domingo, 6 de julio de 2014

No Estoy Envejecido.

Dicen que me estoy envejeciendo,

Y muchos lo están diciendo
En lenguaje lo más liso y llano;
Pero yo no estoy volviéndome anciano.
Este viejo y frágil cuerpo en que moro
Se está gastando, no lo ignoro;
Pero es mi cuerpo, miren bien se lo imploro.
¿Y qué si mi cabello se emblanquece?
Y aunque mi vista esté flaqueando,
Aun ve y voy tras Él andando;
Tras Él quien su vida por la mía dio,
En el calvario y así me redimió,
¿Qué puede interesarme si del tiempo el arado
Hondos surcos en mi frente han roturado?

Otra casa que ninguna mano humana hizo
Me aguarda en el glorioso paraíso.
¿Qué tiene si mi paso tambalea
Y mi lengua ya tartamudea?
Puedo aun andar por el sendero estrecho
Velando, orando, adorando dentro de mi pecho.

Puede que no sea ya mi oído
Como antes lo haya siempre sido:
Con todo puedo oír aun el Salvador divino
En tono suave decir: "Yo soy el camino".
Haga yo lo que haga, con la noble intención,
De prolongar del cuerpo su corta duración
El hombre exterior al polvo volverá,
Como todo en la natura también lo hará.
El hombre interior, la Escritura porfía,
Se fortalece más de día en día.

¿Cómo puedo entonces estar envejeciendo
Al resguardo de mi Salvador viviendo?
Pronto mi alma en vuelo subirá
Y esta morada de barro dejará:
Este manto de carne dejaré y volaré
Al premio eterno que recibiré.
Os esperaré en calles de oro reluciendo,
Os demostraré que no ESTOY ENVEJECIENDO.

“PÚBLICAMENTE Y POR LAS CASAS”

