martes, 26 de mayo de 2026

LA MIRADA DE CRISTO


 Hay una diferencia entre la regeneración por el Espíritu y la presencia del Espíritu como un sello. Es preciso haber creído antes para que Dios pueda poner su sello sobre una persona. El Espíritu puede actuar con anticipación, como por ejemplo hace al quebrantar el corazón antes de nacer la fe, pero no lo hace como sello. Unas veces el poder del Espíritu produce frutos en nosotros, y en otras nos hace humillarnos para que seamos conscientes de lo bueno y lo malo, pero esto no es gozo. La realidad es que esta obra es mucho más inmensa que el propio gozo, pues a veces vemos cosas en nosotros que no hemos juzgado delante de Dios a causa del gozo. Cuando Dios nos da a disfrutar del verdadero objeto para que de veras gocemos de él, quebranta nuestro corazón para que la obra sea más intensa. El Espíritu nos hace ser conscientes de las cosas que no son conforme a Dios, y este conocimiento de nuestro yo es necesario que lo tengamos a fin de poder conocer a Dios. No me refiero a que si anduviéramos tal como es su deseo no podría llevarse a cabo esta obra sin la pérdida del gozo; pero este no es el caso del cristiano. Se hace necesario para Dios volvernos hacia Él y que obre en nosotros para que nos demos cuenta de lo mucho que nuestra negligencia estorba la mirada.

No debería sorprendernos que Dios quiera mostrarnos tal como somos; y esto da lugar a que en ocasiones no veamos a Dios porque Él hace que nos veamos a nosotros mismos. Muchas personas creen que la seguridad que tenemos, total e inquebrantable, de nuestra salvación, nos lleva a descuidar el estado de nuestras almas; sin embargo, esto es un error. El Espíritu Santo ha puesto su trono en nuestros corazones, y si nos juzgamos a nosotros mismos no seremos juzgados, ya que es Él quien hace que gocemos de Dios y que juzguemos las cosas en nosotros que no son divinas. Dios también juzga la conducta y el corazón por su Espíritu, lo que no impide que este Espíritu sea el sello que Dios nos ha dado como testimonio de su perfecto e inmutable amor hacia nosotros, de la fuerza de una vida de libertad y del Espíritu de adopción.

J.N. Darby,Revista Fe

HE AQUÍ MI SIERVO (2)

 


He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu. Isaías 42:1


En los capítulos 40 a 48 del libro de Isaías, Dios le habla a Israel acerca de su idolatría. Se trataba de un problema prevalente en medio de ellos. La idolatría gobernó el corazón del pueblo y caracterizó sus caminos a lo largo de toda su historia, ya sea en Egipto, en el desierto o en la tierra prometida, tal como testificó solemnemente Esteban ante los líderes de Israel (véase Hch. 7). Su infidelidad y alejamiento del Dios vivo, manifestados en su servicio a los ídolos o los falsos dioses, contrastó grandemente con el verdadero Siervo de Dios. Israel había sustituido a Dios en sus corazones, alejándose del Señor para servir a una multitud de ídolos.

Cuando el Señor Jesús vino, él ocupó el lugar de Israel como Siervo, y cumplió los planes de Dios con respecto a su pueblo. Sirviendo a Dios con un amor genuino, Jesús vino como el verdadero Israel: “Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré” (Is. 49:3). El pueblo terrenal de Dios, Israel, fue sacado de Egipto como una vid (véase Sal. 80:8) para que diera fruto para Dios, pero fracasó completamente (véase Is. 5:1–2). Entonces vino el Mesías, ocupando el lugar de Israel, para ser el verdadero Siervo y la Vid verdadera (Jn. 15:1–5).

            En las cuatro profecías de Isaías acerca de este Siervo fiel y admirable, el profeta utiliza la palabra “siervo” en siete ocasiones (Is. 42:1; 49:3, 5, 6; 50:10; 52:13; 53:11). El Tárgum, que es una interpretación en arameo de la Ley y los profetas, parafraseó el texto de Isaías 52:13, añadiendo la expresión ‘el Mesías’ junto a “mi Siervo”. Sin embargo, no se hizo lo mismo en Isaías 53:11, aunque ese versículo claramente también hablaba del Mesías. Es claro que las siete referencias hablan de Jesús, el Mesías. Otros pasajes en Isaías mencionan la palabra “siervo”, pero haciendo referencia a la nación en su fracaso o, en ocasiones, a un remanente entre ellos. El bendito Mesías sirvió a Dios con total consagración, y luego se entregó como el Sacrificio supremo, algo que nadie más pudo ni podrá hacer jamás.  
Alfred E. Bouter, El Señor está cerca 
Continuará

Sugerencias que preceden al matrimonio en el Señor

 


Creo que tengo razón justificado para escribir de algunas experiencias acerca del matrimonio, ya que he pasado treinta años de mi vida atado a ese eslabón que tuvo su principio en el Edén, eslabón caldeado con la aprobación y bendición de Dios.

Siendo asunto delicado, quiero empezar por advertir al joven y a la joven que deben proceder con cordura para no casarse tan jóvenes. Son muchos los que pierden oportunidades valiosas en la vida, y un servicio de gran rendimiento al Señor por contraer matrimonios demasiado jóvenes. Algunos a los cinco años de matrimonio, habiéndose casado a los veinte años, ya tienen cuatro hijos.

