domingo, 5 de mayo de 2024

Cartas que matan, que enojan, que protegen, que alegran o que recomiendan

 Cuatro cartas que encontramos en la Biblia y sus resultados


Muchas veces estamos esperando con ansiedad una carta, y al ver al cartero, nos parece que viene la nuestra; pero otras, si no estamos esperando ninguna, nos sorprende oír que tocan a la puerta y, pronunciando nuestro nombre, dicen: “Una carta para usted”. Mas en cualquier forma, y por los medios que llegue, una carta siempre nos coloca en una situación de expectativa, en ocasiones maliciosa y hasta provoca aprensión. Basado en ello, quiero exponer algunas meditaciones sobre cuatro cartas que encontramos en la Biblia y sus resultados. Son (i) una carta que mata, porque llevó una sentencia de muerte, fruto del pecado escondido; (ii) una carta que enoja, por la ligereza de un malentendido; (íii) una carta que salva la vida, porque libró a un gran hombre del complot urdido en su contra; (iv) una carta que cura, porque produjo arrepentimiento en los receptores.

· Una carta que mata

“Escribió David a Joab una carta, la cual envió por mano de Urías. Y escribió en la carta, diciendo: Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y retiraos de él, para que sea herido y muera”. (2 Samuel 11:14,15)

Es muy triste leer de aquel noble y temeroso siervo Urías que, inocentemente, llevaba en las manos su propia sentencia de muerte. ¡Qué feo es, y cuánto deña hace, el pecado escondido!

Con otro siervo del Señor, visitamos a dos personas que en otro tiempo estuvieron en comunión, para probar su ánimo y saber si estaban dispuestos a volver a la asamblea. Pero el carácter agresivo, las palabras y los gestos de ellos, evidenciaban el “homicidio espiritual” (1 Juan 3:15), porque no es tanto que experimenten resentimiento contra todo otro hermano, sino que abrigan en su pecho “el instrumento de muerte” que, por obra del pecado escondido, los hace llevar una amargura hasta la muerte.

En cambio, no ocurrió así a David, quien con gran humillación dijo: “Pequé contra Jehová”; y Él remitió su pecado. (2 Samuel 12:13)

· Una carta que enoja

“Le dijo el rey de Siria: Anda, ve, y yo enviaré cartas al rey de Israel. Salió, pues, él, llevando consigo diez talentos de plata, y seis mil piezas de oro, y diez mudas de vestidos. Tomó también cartas para el rey de Israel, que decían así: Cuando lleguen a ti estas cartas, sabe por ellas que yo envío a ti mi siervo Naamán, para que lo sanes de su lepra”. (2 Reyes 5:6,7)

El rey de Siria envió esta carta con ocasión de la enfermedad de Naamán, al rey de Israel, , quien para ese tiempo era Joram, tan impío como su padre Acab, pues “se entregó a los pecados de Jeroboam ... que hizo pecar a Israel, y no se apartó de ellos. (2 Reyes 3:3)

La respuesta de Joram, al leer aquella misiva, pone de manifiesto su carácter delicado, susceptible, carnal, y su desconocimiento de Dios, que no le facultaba para dar importancia al alto concepto y a la fe que, en el Dios de Israel, tenían muchos fuera de las fronteras nacionales. Tal era su vil condición que, en cierta ocasión, el profeta Eliseo lo trató con desprecio. (3:14)

¡Qué oportunidad perdió Joram de hacer que el nombre de Dios fuese engrandecido por intermedio suyo! Al leer la carta se enojó, dándole una mala interpretación, un malentendido, porque conocía a Dios como los otros paganos, que sólo ven en Él una especie de gigante, “que mata y da vida” (5:7), e ignoraba por completo la virtud sobresaliente del Señor, que es amor. Su concepto de Dios era semejante del siervo inútil en la parábola de Jesús, quien dijo a su señor: “Te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste”. (Mateo 25:24,25) Esto es debido, hasta la actualidad, a que sólo la nueva creación (la espiritual) es lo que puede hacer cambiar el carácter.

· Una carta que salva la vida

“Escribió una carta en estos términos: Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud. A este hombre, ... hallé que le acusaban por cuestiones de la ley de ellos, pero que ningún delito tenía digno de muerte o de prisión”. (Hechos 23:25-30)

La tercera constituía un salvoconducto para Pablo, el gran apóstol de nuestro Señor Jesucristo, cuando era conducido por los soldados de Jerusalén a Cesarea. No cabe duda que tanto la carta como la custodia eran dignas del embajador de más prestigio que ha vivido en este mundo, fiel a su Señor, humilde en su carácter, limpio en su conducta, quien constituye el primer paladín ejemplar de los seguidores de Cristo. El autor de dicha correspondencia fue Claudio Lisias, el tribuno romano de Jerusalén. ¡Oh, Claudio! el día de las recompensas tuviste, o tendrás, la tuya.

La carta de Claudio es de este estilo: honesta, noble, concisa, sin fanatismo ni adulancia y sin las expresiones de quien busca popularidad. Expone sencillamente los hechos, y da una opinión clara y justamente favorable al acusado. Es muy bueno y satisfactorio poder escribir encomiando a alguno por su buen testimonio, como en el caso de Febe, de quien se escribió: “Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea ... porque ella ha ayudado a muchos”. (Romanos 16:1,2) Pero es algo lamentable cuando en algunas cartas tiene que exponerse una conducta deshonesta o cierta sospecha sobre algún hermano.

Ahora, de aquellos cuarenta insensatos que con su actitud dieron origen a la situación causante de aquella misiva, nada sabemos. Pero sí se puede asegurar sin vacilar que la maldición con que se juramentaron les vino encima en cumplimiento de la Escritura, según Números 30:2 y Eclesiastés 5:4,5.

· Una carta que cura

“Aunque os contristé con la carta, no me pesa, aunque entonces lo lamenté; porque veo que aquella carta, aunque por algún tiempo, os contristó. Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte”. (2 Corintios 7:8,9)

La cuarta carta, enviada a los hermanos de Corinto, consta de dieciséis capítulos y fue escrita por el apóstol Pablo con muchas lágrimas y gran preocupación, pero con toda la sinceridad de su alma, para exhortarles la verdad sin embargues. Su envío provocó en el autor una gran ansiedad durante algún tiempo, por querer saber la reacción y el resultado obtenido con la carta. Pero no teme las represalias que pudieran desencadenarse, porque la escribió con la guía del Espíritu Santo y en el temor del Señor, hablándoles claramente de su conducta extremadamente bochornosa. Pues procura con ella sacar todo el pus del tumor, para hacer bajar la fiebre de grandeza que envanecía a los corintios. Y ¡qué curación tan extraordinaria produjo!

La evidencia de un resultado saludable la notamos en las palabras posteriores del apóstol, citadas ya. Y en el versículo 11 de esta misma porción leemos de los siete frutos* del arrepentimiento promovidos por aquella carta de tan elevado altruismo para la edificación de la iglesia del Señor en todos los tiempos.

* “¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación!”

José Naranjo


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