Nuestra conformidad moral se está forjando actualmente y se completará cuando lo veamos cara a cara. La conformidad de nuestros cuerpos con el cuerpo de Su gloria se alcanzará cuando Él venga a buscarnos. (Eduardo Dennett)
Blog correspondiente a la publicación mensual de la revista homónima. Aquí encontrará temas de edificación cristiana y de aprendizaje personal.
Si bien la Biblia contiene innumerables y extraordinarias
informaciones de orden geográfico, histórico y científico, debido a que forma
parte de la historia del hombre y del pueblo al cual Dios dio la revelación, no
fue escrita para satisfacer nuestra curiosidad, sino para mostrar al hombre el
camino de la salvación y de la felicidad verdadera. Ante todo, es el libro de
la revelación del amor de Dios para con el hombre y del camino que Él puso para
salvarle de la perdición eterna.
Por medio de las experiencias más diversas Dios quiere enseñarnos lo
que es el hombre. La Biblia pone al descubierto nuestro corazón, no el órgano
físico, sino el centro de nuestro ser espiritual, de donde vienen nuestros
deseos y sentimientos. Denuncia el mal, es decir el pecado, que corroe como un
cáncer. Pone el dedo en nuestras llagas, en lo que intentamos disimular. El
hombre, tal como está descrito en la Biblia, no es agradable ni bueno, ¡pero el
retrato es tristemente verdadero! Ya en las primeras páginas de este libro vemos al hombre en su
febril actividad, tentado, desobediente, decepcionado, pero buscado por Dios,
quien “de tal manera amó al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que
todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Por este motivo, a través de todas las páginas del Antiguo Testamento, se hace
mención, de una manera más o menos velada, de la venida de Cristo.
En sus primeros tiempos, la Iglesia no tuvo otra guía que la Biblia;
de esta manera, cuando Pablo y Silas predicaron el Evangelio, los hombres de
Berea recibieron sus palabras con toda solicitud, “escudriñando cada día las
Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).
A.E., “Para Todos”, 06-2014
Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor. 2 Timoteo 2:22
Es de suma importancia separarse de los vasos
deshonrosos que hay en la casa grande de la cristiandad. Sin tal separación es
imposible ser un vaso limpio, preparado para toda buena obra. El apóstol nos
advierte acerca de los peligros personales, los cuales fácilmente se pasan por
alto cuando se está obsesionado con las obscenidades de la sociedad. ¡Cuán
necesario de tales cosas! El apóstol Pablo exhorta al creyente a ser un vaso
separado, cuidando su conducta personal y manifestando las características de
la nueva vida. Además de aplicarnos el lado negativo de la separación del mal,
también debemos mantener el lado positivo siguiendo la justicia, la fe, el amor
y la paz con otros que también lo hacen.
El creyente debe examinar su conducta para
mantener un andar práctico acorde con la justicia, a semejanza de Cristo. Es
inútil testificar contra el mal en la Iglesia y separarse de él si uno fracasa
en su conducta personal. Aquellos que aún están atrapados por la misma iniquidad
de la cual dicen haberse separado, verán su fracaso. Con razón lo
estigmatizarán por llevar una conducta no cristiana. Por lo tanto, el apóstol
le ruega a Timoteo, y a todo creyente que quiera ser fiel, que esté en guardia.
Lo exhorta a que evite todo cuanto pueda contradecir e invalidar su testimonio
respecto a la separación del mal.
Además de evitar las pasiones mundanas y
carnales, también es preciso abstenerse de las pasiones características de la
juventud como la confianza en uno mismo, la frivolidad, la impaciencia, la
falta de dependencia en el Señor, el alarde de conocimiento y el apasionamiento
por la controversia. Son cosas propias de la juventud, pero también pueden
aparecer en creyentes mayores y arruinar su testimonio. Un vaso para honra no
debe caracterizarse por estas pasiones tan típicas entre los jóvenes debido a
su confianza en sí mismos. Debe huir de cualquier tendencia que pueda
arrastrarlo a estas pasiones y abstenerse de todo lo demuestre una falta de
espíritu sobrio, manso y humilde, que son cosas que caracterizan a quienes
caminan con Dios.
El creyente separado debe seguir la justicia,
la fe, el amor y la paz. Debe andar según una justicia práctica, es decir,
perseguir lo que es recto y conveniente ante Dios y el hombre. Notemos que el
orden es: la justicia primero, luego la fe, después el amor y finalmente la
paz.
La primera consideración es la justicia,
no el amor ni la paz. Si uno piensa en el amor o en la paz como primera
consideración, puede estar en peligro de comprometer la verdad y sacrificar la
justicia. Por lo tanto, debemos buscar la justicia, ante todo. No puede haber
paz con el mal ni con los enemigos de Cristo.
Junto con la justicia, debemos seguir lo que es
de la fe. Esto nos mantiene en comunión con Dios y en dependencia
de él. Cuando hay tal dependencia, él sostendrá el corazón en la senda de la
justicia y en la separación con respecto al mal. La fe mantiene a Dios delante
del alma y evita que uno mire las cosas desde el punto de vista de las
conveniencias y los razonamientos puramente humanos. La fe es necesaria para
continuar firmes en la senda de la justicia. Moisés es un ejemplo de esto. Él
“se sostuvo como viendo al Invisible” (He. 11:27).
Sin la fe y el amor,
nuestra decisión de seguir la justicia tiende a convertirse en
algo frío y legalista con un sabor farisaico. Es por eso que la fe y el amor
deben estar aliados con la justicia. En el versículo que estamos considerando,
la fe viene antes del amor. La razón es que el ojo tiene que dirigirse hacia Dios,
la fuente del amor, antes de que pueda haber verdadero amor cristiano en
actividad. El amor tiene que ser resguardado por la justicia y la fe. No puede
existir ningún amor verdadero sin obediencia. El amor verdadero hacia Cristo y
hacia las almas nos impulsará a andar en la justicia y la fe.
Cuando la fe está activa, Dios estará delante
del alma, su amor llenará el corazón, y el andar estará caracterizado por el
amor divino. Esto es muy necesario para el vaso de honra. Debe seguir el amor
de Cristo y manifestarlo en todas sus relaciones con otros.
Luego, el resultado de seguir la justicia, la
fe y el amor será la paz, la paz sobre una base de justicia. El creyente
separado no debe encapricharse en su propia voluntad ni tampoco ser causa de
contiendas. Más bien debe seguir “lo que contribuye a la paz” (Ro. 14:19). “Si
es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”
(Ro. 12:18). Una persona contenciosa y complicada es una deshonra para Cristo y
se manifiesta como alguien que no está siguiendo la justicia, la fe, el amor y
la paz.