Cuando sea llegado el tiempo para el matrimonio, de seguro que el hermano debe tener mucho ejercicio de oración delante del Señor para no ser engañado, equivocado, decepcionado. La generalidad de los hebreos no tenía esa piedad; por la permisión de Moisés cualquier judío tomaba mujer, y si hallaba en ella algo que le desagradaba, podía darle carta de divorcio y despedirla de su casa, rompiendo en esa forma el eslabón que Dios formó; Deuteronomio 24:1-4. Era grandemente desmoralizado el matrimonio. La mujer era tenida como piltrafa del mercado que se podía devolver para vender a otro.

Un gran cambio y muy elevada responsabilidad hay en la gracia. La mujer en el matrimonio es elevada en igualdad, reina en su hogar, que se sujeta y reconoce a su marido como cabeza del hogar. El cristiano temeroso reverencia el mandamiento del Señor: “Lo que Dios juntó no lo separe el hombre”. (Mateo 19:3-12)

Entonces, llegado el tiempo para el hombre casarse, procede a buscar esposa. En el Señor no es correcto que el hermano esté probando y enamorando acá y allá a muchas hermanas. El hermano busca la mujer idónea, una hermana espiritual, y la observa en sus modales y carácter, en su cuido personal sin ostentación y vanidad. Se informa si es una mujer enferma; qué reverencia muestra por la palabra de Dios en el culto. Se prueba por ciertas preguntas si es inteligente, si no tiene memoria atrasada. Con estas observaciones exteriores, se sigue a las observaciones hogareñas. No es que es un espía ni un fiscal, pero, si en una cosa de menos valor —sea una casa, un negocio o un carro que vamos a comprar— se buscan los defectos, ¡cuánto más se debe usar sabiduría para hallar la mujer que va a cooperar en mi felicidad por toda la vida!

Creo que la mujer que busca el hermano por esposo no será una niña de esas que no lavan un pañuelo y dejan la loza sucia amontonada en el lavaplatos. Al llegar a la casa, el hermano se fija si la casa está barrida, si el polvo está pegado a las puertas y ventanas, si las lámparas están cubiertas de tela de araña. En cierto lugar fui con otro siervo del Señor a visitar una familia de creyentes. Llegamos a las 10:45 de la mañana. Yo conocía la familia. La casa estaba completamente sucia arriba y abajo. La señora y dos niños nos recibieron; a poco salió una señorita que me presentaron, la hija mayor del matrimonio. “¿Cuántos años tiene usted?”, le pregunté. “Dieciséis años”. “Oiga; ya usted es una señorita que aspira más tarde formar también un hogar. Una muchacha de su edad procura asear su casa para que sea atraído el galán que le va a elegir por esposa”. A la muchacha le dio pena y quiso excusarse con los hermanitos menores, con los estudios y con los oficios. Nada de eso justifica el descuido.

“Si eso es con un kilo, ¿qué será con un quintal?” “Aun el muchacho es conocido por sus hechos, si su obra fuere limpia y recta”. (Proverbios 20:11) Cualquier juicio ligero de estos pensamientos induce a pensar que el hermano está buscando esposa perfecta, pero lo que se busca es armonía perfecta.

Bien. Es ahora a la hermana que le toca escoger. Son varias las descalificaciones para rehusar el compromiso con un hombre. Ella lo mide por su espiritualidad; si se para en oración las noches de culto, si es precipitado o prudente en los cultos de estudio, si es descuidado en su aseo personal. El mal aliento proviene de tres factores: dientes sucios, lengua sucia y estómago perezoso. ¿Se peina? ¿Es aseado en la ropa y los zapatos? ¿Qué tal su conversación? ¿Es enfermo, es gafo? La mujer procurará que su esposa sea un poco mayor que ella, aunque hay casos de excepciones cuando la mujer es mayor que el marido y son matrimonios felices.

 Estas mutuas investigaciones convienen en una prudencia santa. No es para enrostrar a ninguno sus defectos, ya que a unos nos hizo Dios así, y a otros así.

Nunca he estado de acuerdo con esos matrimonios a prueba de tiempo, ni tampoco en las carreras para casarse sin debido entrenamiento o conocimiento exterior de caracteres y costumbres.

Si las instituciones autorizadas hicieran una investigación exhaustiva respecto al aumento del divorcio, de la inestabilidad del mutuo contrato del matrimonio, de la violación moral de la familia, y de la consecuente bancarrota moral en el futuro de los hijos, lo hallarán en esas sociedades modernas que han hecho un chantaje del matrimonio por medio de correspondencia. Miles de cartas se dirigen hoy día más o menos así: “Deseo relacionarme con fines serios con una mujer de X edad, que está resuelta a casarse pronto”. “Con fines serios deseo relacionarme con caballero de X edad, soltero, etc., etc.” De cierto que, de esos matrimonios, cinco por cien pueden terminar bien.

Entre una de las cosas principales que la mujer debe saber es que el que la pretende para casarse es un hombre que le gusta y tiene amor al trabajo. Recuerdo que hace cierto tiempo una evangélica cayó en la trampa de un seductor. Después que se casó con el individuo, empezó a notar que al hombre no le gustaba trabajar. Cierto día ella le reclamó su negligencia y él le dio por contesta: “Yo me he casado con una evangélica porque las evangélicas son mujeres trabajadoras. Siga usted trabajando y no se preocupe tanto porque yo trabaje”.

