es sabio y, al crear todas las cosas, hizo "todas ellas con sabiduría" (Salmo 104.24). Su conocimiento es perfecto e infinito. Nadie tuvo que enseñarle ni aconsejarle cómo hacer las cosas; tampoco nadie lo ayudó. Eso quiere decir que nadie podría haber creado las cosas mejor que Dios. Por eso tenemos la garantía de que su diseño de la mujer no se puede mejorar ni comparar con ninguna idea humana de la feminidad.

·         Dios es "bueno... y bienhechor" (Salmo 119.68), y lo dejó ver en toda su maravillosa y perfecta creación. Cuando Dios observó la creación completa, concluyó que todo "era bueno en gran manera" (Génesis 1.31). Entonces, ¡tenemos la certeza de que esto incluye a la mujer también!

·         "Dios es amor" (1 Juan 4.8), y su amor infinito e incondicional es lo que motiva cada una de sus acciones. El amor de Dios no se basa en el objeto que lo recibe, sino en sí mismo, y Él siempre da, sin lo mejor de lo mejor. Por eso Dios dijo en una ocasión: "Yo sé los planes que tengo para ustedes. Son plan para su bien, y no para su mal, para que tengan futuro lleno de esperanza" (Jeremías 29.11 RVC). Este atributo de Dios nos asegura que el diseño divino de la feminidad es perfecto, y para nuestro beneficio bendición.

Este asombroso Diseñador divino hizo a la mujer una criatura hermosa, dándole características únicas y específicas según su voluntad y para su complacencia, porque tenía en mente un propósito eterno y admirable para ella.

NUESTRO PROPÓSITO SUPREMO

Todo lo que Dios creó, lo hizo con un propósito especial y específico. Por ejemplo, Dios creó el sol, la luna y las estrellas para que "sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra" (Génesis l.14-15). En el caso del hombre y la mujer, Dios dice: "Para gloria mía los he creado" (Isaías 43.7). ¡Qué privilegio nos ha dado! Pero ¿cómo podemos darle gloria a Dios?

Cuando Dios creó al ser humano, vemos que lo hizo con especial atención y cuidado. En vez de crearlo con el poder de su palabra, como el resto de la creación, "Dios formó al hombre del polvo de la tierra" (Génesis 2.7). Cual alfarero, Él decidió hacer una obra artística a mano, y con deliberado interés hizo al ser humano "a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1.27).  

De todas sus innumerables criaturas, el hombre y la mujer son las únicas que Dios creó a su imagen y semejanza, con la finalidad de que ambos reflejaran a su Creador. Así, Dios les estaba otorgando a ambos igual valor y dignidad.

En Génesis 1.27, al usar los términos biológicos (varón y hembra), Dios está señalando que las diferencias entre los géneros tienen la intención de que el hombre refleje la imagen de Dios a través de su masculinidad y que la mujer lo haga a través de su feminidad. De esta manera, cada uno puede darle gloria a Dios y, en conjunto, presentan un cuadro de Dios más completo. Esto debe hacernos apreciar tanto la igualdad como la diversidad de los géneros.

Además, así como Dios creó todo con intención, podemos ver que también nos equipó con lo necesario para poder cumplir ese propósito.

(continuará)

Asa – un rey que hizo lo recto

 Asa – santo y obediente

Después de Salomón, Roboam y Abías reinaron sobre Judá (véase 1 Reyes 14 y 15; 2 Crónicas 12 y 13). Ambos hicieron lo malo ante los ojos del Señor. El pueblo hizo lo mismo: sirvió a dioses extraños y provocó a Dios.

Después reinó Asa. Dios declara que Asa hizo “lo bueno y lo recto ante los ojos del Señor su Dios”, como su padre David (1 Reyes 15:11; 2 Crónicas 14:1). ¿Cómo pudo lograrlo? Su corazón “fue perfecto para con el Señor toda su vida” (2 Crónicas 15:17; 1 Reyes 15:14). Asa quiso honrar a Dios, por eso puso fuera de su alcance todo lo que no pudiera agradarle. “Quitó los altares del culto extraño, y los lugares altos; quebró las imágenes, y destruyó los símbolos de Asera”; y mandó a su pueblo “que buscase al Señor… y pusiese por obra la ley y sus mandamientos” (2 Crónicas 14:3-4). Este ejemplo nos estimula a ser, nosotros también, santos y obedientes.