El título de este artículo ha sido tomado del discurso de despedida de Pablo ante los ancianos de Éfeso en Hechos 20. Muestra, de manera muy convincente, la íntima relación que existe entre el trabajo de maestro y el de pastor. “Y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros” —dice el bienaventurado apóstol— “públicamente y por las casas” (v. 20).
Pablo no era solamente apóstol; reunía, además, en su persona, los dones de evangelista, de pastor y de maestro de manera sorprendente. Los dos últimos están estrechamente vinculados, como lo vemos en Efesios 4:11. Es importante que esta relación se comprenda y se mantenga. El maestro expone la verdad; el pastor la aplica. El maestro ilumina el entendimiento; el pastor tiene en cuenta el estado del corazón. El maestro provee el alimento espiritual; el pastor ve el uso que se hace de él. El maestro se ocupa más de la Palabra (uno que “traza bien la palabra de verdad”, 2 Timoteo 2:15); el pastor se dedica al cuidado de las almas; la actividad del maestro es, en su mayor parte, pública; la del pastor se ejerce principalmente en privado. Cuando estos dos dones están reunidos en la misma persona, la capacidad de enseñar comunica al pastor un inmenso poder moral, y el don de pastor comunica al maestro una entrañable ternura. 
No se debe confundir un pastor con un anciano u obispo (supervisor). Son dos cosas muy diferentes. Ancianos y obispos son a menudo términos intercambiables, pero un pastor nunca debe confundirse con ellos. “Anciano” es un cargo local; “pastor” es un don. Nada se dice de ancianos ni obispos en 1 Corintios 12 y 14, ni en Efesios 4, aunque en estos pasajes el tema de los dones se trata en detalle. Debemos distinguir cuidadosamente entre dones y cargos locales. Los ancianos u obispos fueron establecidos para conducir y vigilar. Los maestros y pastores deben alimentar y edificar. Un anciano podía ser maestro o pastor, pero debía diferenciar su cargo de su don: cada uno se basa en un principio completamente diferente, y nunca debe confundírselos.
Sin embargo, nuestro objetivo en este breve artículo no es escribir un tratado sobre el ministerio, ni extendernos exhaustivamente sobre las diferencias entre los dones espirituales y los cargos locales, sino simplemente ofrecer a nuestros lectores unas palabras sobre la inmensa importancia del don pastoral en la Iglesia de Dios, a fin de despertar en sus corazones el deseo de elevar una ferviente oración a la Cabeza de la Iglesia para que, en su gracia, tenga a bien derramar este precioso don más abundantemente entre nosotros. “No estamos estrechos en” él (2 Corintios 6:12). Sus recursos para la vida espiritual no se han agotado; pues nuestro Señor Jesucristo ama a su Iglesia y se deleita en sustentar y cuidar su cuerpo y en suplir todo lo que le falta con su plenitud infinita.
Aquellos que saben lo que es el servicio del pastor y que conocen la verdadera condición de la Iglesia, no pueden negar que existe una urgente necesidad de cuidados pastorales en toda la Iglesia de Dios. ¡Qué raro es encontrar un verdadero pastor espiritual! Es más fácil tomar el título y asumir el cargo. En realidad, el verdadero pastorado no se resume en un título ni en un cargo, sino que es una realidad viviente, un don divino acordado y comunicado por la Cabeza de la Iglesia para el crecimiento y la bendición de sus miembros. Un verdadero pastor es un hombre que no sólo posee un auténtico don espiritual, sino que también está animado por los mismos afectos del corazón de Cristo hacia cada cordero y cada oveja del rebaño que compró con su propia sangre.
            Sí, lo repetimos, cada cordero y cada oveja. Un verdadero pastor es un pastor en todo el mundo. Es alguien que tiene un corazón, un mensaje, un ministerio preciso para cada miembro del cuerpo de Cristo. 
No ocurre lo mismo con el anciano o supervisor. Éste tiene un cargo local que ejerce en la localidad donde le ha sido confiado. Pero el ámbito de actividad del pastor se extiende a toda la Iglesia de Dios, así como el del evangelista abarca el mundo entero. Un pastor es pastor en Nueva York, París, Sydney o cualquier localidad del mundo, y su precioso trabajo se realiza por todas partes. La idea de que el servicio de un pastor se limita a una determinada congregación en la que se espera que asuma las funciones de evangelista, maestro, anciano u obispo, es completamente ajena a la enseñanza del Nuevo Testamento.
Lamentablemente ¡cuán pocos pastores verdaderos hay entre nosotros! ¡Qué raro es encontrar un verdadero don de pastor, un verdadero corazón de pastor! ¿Dónde encontrar a aquellos que reúnen realmente los dos grandes e importantes elementos contenidos en nuestro título: “Públicamente y por las casas”? Quizá alguien podrá dar un breve mensaje el domingo o una meditación de la Palabra un día de semana, pero ¿cómo se realiza el otro aspecto: “en las casas”? ¿Dónde están, día tras día, los cuidados diligentes, afectuosos y cercanos brindados a las almas individualmente? Muy a menudo sucede que la enseñanza en público pasa muy por encima de las cabezas de los oyentes. La enseñanza en las casas, en cambio, de seguro que llegará al corazón de cada uno. Cuántas veces sucede que una verdad expresada en público es mal comprendida y mal aplicada, hasta que, en el curso de la semana, la visita pastoral, llena de amor, da el verdadero sentido y la justa aplicación.
Y esto no es todo. Hay muchas cosas en el campo de actividad de un pastor que el maestro no puede tratar en público. No hay duda de que la enseñanza en público es sumamente importante. ¡Ojalá tuviésemos mucho más de lo que hemos tenido hasta ahora! El trabajo del maestro es de inestimable valor; y cuando es endulzado por el profundo y tierno afecto del corazón del pastor, puede responder mucho más profundamente a las diversas necesidades de las almas. El pastor lleno de amor que, de todo corazón y con oración, va fielmente de casa en casa, puede llegar a los ejercicios profundos de un alma, a las angustias de su corazón, buscar respuestas a las preguntas que las desconciertan, y hacer frente a las graves dificultades de su conciencia. Puede entrar, con la simpatía profunda de un corazón que ama, en las mil pequeñas circunstancias y pesares del camino. Puede arrodillarse ante el Trono de la gracia con aquellos que pasan por pruebas y tentaciones, con los que están destrozados y apesadumbrados, derramar sus corazones juntos y recibir el dulce consuelo del “Dios de toda gracia” (1 Pedro 5:10) y del “Padre de misericordias” (2 Corintios 1:3).
            El maestro, en público, no puede hacer esto. Sin duda que, si tiene también en él, como lo dijimos, un don de pastor, puede responder por adelantado, en su mensaje público, a la mayoría de las penas, dificultades y ejercicios personales de cada alma. Pero no puede responder plenamente a las necesidades individuales. Eso pertenece al santo trabajo del pastor. Nos parece que el pastor es al alma lo que el médico es al cuerpo. Debe conocer las enfermedades y los remedios. Debe poder explicar lo que le pasa al alma; ser capaz de discernir el estado espiritual y aplicar el remedio adecuado. ¡Ah, cuán escasos son estos pastores! Una cosa es llevar el título y otra muy diferente cumplir el servicio.
Lector cristiano, le rogamos encarecidamente que se una a nosotros en una oración ferviente y llena de fe para que Dios suscite verdaderos pastores en medio de nosotros. Tenemos una necesidad profunda de ello. Las ovejas de Cristo no están debidamente alimentadas ni cuidadas. Estamos tan ocupados con nuestros propios asuntos que no tenemos tiempo de dedicarnos al cuidado del precioso rebaño de Cristo. Incluso en aquellas ocasiones en que el amado pueblo de Dios se congrega, ¡qué poco hay de provecho para sus almas preciosas! ¡Cuántas pausas, largas y vacías, cuántos silencios debidos a la pobreza espiritual, cuántos himnos y oraciones sin objetivo preciso! ¡Qué poco vemos que el rebaño sea conducido a los “delicados pastos” de las Santas Escrituras y a las “aguas de reposo” del amor divino (Salmo 23:2)! Y aun a lo largo de la semana, hay pocas visitas pastorales afectuosas, poco de tierna solicitud hacia las almas o el cuerpo. El trabajo para proveer a nuestras necesidades y a las de nuestra familia, absorbe todos los momentos de nuestra vida y no queda tiempo para otra cosa. En realidad, se trata, lamentablemente, de la antigua y triste historia: “Todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús” (Filipenses 2:21). ¡Qué diferente era el caso del bendito apóstol! Encontraba tiempo para hacer tiendas (Hechos 18:3) y también para enseñar “públicamente y por las casas”. No era solamente el ardiente evangelista que recorría continentes y plantaba asambleas, sino que también era el pastor lleno de amor, la tierna nodriza, el talentoso médico espiritual. Tenía un corazón para Cristo, para “su cuerpo”, la Asamblea (Efesios 1:23), y para cada miembro de ese cuerpo (Romanos 12:5). Aquí radica el verdadero secreto del servicio. Es maravilloso lo que un corazón lleno de amor puede realizar. Si realmente amo a la Iglesia, no puedo sino desear su bendición y su progreso, y animar a otros a lo mismo según mi propia capacidad. 
¡Que el Señor suscite en su pueblo pastores y maestros según su propio corazón, hombres llenos de su Espíritu y animados por un verdadero amor hacia su Iglesia, hombres competentes y dispuestos a enseñar “públicamente y por las casas”!

