martes, 26 de mayo de 2026

¿Qué es y qué simboliza la Pascua?

 

Introducción


Es evidente que la última cena que celebró el Señor con sus discípulos es la conmemoración de la pascua que se efectuó en Egipto la noche anterior en que se iba el pueblo a salir libre de la esclavitud a que estaban sometidos. Para esa noche, Moisés les había ordenado previamente que separasen el día diez un cordero o cabra.

 

Características que debía tener el cordero.

·         sin defecto, para ello debía haber una observación y selección del animal.

·         Se apartaba hasta el día catorce

·         macho de un año, ni más ni menos

·         en el día catorce se sacrificaba entre las dos tardes

·         la sangre se debía colocar en el dintel y en los postes de la casa.

·         Y en la misma noche se debía comer asada toda la carne, y si era mucho, se debía juntar con otra familia

·         Con panes sin levadura y hierbas amargas

·         lo que sobraba se debía quemar.

El ángel vería la sangre y pasaría de ellos, pero aquellos que no obedecieron (si es que hubo alguno), pereció su primogénito al igual que sucedía con los egipcios. En caso contrario, si había algún egipcio que hubiere puesto en ejecución todo lo que prescribió Jehová Moisés, de seguro que el Ángel hubiese pasado de largo por aquella casa.

Y esto ¿por qué?

 Porque a diferencia de otros juicios en que había separación entre Israelita y el egipcio, ahora no había tal situación. El hecho afectaba a todos por igual.

¿Qué nos dice ese hecho? El Juicio de Dios era para todos y el método de salvación era “universal”, es decir, útil para todos aquel que se apropiaba de ella. Además, ¿no dice la escritura que mucho otros pueblos salieron con ellos (Éxodo 12:38)?

 

Fiesta

Una vez que se produjo el Éxodo desde Egipto y hubieron pasado milagrosamente el mar rojo, Jehová, en el desierto estableció sus mandamientos y leyes. En Éxodo 13:3-10, Moisés lo había establecido como fiesta ritual. Y en Levíticos 23:4-8 se estableció esta como la primera fiesta del año religioso de Israel.

En esta fiesta se sirve a la mesa los siguiente:

ü  Matzá, que es el pan sin levadura.

ü  Hierbas amargas.

ü  Jaróset es un alimento preparado de sabor dulce, color oscuro, y aspecto pastoso.

ü  cuatro copas de vino:

1.       de Santificación: Dios separa a Israel de la esclavitud de Egipto, haciendo referencia a “Os sacaré de debajo de las cargas de Egipto.” (Éxodo 6: 6a)

2.       De la liberación: Dios libra a Israel de la opresión y los juicios sobre Egipto, haciendo referencia a “Os libraré de su servidumbre” (Éxodo 6: 6b).

3.       De la redención: Dios redime a Israel con poder y milagros, haciendo referencia a “Os redimiré con brazo extendido y con juicios grandes” (Éxodo 6:6c).

4.       De la alabanza: Dios toma a Israel como Su pueblo y establece relación con ellos, en referencia a “Os tomaré por mi pueblo, y seré vuestro Dios.”  (Éxodo 6: 7a)  

ü  Huevos asados y

ü  Karpás, que es verdura remojada en salmuera

ü  Cordero asado

 

Simbolismo:

Encontramos dos simbolismos en la pascua. En el primero en el evento inicial y el segundo en la celebración o recordatorio de la pascua.

