sábado, 25 de julio de 2026

Pensamiento

 


Nuestra conformidad moral se está forjando actualmente y se completará cuando lo veamos cara a cara. La conformidad de nuestros cuerpos con el cuerpo de Su gloria se alcanzará cuando Él venga a buscarnos.
(Eduardo Dennett)

¿Qué hay que buscar en la Biblia?

 

Si bien la Biblia contiene innumerables y extraordinarias informaciones de orden geográfico, histórico y científico, debido a que forma parte de la historia del hombre y del pueblo al cual Dios dio la revelación, no fue escrita para satisfacer nuestra curiosidad, sino para mostrar al hombre el camino de la salvación y de la felicidad verdadera. Ante todo, es el libro de la revelación del amor de Dios para con el hombre y del camino que Él puso para salvarle de la perdición eterna.

Por medio de las experiencias más diversas Dios quiere enseñarnos lo que es el hombre. La Biblia pone al descubierto nuestro corazón, no el órgano físico, sino el centro de nuestro ser espiritual, de donde vienen nuestros deseos y sentimientos. Denuncia el mal, es decir el pecado, que corroe como un cáncer. Pone el dedo en nuestras llagas, en lo que intentamos disimular. El hombre, tal como está descrito en la Biblia, no es agradable ni bueno, ¡pero el retrato es tristemente verdadero! Ya en las primeras páginas de este libro vemos al hombre en su febril actividad, tentado, desobediente, decepcionado, pero buscado por Dios, quien “de tal manera amó al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Por este motivo, a través de todas las páginas del Antiguo Testamento, se hace mención, de una manera más o menos velada, de la venida de Cristo.

En sus primeros tiempos, la Iglesia no tuvo otra guía que la Biblia; de esta manera, cuando Pablo y Silas predicaron el Evangelio, los hombres de Berea recibieron sus palabras con toda solicitud, “escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).

A.E., “Para Todos”, 06-2014

Conducta Personal

 Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor.  2 Timoteo 2:22


Es de suma importancia separarse de los vasos deshonrosos que hay en la casa grande de la cristiandad. Sin tal separación es imposible ser un vaso limpio, preparado para toda buena obra. El apóstol nos advierte acerca de los peligros personales, los cuales fácilmente se pasan por alto cuando se está obsesionado con las obscenidades de la sociedad. ¡Cuán necesario de tales cosas! El apóstol Pablo exhorta al creyente a ser un vaso separado, cuidando su conducta personal y manifestando las características de la nueva vida. Además de aplicarnos el lado negativo de la separación del mal, también debemos mantener el lado positivo siguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz con otros que también lo hacen.

El creyente debe examinar su conducta para mantener un andar práctico acorde con la justicia, a semejanza de Cristo. Es inútil testificar contra el mal en la Iglesia y separarse de él si uno fracasa en su conducta personal. Aquellos que aún están atrapados por la misma iniquidad de la cual dicen haberse separado, verán su fracaso. Con razón lo estigmatizarán por llevar una conducta no cristiana. Por lo tanto, el apóstol le ruega a Timoteo, y a todo creyente que quiera ser fiel, que esté en guardia. Lo exhorta a que evite todo cuanto pueda contradecir e invalidar su testimonio respecto a la separación del mal.

Además de evitar las pasiones mundanas y carnales, también es preciso abstenerse de las pasiones características de la juventud como la confianza en uno mismo, la frivolidad, la impaciencia, la falta de dependencia en el Señor, el alarde de conocimiento y el apasionamiento por la controversia. Son cosas propias de la juventud, pero también pueden aparecer en creyentes mayores y arruinar su testimonio. Un vaso para honra no debe caracterizarse por estas pasiones tan típicas entre los jóvenes debido a su confianza en sí mismos. Debe huir de cualquier tendencia que pueda arrastrarlo a estas pasiones y abstenerse de todo lo demuestre una falta de espíritu sobrio, manso y humilde, que son cosas que caracterizan a quienes caminan con Dios.

El creyente separado debe seguir la justicia, la fe, el amor y la paz. Debe andar según una justicia práctica, es decir, perseguir lo que es recto y conveniente ante Dios y el hombre. Notemos que el orden es: la justicia primero, luego la fe, después el amor y finalmente la paz.

La primera consideración es la justicia, no el amor ni la paz. Si uno piensa en el amor o en la paz como primera consideración, puede estar en peligro de comprometer la verdad y sacrificar la justicia. Por lo tanto, debemos buscar la justicia, ante todo. No puede haber paz con el mal ni con los enemigos de Cristo.

Junto con la justicia, debemos seguir lo que es de la fe. Esto nos mantiene en comunión con Dios y en dependencia de él. Cuando hay tal dependencia, él sostendrá el corazón en la senda de la justicia y en la separación con respecto al mal. La fe mantiene a Dios delante del alma y evita que uno mire las cosas desde el punto de vista de las conveniencias y los razonamientos puramente humanos. La fe es necesaria para continuar firmes en la senda de la justicia. Moisés es un ejemplo de esto. Él “se sostuvo como viendo al Invisible” (He. 11:27).

