viernes, 30 de octubre de 2026

Dios no Cambia

 “Mi arco he puesto en las nubes.” (Génesis 9:13). “Yo Jehová no cambio.” (Malaquías 3:6)


¡La inmutabilidad de Dios! ¡Qué ancla para aquel que es golpeado por la tempestad! En esta tierra, estamos sujetos a cambios. Las escenas se suceden unas a otras. Las alegrías se marchitan. ¡Los amigos...! Unos son separados de nosotros por la distancia, otros nos son quitados para ir a la patria celestial. ¿Quién, en medio de estas experiencias contradictorias, no suspira por alguna cosa duradera, estable y permanente? En vano buscamos en la tierra un abordaje seguro. ¡Oh, cuándo llegaremos al puerto deseado?

“Yo Jehová no cambio”. El corazón y la carne pueden debilitarse, y en efecto se debilitan y desfallecen; pero hay un Dios que no puede fallar, ni debilitarse, ni variar. Todos los cambios del mundo no podrían conmoverle. Nuestras propias fluctuaciones no pueden afectarle a Él. Mientras que nos deprimimos, nos abatimos, vacilamos, y nuestros corazones incrédulos dudan de la liberación, Él solo permanece, sin ninguna sombra de variación. “Dios, que no miente” (Tito 1:2), esto es lo que podemos ver en todas las épocas.

“Yo Jehová no cambio”. ¿Para quién se despliega el arco de consuelo en medio de la sombría nube? (véase Génesis 9:13-14). Es para los hijos de Jacob, para el pueblo escogido de su pacto, para aquellos que están revestidos del traje del primogénito y que tienen parte en la herencia espiritual.

¡Nombre precioso! Santa y bienaventura-da certeza, de que nada me sucede si no es para mi bien. ¿Cómo podré dudar de su fidelidad? ¿Cómo discutir la sabiduría de sus dispensaciones? Es el mismo amor del pacto el que quiere que mi horizonte terrenal sea oscurecido. Él es el mismo en esta hora que en aquella en la que “no escatimó ni a su propio Hijo” (Romanos 8:32). ¡Oh! ¡En lugar de asombrarme de mis pruebas, más bien debería asombrarme de Aquel que me ha sostenido por tanto tiempo! A causa de sus misericordias, que nunca decayeron, yo no he sido consumido (Lamentaciones 3:22). Si hubiese sido un hombre cambiadizo, vacilante como yo, hace mucho tiempo que me hubiera desechado como vaso de ninguna utilidad, como esa higuera que ocupaba la tierra inútilmente. “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Isaías 55:8). Él sigue siendo el mismo para siempre. Y en medio de este día oscuro y cargado de nubes, “alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová” (Salmo 121:1-2), y cantaré a través de mis lágrimas: “Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios” (Salmo 146:5).

“Y sucederá que cuando haga venir nubes sobre la tierra, se dejará ver entonces mi arco en las nubes” (Génesis 9:14).
Revista Creced

Normas de Interpretación Bíblica (1)

 ErnErnesto Trenchard 


Capítulo 1: INTRODUCCIÓN


Se plantea el asunto.

La palabra «hermenéutica» extraña un poco, pero es una etiqueta conveniente (derivada de la voz griega hermeneuo: explicar un texto) para resumir las distintas consideraciones, principios y normas que nos ayudan a llegar a una interpretación adecuada de las Sagradas Escrituras. Por la ayuda de tales normas podremos hacer una buena exégesis de cualquier pasaje bíblico. Esta voz también es una palabra griega que significa «poner en claro un texto».

Para darnos cuenta de la Importancia de este estudio debiéramos considerar dos puntos de vista opuestos en cuanto a la comprensión del texto sagrado. Si hablamos de la hermenéutica, por ejemplo, a un hermano sencillo, pero poco estudioso, nos responderá:

«¿Qué necesidad tengo yo de normas para entender la Palabra de Dios? ¿No nos la dio Dios para que la entendiéramos? ¿No dice el apóstol Juan: «La unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe»? (1 Jn. 2:27). ¿No dice el profeta Isaías que el camino es tan claro que hasta los insensatos no yerran? (Is. 35:8).»