 

La pascua

En el primero es evidente que nos habla del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo. Dios había seleccionado un cordero perfecto (cf. Juan 6:27b). “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!" (Juan 1:29), había exclamado Juan el bautista cuando lo vio venir por primera vez para ser bautizado por él, y no se quedó allí, en otro día volvió a dar testimonio (Juan 1:36). Se había encontrado el cordero que iba a ser sacrificado para que todo aquel que se cobije bajo su sangre y sea salvado de la muerte eterna. Los hebreos, allá en el antiguo Egipto, había confiado que la sangre del cordero que estaba en los pilares y el dintel de la puerta haría que el ángel de la muerte pasaría de largo de aquella familia, del mismo modo los que hemos creído en la obra del Señor Jesucristo, su sangre nos ampara del juicio eterno, constituyéndonos hijos de Dios. Si lo personificamos de acuerdo a los hechos ocurridos aquella noche en Egipto, Dios ve la sangre de Cristo en nuestros corazones y pasa de largo. ¿Por qué? Porque en Cristo hemos sido justificado por Dios mismo:

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;” (Romanos 5:1).

“Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira”. (Romanos 5:9).

“siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…” (Romanos 5:9).

“sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.” (Gálatas 2:16).

Por último, tanto la Pascua como la obra de Cristo son resultados de la gracia de Dios para con nosotros; es decir, “para que, justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:7). Y esta gracia no queda restringida a algunos, también otros pueblos fueron amparados por la gracia de Dios; así la obra de Cristo no queda restringida solo algunos, está disponible para todos, pero solo es efectiva solo para los se apropian de ella.

 

La fiesta

Dios estableció que existiese una fiesta que permitiese celebrar y recordad los sucesos que llevaron a Israel a la liberación. Cada plato o comida que servían recordaban la amargura que pasaron durante su esclavitud en Egipto. No era un recuerdo triste, sino un recuerdo para meditar; y también una fiesta donde se recordaba como clamaron a Dios y este los escuchó. Y como resultado “Jehová nos sacó de Egipto con mano fuerte, con brazo extendido, con grande espanto, y con señales y con milagros;” (Deuteronomio 26:8).

                Ahora bien, es evidente que lo primero que pasa por nuestra mente para encontrar que simboliza esta fiesta, es la cena de Señor. Solo tenemos que recordar cuándo y cómo se instituyó la cena del Señor. Él mismo Señor Jesucristo había deseado celebrar la pascua (vea Lucas 22:15) y en esta fiesta, según piensan algunos eruditos, se estableció entre la tercera copa (la copa de redención o bendición) y la cuarta copa (copa de alabanza o consumación).

Lucas relata de esta forma como se instituyó: “Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:19-20; comp. 1 Corintios 11:23-26).

O sea, al igual que en la pascua, se hace memoria o se rememora lo que el Señor hizo por nosotros: “… en memoria de mí…”. No es una celebración donde hay tristeza, al contrario, hay alegría, hay esperanza. En otras palabras, se conmemora la victoria del Señor en cruz del calvario, sin esa victoria no estaríamos en la luz de su salvación. 

Pablo dice algo más, que el testimonio que resulta de celebrar la cena del Señor: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Co. 11:26). Anunciamos que la victoria de Cristo en la cruz y de la salvación que deriva de ella para todo aquel que ponga su fe en ella.

                Además, no es una extensión de la pascua vista desde otro punto. ¡No! Es una fiesta totalmente diferente. Los judíos la celebran una vez al año, con comidas particulares; y nosotros cada primer día de la semana (vea Hechos 20:7, 1 Corintios 16:2) como tenían costumbre los primeros cristianos, se celebra con pan y vino.

 

Conclusión.

                Encontramos que la pascua en sus hechos originales profetiza la obra de Cristo en la cruz del calvario como el cordero de Dios que con su sangre derramada nos da “vida”.

                Y, por otra parte, la fiesta de la pascua era un preludio o anticipaba la cena de Señor, teniendo presente que también es distinta en su forma como ya lo hemos explicado.

S.K.R.

LEYENDO DIA A DIA 2 CORINTIOS (5)

 

capítulo 4: Contrastes


La luz contrasta con las tinieblas, vv 1 al 6; la debilidad con el poder, vv 7 al 14; la aflicción con la gloria, vv 14 al 18.

