lunes, 10 de junio de 2019

LAS CANCIONES DEL SIERVO (6)

LA CUARTA CANCIÓN: EL SACRIFICIO Y LA EXALTACIÓN DEL SIERVO.
Isaías 52: 13 - 53:12.


Estrofa 1 (52:13-15): La exaltación del Siervo por medio del sufrimiento.
Como indicamos arriba, esta estrofa constituye una especie de prólogo a la canción, resumiendo los temas principales que giran alrededor de las dos experiencias claves que se postulan del Mesías en el Nuevo Testamento: la gloria y los sufrimientos, siendo éstos el medio por el que llega a aquélla. Al igual que en la primera canción, subrayando el carácter trascendente del pasaje, es Jehová mismo quien habla; de esta manera lo que el Dios soberano introduce y describe en líneas generales en 42:1-4, lo confirma y lo rubrica aquí, ce­rrando así el pequeño ciclo de profecías con inusitada solemnidad.
Vemos, pues, en esta estrofa introductoria la plena aprobación que Jehová da a su Siervo por haber cumplido a la perfección toda su voluntad. Por eso comienza con las alturas de su exaltación, la cumbre y recompensa de su Obra. Le anuncia «prosperidad», que indica su pleno éxito en la tarea difícil que le fue asig­nada, frase que en la Versión Moderna es traducida como «se portará sabiamente», igual que se dice del Mes­ías venidero. Algunos han querido ver en las tres frases siguientes unos matices ligeramente diferenciados que podrían referirse a la Resurrección - «será engrandecido» (el mismo verbo que 6:1), la Ascensión - «será exaltado»- y la Sesión a la diestra de Dios - «será puesto muy en alto»- pero siguiendo el criterio cualificado del hebraista Buksbazen preferimos ver en ellas un caso de paralelismo hebreo que refuerza una primera afir­mación añadiendo unos conceptos parecidos. Notemos que los verbos reflejan el modo pasivo, ya que no toca al Siervo tomar la iniciativa de este enaltecimiento; compete sólo al Padre, igual que en Filipenses 2:10-11 y Efesios 1:20-23, etc.
El versículo siguiente enfoca la luz sobre los sufrimientos del Siervo introduciendo en unas frases, breves pero densos, la nota que más se destacará en el resto de la canción: los padecimientos del Siervo, y éstos como si aconteciesen en un escenario contemplado por toda la humanidad. La intensidad de la experiencia es tan grande que hasta su fisonomía es cambiada, recordándonos las palabras escalofriantes que pronunció el salmista en 22:3 «...pero yo soy gusano y no hombre». La gente, al verlo, «se espantan» o «se horrorizan» (la idea de un simple asombro es demasiado débil para reflejar la palabra hebrea), aunque seguramente esta reac­ción fuerte no tiene que ver sólo con la apariencia externa del Siervo, sino con la comprensión por su parte de quién es y para qué sufrió tanto. Otros han padecido y han sido desfigurados mucho más que Él en cuanto a daños físicos, pero nadie como Él en el plano espiritual y moral, al ser «hecho pecado» por los hombres. De ahí la veracidad del versículo 14.
En el versículo 15 la traducción correcta es «rociará», no «asombrará»; es la misma palabra que se emplea en Levítico 4:6; 8:11 y 14:7 para diversos rociamientos de limpieza ceremonial. La quinta estrofa acla­rará el sentido espiritual, que se trata de la expiación del pecado, que alcanza así a los «muchos». El resto del versículo trata del impacto causado por su Persona y Obra y la fuerza convincente de su mensaje. Los grandes líderes de la tierra serán silenciados delante de Él, exaltado como Rey de reyes y Señor de señores, Juez su­premo ante quién están todos llamados a comparecer (compárese con 49:7). En aquel momento solemne de juicio los valores humanos, que descansan tanto en la fama, la fuerza y las riquezas, serán trastocados, mani­festándose las cosas tal cual son, según el valor que les asigna Dios y no el hombre (compárese con 1 Corin­tios 1:25 y siguientes; Jeremías 9:23-25).
Es interesante ver que el apóstol Pablo cita la segunda parte del versículo 15 en Romanos15:21, aplicándola fuera de contexto a la predicación universal del Evangelio. Por supuesto, la aplicación -y máxime siendo un apóstol quien lo hace- es legítima, ya que Pablo discierne el impacto total del mensaje contenido en la Persona y Obra del Siervo, no solamente su efecto en el día del juicio.