Desde luego, hay algo de verdad en lo que diría tal hermano (y la actitud es conocidísima), pero hay que saber distinguir la verdad del error que encierra su contestación. La interpretación de las citas bíblicas que da es un ejemplo de lo que pasa cuando se quiere entender textos con sentido individualista, sin tomar en cuenta ni el contexto ni el conjunto de las enseñanzas bíblicas. Es una bendita verdad que un alma sencilla que busca la voluntad del Señor por medio de la Palabra la hallará. Hay innumerables casos de personas que se han convertido por la sencilla lectura de la Palabra, sin enseñanza humana. También hemos conocido casos de hermanos que han llegado a una buena comprensión de las doctrinas fundamentales de las Escrituras por una constante meditación en la sola Palabra cuando no han tenido a mano doctores que les orientasen. Ningún alma humilde y deseosa, pues, será defraudada si busca la voluntad de Dios para sí en la Palabra, según el principio de Juan 7:17: «E1 que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios.»

Ahora bien, es necesario considerar el reverso de la medalla, pues muchos son los creyentes que sacan ideas erróneas de las Escrituras, y las herejías suelen fundarse precisamente sobre determinados pasajes arrancados de su contexto, y subrayados sin relación con la perspectiva de las enseñanzas de la totalidad de la Biblia. Los propagadores de las terribles herejías de los «Testigos de Jehová» se ufanan precisamente por su conocimiento superior de los Escritos sagrados. Estos hechos han llevado a otros a una posición completamente contraria:

«Es tan difícil interpretar las Escrituras que sólo los teólogos especializados pueden hacerlo.»

Los hermanos que se afirman en esta posición señalan las muchas cuestiones eruditas que conciernen al texto de la Biblia, su transmisión a nosotros, su traducción, etc., recordándonos que los eruditos han pasado toda su vida comentando el sentido de pasajes bíblicos y aun así no se ponen de acuerdo entre sí. ¿Qué ha de hacer el laico, pues? ¡Solamente puede engañarse a sí mismo, desviándose por alguna senda particularista, resultado de su ignorancia de las cuestiones a tratar!

Más abajo expondremos algunas de las dificultades que verdaderamente existen en cuanto a la interpretación de las Escrituras. Pero hemos de hacer notar que la posición última que hemos señalado deja fuera de consideración el hecho de que Dios quiere hablar con Sus hijos por medio de la Palabra.

Sin caer en el error de quien no acepta ayuda, estamos seguros de que puede cumplir su propósito, siempre que Sus hijos, por su parte, se acerquen a las Escrituras con deseos de saber Su voluntad, y dispuestos a toda diligencia en la búsqueda de sus tesoros. Podemos concretar esta posición media de esta forma:

El creyente diligente y espiritual puede llegar a interpretar correctamente las Escrituras, pero ha de conocer las dificultades y estar dispuesto a emplear los medios que Dios le pone a su alcance.

El hermano que piensa que no necesita ayuda debiera tomar en cuenta un hecho muy sencillo y evidente. Como no existe una lengua universal, Dios escogió el hebreo (con algo de arameo) para expresar lo que quería comunicar en la antigua dispensación, y el griego como medio para dar a conocer las verdades del Nuevo Pacto. Son lenguas antiguas y difíciles, de modo que personas que ya poseen la base de una buena cultura, conjuntamente con el don de idiomas, necesitan años de profundos estudios antes de dominar estas lenguas hasta el punto de poder verter su sentido exacto a las lenguas modernas que conocemos nosotros. Cada vez que un hermano sencillo lee un pasaje de la Palabra en una versión castellana, debe parar con el fin de dar gracias a Dios por los esfuerzos de los hermanos eruditos que han hecho posible que él, sin conocer más que su lengua materna, pueda aprovechar el tesoro de la Palabra divina. De igual forma, debemos muchísimo a quienes se han esforzado por aclarar el fondo histórico y literario de los libros de la Biblia, con el fin de que nosotros, en nuestro día y generación, podamos entender más exactamente su sentido.

Para finalizar esta sección, notemos distintas actitudes de las cuales se ha valido el diablo para impedir que la Palabra divina haga su debido efecto en el corazón, la mente, la vida y el servicio de los hombres: El modernista mutila la Palabra, el tradicionalista añade a la Palabra, el perezoso ignora la Palabra y el ignorante tuerce la Palabra.

