Mostrando entradas con la etiqueta H.A. IRONSIDE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta H.A. IRONSIDE. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de diciembre de 2018

SALVACIÓN Y RECOMPENSA (Parte IX)



Ahora, para terminar, me gustaría exhortar encarecidamente al lector cris­tiano, empleando las palabras solemnes del Señor en Su advertencia a la iglesia de Filadelfia:
“He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” (Ap. 3:11).
Observemos: nadie puede robarme mi salvación. De esto hay evidencia abun­dante en las Escrituras. Pero otro puede tomar mi corona si me muestro infiel a lo que me ha sido confiado.
Cada creyente, además de ser un hijo, también es un siervo. A cada uno le es dado algún don particular y alguna línea de servicio. Puede que sea de naturaleza pública o privada, pero es una mayordomía que el Señor ha confiado a esta persona. “Ahora bien, se requiere de los adminis­tradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Co. 4:2). Si no ejerzo el ministerio que me ha sido dado, humildemente y depen­diendo del Espíritu Santo para que pueda cumplirlo fielmente, puedo ser marginado como siervo, y el Señor puede llamar a otro para terminar mi trabajo. Si esto sucede, perderé mi corona.
Hemos oído del hermano que distri­buía tratados, pero que llegó a desanimarse debido a que aparente nadie apreciaba lo que hacía. Abandonó su servicio, y veinte años más tarde supo que alguien se había convertido por medio de un tratado que repartió el último día. Aquel nuevo creyen­te había tomado para sí ese ministerio de repartir tratados. Después de largo tiempo encontró un día a su bienhechor en la calle al presentarle un tratado. Surgió una con­versación entre ellos, en la cual el hermano viejo aprendió que aquel joven creyente había tomado su lugar y ministerio. “Así que”, dijo, “¡parece que te he dejado tomar mi corona!”
Recordemos, hermanos, que Dios llevará a cabo Su obra de alguna manera empleando algún instrumento. Aprenda­mos a no esquivar nuestra responsabilidad, sino decir (y hacer) con Isaías: “Heme aquí, envíame a mí”.
(del libro “Salvación y Recompensa, dos líneas distintas de la verdad”, H.A. Ironside)

viernes, 2 de noviembre de 2018

SALVACIÓN Y RECOMPENSA (Parte VIII)



Pero ¿debemos trabajar buscando una recompensa? ¿No sería esto una forma egoísta de proceder? ¿No sería mejor ignorar este asunto y simplemente servir al Señor? Preguntas y comentarios como éstos se hacen a menudo y son dignos de consideración.
Cierto es que no tendríamos tantas exhortaciones a no perder nuestra recom­pensa si el Espíritu Santo no quisiera darnos estas coronas.
Acerca de Moisés leemos lo si­guiente:
“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de faraón, escogien­do antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (He. 11:24-26).
Él consideró el valor de lo que ofrecía Egipto, por un lado, y por el otro, lo que Dios en Su Palabra ha prometido a Su pueblo, y toda la gloria de Egipto parecía más ligera que el aire en compa­ración con la alabanza de Dios. Tampoco era el egoísmo lo que le motivaba a poner la mirada en el galardón. Sabía que Dios es glorificado cuando Su pueblo aprende a estimar correctamente Sus favores.
Una vez cuando había estado pre­dicando sobre las verdades indicadas en este libro, una mujer cristiana y modesta se me acercó y preguntó: “¿Debo entender que usted está trabajando para una recompensa, que anticipa recibir una corona?” “Sí”, le respondí, “me daría mucho gozo ser coronado en aquel día por Aquel cuyo siervo soy”. “¡Oh!”, exclamó ella, “¡qué sorpresa! Esperaba que estaría trabajando sólo por puro amor a Cristo, sin esperanza de recibir nada a cambio. Por mi parte, sólo deseo agradarle y no me interesa nin­guna corona”. “¿Pero señora”, le repliqué, “no se acuerda de lo que vamos a hacer con las coronas si tenemos la felicidad de ganarlas?” Cambió instantáneamente la expresión de su cara, y dijo: “No había pensado en esto. ¿Verdad que dice en al­gún lugar que echaron sus coronas a Sus pies?” “Sí, señora, exactamente. Y qué triste sería no tener corona para echar en aquel momento. No es que tomamos cré­dito ni ahora ni entonces por lo que hace­mos, pues sólo podremos decir: “siervos inútiles somos; sólo hemos hecho lo que debemos”. Echaremos nuestras coronas a Sus pies en adoración, cantando “Digno es el Cordero, Digno eres Tú, Señor Jesús”. Los ojos de aquella señora se llenaron de lágrimas y dijo: “Entonces, sí que deseo una corona para aquella ocasión gloriosa. Estaba equivocada. Buscaré trabajar por El para obtener una recompensa”. Cierto es que cada santo redimido por la sangre de Cristo, e instruido en la Palabra de Dios, puede decir lo mismo.
Es importante recordar que cuando estaba en el mundo, el Señor dijo: “más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:35). Así que, le dará gozo presentar a Sus santos victoriosos las recompensas que ha preparado antes para ellos. Quisiera ver a cada uno entre los que guardan Su Palabra y vencen al mundo, para que, ha­biendo padecido con El, también puedan reinar con El en la gloria venidera de Su reino visible.
Cuando Él se presente para tratar con Sus siervos y ver lo que cada uno ha ganado con los talentos que le fueron entregados, será para el Señor un gozo reconocer lo que Su gracia ha hecho en ello por medio del poder del Espíritu Santo que mora en ellos. Al honrar a Sus santos, realmente está glorificando el Nombre de Su Padre, y Su propio Nombre. En aquel día, ¿quién quisiera perderse las palabras: “Bien, buen siervo y fiel... entra en el gozo de tu señor”? (ver Mt. 25:21, 23). Dará gran satisfacción a los que han trabajado en medio de dificultades, sirviendo al Señor en el lugar donde Él fue rechazado, cuando luego Él diga: “Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré
Pero aun con todo, no trabajamos solamente para recibir una corona, sino también para agradar a Aquel que nos ha tomado por soldados (2 Ti. 2:4). Su apro­bación será amplia recompensa por toda la persecución y falta de comprensión de los hombres. “Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables” (2 Co. 5:9).
Pero a veces no acabamos de com­prender cuánto Él aprecia y agradece las cosas pequeñas, la devoción íntima que los demás no ven, y la fidelidad en la rutina cotidiana. Tendemos a pensar que hay que hacer alguna cosa grande, servir en alguna capacidad pública y visible, para ganar el laurel del vencedor. Pero esto es un error. El valora todo lo que se hace por amor de Él y según Su Palabra, aparte de si los hombres lo ven o no.
Recuerdo a una madre preocupada que me dijo en una ocasión: “No puedo ganar una corona, porque no tengo opor­tunidad para servir como quisiera. Cuando era estudiante tenía sueños de una vida de devoción al servicio de Cristo. Me presentaba voluntariamente cuando ha­bía un trabajo o ministerio que realizar, y pensaba que llegaría a ser una misionera. Pero cuando gradué encontré a Charlie, y pronto nos casamos. Allí terminó mi sueño de salir y servir a Cristo. Han pasado años, he padecido de problemas de salud, he criado seis hijos, y hemos tenido bastantes problemas económicos, con lo que ha sido imposible que yo hiciera algo para el Señor. Así que, nunca podré ganar una corona”. ¿No expresaba ella el concepto equivocado que tienen muchas jóvenes que piensan que para servirá Cristo hay que “salir a la obra”? Le expliqué a la hermana que el testimonio piadoso de una esposa fiel y madre devota, la obra de criar una familia para Dios, el ejemplo de una vida santa y coherente, estas cosas son de gran valor a los ojos de Dios, y tienen una recompensa segura. Seguramente es así para cada hermana en Cristo. Una madre ocupada con las cosas de su familia también puede correr la carrera cristiana y ganar así la corona incorruptible. Aun una persona minusválida y débil puede enseñar a otra el camino de paz con Dios, y así obte­ner una corona de gozo. El santo más pobre puede amar Su venida y ganar la corona de justicia. El creyente que sufre en humildad puede ser tan devoto a Cristo que gana la corona de vida. Y cualquiera que ministre de cualquier manera a las ovejas o los corderos de la grey de Cristo seguramente recibirá la corona de gloria cuando sea manifestado el Príncipe de los pastores.
Lo que es necesario es un corazón ocupado con Cristo, un corazón para El. Él empleará a todos los que están dis­puestos a permitirle hacer Su voluntad en sus vidas. Él que ha salvado por la gracia seguramente recompensará en aquel día aun el servicio más pequeño hecho para Él o para los Suyos.
H.A. Ironside