Estrofa 2 (53:1-3): La humillación y el rechazamiento del Siervo por los suyos.
Otro expositor titula esta estrofa «la confesión de un pueblo penitente», el cual nos sirve como un buen subtítulo, puesto que es el profeta que aquí habla en nombre del «resto fiel», quienes reconocen su falta de discernimiento y rebeldía frente a su Mesías.
Nótese cómo en el versículo 1 hallamos un hermoso caso del paralelismo sinónimo: el anuncio profético acerca del Mesías equivale a la revelación poderosa de Jehová que ha de recibirse por la fe. Porque no se trata de unas palabras meramente, sino de los hechos salvíficos de Dios manifestados en la historia en la Per­sona y Obra del Salvador (compárese con Juan 12:38 y Romanos 10:16). En el versículo 2 se vuelve atrás por un momento a la situación de la segunda canción, para recordar toda la trayectoria terrenal del Mesías; de ahí la referencia a su juventud y crecimiento bajo la figura del «pámpano» o «renuevo tierno», que nos recuerda Isaías 4:2; 6:13; 11:1 y 10; Jeremías 23:5, etc. Su lozanía y vida hermosa a los ojos de Dios contrastan neta­mente con la «tierra seca», la nación de Israel, ya desprovista de su monarquía legítima, desaparecida hace siglos a causa del juicio divino, casi sorda a la voz profética, con un establecimiento sacerdotal más materia­lista y humanista que espiritual.
Algunos creen ver en las palabras «tierra seca» una referencia al Monte Sión, que en hebreo significa «cerro seco», sugiriendo que aparte del rey legítimo que tiene su asiento en él (Salmo 2), aquel monte tan glorioso para los salmistas y cronistas de Israel no era más que un lugar sin vida ni fruto para Dios.
También vemos el contraste entre lo que Dios ve en su Siervo y el rechazo de que es objeto por parte de los hombres, que no vieron en Él nada de los atractivos humanos que tanto destacan en los grandes del mundo. Poderío militar, pompa, riquezas y la fama que los suele acompañar, tan preciados por el mundo, es­taban ausentes por completo en el humilde carpintero de Nazaret, por lo que no le hicieron caso. Era despre­ciado asimismo por los «grandes» (traducción más exacta de «hombres» en el versículo 3), y más cuando le vieron padecer tanto, un hecho que repugnaba -y sigue repugnando- al judío, que no puede aceptar la idea de un Mesías que sufre. Es el escándalo de la Cruz del que habló Pablo en 1 Corintios 1:23.
La descripción «varón de dolores y que sabe de padecimientos» (o «quebrantos») del versículo 3 habla de lo que sufrió por el contacto de su alma perfecta con el pecado de los hombres, en el curso del roce diario con ellos y luego como su Sustituto en la Cruz. Por siglos los judíos no quisieron mencionar siquiera el nombre de Jesús, tal era la repugnancia que sus pretensiones y sufrimientos despertaba en ellos; lo cambiaron de «Yeshua» a «Yeshu», cuyos iniciales significan «Que su nombre y memoria serán borrados para siempre». Aquí los integrantes del Resto fiel se acusan a sí mismos por este desprecio y rechazamiento para luego pasar a reconocer el porqué de tales aflicciones en la estrofa siguiente.

EL TRIBUNAL DE CRISTO

Pregunta:  Los santos, ¿serán juzgados, o solamente manifestados, en el Tribunal de Cristo? y añade: Me turba, a veces, el pensar que, en el tribunal de Cristo, todos los secretos y deseos de mi corazón serán descubiertos ante todos.