 

Asa da pruebas de su fe

Este hombre se fortaleció, incluso en medio de las pruebas y las dificultades. Asa fue asediado por Zera etíope. Pero en esa grave situación confió en el Señor; se apoyó en Aquel que ayuda “al que no tiene fuerzas” (2 Crónicas 14:9-11), y el Señor recompensó su confianza: deshizo a los etíopes. Así experimentó que los hombres no pueden hacer nada contra nosotros, si el Señor es por nosotros (Romanos 8:31).

Después de la batalla contra los etíopes, Asa fue animado por el profeta Azarías. “El Señor estará con vosotros, si vosotros estuviereis con él; y si le buscareis, será hallado

de vosotros” (2 Crónicas 15:2). Esto lo experimentó en el combate contra los etíopes. Nosotros también podemos asirnos de esta promesa. Si vivimos con el Señor Jesús, si

lo buscamos, él estará con nosotros; sentiremos su cercanía, gozaremos de su comunión y experimentaremos su ayuda en las diversas circunstancias de nuestra vida.

“Esforzaos vosotros, y no desfallezcan vuestras manos, pues hay recompensa para vuestra obra” (2 Crónicas 15:7). Con estas palabras el profeta seguía animando a

Asa, quien escuchó el consejo. Esto dio un nuevo impulso a su vida espiritual, y enseguida se puso manos a la obra. Valientemente quitó los ídolos abominables y renovó el altar del Señor.

¿Vive usted momentos difíciles? ¿Ve que entre los creyentes han penetrado cosas que no agradan al Señor? Entonces, ¡esfuércese y anímese! (Salmo 31:24). La resignación y la apatía no cambian nada. Y siempre debemos comenzar con nosotros mismos: ¿Hay en mi vida cosas que «molestan» y deshonran al Señor? Tal vez haya ídolos, es decir, cosas que roban al Señor el primer lugar en mi corazón y en mi vida. Si el Señor no es el centro de nuestra vida, de nuestros corazones y afectos, no somos verdaderamente libres para servir a Dios y adorarlo.

 

Asa – un modelo para su pueblo

La obediencia y firmeza de Asa fueron de bendición para su entorno. Como Asa buscaba a Dios y vivía en comunión con él, Dios estaba con él. Esto también lo vemos en lo concerniente a otros hombres de Dios. Su vida era auténtica, vivía de todo corazón para agradar a Dios, y como resultado muchos de Israel también se animaron a buscar “de todo su corazón y de toda su alma” al Señor, el Dios de sus padres (2 Crónicas 15:12).

Si obedecemos a Dios, si nuestros corazones están verdaderamente con él y vivimos en su comunión, el Señor nos concederá un profundo gozo. “Todos los de Judá se alegraron de este juramento; porque de todo su corazón lo juraban, y de toda su voluntad lo buscaban, y fue hallado de ellos” (2 Crónicas 15:15).

 

Asa – enfermo de los pies

Lamentablemente en la historia de Asa también hay una parte negativa. Tuvo un tiempo de decadencia espiritual, pues no se apoyó más en el Señor su Dios. En este mal estado espiritual no quiso escuchar las palabras de advertencia del profeta de Dios (2 Crónicas 16:10). ¿Qué consecuencias acarreó esto? Asa se enfermó gravemente de los pies.

Si descuidamos la comunión íntima y confiada con el Señor, nuestro andar se debilita, y tarde o temprano eso se manifestará. Sólo hallaremos la fuerza para vivir de una manera que honre a Dios si permanecemos en él y obedecemos su Palabra.

Ch. M.