El evangelio sigue siendo un secreto aun para muchos que lo oyen vez tras vez. El hecho de quedarse encubierto de algunos es su condenación, y les señala como enrumbados a la destrucción. Satanás les ha enceguecido, v. 4. Para Pablo el evangelio era una cosa muy grande. La luz que irradia es tan resplandeciente que es increíble que los hombres no la vean, y el poder que se opone a ella debe poseer una malignidad inmensa.

La incredulidad de los hombres le da a Satanás la oportunidad de cegar sus facultades de percepción espiritual. El dios de este mundo hace su obra de enceguecer; el Dios verdadero mandó que la luz resplandeciera. Pablo vio la faz de Jesucristo en su resplandor, y sabía que aquella gloria era la de Dios, v. 6.

El conocimiento de aquella gloria estaba guardado en un vaso de barro, a saber, el cuerpo de hombre con su debilidad y mente limitada. Pero ahí un principio divino, uno que protegía la verdad de que la salvación era de un todo del Señor. Dios dispondrá siempre que su obra sea realizada por hombres que están dispuestos a reconocer que la grandeza de su poder es suyo, y no de ellos.

En los contrastes que siguen Pablo destaca tanto la debilidad suya como el poder de Dios, vv 8 al 10.

Todo era para la bendición de ellos y la gloria de Dios, v. 15. La disminución progresiva en la fuerza de la vida corporal de Pablo se contrasta con la renovación progresiva de su vida espiritual. El velo de una humanidad cansada y sufrida escondía la vida misma de Cristo que latía inmortalidad, la vida misma de Cristo. Se estaba gastando el hombre exterior pero el interior se renovaba de día en día.

Pablo hace contraste entre el presente y el futuro. La aflicción es liviana, pasajera y apunta a la gloria, pero la gloria venidera es, en el texto griego, “¡excesiva al exceso!” El lenguaje no la describe.

Finalmente, el apóstol pone en contraste lo visible y lo invisible. Las cosas vistas se caducan, pero las de gloria perduran para siempre jamás. Todo depende de cómo fijamos nuestra mirada. Levante los ojos al cielo y mida el presente en función de lo invisible y eterno.

B.Osborne

domingo, 26 de abril de 2026

HE AQUÍ MI SIERVO (1)

 
He aquí que mi siervo será prosperado, será engrandecido y exaltado, y será puesto muy en alto. Isaías 52:13

Al utilizar la expresión “mi Siervo”, Dios quiere que dirijamos nuestra vista a Aquel que es tan especial para su corazón. Isaías escribió varias profecías acerca del Mesías, y su cuarto ‘cántico del Siervo’ (Is. 52:13–53:12) podemos denominarlo como ‘la profecía más grande´ o ‘la perla de la profecía’. Fue escrito unos 800 años antes del ministerio público del Señor, proporcionando detalles minuciosos sobre su vida, sus sufrimientos, su muerte, su resurrección y su actual posición en gloria. Inspirado por el Espíritu de Dios, Isaías predijo con precisión asuntos que tocan nuestros corazones y pensamientos. Antes de relatar los sufrimientos del Siervo (Is. 53), el profeta dirige nuestra atención hacia los resultados de la obra del Mesías y su exaltación (v. 13).

Luego, en pocas palabras, describe los tremendos sufrimientos que padecería el Mesías, especialmente en la cruz, y su repercusión final sobre todo el mundo (Is. 53:1–12). En esta profecía tan conocida, Dios comparte sus pensamientos acerca de Aquel que lo logró todo para la gloria de Dios. Aunque Jesús fue rechazado por su propio pueblo (Israel), Dios se identificó públicamente con él y proclamó su gran aprecio y satisfacción hacia su Persona (véase Mt. 3:16–17; 12:18–21).

