domingo, 5 de mayo de 2024

¿Cómo puedo evitar el desaliento?

 

Últimamente varios jóvenes me han expresado una sensación de fracaso en sus vidas de creyentes e incluso han preguntado si vale la pena seguir adelante. No puedo transcribir exactamente sus palabras, pero equivaldrían prácticamente decir: “Me parece que he caído con tanta frecuencia que no vale la pena continuar luchando más. Y a veces me pregunto si tiene sentido ser cristiano”.

                ¡Palabras tristes! Me traen a la mente los israelitas recién redimidos que, al tropezar con el primer obstáculo en su peregrinación en la forma de egipcios que les perseguían, dieron lugar de una vez al desaliento: “¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ... Porque mejor nos fuera servir a los egipcios” (Éxodo 14:11,18).

En la aflicción y duda, el remedio para nosotros es el mismo que sirvió para Israel en aquellos tiempos. Ellos necesitaron volver la mirada al cordero pascual, aquella manifestación maravillosa de la gracia redentora de Dios con la cual Él los había comprado para sí. ¿No había dicho, “conságrame todo primogénito ...  mío es” (Éxodo 13:2)? ¿Quién podría creer que después de tal portentosa liberación, Dios abandonaría o fallaría a su pueblo?

Del mismo modo Pablo nos conduce al Calvario como garantía del amor de Dios para los suyos: “Él que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas?” (Romanos 8:32, 5:9,10). En tiempos difíciles, manténganos absorta la mirada en la cruz donde nuestro Cordero Pascual fue sacrificado. El Calvario garantiza la bondad infinita y tierna de nuestro Dios.

Israel también debía haber mirado hacia arriba. La presencia divina manifestada en la nube orientadora se cernía majestuosamente sobre el campamento; una nube que les había conducido hacia lo que ahora parecía una insalvable calle sin salida que presagiaba el desastre (Éxodo 13:21,22). Humanamente hablando, su situación era insostenible, pero la columna de fuego los había llevado allí. La persecución y presión en el trabajo, escuela y hogar, tentaciones para volver a los caminos de antes sin Cristo, son experiencias ingratas, pero son usadas por Dios para nuestra formación cabal, convirtiéndonos en hombres y mujeres que pueden resistir las tempestades de la vida.

Así que, ¡miremos hacia arriba! Nuestra columna de fuego (la Palabra de Dios) dirige nuestros pasos diariamente (Salmo 119:105), y aunque puede llevarnos por los senderos de “Colina Dificultad” (al decir de El Progreso del Peregrino), también nos garantiza la presencia permanente del Salvador (Hebreos 13:5). Suceda lo que suceda, sigamos a la Biblia tan fielmente (aunque menos veleidoso) como Israel marchó tras la nube.

Sólo un punto más. Si Israel hubiese reflexionado acerca de las palabras del Señor, habría encontrado el aliento necesario. “Cuando Jehová te hubiere metido en la tierra.”., (Éxodo 13:5). ¡Qué precioso! Dios no sólo los sacó de Egipto (12:51) sino prometió introducirlos en Canaán. Tomando como base estas palabras, el israelita que meditase sobre ellas podría gozar confiadamente y por anticipado en la Tierra Prometida. Nosotros también podemos contemplar confiadamente el cumplimiento de la promesa del Señor en Juan 14:3.

Uno de mis versículos favoritos es Filipenses 1:6, que dice, “estado persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. A menudo nos hacemos cargo de alguna tarea (quizá una responsabilidad en la asamblea local) y más tarde, cuando nuestro entusiasmo decae ante los problemas, la abandonamos. Pero nuestro Dios no es así; lo que Él empieza, siempre lo termina. Todos aquellos redimidos por la preciosa sangre serán presentados “sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 24).

El primer paso para el creyente desanimado es situarse ante una perspectiva correcta desde donde puede mirar atrás, arriba y adelante.

¿Qué hacer entonces? Decididamente, hemos de proseguir al blanco, avanzando con Dios. 1 Pedro 2:1 al 5 nos describe cuatro principios elementales para en crecimiento cristiano:

1. Desechar (v. 1)               El creyente, nacido de nuevo por la Palabra no adulterada de Dios, no puede continuar en prácticas corrompidas. Expuestas éstas una por una por el reflector de las Escrituras, deben ser confesadas y renunciadas (Salmo 139:23,24).