lunes, 1 de octubre de 2018

SALVACIÓN Y RECOMPENSA (Parte VII)



Habiendo notado los varios nom­bres dados a las coronas de recompensa, ahora me gustaría enfatizar algunas ex­hortaciones y advertencias que hallamos en el Nuevo Testamento acerca de ellas.
Hablamos previamente de la posi­bilidad de ser desaprobado al final si no te­nemos cuidado de caminar delante de Dios en auto-juicio, sujetando constantemente a los apetitos físicos (1 Co. 9:27). Y también hemos considerado brevemente 2 Juan 8,

‘'Mirad por vosotros mismo, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo

Es evidente que la recompensa es algo que se puede perder, aunque la vida eterna no se pierde. ¿Como podemos acaso trabajar en vano y perder la corona que se nos ofrece? Notemos lo que dice 2 Timoteo 2:5,

“Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente”.

He aquí un principio que es a la vez importante y de largo alcance. La i lustración está clara. En las competencias atléticas de los griegos y romanos, había ciertas reglas que todo atleta debiera respe­tar. Aunque un joven tuviera fuerza, vigor y agilidad, si no siguiera las normas de los juegos sería descalificado y no podría recibir la corona del vencedor.
En los juegos olímpicos celebra­dos en Stockholm, Suecia, hace algunos años, un joven indio norteamericano: James Thorpe, sobrepasó a todos los de­más en un número de competencias que requieren fuerza y destreza. Ganó para sí muchas medallas y los demás atletas le tenían envidia, porque habían intentado en vano ganarle. Cuando el rey de Sue­cia le presentó los galardones, exclamó: “¡Usted, señor, es el más grande atleta no profesional en el mundo!” Era un momento de elación y aquel indio norteamericano seguramente sentía gran satisfacción. Pero cuando volvió a los Estados Unidos, ciertos hombres comenzaron una investigación de su pasado. Finalmente descubrieron que un verano, cuando todavía era estudiante en una escuela del gobierno, Thorpe ha­bía jugado en el equipo de béisbol de un pueblo una vez a cambio de unos pocos dólares semanales. Esto técnicamente le descalificó de entrar en una competencia no profesional. Cuando fue declarado al rey, tuvo que escribirle y demandar que devolviera los trofeos. A Thorpe casi le rompió el corazón, pero los devolvió todos y escribió una carta franca en la que rogó al rey no pensar demasiado duramente de él, recordándole que era sólo “un joven indio ignorante”, y no sabía que violaba una norma entrando en los juegos después de haber recibido dinero por jugar al béisbol. Pero su ignorancia de los requisitos no pudo evitarle la pérdida de sus trofeos. Aunque ninguna persona benigna sentía otra cosa que simpatía respecto a Thorpe, sin embargo, todos tenía que reconocer que el rey había actuado con justicia.
Y así será con aquellos que buscan una corona incorruptible. Las recompen­sas sólo serán para aquellos que luchan legítimamente, los que han observado las normas declaradas en la Palabra de Dios.
Puede que haya mucha auto-nega­ción. devoción intensa y gran sinceridad, y sin embargo todo el servicio de la vida puede ser “no conforme” a las Escrituras. De ahí la necesidad de conocer la Biblia y de proceder “según el Libro”. Mucho llamado servicio cristiano hoy en día es meramente actividad carnal. Mucho de lo que es llamado “trabajo de iglesia” se hace de modo totalmente opuesto a la divina revelación de los principios de la iglesia y sus responsabilidades. Hay un patrón que seguir, no modificar ni mucho menos ignorar. Mucho de lo que es considerado como evidencia de espiritualidad es sim­plemente refinamiento natural, y no es en ningún sentido el resultado de la obra del Espíritu Santo. Mucho de “lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lc. 16:15).
El servicio que tendrá Su aproba­ción y será recompensado con galardón en el Tribunal de Cristo es el que es del Espíritu Santo y de acuerdo con la Palabra de Dios. Nada más pasará la prueba.
Puede que los hombres trabajen cansadamente para edificar y “avanzar la causa”, como se suele decir, y que mues­tren fidelidad recomendable a “principios” que ellos creen ser sanos y correctos, pero que encuentre al final, “en aquel día”, que su tiempo y sus labores han sido por demás, porque no tenía un “así ha dicho el Señor” para autorizar sus esfuerzos. Nuestros pensamientos y opiniones no cambiarán la Palabra de Dios.
Es de importancia primaria que el labrador dedique mucho tiempo al estudio “a conciencia” de la Palabra, con mucha oración, para que su mente sea dirigida por la Verdad, y para que pueda detectar en seguida lo que es contrario a la sana enseñanza.
De otro modo puede que tenga que mirar atrás con remordimientos, viendo sus energías y años malgastados cuando podían haber sido dedicados a la gloria de Cristo, pero que fueron dedicados a la edificación de algún sistema que no se conformaba a las Escrituras, y, por lo tanto, aunque fue sincero, tenía buenas intenciones y quería hacer bien, todo será consumido porque “por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará” (1 Co. 3:13).
El apóstol se preocupaba por no “correr en vano” ni “trabajar en vano”, y a nosotros también esto nos debe preocupar, aunque parece que en muchos casos no es así. Debemos aprovechar cada día para Dios, orando así: “ordena mis pasos con tu Palabra” (Sal. 119:133).
H.A. Ironside