El Siervo de Dios siempre confió en Aquel a quien había venido a servir, aun cuando su pueblo lo rechazara (véase Mt. 11–12). Actuó sabiamente y prosperó: el verbo hebreo utilizado para ‘prosperar’ en Isaías 52:13 significa ‘ser sabio’ o ‘actuar sabiamente’, así como tener éxito. El secreto del Mesías fue que siempre confió en Dios, quien lo recompensó en gran manera y lo exaltó. Para animar a los creyentes judíos perseguidos, Pedro escribió que los profetas daban testimonio de los sufrimientos de Aquel que actuó sabiamente y las glorias que vendrían tras estos sufrimientos (véase 1 P. 1:11; 2:22, 25).

(Continuará)
Alfred E. Bouter

MAS TÚ…

 “Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna”. 1 Timoteo 6:11-12

¡“Mas tú…”! El hombre de Dios –y cada hijo de Dios– debe andar sin cesar contra corriente aquí abajo. Huye de lo que el mundo ama y busca: el dinero y las cosas que se pueden adquirir con él (v. 10). Sigue lo que agrada al Señor: justicia, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre (v. 11). Aguarda Su aparición, ese tiempo en que todo será manifestado (v. 14).

El apóstol no confunde a los que son ricos (v. 17) con los que quieren enriquecerse (v. 9). Mas proyecta sobre los bienes de “este siglo” la luz de la eternidad. El objeto de nuestra confianza no está en los dones, sino en Aquel que los da; la verdadera ganancia es la piedad; las verdaderas riquezas son las buenas obras (v. 18); el verdadero tesoro es un buen fundamento para el porvenir (v. 19). Sí, sepamos discernir y echar mano “de la vida que lo es en verdad” (V.M.).

Huye, sigue, pelea, echa mano, son las exhortaciones que hemos hallado en nuestra lectura. El versículo 20 contiene un último imperativo particularmente solemne: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado”. Tal es la exhortación final, e invitamos a cada uno de nuestros lectores a reemplazar el nombre de Timoteo por el suyo propio.

(Extracto de «Cada día las Escrituras: Romanos-Apocalipsis» de J. Koechlin)

ATENDAMOS LAS COSAS QUE HEMOS OIDO (Hebreos 2:1)

 El autor de la epístola a los Hebreos nos exhorta a prestar atención a las cosas que hemos oído (la Palabra), no sea que nos desviemos.

Nos apartamos del buen camino poco a poco; espiritualmente no existe la muerte repentina. El defecto, que al principio nos parece algo muy pequeño, sin importancia, en apariencia perdonable, si no se lo juzga al debido tiempo, se convertirá en una pasión que pueda conducirnos a la caída fatal.

¿Quién podría dudar de la buena voluntad del apóstol Pedro cuando seguía al Señor Jesús en la tierra, junto con los demás discípulos? Él dijo a Jesús: “Nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido” (Marcos 10:28). Luego, al acercarse el momento en que el Señor sería arrestado, Pedro afirmó: “Mi vida pondré por ti”. Pero el Señor tuvo que advertirle acerca de su flaqueza: “De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces” (Juan 13:37-38). Sabemos que Pedro dio testimonio de Él: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16); pero también tuvo que escuchar acerca de sí mismo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo” (Mateo 16:23). Siguió de lejos a su Maestro que había sido apresado (Marcos 14:54) y poco después negó por tres veces al Santo y Justo. Su voluntad propia, más o menos cultivada y no juzgada, lo condujo a la caída, de donde sólo la gracia infinita del Señor pudo rescatarlo.

¿Acaso valemos nosotros más que Pedro, y por lo tanto, el enemigo no podrá contra nosotros? Sería inútil enumerar todos nuestros tropiezos y caídas. Cada uno, en la presencia de Dios, fijando la mirada en el Hombre perfecto, y guiado por la Palabra, debe juzgar su corazón: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23-24).

Parémonos un momento antes de que el Señor esté obligado a tomar medidas disciplinarias y purificadoras. Los «¡cuidado!», «¡atención!» están a la orden del día: “El que piense estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12). No está de pie, sino que cree estarlo, dice la Palabra. Velar, prestar atención, escuchar con humildad… he ahí los medios para avanzar con seguridad.