Habiéndose conocido de cerca exteriormente los novios, entonces proceden a realizar su compromiso ante los padres de ambos y los ancianos de la iglesia. No soy de parecer de que un hermano vaya a los ancianos a avisarles que se va a enamorar de tal o cual hermana. Evitando confianza íntima, licencias y carnalidades, el hermano puede observar y conocer la mujer que le gusta, lo mismo la hermana al varón, y al corresponderse ambos, entonces sí deben avisar a los ancianos. Así se evitaría de unos compromisos informales que enamorados han hecho ante los ancianos, y éstos después han sido burlados porque los tales no han llegado a casarse.

En el tiempo suficiente del conocimiento del uno al otro habrá pruebas suficientes para continuar o terminar sus amores; así no habrá resentimiento de ningún tercero. Grave es la responsabilidad después que formalizan su compromiso con los padres y ancianos de la iglesia. Si por negligencia, indiferencia o inconstancia el hermano no cumple su compromiso, él o ella debe ser disciplinado.

Para evitar mutuas acusaciones después de casados, es justo que los novios salgan juntos a comprar sus enseres para la casa, pero en su salida, para evitar los malos entendidos, es mejor hacerse acompañar por una de las madres si es posible. La madre no se meterá en los gustos; solamente aconsejará todo lo económico posible.

La cosa primera en el matrimonio y que corresponde al hombre es la casa donde han de vivir los desposados. Aun los animales nos dan ejemplo, y la palabra de Dios es autoridad principal. “Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se un irá a su mujer, y serán una sola carne”. (Génesis 2:24) Mejor es tener su casa, sea propia o alquilada. Hay que considerar las penas morales que pasa una joven al entrar a vivir con una nueva familia. Se halla estrecha, cohibida, apenaba. Se necesita tiempo, años, para una adaptación sin olvidar por completo costumbres que le son filiales. Si la esposa es humilde, en vez de ser reina, viene a ser sierva de sus suegros, de sus cuñados y de su esposo; si es orgullosa, empezarán los reclamos que terminarán en pleitos.

No digo mucho en cuanto a ciertas reuniones sociales antes del matrimonio, porque no estoy de acuerdo con ello; esto es, despedida de soltero y cruce de aros. Tales reuniones son con el fin de derrochar. Algunos ponen la excusa de un culto, pero su falta de espiritualidad queda manifiesta cuando se casan día sábado en la noche. Se lleva la esposa y no aparecen en la cena del Señor. En cuanto a los aros, ellos tienen su momento muy conspicuo la noche de las bodas. Ha habido casos de matrimonios que han quedado con largas cuentas contraídas desde el día de su matrimonio.

El matrimonio en el Señor debe contribuir con su ofrenda, disponiendo de sus ahorros para ayudar la obra del Señor; no deben olvidar al atender a sus propias necesidades recompensar a sus padres. Muchos son los que descuidan estos privilegios y eventualmente sufren pérdidas por enfermedades en la familia o por malos negocios.

Llegando el momento para fijar fecha para su matrimonio, hay los que gastan demasiado dinero en ostentar tarjetas que sirven sólo una vez y terminan en la cesta de la basura. Hay tarjetas bonitas sin pecar de vanidad que resultan económicas. Todo hermano prudente ya ha fijado con antelación los gastos de su matrimonio. Estoy escribiendo a los jóvenes mayormente. No es asunto mío meterme a la clase de obsequios que hará un matrimonio, pero con experiencia de buen observador he sabido de algunos matrimonios donde se ha hecho desperdicio que han tenido que tirar el siguiente día. “El justo da, y no desperdicia”. (Proverbios 21:26)

Llegado el día del matrimonio debe haber un hermano de suficiente carácter para llevar el cargo de maestresala. (Juan 2:7-10) Este hermano será de mucha ayuda para darle orden y sociabilidad cristiana al acto. Ha sucedido en matrimonios de creyentes que, a falta de vigilancia, familiares inconversos de alguno de los cónyuges han metido clandestinamente bebidas embriagantes la noche de bodas. Si los invitados inconversos quieren tomar licor, que lo temen en la calle y no en la casa de los creyentes. “Hágase todo decentemente y con orden”. (1 Corintios 14:40)

El matrimonio en el Señor debe ser decente, honesto, sencillo. Es cuando entra la comunión con el mundo que se excluyen las normas de la sana doctrina.

La novia de hoy (las evangélicas también) tiene que ir a una peluquería para hacerse un soberbio “mogote” con el cabello. En esto entra la reparación de las cejas y cierto colorido en los carrillos, pintura natural en las uñas y un disimulado cosmético en las cejas a estilo “Jezabel”. ¡Dígame el gasto que se hacen algunas en dama de honor y poses fotográficas! Vanidad de vanidades.

Llama la atención también que, entre muchos inconversos invitados a un matrimonio, un gran número de ellos se quedan en la casa de las bodas y no van al culto. Esos gustan más la Pepsi-Cola, las tortas, los dulces, las bebidas y las charlas livianas que oír el mensaje de la palabra de Dios.

En fin, ya los hermanos se han casado, y ahora viene la formación del hogar y el conocimiento mutuo de la vida íntima. “Vosotros maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo”. (1 Pedro 3:7) “La mujer sabia edifica su casa; más la necia con sus manos la derriba”. (Proverbios 14:1)

No hay matrimonio perfecto, sólo el de Apocalipsis 19:7,8. Inconvenientes no faltarán; habrá reclamos. Un matrimonio llega a friccionarse y trascender en dificultades mayores cuando se descubre el orgullo que estaba disfrazando.