Respuestas:
A) En primer lugar, léase cuidadosamente los siguientes versícu­los que nos ayudarán a situar el problema: 1 Corintios 4:5; 2 Corintios 5:10; Romanos 14:12; Colosenses 3: 24-25. El versículo en Juan 5:24, es decisivo en este aspecto, y nos permite afirmar que los creyentes no seremos condena­dos: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi Palabra y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; Y NO VENDRÁ A CONDE­NACIÓN, más pasó de muerte a vida." (Juan 5:24 - RVR1909).
Por el contrario, en vez de ser juzgados, juzgaremos al mundo y a los ángeles (1 Corintios 6: 2-3). Tal como es el Señor, tales somos también nosotros los creyentes: somos como el juez, y a todos sus santos Él nos concede el honor de ejecutar el juicio sobre los reyes, los nobles, las gentes (o naciones) y los pueblos (Salmo 149: 7-9).
De modo que, para el creyente, ya no se trata de juicio alguno, pues Cristo lo llevó en la cruz en toda su intensidad y, gracias al valor infinito de su precioso sacrificio, realizado "una vez para siem­pre" (Hebreos 10), somos eternamente unidos a Aquel que llevó nuestros pecados y la condenación que éstos merecían. Resulta, pues, que los creyentes no seremos nunca juzgados por nuestros pecados. (¡Con cuánta gratitud deberíamos acercarnos siempre al Señor!) No obstante, NUES­TRO SERVICIO será apreciado por el Maestro.
Las obras de todos los hombres - santos o pecadores - serán probadas, examinadas, según el criterio de Dios. El día manifestará todas las cosas, el fuego revelará la obra de cada cual; actos, pen­samientos, intenciones, motivos y acusaciones, nada permanecerá ocul­to. Sólo subsistirá lo que la gracia divina haya producido en nues­tros corazones. Apreciaremos las cosas como Cristo las ve, y las en­juiciaremos conforme a Su criterio.
Cabe pensar que este tribunal de Cristo existirá durante mil años por lo menos. Prueba de ello la tenemos en el hecho de que el juicio de las naciones (Mateo, 25) se verificará a principios del milenio, y el de los muertos después de este período. Aquella manifestación de las personas se refiere, por cierto, todos los seres humanos, pero no todos comparecerán forzosamente en el mismo momento; lo que po­dríamos llamar 'la sesión del tribunal' se prolongará. Pero, como hemos dicho, para el creyente salvado ya, no se juzgará su persona, sino sus obras; recibiremos, o perderemos según el caso de cada cual, nuestra recompensa o galardón (1 Corintios 3: 14-15).

B) A nuestro amado lector le turba, o preocupa, el pensar que todos los secretos de su corazón serán revelados ante todos en el tribunal de Cristo.
Es cierto que el Espíritu Santo declara que el Señor sacará a luz las obras encubiertas de las tinieblas, y "manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios." (1 Corintios 4: 5). Pero, notemos que la Palabra de Dios no dice a quién seremos manifestados. ¿Acaso nos impresionaría e importaría más la apreciación de otro hombre que no la del Señor? Con tal que yo sea aprobado por Cristo, no debe importunarme lo que dirán, o pudieran decir, los hombres.
Si el pensar que los más recónditos motivos de mi corazón serán revelados ante los hombres me preocupa más que el ser manifestados a Cristo, esto prueba que estoy todavía muy ocupado con mi pobre persona y que carezco de rectitud: es un estado que conviene exami­nar y juzgar cuanto antes.
Y, pensándolo bien, si tal pensamiento nos puede ayudar a guar­darnos de otras caídas y tentaciones, demos gracias al Señor por ello. Por lo demás, ¿nos restará algo de nuestra salvación el que nuestras faltas y pecados sean manifiestos ante todos? David y el apóstol Pe­dro, ¿son acaso menos bienaventurados porque millones de almas leyeron el relato de sus caídas y graves pecados? ¡Por cierto que no! Ellos saben que la lista de sus pecados no hace más que magnificar la gracia de Dios y el precio de la sangre de Cristo.
No nos ocupemos de nosotros mismos - a no ser para examinar­nos -; ocupémonos más de Cristo, hermanos, y no tendremos seme­jantes preocupaciones. Por lo demás, ¡que la idea del tribunal de Cristo nos santifique, que nos infunda mayor humildad, que nos haga ser más vigilantes, que nos ayude a enjuiciar diariamente nues­tra conducta y a manifestar mayor diligencia e integridad en nuestro servicio!