Doctrina. El Hombre (Parte VII)

VII. La caída del hombre


La doctrina de la caída del hombre no es peculiar al cristianismo. Todas las religiones la contienen de alguna manera, y reconocen este hecho grande y terrible. Aunque no hubiéramos tenido el relato que se encuentra en Génesis 3, hubiera quedado siempre el problema de la caída y el pecado.
Sin embargo, la doctrina de la caída está relacionada con el cristianismo en una forma en que no está relacionada con otras religiones. El carácter moral de Dios, como se nos presenta en la religión cristiana, sobrepuja con mucho la idea del Ser supremo que ofrecen otras religiones, y de esta manera realza e intensifica la idea del pecado.
Cuando el hombre considera el noble carácter  de Dios, como nos lo presenta el cristianismo, y mira después la doctrina del pecado, encuentra difícil  reconciliar el hecho de que Dios, siendo el Ser moral que es, haya permitido que el pecado entrara en el mundo. Para algunos estas dos cosas son irreconciliables, y  dirán que la caída del hombre es una vieja fábula babilónica, pero sólo tenemos que observar detenidamente al hombre para verlo trabajar por el pan, debilitarse en sus enfermedades, y morir en su miseria, para darnos cuenta de que él ha tenido una caída. "Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron" (Romanos 5:12).
Analicemos brevemente el texto bíblico de Génesis 3.  Encontramos:
La Prueba
“Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”  (Génesis 2:16-17).
La orden era clara y precisa de parte de Dios. Podían alimentarse de todos los frutos que produce el huerto y de las semillas, pero de este árbol en particular ellos NO  debían comer, no porque el fruto fuese malo o venenoso, sino porque Dios había ordenado que de ese fruto no se comiese. El mandato estaba dado, la ordenanza era clara, por lo cual lo único que debía hacer Adán (y Eva) era cumplir lo establecido.
Tenemos en este versículo que por primera vez se menciona la muerte como resultado de una acción. Y este resultado tenía tres facetas que manifiestan la ruina completa del hombre:
(1)  La muerte espiritual: La separación de Dios.
(2)  La muerte física: La separación del cuerpo.
(3)  La muerte eterna (segunda): Sufrir la ira de Dios para siempre en el lago de fuego.
Relato Bíblico
El  relato bíblico nos indica que un animal, la serpiente, era muy astuta.  No se presentó como quien era realmente[1]. El enemigo de Dios usó a un (o forma de o disfraz de) animal para atacar. Y atacó a Eva sagazmente en diversos aspectos de una sola vez:
·                    La curiosidad para lograr su cometido.   Lo más probable que la sedujo con sus colores, y como Eva la vería todos los días y los animales no le tenía miedo, y de seguro Adán y Eva entendían el lenguaje de  los animales, por esto Eva no se asustó y la escuchó.
·                    Presentó la orden del Señor en forma negativa, mintiendo, ya que tergiversa la misma orden: “¿Conque Dios dijo: No comáis de ningún árbol del huerto?“. Eva contesta no de acuerdo a la pala­bra dicha por el Señor: “más del árbol de la ciencia del bien y del mal, no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás.” Es decir, no citó correctamente las palabras de Dios, sino que dijo: “más del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni tocaréis en él, para que no muráis.”
Analicemos los puntos en que consiste la caída del hombre:
1.- Ante la  remetida  de la serpiente, la respuesta de la mujer fue: “Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él,  ni le tocaréis,  para que no muráis” (Génesis 3:2-3).
El mandato de Dios era claro y preciso: “Y mandó Jehová Dios al hombre,  diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás;  porque el día que de él comieres,  ciertamente morirás”  (Génesis 2:16-17).
La mujer no conservó en su pureza la orden de Dios, ya que agregó de su parte a la ordenanza. “…Ni le tocareis”, había agregado. Podemos inferir que ella había estado otras veces cerca de aquel árbol mirando su fruto, deseando tocarlo. Es muy probable que ella hubiera sido observada por Satanás, y éste  aprovechó a la serpiente  para acercarse a ella. Y en el momento que la serpiente le habla,  ella hubiera ido a mirar el fruto prohibido.
2.- No Moriréis…  La serpiente Plantea todo contradiciendo lo que Dios había establecido en su decreto. El Decreto era si Comes… Mueres. La serpiente estaba derechamente decretando lo contrario: “No Moriréis”. Y hace más aún, le da un aspecto positivo al hecho de desobedecer al mandato divino, cuando en la realidad sería el hecho que los separaría para siempre del cobijo de Dios. Las consecuencias que tuvo fueron claras: Murieron, primero espiritualmente posteriormente físicamente. Definitivamente, los ojos fueron abiertos y descubrieron con horror el bien y el mal. Sabían al igual que Dios, el bien y el mal, con la única diferencia es que estaban al lado opuesto, una inmensa sima nos separaba: es infranqueable.
3.- Como resultado del engaño, Eva estiró  la mano y cortó el fruto:
1.      Vio que era bueno
2.      Que era Agradable
3.      Codiciable para alcanzar sabiduría
4.      Tomó… comió.
5.      Dio al hombre.
Podemos decir que si Eva hubiera tenido bien puesta su fe, no hubiera deseado comer del fruto. Vio que el fruto del árbol era agradable a los ojos, lo que quiere decir que tenía un bonito color y a ella, tal vez, le apetecía probar ese fruto, y sin pensar en el mandato de Dios y en sus consecuencias en la transgresión que estaba cometiendo, lo cortó del árbol y comió.
Si  en la mujer fue falta de Fe y confianza en el mandato, en  Adán queda patente que fue más desobediente, ya que co­mo imagen de Dios, debía haber puesto cordura a su esposa y haber desechado la idea de la mujer de comer del fruto. Fue débil y comió en forma deliberada, a sabiendas que no debía hacerlo. Adán y Eva se hicie­ron pecadores, y por ser hijos de ellos, también lo somos.
Entonces, se cumplió el castigo de la desobediencia, habían muerto para Dios (y esta muerte es eterna, ya que Dios es sin pecado y no lo tolera). Como consecuencia de esta desobediencia, el hombre y la mujer se dieron cuenta que estaban desnudos: “enton­ces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (Génesis 3:7).
“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Gen 3:8). 
Era costumbre de Dios caminar y conversar con Adán; y cuando éste escucha la voz del crea­dor que lo llama (“¿Dónde estás tú?”), por primera vez tiene miedo, miedo que le induce a escon­derse. El Miedo y la vergüenza de estar desnudos ante el Creador delataban que el pecado  reinaba en ellos.
El hombre no puede negar la respuesta a su creador: “Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”. Dios que sabía lo que el hombre había hecho, por lo cual su pregunta fue directa: “¿Quién te en­señó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”.
El ser humano siempre tiene escusas para todo. En vez de reconocer que de uno es la falta siem­pre le echa la culpa a otro. Dios le pregunta a Adán y culpa a la mujer que le dio de comer el fruto. Y cuando le pregunta a la mujer, ésta culpa a la serpiente que la engañó.

