capítulo 4: Contrastes
La luz contrasta con
las tinieblas, vv 1 al 6; la debilidad con el poder, vv 7 al 14; la aflicción
con la gloria, vv 14 al 18.
El evangelio sigue
siendo un secreto aun para muchos que lo oyen vez tras vez. El hecho de
quedarse encubierto de algunos es su condenación, y les señala como enrumbados
a la destrucción. Satanás les ha enceguecido, v. 4. Para Pablo el evangelio era
una cosa muy grande. La luz que irradia es tan resplandeciente que es increíble
que los hombres no la vean, y el poder que se opone a ella debe poseer una
malignidad inmensa.
La incredulidad de
los hombres le da a Satanás la oportunidad de cegar sus facultades de
percepción espiritual. El dios de este mundo hace su obra de enceguecer; el
Dios verdadero mandó que la luz resplandeciera. Pablo vio la faz de Jesucristo
en su resplandor, y sabía que aquella gloria era la de Dios, v. 6.
El conocimiento de
aquella gloria estaba guardado en un vaso de barro, a saber, el cuerpo de
hombre con su debilidad y mente limitada. Pero ahí un principio divino, uno que
protegía la verdad de que la salvación era de un todo del Señor. Dios dispondrá
siempre que su obra sea realizada por hombres que están dispuestos a reconocer
que la grandeza de su poder es suyo, y no de ellos.
En los contrastes que
siguen Pablo destaca tanto la debilidad suya como el poder de Dios, vv 8 al 10.
Todo era para la
bendición de ellos y la gloria de Dios, v. 15. La disminución progresiva en la
fuerza de la vida corporal de Pablo se contrasta con la renovación progresiva
de su vida espiritual. El velo de una humanidad cansada y sufrida escondía la
vida misma de Cristo que latía inmortalidad, la vida misma de Cristo. Se estaba
gastando el hombre exterior pero el interior se renovaba de día en día.
Pablo
hace contraste entre el presente y el futuro. La aflicción es liviana, pasajera
y apunta a la gloria, pero la gloria venidera es, en el texto griego,
“¡excesiva al exceso!” El lenguaje no la describe.
Finalmente, el
apóstol pone en contraste lo visible y lo invisible. Las cosas vistas se
caducan, pero las de gloria perduran para siempre jamás. Todo depende de cómo
fijamos nuestra mirada. Levante los ojos al cielo y mida el presente en función
de lo invisible y eterno.
B.Osborne