En un matrimonio pueden suscitarse pleitos porque el esposo reclama por varias veces una cosa; por ejemplo, “Fulana, no le has pegado el botón a la camisa”. La mujer se le olvida o no lo quiere hacer. Otro día el marido reclama el mismo asunto, pero con tono áspero. La mujer le contesta áspero también: “¿Y tú no tienes manos? ¿No puedes pegar ese botón tú también?” El marido llega y reclama: “He llegado varias veces ese chorro de agua abierto sin necesidad”. Entonces la mujer contesta: “¡Pero caramba! que usted siempre tiene algo que reclamar!” Yo digo que ese hombre está sosteniendo una explosión, pues la mujer lo provoca. Esas son las mujeres que derriban su casa; contribuyen a que el marido encuentre mejor ambiente afuera que en su propia casa. Quiero terminar con estas sugerencias. Mucho propende a la felicidad del matrimonio cuando el marido es responsable en proveer a las necesidades de su casa.

Centro básico y fundamental de las relaciones maritales, donde se estabilizan las consideraciones recíprocamente pacíficas. El matrimonio fue creado, aprobado y establecido por Dios para el consuelo, desahogo, reposición de fuerzas gastadas, y especialmente para el amor creativo que sólo se halla en el dulce hogar del matrimonio.

Nunca sabremos el tiempo de felicidad perfecta que gozaron Adán y Eva en su matrimonio, aunque para ellos mientras no había transgresión no existía el tiempo. Ellos vivieron el uno para el otro dentro de los linderos del Edén. También en su desgracia por causa del pecado de desobediencia, supieron corresponderse y guardarse en fidelidad, llevando a cabo el honor a su palabra: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne: Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. (Génesis 2:23,24)

Entre muchas cosas que propenden a la felicidad del matrimonio, voy a citar cuatro:

 

(i) Las cosas cambiaron fuera del Paraíso; si en la abundancia fueron felices, en la escasez lo deben ser también. Hay algunos matrimonios que sin tener la suficiente provisión les viene el mal deseo de figurar, por vanidad, por envidia o por imitación; quieren ser grandes. Aquí es donde se transpone la conformidad. Alguno dijo: “Yo vine a ser feliz cuando abandoné el deseo de ser grande”. El lujo y las pompas afectadas desplazan la conformidad

 

(ii) “Ninguno aborreció su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia”. (Efesios 5:29) Hasta hace pocos años se decía que el matrimonio es de arriba, pero la ruina moral en que ha caído la sociedad ha cambiado el pudor, la modestia y las buenas costumbres. Pocos son los que buscan esposa por amor verdadero; pocos son los que esperan en Dios para el escogimiento de un buen esposo, o una buena esposa.

Para mostrar solamente una hoja, hace poco que salió un aviso en el periódico: “Evangélica, mi llamado es para un caballero evangélico: Hermano, si te encuentras solo como yo, y deseas tener un hogar lleno de amor, cariño y ternura, escríbeme. No importa si tienes un hijo pequeño. Te deseo entre 35/45 años para que seamos unidos en matrimonio como lo manda Dios. Contesta a corazón con amor.” Ahora es el venado que persigue al cazador; la oveja que pastorea al pastor. La audacia de esa señora, es decir, “como manda Dios”. ¿Por qué escogió el adjetivo evangélica? ¿Por qué no llamó Tamar o Mesalina?

Cuántos años han pasado. Cómo se esparce el evangelio, y hay multitudes entre los llamados cristianos que son confundidos; no han llegado a conocer las funciones que llena el matrimonio. Aún hay evangélicos que tiene el matrimonio como una farsa, una mampara para llenar una etiqueta social o una necesidad biológica. El matrimonio es un contrato espiritual inquebrantable; es una sociedad vitalicia, la unidad de dos seres que se aman en Cristo. “Los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos sino uno”. (Marcos 10:8)

 

(iii) Así como todos los miembros colaboran para la formación y ejercicio del cuerpo, dependiendo todos de la dirección de la cabeza, la iglesia también, redimida por la sangre de Cristo, vino a ser parte integral de su cuerpo, compuesta por muchos miembros y sujeta a la cabeza. Cristo en el cielo la sustenta, la gobierna y la edifica. Así el matrimonio por la colaboración de ambos en sus responsabilidades, quienes mantienen el nivel espiritual de su devoción al Señor, levanta el estandarte de su posición económica e instruyen a sus hijos en la carrera de su fe de tal modo que la bendición alcanzará hasta la tercera generación. También un matrimonio es bendecido por su ayuda práctica que dan a su asamblea con su presencia en los cultos, por su ofrenda generosa de amor, por la simpatía de su buen vivir con los vecinos y por practicar el principio bíblico de la hospitalidad. (2 Reyes 4:8-10, Hebreos 13:1,2)

 

(iv) Un matrimonio debe sembrar y cosechar de su propia experiencia. “Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer”. (Génesis 2:24) Los animales nos enseñan su sabiduría. Se dice del águila que cuando el aguilucho no quiere salir del nido, le mete espinas en el nido, para que fuera a volar y a preparar su propio nido.

Debe ser una nueva familia gobernada por una sola cabeza, el marido, con su mujer y sus hijos. Los suegros en ninguna manera son olvidados o abandonados. Creo que temas de más importancia que afectan al matrimonio se dejaron de escribir en este artículo por falta de espacio.

José Naranjo

La Mujer que agrada a Dios (11)

 

Libertad: La Falsa y la Verdadera

Fay Smart y Jean Young


Tal parece que hay dos grupos principales sosteniendo una posición feminista, cada uno tratando dé redefinir el rol de la mujer en relación con la sociedad, con el mundo del trabajo y con su familia.