Interpretaciones del relato
El análisis de este pasaje ha dado diferentes interpretaciones con respecto a la caída del hombre. Encontramos tres tipos de interpretaciones, a saber:
1.                 Alegórica[2]: Esta interpretación ve el relato del siguientes modo: Adán es la parte racional del hombres; Eva, la parte sensual, la parte sensitiva, en relación a los sentimientos; la  serpiente, a las incitaciones externas del mal. Pero la misma sencillez y falta de artificio del relato se opone a este punto de vista.
2.                 Mito: Es una verdad revestido de forma poética, algo extraviado en las arenas del tiempo, de tradiciones de un pasado perdido. ¿Por qué se han de tratar unos pocos versículos de esta forma y no todo el capítulo? Otros quieren preservar la “verdad” del relato sin tener que aceptar su confiabilidad  histórica
3.                 Interpretación literal: El relato se lee tal cual es, en su sentido es perfectamente natural, lo mismo que se hace con las demás partes del mismo capítulo. El relato indica por sí mismo que se debe tomar literalmente, ya que es parte de un libro histórico. Los lugares mencionados con la historia son reales e históricos. La maldición echada al hombre, a la  mujer y a la tierra es ciertamente literal, es un hecho que la muerte se encuentra en el mundo como la paga del pecado.
Sin lugar a dudas  Cristo y los otros escritores bíblicos consideran el hecho como literal e histórico (Ver Mateo 19:4; Marcos 10:6; 2 Corintios 11:3; 1 Timoteo 2:13-15; 1 Corintios 15: 21–22, 56). Pablo enfatiza la historicidad del pecado de Adán en Romanos 5:12–21. Él repetidas veces lo compara con lo que Cristo hizo en la cruz.  Muchos que entienden que Génesis 3 es una leyenda, una poesía, un mito verdadero, o cualquier otra cosa, no niegan la historicidad de la muerte de Cristo (aunque puede que no estén de acuerdo en cuanto a su significado). Pero la comparación y el contraste de Pablo en el pasaje, demanda o que tanto las acciones de Adán como las de Cristo sean verdad o que ambas sean leyenda o mito. El aceptar la muerte de Cristo como histórica y no así el pecado de Adán es, para decir lo menos, forzar el pasaje hasta el punto de ruptura. Esto es precisamente lo que tratan de hacer los algunos “cristianos” con una teología diferente. No sólo aceptan la historicidad de la muerte de Cristo, sino que para ellos es el punto más alto de la revelación. Pero aun así, no aceptan el relato de Génesis 3 como histórico, aunque reconocen la verdad y realidad del  pecado. Pero si, de acuerdo a ese pasaje, Cristo y lo que El hizo están en la esfera de los hechos, entonces también lo están Adán y sus acciones.
Naturaleza de la caída
"Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos; y seréis como Dios sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella." (Génesis 3:4-6) Ahora bien, el fruto estaba bien, y era un buen fruto, teniendo solamente la prohibición de Dios detrás del mismo. Algunos contienden que fue algo mezquino de parte de Dios poner en obra la caída del hombre, pero nosotros preguntamos, "Caminando sobre la orilla, ¿cuántos pasos en falso hay que dar para caerse a un precipicio?"