Demas amó este mundo (2 Timoteo 4:10). Abandonó al apóstol y el buen camino. ¿Qué pudo encontrar en el mundo? Fijémonos que el corazón de Demas amó su “presente siglo malo” (Gálatas 1:4). Y nosotros que vivimos en este siglo 21 estamos en el mismo “presente siglo malo”. A pesar de todo el progreso tecnológico ocurrido, el “mundo” moral queda el mismo: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:16).

Nada ha cambiado desde el tiempo de Demas. La Palabra de Dios es como su Autor: todopoderosa y tan verdadera como en el primer siglo de la Iglesia. La advertencia: “No seáis sabios en vuestra propia opinión” de Romanos 12:16, conduce a la humildad y al juicio del yo, este “yo” que hasta el final de la vida reivindica sus derechos y que, sin cesar, debe ser apartado de nuestros pensamientos.

En mí, o sea “en mi carne, no mora el bien”, dice el apóstol Pablo en Romanos 7:18; este “yo”, es decir, la carne dejada a su propia voluntad, es el que nos lleva a cometer tantos pecados y que tanta desgracia acarea sobre nosotros. Entre muchos, podríamos citar: el amor al dinero (1 Timoteo 6:10), las cosas terrenales (Colosenses 3:5) la adicción al vino y al mosto (alcohol) de que nos habla Oseas (cap. 4:11); todas estas cosas que muchas veces consideramos sin importancia, pueden ser motivo de desvío del buen camino o de caída. ¡Velemos, pues! El sueño espiritual (Proverbios 6:10) y la dejadez moral abrirán la puerta a una lengua sin riendas, a un espíritu pendenciero, a la calumnia (Santiago 3) y a la mentira.

“Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz” (2 Pedro 3:14).

Henry Ironside

JOSIAS

 

—Un instrumento escogido


He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías. 
1 Reyes 13:2

 

Hay un antiguo proverbio irlandés muy pintoresco y cuyo mensaje sigue siendo cierto en la actualidad: «Llega la hora, llega el hombre». Esto se ha demostrado en la historia secular del mundo, para bien o para mal. De manera similar, en la historia del pueblo de Dios, hay momentos en los que él levanta a alguien para llevar a cabo una obra importante en un momento crítico. Esto se puede observar tanto en los registros bíblicos como en la historia de la Iglesia.

Un varón de Dios profetizó que Dios levantaría a un descendiente de David llamado Josías, quien destruiría el altar idólatra de Jeroboam y quemaría sobre él los huesos de los falsos sacerdotes. Aunque esta profecía se cumplió trescientos años después, su cumplimiento fue exactamente como había sido profetizado (véase 2 R. 22:14–20).

En el Nuevo Testamento, Pablo les dijo a los gálatas que Dios lo había apartado para su servicio desde el vientre de su madre. A pesar de haberse convertido en un perseguidor de la Iglesia, Dios lo llamó por gracia y lo transformó, pasando de ser un erudito rabínico a un apóstol de Jesucristo (véase Gá. 1:15). Los ojos de Dios estaban puestos en Pablo, incluso cuando estaba en el vientre de su madre, y fue considerado un “instrumento escogido” (Hch. 9:15). Este mismo patrón lo vemos en el profeta Jeremías (véase Jer. 1:5). Esto nos muestra que Dios conoce y elige a sus siervos antes de llamarlos.

En el siglo 18, en Inglaterra, nació un hombre llamado George Whitefield. Él comenzó a predicar al aire libre, en los campos, en una época en la que tal acto se consideraba inaudito e incluso sacrílego. Sin embargo, su predicación dio como resultado un gran despertar espiritual en el que miles de personas se convirtieron a Cristo. Es interesante considerar que su apellido era White field (campos blancos en español), pareciendo prefigurar su llamamiento, ya que en Juan 4:35 leemos: “Mirad los campos… blancos para la siega”. ¡Es un aliento saber que Dios conoce y escoge a sus siervos antes de llamarlos!