miércoles, 5 de septiembre de 2018

SALVACIÓN Y RECOMPENSA (Parte VI)



En 1 Pedro 5:1-4 leemos acerca de otra corona. El que fue enviado especial­mente a cuidar las ovejas del rebaño de Cristo, escribe así:

“Ruego a los ancianos que es­tán entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cui­dando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey, y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros reci­biréis la corona incorruptible de gloria”.

Cada palabra de esta exhortación conmovedora es importante, y debe ser considerado con cuidado.
Notamos primeramente que aun­que Pedro era uno de los principales apóstoles de nuestro Señor Jesucristo, al cual fue dada una revelación especial y una misión particular, él no reclamaba ningún lugar de autoridad sobre los demás siervos de Cristo. Él era “anciano también con ellos” (v. 1). Esto es, que él se des­cribe como un “co-presbítero”, uno con los demás que también eran presbíteros. ¡Si Pedro era el primer Papa, está claro que él no lo sabía! No escribe como el “Santo Padre” a los que le están sujetos por obligación, sino que exhorta a sus co-ancianos, siendo él mismo uno de su compañía.
Es verdad que él había sido privile­giado más que muchos o quizá todos ellos. Había conocido al Señor, había guardado compañía con Él durante Su ministerio te­rrenal, y le había conocido también después de Su resurrección. Le había visto morir, era testigo (no participante) de Sus sufrimientos. Pronto compartiría con Él Su gloria.
Pedro recuerda las palabras del Sal­vador resucitado, dichas aquella mañana lejana en la orilla del mar: “Apacienta mis corderos...pastorea mis ovejas” (Jn. 21:15-16). Ahora él pasa esta exhortación a sus hermanos que están involucrados en la obra de ministrar al pueblo del Señor. Les dice: “Apacentad la grey”, no “to­mad dinero de la grey”. No hay nada más reprensible que pensar que una iglesia o asamblea cristiana deba un sueldo a un predicador o maestro que les imparta la Palabra de Dios. El que piensa en el mi­nisterio como una de “las carreras profe­sionales” y un mero medio de ganarse la vida, tiene pensamientos bajos. El verda­dero ministro de Cristo es un hombre que tiene el corazón de un pastor, que ama a la grey y la cuida por causa de Aquel que la compró con Su sangre. Los hermanos tienen una responsabilidad respecto a sus pastores, pero no de darles un sueldo.
También debe notarse que los ancianos no están puestos “sobre el re­baño”, aunque presiden en el Señor a los hermanos. Se les dice: “apacentad la grey de Dios que está entre vosotros”, El versículo 1 describe a los ancianos como “entre vosotros”, esto es, entre los demás hermanos de la asamblea, no por encima de ellos como una nobleza o jerarquía. Deben estar “entre” los hermanos de la asamblea donde el Señor les ha puesto. No en otros lugares, sino allí está su lugar de servicio al Príncipe de los pastores. Para esto les ha puesto allí. Las palabras: “...el rebaño en el cual el Espíritu Santo os ha puesto”, indican lo mismo, que Dios les ha puesto en una asamblea particular para que allí sirvan diligentemente al Señor. Es verdad que deben guiar a las ovejas, como leemos en Hebreos 13:17,

“Obedeced a vuestros pasto­res (literalmente “a los que os guían), y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, por­que esto no os es provechoso”

En la asamblea de Dios, si las cosas van como deben, no habrá ni pretensión de clero, por un lado, ni anarquía por el otro. La asamblea cristiana es una hermandad en la cual cada uno debe estar pensando en los mejores intereses de los demás, y donde puede ser ejercido libremente todos los dones dados por el que es la gran Cabeza de la Iglesia, para la bendición de todos.
A algunos les es dado en manera especial el servicio de sobreveedores. A éstos se les exhorta que cuiden de los demás, no por obligación, sino voluntaria­mente. Esto quiere decir que no lo hagan como una cosa desagradable que han sido obligados a hacer, sino con gozo en el corazón, sirviendo por causa de Cristo. Y aquellos que dedican todo su tiempo servir al Señor, ministrando la Palabra, aunque son sostenidos por las ofrendas voluntarias y alegres de los santos (como al Señor), no deben ser controlados por la codicia ni por deseos de ganancia económica.
Los ancianos no deben enseño­rearse sobre “la grey de Dios” que está a su cuidado. No deben considerar a sus hermanos como posesión suya. No son suyos, ni tampoco la iglesia es suya, sino que todo es del Señor.
Los hombres suelen usar expresio­nes como “mi iglesia” (probablemente sin pensar), “mi congregación”, etc., pero esto prácticamente niega y olvida que es Su iglesia, y la congregación del Señor. Pero, aunque el Señor les haya llamado a ser an­cianos y maestros de la Palabra, la iglesia nunca viene a ser propiedad de ellos.
Ha sido señalado que la frase “los que están a vuestro cuidado” es una sola palabra en griego: “kleros”, de donde sacamos la palabra “clero”. Entonces, paradójicamente, ¡los “laicos” son el clero! Todo el pueblo de Dios es Su “clero”, como está escrito, que la porción de Jehová es Su pueblo.
Entonces, qué cosa más solemne es el enseñorearse de este pueblo. Y, por otro lado, cuán agradecidos y receptivos debemos estar a aquellos que el Señor ha puesto para apacentamos y cuidamos, los cuales son llamados no sólo a ministrar la Palabra, sino también a ser ejemplos (modelos de comportamiento) a la grey.
Demasiadas veces los siervos del Señor encuentran que su responsabilidad y servicio no es agradecido. Sus labores fre­cuentemente no se valoran, y en estos casos deben decir con Pablo “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gas­taré del todo, aunque amándoos más, sea (yo) amado menos” (2 Co. 12:15). Pero ¡viene el día de la recompensa! Cuando aparezca el Príncipe de los pastores, una corona de gloria le espera a cada siervo fiel que ha cuidado de Sus ovejas y corderos en Su ausencia. La gloria de esta edad pasará, pero la corona de gloria es incorruptible y eterna.
En esta vida, a menudo el siervo fiel es llamado a sufrir reproche y ver­güenza, a soportarlo cuando hablan mal de su bien, cuando sospechan y critican sus motivos. Los hombres le coronarían con espinas, como cruelmente le hicieron al Buen Pastor, pero como Él ahora '‘está coronado de gloria y de honra” (He. 2:9), así será en aquel día para los que le siguen.

