miércoles, 1 de marzo de 2017

Meditación

“Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto. Pero muchos los vieron ir, y le reconocieron; y muchos fueron allá a pie desde las ciudades, y llegaron antes que ellos, y se juntaron a él... Jesús... tuvo compasión de ellos” (Marcos 6:31-34).


Por regla general nos enfadamos cada vez que nos interrumpen. Me avergüenzo al recordar todas las veces que me he impacientado con la demanda inesperada de alguien que me impedía llevar a cabo alguna tarea en que me ocupaba. Quizás estaba escribiendo, y las palabras fluían con facilidad. De repente sonaba el teléfono o alguien estaba a la puerta con necesidad de consejo. Era una intrusión inoportuna.
El Señor Jesús nunca se disgustó por las interrupciones. Las aceptaba como parte del plan de Su Padre para ese día. Esto daba un tremendo aplomo y serenidad a Su vida.
En realidad, la frecuencia con la que se nos interrumpe indica el grado de nuestra utilidad. Un escritor del Digest Anglicano dijo: “Cuando te exasperes con las interrupciones, trata de recordar que su misma frecuencia muestra lo valioso de tu vida. Solamente a aquellos que son fuertes y pueden ayudar se les carga con las necesidades de los demás. Las interrupciones que nos enfadan son credenciales que manifiestan la importancia de nuestro servicio. La condenación más grande en la que podemos incurrir, y es un peligro contra el que debemos guardarnos, es llegar a ser demasiado independientes, tan inútiles, que nadie jamás nos interrumpa, hasta que finalmente se nos deja solos por completo”.
Todos nos sonreímos nerviosamente cuando leemos del incidente ocurrido a una ocupada ama de casa. Cierto día en que su agenda se desbordaba de actividades, vio que su esposo llegaba a casa más temprano de lo acostumbrado. “¿Qué estás haciendo aquí?” le preguntó con enfado apenas disimulado. “vivo aquí”, contestó el marido con una sonrisa dolida. Ella escribió más tarde: “Desde aquel día me he sentido con la obligación de dejar a un lado mi trabajo cada vez que mi esposo llega a casa. Le doy una amorosa bienvenida y le hago saber que él es realmente lo más importante”.

Cada mañana debemos encomendar el día al Señor, pidiéndole que arregle cada detalle. Si alguien nos interrumpe, es porque él ha enviado a esa persona. Debemos averiguar cuál es la razón y ministrarla. Esa podría ser la actividad más importante del día, aun si viene disfrazada de interrupción.

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