domingo, 1 de junio de 2014

ABRAHAM, AMIGO DE DIOS

 (Juan 15: 8-17; Santiago 2: 20-23)
           


Consideremos las palabras del Señor a Sus discípulos en Juan 15: 8-17, palabras por las cuales revela la relación de "amigos" en la cual les introduce, y también la obra que quiere realizar en sus corazones para que gocen plenamente de esta relación. ¿Qué dice el Señor? Nos llama "amigos". "Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer." Esto es lo que distingue a un amigo: le doy a conocer todo. ¿Tenemos un amigo, alguien a quien damos este título? Sin duda, conocemos a muchas personas a quienes estimamos y a quienes manifestamos nuestro afecto. Pero, entre ellas hay solamente algunas, una o dos tal vez, a quienes damos el título de amigos. ¿Por qué? Es que un amigo verdadero es alguien en quien tenemos una confianza tal que no le escondemos nada, pues estamos seguros de que no abusará de nuestra confianza y guardará para sí todas las cosas que le confiemos en la intimidad. Si nos traicionara, se acabaría nuestra amistad con él; nuestro corazón sería tanto más sensible cuanto que nuestra amistad habría sido más real y viva. La amistad traicionada es una cosa que no podemos aguantar.
Pues bien, el Señor nos coloca en la relación de amigos con Él, y es una relación amplia e íntima. A algunos de nuestros amigos les diremos ciertas cosas; a otros les confiaremos algo más. Pero para que nos confiemos plenamente en un amigo, es necesario que nuestra amistad con él no tenga límites. Esto es lo que caracteriza nuestra relación con el Señor: "todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer."
Pero, como sabemos, una amistad ha de ser mutua. Por eso, Jesús dice en el versículo 14: " Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando." Es necesario que la obediencia nos caracterice, como Él se caracteriza por la fidelidad. Y ¿quiénes son aquellos a quienes el Señor escoge para hacer de ellos sus amigos? ¿Quiénes son? Lo sabemos los creyentes, y al pensar en el amor de Dios hemos de humillarnos hasta el polvo. Sus "amigos" son aquellos que no tenían inteligencia, estaban sumidos en el pecado, bajo el poder de Satanás, arruinados hasta tal punto que habían perdido el conocimiento moral de Dios y no discernían lo que Dios ha hecho en este mundo como Creador. ¿Dónde está la inteligencia? ¿Dónde están la sabiduría y la ciencia del hombre? Las cosas que debería conocer, ya que fue creado por Dios, son aquellas en las cuales está más degradado. Pero, los creyentes somos amigos de Dios. No olvidemos, sin embargo, que para llegar al disfrute o gozo de esta relación, hemos de pasar mucho tiempo en la escuela de Dios.
La historia de Abraham nos presenta algo de esta educación por la cual Dios hace pasar los creyentes. Observemos, de paso, que en toda la Palabra, no hay más que una persona, de la cual se ha dicho que su fe le fue contada, o "imputada por justicia" (Génesis 15:6). Lo vemos en el libro del Génesis; Dios no lo dice de otros hombres, pero lo repite en la epístola a los Hebreos.
¿Cuál era el nombre que Dios le daba a Abraham? ¿El hombre bendito de Dios? Lo era. ¿El hombre que recibió las promesas? También lo era. ¿El hombre que conoció al Dios Todopoderoso? Era verdad. Pero Dios no le llama así; le llama "su amigo". Pero, para que llegase a comprenderlo y a gozar de esta relación, tuvo que pasar, durante años, por muchas experiencias y pruebas. Dios había decidido hacer de él Su amigo. Abraham no lo comprendía. Por eso empezó para él su educación en la escuela de Dios, y Dios le dijo: "Vete de tu tierra y de tu parentela" (Génesis 12:1). Quería bendecirle; era una cosa preciosa, y bien comprendemos que el corazón de Abraham se aferra a esta promesa de bendición. Abraham creía que Dios quería bendecirle; pero Dios quería hacerle comprender que Él mismo se encargaba de todo. Examinemos su vida.