Traducido de "Le Messager Evangélique"
 Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1955, No. 17.-

MEDITACIÓN

“Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego”
(Apocalipsis 20:15).


El tema del infierno genera una enorme resistencia en el corazón humano. Esta resistencia se expresa muy a menudo en la pregunta: “¿Cómo puede un Dios de amor haber creado un infierno eterno?”


Si Pablo contestara esta pregunta probablemente diría: “¿Quién eres tú para que alterques con Dios?” o “Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso”. Lo cual quiere decir: la criatura en realidad no tiene derecho para cuestionar al Creador. Si Dios ha creado un infierno eterno, tiene razones válidas de sobra para haberlo hecho así. No tenemos derecho a dudar de Su amor o Su justicia. Aun así, se nos ha dado suficiente información en la Escritura para vindicar a Dios en este asunto.
En primer lugar, sabemos que Dios no hizo el infierno para el hombre, sino para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:41).
También sabemos que no es el deseo de Dios que nadie perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 Pedro3:9). Cuando una persona va al infierno, causa una gran pena al corazón del Señor.
Es el pecado del hombre lo que causa el problema. La santidad, justicia y rectitud de Dios demandan que el pecado sea castigado. El decreto divino es: “El alma que pecare, ésa morirá” (Ezequiel18:4). Dios no es arbitrario. Es la única actitud que un Ser Santo puede adoptar hacia el pecado.
Dios pudo haber dejado así este asunto. El hombre pecó, por lo tanto, que muera.
Pero el amor de Dios intervino. Para que el hombre no pereciera eternamente, fue al extremo para proveer un camino de salvación. Envió a su Hijo único a morir como Sustituto en lugar del hombre pecador, pagando el castigo a su favor. Fue una gracia maravillosa de parte del Salvador el llevar los pecados del hombre en Su cuerpo sobre la Cruz.
Ahora Dios ofrece vida eterna como un don gratuito a todos los que se arrepienten de sus pecados y creen en el Señor Jesucristo. No salvará a los hombres contra su voluntad; deben escoger el camino de la vida.
Dios ha hecho todo lo necesario y mucho más de lo que podría esperarse. Si los hombres rehúsan Su libre oferta de misericordia, no hay alternativa. El infierno es la elección deliberada de aquellos que se niegan ir al cielo.
           Acusar a Dios de haber creado un infierno eterno es completamente injusto. Pasa por alto el hecho de que él despojó al cielo de lo Mejor que había en él para que lo peor de la tierra jamás conociera las agonías del lago de fuego.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (33)

Nuestras Escenas Bíblicas no serían completas sin incluir algo acerca de este adivino tan notorio. Al llegar los israelitas, en sus jornadas por el desierto, al llano de Moab, el rey Balac fue espantado por ser ellos tan numerosos. A causa de esto mandó mensajeros a llamar a un tal Balaam, para que empleara cierta hechicería y así hacer venir alguna maldición sobre ellos.
Partieron los oficiales de Moab a llamar a este falso profeta, llevando consigo las dádivas de adivinación en su mano. Vinieron a Balaam, quien pretendió buscar la voluntad de Dios. Durante la noche se la apareció el Señor y le prohibió ir a maldecir a Israel, porque, decía el Señor: “Es bendito”. Así no fue Balaam con ellos.
Regresando los mensajeros, contaron todo a Balac, y él volvió a enviar personajes más nobles que los primeros, ofreciéndole a Balaam honores sin límite, con tal que pronunciara una maldición contra aquel pueblo. De nuevo rehusó, empero quiso tentar al Señor con pedirle otra vez acerca del asunto. Y esta vez el Señor le dijo que fuese, más le conjuró no decir sino lo permitido por él.