Los siguientes tres versículos (vv.
23-25) nos dan más instrucciones en cuanto a la conducta personal que debe
caracterizar a un vaso santificado para honra. Debe desechar las cuestiones
necias e insensatas que engendran contiendas. No debe ser contencioso con nadie
“sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre
corrija a los que se oponen”. El argumento y la contienda referente a la verdad
o sobre cuestiones necias no son ni de provecho ni de utilidad. La verdad de
Dios debe ser proclamada de una manera clara, amable y enseñada con toda
paciencia, delicadeza y mansedumbre, incluso a aquellos que se oponen. El
siervo del Señor no debe ser contencioso con los que se resisten a la verdad.
Tales son las instrucciones para la conducta
personal de los creyentes que quieren agradar al Señor y ser vasos santificados
y útiles para la honra en medio de la ruina de la casa grande que es la
cristiandad. Que el Señor nos dé gracia para mantener estas características.
R. K. Campbell
Alfred E. Bouter, El Señor está cerca
Subirá cual renuevo delante de
él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos,
más sin atractivo para que le deseemos. Isaías
53:2
En la historia de la humanidad, las cosas
tienden a empeorar, como se ve en Génesis 3–4 con nuestros primeros padres y su
familia. Este patrón se ha repetido desde entonces. Sin embargo, con la llegada
del Mesías, encontramos a alguien completamente diferente. No importa cuán
malas sean las circunstancias, cuán difícil sea el entorno o cuán severa sea la
oposición, Él siempre sube. En hebreo, la expresión subirá tiene
la misma raíz que la palabra holocausto: dando la idea de algo que siempre
asciende hacia Dios.
La expresión renuevo o planta tierna (VM) resalta
su vulnerabilidad desde una perspectiva humana. A pesar de esto, ¡representa el
poder y la fortaleza de Dios! Esto nos recuerda la aparente contradicción entre
la debilidad y la necedad de Dios, y su poder y sabiduría manifestados en
nuestro Señor Jesucristo en la tierra. El ministerio de Pablo también reflejó
esta fuerza en la debilidad (véase 1 Co. 1:17–2:8; 2 Co. 12:9 NBLA).
Aunque muchos buscan señales asombrosas y
poderosas, no están dispuestos a aceptar a un Dios que se manifiesta en la debilidad.
Sin embargo, aquellos que lo hacen, aceptan y siguen al Señor Jesús en sus
propios términos, no según los deseos humanos.
La frase “como raíz de tierra
seca” describe las cualidades del Señor Jesús en este mundo. Su entorno no le
brindaba beneficios. Al contrario, él obtuvo todos sus recursos, por así
decirlo, de lo alto, no de su entorno, donde no había nada que fuera agradable
a la vista, ni apariencia majestuosa ni rasgos impresionantes.
Isaías 53:2–3 describe al pueblo judío en un
día futuro, cuando, con genuino arrepentimiento, mirarán a Aquel que
traspasaron (véase Zac. 12:10), en quien no vieron hermosura ni atractivo. Hoy
en día, todo aquel que se acerque a Dios con verdadero arrepentimiento y
confiese sus pecados, puede hacer suyas las palabras de esta confesión,
reconociendo su participación en el rechazo del Mesías.
continuará
En los días de Amós, existía
un mal predominante que el profeta señaló particularmente: la audacia del pueblo
al expresar su deseo por la llegada del día de Jehová. ¿Acaso no
hemos escuchado a personas que profesan ser cristianas, que contribuyen a
prolongar la confusión actual, afirmar: «¿Es verdad que la condición de la
cristiandad es lamentable, pero el Señor viene pronto y pondrá todo en orden, y
eso nos consuela»? En este versículo, leemos claramente una advertencia acerca
de este supuesto deseo. “¿Para qué queréis este día de Jehová?”.
Sin duda debemos desearlo si vivimos en obediencia y santidad. Sin embargo, es
imprudente y engañoso oponerse a las Escrituras y luego afirmar que se anhela
el día de Jehová. Justamente este es el pecado de Israel denunciado en este
pasaje.
En general, no hay nada más peligroso o terrible que separar las enseñanzas de las Escrituras de su llamado a la conciencia. Si convierto las esperanzas de la Escritura en un simple producto de mi imaginación, en lugar de escucharla como aquello que juzga mis acciones, evidentemente no estoy caminando en comunión con Dios. Cuando el Espíritu de Dios pone ante nosotros el regreso del Señor Jesús, uno de sus propósitos es llevarnos a deshacernos de todo lo que no es conforme a su voluntad. “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3). Esto no significa que el Señor purificará todo lo que no esté de acuerdo con él recién en el momento de su venida. Ciertamente lo hará, pero entonces lo hará mediante juicio. Por lo tanto, nadie debería arriesgarse a esperar ese momento para juzgar, en su vida, lo que no es según la voluntad de Dios. Debemos buscar esta purificación ahora, dejando que Dios actúe en nosotros por medio de su Palabra y su Espíritu. Conocemos el amor de Cristo. Cristo es nuestra vida. Por lo tanto, no debemos tolerar en nuestra vida cosas que sean contrarias a su Palabra. Este es el único camino correcto para aquellos que esperan la venida del Señor.
W. Kelly
La verdad aprendida y practicada
Peter Fleming
Durante los primeros
seis meses de nuestra existencia como asamblea, muy poca gente del pueblo
asistía a nuestras reuniones. El prejuicio religioso era fuerte y se alejaban
aun aquellos que nos habían conocido y con quienes habíamos evangelizado; esto
fue causa de los informes errados que habían oído, las doctrinas que
profesábamos y el evangelio que proclamábamos. Uno de los pastores le explicó a
su grey que éramos mormones y les advirtió que la juventud debería guardar
buena distancia de nosotros. Otro consiguió que un estudiante presbiteriano
escribiera un folleto en el cual se nos acusaba de negar “la ley de la moral”
como regla de vida, afirmando que vivíamos sin reconocer el pecado. Un tercer
predicador —el más evangelístico de los reverendos del pueblo— hacía saber a
sus seguidores que nosotros exigíamos que uno fuese “sumergido en un río para
alcanzar la salvación”. Este “informe” fue aceptado sin averiguación ni titubeo
de parte de unos cuantos creyentes que nos habían conocido de cerca.