Abraham pensó: «Dios me llama a dejar la casa de mi padre, bien; pero ¿por qué no llevaría conmigo a aquellos que la componen?» Y, en efecto, salieron todos juntos. Dios no dijo nada. Pero, al llevar a su padre con él, era evidente que era su padre quien conduciría la marcha. Leemos: "Y tomó Taré a Abram su hijo…" (Génesis 11:31). Y no leemos: «Y tomó Abraham a Taré...» Pues bien, esto no concordaba con el plan de Dios. No habiendo Taré recibido un llamamiento de Dios, él anda hasta estar cansado, y se detiene, no va más lejos. Y cuando él se detiene toda la caravana se detiene también.
Este es el primer paso en falso de Abraham. Cuando el corazón confía en la bendición, no tiene dirección práctica, y la bendición no impide el yerro. Se quedó pues en Harán; allí adquirió mucha riqueza, muchos bienes, sus rebaños se multiplicaron. Y Abraham pensaba: «estamos gozando de la bendición de Dios...» Murió su padre. Entonces, Abraham tomó la decisión de salir de Harán, y de ir a la tierra que Dios le había prometido. Tenía setenta y cinco años. Entonces es cuando Dios empieza a contarnos su historia; entonces Abraham camina en la dependencia de Dios y prosigue su camino hasta que llega a Canaán.
Pero había llegado el momento de arreglar y juzgar lo que había pasado en Harán. Allí, Abraham había adquirido muchos bienes. Sobrevino un hambre rigurosa, y todas aquellas riquezas fueron un estorbo para él.
¡Cuántas veces ocurre esto! Cuando uno goza de la bendición de Dios en una mala posición, todas aquellas cosas llegan a ser un estorbo. Es necesario que Dios ponga Sus propios pensamientos en nuestros corazones para dirigirnos; y si añadimos nuestros pensamientos, un día u otro debemos juzgarlo.
Muchas almas hacen esta experiencia, y llegan a decir: Recuerdo un tiempo en que me parece que gozaba mucho más de las cosas de Dios, y en que todo iba mejor para mí. No comprenden que no estaban en la posición que Dios deseaba para ellos, y que Él quería hacerles juzgar todas las cosas en las cuales habían andado hasta entonces.
Sobreviene el hambre en aquella tierra. Abraham considera entonces la dificultad con sus propios pensamientos: ¿Habrá un país en el cual no haya necesidad de la lluvia para fertilizar la tierra? Así es como razona. Luego sale para Egipto, donde está a punto de perder a su mujer. ¿Qué hubiera sido entonces de las promesas de Dios? Obrar sin Dios puede tener fatales consecuencias; se arriesga todo para tener una mejor posición. Abraham lo estaba perdiendo todo; entonces, Dios le reprende y le pone de nuevo en el buen camino. Sube de nuevo a Bet-el donde hace un altar, exactamente en el mismo lugar que antes. Viene después el momento en el cual Abraham y Lot deben separarse. Esta vez. Abraham ya no repara en la bendición exterior, material, mientras que Lot elige el único lugar de Canaán parecido a Egipto, y se establece en Sodoma. Obrar así era buscar una bendición tangible, en vez de quedarse en el camino del Señor, y, por consiguiente, vemos su fin tan triste. Pierde todo, allí donde había ido con muchos bienes y rebaños. En cambio, Abraham permanece solo en una tierra en la cual no había nada que atrajera los sentidos. Entonces, Jehová le dice: "toda la tierra que ves, te la daré a ti y a tu simiente" (Génesis 13:15 – VM). Dice Dios: "y a tu simiente"; había algo más que en la promesa de bendecirle. Es que Dios quería impedir que Abraham hiciera otro paso en falso. Dios había guardado hasta entonces esta promesa de posteridad, para dirigir los pensamientos de Abraham hacia Él, y no hacia la bendición de la cual era el objeto. Luego le hace encontrar a Melquisedec, y es como si le colocara más cerca de Él. Después le dice: "No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande" (Génesis 