Sin la fe y el amor, nuestra decisión de seguir la justicia tiende a convertirse en algo frío y legalista con un sabor farisaico. Es por eso que la fe y el amor deben estar aliados con la justicia. En el versículo que estamos considerando, la fe viene antes del amor. La razón es que el ojo tiene que dirigirse hacia Dios, la fuente del amor, antes de que pueda haber verdadero amor cristiano en actividad. El amor tiene que ser resguardado por la justicia y la fe. No puede existir ningún amor verdadero sin obediencia. El amor verdadero hacia Cristo y hacia las almas nos impulsará a andar en la justicia y la fe.

Cuando la fe está activa, Dios estará delante del alma, su amor llenará el corazón, y el andar estará caracterizado por el amor divino. Esto es muy necesario para el vaso de honra. Debe seguir el amor de Cristo y manifestarlo en todas sus relaciones con otros.

Luego, el resultado de seguir la justicia, la fe y el amor será la paz, la paz sobre una base de justicia. El creyente separado no debe encapricharse en su propia voluntad ni tampoco ser causa de contiendas. Más bien debe seguir “lo que contribuye a la paz” (Ro. 14:19). “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18). Una persona contenciosa y complicada es una deshonra para Cristo y se manifiesta como alguien que no está siguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz.

Los siguientes tres versículos (vv. 23-25) nos dan más instrucciones en cuanto a la conducta personal que debe caracterizar a un vaso santificado para honra. Debe desechar las cuestiones necias e insensatas que engendran contiendas. No debe ser contencioso con nadie “sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen”. El argumento y la contienda referente a la verdad o sobre cuestiones necias no son ni de provecho ni de utilidad. La verdad de Dios debe ser proclamada de una manera clara, amable y enseñada con toda paciencia, delicadeza y mansedumbre, incluso a aquellos que se oponen. El siervo del Señor no debe ser contencioso con los que se resisten a la verdad.

Tales son las instrucciones para la conducta personal de los creyentes que quieren agradar al Señor y ser vasos santificados y útiles para la honra en medio de la ruina de la casa grande que es la cristiandad. Que el Señor nos dé gracia para mantener estas características.

R. K. Campbell

He aquí mi siervo (4)

 


Alfred E. Bouter, El Señor está cerca 

Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, más sin atractivo para que le deseemos. Isaías 53:2


En la historia de la humanidad, las cosas tienden a empeorar, como se ve en Génesis 3–4 con nuestros primeros padres y su familia. Este patrón se ha repetido desde entonces. Sin embargo, con la llegada del Mesías, encontramos a alguien completamente diferente. No importa cuán malas sean las circunstancias, cuán difícil sea el entorno o cuán severa sea la oposición, Él siempre sube. En hebreo, la expresión subirá tiene la misma raíz que la palabra holocausto: dando la idea de algo que siempre asciende hacia Dios.

La expresión renuevo o planta tierna (VM) resalta su vulnerabilidad desde una perspectiva humana. A pesar de esto, ¡representa el poder y la fortaleza de Dios! Esto nos recuerda la aparente contradicción entre la debilidad y la necedad de Dios, y su poder y sabiduría manifestados en nuestro Señor Jesucristo en la tierra. El ministerio de Pablo también reflejó esta fuerza en la debilidad (véase 1 Co. 1:17–2:8; 2 Co. 12:9 NBLA).

Aunque muchos buscan señales asombrosas y poderosas, no están dispuestos a aceptar a un Dios que se manifiesta en la debilidad. Sin embargo, aquellos que lo hacen, aceptan y siguen al Señor Jesús en sus propios términos, no según los deseos humanos.

La frase “como raíz de tierra seca” describe las cualidades del Señor Jesús en este mundo. Su entorno no le brindaba beneficios. Al contrario, él obtuvo todos sus recursos, por así decirlo, de lo alto, no de su entorno, donde no había nada que fuera agradable a la vista, ni apariencia majestuosa ni rasgos impresionantes.

Isaías 53:2–3 describe al pueblo judío en un día futuro, cuando, con genuino arrepentimiento, mirarán a Aquel que traspasaron (véase Zac. 12:10), en quien no vieron hermosura ni atractivo. Hoy en día, todo aquel que se acerque a Dios con verdadero arrepentimiento y confiese sus pecados, puede hacer suyas las palabras de esta confesión, reconociendo su participación en el rechazo del Mesías.

continuará

Desear el día de Jehová

 

¡Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová? Amós 5:18


En los días de Amós, existía un mal predominante que el profeta señaló particularmente: la audacia del pueblo al expresar su deseo por la llegada del día de Jehová. ¿Acaso no hemos escuchado a personas que profesan ser cristianas, que contribuyen a prolongar la confusión actual, afirmar: «¿Es verdad que la condición de la cristiandad es lamentable, pero el Señor viene pronto y pondrá todo en orden, y eso nos consuela»? En este versículo, leemos claramente una advertencia acerca de este supuesto deseo. “¿Para qué queréis este día de Jehová?”. Sin duda debemos desearlo si vivimos en obediencia y santidad. Sin embargo, es imprudente y engañoso oponerse a las Escrituras y luego afirmar que se anhela el día de Jehová. Justamente este es el pecado de Israel denunciado en este pasaje.

