domingo, 6 de julio de 2014

Doctrina. El Hombre (Parte VII)

VII. La caída del hombre


La doctrina de la caída del hombre no es peculiar al cristianismo. Todas las religiones la contienen de alguna manera, y reconocen este hecho grande y terrible. Aunque no hubiéramos tenido el relato que se encuentra en Génesis 3, hubiera quedado siempre el problema de la caída y el pecado.
Sin embargo, la doctrina de la caída está relacionada con el cristianismo en una forma en que no está relacionada con otras religiones. El carácter moral de Dios, como se nos presenta en la religión cristiana, sobrepuja con mucho la idea del Ser supremo que ofrecen otras religiones, y de esta manera realza e intensifica la idea del pecado.
Cuando el hombre considera el noble carácter  de Dios, como nos lo presenta el cristianismo, y mira después la doctrina del pecado, encuentra difícil  reconciliar el hecho de que Dios, siendo el Ser moral que es, haya permitido que el pecado entrara en el mundo. Para algunos estas dos cosas son irreconciliables, y  dirán que la caída del hombre es una vieja fábula babilónica, pero sólo tenemos que observar detenidamente al hombre para verlo trabajar por el pan, debilitarse en sus enfermedades, y morir en su miseria, para darnos cuenta de que él ha tenido una caída. "Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron" (Romanos 5:12).
Analicemos brevemente el texto bíblico de Génesis 3.  Encontramos:
La Prueba
“Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”  (Génesis 2:16-17).
La orden era clara y precisa de parte de Dios. Podían alimentarse de todos los frutos que produce el huerto y de las semillas, pero de este árbol en particular ellos NO  debían comer, no porque el fruto fuese malo o venenoso, sino porque Dios había ordenado que de ese fruto no se comiese. El mandato estaba dado, la ordenanza era clara, por lo cual lo único que debía hacer Adán (y Eva) era cumplir lo establecido.
Tenemos en este versículo que por primera vez se menciona la muerte como resultado de una acción. Y este resultado tenía tres facetas que manifiestan la ruina completa del hombre:
(1)  La muerte espiritual: La separación de Dios.
(2)  La muerte física: La separación del cuerpo.
(3)  La muerte eterna (segunda): Sufrir la ira de Dios para siempre en el lago de fuego.
Relato Bíblico
El  relato bíblico nos indica que un animal, la serpiente, era muy astuta.  No se presentó como quien era realmente[1]. El enemigo de Dios usó a un (o forma de o disfraz de) animal para atacar. Y atacó a Eva sagazmente en diversos aspectos de una sola vez:
·                    La curiosidad para lograr su cometido.   Lo más probable que la sedujo con sus colores, y como Eva la vería todos los días y los animales no le tenía miedo, y de seguro Adán y Eva entendían el lenguaje de  los animales, por esto Eva no se asustó y la escuchó.
·                    Presentó la orden del Señor en forma negativa, mintiendo, ya que tergiversa la misma orden: “¿Conque Dios dijo: No comáis de ningún árbol del huerto?“. Eva contesta no de acuerdo a la pala­bra dicha por el Señor: “más del árbol de la ciencia del bien y del mal, no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás.” Es decir, no citó correctamente las palabras de Dios, sino que dijo: “más del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni tocaréis en él, para que no muráis.”
Analicemos los puntos en que consiste la caída del hombre:
1.- Ante la  remetida  de la serpiente, la respuesta de la mujer fue: “Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él,  ni le tocaréis,  para que no muráis” (Génesis 3:2-3).
El mandato de Dios era claro y preciso: “Y mandó Jehová Dios al hombre,  diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás;  porque el día que de él comieres,  ciertamente morirás”  (Génesis 2:16-17).
La mujer no conservó en su pureza la orden de Dios, ya que agregó de su parte a la ordenanza. “…Ni le tocareis”, había agregado. Podemos inferir que ella había estado otras veces cerca de aquel árbol mirando su fruto, deseando tocarlo. Es muy probable que ella hubiera sido observada por Satanás, y éste  aprovechó a la serpiente  para acercarse a ella. Y en el momento que la serpiente le habla,  ella hubiera ido a mirar el fruto prohibido.