Traducido de «Folge mir nach»

José como figura de Cristo

William Warke, 1930  

(1) José era objeto de intensa envidia de parte de aquellos a quienes buscaba. Los hombres odiaban a Jesús, pero por medio de la muerte suya en la cruz del Calvario puede ofrecer la salvación.

(2) Jacob amaba más a José que a sus hermanos, y tan pronto que éstos vieron que era amado de su padre, le odiaban aún más. Fue así también cuando el Padre envió al Hijo que amaba, pero con todo le dio a morir por ti y por mí, aunque la humanidad se opuso todavía más y procuró matar a aquel que vino para salvar.

(3) Por cuanto ponía al descubierto el pecado de sus hermanos, le odiaban más intensamente. Los hombres a su vez se alzaron en contra de Cristo porque descubría los pecados de ellos. “Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas,” Juan 3.19.

(4) Con todo, José salió en busca de aquellos hermanos suyos. El Señor Jesús salió de la presencia de Dios para nacer en pobreza e ir al Calvario por los que no le querían. El Padre vio al Hijo humillarse para poder salvarnos. Jesús “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres: y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz,” Filipenses 2.7,8.

(5) Al ver que se acercaba, sus hermanos exclamaron: “Viene el soñador. Matémosle.” Así con Cristo. Magos viajaron del Oriente a Jerusalén para indagar dónde iba nacer, porque querían adorarle. Al saber Herodes que Cristo nacería rey de su pueblo, mandó a matar a los niñitos, con el fin de no dejar vivir a Jesús. Durante su tiempo entre aquéllos a quienes Él vino a salvar, siempre hubo ese malvado deseo que se manifestó aun en el momento de su nacimiento. “Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos: y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos,” Romanos 3.15 al 18.

Cierto hombre plantó una viña y la dio en arrendamiento.; Mateo 21.33. Viajó a país lejano y al regresar envió un empleado a cobrar su porcentaje de la cosecha. Los arrendatarios golpearon al cobrador y lo despacharon sin nada. Otros recibieron el mismo trato. Entonces el dueño decidió enviar a su hijo, pensando que a él lo respetarían. Al verle, dijeron, “Este es el heredero. Matémosle.” Es, desde luego, una ilustración del corazón nuestro ante el Padre y el Hijo.

(6) Como José proporcionaría salvación para sus hermanos en la hora de su gran necesidad, así el Señor Jesús lo haría para nosotros, pero para la eternidad.

(7) Como José fue vendido por sus hermanos por veinte piezas de plata, así Jesús por treinta.

(8) Al ser vendido, José fue conducido lejos a Egipto y echado en la cárcel; Jesús a su vez fue “contado con los pecadores,” Isaías 53.12, y clavado en cruz entre dos malhechores.

(9) José es un cuadro de Cristo en su encarcelamiento con el copero y el panadero. Uno de ellos se salvó y el otro se perdió. Cada cual soñó. El copero le contó su sueño a José y éste le dijo que sería restaurado a su cargo en el palacio. El panadero se contentó y procedió a contar el sueño suyo, sólo para oir que sería decapitado.

El monarca mandó a buscar a José y le contó del sueño suyo. Nadie había podido explicarlo. Él habló de series de siete vacas y siete espigas, las cuales resultaron ser símbolos de siete años de abundancia y otros tantos de hambre. Habiendo explicado esto, José fue designado para recoger la abundancia y almacenarla para el tiempo de escasez.

(10) José fue sacado de la cárcel y nombrado segundo en el reino. En cuanto a nuestro Señor Jesucristo, “Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre,” Filipenses 2.9 al 11.

(11) En la historia del copero el vino es figura de la preciosa sangre de Cristo; quien confíe en la sangre suya será acepto con Dios, así como el copero ante el rey. La pastelería es como las así llamadas buenas obras en las cuales muchos confían, pero van a perecer juntamente con ellos. Uno de los dos malhechores en el Calvario reconoció, “Justamente padecemos,” pero el otro se burló. O sea, el primero llegó a ver que recibía lo que merecía, pero que Jesús moría por él, “el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios;” 1 Pedro 3.18. Así como el copero fue restaurado el tercer día y en ese mismo día el panadero murió, fue el tercer día que Cristo resucitó para la justificación de todo aquel que cree.