En una lección posterior notaremos los postulados del verdadero evangélico al estudiar la Biblia, tan distintos de los del modernista. Solamente diremos aquí que, de una forma o de otra, el modernista (o «teólogo liberal») exalta la comprensión humana por encima del Verbo escrito de Dios, escogiendo ciertas porciones que, según su criterio propio, contienen «valores espirituales y religiosos», y calificando las demás como torpes balbuceos de niños que buscaban caminos parecidos a los de las demás religiones del mundo. Mutila la Palabra, y aun en el caso de moderados, que aparentemente aceptan mucho de lo básico de la fe cristiana, la tendencia es funesta y peligrosa en extremo.

El tradicionalista acepta, como dogma de la fe, que la Iglesia adelanta, que la Biblia es la Palabra inspirada de Dios. Pero también tiene que hacer caso de la tradición oral, de los dichos de los Padres apostólicos, de las decisiones de los Concilios y de las declaraciones «ex cátedra» del Papa, en el caso de los católicos romanos.

Entre tanta cosa añadida, hay mucho que contradice tanto la letra como el espíritu de la Biblia. En la inmensa y poderosa esfera del catolicismo romano, por ejemplo, la Palabra es escondida bajo la paja de innumerables tradiciones, ritos y costumbres que niegan el valor de la Palabra que teóricamente se acepta.

El perezoso se halla en todas las congregaciones, pero abunda más allí donde se acepta la tesis de que la interpretación de la Biblia se ha de dejar para el teólogo especializado. Escucha un sermón de vez en cuando, pero no medita en su casa, de modo que su alma se halla en estado raquítico, faltándole alimento y vitaminas espirituales.

El ignorante es el que se cree capaz de dar el sentido de cualquier texto por una luz interior, sin querer ser enseñado, interpretando a su antojo las preciosas promesas de la ayuda que el Espíritu dará al alma humilde y diligente. Sus frases predilectas son: «A mí me parece», o «el Señor me ha dicho»; pero de hecho no utiliza el texto más que para colgar en tal «percha» sus propios pensamientos, torciendo lamentablemente el verdadero sentido del pasaje tal como se dio por el siervo inspirado de Dios.

         Las lecciones siguientes se dirigen a cristianos que aman la Palabra, que se dan cuenta de su propia incapacidad frente a tanta riqueza divina, pero que, diligentemente y anhelantes, desean apreciar lo más exacta y profunda-mente posible las cosas reveladas que son para nosotros y para nuestros hijos (Dt. 29:29).

Ernesto Trenchard 


Dios me Hizo Mujer (3)

 


El plan divino de la feminidad

Eleonor Mosquera 

Capítulo 2: El daño que produjo el pecado

"La mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. (1 Timoteo 2.14)


En Génesis 1 y 2 abundan las palabras "y vio Dios que era bue-no". En verdad, todo lo que Dios hizo era "bueno en gran manera". Pero cuando llegamos a Génesis 3, quizás el capítulo más triste de la Biblia, vemos cómo la creación es arruinada con la llegada del pecado.

Sabiendo que el diseño divino del hombre y la mujer era maravilloso y traía gozo al corazón de Dios, Satanás hizo todo lo posible para distorsionar y dañar la imagen que ellos reflejaban. El pecado entró en el mundo fracturando el orden divino de la creación, y puso a la humanidad en un declive tal que aun a Dios "le dolió en su corazón" (Génesis 6.6).

LA CAUSA DE LA DISTORSIÓN

Génesis 3 nos relata cómo Satanás entró en la escena y con astucia torció la verdad de Dios para engañar sutilmente a la mujer. Eva consideró lo que Satanás le dijo, dudó de la bondad y sabiduría de Dios, y escogió lo que pensaba que era mejor para ella. Al mirar el árbol de la ciencia del bien y del mal, Eva se convenció a sí misma de que si comía del fruto prohibido se beneficiaría grandemente. Pero no se detuvo a considerar las consecuencias de esa decisión. Su desconfianza e insatisfacción la llevaron a la desobediencia.

Eva no sólo comió, sino que además le dio a Adán para que comiera también. Y así entró el pecado en el mundo, arruinando y distorsionando el diseño original y oscureciendo la imagen de Dios que ellos reflejaban. Ese bocado de desobediencia les trajo a ambos tristes y desagradables consecuencias.

LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO

Apenas Adán y Eva mordieron aquel fruto, "fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos" (Génesis 3.7), Sintieron culpa, vergüenza y miedo. La relación perfecta que disfrutaban con Dios, y para la cual habían sido creados, se había roto. La tranquilidad de la inocencia fue reemplazada por el temor de la culpabilidad, y por primera vez se sintieron inseguros, vulnerables y expuestos. Por eso, al oír la voz de Dios, se escondieron.

¿Qué había pasado? La Biblia lo resume así: "El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte" (Romanos 5.12). La muerte fue la consecuencia mayor. Dios les había mandado que no comieran del árbol en medio del huerto, "porque el día que de él comieres", dijo Dios "ciertamente morirás» (Génesis 2.17). Aunque en ese ellos no murieron físicamente, sí murieron espiritualmente y experimentaron una terrible separación en su relación con Dios. Como dijo Isaías: "Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios" (Isaías 59.2). Esta consecuencia fue igual tanto para el hombre como para la mujer, "porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron" (Romanos 3.22-23).

En los primeros dos capítulos de Génesis vemos a Dios como el Creador y Benefactor, pero ahora en el capítulo 3 lo vemos como Juez al confrontar a Adán y Eva por su pecado. Él les señala que, además de la muerte, el dolor sería otra triste consecuencia. "A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores de tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos... Y al hombre dijo: ...maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida" (Génesis 3.16-17).

Para la mujer específicamente

Trágicamente, el pecado quebró el orden natural de la creación de Dios, dañando directamente los atributos de cada género, y, por lo tanto, afectando la feminidad de la mujer. Aquel día Dios maldijo a la serpiente (Satanás) como castigo por lo que hizo (Génesis 3.14), y al hombre y a la mujer les declaró cuál sería el fruto que cosecharían por su pecado. Estas consecuencias para cada uno se relacionarían directamente con su género. "A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti" (Génesis 3.16).

La primera parte tiene que ver con la relación de la mujer y sus hijos. Dios le dice que, como consecuencia del pecado, la maternidad le iba a producir mucho dolor. La idea es que todo el proceso de tener y criar hijos iba a ser doloroso «en gran manera", no sólo el aspecto físico del parto, sino también el aspecto emocional, espiritual y relacional. El potencial de sufrimiento al criar e interactuar con un hijo va mucho más allá del aspecto físico. Y Eva lo comprobó más adelante cuando su hijo mayor, Caín, asesinó a su hijo menor, Abel.

Otra relación que fue severamente dañada por el pecado fue la relación de la mujer con el hombre. Dios creó al hombre y a la mujer con características complementarias para que se relacionaran armoniosamente. Pero el pecado estropeó esta relación, y la afectó de forma negativa. En Génesis 3.16 Dios les advierte que ahora habría un conflicto entre el hombre y la mujer. El pecado haría que la mujer sintiera un deseo por controlar al hombre, y un impulso por resistirse y oponerse a la autoridad de él. También, el hombre tendría la inclinación y el anhelo de dominar a la mujer, ejerciendo su autoridad de una manera egoísta, dictatorial, o autocrática. En otras palabras, el pecado torció tanto el deseo positivo del hombre de liderar a la mujer con cariño para su bien, como el deseo de la mujer de responder gustosamente al liderazgo del hombre, convirtiéndolo en un deseo negativo en ambos.

Lo bueno es que la historia de la caída del hombre y la mujer no termina aquí, con la mala noticia de los estragos del pecado, sino con una nota de esperanza: "Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió" (Génesis 3.21). Dios, en su misericordia, derramó la sangre de un animal inocente para hacerles túnicas apropiadas, anticipando así la obra redentora de Jesucristo en la cruz que tendría el poder para resolver el problema y las consecuencias del pecado una vez y para siempre.