a. Pecar es dudar del amor de Dios.
Al dudar del amor de Dios el hombre negó la benignidad de Dios, actuó separado de Dios y se convirtió en un pecador. "Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte." (Proverbios 14:12 cf. Isaías 55:6)

b. Pecar es dudar de la Palabra de Dios.
Al dudar de la Palabra de Dios el hombre negó la verdad de Dios; al negar su verdad, el hombre actuó a despecho de Dios y se convirtió en un criminal. "Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley." (I Juan 3:4)
c. Pecar es rebelarse contra la autoridad de Dios.
Al dudar de la autoridad de Dios, el hombre negó la deidad de Dios; al negar su deidad, el hombre se convirtió en un adversario de Dios. Por consiguiente, él se convirtió en enemigo de Dios y en un rebelde en el universo de Dios. "Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios." (Romanos 8:7-8)
La prueba le fue dada al hombre para ver si él permanecería fiel a Dios, o no. El hombre fracasó porque él quiso ser "como" Dios. El mismo diablo también cayó (Isaías capítulo 14) porque él quiso ser semejante al Dios Altísimo. Esto resultó en su caída, por lo que él plantó la misma semilla de ambición falsa en Adán y Eva para ver si ello ponía en obra la caída de ellos, y así fue.
Algunos preguntan, "¿Era Dios justo para con ellos?" Adán y Eva fueron advertidos y puestos de sobre aviso contra Satanás. Había solamente una prohibición en el huerto. Ellos no necesitaban del fruto porque no les faltaba nada. Así que no tenían excusa.
Resultado de la caída
I.       Los resultados inmediatos en Adán y Eva.
(1)             La vergüenza. "Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban... Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales." (Génesis 2:25; 3:7) Dios mismo está cubierto con una vestidura de luz (Salmos 104:2); y cuando El hizo al hombre, lo hizo a su propia imagen y semejanza. Por consiguiente, nosotros creemos que el hombre, originalmente, estaba cubierto de una vestidura de luz. Cuando el hombre pecó, el perdió su vestidura de luz, y se hizo una vestidura de hojas de higuera para reemplazar la que él había perdido. Desde aquel entonces, el hombre ha tratado de cubrir su desnudez por sus propios esfuerzos, pero no ha encontrado más que trapos de inmundicia.
(2)             El miedo. "Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí." (Génesis 3:10) El hombre todavía trata de esconderse de Dios.
(3)             La separación de Dios. No cabe duda de que el hombre perdió su naturaleza perfecta y la comunión íntima con Dios que antes tenía. No hay tal cosa como la "paternidad de Dios" ni la "confraternidad de los hombres" para el hombre natural, el hombre pecador.
(4)             La expulsión del huerto. "Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre y puso al oriente del Huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida." (Génesis 3:23-24) El hombre llegó a ser expulsado del huerto y un enemigo de Dios.
(5)             Perdió el señorío sobre la creación. En el principio Adán ciertamente era el gobernador de todas las criaturas terrenales. "Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar." (Salmo 8:6-8) Esto no es cierto con respecto al hombre actual. Él ha perdido ese señorío. Cristo se lo devolverá cuando El venga otra vez. (Hebreos 2 e Isaías 11)