15:1). Abraham responde: "Señor Jehová, ¿qué me darás…?" ¿Era ésta la pregunta de un amigo, de uno que confía plenamente? No; el corazón del patriarca sigue aferrado a la bendición. Entonces Dios le declara una cosa nueva: "Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia" (Génesis 15:5). La primera vez le había dicho que su posteridad sería "como el polvo de la tierra" (Génesis 13:16). En ambos casos se trata de una cantidad inmensa, ilimitada; con todo, cuando es cuestión de una posteridad gozando de bendiciones terrenales, es comparada con el polvo de la tierra, mientras que cuando se trata de una posteridad que tenga su herencia en el cielo, Dios se sirve de las estrellas como punto de comparación. Aquel pueblo gozará de una bendición según el corazón de Dios.
Pero transcurren los meses, pasan los años sin que Abraham vea el cumplimiento de las promesas de su Dios. No se produce ningún cambio. Cada noche, cuando sale de su tienda y levanta la vista al cielo, las innumerables estrellas parecían decirle: «tu descendencia será como las estrellas del cielo.» Y en esta larga espera, ¿desfallece su fe? ¡No!, porque está escrito: "Abraham CREYÓ A DIOS, y le fue contado por justicia" (Santiago 2:23).
Largo tiempo después —pues Abraham había gozado de su hijo Isaac durante muchos años— Jehová le dice: "Toma ahora a tu hijo, tu ÚNICO,... y ofrécelo allí en holocausto" (Génesis 22:2). Reparemos en esta expresión: tú único; Dios no hacía caso alguno de Ismael; pero le pide a Abraham que entregue en Sus manos todo cuanto le había dado hasta entonces, aquel en quien descansaban todas las promesas de Dios. Abraham le había preguntado a Dios: "¿Qué me darás?"; ahora es Dios quien le pide: «Dame todo, ofrece a tu hijo, tu único.» ¿Qué le quedaba, pues? Dios SOLO. Tal era el punto, el estado, hasta el cual Dios le había conducido, paso a paso, para llevarle a confiarse plenamente en Él. Abraham obedece. Pero Dios le detiene en el momento mismo en que iba a degollar a su hijo. "Dios se proveerá", había dicho Abraham; y Dios le da la plena certidumbre de que lo hará, y se reserva el dar la plena explicación o significación de lo que había dicho.
Después de esto, el ángel de Jehová le dice a Abraham: "Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar" (Génesis 22: 16-17). Finalmente era llevado a esta posición de "amigo" a la cual Dios deseaba conducirle (Santiago 2:23). Pero, como lo vemos, fue llevado a esta posición paso a paso; no fue la obra de un día, sino de muchos años. Dios le había llevado a confiar plenamente en Él. Entonces, Dios y Abraham pueden mirar al mismo objeto. ¡Cuán precioso era, para Abraham, el poder gozar de todo lo que encerraba el corazón de Dios!
«No has perdonado a tu hijo», dice Dios, «pues bien, yo tampoco perdonaré a mi Hijo, mi Único» (Romanos 8:32). Él nos ha dado a Su Hijo, ¿cómo no nos ha de dar también todas las cosas juntamente con Él? Una vez entrado Abraham en la tierra prometida, Dios le habla de darle una descendencia numerosa como el polvo de la tierra, y luego le hace entrever una descendencia celestial... "numerosa como las estrellas de cielo". Finalmente, cuando está Abraham en el monte de Moriah, le habla otra vez de una descendencia numerosa como la arena que está a la orilla del mar. Se trata entonces de las naciones que serán bendecidas en Su nombre. De modo que tenemos a Israel, a la Iglesia de Dios, y a los gentiles, evocados, presentados poco a poco.
Pero —para terminar— notemos una cosa, y es que la revelación que Dios nos da de Sus pensamientos va mucho más allá de nuestros pensamientos, y, además, la bendición sobrepasa siempre lo que esperábamos. ¡Cuán precioso es, para los creyentes, saber que Dios obra de esta manera!
 "VIDA CRISTIANA", Año 1968, No. 95, y a su vez de “Gracia y Verdad”