        Hoy en día, debido a la realidad del pecado, poder experimentar y expresar el ideal bíblico de la feminidad resulta difícil para nosotras como mujeres. Tenemos una naturaleza pecaminosa y vivimos en un mundo contaminado y arruinado por el pecado. Sin embargo, por medio de la redención de Cristo, Dios nos ofrece los recursos necesarios para vivir según el diseño divino de la feminidad y disfrutar la bendición de agradarlo a Él.
Eleonor Mosquera,

He aquí mi siervo (7)

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Isaías 53:4

Este texto contiene términos clave y forma parte de la confesión en la cual Israel reconocerá a Jesús como su Mesías. Esto sucederá cuando él regrese del cielo y se manifieste en gloria. En la actualidad, los creyentes podemos identificarnos con esta confesión, ya sea que provengamos de los judíos o de los gentiles, pues hemos comprendido que el Señor Jesús también sufrió el juicio de Dios por nosotros.

El pueblo del Mesías, representado por sus líderes, acusó injustamente a Jesús de blasfemia y decidió crucificarlo. En aquella época, la tierra de Israel estaba bajo la ocupación romana y, según la ley de ellos, la pena capital se ejecutaba mediante crucifixión. Barrabás, culpable de insurrección y asesinato, esperaba su ejecución. Sin embargo, el pueblo eligió a Barrabás (cuyo nombre significa hijo del padre) en lugar de Jesús (el verdadero Hijo del Padre), quien era completamente inocente (véase Mt. 27:20–26). Aunque se equivocaron grandemente en esta elección, todo esto cumplió el plan determinado de Dios (véase Jn. 3:13; Hch. 2:23).

       La palabra ciertamente en esta confesión nos habla de la voluntad del Sustituto. Aunque el pueblo merecía sufrir el juicio de Dios, el Sustituto ocupó voluntariamente su lugar en aquel juicio. Al aplicarlo a nosotros, podemos decir que el Señor Jesús, como el sacrificio por el pecado, soportó el juicio que nosotros merecíamos. Cuando reconocemos que, como pecadores, necesitábamos un sustituto en el sacrificio, nos convertimos en aquellos que ofrecen el sacrificio e imponen sus manos sobre él (véase Lv. 4:4), transfiriendo simbólicamente nuestra culpa, pecado e iniquidad sobre el Sustituto (véase 2 Co. 5:21). Después de confesar nuestros pecados, aceptamos la obra de Cristo al poner nuestras manos sobre él, el Sacrificio por el pecado, identificando-nos con él y con su obra, ya que él tomó nuestro lugar bajo el juicio de Dios.

Alfred E. Bouter, El Señor está cerca 


Nuestra pascua… ya fue sacrificada por nosotros

 


Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois;
porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. (1 Corintios 5:7)

 Si hubo un gran movimiento e inquietud entre los hebreos el día 14 de mes de abid en toda la región de Gosen en Egipto, fue porque aquella noche se iba a dar principio a la pascua: La muerte del cordero, cuya sangre untaba en el dintel y en los dos postes de la puerta, daría seguridad los que estaban adentro de la casa, para no ser tocados del ángel destructor: “Verá la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto”. (Éxodo 1:13) Garantía era también que desde aquella noche en adelante empezarían a formar una nación libre del yugo de Faraón. La pascua sería para Israel la fiesta nacional de más resonancia.

Si hubo un gran movimiento e inquietud en toda la nación hebrea, fue la noche que el Señor Jesucristo fue entregado, porque se iba a dar fin a la pascua antigua de los hebreos para dar cumplimiento a la realidad, e inaugurar la cena del Señor. “Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros”. (1 Corintios 5:7)

El Señor y los discípulos estaban grandemente preocupados por la celebración. “¿Dón-de quiere que preparemos para que comas la pascua?” (Mateo 6:17, Lucas 22:15) Todo esto induce a pensar que la preocupación no era tanto por lo que iba a ser establecido en figura de la muerte del Señor. Dos cosas tenían que recordar Israel en la pascua al esparcir la sangre: liberación de la muerte y, al comer del cordero, liberación política y ciudadana. Dos cosas estableció el Señor, el pan y el vino, con el fin de grabar un acicate de dos cosas en su Iglesia por toda su peregrinación en la tierra. “Tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma. Haced esto en memoria de mí”. (Isaías 6:8, 1 Corintios 11:4,5)

Por tanto, la cena del Señor, siendo tan solemne en su cumplimiento y obediencia, exige varias normas de mucha consideración.