“Ve, trabaja, gasta y sé gastado,
Tu gozo es hacer la voluntad del Maestro,
Así anduvo el Salvador,
¿No deben los salvados tam­bién así andar?”

Entonces, cuando sea llamado a Su tribunal para rendir cuentas acerca de las almas entregadas a su cuidado, el verdadero siervo-pastor se regocijará al escuchar estas palabras: “Está bien, buen siervo...entra en el gozo de tu señor”. Entonces la corona incorruptible de glo­ria adornará la cabeza que muchas veces tenía dolores por la ingratitud y la falta de comprensión en esta vida, y el resplandor eterno de aquel laurel de gratitud divina cubrirá la cabeza que antes se cansaba en el servicio.

viernes, 2 de noviembre de 2012

EXPOSICIÓN DE LA EPÍSTOLA DE JUDAS


Capitulo Cuatro.  
Llamado a perseverar.  (Judas 20-23)
            Oscuro como ha sido el cuadro sacado para nuestra  advertencia por la pluma de la inspiración, aun así no hay causa para desesperación. "Sobre esta roca," dijo Cristo, "edificaré Mi iglesia y las puertas del hades no prevalecerán contra ella" (Mt.16:18). El resultado final es seguro.  La victoria descansará  sobre la bandera  manchada con sangre del Príncipe de paz.  En la hora de Su triunfo Sus fieles compartirán Su gloria.  En el momento actual de su prueba y de Su rechazo ellos tienen abundante solaz y estímulo, porque ellos conocen el poder de Satanás y su doctrina de error nunca vencerá la verdad.
            El santo de Dios necesita edificarse diariamente sobre su "santísima fe" (Judas 20). Esta es la voluntad revelada del Señor la que es aquí referida, como en el v.3. "La fe que fue entregada una vez a los santos." Sobre esto descansa el creyente. Seguro de que ésta forma un fundamento impregnable por cada ataque de los hombres y demonios, él mismo debe ahora edificarse de ella. Esta edificación implica un continuo alimentarse de esa Palabra, para que su alma pueda ser alimentada y el espíritu edificado. Unido con esto tenemos el ruego en el Espíritu Santo, no desinteresadas y superficiales oraciones, sino comunión espiritual con Dios, introduciéndolo en cada necesidad y dificultad, seguros de que Él espera en gracia satisfacer lo uno y disolver lo otro. Orando en el Espíritu Santo solo puede resultar de andar en el Espíritu.  Porque si no hay juicio propio, la oración será egoísta. Pediremos y no recibiremos, porque pediremos para que nuestras propias codicias sean satisfechas. Cuando Cristo es primero en el alma y el corazón encuentra su delicia en Él, el mismo Espíritu Santo nos dará peticiones  que Dios se complace en conceder.
            A esto sigue un claro mandamiento: "conservaos en el amor de Dios" (21). Note, no es, "mantened a Dios amándoos."  Tal pensamiento es opuesto a Aquel cuya naturaleza es amor. La cruz demostró ese amor en plenitud.
            Diariamente  el  creyente prueba  Su bondad. Tampoco el apóstol nos exhorta a mantenernos amando a Dios.  La naturaleza divina en cada creyente  nos hace amar a Aquel que nos ha salvado: "nosotros le amamos porque Él nos amó primero" (1 Jn.4:19).  Más bien se nos dice "conservaos en el amor de Dios."  Esto es como si yo dijese a mi hijo, "quédate ante los rayos del sol."  El sol brilla ya sea que gocemos esto o no. Y de esta manera el amor de Dios permanece inmutable, aun si nosotros no permanecemos en el consciente gozo de esto. Que nada  haga que el alma turbada dude de ese amor. Las  circunstancias  no pueden alterarlo. Las dificultades y fracasos no pueden fatigarlo. El alma que confía en Su amor será llevada en triunfo sobre los conflictos y desalientos de la vida.
            En la segunda mitad del v.2 tenemos otra  exhortación.  Debemos esperar la  venida de nuestro Señor Jesucristo.  Debemos esperar por Su misericordia para vida eterna. Tenemos vida eterna ahora, por fe en aquel que es en Sí mismo la vida eterna. Pero estamos yendo a un lugar donde la  vida reinará, y donde todo será conveniente a esa vida que ya tenemos por el Espíritu.  Y de este modo el alma que confía esperará  con paciencia por el retorno del Señor.
            Los vv. 22-23 nos dicen como tratar con almas descarriadas por engañadores contra los cuales  hemos sido advertidos. "Y de algunos tened compasión, haciendo diferencia: a otros salvad con temor, arrancándolos del fuego; odiando aun las vestiduras  manchadas por la carne."  Hay considerable variaciones en los manuscritos aquí.  En adición a la versión King James, se sugiere la siguiente: "y algunos convencedlos, cuando contendiendo; pero a otros salvad con temor, arrancándolos del fuego; odiando aun las vestiduras  manchadas con la carne."  No hay mucha diferencia  en el significado de las exhortaciones. Ambas dirigen que una discriminación piadosa  sea usada  al tratar con personas  que están en error. Una regla dura para tratar a todos de igual modo es contrario a este verso,  y al tenor de las  Escrituras.
            Indudablemente las almas  han sido impulsadas más completamente  a malos sistemas por la dureza de personas bien intencionadas, pero imprudentes  que han temido “la” contaminación con el error que ellos no buscaban, en una  forma piadosa  para ayudar a uno engañado antes de rehusarle su comunión. La instrucción en 2ª Jn.10 se aplica  a un deliberado  maestro de lo que es opuesto a  la doctrina de Cristo. Los tales deben ser esquivados, y aun rechazados a un saludo común.
            Otros métodos se aplican a  tratar con aquellos que a menudo son atrapados en error a causa de la ignorancia. Reconocidamente estas personas  han seguido su propia corrupta voluntad o habrían sido mantenidos en la verdad por el poder de Dios. A menudo lo que es necesario es tratar con el pecador en cuanto a sus caminos, más bien que con la enseñanza que él ha aceptado. Cuando hay juicio propio puede dependerse de que el Espíritu Santo hará Su obra de guiar a toda la verdad.
            Otros necesitan ser  arrancados del fuego. Enérgicos esfuerzos debiesen hacerse  para advertir y libertar a estas almas   antes de que el mal  los coja firmemente de manera que sea demasiado tarde para ellos buscar la bendición. Pero en cada instancia  el creyente debe recordar que la enseñanza impía es contaminante y guía a una manera impía de vivir.  Debe ejercitarse cuidado para que, al tratar de ayudar a otro, el mismo creyente pueda ser entrampado por la mala influencia.  Al hacer así él sería inadecuado para ayudar a otros a  causa de su propia  comunión con Dios en la verdad “que” ha sido estropeada.
            La verdad es aprendida en la conciencia, y solo en la medida en que uno anda cuidadosa y sobriamente ante Dios hay seguridad contra el error.  Debido a que Himeneo y Alejandro no mantuvieron una buena conciencia, ellos naufragaron en la fe, aparte de una incontable multitud desde entonces (1 Ti.1:18-20). Cuando el Espíritu es entristecido por un andar descuidado Él no puede confirmar más al alma en la verdad, sino que activamente  convence  a la conciencia  del pecado y fracaso que ha deshonrado al Señor.  Por tanto,  si debiese  haber crecimiento  en el conocimiento de Su palabra, debe haber un andar en el poder del Espíritu.
            De esta manera,  al tratar de restaurar a aquellos que  se han alejado de la  verdad, el ministerio del Espíritu a la conciencia  no debe perderse de vista. De otra  manera mientras  podemos ser capaces de razonar con ellos de las  Escrituras en cuanto al error de su creencia, el estado de su alma puede perderse para siempre. Cuando el engañado es  tratado con el temor de Dios, y santa  fidelidad, su restauración a la comunión será el primer paso buscado. Entonces  él verá más claramente  la seriedad de la mala enseñanza que lo ha extraviado.  Pero en todo esto el creyente necesita tener  un interés piadoso de que él mismo no venga a contaminarse cuando busca recuperar a otro de la contaminación. Esto es lo que es especialmente enfatizado en Judas 23.