Escudriñando las
Escrituras
Todo
esto nos afligía mucho y servía para probar nuestra fidelidad a las verdades
que habíamos aprendido. Nos estimulaba a buscar aún más en la Palabra. Muchas
veces doy gracias a Dios por esa experiencia, ya que nos echó sobre el Señor y
la Biblia para buscar la ayuda que necesitábamos en esos primeros meses de vida
de la asamblea.
En
realidad, no había ninguno en el grupo que no estuviera agradecido. Cada uno de
nosotros tuvo que aprender directamente del Libro de Dios todo cuanto sabía de
su verdad. Ninguno tenía don de enseñar, ni conocíamos otro grupo de cristianos
que se reuniera de la manera que nosotros lo estábamos haciendo y del cual
pudiéramos pedir ayuda en las cuestiones que escapaban a nuestros
conocimientos. Así que, fuimos guardados en una posición de dependencia del
Dios vivo, confiando en Él a medida que seguíamos.
Esa
experiencia resultó ser una bendición para todos. Nuestras reuniones cada
domingo por la mañana para partir el pan, como se indica en Hechos 20.7, eran
sencillas y agradables. La oración colectiva, celebrada dos veces a la semana,
se caracterizaba por un verdadero espíritu de súplica, y casi todos los varones
participaban en voz alta.
Los miércoles
celebrábamos el estudio bíblico sobre 1 Corintios, “la carta magna de la
Iglesia”. Encontramos allí lo que el apóstol llama en el 14.37 los principales
mandamientos del Señor, dados para la conducta de una asamblea congregada en su
nombre: su adoración, ministerio, operación y disciplina. Los hermanos
estudiaban cada capítulo en casa, y cada cual aportaba en la reunión lo que
había aprendido. Por supuesto, todos recibimos luz nueva de la Palabra; se
probó la fidelidad de la promesa en Juan 16.13: “Cuando venga el Espíritu de
verdad, Él os guiará a toda la verdad”.
Dependencia del
Espíritu
Estoy seguro de que,
si fueran más comunes entre nosotros las reuniones para la lectura y estudio
colectivo de la Biblia, confiando sencillamente en el Espíritu Santo para echar
luz sobre lo que no entendemos y para que emplee “a cada uno en particular como
Él quiere” (1 Corintios 12.11) para impartir sus mensajes, habría menos
diversidad de criterio sobre cuestiones importantes y prácticas, y habría una
mejor relación entre las asambleas. La realidad es que estas diversidades
suelen convertirse en divisiones y a veces se deben a que uno y luego otro
insista sobre su propia opinión, cada cual afirmando que tiene la mente de
Dios. Estas opiniones opuestas pueden dañar el testimonio, pero la manera de
Dios es que haya una voz, una mente y un parecer, según Romanos 15.6 y 1
Corintios 1.10. Esto se logra sólo si todos aprenden humilde y pacientemente
del mismo Libro, con el Espíritu como mentor. En la misericordia de Dios,
experimentamos una buena medida de esta bienaventuranza en aquellos primeros
meses de la asamblea local de mi pueblo. ¡Fue un tiempo de bendición!
Ministerio de un maestro enviado por Dios
Este período de aprendizaje, y de poner por obra lo
que aprendíamos, fue seguido por la visita de parte de un maestro en la
Palabra. Él pensaba quedarse con nosotros un fin de semana, pero Dios usó sus
enseñanzas para atraer gente del pueblo, algunos de los cuales se habían
mantenido alejados de nosotros, y el resultado fue que el hermano se quedó unos
quince días. Una media docena de creyentes, los más espirituales entre los que
se quedaban entre las denominaciones, recibieron ayuda por medio del ministerio
del visitante; ellos partieron sus lazos con aquellas iglesias, fueron añadidos
a la asamblea y continuaron como verdaderos colaboradores en la misma. Esto
aprendimos: no ganamos la confianza de otros creyentes con desistir de
presentarles algunas verdades, sino al hablar la verdad en amor, en la medida
en que ellos puedan oírla y recibirla.
Responsabilidades nuevas y desarrollo espiritual
Esa etapa nos dio un
gran estímulo. Mientras mayor era el número en la congregación, mayores eran
las responsabilidades, especialmente en cuanto a la instrucción y orientación
de los nuevos. Ellos, incluyendo varios jóvenes, tenían mucho que aprender, al
igual que nosotros también. Pero todos estaban dispuestos, y aun deseosos, de
conocer la Biblia y una consecuencia fue que durante ese invierno se celebraron
muchas reuniones caseras para examinar las Escrituras. La comunión se sentía y
las discusiones fueron altamente provechosas, de manera que son gratos los
recuerdos que tenemos todavía.
No
pasaron muchas semanas hasta que hubo otras reuniones caseras para la
predicación del Evangelio. Esto dio oportunidad para que una media docena de
varones jóvenes abrieran sus bocas; su ministerio fue bendecido en la salvación
de almas.
Generalmente es
conocido que hay tres clases de sacrificio en el mundo: sacrificio judaico,
sacrificio cristiano y sacrificio pagano. El sacrificio judaico no se efectúa
desde que el templo de Jerusalén fue derribado y su “casa fue dejada desierta”.
(Mateo 23:38) El sacrificio pagano está en su apogeo desde los días antes del
diluvio, posiblemente introducido por Caín o alguno de sus hijos, y
protagonizado por el romanismo en su multiplicación de altares, de misas
ofrecidas a los muertos y a las imágenes en sus festividades, llevando toda la
grosura del pagano con el nombre de cristiano. El sacrificio cristiano lo
estableció nuestro Señor Jesucristo para que los creyentes verdaderos hagan
memoria de la muerte y resurrección del Señor en todos los tiempos, hasta su
venida otra vez por su pueblo.
Con esto por
delante, quiero escribir sobre cinco sacrificios, todos con el fin a la
edificación de los creyentes.
Sacrificio
que escandaliza
“Sacrificio a los
ídolos” (1 Corintios 8:9,10) De seguro que algunos más fuertes o más
indulgentes consigo mismos estaban participando de lo sacrificado a los ídolos,
y los otros hermanos más débiles y sencillos eran escandalizados y expuestos a
caer en transgresión y extravíos que los llevaría lejos de la doctrina
apostólica.
