Capítulo
1: El Dios de toda consolación
Al
considerar los primeros versículos de este capítulo conviene llevar en mente
que algunos se oponían a Pablo, y esta circunstancia realza la hermosa ternura
del saludo que manda. Hará mención de sus aflicciones, pero comienza con
“bendito” y reconoce que viene de Dios el consuelo que tiene.
Sus
sufrimientos le han traído una revelación nueva de Dios expresada en un Nombre
nuevo, uno que es maravilloso en su ternura: “Padre de misericordias y Dios de
toda consolación”. Él es el originador de todas las misericordias, la fuente de
donde fluyen. Es “el Padre de las luces”, Santiago 1.17; “las misericordias de
Dios”, Romanos 12.1; “el Padre de los espíritus”, Hebreos 12.9; “el Padre de
gloria”, Efesios 1.17. Si hay una misericordia, Él es su Padre, cualquiera que
sea. Es a la vez el Padre de toda consolación, y tiene el buen ánimo y consuelo
que el amor puede impartir a un ser amado al llenar su más íntima necesidad.
Pablo
hace mención de las misericordias y la consolación antes de hablar de la
aflicción, pero en toda ocasión cuando había estado afligido, fue sostenido por
la mano de Dios, y de ella derivó bendiciones. ¿Bendiciones? Sí, y no la menor
de ellas la oportunidad de extender simpatía a otros, fruto de la simpatía
divina que él mismo había recibido. Tenía no sólo una revelación nueva de parte
de Dios, sino también un poder nuevo para consolar a otros, y sus contratiempos
añadían a su utilidad en el servicio del Señor.
Es
solamente en la medida que de buena gana se aprenda y se acepte el reproche de
Cristo que el sufrimiento está absorbido por su consolación, v. 5. Con todo, lo
que le tocó a Pablo en el servicio de Cristo fue para el bien de los corintios,
y él veía las aflicciones de ellos como un testimonio de que compartían su
consuelo. No quería que ignoraran lo que había sufrido, ya que le permitía
manifestar cuán profundo era su cuidado por ellos. Su tribulación le había
enseñado a Pablo una confianza inconmovible en Dios, vv 9, 10. ¡Estaría con él
en toda y cualquiera circunstancia el Dios que podía conducirle a través de la
tribulación en Asia, v. 8!
En cuanto al hecho de
que no les había visitado, él tenía buena conciencia, vv 12 al 14. Además, era
hombre de ciertas convicciones, vv 15 al 24. Sus decisiones no eran “según la
carne”; su mensaje era definitivo, y la razón por su ausencia era la del v. 23.
Como siempre, su amor por ellos gobernaba su actuación.
por B.Osborne
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