II.    Los efectos remotos sobre la posteridad de Adán.
(1) El espíritu humano está entenebrecido. "Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón" (Efesios 4:17-18). El cuarto oscuro del entendimiento humano permanece entenebrecido hasta que el Espíritu Santo entre a iluminarlo.
(2) El alma está degenerada y corrupta. Los incrédulos, "... después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza." (Efesios 4:19 cf. Jeremías 17:9)
(3) El cuerpo está sujeto a enfermedad y muerte. "Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios." (Romanos 8:21)
El castigo divino del pecado.
Este castigo fue la expresión inmediata del juicio de Dios sobre:
(1)             La serpiente. "Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el calcañar." (Génesis 3:14-15) Satanás, en toda su majestad, no es considerado más que una serpiente. Esta es una metáfora, porque nosotros sabemos que las serpientes no comen polvo. El decreto de Dios para la serpiente, de que ésta comería polvo de la tierra todos los días de su vida, puso de manifiesto el menosprecio que Él tuvo hacia el diablo.
(2)             La mujer. "A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti." (Génesis 3:16)
(3)             La creación. "Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo." (Génesis 3:17-18 cf. Romanos 8:20-22)
(4)              El hombre. “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:17 – 19, cf. Génesis 5:29).
(5)             El último castigo que fue impuesto sobre la pareja inicial de la humanidad es el abandono inmediato del hogar que Dios los había albergado: no eran dignos de él. Y, además, bloqueo la entrada a aquel hogar  por medio de guardias, puso querubines para que no entrasen  y comiesen del árbol de la vida.
(6)              También tiene una expresión futura del juicio de Dios sobre los hombres, que es la muerte segunda, en el cual estarán todos los pecadores que no quisieron aceptar el medio de recate que Dios les prodigaba: La obra redentora de su Hijo Jesús. (Apocalipsis 21:8)
La provisión para el pecador.
Así como la justicia de Dios requiere que exista un Juicio, el amor de Dios, la misericordia de él, no podía permitir que el hombre se perdiera. Así que estableció hechos inmediatos y promesas futu­ras (que ya se cumplieron).
Les hizo vestidos. Ellos estaban desnudos y no podía dejarlos ir así a la inclemencia de los elementos, cu­briendo sus desnudes con hoja de Higuera. La palabra del señor nos dice: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Génesis 3:21). El personalmente les hizo ropa, para demostrarle su amor, que aun los amaba.  No obstante, debía derramarse sangre. "... y sin derramamiento de sangre no se hace remisión." (Hebreos 9:22) Ellos debían ser cubiertos con aquello que había muerto por sus pecados. De la misma manera, los pecadores de la actualidad tienen que ser cubiertos con la justicia de Aquel que murió por ellos.
Les prometió un Salvador (Redentor). En Génesis 3:15, se encuentra la primera promesa con  respecto a la venida del Señor Jesu­cristo. En ella se declara que la simiente de la mujer (el Señor Jesucristo) herirá la ca­beza  a la serpiente y ella le herirá el calcañar. Cuando el Señor moría en la cruz, era la apa­rente victoria de Satanás. Pero la aparente victoria se convirtió en derrota, ya que el Señor resu­citó al tercer día como lo había prometido.
Protección. ¿Se imaginan si Adán y Eva y sus descendientes hubiesen comido del árbol de la vida?  Esto significa que ellos vivirían por siempre, soportando la carga del pecado, lo cual sería horri­ble de soportar. ¿Por qué? Porque el pecado es una carga que nos va consumiendo poco a poco nuestra alma, llegando a ser seres horribles.  Por ejemplo, sólo basta ver a los homi­cidas y las vidas que llevan.




[1]  ¿Cómo sabemos que la serpiente es el Diablo? ¿Por qué suponer que era Satanás  el impulsor de esta serpiente? Por diversos pasajes que encontramos en el nuevo testamento. Apocalipsis12:9 y 20: Satanás es llamado la serpiente antigua.
[2] Alegoría (gr. allegorein, «hablar figuradamente»), es una figura literaria o tema artístico que pretende representar una idea valiéndose de formas humanas, animales o de objetos cotidianos. Por su carácter evocador, se empleó profusamente como recurso en temas religiosos y profanos. Fue usada desde la antigüedad, en la época del Egipto faraónico, la Antigua Grecia, Roma, la Edad Media o el Barroco.

“Cumplido está” Pensamientos sobre el Salmo 22 (Parte VII)

«La obra de gracia está terminada, Tú te has sentado en el lugar santo »