LEGALISMO Y LIVIANDAD

Conscientes de nuestra responsabilidad, tanto para con nuestros lectores creyentes como frente a la verdad de Dios, quisiéramos pre­sentar una breve pero directa palabra de advertencia contra dos ma­les que vemos obrar entre los cristianos en el momento presente. Estos son el legalismo, por una parte y la ligereza o liviandad por otra.
         En cuanto al primero de estos males, hemos intentado en nuestros anteriores escritos, liberar las preciosas almas de un estado legalista, ya que este, en primer lugar, deshonra a Dios y luego, pervierte la propia paz y libertad del creyente.
         Nos hemos esforzado en presentar la libre gracia de Dios, el valor de la sangre de Cristo, la posición del creyente delante de Dios, pose­yendo una perfecta justicia siendo acepto en Cristo.
         Cuando estas preciosas verdades se aplican al corazón por el po­der del Espíritu Santo, han de librarse de cualquier influencia lega­lista.
         Sin embargo, ocurre a veces que personas que están aparentemente liberadas del legalismo caen en el mal opuesto, que es el de la liviandad. Esto suele acontecer cuando las doctrinas de gracia sólo se asimilan intelectualmente en lugar de ser introducidas en el alma por el poder del Espíritu Santo.
         Muchas verdades cristianas han sido aceptadas por personas que viven de modo muy ligero tocante a lo que profesan, estos son aque­llos casos donde no hubo un profundo trabajo de conciencia, donde no hubo una real humillación, donde no hubo una completa sujeción de la carne en la presencia de Dios.
         Cuando esto ocurre habrá de seguro ligereza espiritual de una for­ma o de otra. Habrá así un amplísimo margen para mucha clase de mundanalidad, una libertad otorgada a la vieja naturaleza, incompati­ble con el cristianismo práctico. Además de estas cosas, se manifes­tará una muy deplorable falta de conciencia en los detalles prácticos del diario andar:
- deberes olvidados,
- trabajo mal ejecutado,
- compro­misos no fielmente cumplidos,
- deberes religiosos tratados con frivo­lidad, cuando no burlados,
- contraer deudas y,
- permitir costumbres ex­travagantes.
         Todas estas cosas las encabezamos bajo el calificativo de liviandad, y son - por desgracia - demasiado comunes entre los que profesan lo que suele llamarse la verdad cristiana.
         Todo esto, lo sentimos profundamente, y quisiéramos tener nuestras propias almas, así como las de nuestros lectores cristianos, realmente ejercitadas delante de Dios a este respecto. Tememos que haya gran parte de falsa profesión, que nuestras actividades sean solamente una «fachada» o máscara, que haya gran escasez de formalidad, de vera­cidad y de realidad en nuestros caminos. Que no estemos suficiente­mente compenetrados con el genuino espíritu del cristianismo, o guiados en todas las cosas por la Palabra de Dios. Que no concedamos suficiente atención a tener los lomos «ceñidos con la verdad» y a vestirnos "con la coraza de justicia." (Efesios 6:14). Si seguimos este camino, el alma no tarda en caer, por cierto, en un malísimo estado, ya no reacciona su conciencia. Paulatina, pero seguramente, su sensibilidad moral se em­bota. No responde ya debidamente a las exigencias de la verdad. El mal positivo es tratado con ligereza y se aboca hacia la relajación moral. Lejos de tener el poder del amor de Cristo constriñendo e in­duciendo a hacer lo bueno, ya no hay siquiera el temor de Dios res­tringiendo y alejando de las obras del mal.
         Apelamos solemnemente a la conciencia de nuestros lectores acerca de estas cosas. El presente es un tiempo muy grave v solemne para nosotros los cristianos. Se requiere de nosotros formalidad, bondad, devoción y entrega a Cristo, pero esto no puede llevarse a cabo mien­tras no se hace caso de las exigencias de una justicia práctica.
         Hemos de recordar siempre que la misma gracia que libra efec­tivamente el alma del legalismo, es el único escudo que tenemos contra toda clase de liviandad.
         Muy poco habremos hecho a favor de un hombre, si le libramos de su estado legalista, es decir de estar bajo la ley, para dejarle emprender un camino ligero, fácil, descuidado e inconsciente. Y sin embargo, hemos notado muchas veces en la historia de las almas, este hecho desgra­ciado: una vez libradas de las tinieblas y la esclavitud, ellas se volvieron menos tiernas y sensibles. La carne está siempre dispuesta a cambiar la gracia de Dios en disolución, y por tanto ha de estar sujetada.
         Es preciso que el poder de la Cruz se aplique a todo lo que es la carne. Necesitamos mezclar las "hierbas amargas" a nuestra fiesta pascual. En otras palabras, nos hacen falta aquellos ejercicios profun­dos y espirituales que resultan de una verdadera compenetración del poder de los sufrimientos de Cristo. Necesitamos meditar más honda­mente en la muerte de Cristo, en Su Muerte como víctima bajo la mano de Dios, en su Muerte como «mártir»bajo la mano del hombre.
         Amado lector, este es a la vez el remedio tanto para el legalismo como para la liviandad. La Cruz en su doble aspecto, libra de ambas cosas. Cristo "se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre." (Gálatas 1:4).
         Por medio de la Cruz, el creyente está tan completamente librado del presente mundo malo, como absuelto de sus pecados. No es salvo con el fin de poder disfrutar del mundo, sino para ser separado del mismo. Pocas cosas hay más peligrosas para el alma como la combi­nación de la verdad cristiana con la mundanalidad, la comodidad y la indulgencia propia: el adoptar cierta fraseología de la verdad, cuando la conciencia no está en la presencia de Dios; una mera acep­tación intelectual de la posición sin ninguna relación formal con el estado práctico: profesar una clara doctrina sin guardar relación con su posición moral.
         Confiamos en que nuestros lectores comprenderán la presente amo­nestación: no nos consideraríamos fieles a nosotros mismos si no la hiciésemos. Es verdad que no es cosa agradable llamar la atención sobre los males prácticos: recordar el solemne deber de juzgarle a sí mismo; el aplicar a la conciencia las exigencias de la fe tradu­cidas a la práctica. Sería mucho más grato al corazón el desarrollar la verdad abstracta, de hacer hincapié sobre la libre gracia de Dios y la que ha hecho para nosotros; extenderse sobre la gloria moral del Libro inspirado, en una palabra, el insistir sobre los privilegios que son nuestros en Cristo.
         Pero hay momentos en que el verdadero estado de cosas entre cris­tianos pesa hondamente sobre el corazón e impulsa el alma a hacer un urgente llamamiento a la conciencia acerca de los asuntos de la marcha y conducta: y estamos persuadidos de que esta es la condición presente. El maligno está siempre activo y alerta. En estos últimos años el Señor ha arrojado mucha luz sobre su Palabra. El Evangelio ha sido pregonado con particular claridad y potencia. Miles de cris­tianos han sido librados de una condición legalista; y ahora el diablo está tratando de entorpecer el testimonio, induciendo a las almas a una condición ligera, descuidada y carnal.
         Es nuestro hondo sentimiento por estas cosas, lo que nos sugirió una palabra de advertencia acerca del "legalismo"  y la  "liviandad''.
De “Gracia y Verdad”