Es inútil pensar en maldecir a los que el Señor ha bendecido. Muchas veces hombres lo han intentado, pero las maldiciones sólo han tornado sobre ellos mismos. Vemos cómo algunos entre el cura romano todavía se llenan de furia cuando algún feligrés empieza a leer las Sagradas Escrituras, o cuando va a escuchar hablar de la salvación por gracia, o cuando afirma su derecho a examinar las cosas por sí. Recuerde, señor cura, que Dios ha dicho en Apocalipsis 1.3: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía”. Usted no puede maldecir a los que Dios ha bendecido. No temas, amigo lector, las amenazas de los que fulminan maldiciones contra los que buscan la salvación de sus almas tan sólo en Cristo. Las tales maldiciones serán nulas para ti. Sólo llevarán daño al alma de aquel que las pronuncie.
Pedro el apóstol nos informa que Balaam amó el premio de la maldad, 2 Pedro 5.17, y Judas (no Iscariote) escribe en su Epístola que algunos “se lanzaron en el error de Balaam por recompensa”. Aunque Balaam protestó, diciendo que no haría el mal ni por una casa llena de plata, sin embargo, la verdad es que se abstuvo de maldecir a Israel solamente porque Dios no le dejó hacerlo. Él quiso ganarse el premio ofrecido, y cuando no pudo pronunciar la maldición, buscó otra manera de hacer la maldad.
Esta fue por tentar a los israelitas a mezclarse con los paganos. De esta manera trajo sobre el pueblo de Dios el castigo divino, pero poco le importé a Balaam con tal que pudiera cobrar su premio.
Según enseña el Espíritu Santo por el apóstol Pablo, el obispo, o anciano cristiano, debe ser marido de una sola mujer, no amador del vino, no heridor, no codicioso de torpes ganancias, ajeno de avaricia. Los falsos profetas son conocidos generalmente por su avaricia. Venderían cualquier objeto, por sagrado que fuese, por dinero, hasta aun rifan la imagen de la Madre de Jesús.
Balaam vendió su alma por dinero. Judas Iscariote hizo otro tanto. Ten cuidado, amigo, que no hagas lo mismo. Si tienes más amor al dinero y otras cosas materiales, que, a la salvación eterna de tu alma, tú también corres peligro de perderte. Dijo el Señor Jesús: “¿Qué aprovechará al hombre si granjeare todo el mundo y pierde su alma?” Marcos 8.36. Busca tu salvación en Cristo, y no vende tu alma por las vanidades del mundo.
Dios te ama, y en prueba de ello envió a su Hijo. Cuando los hombres lo habían crucificado en el Calvario, Dios cargó nuestros pecados sobre él y le abandonó a sufrir la furia de su ira en paga de nuestras culpas, de tus culpas, si le aceptas.

EL CRISTIANO VERDADERO (17)


TU ADORACION EN EL HOGAR Y EN LA IGLESIA


Jesús le dijo a la mujer de Samaría: “Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren” (Juan 4: 24). La adoración de Dios, para el cris­tiano, es en primer término un ejercicio espiritual; es decir, que adora a Dios en su corazón, y debe estar en espíritu de adoración constantemente. Pero ello no elimina la necesidad de que disponga de períodos especiales dedicados a la ado­ración, períodos cuando son dejadas todas las demás activi­dades. Debemos y podemos adorar a Dios sin cesar en nues­tros corazones. Debemos estar continuamente en espíritu de oración, pero tiene que haber momentos cuando dejamos todo lo demás con el propósito único de adorar y orar. Deben celebrarse en forma regular, sesiones de adoración.
Ya hemos hablado de nuestra vida personal de oración, de modo que ahora sólo nos ocuparemos de la adoración de Dios en nuestros hogares y en la iglesia.