Aplicamos esto a la libertad
que tenemos por el evangelio, y que algunos hermanos se toman desmedidamente en
participar en algunas cosas, aunque sean lícitas, sin considerar los efectos
que produciría en otros. Son varios los hermanos que, al oír de alguna
innovación, —“congreso evangélico”, “campaña de sanidades”, “evangelismo a
fondo”, y otros— ya tienen las narices metidas en el lugar. Por discreto que el
hermano sea, alguna cosa se le pega. ¿Quién es el que entra al monte y no
consigue cadillos? Si el efecto de esa libertad cundiera solamente en el
hermano autoindulgente, allá con el Señor, pero son las secuelas; pero son las
secuelas de arrastrar a otros consigo, escandalizando a los santos y a los
profanos. Algunos han ido muy lejos de la línea espiritual, y en su orgulloso
libertinaje les pareció bien que la cena del Señor debe celebrarse con miel y
pescado.
Otros son los nuevos “Movimiento Ebenezer”, que el
pueblo escandalizado los ha bautizado con el mote de “los evangélicos de la
nueva ola”. El nombre es bien confirmado porque diez o doce años atrás decíamos
que “los pentecostales tienen sus errores, pero son santos”. Hoy cuando vemos
esas reuniones que no apelan a nuestro “racional culto”, más bien es una
aberración. El escándalo ocupa el primer lugar, los gritos son de histéricos o
desquiciados. Observamos una de esas reuniones donde hombres, mujeres y niños
llegaban a paroxismo de la emoción provocados por la música, el palmoteo y la
gritería. Estos salían al centro del salón en ritmo bailable; mientras tanto un
pastor o anciano iba tocando la cabeza de las mujeres que, llenas de alboroto,
cantaban y palmoteaban en los bancos. Luego aquellas personas que bailaban iban
cayendo al suelo con una excitación espantosa, mujeres con las piernas
levantadas en alto mostrando un espectáculo deshonesto. Algunos tenían que ser
sujetados para no caer de bruces o de espaldas. Durante esto, el pueblo
escandalizado, es atraído por la barahúnda. El pueblo grita, palmotea y se
emociona también Entre ellos hay gente sensata que observan con discernimiento
y al fin se despiden diciendo: “El evangelio no es así”. Nosotros nos vamos
también y decimos: “Esto no es de Dios”.
No debe sorprendernos, ya que estas cosas son
manifestaciones de los últimos tiempos y peligros de los últimos días. No
importa lo que suceda, la generación presente está dispuesta, con o sin la
voluntad de Dios, a complacer sus caprichos y ambiciones. Cada uno quiere hacer
su sacrificio a su manera. Cada uno quiere hacer una torre. “Han comenzado la
obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer”. (Génesis
11:6) Hoy los caballos de carrera son dopados por una droga en ampolletas con
el fin de que los nervios se les contraigan, no rindan en el galope y pierdan
la carrera. La gente de bajo fondo se droga para llevar a cabo sus instintos
criminales. Estos ultras religiosos de los últimos tiempos cautivan con sus
coros, su balanceo, la bulla de sus instrumentos músicos, las maracas
religiosas y los gritos.
Cuando esa droga
de entusiasmo está en acción, de repente se oye la voz del pastor: “¡Ahora
vamos a hacer la colecta, una buena colecta porque Dios ama al dador alegre!” y
la gente como hipnotizada vacía instintivamente el bolsillo. Se dio el caso que
el día que fui a ver esta “nueva ola” pasaron el cepillo dos veces. El público
estaba hechizado. “Por lo cual, al oír todos los pueblos el son de la bocina,
de la flauta ... y de todo instrumento de música, todos los pueblos, naciones y
lenguas se postraron y adoraron la estatua”. (Daniel 3:7) El dios de la plata
de los evangélicos de la nueva ola.
El único apoyo que
estas gentes tienen para su extravío es Israel y su rey David saltando delante
del arca, y varios salmos proféticos mesiánicos. David era judío. ¿Son judíos
esos pentecostales? Los hebreos eran circuncidados. ¿Son circuncidados esos
pentecostales? Los judíos expiaban el pecado por la sangre de los sacrificios
ofrecida en el tabernáculo y en el templo. ¿Ofrecen sacrificios de sangre esos
pentecostales? Llama la atención que personas inteligentes no toman en cuenta
la transición de las dispensaciones. Mientras el tabernáculo estaba en el
desierto, nunca hallamos que los servicios o sacrificios fueron celebrados con
estruendo, porque el arca e Israel eran peregrinos.
Fue David cuando
ya reconoció que el arca iba a ser asentada y el pueblo había entrado en su
posesión, que dio principio al culto excitable y emocional en la dispensación
de la ley. Así también ahora en la dispensación de la gracia, la iglesia del
Señor es peregrina. Su culto es en el Espíritu, desprovisto de bullaranga hasta
que “el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de
Dios, descenderá del cielo”. (1 Tesalonicenses 4:16)
Decidme:
¿En qué parte del Nuevo Testamento el Señor o los apóstoles celebraron
reuniones o cultos escandalosos y extravagantes como los que celebran esos
nuevos pentecostales? “Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz”. (1
Corintios 14:33)
Sacrificio
que beneficia
En el artículo
anterior hablé del sacrificio que escandaliza. Hoy me propongo escribir sobre
el sacrificio que beneficia.
“¿No
sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y los que
sirven al altar participan?” Así también ordenó el Señor a los que anuncian el
evangelio, que vivan del evangelio. (1 Corintios 9:13,14) Era ordenado por Dios
que los sacerdotes se beneficiaran de las ofrendas de las cosas santas
reservadas al fuego: todo presente suyo, expiación por el pecado, expiación por
la culpa, las ofrendas elevadas de sus dones, mosto, trigo, aceite, primicias y
otros más. (Números 18:8-20) Queda señalado expresamente que los levitas y
sacerdotes eran partícipes del beneficio, ya que Dios a nadie le debe; más bien
retribuye con más de lo que nosotros pensamos.
Pablo
en poco se aprovechó de este beneficio ordenado por el Señor, y tenía razón.
¿Qué hubieran pensado y dicho los gentiles en los lugares donde él llegaba si
hubiera empezado a recoger dinero o a ser una carga para los nuevos creyentes?
(2 Tesalonicenses 3:8,9, 2 Corintios 11:7-9) Con todo, el Señor sostuvo a su
siervo en la medida y momento necesario.
El
que escribe cita la experiencia siguiente: Hace algunos años un hermano y yo
nos metimos en una montaña de San Casimiro llamada Roncador con el fin de
llevarle el evangelio a algunos agricultores que nunca habían oído ni sabido
nada del evangelio. Un hombre con un pequeño negocito nos recibió y nos
alimentó por tres días, y no quiso recibir un centavo ni aun cuando le rogamos
que lo hiciese. Cuando nos despedimos nos compró dos Biblias.