La feminista que no es cristiana en gran medida pasa por alto la perspectiva bíblica. Históricamente los períodos abolicionista y sufragista serían considerados como el principio del movimiento para la liberación de la mujer. El abolicionismo buscaba ganar derechos para los esclavos y luego para las mujeres, iguales a los que disfrutaban los hombres. El sufragismo buscaba iguales derechos para la mujer en la esfera política, particularmente, al principio, el privilegio de votar. Una vez que esto se obtuvo vino el movimiento para lograr igualdad en las oportunidades educativas y profesionales. Las proponentes de este movimiento de liberación argumentaban que algunas mujeres son tan inteligentes como los hombres y, estando así dotadas, deben tener oportunidades para su uso y desarrollo. Varios factores se combinaron para ayudar a la posición feminista en esta área. Los empleos que quedaron vacantes cuando los hombres fueron al servicio militar durante las últimas guerras fueron eficientemente ocupados por mujeres. La difícil situación económica reclamaba un segundo ingreso para hacer frente a las necesidades de la familia. Algunas mujeres empezaron a expresarse en las artes, algunas veces bajo un pseudónimo para obtener publicación. La presión política subió hasta hacerse sentir en los legisladores.

A medida que el movimiento ganaba popularidad, otras áreas se reevaluaron, incluyendo el rol de la esposa que trabaja fuera del hogar. Las mujeres argumentaban: "Si es que trabajo tantas horas como mi marido, si es que estoy tan cansada como él cuando regreso del trabajo al hogar, entonces debemos compartir las tareas domésticas." Así es que se esperaba que el marido compartiera en hacer las compras, en la preparación de la comida, en el cuidado del niño, en la limpieza de la casa, etc. Esto condujo al concepto de la igualdad en el matrimonio: compartir en igualdad las decisiones y las responsabilidades, con poca distinción en las funciones del marido y la esposa. El concepto del hogar patriarcal era muy restrictivo para la mujer liberada. Ella quería ser libre para buscar la clase de empleo que ella deseaba. Expresiones como hombre chauvinista comenzaron a usarse para designar a los hombres que supuestamente humillaban a las mujeres y las querían restringir a las tareas y la esfera del hogar.

Algunos de los objetivos feministas son deseables. Por ejemplo, la mayoría de nosotras estaría de acuerdo que igual remuneración se reciba por igual trabajo, sea este hecho por un hombre o una mujer. De la misma manera, el objetivo de darle dignidad a la posición de mujer es atractivo para muchas.

La feminista cristiana recoge muchos de los asuntos del movimiento secular, pero busca encontrar el respaldo escritural para la posición tomada. Algunas afirman que las Escrituras respaldan la tesis de igualdad de la mujer con el hombre y citan ciertos pasajes de su selección. Otras dicen que las Escrituras dan solamente principios y que éstos deben considerarse en el contexto de hoy y que mandatos dados a iglesias del primer siglo no son necesariamente vigentes para los cristianos del siglo 21, debido a diferencias en las condiciones y las culturas. Algunas veces dicen que la Biblia es progresiva y afirman que escritores como Pablo maduraban en sus relaciones con las mujeres. Es extraño su silencio sobre la doctrina de inspiración de las Escrituras (2 Ti. 3:16).

Lo que más inquieta a las feministas cristianas es la falta de oportunidad para ejercitar sus dones ya que no se les permite la predicación en público, Piensan que se les mira con un aire de desprecio y que se discrimina contra ellas. Dicen que la Biblia no hace distinción entre los hombres y las mujeres en cuanto a los dones espirituales, y tienen toda la razón en esto. En los pasajes relacionados con los dones espirituales no se encuentra un don que sea exclusivamente para hombres (véase I Corintios 12). Pero el Señor de la iglesia sí hace distinción entre los hombres y las mujeres cuando se llega al uso de los dones en las reuniones de su pueblo y ciertamente tiene el derecho de hacerlo así. Como estudiaremos el tema de dones espirituales en la lección doce, dejaremos una discusión más amplia de esto para entonces.

Portavoces de las feministas cristianas se molestan cuando se habla acerca de la sujeción que se requiere de las esposas en la relación jerárquica del matrimonio. Se oponen a la autoridad del hombre. Dicen que la sujeción no es bíblica, con la excepción de que todos los cristianos deben estar sujetos unos a otros. Retienen Efesios 5:21 pero rechazan el versículo 22. Ven la relación tradicional del matrimonio como una calle con el tránsito en una sola dirección, con las mujeres haciendo todas las concesiones, sujetándose, cediendo, renunciando a sus derechos, Ellas   reclaman igualdad en todas las áreas de la vida, incluyendo el matrimonio la comercial o profesional y el ministerio en la iglesia, Esto es evidente en la demanda actual para la ordenación de la mujer al ministerio cristiano,

Un argumento común de todas las feministas es que a los niños y a las niñas se les instruye sobre sus roles sexuales desde la infancia: se les acondiciona para que se comporten como niños (más tarde hombres) y como niñas (más tarde mujeres). Dicen que esta enseñanza de los roles sexuales tiene como base el concepto antiguo de la mujer delicada, emocional, maternal y un tanto desvalida en un mundo que pertenece a los hombres. Por el otro lado, se enseña que el hombre es el proveedor, fuerte, superior, sobresaliendo en el deporte y en conocimientos mecanismos que este estereotipo es artificial. ¿Lo es? ¿No tienen valor las distinciones fisiológicas?