2.- No Moriréis…  La serpiente Plantea todo contradiciendo lo que Dios había establecido en su decreto. El Decreto era si Comes… Mueres. La serpiente estaba derechamente decretando lo contrario: “No Moriréis”. Y hace más aún, le da un aspecto positivo al hecho de desobedecer al mandato divino, cuando en la realidad sería el hecho que los separaría para siempre del cobijo de Dios. Las consecuencias que tuvo fueron claras: Murieron, primero espiritualmente posteriormente físicamente. Definitivamente, los ojos fueron abiertos y descubrieron con horror el bien y el mal. Sabían al igual que Dios, el bien y el mal, con la única diferencia es que estaban al lado opuesto, una inmensa sima nos separaba: es infranqueable.
3.- Como resultado del engaño, Eva estiró  la mano y cortó el fruto:
1.      Vio que era bueno
2.      Que era Agradable
3.      Codiciable para alcanzar sabiduría
4.      Tomó… comió.
5.      Dio al hombre.
Podemos decir que si Eva hubiera tenido bien puesta su fe, no hubiera deseado comer del fruto. Vio que el fruto del árbol era agradable a los ojos, lo que quiere decir que tenía un bonito color y a ella, tal vez, le apetecía probar ese fruto, y sin pensar en el mandato de Dios y en sus consecuencias en la transgresión que estaba cometiendo, lo cortó del árbol y comió.
Si  en la mujer fue falta de Fe y confianza en el mandato, en  Adán queda patente que fue más desobediente, ya que co­mo imagen de Dios, debía haber puesto cordura a su esposa y haber desechado la idea de la mujer de comer del fruto. Fue débil y comió en forma deliberada, a sabiendas que no debía hacerlo. Adán y Eva se hicie­ron pecadores, y por ser hijos de ellos, también lo somos.
Entonces, se cumplió el castigo de la desobediencia, habían muerto para Dios (y esta muerte es eterna, ya que Dios es sin pecado y no lo tolera). Como consecuencia de esta desobediencia, el hombre y la mujer se dieron cuenta que estaban desnudos: “enton­ces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (Génesis 3:7).
“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Gen 3:8). 
Era costumbre de Dios caminar y conversar con Adán; y cuando éste escucha la voz del crea­dor que lo llama (“¿Dónde estás tú?”), por primera vez tiene miedo, miedo que le induce a escon­derse. El Miedo y la vergüenza de estar desnudos ante el Creador delataban que el pecado  reinaba en ellos.
El hombre no puede negar la respuesta a su creador: “Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”. Dios que sabía lo que el hombre había hecho, por lo cual su pregunta fue directa: “¿Quién te en­señó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”.
El ser humano siempre tiene escusas para todo. En vez de reconocer que de uno es la falta siem­pre le echa la culpa a otro. Dios le pregunta a Adán y culpa a la mujer que le dio de comer el fruto. Y cuando le pregunta a la mujer, ésta culpa a la serpiente que la engañó.

Interpretaciones del relato
El análisis de este pasaje ha dado diferentes interpretaciones con respecto a la caída del hombre. Encontramos tres tipos de interpretaciones, a saber:
1.                 Alegórica[2]: Esta interpretación ve el relato del siguientes modo: Adán es la parte racional del hombres; Eva, la parte sensual, la parte sensitiva, en relación a los sentimientos; la  serpiente, a las incitaciones externas del mal. Pero la misma sencillez y falta de artificio del relato se opone a este punto de vista.