En general, no hay nada más peligroso o terrible que separar las enseñanzas de las Escrituras de su llamado a la conciencia. Si convierto las esperanzas de la Escritura en un simple producto de mi imaginación, en lugar de escucharla como aquello que juzga mis acciones, evidentemente no estoy caminando en comunión con Dios. Cuando el Espíritu de Dios pone ante nosotros el regreso del Señor Jesús, uno de sus propósitos es llevarnos a deshacernos de todo lo que no es conforme a su voluntad. “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3). Esto no significa que el Señor purificará todo lo que no esté de acuerdo con él recién en el momento de su venida. Ciertamente lo hará, pero entonces lo hará mediante juicio. Por lo tanto, nadie debería arriesgarse a esperar ese momento para juzgar, en su vida, lo que no es según la voluntad de Dios. Debemos buscar esta purificación ahora, dejando que Dios actúe en nosotros por medio de su Palabra y su Espíritu. Conocemos el amor de Cristo. Cristo es nuestra vida. Por lo tanto, no debemos tolerar en nuestra vida cosas que sean contrarias a su Palabra. Este es el único camino correcto para aquellos que esperan la venida del Señor.                

W. Kelly

Lecciones que aprendí en mi asamblea (5)

 La verdad aprendida y practicada

 Peter Fleming


Durante los primeros seis meses de nuestra existencia como asamblea, muy poca gente del pueblo asistía a nuestras reuniones. El prejuicio religioso era fuerte y se alejaban aun aquellos que nos habían conocido y con quienes habíamos evangelizado; esto fue causa de los informes errados que habían oído, las doctrinas que profesábamos y el evangelio que proclamábamos. Uno de los pastores le explicó a su grey que éramos mormones y les advirtió que la juventud debería guardar buena distancia de nosotros. Otro consiguió que un estudiante presbiteriano escribiera un folleto en el cual se nos acusaba de negar “la ley de la moral” como regla de vida, afirmando que vivíamos sin reconocer el pecado. Un tercer predicador —el más evangelístico de los reverendos del pueblo— hacía saber a sus seguidores que nosotros exigíamos que uno fuese “sumergido en un río para alcanzar la salvación”. Este “informe” fue aceptado sin averiguación ni titubeo de parte de unos cuantos creyentes que nos habían conocido de cerca.

Escudriñando las Escrituras

Todo esto nos afligía mucho y servía para probar nuestra fidelidad a las verdades que habíamos aprendido. Nos estimulaba a buscar aún más en la Palabra. Muchas veces doy gracias a Dios por esa experiencia, ya que nos echó sobre el Señor y la Biblia para buscar la ayuda que necesitábamos en esos primeros meses de vida de la asamblea.

En realidad, no había ninguno en el grupo que no estuviera agradecido. Cada uno de nosotros tuvo que aprender directamente del Libro de Dios todo cuanto sabía de su verdad. Ninguno tenía don de enseñar, ni conocíamos otro grupo de cristianos que se reuniera de la manera que nosotros lo estábamos haciendo y del cual pudiéramos pedir ayuda en las cuestiones que escapaban a nuestros conocimientos. Así que, fuimos guardados en una posición de dependencia del Dios vivo, confiando en Él a medida que seguíamos.

Esa experiencia resultó ser una bendición para todos. Nuestras reuniones cada domingo por la mañana para partir el pan, como se indica en Hechos 20.7, eran sencillas y agradables. La oración colectiva, celebrada dos veces a la semana, se caracterizaba por un verdadero espíritu de súplica, y casi todos los varones participaban en voz alta.

Los miércoles celebrábamos el estudio bíblico sobre 1 Corintios, “la carta magna de la Iglesia”. Encontramos allí lo que el apóstol llama en el 14.37 los principales mandamientos del Señor, dados para la conducta de una asamblea congregada en su nombre: su adoración, ministerio, operación y disciplina. Los hermanos estudiaban cada capítulo en casa, y cada cual aportaba en la reunión lo que había aprendido. Por supuesto, todos recibimos luz nueva de la Palabra; se probó la fidelidad de la promesa en Juan 16.13: “Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad”.