El lema es "Liberación". Dicen que la mujer debe liberarse del estereotipo sexual, de la autoridad del hombre, del rol típico de ama de casa y que la mujer debe realizar su potencial en cada área de la vida. Para esto las feministas cristianas alegan tener respaldo bíblico. Le acreditan a Pablo (a pesar de acusarlo a veces de chauvinista y de deplorar su crianza judaica) el promover la idea de unisex cuando escribió. "No hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gá. 3:28).

¿Será posible que Pablo cambiará de opinión, escribiendo una cosa en una carta y algo distinto en otra? ¿No escribió todo bajo el control del Espíritu Santo? ¿O es que las feministas escogen y seleccionan entre las declaraciones de Pablo: "Estas aceptamos; éstas rechazamos"? ¿Qué autoridad tiene alguien de pasar juicio sobre la Palabra de Dios decidiendo lo que viene de Dios y lo que simplemente viene de Pablo? Hasta que no reconozcamos que la Biblia tiene autoridad, toda ella, no tendremos una autoridad confiable como fundamento de nuestras vidas. Un estudio cuidadoso de los contextos de los versículos usados por las feministas disipará las dudas de que Pablo cambió su enseñanza y nos mostrará que lo que escribió fue palabra del Señor (l Co. 14:37).

La liberación cristiana es la que tiene la mujer que acepta la Biblia en su totalidad como la Palabra de Dios y busca obedecer los mandatos de Dios al pie de la letra. La verdadera libertad es el resultado de obediencia. No tenemos derecho de poner en tela de duda los mandatos de Dios ni de poner signos de interrogación donde Dios ha puesto un punto.

Un proverbio chino relata de dos hombres que, caminando por la ribera de un río, vieron un árbol particularmente hermoso. Uno de los hombres comentó que el pobre árbol no podía moverse de ese sitio. ¡Ciertamente aquel árbol debería de ser libre! Así que lo sacaron de raíz para dejarlo libre. En su lugar asignado, el árbol fue libre y hermoso, pero murió al salir de él. De igual manera somos libres, gozosamente libres, cuando obedecemos el plan de Dios y aceptamos el rol que nos ha designado. Mientras el tren permanece sobre sus rieles es libre de funcionar eficazmente. Mientras el barco de vela se somete a la ley de los vientos navega en gloriosa libertad.

Igual sucede con los hombres y las mujeres. Dios en su sabiduría le asignó al hombre ser la cabeza y a la mujer ser su complemento y ayuda. Él ha asignado, y diseñado, los roles apropiados para cada uno y nos ha capacitado para desempeñar esos roles con satisfacción. ¿Podía Dios, el sabio y amoroso Creador, haber planeado para nosotras algo que no fuese perfecto? El secreto de nuestra realización como mujeres descansa en nuestra aceptación del plan de Dios. El corazón satisfecho conoce la verdadera libertad.

¿Significa esto que no hay creatividad para la mujer? ¿Debe estar restringida a las tareas del hogar con un complejo de alfombra a la entrada de la casa que todos pisan? ¡NO! Nuestras lecciones anteriores relacionadas con mujeres tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento demuestran que el ministerio de la mujer no está restringido al hogar (véase Proverbios 31). Para la mujer que espera en Dios, que le escucha y le obedece, hay satisfacción inestimable, aún en las circunstancias más difíciles que aparentan ser restrictivas. ¿Cómo puede el ponernos a la disposición del Dios Creador, infinito y eterno, llevarnos a una experiencia estrecha y estéril? La mujer que busca agradar a Dios, que se deleita en hacer su voluntad, cuya vida está concentrada en Dios y no en ella misma, encontrará que Dios le concede las peticiones de su corazón (Sal, 87:4). 

Buscar la autorrealización como meta principal conduce inevitablemente a un egoísmo estéril y solitario. El camino hacia la verdadera felicidad y realización no está en buscar la satisfacción de nuestros propios deseos sino en darnos en amor y servicio a favor de otros.

Aprender a los pies de Jesús

 


María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra… Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada. Lucas 10:39, 42


El único lugar donde realmente podemos aprender del Señor es a sus pies. María de Betania tuvo el privilegio de sentarse en ese lugar y oír su palabra, disfrutando de la buena parte que había escogido y que nadie podía quitarle. En el versículo de hoy, La palabra “parte” implica una porción de algo que disfrutan varias personas. María obtuvo su porción de los beneficios ofrecidos a aquellos dispuestos a escuchar la Palabra del Señor. De esta forma, su elección le otorgó un beneficio eterno. Este pensamiento lo vemos reflejando en Colosenses 1:12, donde los creyentes son exhortados a dar gracias al Padre “que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz”. Los santos son quienes disfrutan de estos privilegios.

Sentarse a los pies de un maestro es una frase bíblica que simboliza la actitud de un aprendiz, implicando humildad y disposición para aprender. Sin embargo, es importante meditar sobre la vida del maestro a quien escuchamos. María se sentó a los pies de Aquel cuyo camino conocía bien, y al escuchar los consejos de sabiduría que emanaban de sus labios, ella comprendió que sus palabras eran totalmente coherentes con su andar. Los pies del Señor Jesús, sucios por el polvo, lo condujeron hacia el leproso marginado, al lecho del enfermo, a la casa del afligido, al mendigo junto al camino, y a los desplazados de la sociedad, para atender a cada necesidad y angustia. Sus enseñanzas nunca estuvieron desconectadas de la realidad.