Otra anécdota nos
la refirió Don Juan Wells acerca de una de sus experiencias personales cuando
estuvo por primera vez en Venezuela. “Había muy pocas asambleas para aquel
tiempo, y las que había eran pobres en número y económicamente. Yo estaba pasando,”
nos dijo, “por pruebas agudas de diferentes maneras; mi esposa estaba en cama,
enferma. Teníamos dos niños tiernos ignorantes de nuestra situación, y por
recursos sólo me quedaban Bs 5,00. Cuando estaba en esta preocupación demasiado
extrema, me llegó por un medio extraviado y de donde menos pensaba la comunión
oportuna”.
“Al descender a
tierra, vieron dos brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan”. (Juan
21:9) ¡Pobre Elías! el camino había sido largo, estaba cansado, tenía hambre:
“y echándose debajo del enebro se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le
tocó, y le dijo: `Levántate, come´.” (1 Reyes 19:2-8) Él nunca falta.
Pablo enseñaba
este mandamiento del Señor en las iglesias: “Si nosotros hemos sembrado para
vosotros cosas espirituales, ¿es mucho que cosechemos de vuestras cosas
temporales. El que es enseñado en la palabra de Dios comunique con aquel que le
enseña, en toda suerte de buenas cosas. A causa de vuestra participación en la
promoción del evangelio, desde el primer día hasta ahora. Mostradle, pues, en
presencia de la iglesia, la prueba de vuestro amor, y de lo que nosotros nos
hemos gloriado acerca de vosotros. Debemos pues acoger a los tales a fin de que
nosotros seamos cooperadores a la diseminación de la verdad”. (1 Corintios
9:11, Gálatas 6:6, Filipenses 1:5, 2 Corintios 9:24, 3 Juan 8)
El corazón
agradecido corresponde no como un deber, no por necesidad, no por caridad, no
por limosna sino por amor al Señor que nos salvó e instituyó el mandamiento.
Dar a la obra del Señor es un privilegio por cierto desconocido para los
muchos. Algunos no dan “porque no tiene que dar” (Lucas 14:14) Algunos no dan
porque no quieren dar. (1 Samuel 25:1) Algunos no dan porque quieren dar mucho
y al fin no dan nada. (2 Corintios 8:12) Algunos no dan como sacrificio sino de
lo que les sobra. (Lucas 21:4) Algunos dan por vanagloria, para ser mirados de
los otros. (Lucas 18:12) Pero hay los que dan como panal de miel, voluntaria,
silenciosa, alegre, amigable y devocionalmente.
El concepto muy
profundo que tienen aquellos que han trillado la senda del Señor por largos
años es que, si el Señor ha enviado sus siervos, él es responsable de su
sostén, ya que “ninguno sale a la guerra a sus propias expensas”. (1 Corintios
9:7) De modo que, si el obrero trabaja y no recibe salario, debiera asegurarse
si el Señor lo llamó. (Mateo 20:7) Muchos obreros hay cuya vocación es alentada
por el salario. Algunos han abandonado la grey porque sus ambiciones carnales
no son satisfechas y otros exigentes llegan a poner cargas a su congregación,
imponiendo un “señorío por torpe ganancia”. (2 Corintios 11:13-20)
¿Qué pasó con
Demas? Este llegó a ser partícipe del beneficio en Colosas como en Roma. Aquí
llegó a ser cooperador de Pablo en sus prisiones. ¿Qué le desvió? ¿el deseo a
las comodidades? ¿una codicia secreta? ¿el aplauso y el abrazo del mundo? ¿el
brillo falaz de la política? Sólo sabemos: “Demas me ha desamparado, amando
este siglo, y se ha ido a Tesalónica.” (2 Timoteo 4:10)
“Las
zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; más el Hijo del Hombre
no tiene donde recostar su cabeza”. (Lucas 9:57,58) El servicio del Señor tiene
sus altos y sus bajos, días de gozo y días de pruebas. A todo esto, el salmista
nos da un buen aliciente: “Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará en
mí. Mi ayuda y mi libertador eres tú; Dios mío, no tardes”. (Salmo 40:17)
Sacrificio
que contamina
En el primer
remito os hablé del “sacrificio que escandaliza”; en el segundo os enseñé del
“sacrificio que beneficia”; ahora estoy escribiendo sobre el “sacrificio que
contamina”.
“Mirad
a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios ¿no son partícipes
del altar? Antes digo que los que los gentiles sacrifican, a los demonios lo
sacrifican y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los
demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no
podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios”. (1
Corintios 10:18,20-22)
El Señor condena la apariencia, porque de aquí
se llega pronto al fingimiento, luego sigue a la hipocresía, de ahí pasa a la
traición, y al fin desemboca en la corrupción. El romanista asiste a la misa,
lleva las “aguas” a un brujo, carga con una cruz en el pecho, milita en el
comunismo, participa en una fiesta pagana y con la imagen de un santo patrón
bebe aguardiente y reza el rosario. El creyente en Cristo es santo, apartado y
consagrado para el servicio del Señor.
Se
contamina el creyente que voluntariamente se presta a participar de las cosas del
mundo. ¿Cómo pueden sentarse en camaradería los discípulos del Señor y los
discípulos del diablo? El Señor es celoso de su soberanía y santidad:
“¿Provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?” (1 Corintios
10:22) La separación del creyente es doctrina muy antigua. Al que Dios toma por
hijo lo hace partícipe de su santidad. “Como aquel que os llamó es santo, sed
también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir”. (1 Pedro 1:15)
La
primera cosa que el Señor le retira al creyente que juega dos cartas es su
poder; pierde el influjo hasta en su misma familia; es derrotado en sus
relaciones con el mundo, como Israel cuando entraba en comandita con los
paganos. El creyente que prospera en sus relaciones con el mundo, estando mal
con el Señor, debe examinarse si es salvo.
La biología enseña
por diferentes análisis cómo el cuerpo puede demostrar la contaminación de una
enfermedad. Examen de sangre, examen de esputos, de urea, de heces, por el
líquido de la médula, por las lágrimas o la cera de los oídos. Así también las
Escrituras nos enseñan las manifestaciones del individuo que está contaminado.