Por supuesto, una perspectiva tan estrecha es enteramente ajena a la amplitud de criterio indulgente de un mundo que tolera cualquier impiedad. Pero el cristiano debe tener un criterio suficientemente amplio como para recibir toda la Palabra de Dios (por cierto, mucha de la enseñanza “liberal” entre las asambleas en nuestros días es, paradójicamente, excesivamente estrecha, porque resiste toda la plenitud de la revelación divina), y a la vez suficientemente estrecho como para rechazar toda suerte de error. El más noble de los hombres es aquel que puede decir No aun cuando todos los demás dicen Sí.

Si me parece que estoy atrapado en un patrón de fracaso, posiblemente es consecuencia de no haber dicho todavía No a lo que Dios condena.

2. Crecer (v. 2)    La única evidencia de vida es el crecimiento. Cuando D.L. Moody dijo que los convertidos debían ser pesados, no contados, estaba distinguiendo sabiamente entre “decisiones” y “discípulos”. Pedro considera la Palabra como el medio de crecimiento. Sin embargo, tengamos presente que una descripción cuidadosa de un vaso de leche nunca producirá por sí mismo el crecimiento. ¡Tenemos que beber la leche! Dicho de otro modo, la Palabra ha de ser asimilada más que meramente analizada; y es algo muy personal. Es tristemente posible que conozcas la verdad sin practicarla.

Dejemos que Jeremías sea nuestro modelo: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jeremías 15:16). Experimentaremos un crecimiento solamente al alimentarnos a diario con “la leche espiritual no adulterada” de nuestro Dios.

3. Edificar (v. 5) Aunque Pedro escribe aquí acerca de la Iglesia universal, no estará fuera de lugar tomar estas palabras como acicate, o estímulo, para la edificación de la asamblea local. Ciertamente todos nosotros estamos colaborando y edificando algo en nuestra asamblea, ya sea bueno o malo (1 Corintios 3:12), y seremos juzgados de acuerdo a la calidad de nuestro trabajo.

Gran parte de la tristeza y descontento entre la juventud cristiana hoy en día es el resultado de la pereza eclesial; ellos no están participando de todo corazón en las actividades de su congregación. Ya que cada uno de nosotros tiene un papel vital que desempeñar, hagámoslo bien. Joven: ¿estás sintiendo la responsabilidad de aquel a quien han sido encomendadas la oración y la alabanza en público (1 Timoteo 2:8)? Señorita o esposa joven: ¿estás siguiendo el ejemplo de mujeres de Dios tales como Febe, Priscila y Dorcas, cuyo servicio para el pueblo del Señor propició el que sus nombres fuesen perpetuados?

Si he de mantenerme firme en el Señor, debo aportar a mi asamblea.

4. Ofrecer (v. 5) Cada uno de los santos es un sacerdote con el privilegio de ofrecer a Dios aquellos sacrificios que le agradan a Él: nuestras personas (Romanos 12:1), posesiones (Hebreos 13:16), y alabanza (Hebreos 13:15). Pero un sacrificio es costoso por definición. ¿No será que una de las razones por la que algunos creyentes parecen tan inquietos es que nunca han tenido que pagar un precio por su fe? ¿Qué te cuesta ser cristiano? ¿La burla de los amigos por asistir a las reuniones, el tiempo requerido para estudiar la Biblia, el dinero ofrendado para la obra del Señor? Tales sacrificios brindan placer a Dios porque se asocian con el Calvario (compara Filipenses 4:18 y Efesios 5:2). El Maestro dijo: “todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25) porque nunca nadie ha resultado perjudicado por rendir todo a Cristo.

¿Estás avanzando con Dios? Si has resbalado y caído, no te quedes allí postrado en autocompasión. Haz como el niño que, cuando le preguntaba cómo había aprendido a patinar tan bien, contestó: “Me levanté cada vez que me caí”.

¡Levántate! ¡Adelante!

No hay comentarios:

Publicar un comentario