Deberíamos seguir el ejemplo de María y sentarnos a los pies del Señor. Sentarse no significa hacer una visita rápida y luego volver a nuestras ocupaciones diarias y ajetreadas. Necesitamos dedicar un tiempo tranquilo para estar en la presencia del Señor, prestando atención a lo que él tiene que decirnos. Dios quiera que aprendamos el significado de esto.

J. Barnes

Lecciones que aprendí en mi asamblea (3)

 Congregados en el nombre del Señor

 Peter Fleming


No sentíamos incertidumbre en cuanto a qué quería el Señor, pero a la vez proseguíamos con “temor y temblor” acaso dejáramos de andar en la senda que Él nos había trazado. En estas circunstancias nos reunimos, diez de nosotros, el domingo siguiente a las 11:00 de la mañana en el saloncito rústico con paredes de cal cruda y sin pintura. En el centro de ese cuarto había una mesita cubierta por un mantel muy ordinario, y sobre ésta los memoriales tan sencillos que nuestro Señor ordenó cuando estaba sobre la tierra y repitió desde su lugar celestial; 1 Corintios 11.23. Me refiero, por supuesto, al pan y la copa.

Sentimos aquella mañana de primavera la presencia del Señor en una medida que nunca habíamos conocido antes. Nos dimos cuenta de lo que era estar reunidos sencilla y exclusivamente en el nombre del Señor Jesucristo, fuera de la religión del mundo, sin nombre, sin posición social. Éramos sólo unos poquitos de entre esa vasta y esparcida grey de Dios que ha sido comprada por la sangre de Cristo, llevando el nombre suyo.

Habíamos encontrado un camino de regreso a donde estaban las iglesias de los tiempos más primitivos cuando todos los que creyeron tenían todo en común; Hechos 2.44. El Señor viviente se dignó estar presente en medio de ese grupito, de acuerdo con su propio dicho en Mateo 18.20.

 

El Espíritu Santo nos guiaba

Muy poco sabíamos de su Palabra acerca de qué debería ser una asamblea de Dios, ni contábamos con algún hermano de experiencia y don espiritual para enseñar o dirigirnos. Pero con todo, aquel primer

día de nuestra congregación sentimos de una manera tan real y tan viva que el Señor nos había recibido allí y que el Espíritu Santo nos había conducido, de manera que pudimos confiar que todo resultaría para bien.

Y así fue. En aquella hora primitiva de nuestra experiencia como adoradores congregados, ascendió de nuestros corazones llenos una meditación íntegra y descendió de Dios a nosotros una bendición a través de su Palabra, la cual fue leída apropiadamente con unas pocas palabras de comentario. El rocío de Hermón cayó sobre nuestros espíritus.

No habíamos ido a la reunión para buscar una bendición sino para dar al Señor lo que le corresponde. “Dad a Jehová la honra debida a su nombre; traed ofrendas, y venid a sus atrios. Adorad a Jehová en la hermosura de la santidad...”, Salmo 96. Pero recibimos una bendición —aquella bendición de Jehová que enriquece, y no añade tristeza con ella— y en una medida que desconocíamos antes. El Señor, como es su manera de hacer, nos dio ánimo en aquellos primeros pasos en su camino y nos condujo a los pastos delicados y las aguas de reposo de la buena tierra que Él nos tenía reservada.

 

Vientos de oposición

La verdad es que ese empujón nos hacía falta. Ese mismo día se desató en la comunidad una tempestad de oposición provocada por nuestra reunión en aquel cuarto tan ordinario.

De regreso a casa encontramos a algunos de nuestros antiguos compañeros de las iglesias establecidas, y la manera cómo dejaron de saludarnos mostraba claramente lo que estaba obrando en ellos. Yo no hubiera creído que fuera posible, de no haberlo visto, que hombres y mujeres cristianos permitirían que su prejuicio e intolerancia les condujeran así a la silla de escarnecedores, provocándolos a fomentar en los impíos violencia contra nosotros, por la sencilla y sola razón que nos habíamos atrevido a dejar lo que ellos llamaban la religión de nuestros padres.

Parece que se habían olvidado de que no muchos años antes, en 1843, esa misma Iglesia Presbiteriana Libre de Escocia había roto sus vínculos con la iglesia “establecida” —la Presbiteriana “oficial”—porque sus conciencias no les permitían seguir bajo el control del Estado. Yendo inclusive más atrás, nuestros progenitores ancestrales (los “covenanteros”) eran cazados como conejos entre los arbustos de nuestros cerros por las tropas del rey, sólo porque se negaban a subyugar su adoración al imperio del papa romano.

Si hubiéramos sido fundadores de una religión nueva, o si hubiésemos negado los fundamentos de la fe para propagar alguna doctrina nociva, a lo mejor se habría podido señalar algún motivo para vernos con sospecha o tratarnos como rebeldes contra la ortodoxia.

Pero en cuanto a las doctrinas evangélicas, profesamos y practicamos las mismas que cuando nos llamaban “la excelencia de la tierra” y nos eligieron en las juntas y los comités de las iglesias que ahora estábamos dejando. Nos encontrábamos frente al ostracismo y considerados como “la escoria del mundo” (1 Corintios 4.13) sólo porque partimos humilde y quietamente para poner por obra lo que nuestra Biblia nos había enseñado, para adorar a Dios bajo la dirección del Espíritu y a la manera que Él ha ordenado a su pueblo a seguir el ejemplo de los cristianos del siglo apostólico. Hasta cierto punto, esto no nos causó asombro, ya que la Palabra de Dios nos ha advertido que en los postreros días “los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” del mundo, 2 Timoteo 3.12. Cuando los verdaderos hijos de Dios se encuentran atados por alianzas ilegítimas con ese mundo, especialmente en su religión, ellos se hacen partícipes de su oposición a todo lo que atraviesa las sendas de popularidad, aun cuando sea algo hecho para agradar a Dios y honrar su Palabra santa.