Dependencia del Espíritu

Estoy seguro de que, si fueran más comunes entre nosotros las reuniones para la lectura y estudio colectivo de la Biblia, confiando sencillamente en el Espíritu Santo para echar luz sobre lo que no entendemos y para que emplee “a cada uno en particular como Él quiere” (1 Corintios 12.11) para impartir sus mensajes, habría menos diversidad de criterio sobre cuestiones importantes y prácticas, y habría una mejor relación entre las asambleas. La realidad es que estas diversidades suelen convertirse en divisiones y a veces se deben a que uno y luego otro insista sobre su propia opinión, cada cual afirmando que tiene la mente de Dios. Estas opiniones opuestas pueden dañar el testimonio, pero la manera de Dios es que haya una voz, una mente y un parecer, según Romanos 15.6 y 1 Corintios 1.10. Esto se logra sólo si todos aprenden humilde y pacientemente del mismo Libro, con el Espíritu como mentor. En la misericordia de Dios, experimentamos una buena medida de esta bienaventuranza en aquellos primeros meses de la asamblea local de mi pueblo. ¡Fue un tiempo de bendición!

Ministerio de un maestro enviado por Dios

Este período de aprendizaje, y de poner por obra lo que aprendíamos, fue seguido por la visita de parte de un maestro en la Palabra. Él pensaba quedarse con nosotros un fin de semana, pero Dios usó sus enseñanzas para atraer gente del pueblo, algunos de los cuales se habían mantenido alejados de nosotros, y el resultado fue que el hermano se quedó unos quince días. Una media docena de creyentes, los más espirituales entre los que se quedaban entre las denominaciones, recibieron ayuda por medio del ministerio del visitante; ellos partieron sus lazos con aquellas iglesias, fueron añadidos a la asamblea y continuaron como verdaderos colaboradores en la misma. Esto aprendimos: no ganamos la confianza de otros creyentes con desistir de presentarles algunas verdades, sino al hablar la verdad en amor, en la medida en que ellos puedan oírla y recibirla.

Responsabilidades nuevas y desarrollo espiritual

Esa etapa nos dio un gran estímulo. Mientras mayor era el número en la congregación, mayores eran las responsabilidades, especialmente en cuanto a la instrucción y orientación de los nuevos. Ellos, incluyendo varios jóvenes, tenían mucho que aprender, al igual que nosotros también. Pero todos estaban dispuestos, y aun deseosos, de conocer la Biblia y una consecuencia fue que durante ese invierno se celebraron muchas reuniones caseras para examinar las Escrituras. La comunión se sentía y las discusiones fueron altamente provechosas, de manera que son gratos los recuerdos que tenemos todavía.

No pasaron muchas semanas hasta que hubo otras reuniones caseras para la predicación del Evangelio. Esto dio oportunidad para que una media docena de varones jóvenes abrieran sus bocas; su ministerio fue bendecido en la salvación de almas.

Aquellos jóvenes seguían en su ejercicio; su don fue desarrollado y llegaron a ser predicadores de peso, tanto al aire libre como en el salón. Aquéllos fueron tiempos de verdadero y duradero progreso espiritual, añadiendo Dios a la iglesia los que habían de ser salvos.

Uso y abuso de la libertad en el evangelio

 

No todo conviene en la evangelización


Generalmente es conocido que hay tres clases de sacrificio en el mundo: sacrificio judaico, sacrificio cristiano y sacrificio pagano. El sacrificio judaico no se efectúa desde que el templo de Jerusalén fue derribado y su “casa fue dejada desierta”. (Mateo 23:38) El sacrificio pagano está en su apogeo desde los días antes del diluvio, posiblemente introducido por Caín o alguno de sus hijos, y protagonizado por el romanismo en su multiplicación de altares, de misas ofrecidas a los muertos y a las imágenes en sus festividades, llevando toda la grosura del pagano con el nombre de cristiano. El sacrificio cristiano lo estableció nuestro Señor Jesucristo para que los creyentes verdaderos hagan memoria de la muerte y resurrección del Señor en todos los tiempos, hasta su venida otra vez por su pueblo.

Con esto por delante, quiero escribir sobre cinco sacrificios, todos con el fin a la edificación de los creyentes.

Sacrificio que escandaliza

“Sacrificio a los ídolos” (1 Corintios 8:9,10) De seguro que algunos más fuertes o más indulgentes consigo mismos estaban participando de lo sacrificado a los ídolos, y los otros hermanos más débiles y sencillos eran escandalizados y expuestos a caer en transgresión y extravíos que los llevaría lejos de la doctrina apostólica.

Aplicamos esto a la libertad que tenemos por el evangelio, y que algunos hermanos se toman desmedidamente en participar en algunas cosas, aunque sean lícitas, sin considerar los efectos que produciría en otros. Son varios los hermanos que, al oír de alguna innovación, —“congreso evangélico”, “campaña de sanidades”, “evangelismo a fondo”, y otros— ya tienen las narices metidas en el lugar. Por discreto que el hermano sea, alguna cosa se le pega. ¿Quién es el que entra al monte y no consigue cadillos? Si el efecto de esa libertad cundiera solamente en el hermano autoindulgente, allá con el Señor, pero son las secuelas; pero son las secuelas de arrastrar a otros consigo, escandalizando a los santos y a los profanos. Algunos han ido muy lejos de la línea espiritual, y en su orgulloso libertinaje les pareció bien que la cena del Señor debe celebrarse con miel y pescado.