¿COMO DEBEMOS OBSERVAR EL DOMINGO?

No es suficiente que hayamos es­tablecido que el cristiano no tiene obli­gación de guardar el séptimo día de la semana; y tampoco es suficiente que sepamos que el domingo es él día ca­racterístico del cristianismo. Al evitar el error del sistema legalista de los ad­ventistas, debemos cuidar de caer en el error contrario del antinomianismo, indiferentes a la voluntad del Señor. De las Escrituras hemos aprendido ya que aunque no estamos bajo la ley, tampoco estamos sin ley, y no debemos abusar de nuestra libertad. “Porque vosotros, hermanos, a libertad ha­béis sido llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión a la carne” (Gálatas 5:13). “(Como libres, y no como teniendo la libertad por co­bertura de malicia, sino como siervos de Dios.” (1 Pedro 2:16).
El nombre domingo, o día del Se­ñor, es una indicación suficiente del carácter sagrado del primer día de la semana, y debemos observarlo como tal. El Nuevo Testamento no impone restricciones como las de la ley sabáti­ca, pero el cristianismo sincero se im­pondrá voluntariamente muchas res­tricciones, para honrar ese día que él Señor llama suyo. Observará las nor­mas y principios providenciales de la ley y les dará una aplicación más es­piritual, conforme al ejemplo del Se­ñor en Mateo 5, y de los apóstoles en sus epístolas (1 Corintios 9:9, 10, etc.). En nada debe mostrarse el cristiano infe­rior al judío, sino más espiritual y más devoto.
La ley decía: “Seis días trabaja­rás” y la obligación de trabajar no es menos costosa a un cristiano. Pero esta obligación se limitaba a seis días, y el principio providencial de un día de descanso en cada semana existe tanto para el cristiano como para el judío. No hay diferencia en su constitución física, y si trabaja con diligencia du­rante seis días, necesitará el descanso dominical. Su alma también necesita tiempo para recogimiento y refrigerio espiritual, y la observancia del domingo como “día del Señor” implica necesa­riamente la cesación de los trabajos se­culares en ese día. Debemos estar muy agradecidos a la Divina Providencia por las leyes civiles que favorecen la observancia del día de descanso, pero es de temer que muchos cristianos no aprecian debidamente este privilegio. Hasta se ha sabido de algunos que, a despecho de las leyes, han abierto sus negocios en el día domingo, dando así un testimonio pésimo, que los inconversos no han dejado de comentar Re­comendamos a los tales que lean con cuidado los primeros cinco versículos de Romanos 13.
En la ley del sábado también ve­mos cómo Dios hacía al israelita res­ponsable de ver que tuviesen su des­canso semanal no sólo sus hijos y la servidumbre de su casa, sino hasta los mismos animales (Ex. 20:10). ¿Y se­rá el cristiano menos considerado? An­tes bien, debe mostrarse más benigno e interesarse no sólo en el bienestar temporal sino espiritual de aquellos que dependen de él. Si es patrón, de­be eximir a sus empleados o sirvientes de la obligación de trabajar en el día del Señor, hasta donde sea posible, y si éstos son creyentes, debe darles fa­cilidades para asistir a los cultos, sa­biendo que los derechos de Dios son superiores a los de cualquier amo te­rrenal, y que en la iglesia se borran las distinciones entre siervos y libres. El culto de unos y de otros tiene el mismo valor, y ambas clases necesitan la ayuda espiritual del ministerio de la Palabra y de la comunión con los santos.