Destruid este templo

 Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Juan 2.20,21 Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo. Mateo 26.61


Las palabras de nuestro Señor y de los judíos ofrecen comparación y contraste entre el templo de Herodes y el cuerpo de Cristo, tanto humano como espiritual.

El templo

El templo era un edificio magnífico cuya edificación ocupó cuarenta y seis años. Cristo lo llamó “la casa de mi Padre”, aun cuando ya era “una cueva de ladrones”. Reflexionamos a veces sobre por qué El asociaría el nombre de su Padre con tal lugar. ¿Sería por causa del pequeño grupo de fieles que había al estilo de aquéllos de quienes habla Malaquías, ese remanente dentro de un remanente? Nos referimos, por ejemplo, a Zacarías y Elizabeth, al anciano Simeón, Ana la profetisa y a María con José.

El templo fue reconocido por Dios hasta el rechazamiento de su Hijo, y entonces El pronunció juicio contra él: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta”, Mateo 23.38. Los judíos eran fanáticamente orgullosos de su templo y lo consideraban como indestructible, pero el Señor predijo que no quedaría ni una piedra sobre otra que no fuere derribada. Se cumplieron literalmente sus palabras cuando Tito, un conquistador romano, logró la ruina de la ciudad y el templo en el año 70.

El cuerpo

Es notable lo diferente que era el templo corporal que el Padre preparó para su Hijo. (“Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo”, Hebreos 10.5). No había esa magnificencia externa, sino lo que dijo Isaías: “No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, más sin atractivo para que le deseemos”, 53.2.

En su encarnación fue velada su gloria en humillación. El dueño del universo, el que vendría como Príncipe de los reyes de la tierra, anduvo incógnito entre la humanidad, sin desplegar insignia alguna de su majestad inherente. No obstante, un compañero íntimo y humilde testificó: “Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”, Juan 1.14. A Simón Pedro también fue revelado el secreto de la persona que le había llamado a sus pies: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, Mateo 16.16. Aun el ladrón que murió a su lado descubrió la estupenda verdad de que Él era nadie menos que el soberano personaje que vendrá a reinar.

Jesús se identificó tan íntimamente con sus criaturas como para ganarse el sobrenombre de amigo de publicanos y pecadores, pero ese santo templo nunca fue contaminado por las inmundicias en derredor. Su naturaleza fue impecable y su cuerpo inmaculado desde el pesebre hasta la cruz. Él pudo tocar al asqueroso leproso, pero quedarse limpio. Fue objeto de malicia y envidia de parte de Satanás aun desde su infancia, cuando éste despertó en Herodes la ira para matar a los niños en Belén y sus contornos.

Para tentarle, ese mismo diablo le sentó sobre el pináculo del templo y le retó echarse abajo, sin duda con la esperanza de ver aquel cuerpo destruido. Al fin de su vida los principales sacerdotes se empeñaron en persuadir a Pilato a destruirle: “... que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto [destruido]” Mateo 27.20.

Aun después de su muerte, ellos rogaron que fuesen quebradas las piernas de Jesús junto con los otros dos, pero aquel templo de carne, aunque desfigurado, nunca sería destruido. Ni Satanás, ni sacerdotes ni soldados podrían partir un hueso, porque Dios había ordenado que “no quebraréis hueso suyo;” Éxodo 12.46, Salmo 34.20. Su cuerpo era un templo indestructible. El soldado salvaje perforó su corazón una vez muerto El, pero en tres días aquel corazón estaba latiendo vigorosamente de nuevo. Ese cuerpo no vio corrupción; fue incorruptible.

“La memoria del justo será bendita; más el nombre de los impíos se pudrirá”, Proverbios 10.7. Judas Iscariote le vendió al Señor por codicia; Caifás le entregó por envidia; Pilato pervirtió la justicia por conveniencia. Todos estos miserables instrumentos de Satanás han pasado a la eternidad, su nombre podrido. En cambio, aquel Justo murió por los injustos y levantó en tres días el templo que era su cuerpo. Efectivamente: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”, Juan 2.19. Era la morada del Dios trino, “porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”, Colosenses 2.9.

Otro templo

Su muerte y resurrección echaron la base de otro glorioso edificio de Dios, la Iglesia, el cuerpo espiritual de Cristo. Está próxima su terminación. Él se la presentará a sí mismo, “una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga, ni cosa semejante”, Efesios 5.27. Este es el edificio del cual el Señor dijo, “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”, Mateo 16.18. Es indestructible.

Toda doctrina apostólica tiene su lado práctico. Con referencia a la iglesia local, la asamblea, leemos en 1 Corintios 3.16,17: “¿No sabéis que sois templo de Dios? ... Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él”. ¡Ay de aquel que introduzca falsa doctrina o mundanalidad para violar la santidad de este templo de Dios! En el capítulo 6 de la misma epístola el escritor se refiere al creyente en particular cuando dice, “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ... Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo”. Y por esto la exhortación: “Huid de la fornicación”.

Que glorifiquemos a Dios en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, que son suyos; 1 Corintios 6.20.

Santiago Saword