 

—El reformador


De ocho años era Josías cuando comenzó a reinar… Este hizo lo recto ante los ojos de Jehová… sin apartarse a la derecha ni a la izquierda. 2 Crónicas 34:1–2

 

El rey Josías fue uno de los monarcas más piadosos en la historia judía. Desde muy joven, demostró su determinación de servir al Dios vivo. A los dieciséis años, comenzó a buscar al Dios de su padre David; a los veinte años, comenzó a limpiar Judá y Jerusalén de los lugares altos; y a los veintiséis años, comenzó a reparar la casa de Jehová su Dios (vv. 3, 8). Josías fue claramente un instrumento escogido por Dios, ¡incluso profetizado por nombre unos 300 años antes de su nacimiento (1 R. 13:2)!

Josías llevó a cabo una reforma impresionante al purgar a Judá e Israel de la idolatría, restablecer la celebración de la Pascua y reparar el templo. También instó al pueblo a unirse a esta causa (vv. 31–33). Esta reforma fue asombrosa si consideramos la profunda decadencia espiritual en la que habían caído muchos de los reyes de Judá e Israel en el pasado. Sin embargo, lamentablemente, este sería el último avivamiento conducido por un rey judío, ya que los ejércitos de Babilonia subirían contra Jerusalén y la sitiarían, lo cual sucedió poco tiempo después de la muerte de Josías.

Todo esto nos deja lecciones muy valiosas. Hace doscientos años, en su gracia, Dios realizó un gran avivamiento en la Iglesia. Él levantó a hombres especialmente capacitados, al igual que Josías, y los utilizó para restaurar la Cena del Señor después de siglos de descuido, devolviéndole la simplicidad con la que se practicaba en el Nuevo Testamento. También recuperó las doctrinas paulinas acerca de la Iglesia y la venida del Señor. En la actualidad, al igual que en los días de Josías, Babilonia está a la puerta (véase Ap. 17:4) y las semillas de la apostasía son evidentes. ¿Seguiremos defendiendo estas verdades? ¡Solemne pregunta!

 

—El hallazgo del Libro de la Ley



Y dando cuenta Hilcías, dijo al escriba Safán: Yo he hallado el libro de la ley en la casa de Jehová… Declaró el escriba Safán al rey, diciendo: El sacerdote Hilcías me dio un libro. Y leyó Safán en él delante del rey. 
2 Crónicas 34:15, 18

 

El rey Josías había comenzado un proyecto para purificar el templo y reparar los daños causados por la negligencia o la guerra. Es sorprendente e instructivo ver cuánto daño puede sufrir la casa de Dios cuando su pueblo cae en la idolatría. Esto también tiene una lección en la historia de la Iglesia.

Mientras limpiaban los escombros en el templo, el sacerdote Hilcías y sus trabajadores encontraron el Libro de la Ley. Este hecho nos demuestra cuál era el estado espiritual de Israel, ya que la Palabra de Dios había sido tan descuidada que solo quedaba una copia. Sin embargo, Dios, en su providencia, se encargó de preservar su Palabra, algo por lo que podemos estar agradecidos hoy en día.

Cuando el escriba Safán llevó el Libro de la Ley al rey, él se refirió a él simplemente como un libro. Esto puede sugerirnos que ni siquiera estaba seguro de lo que era, ¡y él era escriba! Josías se humilló profundamente cuando encontró este último ejemplar de la Palabra de Dios. Demostró su sensibilidad hacia ella y sintió cuán profundamente el pueblo había transgredido la Ley de Dios. De hecho, cada rey de Israel debía escribir una copia de la Ley para leerla todos los días de su vida (véase Dt. 17:18–19), pero obviamente este mandato había quedado en el olvido. Cada verdadero avivamiento en la historia de la Iglesia ha comenzado a través de un renovado interés en la Palabra de Dios. En nuestra época actual, hemos sido bendecidos con múltiples traducciones y ediciones de la Biblia, más de las que han estado disponibles en cualquier otro momento de la historia; ahora bien, a quien mucho se le da, mucho se le exige.