Los que causan
divisiones están contaminados por pecado grave. (Tito 3:10,11)
Los incrédulos están
contaminados en su propia conciencia. (Tito 1:15,16)
Los sofistas están
contaminados en sus propios argumentos. (2 Timoteo 2:16-18)
Los adúlteros y
fornicarios están contaminados en la inmundicia de su carne. (1 Corintios
5:5-11)
Los que buscan riquezas
por medio de loterías, terminales, carreras de caballos o petardista para apoderarse
de alguna herencia están contaminados de su propia avaricia. (Proverbios 28:20,
1 Corintios 5:11)
El que anda
desordenadamente está contaminado de su propio orgullo. (2 Tesalonicenses
3:6,7)
El que se une en yugo
desigual se contamina, y tendrá siempre como un acicate a su conciencia por su
desobediencia. (2 Corintios 6:14-18)
El
creyente que, por afinidad, o por incapacidad, o por libertad, o por falta de
autoridad participa involuntariamente de reuniones y fiestas sociales en la
casa donde habita, se debe sentir muy atribulado, porque el espíritu que está
en el hermano se rebela a participar de esas licencias. Se necesita mucho
ejercicio de oración para mantenerse limpio; aun con todo esto el creyente,
cuando va a su cama en la noche, sentirá delante del Señor que ha sido
derrotado por diferentes tentaciones.
Si
a las cosas insignificantes se le da lugar primero que, a las cosas del Señor,
aquellas llegan a contaminar y a enseñorearse del individuo. Conozco a una
hermana que lee la prensa todos los días. (Yo también la leo si tengo tiempo.)
Esta hermana al verme lo primero que me dice: “¿Qué le parece los asaltos, y al
hombre que mataron, y el incendio de la fábrica, y la niña que violaron, y
adonde llegó el precio del queso y las caraotas?” Nunca esta hermana me dice:
“El Señor viene pronto, porque yo leí hoy, `Que cuando digan paz y seguridad,
entonces vendrá destrucción repentina, como los dolores a la mujer en cinta y
no escaparán”.
Yo
no digo que esa hermana no lee su Biblia, pero ella se contamina, porque el
primer pan del día que da a su alma y su mente son las noticias del mundo. “Los
que son de la carne, piensan en las cosas de la carne; pero los que son del
Espíritu en las cosas del Espíritu”. (Romanos 8:5) “Todas las cosas me son
lícitas, mas no todas las cosas convienen; todas las cosas me son lícitas, más
yo no me dejaré dominar de ninguna”. (1 Corintios 6:12)
Sacrificio
que nos identifica
Os hablé del
sacrificio que escandaliza, del sacrificio que beneficia, del sacrificio que contamina.
Hoy quiero hablar del sacrificio que nos identifica.
“Tenemos
un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo,
porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre, a causa del pecado, es
introducida en el santuario por el sacerdote, son quemados fuera del
campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo con su propia
sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues a él, llevando su
vituperio”. (Hebreos 13:10-13)
Este sacrificio se
efectuaba el gran día de la expiación. Todo era tipo y sombra de bienes
venideros, porque ni el sacerdote ni el sacrificio eran perfectos, tampoco
podía haber una conciencia perfecta. Mas venido Cristo como sacerdote y víctima
a la vez, leemos: “Pero ya presente Cristo como sacerdote de los bienes
venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es
decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros,
sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santísimo,
habiendo obtenido eterna redención”. (Hebreos 9:11,12)
Cristo
salió fuera del cielo para identificarse con el hombre arruinado por el pecado.
Cristo padeció fuera de la puerta a fin de santificarnos y hacernos aptos para
las exigencias y virtudes divinas. Cristo padeció fuera de la puerta para
reconciliar a los que estaban dentro y a los que estaban fuera, “y mediante la
cruz reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y
vino y anunció las buenas nuevas a vosotros que estabais lejos y los que
estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por
un mismo Espíritu al Padre”. (Efesios 2:16-19)
En
los días en que el Señor estuvo presente en la tierra hubo los que creyeron en
él; reconocieron que era el Mesías, pero no tuvieron el valor de confesarlo
porque no estaban dispuestos a salir fuera del campamento. (Juan 12:42,43) El
ciego de San Juan capítulo nueve es tipo del creyente fiel en la ausencia del
Señor. Aquel ciego creyó por fe, sin haber visto a su Sanador. Sufrió el
vituperio de Cristo hasta ser echado fuera del campamento, pero ¡qué recompensa
cuando sus ojos contemplaron al Señor! “¿Crees tú en el Hijo de Dios? y él le
dijo: Creo, Señor, y le adoró” (Juan 9:1-38) La mayor recompensa para el que ama
y sirve al Señor, y sufre vituperios por su nombre, no es tanto la vida eterna
o entrar en el cielo; es ver y adorar a su Señor y Salvador.
Entendemos
que Pablo es el hombre que se pone más cerca del ejemplo del Señor, ya que
tenía muchas prerrogativas para permanecer bajo el techo de aquel campamento:
“Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín,
hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor
de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pero
cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de
Cristo”. (Filipenses 3:5-7)
Es
tema de reflexión el amor que Jonatán tenía por David y el conocimiento de su
persona. Con todo, aquel gran amigo tuvo sus límites y reservas; se acomodó a
la sombra del campamento, quedando como discípulo secreto que temía
identificarse públicamente con su benefactor. ¡Cuántos hay en el mismo dilema!
Saben que llamarse evangélico implica separación, vida santa, sana doctrina,
confesar a Cristo como nuestro Salvador. Sin embargo, se congregan donde
convive el mundo y la religión sin antagonismo. Saben que un pastor dirigiendo
la iglesia no es escritural, que cubitas de pan y copas individuales de vino no
es la enseñanza de la cena del Señor, que recoger una colecta de todo el mundo
es mezclar lo inmundo con los santos, etc.; por lo cual Dios los abomina.
Son pocos los que,
como Gamaliel, no les importa perder el título “Ilustrísima”, “Reverendo”,
“Monseñor”; son títulos que suenan muy bien dentro del campamento. Pero en la
iglesia del Señor suena tan dulce decir, “el más pequeños de los apóstoles”,
“soy menos que el más pequeño de todos los santos”, “tal cual soy, Pablo el
viejo”.
(1 Corintios 15:9, Efesios 3:8, Filemón 9)
El individuo que se asocia al Señor debe saber que Él
dijo: “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese as í mismo, tome su cruz y
sígame”. Nuestra identificación con Cristo es en todo y completa. La posición
social que el hermano tenga no mitiga ni rebaja el vituperio de Cristo. Hace
poco tiempo que un hermano me dio a entender que él tenía en su nevera
diferentes clases de bebida, según fuera la clase social del visitante. ¿Qué
pensarían aquellos con la copa de whisky en la mano obsequiada por el evangélico?