· Es una tradición invariable

“Yo recibí del Señor lo que también os he enseñado”. (1 Corintios 11:23) Pablo observó mucho celo y cuidado con aquel depósito de enseñanzas que tal vez recibió en los montes de Arabia, y sin cambiar en nada enseñó para que la Iglesia practique lo mismo en todos los tiempos. Pablo se interesó mucho que Timoteo siguiera sus pisadas: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros”. (2 Timoteo 1:13,14)

· Es una institución santa

“El Señor tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió. Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido”. (1 Corintios 11:4) Fue nuestro Señor Jesucristo quien la instituyó; no fue Pablo, ni los apóstoles, ni la Iglesia. Los discípulos de Emmaús nunca podrían olvidar aquellas manos como “anillo de oro engastas en jacinto”. Muy adentro por la ventanilla de su corazón marcó el Señor su huella cuando le vieron partir el pan. Frecuentemente se oye entre los hermanos adoradores palabras que no son a tono con el acto. Dicen: “Aquí estamos rodeando o al contorno de la mesa ... Vamos a partir y a comer este santo pan”. No es la mesa que rodeamos, sino el Señor. No es santo el pan, sin Cristo el santo y nosotros los santificados por Él.

· El motivo es la memoria

“Haced esto en memoria de mí”. (1 Corintios 11:25) No podemos figurar a Cristo por uno de esos de retrato, de busto, o de estampas. El hortelano podría tener algún parecido con Jesús, pero María Magdalena dijo: “Si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo llevaré”. Contemplamos por la fe a un Cristo, no según la carne, sino al Señor glorificado: “En medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta sus pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Mi amado es blanco y rubio, señalado entre diez mil”. (Apocalipsis 1:13, Cantares 5:10-16)

· Es una responsabilidad colectiva

“Así, pues, todas las veces que comieres este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que venga”. (1 Corintios 11:26) Más que un deber, es el amor a Cristo que nos hace juntar a la cena del Señor. Esos símbolos sobre la mesa son representativos de unidad y comunión. Si ocupamos nuestro lugar a la cena del Señor, establecemos que no somos disidentes a la unidad. Sólo tres motivos impedían al israelita celebrar la pascua: viaje, inmundicia o enfermedad. “Todas las veces que esto hiciereis” está ligado con, “para que cada uno reciba según haya hecho mientras estaba en el cuerpo”. (2 Corintios 5:10)

· Necesita una preparación personal

“De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor”. (1 Corintios 11:27) Participar de la cena del Señor es privilegio de todos los redimidos, pero mira cómo lo hagas. Dios no da por inocente al que viola su santuario. Participar de la cena del Señor descuidadamente, con pecado no confesado, pleito no arreglado, cuerpo no lavado, ropa desaseada: esa es la “mosca muerta en el perfume del perfumista”. Así, como en la iglesia de los corintios, hoy también muchos están llevando en su cuerpo la consecuencia de su imprudencia. Enfermedad, incompatibilidad en la familia, situación precaria de su economía, son a veces el resultado de participar impuro de la cena del Señor.

· Es para que el Señor sea glorificado

“Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos no seríamos juzgados; más siendo juzgados, somos castigados del Señor, para que no seamos condenados con el mundo”. (1 Corintios 11:30-32) Hermanos, ninguna felicidad terrena puede compararse ni impedir la comunión con el Señor. Entonces merece la pena sacrificar cualquier goce temporal, y decir como el salmista: Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las [grandezas] moradas de maldad”. (Salmo 84:10)

José Naranjo

La cruz convierte lo amargo en dulce

 


Llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas… Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron.
Éxodo 15:23, 25

Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. Hebreos 2:9


Mara es una figura de este mundo, un desierto salvaje con aguas amargas, bajo maldición por causa del pecado del hombre. “Porque la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23). Las aguas amargas simbolizan la muerte. Ante todo, esto, ¿cuál es la solución?

“Jehová le mostró un árbol”. Ante su súplica, Jehová le mostró este árbol a Moisés. Moisés no habría visto el árbol si Jehová bondadosamente no se lo mostraba. Este árbol nos presenta simbólicamente la humanidad de Cristo, quien vino a este mundo por la voluntad de Dios, pero también nos hace pensar en la cruz. De manera similar, el Señor es quien debe mostrarnos la cruz para que logremos comprender de mejor manera lo que él soportó por nosotros allí.