2.                 Mito: Es una verdad revestido de forma poética, algo extraviado en las arenas del tiempo, de tradiciones de un pasado perdido. ¿Por qué se han de tratar unos pocos versículos de esta forma y no todo el capítulo? Otros quieren preservar la “verdad” del relato sin tener que aceptar su confiabilidad  histórica
3.                 Interpretación literal: El relato se lee tal cual es, en su sentido es perfectamente natural, lo mismo que se hace con las demás partes del mismo capítulo. El relato indica por sí mismo que se debe tomar literalmente, ya que es parte de un libro histórico. Los lugares mencionados con la historia son reales e históricos. La maldición echada al hombre, a la  mujer y a la tierra es ciertamente literal, es un hecho que la muerte se encuentra en el mundo como la paga del pecado.
Sin lugar a dudas  Cristo y los otros escritores bíblicos consideran el hecho como literal e histórico (Ver Mateo 19:4; Marcos 10:6; 2 Corintios 11:3; 1 Timoteo 2:13-15; 1 Corintios 15: 21–22, 56). Pablo enfatiza la historicidad del pecado de Adán en Romanos 5:12–21. Él repetidas veces lo compara con lo que Cristo hizo en la cruz.  Muchos que entienden que Génesis 3 es una leyenda, una poesía, un mito verdadero, o cualquier otra cosa, no niegan la historicidad de la muerte de Cristo (aunque puede que no estén de acuerdo en cuanto a su significado). Pero la comparación y el contraste de Pablo en el pasaje, demanda o que tanto las acciones de Adán como las de Cristo sean verdad o que ambas sean leyenda o mito. El aceptar la muerte de Cristo como histórica y no así el pecado de Adán es, para decir lo menos, forzar el pasaje hasta el punto de ruptura. Esto es precisamente lo que tratan de hacer los algunos “cristianos” con una teología diferente. No sólo aceptan la historicidad de la muerte de Cristo, sino que para ellos es el punto más alto de la revelación. Pero aun así, no aceptan el relato de Génesis 3 como histórico, aunque reconocen la verdad y realidad del  pecado. Pero si, de acuerdo a ese pasaje, Cristo y lo que El hizo están en la esfera de los hechos, entonces también lo están Adán y sus acciones.
Naturaleza de la caída
"Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos; y seréis como Dios sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella." (Génesis 3:4-6) Ahora bien, el fruto estaba bien, y era un buen fruto, teniendo solamente la prohibición de Dios detrás del mismo. Algunos contienden que fue algo mezquino de parte de Dios poner en obra la caída del hombre, pero nosotros preguntamos, "Caminando sobre la orilla, ¿cuántos pasos en falso hay que dar para caerse a un precipicio?"

a. Pecar es dudar del amor de Dios.
Al dudar del amor de Dios el hombre negó la benignidad de Dios, actuó separado de Dios y se convirtió en un pecador. "Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte." (Proverbios 14:12 cf. Isaías 55:6)

b. Pecar es dudar de la Palabra de Dios.
Al dudar de la Palabra de Dios el hombre negó la verdad de Dios; al negar su verdad, el hombre actuó a despecho de Dios y se convirtió en un criminal. "Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley." (I Juan 3:4)
c. Pecar es rebelarse contra la autoridad de Dios.
Al dudar de la autoridad de Dios, el hombre negó la deidad de Dios; al negar su deidad, el hombre se convirtió en un adversario de Dios. Por consiguiente, él se convirtió en enemigo de Dios y en un rebelde en el universo de Dios. "Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios." (Romanos 8:7-8)
La prueba le fue dada al hombre para ver si él permanecería fiel a Dios, o no. El hombre fracasó porque él quiso ser "como" Dios. El mismo diablo también cayó (Isaías capítulo 14) porque él quiso ser semejante al Dios Altísimo. Esto resultó en su caída, por lo que él plantó la misma semilla de ambición falsa en Adán y Eva para ver si ello ponía en obra la caída de ellos, y así fue.
Algunos preguntan, "¿Era Dios justo para con ellos?" Adán y Eva fueron advertidos y puestos de sobre aviso contra Satanás. Había solamente una prohibición en el huerto. Ellos no necesitaban del fruto porque no les faltaba nada. Así que no tenían excusa.