 

El Altar de Familia

Es posible que algunos de nuestros lectores no entiendan bien lo que queremos decir cuando hablamos del “altar de familia”, así que procuraremos explicarnos antes de seguir adelante. Al hablar del “altar de familia,” nos referimos a una hora establecida en el hogar todos los días, en que toda la familia se congrega para adorar a Dios mediante la lectura de la Biblia y la oración en conjunto. No hay nada que sea de mayor bendición que el culto familiar en la vida del ho­gar. El altar de familia imparte el temor de Dios y el amor de Dios a los corazones de los niños, y elimina completamente las diferencias y desavenencias familiares. Cuando la familia se reúne por lo menos una vez al día para la oración y adora­ción, todos los malos sentimientos y los ponimientos poco cristianos desaparecen. No es posible que un esposo y su mujer oren juntos todos los, días, sin que estén en completa armonía entre sí. Cuando surjan dificultades, el matrimo­nio, o dejará de orar, o se reconciliará enseguida.
Creo que el altar de familia es indispensable en el hogar. La mayor herencia que se puede dejar a los hijos de una familia cristiana es el recuerdo de sus días de infancia cuando papá, mamá y los niños se arrodillaban diariamente alrede­dor de la Palabra de Dios, y elevaban sus voces en oración unida y audible. No creo que un hogar puede ser verdade­ramente cristiano, si no tiene un altar de familia. Hay mu­chos hogares de cristianos que no son esencial ni verdadera­mente hogares cristianos. Es lamentable que así sea, pero así es.
Ahora que eres cristiano, comienza el culto familiar en tu hogar hoy mismo. La manera de iniciar el altar de familia es dedicando cierta hora a él todos los días. Tal vez la mejor hora sea aquella que sigue inmediatamente al desayuno, o a la cena. Comienza mediante la lectura metódica de un libro de la Biblia, un capítulo o una porción cada día. Luego arrodíllate en oración con toda la familia, y procura que to­dos los que puedan, tomen parte en la oración. Habrá días en que la falta de tiempo sólo permitirá que oren el padre o la madre, pero habrá otras oportunidades en que podrán tomar parte en oración los niños también. Todos los cristianos de la familia deben orar. Bien vale la pena dedicar suficiente tiempo al altar de familia como para que puedan explicarse algunos problemas que surjan de la lectura bíblica. Y a los niños debe permitírseles que hagan las preguntas que deseen formular.
Lo normal es que el altar de familia sea dirigido por el padre, como jefe de la casa. Pero en ciertas circunstancias puede ser necesario que otros asuman la dirección. Si el esposo no es cristiano, pero está conforme con que la esposa celebre un altar de familia, desde luego que ella debe hacerlo. Uno de los hijos mayores, que se ha convertido, podría dirigir, si los padres están de acuerdo con que lo haga. Naturalmente, cuando ambos padres son creyentes, el padre debe actuar como el sacerdote de la familia.
Cuando en el hogar hay niños pequeños, puede ser recomendable leer en algún libro de historias bíblicas, agregando algunas explicaciones sencillas. Si es posible celebrar el culto familiar dos veces al día, sugiero que en uno de los períodos se lea en algún buen libro devocional. “La Luz Cotidiana,” una notable recopilación de versículos de las Sagradas Es­crituras, con porciones escogidas para la mañana y la noche para todos los días del año, es un excelente manual para el culto familiar. Pero, sobre todo, debe leerse con regularidad la Biblia.
Aunque a menudo resulta difícil hallar el tiempo necesario para el altar familiar, es una de aquellas cosas indispensables para el cristiano, y si es necesario deben sacrificarse otras obligaciones para conservarla. No se puede tener un hogar realmente cristiano sin un altar de familia. Intentarlo lleva al fracaso.
Es claro que el problema es mucho mayor cuando la fa­milia está dividida. Pero aun cuando el jefe de la familia no sea cristiano, si no se opone a que otro miembro de ella diri­ja el culto familiar, éste debe realizarse, con o sin la pre­sencia del padre. Aquellos casos en que el jefe del hogar se opone al culto familiar y no lo permite, son una verdadera tragedia, y lo que cabe es orar por la salvación del padre in­crédulo. Dios obra maravillas en contestación a las oracio­nes de fe.                           
Para iniciar y llevar adelante el altar de familia con fideli­dad, se precisa bastante firmeza, pero los resultados bien valen la pena. Si yo tuviese que elegir entre la adoración familiar y la adoración pública en la iglesia, escogería a la primera como la más importante, pues creo que el culto familiar im­parte más bendición y fuerza espiritual que el culto público.
No importa cuán grandes sean las dificultades, o cuán difícil sea mantener el altar familiar, debes celebrarlo, cueste lo que cueste. Es en el altar de familia en donde los creyentes tímidos pueden aprender a orar. Es allí donde pueden con to­da libertad presentarse delante del Señor las cargas de la familia, sin temor alguno. El altar de familia debe ser el centro mismo del hogar cristiano. Todo debe girar alrededor de él, y surgir de él.
La vida de familia en un hogar cristiano debe ser de un modo preeminente culto de familia. El hogar que celebra con regularidad el altar de familia es un hogar que no ha de ser sacudido ni destruido.