Las aguas amargas fueron endulzadas cuando el árbol fue lanzado en ellas. Violenta y despiadadamente, el árbol fue lanzado a las aguas de la muerte para que surgiera la dulzura. Oh, ¿qué hizo Cristo para merecer tan severo castigo de parte de Dios? “Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos”. ¡Qué sabor tan insondablemente amargo experimentó en la cruz! ¡Bendito y adorado Señor y Salvador!

F. S. W.


Lecciones que aprendí en mi asamblea (8)

 Desviación de la voluntad de Dios

 Peter Fleming


Habiendo sido juntados de la manera descrita, con poco conocimiento de la Palabra de Dios y sin ayuda alguna de parte de otros que conocían el orden divino y tenían el don de enseñar cómo debe conducirse una asamblea del pueblo de Dios, no fue nada extraño que hubiéramos cometido errores en algunas de las primeras experiencias de la congregación.

El patrón en las Escrituras

La mayoría de nosotros habíamos estado en iglesias donde todo se hacía de una manera estereotipada, sin considerar si lo que se hacía estaba conforme a la Palabra de Dios o no. Era posible seguir esa rutina sin vida espiritual, y ciertamente sin poder espiritual. Pero ahora nos encontrábamos en condiciones completamente diferentes. Cincuenta años de experiencia me han servido para confirmar las primeras impresiones que me formé al congregarme de una manera sencilla en el nombre del Señor Jesucristo bajo la dirección del Espíritu Santo, para dar efecto al patrón bíblico:

•              Que hace falta una correcta condición espiritual de parte de cada uno, particularmente si la Palabra de Dios va a surtir efecto en la actuación de la asamblea.

•              Dondequiera que los creyentes no están en esta condición, se manifestará la debilidad y el desorden. Lo único que puede mantener una asamblea de cristianos en la verdadera comunión con Dios, actuando espiritualmente y en paz dentro de sí, es el poder divino del Espíritu. Si las almas de pueblo de Dios le permiten al Espíritu operar sin impedimento, Él les ofrece la guía necesaria. Lo contrario surge cuando el Espíritu está apagado o contristado; así, lo demás no surte efecto. O sea, donde se permite carnalidad en el alma, mundanalidad en el estilo de vida, o conformidad con actitudes y acciones que prevalecen afuera en el mundo, Dios nos hace sentir que en nuestra fuerza propia y nuestro conocimiento propio no podemos dar efecto a su voluntad y su manera de obrar. Y, es aquí donde nos desviamos tan a menudo. En vez de confesar nuestra condición empobrecida, humillándonos delante de Dios, buscamos alguna manera humana para proseguir. Como dijo uno años atrás: “Echamos hacia adelante, resueltos a no reconocer que hemos sido derrotados”.

Nuestra primera experiencia en este sentido será para mí una lección para siempre.

Nuestras fallas y lecciones aprendidas

Durante los primeros meses después de la constitución de la asamblea, estábamos unidos y felices; la persecución, a la cual estábamos sujetos todos, sirvió para preservarnos a nosotros y a aquellos a quienes Dios estaba guiando por su Palabra para que tuvieran comunión con nosotros. Pero cuando terminó esta primera fase de oposición del enemigo, y nuestro número había aumentado, otros creyentes vinieron y pidieron “partir el pan” con nosotros. Ellos no habían cortado sus nexos con las iglesias denominacionales ni tenían ejercicio espiritual para hacerlo. Creo que su acercamiento a nosotros se debió a la curiosidad y no a un deseo sincero de adorar conforme al “escrito está”. Lo que querían simplemente era ver más de cerca cómo conducíamos nuestras reuniones.

Careciendo de instrucción sobre el orden bíblico y el gobierno de una asamblea, les dimos lo que buscaban, aun cuando lo hicimos dudando. Ese día, por vez primera, la reunión fue pesada, sin tema, y —pensamos todos— sin la dirección del Espíritu. Este fracaso nos puso de rodillas y nos mandó a la Biblia. Nos habíamos desviado en el camino, como dicen las Escrituras, y Dios nos lo hizo saber y sentir aquel día. Pero fue una lección saludable, y una que nos causó que buscáramos consejo en su Palabra en ocasiones difíciles que se presentaron más adelante.