sábado, 6 de octubre de 2012

Manifestación


Quiero llamar la atención al quinto capítulo de la segunda epístola a los Corintios, versículos 9 y 10:
Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.
            Se podría traducir la segunda cláusula como sigue: "Todos hemos de ser manifestados ante el tribunal de Cristo". Y esto es lo que quiero que consideremos: la palabra "manifestación".
            Será un día maravilloso cuando los que conocemos y amamos al Señor comparezcamos en su presencia y cuando recordemos juntos todo el camino que hemos andado desde que su gracia nos salvó. El señalará todo lo que ha habido en nuestra vida y servicio que ha estado de acuerdo con su santa Palabra, todo lo que ha sido el resultado de la obra del Espíritu Santo en nosotros, y para todo esto habrá una recompensa especial en ese día. También nos hará ver todo el egoísmo, toda la negligencia, toda la mundanalidad y la falta de espiritualidad que han caracterizado a muchos de nosotros. Nos mostrará cómo hemos perdido nuestras oportunidades, cómo habríamos podido ser más fieles, cómo hubiéramos podido ser más devotos. Pero fuimos indiferentes al llamamiento del Espíritu de Dios, y a causa de ello perderemos mucho en ese día.
            Quiero que notemos varias escrituras que nos presentan este pensamiento. Miremos al versículo 9 que ya hemos leído: “Por tanto procurarnos también o ausentes, o presentes, serle agradables”.
            "Por tanto procuramos". Lo hacemos nuestra meta, lo ambicionamos, tenemos una ambición loable, mientras seguimos a Cristo aquí en este mundo. ¿Y cuál es esta ambición loable? Que sea que permanezcamos en el cuerpo o que vayamos a estar con el Señor porque esto es lo que significa la expresión, "o ausentes o presentes" podamos serie agradables a El. No confundamos esta expresión con una parecida que hallamos en Efesios 1:6 que tiene muy distinto significado. Allí leemos que Dios “nos hizo” a nosotros que creemos ''aceptos en el Amado". Esto es verdad en cuanto a todo creyente. Es verdad en cuanto a ustedes que no hace mucho todavía andaban en el mundo con los mundanos, que aún no habían recibido a Cristo, pero que ahora han confiado en El. En el mismo instante que pusieron su confianza en Cristo, Dios los hizo aceptos en el Amado. Esto es, Dios los recibió en ese momento conforme al valor de la obra y persona de su Hijo. ¡Qué cosa maravillosa es ésta! ¡Aceptos en El!
            ¿Qué significa? Sencillamente esto, que el creyente es tan caro al corazón del Padre como lo es el Señor Jesús; que Dios tiene en tanta estima a los que han confiado en Cristo como a su bendito Hijo. Esto parece casi increíble; en realidad, yo no podría creerlo si no lo encontrara en mi Biblia, pero está allí. En Juan 17 oímos al Señor Jesús orar al Padre, y dice estas palabras: "Que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado, como también a mi me has amado" (v.23). Estas son palabras del Salvador. El dice de cada creyente, de cada hijo de Dios por la fe en su nombre, de cada uno de ellos, no importa cuál haya sido su experiencia: "Los has amado, como también a mi me has amado".
            Hay otro versículo en la primera epístola de Juan que es muy notable. Dice allí, "Como él es", esto es, como Cristo es, “así somos nosotros en este mundo" (4:17). Recuerdo que hace unos años yo no podía comprender esto. Leía esas palabras, "Como él es, así somos nosotros en este mundo", y me decía a mí mismo, " ¡Oh no, yo no! No soy tan santo, no soy tan justo como es El. No tengo tanto amor, no tengo tanta compasión, no me intereso tanto por los pecadores perdidos como lo hace El". No podía decir que era como El aquí en este mundo. Sentía que lo hubiera comprendido mejor si hubiera dicho, "Como él es así seremos nosotros cuando dejemos este mundo", pues tenia la confianza de algún día llegar a ser como El es. Pero decir, "Como él es, así somos nosotros en este mundo", me parecía esta fuera de mi alcance en aquellos días. Me parecía que lo hubiera podido comprender si hubiera dicho, “Como él es, así debemos ser nosotros en este mundo", pues sentía que era mi deber asemejarme a El en lo posible mientras estaba en el mundo. Pero el decir categóricamente que, "Como él es, así somos nosotros en este mundo", esto iba más allá de mi comprensión. Hasta que recibí la luz celestial sobre este pasaje y comprendí que hablaba no tanto de nuestra experiencia personal, de nuestro crecimiento en la gracia o de nuestra semejanza a Cristo, sino de nuestra justificación ante Dios, y de nuestra aceptación en el Amado. Es en este sentido, que Dios ve a cada creyente en Cristo. Coma El es, así somos nosotros ante Dios en este mundo.
            Esto es lo que nos da a entender la epístola a los Romanos, capítulo 8: "Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús". Yo estoy en El delante del Padre. El me ve en su Hijo, y yo me hallo perfecto y completo en Cristo. Cada creyente es hecho apto para participar "de la suerte de los santos en luz".
            Pero en el versículo 9 del capítulo 5 de segunda Corintios, dice el apóstol, "Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serie agradables". Aquí se está refiriendo a nuestro comportamiento, a nuestra experiencia práctica, a nuestro servicio; y dice, "Estamos obrando, estamos trabajando ahora, tenemos ambición de serle agradables. Queremos recibir su aprobación cada día". Yo quiero que el Señor me apruebe; ¿y tú? No puedo formar concepto de un cristiano que no desee que su vida sea agradable a Dios.
            Y continúa diciendo, "Porque es menester que todos comparezcamos (que todos seamos manifestados) ante el tribunal de Cristo". Se acerca el día cuando tendremos que dejar este mundo. El Señor viene para llevar a los suyos, y los muertos serán resucitados y los vivos transformados. Entonces tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo.
            Alguien dirá, "¿Cómo sabe usted que este tribunal de Cristo se lleva a cabo inmediatamente después del arrebatamiento de la iglesia?" Pues en el libro del Apocalipsis, en el último capítulo, encontramos estas palabras: "Y he aquí, yo vengo presto y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según fuere su obra" (22:12). Así vemos que cuando venga otra vez, cuando vuelva para llevar a los suyos, su galardón vendrá con El. El tribunal de Cristo es el lugar donde seremos manifestados a fin de que podamos recibir nuestra recompensa. Y el apóstol dice, "Es menester que todos nosotros", nosotros los creyentes-está hablando de las dos clases, los muertos resucitados y los vivos que serán transformados "Es menester que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo".