A partir del versículo 21, toda la escena cambia. Entramos en el terreno de las consecuencias ilimitadas de esta obra infinita, y la primera de todas -presentada sin demora- es la alabanza de Cristo hacia Aquel que lo libró en el momento preciso. El Señor alaba a Dios en medio de los santos porque Dios lo libró y nos invita a alabarlo con él, no ya porque nos haya salvado, sino porque resucitó a Cristo de entre los muertos.
Esta liberación de Dios, esta respuesta a Jesús, se puede decir que se manifestó de dos maneras. La primera, en que, al cabo de las tres horas de su desamparo, el Señor restableció la comunión con su Padre, ya que entonces deja de decir "Dios mío" y dice "Padre", como lo vemos en el evangelio de Lucas (23:46). La segunda fue su resurrección y su elevación a la diestra de la majestad en las alturas. Es la respuesta definitiva.
Después de las tres últimas horas, el Señor encomienda su espíritu a su Padre. La obra de la expiación está terminada. Pero falta solucionar la cuestión de la muerte y de su terrible poder. En la cruz, lo relativo al juicio de Dios y su cólera fue solucionado, al igual que lo referente a Satanás, pues, cuando el Señor exclama "¡Cumplido está!" ya ha logrado la victoria.
Pero aún había que apoderarse de las llaves de la muerte y del hades (Apocalipsis 1: 18); le faltaba pasar por los lugares a los que conducían las consecuencias del pecado. Una de esas consecuencias era la cólera de Dios, por la cual pasó Cristo durante las tres horas. Otra consecuencia era la muerte a la cual estaban sujetos todos los hombres. El Señor entra en la muerte, penetra en ese reino del hombre fuerte con el poder de una vida imperecedera. Entra en la muerte que no le podía retener y sale de ella despojando a Satanás de esta arma poderosa (Lucas 11:21-22; Hebreos 2:14-15), de tal manera que en adelante ella no es más nada para Cristo y para aquellos que están en él. Respecto a los demás hombres, por otra parte, la muerte está ahora en poder del Señor, pues él es "el primogénito de entre los muertos" (Colosenses 1: 18).
La manera en que Cristo entró en la muerte tiene mucha importancia. No murió bajo la cólera judicial, ya que primeramente recuperó el gozo de la comunión con su Padre. En segundo lugar, penetró en la muerte consciente de haber acabado completamente la obra, pues pudo pronunciar estas solemnes palabras: "¡Cumplido está!". Más aun, él da su vida exclamando a gran voz, prueba de que nadie se la quitaba, sino que la ponía de sí mismo a causa del mandamiento que había recibido de su Padre. Por último, su dependencia y su completa confianza brillan una vez más en este último acto que consiste en encomendar su espíritu en las manos de su Padre (Lucas 23:46). Pese a haber recibido tanto el poder de volver a tomar su vida como el de darla, la perfecta dependencia del Señor -si es posible penetrar en este misterio- no le permite ejercer este poder sin su Padre. La resurrección es presentada como una respuesta de Dios: "Me has respondido de entre los cuernos de los búfalos" (v. 21 - versión francesa de J.N.D.)
Cuando la hora de la prueba hubo terminado para Cristo, cuando el tiempo de su desamparo hubo llegado a su fin, llegó el de la liberación. Si Dios hubiera socorrido a su Hijo antes del momento preciso, nosotros no habríamos sido salvados. Por otra parte, su amor por él no permitiría que la prueba se prolongase un instante más que el necesario. (En nuestras pruebas, a nuestro nivel, podemos tener confianza en que la sabiduría de Dios, por un lado, y su amor, por el otro, darán a nuestros ejercicios exactamente la duración necesaria).
Lo que parece destacarse en estos versículos 22 a 24 es la expresión del inmenso cambio que el Señor experimentó al pasar de las horas terribles al gozo de la comunión con el Padre. Y él quiere que sus hermanos sepan qué Dios es aquel que le ha librado de las tres horas y de la muerte. Conoce y aprecia el interés que por su dolor sienten aquellos a quienes llama sus hermanos. "Óigate Jehová en el día de tu angustia" comienza diciendo el Salmo 20, y aquí, después de los sufrimientos, cuando todo ha transcurrido perfectamente, es el propio Señor quien exclama: "Ya me has respondido" (versión francesa de J.N.D.). El que intercedió por aquellos que temen a Dios -es decir, por sus hermanos- a fin de que no sean confundidos ni escandalizados a causa de su desamparo (Salmo 69:6), tiene, como bien lo comprendemos, mucha prisa por ir a anunciarles la maravillosa liberación de la cual acaba de ser objeto. Su amor esperaba de sus discípulos, como ahora lo espera de nosotros, un sentido y profundo interés por las cosas que le atañen y muy especialmente por esta respuesta que Dios dio a su fe. Y este aspecto de la alabanza es quizá demasiado raro. En nuestro culto no deberíamos dejar de bendecir a Dios por la manera en que libró a Jesús y, así, unirnos al gozo del Señor, quien adora y alaba a su Dios y Padre por ese cambio que ninguna lengua sabría expresar, del cual sólo él conoce la profundidad y que le hace pasar de la cólera de Dios a su más íntima comunión.
Si tuviéramos un más profundo sentimiento acerca de la prueba horrorosa a la cual fue sometido el Señor y si pensáramos más en su dolor, en su aislamiento, en su abandono, tendríamos más a menudo en nuestros corazones esta nota de alabanza para bendecir a Dios, quien liberó a Jesús de esas horas indescriptibles. Parece que ello no es frecuente en nuestro culto, pues bendecimos a Dios por lo que ha hecho por nosotros, pero muy poco por lo que hizo por Cristo. Las tinieblas, la cólera, el desamparo, y luego el pleno gozo del rostro de Dios como el que sintió Jesús, ése es el cambio que aquí se da a entender y que es celebrado. Y más aún podemos celebrarlo por cuanto, en cierta medida, este cambio es también nuestro, pues, sin haber sufrido el juicio de Dios, hemos pasado de la condición que merecía tal juicio al mismo favor del que ahora goza Cristo.
"Anunciaré tu nombre a mis hermanos". Él no sólo se da prisa por hacer conocer la liberación de la cual ha sido objeto, sino que quiere revelar a aquel que es el autor de ella, pues el nombre es la persona misma. Por cierto que el Señor había hecho conocer lo que era Dios antes de ir a la cruz, pero la plena revelación de Dios no fue hecha sino después de las tres horas. Todos los atributos divinos fueron manifestados en la cruz del Calvario. Antes de ella, la revelación de Dios por parte de Cristo había sido parcial; después de la cruz, esta revelación fue plena.