Resultado de la caída
I.       Los resultados inmediatos en Adán y Eva.
(1)             La vergüenza. "Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban... Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales." (Génesis 2:25; 3:7) Dios mismo está cubierto con una vestidura de luz (Salmos 104:2); y cuando El hizo al hombre, lo hizo a su propia imagen y semejanza. Por consiguiente, nosotros creemos que el hombre, originalmente, estaba cubierto de una vestidura de luz. Cuando el hombre pecó, el perdió su vestidura de luz, y se hizo una vestidura de hojas de higuera para reemplazar la que él había perdido. Desde aquel entonces, el hombre ha tratado de cubrir su desnudez por sus propios esfuerzos, pero no ha encontrado más que trapos de inmundicia.
(2)             El miedo. "Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí." (Génesis 3:10) El hombre todavía trata de esconderse de Dios.
(3)             La separación de Dios. No cabe duda de que el hombre perdió su naturaleza perfecta y la comunión íntima con Dios que antes tenía. No hay tal cosa como la "paternidad de Dios" ni la "confraternidad de los hombres" para el hombre natural, el hombre pecador.
(4)             La expulsión del huerto. "Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre y puso al oriente del Huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida." (Génesis 3:23-24) El hombre llegó a ser expulsado del huerto y un enemigo de Dios.
(5)             Perdió el señorío sobre la creación. En el principio Adán ciertamente era el gobernador de todas las criaturas terrenales. "Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar." (Salmo 8:6-8) Esto no es cierto con respecto al hombre actual. Él ha perdido ese señorío. Cristo se lo devolverá cuando El venga otra vez. (Hebreos 2 e Isaías 11)

II.    Los efectos remotos sobre la posteridad de Adán.
(1) El espíritu humano está entenebrecido. "Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón" (Efesios 4:17-18). El cuarto oscuro del entendimiento humano permanece entenebrecido hasta que el Espíritu Santo entre a iluminarlo.
(2) El alma está degenerada y corrupta. Los incrédulos, "... después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza." (Efesios 4:19 cf. Jeremías 17:9)
(3) El cuerpo está sujeto a enfermedad y muerte. "Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios." (Romanos 8:21)
El castigo divino del pecado.
Este castigo fue la expresión inmediata del juicio de Dios sobre:
(1)             La serpiente. "Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el calcañar." (Génesis 3:14-15) Satanás, en toda su majestad, no es considerado más que una serpiente. Esta es una metáfora, porque nosotros sabemos que las serpientes no comen polvo. El decreto de Dios para la serpiente, de que ésta comería polvo de la tierra todos los días de su vida, puso de manifiesto el menosprecio que Él tuvo hacia el diablo.
(2)             La mujer. "A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti." (Génesis 3:16)
(3)             La creación. "Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo." (Génesis 3:17-18 cf. Romanos 8:20-22)
(4)              El hombre. “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:17 – 19, cf. Génesis 5:29).
(5)             El último castigo que fue impuesto sobre la pareja inicial de la humanidad es el abandono inmediato del hogar que Dios los había albergado: no eran dignos de él. Y, además, bloqueo la entrada a aquel hogar  por medio de guardias, puso querubines para que no entrasen  y comiesen del árbol de la vida.
(6)              También tiene una expresión futura del juicio de Dios sobre los hombres, que es la muerte segunda, en el cual estarán todos los pecadores que no quisieron aceptar el medio de recate que Dios les prodigaba: La obra redentora de su Hijo Jesús. (Apocalipsis 21:8)
La provisión para el pecador.
Así como la justicia de Dios requiere que exista un Juicio, el amor de Dios, la misericordia de él, no podía permitir que el hombre se perdiera. Así que estableció hechos inmediatos y promesas futu­ras (que ya se cumplieron).