miércoles, 1 de mayo de 2019

EXTRACTOS


   No pospongas reunirte para orar
     Hay muchos cristianos que nunca aparecen en las reuniones de oración. Si anuncias un banquete aparecerán todos. Si anuncias una reunión de oración, aparecerán unos pocos. Se puede determinar que asisten a la reunión de oración; de eso no cabe ninguna duda.
          “Ya sé que debería ir, y la semana que viene pienso hacerlo”. Llega la siguiente semana presentas a la reunión. Si fuera tan fiel para ir a trabajar como lo eres para asistir a la reunión de oración, seguramente dentro de poco tiempo ya no tendrías empleo. Nada nos aleja del trabajo, pero casi cualquiera cosa nos aparta de la reunión de oración por el simple motivo de que buscamos un desvío, un lugar donde escondernos.
         Decimos: “La semana que viene empiezo”. Si todas las personas que tienen intención de ir a la reunión de oración asistieran a ella, no habría sitio para todas. Decimos “la semana que viene”, pero no lo hacemos. De modo que ese monstruo se come tu mañana y eres víctima de la postergación.
A.W. Tozer, “Los peligros de la fe superficial, página 148-149.

LA OBRA DE CRISTO (3)



II. —La Encarnación del Hijo de Dios
Ahora volvamos a la gran verdad y realización de la encarnación del Hijo de Dios. Cuando hubo terminado el tiempo, es decir, cuando llegó la época señalada, apareció en la tierra el Hijo de Dios en forma humana. El Verbo que fue en el principio, el Verbo que fue en el Padre, el Verbo que fue en Dios, el Verbo por quien fueron hechas todas las cosas, aquel Verbo se encarnó y moró con nosotros en la tierra. Aquel que subsistió en la forma de Dios se despojó y se transformó en siervo, y quedó hecho a semejanza del hombre.
La encarnación es un hondo misterio, cuya profundidad es inmensurable a la inteligencia humana y al que debemos acercarnos con sacrosanta veneración. ¡Descálzate, porque el suelo que pisas es tierra santa! En el primer capítulo del evangelio de San Lucas se menciona la anunciación de la encar­nación divina tal como se le hizo a la virgen, que había hallado gracia ante los ojos de Dios. Estando la virgen sentada en su hogar, tal vez abstraída en santa meditación, se le presentó el ángel Gabriel, trayendo el mensaje del trono de Dios. ¿Se le había nunca antes encomendado a Gabriel mensaje tal? Por importante que fuera la revelación, que por en­cargo divino le hiciera este ángel al piadoso Daniel, ésta, su comunicación a la virgen María, la supera con creces.