"He manifestado tu nombre a los hombres que me diste del mundo", dice el Señor en Juan 17:6, y más adelante: "Y les he dado a conocer tu nombre, y se lo daré a conocer" (v. 26). Aquí dice: "Anunciaré tu nombre". En la expresión "tu nombre" se siente todo el amor del Señor hacia el Dios de su liberación, un amor en el cual ahora desea hacer entrar, como su más caro deseo, a aquellos a quienes llama sus hermanos. Eso es lo que agrega Juan 17:26: "para que el amor con que me has amado, esté en ellos, yo en ellos". Sin embargo, este pasaje de Juan 17 es más general. Es lo que el Señor hizo durante su vida, tal como lo declara: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre", y es lo que continúa haciendo. Pero, en el versículo de nuestro salmo -citado en Hebreos 2- hay un hecho más preciso: el Señor quiere llenar el corazón de sus hermanos del gozo que hay en el suyo, un gozo vinculado a la liberación de la cual he sido objeto y que es también la de ellos. Él les da a conocer al Dios Salvador.
"Anunciaré tu nombre a mis hermanos" es como si el Señor dijera: «Iré a decir a mis hermanos qué libertador hallé en ti; voy a hablarles de ti tal como yo he aprendido a conocerte en la liberación de la cual he sido objeto». Es la gracia maravillosa que el Señor nos abra así su corazón respecto a la manera por la cual -osaríamos decir- él aprendió a conocer a su Dios en sus liberaciones. Es cierto que Cristo, antes de haber sufrido y de haber sido escuchado, jamás había pasado por eso; tiene, pues, el corazón lleno de sentimientos y pensamientos que desea compartir con sus hermanos. ¡Qué prueba de ternura da al introducir así a los suyos en un tema tan precioso para su propio corazón! Y es aún más maravilloso si nos detenemos a pensar que, cuando el Señor tuvo que ser castigado y sufrir la cólera, no pudo compartir esta parte con nadie. Pero, cuando se trata de su gozo, él lo comparte con los suyos. Y ¡cuán dichoso se sentirá el Señor si, cuando le recordamos en su muerte y en su liberación, nos hacemos eco del gozo y de la alabanza que su corazón tiene para su Dios y Padre! Eso es lo que espera. Al meditar acerca de estas cosas, sentimos cuán pobres son nuestros cultos.
Es preciso no perder de vista que es un hombre quien habla aquí; es Dios, pero es un hombre, y a este hombre -que glorificó a Dios en su muerte y a quien Dios libró- están ligados todos los santos. La palabra "hermanos" tiene aquí un sentido más amplio que aquel que oímos entre nosotros en el sentido propiamente cristiano. Además, en el momento en que el Señor revela el nombre de su Dios y Padre, después de su resurrección, el Espíritu Santo no había venido y la Iglesia no había comenzado. Sin embargo, la cita de este versículo en Hebreos 2 permite aplicarlo al pueblo cristiano. La obra de Cristo nos ha hecho una familia sacerdotal. La bendición que se desprende de la obra de la cruz es ejercida respecto a todos los santos de otrora, pues Dios, por anticipado, pudo bendecirlos en Cristo, único mediador entre Dios y los hombres. Dios es nuestro Dios: ésa es la consecuencia de la obra de la cruz. Parece que la expresión "Anunciaré tu nombre a mis hermanos" no es solamente la revelación de que Dios es nuestro Padre, sino también el progreso que el Señor quiere hacernos realizar en cuanto al conocimiento y el disfrute de nuestro Dios y Padre, conocimiento que se profundiza en la medida en que uno se nutre de la Palabra y vive en comunión con el Señor. Y es también la revelación de Dios en nuestras propias circunstancias, tal como lo dice un cántico: «Para nosotros, él es un Padre».
Tal es, pues, la preciosa noticia que con tanta diligencia el Señor anuncia personalmente a los suyos. Los ángeles de la tumba dan testimonio de su resurrección, pero, en cuanto a la nueva relación en la cual desde entonces su obra colocó a los suyos y al conocimiento de su Dios y Padre, el Señor no confía a nadie más la tarea de informarles al respecto.
Éste es un conocimiento que conduce siempre a la alabanza. El Señor canta. "En medio de la asamblea te alabaré"; y él desea que nos asociemos a esa alabanza. ¡Con qué atención deberíamos procurar su dirección en ese servicio! "Cantaré con el espíritu..." (1 Corintios 14:15). ¿No es esto, en suma, cantar en armonía con el Señor?
Es evidente que, si nuestros corazones piensan seriamente en su sufrimiento y su muerte, como así también en su liberación y su gloria, tendremos entonces el oído atento para oír su voz y estar listos para seguirle, muy especialmente en la alabanza colectiva. Si, al contrario, nuestros corazones son livianos, poco sensibles a lo que Dios ha hecho por nosotros, no tendremos nada que expresar, ninguna nota que unir a su alabanza.
El Señor sólo tiene una cosa en vista: la gloria de Dios. —Yo te he glorificado en la tierra" (Juan 17:4). Eso es lo que tuvo ante sí toda su vida; en la resurrección, es también la alabanza y la gloria de Dios lo que él tiene en vista. Antes de la cruz, yendo al monte de los Olivos con sus discípulos, todos cantan un himno. Cuando todo está cumplido, entonces —en medio de la asamblea te alabaré".
En un mismo pensamiento asocia a su Padre y a sus hermanos. El vínculo queda establecido. Él piensa en Dios y piensa en los suyos. La obra de la cruz -no lo debemos olvidar nunca- es para Dios y es para el creyente.
Seamos humildes, considerando cuán a menudo nuestras actitudes, nuestras expresiones, nuestras actividades son convencionales. Eso se debe a que nuestro corazón no está verdaderamente cautivado por la gracia divina. Los conocimientos intelectuales no nos faltan, pero nuestro corazón está muy poco conmovido. Si él estuviese como debería estarlo ¡qué alabanza subiría hacia Dios y hacia Cristo a causa de su obra incomparable! Si supiéramos verdaderamente lo que es la gracia manifestada en Cristo, entonces nuestros corazones prorrumpirían en agradecimiento, en alabanza y en adoración.

domingo, 1 de junio de 2014

Pensamientos.

Es verdad que “los mares tranquilos nunca hacen a un marino”. La tribulación es el medio adecuado en el que se desarrolla la paciencia; las presiones de la vida ensanchan el corazón.                  
William Macdonald