Les hizo vestidos. Ellos estaban desnudos y no podía dejarlos ir así a la inclemencia de los elementos, cu­briendo sus desnudes con hoja de Higuera. La palabra del señor nos dice: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Génesis 3:21). El personalmente les hizo ropa, para demostrarle su amor, que aun los amaba.  No obstante, debía derramarse sangre. "... y sin derramamiento de sangre no se hace remisión." (Hebreos 9:22) Ellos debían ser cubiertos con aquello que había muerto por sus pecados. De la misma manera, los pecadores de la actualidad tienen que ser cubiertos con la justicia de Aquel que murió por ellos.
Les prometió un Salvador (Redentor). En Génesis 3:15, se encuentra la primera promesa con  respecto a la venida del Señor Jesu­cristo. En ella se declara que la simiente de la mujer (el Señor Jesucristo) herirá la ca­beza  a la serpiente y ella le herirá el calcañar. Cuando el Señor moría en la cruz, era la apa­rente victoria de Satanás. Pero la aparente victoria se convirtió en derrota, ya que el Señor resu­citó al tercer día como lo había prometido.
Protección. ¿Se imaginan si Adán y Eva y sus descendientes hubiesen comido del árbol de la vida?  Esto significa que ellos vivirían por siempre, soportando la carga del pecado, lo cual sería horri­ble de soportar. ¿Por qué? Porque el pecado es una carga que nos va consumiendo poco a poco nuestra alma, llegando a ser seres horribles.  Por ejemplo, sólo basta ver a los homi­cidas y las vidas que llevan.




[1]  ¿Cómo sabemos que la serpiente es el Diablo? ¿Por qué suponer que era Satanás  el impulsor de esta serpiente? Por diversos pasajes que encontramos en el nuevo testamento. Apocalipsis12:9 y 20: Satanás es llamado la serpiente antigua.
[2] Alegoría (gr. allegorein, «hablar figuradamente»), es una figura literaria o tema artístico que pretende representar una idea valiéndose de formas humanas, animales o de objetos cotidianos. Por su carácter evocador, se empleó profusamente como recurso en temas religiosos y profanos. Fue usada desde la antigüedad, en la época del Egipto faraónico, la Antigua Grecia, Roma, la Edad Media o el Barroco.

“Cumplido está” Pensamientos sobre el Salmo 22 (Parte VII)

«La obra de gracia está terminada, Tú te has sentado en el lugar santo »


A partir del versículo 21, toda la escena cambia. Entramos en el terreno de las consecuencias ilimitadas de esta obra infinita, y la primera de todas -presentada sin demora- es la alabanza de Cristo hacia Aquel que lo libró en el momento preciso. El Señor alaba a Dios en medio de los santos porque Dios lo libró y nos invita a alabarlo con él, no ya porque nos haya salvado, sino porque resucitó a Cristo de entre los muertos.
Esta liberación de Dios, esta respuesta a Jesús, se puede decir que se manifestó de dos maneras. La primera, en que, al cabo de las tres horas de su desamparo, el Señor restableció la comunión con su Padre, ya que entonces deja de decir "Dios mío" y dice "Padre", como lo vemos en el evangelio de Lucas (23:46). La segunda fue su resurrección y su elevación a la diestra de la majestad en las alturas. Es la respuesta definitiva.
Después de las tres últimas horas, el Señor encomienda su espíritu a su Padre. La obra de la expiación está terminada. Pero falta solucionar la cuestión de la muerte y de su terrible poder. En la cruz, lo relativo al juicio de Dios y su cólera fue solucionado, al igual que lo referente a Satanás, pues, cuando el Señor exclama "¡Cumplido está!" ya ha logrado la victoria.
Pero aún había que apoderarse de las llaves de la muerte y del hades (Apocalipsis 1: 18); le faltaba pasar por los lugares a los que conducían las consecuencias del pecado. Una de esas consecuencias era la cólera de Dios, por la cual pasó Cristo durante las tres horas. Otra consecuencia era la muerte a la cual estaban sujetos todos los hombres. El Señor entra en la muerte, penetra en ese reino del hombre fuerte con el poder de una vida imperecedera. Entra en la muerte que no le podía retener y sale de ella despojando a Satanás de esta arma poderosa (Lucas 11:21-22; Hebreos 2:14-15), de tal manera que en adelante ella no es más nada para Cristo y para aquellos que están en él. Respecto a los demás hombres, por otra parte, la muerte está ahora en poder del Señor, pues él es "el primogénito de entre los muertos" (Colosenses 1: 18).