(12) Los hermanos de José se contentaron al venderle, pero llegó el momento de apuro. Faltaban alimentos. Su padre les aconsejó ir a buscar granos en Egipto, pero no sabían que iban a acudir a su propio hermano. José sabía quiénes eran, pero les acusó de ser espías. Encarcelados, tuvieron tiempo para reflexionar. “Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano,” dijo el uno al otro; “se nos demanda su sangre.” El pecado que habían ocultado, Dios lo trae delante de ellos años después. Y tú, mientras no seas salvo, pero procures decir que todo está bien, nunca tendrás paz con Dios hasta que llegues a clamar, “Verdaderamente he pecado.”

Pero se salvan todos aquellos que aceptan por fe la obra consumada en el Calvario por el “gran, mayor José” que es Jesucristo. Quien acude a él, quien confíe que Él puede satisfacer su enorme necesidad, es salvo. Faraón había mandado a buscar con José el alimento que tanta falta les hacía, y ninguno fue defraudado. Y para ti, para mí, “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos,” Hechos 4.12. Este evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

(13) Los hermanos de José no querían oírle antes, pero ahora se echan a sus pies en súplica. Los hombres no querían escuchar al Hijo de Dios, pero tendrán que doblarse ante Él en la eternidad. “Entonces comenzaréis a decir: «Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste.» Pero os dirá: «Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad.»

(14) José despachó a todos para estar solo con sus hermanos. Se dio a conocer: “Soy José.” Así fue el mensaje que recibió Saulo de Tarso en el camino cuando vio una gran luz y preguntó: “¿Quién eres, Señor?” Vino la respuesta: “Soy Jesús.” El alma que se salva recibe una revelación de Cristo, como José se reveló a los que amaba.  

He aquí mi siervo (5)

 


Alfred E. Bouter, El Señor está cerca 

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto. Isaías 53:3


Este versículo forma parte de la futura confesión de Israel que comienza en el versículo 2. En esta confesión, reconocen la falta de reconocimiento y aprecio que el Mesías experimentó cuando vino. Los líderes de Israel influenciaron a la nación, lo cual llevó a su desprecio y rechazo, y luego a su crucifixión. A pesar de su resurrección y exaltación, su testimonio fue rechazado, y esto se repetirá en un futuro cercano cuando muchos de su pueblo acudan a un falso mesías. Jesús ya había predicho este rechazo final (véase Jn. 5:43). De hecho, él fue, es y será despreciado, rechazado y abandonado. ¡Ciertamente es el “Varón de dolores, experimentado en quebranto”!

Es difícil imaginar lo que significó para nuestro Señor, siendo él puro, justo y bueno, estar rodeado de toda clase de pecadores, rebeldes y blasfemos. Aunque Israel ha sufrido mucho, nada se compara con los sufrimientos que tuvo que soportar el Varón de dolores. Fue incomprendido desde su niñez y rechazado durante su ministerio en la tierra. Al final, fue maltratado injustamente cuando enfrentó los juicios injustos de los hombres, pero especialmente cuando fue clavado en la cruz. Padeció enormes sufrimientos a manos de los hombres. Sin embargo, su mayor sufrimiento fue durante las tres horas de tinieblas, cuando padeció el juicio de Dios por el pecado. Este sufrimiento fue algo indescriptible.

Jesús, al ponerse en el lugar del hombre y enfrentar la ira de Dios, sufrió penas insondables e irrepetibles. A lo largo de su vida, él experimentó sufrimientos físicos, mentales, emocionales y de muchas otras formas. Como el Gran Médico que sanaba a las personas, experimentó en su propia alma toda la miseria, enfermedad y aflicción que el pecado causaba en los demás. En la cruz, Jesús tomó sobre sí esos pecados, los reconoció uno por uno, los llevó en su propio cuerpo y los expió por completo. Como nuestro Sustituto, el Justo que sufrió por los injustos (1 P. 3:18), él resolvió de manera total el problema del pecado, satisfaciendo así a un Dios santo y justo.