El obrero cristiano, si es concien­zudo, no trabajará voluntariamente en el día domingo, aun cuando se le pague doble sueldo. Tampoco hará trabajos adicionales en casa “para ganar un po­co más”, puesto que tendría que robar tiempo del día del Señor para hacerlo. Conviene recordar que “hay quienes se hacen ricos, y no tienen nada; y hay quienes se hacen pobres, y tienen mu­chas riquezas” (Proverbios 13:7). Debemos buscar la prosperidad que de Dios vie­ne, pues él ha dicho: “Yo honraré a los que me honran” (1 Samuel 2: 30).
Por más que sea conveniente o có­modo visitar el mercado en la mañana del domingo, la dueña de casa preferi­rá hacer sus compras el día anterior, y procurará dejar el trabajo domésti­co adelantado lo más posible, imitando así el ejemplo de los israelitas cuan­do Dios les daba el maná para dos días para que no tuviesen necesidad de re­coger o prepararlo en el sábado (Ex. 16:5, 22).
El cristiano leal ocupará el día del Señor para las cosas del Señor. Diré con el salmista: “Este es el día que hi­zo Jehová: nos gozaremos y alegrare­mos en “él” (Salmo 113:24). Dedicará sus horas al culto y servicio del Señor ex­clusivamente. No dejará de reunirse con la iglesia, cuantas veces haya cul­tos (Hebreos 10:25), y su deleite especial será la oportunidad de celebrar con sus hermanos la Cena del Señor, confor­me al ejemplo apostólico (Hechos 20:7). Para hacer esto dignamente, se exami­nará de antemano, y procurará estar “en el Espíritu en el día dominical” (Apocalipsis, 1:10). Meditará en la Palabra de Dios, en lugar de leer el diario o es­cuchar la radio, y si tiene hijos, se in­teresará en su educación espiritual. No hará viajes inútiles, ni saldrá simple­mente “a pasear”, pero irá tal vez una buena distancia, como Jesús, para consolar corazones tristes (Lucas 24:13- 15), o para anunciar las buenas nuevas (Mateo 28:10).
En fin, los privilegios del cristia­no son tantos y tan variados, que el día ha de parecer demasiado corto al que quiera hacer la voluntad del Señor, y no la suya propia. Del sábado fue es­crito: “Si retrajeres del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al sábado llamarse delicias, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no haciendo tus caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus palabras: en­tonces te deleitarás en Jehová” (Isa. 58:13); y el cristiano no debe hacer me­nos en el día del Señor Observándo­lo debidamente, encontrará incalcula­ble beneficio para espíritu, alma y cuerpo. Dará también un testimonio a los inconversos que confirmará eficaz mente el testimonio de sus labios. Se necesita este testimonio, más que nunca, en estos días, cuando los hombres son “amadores de los placeres más que de Dios”.
Es un hecho innegable que en los países donde se ha observado seriamen­te el día del Señor, esta práctica ha si­do un factor importante para el robus­tecimiento de la vida espiritual de los pueblos, como también para la prospe­ridad material. ¿Y quien dirá que el Se­ñor Jesús no merece que un día en sie­te sea dedicado exclusivamente a su servicio?
Senda de Luz, Febrero-Marzo 1979

Al trono majestuoso

Al trono majestuoso
Del Dios de potestad,
Humildes vuestra frente,
Naciones inclinad.
Él es el ser supremo,
De todo es el Señor,
Y nada al fin resiste
A Dios el Hacedor.

Del polvo de la tierra
Su mano nos formó,
Y nos donó la vida
Su aliento creador;
Después, al vernos ciegos,
Caídos en error,
Cual padre al hijo amado
Salud nos proveyó.

La gratitud sincera
Nos dictará el cantar,
Y en tiernos dulces sones
Al cielo subirá;
Con los celestes himnos
Cantados a Jehová
La armónica alabanza
Doquier resonará.

Señor, a Tu Palabra
Sujeto el mundo está,
Y del mortal perecen
La astucia y la maldad;
Después de haber cesado
Los siglos de correr,
Tu amor, verdad y gloria
Han de permanecer.
Isaac Watts, 1748

Meditaciones

“No tentarás al Señor tu Dios” (Mateo 4:7).