            Se ha sugerido que la palabra en el original lleva el pensamiento de una revelación completa, de quitar el velo por completo, y que puede ser traducida como sigue, "Que todo nuestro ser íntimo será revelado en el tribunal de Cristo". ¿Te gustaría que esto sucediera en estos momentos? ¿Te gustaría que todos tus pensamientos y todos tus motivos ocultos fuesen manifestados? Creo que esto sería bastante humillante para algunos de nosotros.
            Muchos de nosotros somos más hipócritas de lo que quisiéramos que la gente supiese. Por supuesto que si lo supiese la gente ya no seríamos hipócritas. Puede que ocultemos las cosas ahora pero vendrá el día cuando todo será  manifestado. Uno puede hacerse pasar por modesto y humilde y deseoso de cumplir la voluntad del Señor, entre tanto que en el corazón hay envidia, contienda y celos de otros, y no gustarle ver que otros son reconocidos en vez de él.
            Oh, si nuestro ser intimo fuera revelado en estos momentos, ¡cuántas cosas serían manifestadas! Nuestros amigos verían muchas cosas que nunca imaginaron que estaban escondidas en nuestro corazón. Pues debemos ser sinceros, no debemos ser hipócritas, porque todo se manifestará algún día. El Señor Jesús nos ha dicho que todo será manifestado en aquel día. Cada palabra ociosa y cada pensamiento de nuestro corazón serán conocidos. "Porque es menester que todos nosotros seamos manifestados ante el tribunal de Cristo".
            Permítame decir esto. El tribunal de Cristo, como lo tenemos revelado aquí, no debe ser confundido con el juicio del gran trono blanco al fin del mundo. El gran trono blanco será tribunal de Cristo también. El dice, "Porque el Padre a nadie juzga, mas todo el juicio dio al Hijo" (Juan 5:22). Así que cuando los impíos que han muerto sean resucitados al fin del siglo y se presenten ante el gran trono blanco, ¿sabes quién estará sentado sobre ese trono? Aquel mismo bendito Ser que una vez sufrió para salvarlos y a quien han rechazado. Verán sentado sobre el trono de juicio al Hombre que estuvo colgado en la cruz del Calvario, el Señor Jesucristo, pues El es Dios a la vez que hombre. DIOS VA JUZGAR AL MUNDO, PERO LO VA A  JUZGAR EN LA PERSONA DE SU HIJO.
            El juicio del gran trono blanco del cual leemos en Apocalipsis 20, es el juicio de los impíos. El tribunal de Cristo es un juicio muy distinto. Es el juicio del pueblo amado de Dios que se presenta ante El para dar cuenta de su vida desde el momento en que los salvó. Allí no serán juzgados por sus pecados, pues todos éstos han sido borrados por la preciosa sangre de Cristo; pero están allí para dar cuenta de su servicio, y el Señor tomará nota de todo lo que ha hecho su pueblo, ya haya sido bueno o malo, ya haya sido obra de la carne u obra del Espíritu; "para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo"(2 Corintios 5: 10).
            Será un momento maravilloso cuando nos encontremos allí en nuestros cuerpos glorificados. Pues no estaremos allí para saber si vamos a ir al cielo, sino que estaremos allí glorificados en nuestros cuerpos resucitados. Será muy maravilloso cuando estemos allí ante nuestro bendito Señor y El nos diga, "Ahora les haré ver lo que opino de sus obras". Para muchos de nosotros será una tremenda revelación. Hemos trabajado mucho y obrado largamente, y algunas veces hemos estado tan desanimados como si no hubiéramos logrado nada. Entonces el Señor nos revelará las cosas y nos dirá, "¿Recuerdas aquel tiempo cuando te hallabas tan desanimado? Pensabas que estabas trabajando en vano y que todo era inútil, pero en ese mismo tiempo una preciosa alma llegó a conocer a Cristo". Esa noche cuando estabas tan desalentado y cuando sentías que tu obra como predicador había fracasado y le dijiste al Señor que tal vez sería mejor que no continuaras predicando, encontrarás ante el tribunal de Cristo que el Señor usó ese mensaje que diste en esa ocasión para guiar un alma a Si.
            Algunas veces tenemos esas experiencias aquí en la tierra. Recuerdo que una vez había orado muy intensamente por una reunión. Pasé mucho tiempo ante Dios y mi expectativa era grande. Di el mensaje con todo mi corazón aquella noche, pero no hubo respuesta. No parecía haber interesados, y ni sentí ánimos de ir hasta la puerta para saludar a los que salían, tan desanimado estaba. Salí por la puerta trasera y me fui a casa y me arrojé sobre mis rodillas ante el Señor contándole cuán inútil era y que nadie salía bendecido por medio de mis mensajes. ¡Estaba completamente desanimado! Unos tres meses más tarde me alejaba de ese lugar después de haber trabajado allí por unos nueve meses, cuando recibí una carta de una señorita que cantaba en el coro.
            Me escribió como sigue; Nunca le he contado acerca de mi salvación, y creo que antes que usted se vaya debo hacerlo". Me dio la fecha de su conversión. Dijo que se le había grabado tan vívidamente en la mente que nunca lo olvidaría. "Esa noche estaba cantando en el coro. En efecto", dijo, "canté un solo.
            Yo siempre creía que era cristiana, pero esa noche Dios me reveló mi propio corazón. Vi que nunca había sido convertida, y cuando usted hizo la invitación para que alguno aceptara a Cristo, sentí un gran deseo de ir hasta la plataforma y confesar a Cristo públicamente, pero tenía vergüenza. Fui a mi casa sintiéndome tan desdichada, tan infeliz; pero doy gracias a Dios que antes de acostarme me sentía tan abatida delante de El que me arrodillé, confesé mis pecados y acepté a Cristo como mi Salvador. Desde entonces todo ha cambiado. No he tenido el valor de decírselo antes, pero sentí que debía decírselo antes que usted se fuera".
            Comparé las fechas y encontré que ésa era la noche cuando yo estaba tan desanimado. Esa noche Dios había obrado un milagro en la vida de esa joven.