Otros son los nuevos “Movimiento Ebenezer”, que el pueblo escandalizado los ha bautizado con el mote de “los evangélicos de la nueva ola”. El nombre es bien confirmado porque diez o doce años atrás decíamos que “los pentecostales tienen sus errores, pero son santos”. Hoy cuando vemos esas reuniones que no apelan a nuestro “racional culto”, más bien es una aberración. El escándalo ocupa el primer lugar, los gritos son de histéricos o desquiciados. Observamos una de esas reuniones donde hombres, mujeres y niños llegaban a paroxismo de la emoción provocados por la música, el palmoteo y la gritería. Estos salían al centro del salón en ritmo bailable; mientras tanto un pastor o anciano iba tocando la cabeza de las mujeres que, llenas de alboroto, cantaban y palmoteaban en los bancos. Luego aquellas personas que bailaban iban cayendo al suelo con una excitación espantosa, mujeres con las piernas levantadas en alto mostrando un espectáculo deshonesto. Algunos tenían que ser sujetados para no caer de bruces o de espaldas. Durante esto, el pueblo escandalizado, es atraído por la barahúnda. El pueblo grita, palmotea y se emociona también Entre ellos hay gente sensata que observan con discernimiento y al fin se despiden diciendo: “El evangelio no es así”. Nosotros nos vamos también y decimos: “Esto no es de Dios”.

No debe sorprendernos, ya que estas cosas son manifestaciones de los últimos tiempos y peligros de los últimos días. No importa lo que suceda, la generación presente está dispuesta, con o sin la voluntad de Dios, a complacer sus caprichos y ambiciones. Cada uno quiere hacer su sacrificio a su manera. Cada uno quiere hacer una torre. “Han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer”. (Génesis 11:6) Hoy los caballos de carrera son dopados por una droga en ampolletas con el fin de que los nervios se les contraigan, no rindan en el galope y pierdan la carrera. La gente de bajo fondo se droga para llevar a cabo sus instintos criminales. Estos ultras religiosos de los últimos tiempos cautivan con sus coros, su balanceo, la bulla de sus instrumentos músicos, las maracas religiosas y los gritos.

Cuando esa droga de entusiasmo está en acción, de repente se oye la voz del pastor: “¡Ahora vamos a hacer la colecta, una buena colecta porque Dios ama al dador alegre!” y la gente como hipnotizada vacía instintivamente el bolsillo. Se dio el caso que el día que fui a ver esta “nueva ola” pasaron el cepillo dos veces. El público estaba hechizado. “Por lo cual, al oír todos los pueblos el son de la bocina, de la flauta ... y de todo instrumento de música, todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua”. (Daniel 3:7) El dios de la plata de los evangélicos de la nueva ola.

El único apoyo que estas gentes tienen para su extravío es Israel y su rey David saltando delante del arca, y varios salmos proféticos mesiánicos. David era judío. ¿Son judíos esos pentecostales? Los hebreos eran circuncidados. ¿Son circuncidados esos pentecostales? Los judíos expiaban el pecado por la sangre de los sacrificios ofrecida en el tabernáculo y en el templo. ¿Ofrecen sacrificios de sangre esos pentecostales? Llama la atención que personas inteligentes no toman en cuenta la transición de las dispensaciones. Mientras el tabernáculo estaba en el desierto, nunca hallamos que los servicios o sacrificios fueron celebrados con estruendo, porque el arca e Israel eran peregrinos.

Fue David cuando ya reconoció que el arca iba a ser asentada y el pueblo había entrado en su posesión, que dio principio al culto excitable y emocional en la dispensación de la ley. Así también ahora en la dispensación de la gracia, la iglesia del Señor es peregrina. Su culto es en el Espíritu, desprovisto de bullaranga hasta que “el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo”. (1 Tesalonicenses 4:16)

Decidme: ¿En qué parte del Nuevo Testamento el Señor o los apóstoles celebraron reuniones o cultos escandalosos y extravagantes como los que celebran esos nuevos pentecostales? “Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz”. (1 Corintios 14:33)

 

Sacrificio que beneficia

En el artículo anterior hablé del sacrificio que escandaliza. Hoy me propongo escribir sobre el sacrificio que beneficia.

“¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y los que sirven al altar participan?” Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio. (1 Corintios 9:13,14) Era ordenado por Dios que los sacerdotes se beneficiaran de las ofrendas de las cosas santas reservadas al fuego: todo presente suyo, expiación por el pecado, expiación por la culpa, las ofrendas elevadas de sus dones, mosto, trigo, aceite, primicias y otros más. (Números 18:8-20) Queda señalado expresamente que los levitas y sacerdotes eran partícipes del beneficio, ya que Dios a nadie le debe; más bien retribuye con más de lo que nosotros pensamos.

Pablo en poco se aprovechó de este beneficio ordenado por el Señor, y tenía razón. ¿Qué hubieran pensado y dicho los gentiles en los lugares donde él llegaba si hubiera empezado a recoger dinero o a ser una carga para los nuevos creyentes? (2 Tesalonicenses 3:8,9, 2 Corintios 11:7-9) Con todo, el Señor sostuvo a su siervo en la medida y momento necesario.

El que escribe cita la experiencia siguiente: Hace algunos años un hermano y yo nos metimos en una montaña de San Casimiro llamada Roncador con el fin de llevarle el evangelio a algunos agricultores que nunca habían oído ni sabido nada del evangelio. Un hombre con un pequeño negocito nos recibió y nos alimentó por tres días, y no quiso recibir un centavo ni aun cuando le rogamos que lo hiciese. Cuando nos despedimos nos compró dos Biblias.

Otra anécdota nos la refirió Don Juan Wells acerca de una de sus experiencias personales cuando estuvo por primera vez en Venezuela. “Había muy pocas asambleas para aquel tiempo, y las que había eran pobres en número y económicamente. Yo estaba pasando,” nos dijo, “por pruebas agudas de diferentes maneras; mi esposa estaba en cama, enferma. Teníamos dos niños tiernos ignorantes de nuestra situación, y por recursos sólo me quedaban Bs 5,00. Cuando estaba en esta preocupación demasiado extrema, me llegó por un medio extraviado y de donde menos pensaba la comunión oportuna”.

“Al descender a tierra, vieron dos brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan”. (Juan 21:9) ¡Pobre Elías! el camino había sido largo, estaba cansado, tenía hambre: “y echándose debajo del enebro se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: `Levántate, come´.” (1 Reyes 19:2-8) Él nunca falta.

Pablo enseñaba este mandamiento del Señor en las iglesias: “Si nosotros hemos sembrado para vosotros cosas espirituales, ¿es mucho que cosechemos de vuestras cosas temporales. El que es enseñado en la palabra de Dios comunique con aquel que le enseña, en toda suerte de buenas cosas. A causa de vuestra participación en la promoción del evangelio, desde el primer día hasta ahora. Mostradle, pues, en presencia de la iglesia, la prueba de vuestro amor, y de lo que nosotros nos hemos gloriado acerca de vosotros. Debemos pues acoger a los tales a fin de que nosotros seamos cooperadores a la diseminación de la verdad”. (1 Corintios 9:11, Gálatas 6:6, Filipenses 1:5, 2 Corintios 9:24, 3 Juan 8)

El corazón agradecido corresponde no como un deber, no por necesidad, no por caridad, no por limosna sino por amor al Señor que nos salvó e instituyó el mandamiento. Dar a la obra del Señor es un privilegio por cierto desconocido para los muchos. Algunos no dan “porque no tiene que dar” (Lucas 14:14) Algunos no dan porque no quieren dar. (1 Samuel 25:1) Algunos no dan porque quieren dar mucho y al fin no dan nada. (2 Corintios 8:12) Algunos no dan como sacrificio sino de lo que les sobra. (Lucas 21:4) Algunos dan por vanagloria, para ser mirados de los otros. (Lucas 18:12) Pero hay los que dan como panal de miel, voluntaria, silenciosa, alegre, amigable y devocionalmente.

El concepto muy profundo que tienen aquellos que han trillado la senda del Señor por largos años es que, si el Señor ha enviado sus siervos, él es responsable de su sostén, ya que “ninguno sale a la guerra a sus propias expensas”. (1 Corintios 9:7) De modo que, si el obrero trabaja y no recibe salario, debiera asegurarse si el Señor lo llamó. (Mateo 20:7) Muchos obreros hay cuya vocación es alentada por el salario. Algunos han abandonado la grey porque sus ambiciones carnales no son satisfechas y otros exigentes llegan a poner cargas a su congregación, imponiendo un “señorío por torpe ganancia”. (2 Corintios 11:13-20)

¿Qué pasó con Demas? Este llegó a ser partícipe del beneficio en Colosas como en Roma. Aquí llegó a ser cooperador de Pablo en sus prisiones. ¿Qué le desvió? ¿el deseo a las comodidades? ¿una codicia secreta? ¿el aplauso y el abrazo del mundo? ¿el brillo falaz de la política? Sólo sabemos: “Demas me ha desamparado, amando este siglo, y se ha ido a Tesalónica.” (2 Timoteo 4:10)

“Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; más el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza”. (Lucas 9:57,58) El servicio del Señor tiene sus altos y sus bajos, días de gozo y días de pruebas. A todo esto, el salmista nos da un buen aliciente: “Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará en mí. Mi ayuda y mi libertador eres tú; Dios mío, no tardes”. (Salmo 40:17)

 

Sacrificio que contamina

En el primer remito os hablé del “sacrificio que escandaliza”; en el segundo os enseñé del “sacrificio que beneficia”; ahora estoy escribiendo sobre el “sacrificio que contamina”.

“Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios ¿no son partícipes del altar? Antes digo que los que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios”. (1 Corintios 10:18,20-22)

 El Señor condena la apariencia, porque de aquí se llega pronto al fingimiento, luego sigue a la hipocresía, de ahí pasa a la traición, y al fin desemboca en la corrupción. El romanista asiste a la misa, lleva las “aguas” a un brujo, carga con una cruz en el pecho, milita en el comunismo, participa en una fiesta pagana y con la imagen de un santo patrón bebe aguardiente y reza el rosario. El creyente en Cristo es santo, apartado y consagrado para el servicio del Señor.

Se contamina el creyente que voluntariamente se presta a participar de las cosas del mundo. ¿Cómo pueden sentarse en camaradería los discípulos del Señor y los discípulos del diablo? El Señor es celoso de su soberanía y santidad: “¿Provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?” (1 Corintios 10:22) La separación del creyente es doctrina muy antigua. Al que Dios toma por hijo lo hace partícipe de su santidad. “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir”. (1 Pedro 1:15)

La primera cosa que el Señor le retira al creyente que juega dos cartas es su poder; pierde el influjo hasta en su misma familia; es derrotado en sus relaciones con el mundo, como Israel cuando entraba en comandita con los paganos. El creyente que prospera en sus relaciones con el mundo, estando mal con el Señor, debe examinarse si es salvo.

La biología enseña por diferentes análisis cómo el cuerpo puede demostrar la contaminación de una enfermedad. Examen de sangre, examen de esputos, de urea, de heces, por el líquido de la médula, por las lágrimas o la cera de los oídos. Así también las Escrituras nos enseñan las manifestaciones del individuo que está contaminado.

Los que causan divisiones están contaminados por pecado grave. (Tito 3:10,11)

Los incrédulos están contaminados en su propia conciencia. (Tito 1:15,16)

Los sofistas están contaminados en sus propios argumentos. (2 Timoteo 2:16-18)

Los adúlteros y fornicarios están contaminados en la inmundicia de su carne. (1 Corintios 5:5-11)

Los que buscan riquezas por medio de loterías, terminales, carreras de caballos o petardista para apoderarse de alguna herencia están contaminados de su propia avaricia. (Proverbios 28:20, 1 Corintios 5:11)

El que anda desordenadamente está contaminado de su propio orgullo. (2 Tesalonicenses 3:6,7)

El que se une en yugo desigual se contamina, y tendrá siempre como un acicate a su conciencia por su desobediencia. (2 Corintios 6:14-18)

El creyente que, por afinidad, o por incapacidad, o por libertad, o por falta de autoridad participa involuntariamente de reuniones y fiestas sociales en la casa donde habita, se debe sentir muy atribulado, porque el espíritu que está en el hermano se rebela a participar de esas licencias. Se necesita mucho ejercicio de oración para mantenerse limpio; aun con todo esto el creyente, cuando va a su cama en la noche, sentirá delante del Señor que ha sido derrotado por diferentes tentaciones.

Si a las cosas insignificantes se le da lugar primero que, a las cosas del Señor, aquellas llegan a contaminar y a enseñorearse del individuo. Conozco a una hermana que lee la prensa todos los días. (Yo también la leo si tengo tiempo.) Esta hermana al verme lo primero que me dice: “¿Qué le parece los asaltos, y al hombre que mataron, y el incendio de la fábrica, y la niña que violaron, y adonde llegó el precio del queso y las caraotas?” Nunca esta hermana me dice: “El Señor viene pronto, porque yo leí hoy, `Que cuando digan paz y seguridad, entonces vendrá destrucción repentina, como los dolores a la mujer en cinta y no escaparán”.

Yo no digo que esa hermana no lee su Biblia, pero ella se contamina, porque el primer pan del día que da a su alma y su mente son las noticias del mundo. “Los que son de la carne, piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu en las cosas del Espíritu”. (Romanos 8:5) “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas las cosas convienen; todas las cosas me son lícitas, más yo no me dejaré dominar de ninguna”. (1 Corintios 6:12)

 

Sacrificio que nos identifica

Os hablé del sacrificio que escandaliza, del sacrificio que beneficia, del sacrificio que contamina. Hoy quiero hablar del sacrificio que nos identifica.

“Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo, porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre, a causa del pecado, es introducida en el santuario por el sacerdote, son quemados fuera del campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo con su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues a él, llevando su vituperio”. (Hebreos 13:10-13)

Este sacrificio se efectuaba el gran día de la expiación. Todo era tipo y sombra de bienes venideros, porque ni el sacerdote ni el sacrificio eran perfectos, tampoco podía haber una conciencia perfecta. Mas venido Cristo como sacerdote y víctima a la vez, leemos: “Pero ya presente Cristo como sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santísimo, habiendo obtenido eterna redención”. (Hebreos 9:11,12)

Cristo salió fuera del cielo para identificarse con el hombre arruinado por el pecado. Cristo padeció fuera de la puerta a fin de santificarnos y hacernos aptos para las exigencias y virtudes divinas. Cristo padeció fuera de la puerta para reconciliar a los que estaban dentro y a los que estaban fuera, “y mediante la cruz reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas a vosotros que estabais lejos y los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”. (Efesios 2:16-19)

En los días en que el Señor estuvo presente en la tierra hubo los que creyeron en él; reconocieron que era el Mesías, pero no tuvieron el valor de confesarlo porque no estaban dispuestos a salir fuera del campamento. (Juan 12:42,43) El ciego de San Juan capítulo nueve es tipo del creyente fiel en la ausencia del Señor. Aquel ciego creyó por fe, sin haber visto a su Sanador. Sufrió el vituperio de Cristo hasta ser echado fuera del campamento, pero ¡qué recompensa cuando sus ojos contemplaron al Señor! “¿Crees tú en el Hijo de Dios? y él le dijo: Creo, Señor, y le adoró” (Juan 9:1-38) La mayor recompensa para el que ama y sirve al Señor, y sufre vituperios por su nombre, no es tanto la vida eterna o entrar en el cielo; es ver y adorar a su Señor y Salvador.

Entendemos que Pablo es el hombre que se pone más cerca del ejemplo del Señor, ya que tenía muchas prerrogativas para permanecer bajo el techo de aquel campamento: “Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo”. (Filipenses 3:5-7)

Es tema de reflexión el amor que Jonatán tenía por David y el conocimiento de su persona. Con todo, aquel gran amigo tuvo sus límites y reservas; se acomodó a la sombra del campamento, quedando como discípulo secreto que temía identificarse públicamente con su benefactor. ¡Cuántos hay en el mismo dilema! Saben que llamarse evangélico implica separación, vida santa, sana doctrina, confesar a Cristo como nuestro Salvador. Sin embargo, se congregan donde convive el mundo y la religión sin antagonismo. Saben que un pastor dirigiendo la iglesia no es escritural, que cubitas de pan y copas individuales de vino no es la enseñanza de la cena del Señor, que recoger una colecta de todo el mundo es mezclar lo inmundo con los santos, etc.; por lo cual Dios los abomina.

Son pocos los que, como Gamaliel, no les importa perder el título “Ilustrísima”, “Reverendo”, “Monseñor”; son títulos que suenan muy bien dentro del campamento. Pero en la iglesia del Señor suena tan dulce decir, “el más pequeños de los apóstoles”, “soy menos que el más pequeño de todos los santos”, “tal cual soy, Pablo el viejo”.
(1 Corintios 15:9, Efesios 3:8, Filemón 9)

El individuo que se asocia al Señor debe saber que Él dijo: “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese as í mismo, tome su cruz y sígame”. Nuestra identificación con Cristo es en todo y completa. La posición social que el hermano tenga no mitiga ni rebaja el vituperio de Cristo. Hace poco tiempo que un hermano me dio a entender que él tenía en su nevera diferentes clases de bebida, según fuera la clase social del visitante. ¿Qué pensarían aquellos con la copa de whisky en la mano obsequiada por el evangélico? Dirían: Este es fariseo. En la tribuna vocifera contra los que beben bebidas embriagantes, y en su casa lo bebe “encapillado”. Si tal cosa fuese cierta, esta persona reconocida como protestante, y no como discípulo de Cristo que ha salido del campamento social de este mundo.

Los que no quieren padecer persecución por la Cristo, se arreglan un campamento en armonía con el mundo, con un buen televisor, un aparato de cine con la excuse de instruir a los niños o predicar el evangelio, participan en el deporte, etc. Las damas se engalanan con pinturas, collares, corte de cabello, vestidos de corte anatómico y otras cosas. Muy lejos está el Señor de sus reuniones con coros organizados, voces, cruces, campanas, bandas de música. “Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”. (Isaías 57:15)

Hay muchos que han cambiado el orden escritural introduciendo programas humanos y mundanos que alejan al creyente del sacrificio que nos identifica: mucho aparato, conversiones en masa, seminarios para preparar pastores, los cuales preparan sermones floridos. Se glorían de sus grandes concentraciones y la multitud de “decisiones”. Don Guillermo Williams decía que el fósforo enciende la cocina para hacer la comida, o enciende un gran fuego donde hay muchas pérdidas.

“Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. (Gálatas 6:14)

Jose Naranjo