La manera en que Cristo entró en la muerte tiene mucha importancia. No murió bajo la cólera judicial, ya que primeramente recuperó el gozo de la comunión con su Padre. En segundo lugar, penetró en la muerte consciente de haber acabado completamente la obra, pues pudo pronunciar estas solemnes palabras: "¡Cumplido está!". Más aun, él da su vida exclamando a gran voz, prueba de que nadie se la quitaba, sino que la ponía de sí mismo a causa del mandamiento que había recibido de su Padre. Por último, su dependencia y su completa confianza brillan una vez más en este último acto que consiste en encomendar su espíritu en las manos de su Padre (Lucas 23:46). Pese a haber recibido tanto el poder de volver a tomar su vida como el de darla, la perfecta dependencia del Señor -si es posible penetrar en este misterio- no le permite ejercer este poder sin su Padre. La resurrección es presentada como una respuesta de Dios: "Me has respondido de entre los cuernos de los búfalos" (v. 21 - versión francesa de J.N.D.)
Cuando la hora de la prueba hubo terminado para Cristo, cuando el tiempo de su desamparo hubo llegado a su fin, llegó el de la liberación. Si Dios hubiera socorrido a su Hijo antes del momento preciso, nosotros no habríamos sido salvados. Por otra parte, su amor por él no permitiría que la prueba se prolongase un instante más que el necesario. (En nuestras pruebas, a nuestro nivel, podemos tener confianza en que la sabiduría de Dios, por un lado, y su amor, por el otro, darán a nuestros ejercicios exactamente la duración necesaria).
Lo que parece destacarse en estos versículos 22 a 24 es la expresión del inmenso cambio que el Señor experimentó al pasar de las horas terribles al gozo de la comunión con el Padre. Y él quiere que sus hermanos sepan qué Dios es aquel que le ha librado de las tres horas y de la muerte. Conoce y aprecia el interés que por su dolor sienten aquellos a quienes llama sus hermanos. "Óigate Jehová en el día de tu angustia" comienza diciendo el Salmo 20, y aquí, después de los sufrimientos, cuando todo ha transcurrido perfectamente, es el propio Señor quien exclama: "Ya me has respondido" (versión francesa de J.N.D.). El que intercedió por aquellos que temen a Dios -es decir, por sus hermanos- a fin de que no sean confundidos ni escandalizados a causa de su desamparo (Salmo 69:6), tiene, como bien lo comprendemos, mucha prisa por ir a anunciarles la maravillosa liberación de la cual acaba de ser objeto. Su amor esperaba de sus discípulos, como ahora lo espera de nosotros, un sentido y profundo interés por las cosas que le atañen y muy especialmente por esta respuesta que Dios dio a su fe. Y este aspecto de la alabanza es quizá demasiado raro. En nuestro culto no deberíamos dejar de bendecir a Dios por la manera en que libró a Jesús y, así, unirnos al gozo del Señor, quien adora y alaba a su Dios y Padre por ese cambio que ninguna lengua sabría expresar, del cual sólo él conoce la profundidad y que le hace pasar de la cólera de Dios a su más íntima comunión.