            Creo que habrá muchas cosas semejantes a éstas en el día de la manifestación. Creo que el Señor mostrará a muchos de nosotros cómo El usó la Palabra, cuando no sabíamos que la estaba usando. O tal vez nuestra manera de vivir habrá influenciado a otro, y en el tribunal de Cristo aquél dirá, "Yo observaba a ese hombre, a esa mujer, cuando trabajaban; los observaba cuando las cosas no andaban bien, y demostraban un espíritu cariñoso y lleno de gracia. Yo los observaba para ver si se enojaban cuando las cosas no salían como a ellos les gustaría, pero eran mansos, tan llenos de gracia y tan parecidos a Cristo. Yo me dije a mi mismo, “Ellos tienen algo que yo desearía tener”. Ese mensaje me guió a Cristo. Nunca se lo he dicho pero lo hago ahora".
            Muchas cosas saldrán así, y por todo lo que haya sido hecho para Cristo, habrá una recompensa. Pero también hay el lado opuesto. Me temo que muchos seremos chasqueados en ese día. Mucho servicio ha sido hecho en la fuerza de la carne, y seremos chasqueados cuando el Señor nos diga, "Tu vida no ha sido de mucho valor para mí. Has estado tan ocupado exaltándote a ti mismo, tratando de crearte un buen nombre, tratando de que 1as personas te tengan en estima, y su aplauso y alabanza eran tu orgullo. Bien, ya has tenido tu recompensa. No tengo ninguna para ti ahora. Has recibido toda allá en la tierra. Tendrás que sufrir perdida. No trabajaste para mi gloria; no pusiste todo tu empeño para hacer que otros llegaran a conocerme. Querías ser apreciado por todos. Deseabas que todos hablaran bien de ti Has tenido tu éxito, pero no tengo recompensa para ti aquí”.
            El ya viene. Oh cuán solemne ha de ser escuchar la voz del Juez, quien en su propia luz nos ha de mostrar cada pensamiento y hecho y palabra. Entonces veremos que algunos hechos que nosotros creíamos meritorios, no eran más que pecados, y en cambio algunas pequeñas acciones que quizás habíamos olvidado, el Señor nos dirá que fueron hechas para El.
            Será maravilloso llegar a conocer su opinión acerca de todo esto, pero también será muy solemne.
            Ahora volvamos al pasaje de la primera epístola a los Corintios, capítulo 3. Estos Corintios estaban tratando de exaltar a los dirigentes cristianos, de modo que se estaban dividiendo formando grupos. Un grupo decía, "Yo soy de Pablo", otro, "Yo de Apolos", y otro, "Yo de Cefas". Creo que no usaron realmente los nombres, pues el versículo 6 del capítulo cuarto, parece negarlo: “Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mi y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros. Porque ¿quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorias como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:6,7).
            Notemos como dice, "He pasado por ejemplo en mí y en Apolos". Lo que probablemente estaba pasando es lo siguiente:
            Algunos decían, "A mi me gusta escuchar a Pablo, quien si sabe predicar la Palabra. No me interesa oír a estos de poco peso. Yo prefiero a los que profundizan, que van más allá de la letra y nos dan algo substancioso".
            Otro, dice, "No me gusta perder el tiempo escuchando a un maestro de la Biblia que parece estar medio dormido. Da enseñanzas muy profundas que no entiendo. Yo prefiero a un hombre que nos lleve a las alturas, uno que pueda predicar con unción y libertad, un hombre elocuente y poderoso en las Escrituras. ¡Para mí Apolos! Me gusta oír un gran predicador. No tengo interés en ir a la iglesia para escuchar solamente enseñanza de la Biblia. Quiero algo que me emocione".
            Luego hay otro que dice, "A mí me gusta escuchar al que sabe exhortar, al que da lecciones prácticas que nos ayuden en la vida diaria. No tengo interés en el que enseña las doctrinas de la Biblia ni tampoco en un predicador elocuente. Me gusta uno que sepa exhortar bien y fielmente. Yo soy de Cefas".
            Pero el apóstol dice, "Todos han recibido sus dones del Señor, y los dones son para toda la Iglesia. No menospreciemos a uno para poner en alto a otro. Demos gracias a Dios por todos. A veces hace falta un enseñador, otras veces un predicador elocuente, y hay ocasiones cuando se necesita un exhortador. Demos gracias a Dios por cada uno de ellos". Veamos lo que dice: “¿Qué pues es Pablo? ¿Y qué es Apolos? Ministros por los cuales habéis creído; y eso según que a cada uno ha concedido el Señor. Yo planté, Apolos regó; mas Dios ha dado el crecimiento. Así que, ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento” (1 Corintios 3: 5-7).
            En otras palabras, no ponderemos demasiado al instrumento. Es Dios quien da el crecimiento, y si obra por intermedio del enseñador o del predicador o del exhortador, debemos dar a Dios la gloria y la alabanza.
            Ahora en cuanto al obrero, "El que planta y el que riega son una misma cosa", y ya ha dicho que ambos no son nada; así que los dos son humanos. En sí mismos no valen nada, pero "cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor" (v. 8). Allí lo tenemos. Esa es la recompensa que los creyentes recibirán en el tribunal de Cristo. Cumples tu trabajo fielmente en el lugar donde Dios te ha colocado y no tienes por qué preocuparte si no puedes hacer lo que hacen otros. Recibirás tu recompensa. No hay razón de sentir celos, ni tener envidia porque otros reciben más alabanza que nosotros. Haz lo que Dios te ha mandado, y como al Señor. Cada uno recibirá su recompensa de acuerdo con su labor.
            Vosotros labranza de Dios sois edificio de Dios sois. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto... (1 Corintios 3:9,10). 
            Pablo había ido a Corinto, habla 'trazado los planes para la obra, y fue usado por Dios para establecer la iglesia allí “...puse el fundamento, y otro edifica encima: empero cada uno vea como sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo”. [V. 10,11].
            La Iglesia descansa sobre Cristo y sobre El únicamente.
            "Y si alguno edificare sobre este fundamento" - él está sobre el Fundamento; él está en Cristo. Ahora está edificando: "Oro, plata, piedras preciosas...". Estas darán gloria a Dios. Nos hablan de lo que es precioso a su vista.
            Pero también hay "madera, heno, hojarasca". Estos nos hablan de lo que es sin valor; no resistirán el fuego del juicio.
            “La obra de cada una será manifestada". Esto nos enseña que todo será revelado en aquel día.