Dirían: Este es fariseo. En la tribuna vocifera contra los que beben bebidas
embriagantes, y en su casa lo bebe “encapillado”. Si tal cosa fuese cierta,
esta persona reconocida como protestante, y no como discípulo de Cristo que ha
salido del campamento social de este mundo.
Los que no quieren padecer persecución por la Cristo,
se arreglan un campamento en armonía con el mundo, con un buen televisor, un
aparato de cine con la excuse de instruir a los niños o predicar el evangelio,
participan en el deporte, etc. Las damas se engalanan con pinturas, collares,
corte de cabello, vestidos de corte anatómico y otras cosas. Muy lejos está el
Señor de sus reuniones con coros organizados, voces, cruces, campanas, bandas
de música. “Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y
humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para
vivificar el corazón de los quebrantados”. (Isaías 57:15)
Hay
muchos que han cambiado el orden escritural introduciendo programas humanos y
mundanos que alejan al creyente del sacrificio que nos identifica: mucho
aparato, conversiones en masa, seminarios para preparar pastores, los cuales
preparan sermones floridos. Se glorían de sus grandes concentraciones y la
multitud de “decisiones”. Don Guillermo Williams decía que el fósforo enciende
la cocina para hacer la comida, o enciende un gran fuego donde hay muchas
pérdidas.
“Lejos
esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el
mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. (Gálatas 6:14)
Jose Naranjo
Se pueden aprender lecciones sencillas pero útiles
de las cinco ocasiones mencionadas a continuación cuando se nos presenta al
Señor sentado.
1. Sentado para enseñar
Viendo la multitud, subió al monte; y
sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca, les enseñaba. Mateo 5.1,2
El hecho de que El
haya subido al monte para instruir a los suyos nos sugiere la necesidad de
alejarnos del tumulto y los quehaceres cotidianos con el fin de ocupar la mente
en las cosas celestiales de la Palabra de Dios. El que dijo, “Llevad mi yugo
sobre vosotros, y aprended de mí”, todavía está enseñando a los suyos por medio
del ministerio del Espíritu Santo y la Palabra.
Al referirse a la
manera de ser del mundo gentil, el apóstol Pablo recordó a los creyentes de Éfeso
que ellos no habían aprendido así a Cristo, “si en verdad le habéis oído, y
habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús”.
Discernimos en este pasaje que lo que Cristo enseña no es apenas teórico sino
muy aplicable, y produce una diferencia inequívoca entre el andar del creyente
y el que no lo es.
El hecho de que el
Señor Jesús se haya sentado nos haría recordar que Él se adaptó a la capacidad
de sus oyentes. El habló con autoridad, pero a la vez habló en el lenguaje y
los términos que todos podrían entender, ya que la gente común le oía de buena
gana. Su método de enseñanza sería muchas veces al estilo de cómo deben ser
nuestros estudios bíblicos, con preguntas y respuestas.
Un estudio bíblico puede ser muy provechoso cuando
hay ejercicio e interés de parte de los que enseñan y de los que están deseosos
de aprender.
2. Sentado para adorar
Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les
dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Lucas 22.14,15
Probablemente éste fue
el último breve descanso para él antes de que manos tiernas quitaran su cuerpo
santo de la cruz para ponerlo en una tumba nueva. El recibe aquí el lugar que
le correspondió, como anfitrión en la institución de la Cena. Él fue y es
ejemplo para nosotros en la puntualidad, sentándose “cuando era la hora”.
Le vemos cual Señor de los suyos, el centro y
objeto de su reunión, y la base de su comunión. Hoy en día, al cabo de 1900
años, tenemos todavía el privilegio de hacer memoria de él de la misma manera
sencilla y humilde:
A tu palabra, mi Señor,
humilde vengo aquí, y en esta fiesta con amor, memoria haré de ti.
Cuando El preside, podemos esperar que haya
puntualidad, reposo, orden, separación y verdadera adoración.
3. Sentado para
interceder
Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí
mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Hebreos 1.3
Él está allí como
Autor y Consumador de la fe. La diestra da a entender que todo poder y
autoridad le han sido encomendados, y Él está sobre el trono de la gracia como
nuestro sumo sacerdote que traspasó los cielos, 4.14 al 16.
En este sacerdocio inalterable, Él puede
compadecerse de nuestras debilidades, y “puede también salvar perpetuamente a
los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”,
7.25. En él hay la plenitud de poder con Dios y con los hombres. El Padre mismo
le mandó sentarse allí, “hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus
pies”, y es esto lo que llena de consuelo y confianza en todo tiempo el corazón
de los creyentes cansados y sufridos.
4. Sentado para refinar
Se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos
de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en
justicia. Malaquías
3.3
Este día de juicio se refiere primeramente a Leví,
Judá y Jerusalén, y se realizará en el futuro. Pero el pasaje nos revela un
aspecto importante del ministerio que el Señor realiza actualmente a favor de
los suyos. Tal como la vid requiere ser podada para que lleve más fruto, así la
plata que es nuestra fe tiene que pasar por el fuego del refinador para que sea
quitada la escoria; “... para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más
preciosa que el oro, el cual, aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada
en alabanza”, 1 Pedro 1.7.
El horno de Nabucodonosor sólo pudo soltar los
amarres de aquellos tres hebreos, sin quemar las puntas de su cabello, y así el
fuego de la persecución y aflicción es, en los propósitos soberanos de Dios,
para librar el cristiano de las cosas del mundo que le encierran. “Sabemos que
a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”, Romanos 8.28.
Cierta señora
cristiana le preguntó a un platero si realmente hacía falta que él se sentara a
mirar mientras se fundía la plata. El afirmó que sí, porque había el peligro
que la plata se dañara al no haber quien cuidara el proceso; por esto él
quitaba la escoria poco a poco, hasta ver reflejada su imagen en el metal
Es un gran consuelo al hijo de Dios saber que
cuando él pasa por la prueba, el Señor está sentado cerca “para afinar y
limpiar la plata”, y que no nos quitará la vista hasta que su propósito sea
realizado. “Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis
resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que
podáis soportar”, 1 Corintios 10.13.
5. Sentado para reinar
Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como
yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. Apocalipsis 3.21
Cristo no sólo está
sentado aquí como vencedor, sino que promete exaltar en el futuro a su trono a
aquellos que vencen también mientras estén en la tierra. Este es su último
llamado a la Iglesia en los días finales de su decadencia terrenal. Va dirigido
a individuos, a personas que tienen oído para oír lo que el Espíritu está
diciendo.