Un argumento sin fundamento

Habíamos accedido a su deseo aquel domingo con la esperanza de que ellos sentirían el deseo de salir de los rediles sectarios entre los cuales estaban acorralados junto con personas inconversas. Bien me acuerdo de los argumentos expuestos por uno o dos de nuestro grupo que se habían incorporado poco antes y querían “recibir a la cena” a los visitantes. Su punto principal fue que “la mesa del Señor es para todo el pueblo del Señor, y esos creyentes gozan de los mismos derechos que nosotros”.

Este argumento se usa a menudo, y es erróneo. No resiste la prueba de las Escrituras. Ni ellos ni nosotros tenemos “derechos” sino privilegios que el Señor concede, y éste no es uno de los privilegios que Él da.

Tengamos presente que nuestros herma-nos visitantes no querían ni solicitaron ser recibidos en la comunión de la asamblea. Puesto en las palabras textuales de la Biblia en Hechos 9.26, ellos no trataban de juntarse con los discípulos del Señor al estilo de Saulo de Tarso cuando recién convertido. Lo que nuestros amigos querían era simplemente participar en el acto del partimiento del pan, y tal vez en una sola ocasión.

No tenemos mandamiento del Señor, ni ejemplo en las Escrituras, de recibir en la cena a aquellos que no pertenecen a la iglesia local, o a alguna de ellas.

Todavía es una orden divina

El hecho de señalar tal cosa a los visitantes no es asunto de negar la comunión unilateralmente; no hacemos mal al repasar con ellos el patrón de Hechos 2.42, donde los primeros discípulos perseveraban en la doctrina, la comunión, la cena y las oraciones. Las cuatro van juntas; éste es todavía el orden divino. Si se solicita a una asamblea de creyentes que modifique este patrón, admitiendo sólo al partimiento del pan a un creyente que no desea perseverar en la doctrina, sino continuar en alguna comunión ajena a la que los apóstoles enseñaron, entonces se le está pidiendo a esa congregación proceder sin ejemplo y precepto bíblico.

Es un precio demasiado elevado sólo para ganar a un hermano aun si pudiera confiar en que tal concesión lo persuadiría a renunciar a sus antiguos nexos. Y los que piden esa comunión ocasional no necesariamente van a cambiar de parecer y seguir en una comunión continua. Existen aquellos que son sinceros y los que más adelante exigirán que otros sean admitidos también. Entonces surge el riesgo de que, si no se hace lo que piden, ellos amenazarán con dividir la asamblea y formar la suya propia.

La experiencia nos ha enseñado que donde Dios y su Palabra están guiando a su pueblo, los que están siendo así conducidos querrán ser incorporados en el testimonio local para perseverar en la asamblea y protegerla. Ellos perderán el interés en las sendas atractivas que conducen a otro rumbo, y tampoco querrán volver a las organizaciones que dejaron al profesar obediencia a la Palabra de Dios.

Al intentar así mantener el orden divino en cuanto a la recepción, o incorporación de otros creyentes a la iglesia local, de ninguna manera hemos intentado poner obstáculo delante de los que Romanos 14 llama débiles en la fe, o sea, que han aprendido poco de las Escrituras. Nunca hemos exigido una garantía de uno que va a ser recibido, en el sentido de que nunca irá a tal y tal parte, o que nunca se involucrará en esto o aquello fuera de las actividades de su asamblea.

Hemos intentado más bien poner delante de los nuevos lo que creemos ser la voluntad del Señor para su pueblo, y el patrón permanente que su asamblea debe tener, tal como está pautado en el capítulo 14 de 1 Corintios. Generalmente nuestra experiencia ha sido que, estando los creyentes en una buena condición de alma y sujetos a la Palabra, les agrada caminar por la senda de la verdad. Cuando hemos actuado humildemente en este sentido, no hemos ahuyentado a los santos, aun si hemos sido firmes en la aplicación de los principios bíblicos en la medida en que los conocemos.

Desde el momento en que decidimos, por la gracia de Dios, que así debería ser con respecto a la asamblea, el Señor ha añadido constantemente a la misma, y ha aumentado también las actividades de la congregación en lo que se refiere a la proclamación del santo evangelio y las diferentes formas de ministerio y atención a los muchos hermanos en la fe que vienen a recibir sustento espiritual.


Peter Fleming