Porque el día la declarará; porque por el fuego será manifestada.
            El fuego de la santidad divina probará la obra de cada uno. ¿Alcanzará el modelo exigido por Dios? ¿Alcanzará el nivel que con todo derecho El espera? ¡El la probará! "La obra de cada uno cuál sea, el fuego hará la prueba".
            Es de gran consuelo para mi el saber que no dice, "Cuánto sea". Siempre ha habido tanto que he deseado hacer, tantísimos lugares que he querido visitar para llevarles el evangelio, tantas cosas que quisiera hacer para Cristo, pero el tiempo y las fuerzas no me bastan. Al echar un vistazo por los años transcurridos veo cuán poco he hecho comparado con lo que pudiera haber hecho, pero esta escritura me consuela: "La obra de cada uno será manifestada; porque el día lo declarará, porque por fuego será manifestada; y la obra de cada uno cual sea, el fuego hará la prueba". Y mi corazón dice: "Señor, ayúdame para que haga la clase de obra que conviene, aunque no pueda hacer mucho. Dios permita que haga trabajo del tipo que aprueba trabajo que sea el resultado de una vida controlada por el Espíritu Santo, y de acuerdo con la Palabra de Dios".

Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa (v. 14).
            Esta no es la salvación; ¡es una recompensa! Alguien dirá, "¿Usted trabaja para recibir una recompensa?" Trabajamos para la gloria de Dios, pero El se deleita en dar recompensas.
            Una noche asistí a un banquete para hombres en una de las iglesias de nuestra ciudad. Hablan hecho algunos trabajos de ampliación en su edificio y estaban agradeciendo a los que habían ayudado en esta obra. Invitaron a un hermano anciano que pasara al frente y esto es lo que dijeron de él: "Es probable que él haya hecho más trabajo en esta obra para la iglesia que cualquier otro", y quisieron hacerle un obsequio. El hombre pasó al frente con toda modestia y dijo, "Lo que hice, lo hice para el Señor. No buscaba las gracias ni tampoco buscaba ningún obsequio; pero ya que han sido tan amables, aceptaré su obsequio y se lo agradezco".
            Creo que ése será nuestro proceder cuando el Señor nos diga, "Tú hiciste esto y eso y lo de más allá para mí, y ahora quiero darte esta recompensa. Te daré una corona de justicia o una corona de gloria". Creo que le diremos, "Bendito Señor, no lo hice para que me recompensaras sino porque te amaba. Pero ya que en tu gracia te deleitas en dar recompensas, la recibo como de ti y te la agradezco".
            ¡En el día de la manifestación! Creo que nos avergonzaremos si no hemos hecho nada que merezca una recompensa.
            "Si la obra de alguno fuere quemada, será perdida" (v. 15). Esto no tiene nada que ver con el asunto de su eterna salvación, pues leemos: "Si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego".
            ¡Que Dios permita que le sirvamos fielmente en vista del día de la manifestación, y que tengamos una recompensa abundante debido a nuestra devoción a Cristo mientras estemos en el mundo!