 

—Después de todas estas cosas

Después de todas estas cosas… Necao rey de Egipto subió para hacer guerra en Carquemis junto al Éufrates; y salió Josías contra él. 

2 Crónicas 35:20

El versículo de hoy comienza con las palabras “después de todas estas cosas”. Es una frase muy breve que aparece en una sección de la Biblia que podría considerarse oscura o poco leída. No te dejes engañar por su brevedad u oscuridad, ya que es uno de los versículos más tristes de la Biblia.

El rey Josías fue uno de los monarcas más importantes del reino de Judá. Antes de ascensión al trono, la nación había caído en la idolatría y había manifestado una total negligencia hacia la Palabra de Dios y el templo. Desde temprana edad, Josías emprendió una campaña de reforma y renovación, centrando su atención en la Palabra de Dios, purificando el templo y restaurando el culto al Dios de Israel durante la Pascua. Las reformas de Josías reflejan lo que ocurrió en la Iglesia cuando Dios levantó siervos fieles en el pasado y proclamó las verdades de la Palabra de Dios.

Después de todas las maravillosas obras de Josías, algo extraño sucedió: actuó de manera inapropiada. Aunque no cayó en inmoralidad o idolatría, actuó imprudentemente al querer ayudar a los caldeos en una batalla contra el rey de Egipto, sin que Dios se lo hubiera pedido. Se involucró en una batalla que no le correspondía y pagó el precio con su vida (vv. 23–24). Esta historia nos enseña una lección: si entendemos que Dios propició un avivamiento hacia sus cosas, ¿cuál es nuestra posición en la actualidad? ¿Estamos actuando inapropiadamente? ¿Estamos participando en batallas que no nos corresponden, como la política o la lucha social? Afortunadamente para Josías, Dios lo preservó de presenciar la invasión de Babilonia sobre su país y fue librado del mal venidero (véase Is. 57:1). ¡Pongamos atención a las lecciones de la vida de Josías!

El poder de la conducta

 


Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre


Están cayendo los valores más insignes: la fe, el patriotismo, la obediencia a las autoridades, el pudor y toda moral. A expensas de este retroceso está incólume la influencia de la conducta. “Porque ninguno vive para sí, y ninguno muere para sí. Mas sea vuestro hablar Sí, sí, No, no, porque lo que es demás de esto, de mal procede.” (Romanos 14:7, Mateo 5:37)

La experiencia me ha enseñado a conocer que la conducta es algo que se funde en el carácter, que conciencia y conducta son sinónimo. Ciencia y educación se pueden aprender en las instituciones docentes, pero la conducta procede del estado del corazón. La temperatura varía gradualmente, se mide por el vapor o la humedad, pero la conducta tiene dos polos: o está arriba, o está abajo.

 

Un solo desliz puede hacer maltrecha una vida. David fue hombre según el corazón de Dios, pero su crimen intelectual y su adulterio voluntario “ha hecho blasfemar a los enemigos de Jehová.” (1 Samuel 11 y 12). Hasta hoy los criterios parodian la conducta inmoral de David, y muchos de los caídos toman como excusas y mampara frente aquella escisión en la vida del buen David.