Continuará

Nuestra suficiencia es Dios

 

Obediencia, reverencia, conciencia, diligencia

Estas cuatro huellas son marcas esenciales que deben mostrar todos los que son discípulos de Cristo. Son frutos ante Dios y ante los ojos de los hombres que han experimentado un nuevo nacimiento.

 


· La primera marca de uno que profesa una religión pura es la obediencia.

Pedro nos escribe con lujo de detalles los diferentes caracteres de la obediencia. Somos elegidos para obedecer. (1 Pedro 1:2) Por nuestra obediencia somos purificados. (1 Pedro 1:14) Por la obediencia a las leyes y a los gobernantes granjeamos alabanza a los que hacen bien. (1 Pedro 2:13,14) Hay la obediencia del empleado al patrón para tener buena conciencia delante de Dios. (1 Pedro 2:18,19) Hay la obediencia de la esposa a su marido en el Señor. (1 Pedro 3:6) Hay la obediencia a Cristo, de los ángeles, las autoridades y potestades en los cielos. (1 Pedro 3:22) Hay la perdición irremisible para los que no obedecen al evangelio de Dios. (1 Pedro 4:17) En fin, hay la obediencia de los jóvenes a los ancianos. (1 Pedro 5:5)

¡Qué ejemplo nos da el Señor! Toda su vida estaba sumiso a la voluntad de su Padre. “Yo hago siempre lo que le agrada” y su obediencia fue tan implícita que se hizo “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Juan 8:29, Filipenses 2:8) La porción del Señor, en la cual encuentra meollo, es la obediencia de su pueblo. “No se deleita en la fuerza del caballo, ni se complace en la agilidad del hombre. Se complace Jehová en los que le temen, y los que esperan en su misericordia”. (Salmo 147:10,11) ¡Cómo se enternece su corazón cuando hay la desobediencia deliberada! ¡“Oh, si me hubiera oído mi pueblo y si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos, y vuelto mi mano contra sus adversarios”. (Salmo 81:13,14)

· La segunda marca de uno que profesa una religión pura es la reverencia.

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse. Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios”. (Santiago 1:19,20) Si el hombre guarda silencio es oportunidad para Dios obrar. Si el hombre está en soberbia, Dios calla, pero obra conforme a su voluntad. “Mi santuario tendréis en reverencia. Yo Jehová.” Siglos después otro escribió: “La santidad conviene a tu casa”. (Levítico 19:30, Salmo 93:5)

Es necesario tener más celo en cuanto a nuestra conducta en la casa de Dios. Hay casos frecuentes cuando creyentes han tenido el pecado en embrión, por lo cual algunos hermanos que lo saben son escandalizados; con todo eso, el tal creyente llega al culto y es el primero en abrir el culto con himno, o se atreve a enseñar al pueblo del Señor. Otros han pecado con la esposa, y sin arreglo ninguno van al culto a tomar ejercicio. Es irreverente la hermana que habiéndose mochado el cabello vaya a la casa de Dios donde “los serafines cubren sus rostros y sus pies”. Es irreverente en la casa de Dios la ostentación y mundanalidad por medio de modas y adornos que le restan contemplación al Señor.

Salomón y Pablo coinciden respecto a la reverencia que se debe guardar en la casa de Dios: “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie, y acércate más para oír que para dar el sacrificio de los necios, porque no saben que hacen mal”. “Para que, si tardo, sepas cómo debe conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. (Eclesiastés 5:1,2, 1 Timoteo 3:15)

La sincera reverencia es la expresión de un corazón agradecido por la condescendencia del Dios infinito en habitar con los hombres; y a esto se une el cúmulo de sus beneficios con que nos colma cada día.

· La tercera marca del que profesa una religión pura es la buena conciencia.

“Desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas”. (Santiago 1:21) La mala conciencia forma su juicio de sí mismo, y no admite el discernimiento de la palabra de Dios; da pábulo a la crítica, murmura de los predicadores. Tiene un ojo impúdico, anda mirando en la congregación a quien echarle el gancho de los amores carnales.

El asunto que más afecta a hipócritas es hablar de la conciencia; ellos juzgan a los demás por su mismo proceder. Pablo dijo en el concilio: “Yo con buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy”. La palabra llegó hasta el mismo corazón del sumo sacerdote Ananías; herido su orgullo, “ordenó a los que estaban junto a él, golpeándose a Pablo en la boca”. (Hechos 23:1,2)

¿Cómo se puede ir a la casa de Dios a ofrecer sacrificio sin pedir perdón al hermano ofendido? La buena conciencia demanda perdón para los que nos ofenden (Marcos 11:25,26); limpieza en el ministerio que desempeñamos (2 Corintios 4:1,2); honradez en el manejo de los intereses del Señor (2 Corintios 6:20,21); testimonio a Cristo, de su muerte y su resurrección; respaldo a la palabra con la conducta (Hechos 24:15,16).

· La cuarta marca del que profesa una religión pura es la diligencia.

“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”. “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo”. (Santiago 1:22,27) Oído diligente, servicio diligente, andar diligente. En nosotros mismos hay un enemigo de la diligencia, y es nuestro hombre viejo. (Romanos 8:7) Si no somos activos para aguijonear la carne, perdemos el culto, o la mitad del culto. Si no nos sobreponemos mediante concentración e interés, perdemos la enseñanza y olvidamos las experiencias. Muchas vidas hay arruinadas por la negligencia; se han acostumbrado a no trabajar; se contentan con vivir en la miseria y habitar en una miseria: “El indolente ni aun asará lo que ha cazado; pero haber precioso del hombre es la diligencia”. (Proverbios 12:27)

La falta de diligencia afecta el amor, enferma el cuerpo, arruina los sentimientos y puede matar el alma. La diligencia es práctica y activa con hechos y oración. Empieza conmigo, con los míos, con mi casa, sigue con mis hermanos en el Señor, y sigue con mis prójimos hasta terminar en el amor fraternal: “Poniendo toda diligencia por esto mismo añadid a vuestra fe virtud”. “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado”. “Por tanto es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos”. (2 Pedro 1:5-7, 1 Timoteo 2:15, Hebreos 2:1)

 José Naranjo


Pastorear y apacentar

 



Pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes… tampoco como teniendo señorío sobre los que les han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño. 1 Pedro 5:2–3


Pastorear y apacentar (alimentar) son términos profundamente relacionados, lo que nos puede dar lecciones muy valiosas.

En primer lugar, no podemos alimen-tar a otros si nosotros mismos estamos desnutridos. Es crucial alimentarse adecuadamente con la Palabra de Dios para poder ayudar a los demás. A lo largo de la historia, el rebaño de Dios ha sufrido debido a pastores mal alimentados. Un buen pastor debe conocer primero los pastos para luego conducir a su rebaño a ellos. David se sentía feliz porque su Pastor lo hacía descansar en delicados pastos y junto a aguas de reposo.

En segundo lugar, pastorear también implica restaurar a las ovejas descarriadas, algo que es inherente en ellas. Como dijo Isaías: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” (Is. 53:6). Pedro escribió: “Vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas” (1 P. 2:25). Sin embargo, más conmovedoras son las propias palabras del Señor Jesús: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso” (Lc. 15:4–5).

En tercer lugar, pastorear demanda preocupación, compasión y compromiso. Requiere amor a las ovejas a pesar de su tendencia a desviarse del camino. David, siendo pastor, conocía bien a las ovejas, pero también se reconocía a sí mismo como una oveja en el rebaño de Dios, y por eso habló de su propio Pastor: “Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” (Sal. 23:3).

¡Aprendamos de las enseñanzas de nuestro Buen Pastor, quien dio su vida por las ovejas!

A. M. Behnam