¿Qué significa tentar al Señor? ¿Es algo de lo que podemos ser culpables?
Los hijos de Israel tentaron al Señor al quejarse de la falta de agua en el desierto (Éxodo 17:7). Cuando dijeron: “¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?” dudaron no sólo de Su presencia divina sino también de Su cuidado providencial para con ellos.
Satanás tentó al Señor cuando lo desafió a que saltara desde el pináculo del Templo (Lucas 4:9-12). Jesús habría tentado a Dios el Padre si hubiera actuado así, porque habría ejecutado un truco publicitario, algo que estaba fuera de la voluntad del Padre.
Los fariseos tentaron al Señor cuando le preguntaron si era lícito dar tributo al César (Mateo 22:15-18). Pensaron que fuese cual fuese Su respuesta, tomaría partido por los romanos o por aquellos judíos que eran violentamente antirromanos.
Safira tentó al Espíritu del Señor al pretender dar la ganancia completa de la venta de una propiedad al Señor, cuando en realidad retuvo una parte para ella (Hechos 5:9).
Pedro dijo al concilio de Jerusalén que sería tentar a Dios el poner a los creyentes gentiles bajo la ley, un yugo que el pueblo judío mismo no había podido llevar (Hechos 15:10).
Tentar a Dios es: “ver cuán lejos se puede ir sin ser juzgados, abusar o presumir de Su misericordia, ver si cumplirá Su Palabra o se extenderá hasta los límites del juicio (comp. Deuteronomio 6:16; Mateo 4:7)” (Toussaint).
Tentamos a Dios cuando murmuramos o nos quejamos, porque al hacerlo estamos dudando de Su presencia, poder o bondad. Estamos diciendo que no conoce nuestras circunstancias, que no le importan o que no es capaz de librarnos.
Tentamos a Dios cuando nos exponemos innecesariamente al peligro y esperamos que nos rescate. A menudo leemos de creyentes equivocados que manipulan serpientes venenosas y mueren como resultado. Su argumento consiste en decir que Dios ha prometido seguridad en Marcos 16:18, “Tomarán serpientes en sus manos”. Pero esto fue planeado para justificar cada vez que ejecutamos un milagro sólo cuando sea necesario para llevar a cabo Su voluntad en y por medio de nosotros.
Tentamos a Dios cuando le mentimos, al profesar una mayor dedicación, sacrificio y compromiso del que realmente deseamos dar. Así como los fariseos tentaron a Cristo con su hipocresía, así lo tentamos con la nuestra.
Finalmente tentamos a Dios cada vez que nos salimos de la esfera de Su voluntad para nosotros y actuamos obstinadamente.
Es inaudito que una criatura desee o se atreva tentar a su Creador o que un pecador insulte a su Salvador.
William Macdonald

“Cumplido está” Pensamientos sobre el Salmo 22 (Parte VI)

«Tú destruiste todo el esfuerzo del infierno y de la muerte»


