domingo, 5 de mayo de 2024

Raíces y ramas

 Volverá a echar raíces abajo, y llevará fruto arriba, 2 Reyes 19.30. Creced en la gracia, y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, 2 Pedro 3.18

La naturaleza misma nos enseña que primero hay las raíces, después el desarrollo del árbol y al fin los frutos. Así es la vida espiritual.


Las raíces

Las raíces empiezan muy pequeñas y finas. Así es nuestra fe que empieza como semilla de mostaza, debajo de la superficie, la parte escondida de la vida espiritual. La vida secreta del creyente es la parte principal y es hacia abajo, cada vez más humilde.

Antes de salir del palacio de Faraón, Moisés era enseñado en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y obras. Al conocer a Dios, él llegó a ser muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra, Números 12.3. El apóstol Pablo se llamaba primeramente Saulo, y tenía por tocayo el rey de quien leemos en el Antiguo Testamento, un hombre de cabeza y hombros más alto que cualquier otro. Pero el Saulo del Nuevo Testamento tomó el nombre de Pablo, el cual significa “pequeño”. Su contacto íntimo con Cristo cambió al pretencioso fariseo en otro hombre.

Pablo mismo habla de tres grados hacia abajo en su experiencia personal, y así es crecer en la gracia: Yo soy el más pequeño de los apóstoles, 1 Corintios 15.9. Soy menos que el más pequeño de todos los santos, Efesios 3.8

La alimentación

“... que habite Cristo por la fe en vuestros corazones ... arraigados y cimentados en amor”, Efesios 3.17. Las raíces buscan alimento, no tanto para sí, sino para el árbol arriba. Ellas tienen el doble ministerio de alimentar y fortalecer a éste.

Como la firmeza del árbol depende de sus raíces, así con una persona: cuando la profesión de fe es sólo superficial, no puede durar. Las raíces del árbol se profundizan y se fortalecen, y es notable que, de acuerdo con la extensión de las ramas, así es la de las raíces abajo en la tierra.

El creyente que va llenando su cabeza con doctrina sin ponerla por práctica es como un árbol sin raíces. Es una maravilla como las raíces consiguen lo que es bueno y rechazan lo que es malo. Así el Espíritu Santo dirige el creyente en escoger lo que le conviene — “para que aprobéis lo mejor”, Filipenses 1.10 — y a rehusar lo que no le conviene. La conciencia del cristiano le indica la una y la otra. Cristo mismo es el hortelano; la Palabra es nuestro alimento; el Espíritu Santo aplica la verdad a nuestro corazón.

El crecimiento

“Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo”, Efesios 4.15. Aquí hay el crecimiento hacia arriba; el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo va llevándonos más cerca del cielo y más apartados del mundo. Al ir asimilando las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable, seremos sacerdotes suyos y anunciaremos sus virtudes.

Además de crecer hacia arriba, el árbol se extiende lateralmente con sus ramas que van en toda dirección, cada una llevando su fruto. Así debe ser el creyente en su desarrollo espiritual, no sólo creciendo sino llevando las gratas nuevas de salvación en derredor. El que se ha alimentado de la manera que hemos dicho, se interesa por repartir la Palabra impresa y decir la palabra en sazón a los que están perdidos y sin Cristo. Hay una advertencia solemne en Juan 15.2: “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará”. En cambio, “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”.

Gálatas 5 nos presenta una lista de las obras de la carne y otra del fruto del Espíritu. Este fruto consta de nueve cosas buenas, que aparecen en tres grupos:

Amor, gozo y paz para uno mismo. En comunión con nuestro Señor, ésta será nuestra porción rica; pero, cuando hay pecado sin confesar, mundanalidad o descuido en nuestros ejercicios espirituales, el creyente no goza de estas bendiciones.

Paciencia, benignidad y bondad. Este es el racimo que debemos tener para nuestros hermanos y también para los que no son salvos.

Fe, mansedumbre y templanza es la parte en nuestra vida que agrada a Dios. “Sin fe es imposible agradar a Dios”, Hebreos 11.6.

Que seamos árboles robustos, hermosos y fructíferos en la viña de nuestro Señor. Que no seamos higuera estéril, como la de la parábola que no dio nada en tres años.

Santiago Saword


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