Ciertamente somos tan bajo que nuestro juicio y nuestros ojos no buscan sino ver lo vulgar y ruin del hombre. Por eso Dios no nos juzga por juicio humano, ni nos ve con ojos de carne. “Dios si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón para que seas reverenciado.” (Salmo 130:3,4)

El rey filósofo observó entre muchas de las cosas que se hacen debajo del sol: “Hay vanidad que se hace sobre la tierra: que hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos. Digo que esto también es vanidad.” (Eclesiastés 8:14)

Muchas veces la mentira parece pequeña y justificada, ¡pero qué influjo dañoso ocasiona a la conducta! “Sabroso es el pan de la mentira; pero después su boca será llena de cascajo.” (Proverbios 20:17) Otro gran hombre fue Abraham, llamado “amigo de Dios.” (Isaías 41:8) Abraham puso sombra a su conducta; fue “el profeta regañado.” Llegó a errar y por un prejuicio temeroso miente, expone a su esposa, y como hombre él mismo se expone; tuvo que salir del lugar como indeseable. (Génesis 20:1-18)

Otra cosa que afecta la conducta es la informalidad. “Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas.” (Eclesiastés 5:5) Votos, promesas o protestas no agradan al Señor. Su contentamiento está en los que le temen. Ananías y Safira ofrecieron al Señor tanto. Después que vendieron la heredad les pareció mucho lo que habían ofrecido y con apariencia de piedad y mentira negaron a dar una parte de lo que habían ofrecido. Su engaño era como una afrenta al Espíritu Santo; por tanto, su cortamiento vino enseguida.

El creyente de conducta paga sus cuentas, paga sus impuestos, cumple sus compromisos, es puntual a su palabra. “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel, y en lo que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto.” (Lucas 16:10)

La puntualidad es la hija mayor de la conducta, aunque para muchos hoy ser puntual es ser adulante, ser golpista, patronal o imperialista. El creyente debe ser imitador de aquellos que tenemos, por ejemplo. “El mensajero que había ido a llamar a Miqueas, le habló diciendo: He aquí, la palabra de los profetas a una voz anuncia al rey cosas buenas; yo, pues, te ruego que tu palabra sea como la de uno de ellos, que hables bien. Dijo Miqueas: Vive Jehová, que lo que mi Dios me dijere, eso hablaré.” (2 Crónicas 18:12,13)

La conducta regida en el temor de Dios es un arma poderosa para intimidar a los mundanos y licenciosos. Aunque se sometan con burlas, la conducta es justificada. Cierto hermano de buena conducta era objeto de burla y crítica de sus compañeros por su puntualidad y responsabilidad. Un día sus compañeros le vieron venir y con sorna dijeron: “Ahí viene el pastor pasaporte. ¡Todos derechitos! Nadie se ría” El hermano pasó saludando y sonriendo. Los otros representaban su papel sin pensar que estaban honrando la conducta del hermano. Ante la conducta de algunos hermanos hay personas que se cohíben de hablar vulgarmente por respeto al testimonio del evangélico. (Job 21:22)

No hay palabras para explicar los sufrimientos, pero fue la conducta del Señor con sus crueles dolores en la cruz que ganó al centurión para la gracia de Dios. El historiador Josefa dice: “Muchos de los crucificados desde que eran clavados empezaban y terminaban la vida maldiciendo.” Pero del Señor dice Marcos: “Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar, había expirado así, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.” (15:39)

Aun en los momentos críticos de nuestra vida, si la paciencia es unida a la conducta hará, que seamos vencedores. José calumniado fue metido en la prisión. Doce o trece años estuvo preso aquel joven. “Afligieron sus pies con grillos; en cárcel fue puesta su persona.” (Salmo 105:17-22) Pero la conducta de José fue conspicua. “No necesitaba atender el jefe de la cárcel cosa alguna de las que estaban al cuidado de José, porque Jehová estaba con José, y lo que hacía, Jehová lo prosperaba.” (Génesis 39:23)

Probamos la conducta según la educación y el estado de ánimo con que tome una persona las adversidades en un susto dan un alarido; en un caso de muerte gritan y se desesperan; si reprenden a un niño, todo el vecindario se informa; si hay reclamos entre los esposos, lo hacen con escándalos; si reciben una injusticia, usan la espada de la lengua sin comedimiento.

“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre.” (Santiago 3:13)