Santiago Saword
Introducción
Los habitantes del mundo
hebreo del Antiguo Testamento eran agricultores en su gran mayoría y, por lo
tanto, toda bendición que recibían de parte de Jehová debía ser agradecida ante
su altar. Por ello, al inicio de la cosecha, cuando las primeras gavillas
empezaban a madurar, estas eran llevadas al santuario. Dicha presentación se
realizaba el primer día de la semana después de la Pascua. De hecho, mientras
no se efectuase esta acción de gracias, estaba prohibido comer de los frutos o
preparar pan con ellos.
También cabe destacar que
existían otros tipos de primicias: de animales, frutos, vino, del primogénito,
masa, grano, aceite y lana (Éxodo 22:29; Deuteronomio 18:4, etc.). Sin embargo,
nuestro estudio se centrará en la ceremonia nacional.
Ceremonia
Contamos con una serie de
pasajes en el Antiguo Testamento que abordan este tema, especialmente en el
Pentateuco: Éxodo 22:29, Levítico 23:10-14, Números 15:17-21 y Deuteronomio
26:1-11. Adicionalmente, encontramos menciones en Nehemías 10:35 y Ezequiel
44:30.
El pasaje de Éxodo 22:29
declara la ordenanza formalmente: “No demorarás la primicia de tu cosecha ni
de tu lagar”. Por su parte, la ceremonia o acto representativo a nivel
nacional se describe en Levítico 23:10-14, donde se detalla cómo debía hacerse
la presentación de las primeras gavillas. Esta ofrenda se presentaba el día
después del día de reposo, y el sacerdote la «mecía delante de Jehová».
Asimismo, las instrucciones señalaban: “ofreceréis un cordero de un año, sin
defecto, en holocausto a Jehová”. También se acompañaba de una ofrenda de “dos
décimas de efa de flor de harina amasada con aceite, ofrenda encendida a Jehová
en olor gratísimo; y su libación será de vino, la cuarta parte de un hin”.
Los hebreos tenían prohibido
comer pan, grano tostado o espigas frescas hasta que se hubiese realizado esa
ceremonia; solo después de esta se les permitía consumir pan elaborado con la
harina del grano nuevo.
Por otro lado, en Números
15:17-21 encontramos la ofrenda familiar o doméstica por los primeros productos
que obtendrían para alimentarse al entrar a la Tierra Prometida. Para ello,
debían presentar una «torta» amasada: “de las primicias de vuestra masa
daréis a Jehová”. Esta disposición debía cumplirse como una “ofrenda por
vuestras generaciones”, para siempre.
Finalmente, en Deuteronomio
26:1-11 se detalla el rito individual; es decir, cómo un agricultor o viñador
debía presentar la ofrenda por sus primeros frutos. El oferente debía
colocarlos en una canasta, llevarlos al tabernáculo (y posteriormente al
templo) y presentarlos al sacerdote, declarando: “Declaro hoy a Jehová tu
Dios, que he entrado en la tierra que juró Jehová a nuestros padres que nos
daría”. Entonces, el sacerdote tomaba la canasta y la colocaba delante del
altar de Jehová.
Luego, el oferente
pronunciaba:
“Un arameo a punto de perecer
fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres, y
allí creció y llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa; y los egipcios
nos maltrataron y nos afligieron, y pusieron sobre nosotros dura servidumbre. Y
clamamos a Jehová el Dios de nuestros padres; y Jehová oyó nuestra voz, y vio
nuestra aflicción, nuestro trabajo y nuestra opresión; y Jehová nos sacó de
Egipto con mano fuerte, con brazo extendido, con grande espanto, y con señales
y con milagros; y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, tierra que
fluye leche y miel. Y ahora, he aquí he traído las primicias del fruto de la
tierra que me diste, oh Jehová”.
Tras esta declaración, el
oferente adoraba delante de Jehová.
Símbolo
Si la Pascua tipifica la
muerte del Señor Jesucristo por nuestra salvación, en la fiesta de las
primicias —celebrada el primer día de la semana posterior a la cena pascual—
podemos hallar paralelismos teológicos muy profundos.
Evidentemente, esta festividad
profetizaba la resurrección del Señor Jesucristo, lo cual se cumplió con
precisión el primer día de la semana posterior a su muerte. A la luz de esta
fiesta, podemos interpretar este hecho bajo la premisa de que “todo lo
primero y lo mejor pertenece a Dios, y que Cristo mismo es la primicia de la
nueva creación” (C.H. Mackintosh).
El apóstol Pablo escribió lo
siguiente a los Corintios: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos;
primicias de los que durmieron es hecho…” (1 Corintios 15:20-23). Cristo es
la primicia de la nueva vida, y este hecho es la garantía para todos los que
durmieron en Él de que no permanecerán en el sepulcro cuando Él vuelva por los
suyos.
También podemos colegir que
esta fiesta enseña una actitud de fe. Así como los agricultores del Antiguo
Testamento se acercaban al santuario confiando plenamente en que Dios los
bendeciría con una producción abundante en el futuro cercano —pues en ese
momento las espigas aún no habían madurado por completo—, del mismo modo, la
providencia divina obra hoy para que la cosecha espiritual sea abundante.
Otras
Primicias
No debemos olvidar las otras
ofrendas de primicias de carácter personal, las cuales utilizaban los levitas y
sacerdotes para su sustento. Esto nos invita a reflexionar en que hoy también
debemos ser capaces de ofrendar para el sostenimiento de los hermanos que
entregan su vida por completo a la predicación del evangelio, o bien para
ayudar a los necesitados, como las viudas que se encuentran solas y
desamparadas.
El apóstol Pablo ya había
instaurado esta visión de las primicias en 1 Corintios 16:2 para socorrer a los
creyentes de Jerusalén que atravesaban por dificultades: “Cada primer día de
la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo,
para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas”.
Por último, hay otro aspecto
que llama poderosamente la atención: los primogénitos. ¿Acaso esto no nos
señala la consagración que deben tener los creyentes para el servicio de su
Señor? Tú que lees esto, ¿estás plenamente consagrado al Señor? Recuerda que le
perteneces a Él.
Conclusión
La fiesta de las primicias es una fiesta dada
por el mismo Dios que los iba a bendecir con una producción abundante. De modo
que podemos afirmar, que, dado que es profecía una referencia a la resurrección
del Señor Jesucristo, esta está cumplida.