Anunciación de la Encarnación
Leemos en San Lucas 1.35: “E1 ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altí­simo te hará sombra; por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios.” Notemos las dos grandes manifestaciones respecto a su encar­nación. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti.” En el evangelio de San Mateo vemos toda la significación de esta declaración: “porque lo que en ella es engen­drado, del Espíritu Santo es.” Por lo tanto, la natu­raleza humana de Cristo fue producida en la virgen por el poder creativo del Espíritu Santo. Porque su naturaleza humana fue formada de tal manera, era naturaleza libre de pecado; Cristo no tan sólo no pecó jamás, sino que NO PODIA pecar: era impecable, absolutamente santo, puesto que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.
La segunda declaración es: “Y la virtud del Altísimo te hará sombra.” Esto no es la repetición de la misma verdad que expresa la primera declara­ción. Si significara también el Espíritu Santo, ten­dríamos que llegar a la conclusión de que el Espíritu Santo era el Padre del que se encarnaba. Leemos en seguida, después de esta segunda declaración: “Por lo cual también lo Santo que nacerá, será lla­mado Hijo de Dios.” La virtud del Altísimo no quie­re decir la virtud del Espíritu Santo; no es otra virtud sino el Hijo de Dios mismo. El eterno Hijo de Dios, Aquel que es Dios, le hizo sombra a María, y esto significó la unión de Cristo mismo con la na­turaleza humana creada por el Espíritu Santo.
A Cristo se le llamaba “La Cosa Santa.” Cristo es algo completamente nuevo, un Ser a quien es imposible clasificar. Y en seguida leemos: “Lo santo.... será llamado Hijo de Dios.” No dice “será el Hijo de Dios.” Eso lo fue siempre. La encarna­ción no le hizo Hijo de Dios. Se le llamará Hijo de Dios; Dios manifiesto en la carne.
Mucho espacio podríamos invertir en ampliar estas consideraciones o en analizar las diversas ten­tativas que se han hecho para explicar este gran misterio. También pudiéramos citar todas las perni­ciosas doctrinas y teorías que han emanado de las explicaciones que se han intentado hacer del asunto; más esto no sería sino perder el tiempo, porque la razón humana es incapaz de medir la profundidad del misterio de la encarnación, ni de concebir clara­mente la maravillosa personificación del Hombre Dios, de Cristo, nuestro Señor. Vale mucho más aceptar estas sencillas declaraciones del Verbo de Dios que entrar en disquisiciones (discusiones) que nunca lograrían resol­ver este gran misterio.
En cierta ocasión le preguntaron a un estadis­ta americano si él podía concebir cómo Jesucristo podía ser Dios y Hombre.
“No,” respondió aquél, “y si pudiera, me son­rojaría de reconocerlo por mi Salvador, porque esto lo rebajaría a mi nivel.”
     ¡Cuánta verdad en esta respuesta! Con gozo y gratitud en nuestros corazones creemos firmemente en la revelación que nos hace el Verbo sagrado de Dios, de ese Dios que amaba el mundo ¡tanto! que decidió darle a su Hijo Unigénito; y también cree­mos que el Hijo de Dios dejó la gloria de los cielos y descendió a la tierra, que se despojó y apareció aquí en forma de criatura humana. Esto, sin embargo, no significa lo que la errada teoría llamada “Kenosis” enseña, que Cristo se despojó de su Divinidad; no, de lo que Él se despojó fue de su gloria externa. El niño que reposaba en el seno de María es el mis­mo que siempre existió en el seno del Padre. Oiga­mos una vez más el Salmo 22: “Sobre ti fui echado desde la matriz: desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios....tú eres…el que me haces esperar desde que estaba sobre los pechos de mi madre.” ¿Y qué niño meramente humano pudiese nunca haber dicho esto con verdad? Y por cierto que tampoco es esto el lenguaje del poeta. Sólo el Niño nacido en Belén pudiera haberse expresado de tal manera.