Después de los versículos 16 a 18, tan destacables por su precisión profética, de la cual Cristo debía conocer toda la realidad "a fin de que se cumpliese la Escritura ", él apela a aquel que había sido su fuerza durante toda su vida (v. 19 a 2 l ). En Getsemaní "ofreció oraciones y también súplicas, con vehemente clamor y lágrimas, a aquel que era poderoso para librarle de la muerte" (Hebreos 5: 7). A él se dirige aún, en la hora misma en que deberá exclamar: "¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? ". Ya le hemos oído decir, en el versículo 11: "¡No te alejes de mí!". Repite esta súplica en el versículo 19: "¡Mas tú, oh Jehová, no te alejes...!" No dice "Dios mío", sino "Jehová", ¡tú que no cambias, tú que siempre eres fiel, tú que siempre has sido mi fuerza y mi liberación! Estas ardientes plegarias del Señor ¿quién las podrá sondear jamás? ¿Quién podrá medir la angustia y el horror de su alma durante esas horas tenebrosas? "¡Jehová, no te alejes!". Sentía que Jehová se alejaba de él, que estaba obligado a alejarse.
Se ve qué terrible asalto dirigía Satanás contra Cristo durante esas horas de las cuales el Señor había dicho a los hombres, instrumentos de Satanás, venidos para arrestarle: "...ésta empero es la hora vuestra, y la potestad de las tinieblas" (Lucas 22:53). Como otrora el filisteo con todas sus armas, el Enemigo avanza aquí con un completo arsenal de violencia, de maldad, de malicia y de corrupción. ¡Qué grito de dolor escapa del corazón del Señor en ese momento! Siente todo el furor de Satanás, su rabia, su odio en sus múltiples formas. Entonces exclama: "¡Sálvame de la boca del león!"
No parece, hablando con propiedad, que se pueda llamar combate a lo que pasó en la cruz entre Cristo y Satanás. En efecto, aquí no hay lucha, como en el desierto, cuando Jesús respondía al adversario por medio de la irresistible espada de la Palabra de Dios, o como en Getsemaní, donde la angustia del combate hacía manar su sudor como gotas de sangre que caían sobre la tierra. Satanás lo asalta, por cierto, y desesperadamente, pero se ensaña contra un Cristo sin defensa, quien no tiene más batalla que librar, ya que ha aceptado la copa, por lo cual no le opone ninguna resistencia. Las flechas y los dardos encendidos del príncipe de las tinieblas se agotan en vano contra la perfección de nuestro Señor Jesucristo. De esta extraordinaria manera fue obtenido el más clamoroso triunfo, una victoria no consignada en los anales de los pueblos, pero que exaltará durante la eternidad el cántico de los rescatados. « ¡Tuya, Jesús, fue la victoria en la cruz!».
Aunque es preciso ser prudente en la interpretación de las expresiones que describen los diversos sufrimientos del Señor, parece que se puede ver en la espada, en el poder (1) del perro y en la boca del león lo que Cristo soportó respectivamente de parte de Dios, de los hombres y de Satanás. La espada de Jehová se despertó contra el hombre socio suyo (Zacarías 13:7). Recordamos que el grito del primer versículo fue lanzado al final de las tres horas sombrías, hacia la hora novena. Cuando el Señor, presa de los dolores provocados por los hombres y Satanás, grita a Dios, es para comprobar que tampoco de ese lado hay algo para él; y no sólo que no hay nada a su favor (En francés (versión J.N.D.): "la patte" (la pata)) volviéndose hacia Dios, sino que Dios está contra él. Precisamente allí está lo que ha sido llamado el «misterio de misterios». Su grito hacia Dios ante el sufrimiento, recibió por respuesta el desamparo y la cólera. En el curso de su vida, como ya ha sido señalado varias veces, Cristo, por más humilde y desprovisto que haya sido -pues fue un hombre desprovisto, ya que su vida entera es la de un hombre que no tenía nada- en el curso de su vida tuvo a Dios consigo, y dio pruebas de fuerza y de poder al cumplir en ella innumerables milagros. Pero aquí, en la cruz, no hay el menor despliegue de poder exterior de su parte, no hay ningún milagro; sólo debilidad. Por eso dice él "mi fuerza", asumiendo la debilidad humana de una manera absoluta. La cruz era eso para Cristo: el sentimiento de una debilidad completa y de una debilidad aceptada. Fue crucificado -como está escrito- "en debilidad" (2 Corintios 13:4). Como ya lo hemos considerado un poco, durante estas horas no vemos ningún ejercicio de poder, ningún rasgo de cualquier clase de heroísmo, ningún arranque de voluntad como lo tienen los hombres, sino el abandono de toda voluntad, la aceptación consciente de todo lo que debía encontrar. ¡Y pensar que el Señor -quien ante todo era Dios, creador de todo, y quien tenía entre sus manos todo poder- aquí confiesa su debilidad! Es una maravilla moral que se agrega a las otras suyas. Ya no esconde más su debilidad, como así tampoco escondía su vergüenza. En eso también brilla su total perfección.
           Como se ha dicho, ha habido fieles que experimentaron, en el curso de los tiempos, algo de esta vergüenza en una muerte ignominiosa, pero hay entre ellos y el Señor una diferencia inmensa, además de lo que se refiere a la perfección: los santos siempre pueden contar, en el momento de la prueba, con el auxilio de Dios, mientras que Cristo debió probar que Dios estaba contra él. Incluso a causa de ello todos los cristianos pueden estar seguros de que Dios no los abandonará jamás; no los abandonará jamás porque abandonó al único que merecía no ser abandonado. No hemos terminado de meditar acerca de este punto, pues lo haremos eternamente. Es de la mayor importancia que la Iglesia, en cada asamblea local, no lo olvide.

domingo, 4 de mayo de 2014

UNA EXPERIENCIA GLORIOSA (Gálatas 2:20)

1. Crucificados con Cristo. (Romanos 6:6-11)
2. Sepultados con él por el bau­tismo. (Colosenses  2:12)
3. Resucitados por él por poder. (Efesios 2:6)
4. Herederos con él por gracia. (Romanos 8:17)
5. Sentados juntamente con él. (Efesios 2:6)
6. Esperando su retorno por fe. (Filipenses. 3.-21; 1 Juan. 3:2)
7. Morando con él para siempre. (1 Tesalonicenses 4:17; Juan 14:1-3)

Sendas de Luz, 1979