Si tuviéramos un más profundo sentimiento acerca de la prueba horrorosa a la cual fue sometido el Señor y si pensáramos más en su dolor, en su aislamiento, en su abandono, tendríamos más a menudo en nuestros corazones esta nota de alabanza para bendecir a Dios, quien liberó a Jesús de esas horas indescriptibles. Parece que ello no es frecuente en nuestro culto, pues bendecimos a Dios por lo que ha hecho por nosotros, pero muy poco por lo que hizo por Cristo. Las tinieblas, la cólera, el desamparo, y luego el pleno gozo del rostro de Dios como el que sintió Jesús, ése es el cambio que aquí se da a entender y que es celebrado. Y más aún podemos celebrarlo por cuanto, en cierta medida, este cambio es también nuestro, pues, sin haber sufrido el juicio de Dios, hemos pasado de la condición que merecía tal juicio al mismo favor del que ahora goza Cristo.
"Anunciaré tu nombre a mis hermanos". Él no sólo se da prisa por hacer conocer la liberación de la cual ha sido objeto, sino que quiere revelar a aquel que es el autor de ella, pues el nombre es la persona misma. Por cierto que el Señor había hecho conocer lo que era Dios antes de ir a la cruz, pero la plena revelación de Dios no fue hecha sino después de las tres horas. Todos los atributos divinos fueron manifestados en la cruz del Calvario. Antes de ella, la revelación de Dios por parte de Cristo había sido parcial; después de la cruz, esta revelación fue plena.
"He manifestado tu nombre a los hombres que me diste del mundo", dice el Señor en Juan 17:6, y más adelante: "Y les he dado a conocer tu nombre, y se lo daré a conocer" (v. 26). Aquí dice: "Anunciaré tu nombre". En la expresión "tu nombre" se siente todo el amor del Señor hacia el Dios de su liberación, un amor en el cual ahora desea hacer entrar, como su más caro deseo, a aquellos a quienes llama sus hermanos. Eso es lo que agrega Juan 17:26: "para que el amor con que me has amado, esté en ellos, yo en ellos". Sin embargo, este pasaje de Juan 17 es más general. Es lo que el Señor hizo durante su vida, tal como lo declara: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre", y es lo que continúa haciendo. Pero, en el versículo de nuestro salmo -citado en Hebreos 2- hay un hecho más preciso: el Señor quiere llenar el corazón de sus hermanos del gozo que hay en el suyo, un gozo vinculado a la liberación de la cual he sido objeto y que es también la de ellos. Él les da a conocer al Dios Salvador.
"Anunciaré tu nombre a mis hermanos" es como si el Señor dijera: «Iré a decir a mis hermanos qué libertador hallé en ti; voy a hablarles de ti tal como yo he aprendido a conocerte en la liberación de la cual he sido objeto». Es la gracia maravillosa que el Señor nos abra así su corazón respecto a la manera por la cual -osaríamos decir- él aprendió a conocer a su Dios en sus liberaciones. Es cierto que Cristo, antes de haber sufrido y de haber sido escuchado, jamás había pasado por eso; tiene, pues, el corazón lleno de sentimientos y pensamientos que desea compartir con sus hermanos. ¡Qué prueba de ternura da al introducir así a los suyos en un tema tan precioso para su propio corazón! Y es aún más maravilloso si nos detenemos a pensar que, cuando el Señor tuvo que ser castigado y sufrir la cólera, no pudo compartir esta parte con nadie. Pero, cuando se trata de su gozo, él lo comparte con los suyos. Y ¡cuán dichoso se sentirá el Señor si, cuando le recordamos en su muerte y en su liberación, nos hacemos eco del gozo y de la alabanza que su corazón tiene para su Dios y Padre! Eso es lo que espera. Al meditar acerca de estas cosas, sentimos cuán pobres son nuestros cultos.
Es preciso no perder de vista que es un hombre quien habla aquí; es Dios, pero es un hombre, y a este hombre -que glorificó a Dios en su muerte y a quien Dios libró- están ligados todos los santos. La palabra "hermanos" tiene aquí un sentido más amplio que aquel que oímos entre nosotros en el sentido propiamente cristiano. Además, en el momento en que el Señor revela el nombre de su Dios y Padre, después de su resurrección, el Espíritu Santo no había venido y la Iglesia no había comenzado. Sin embargo, la cita de este versículo en Hebreos 2 permite aplicarlo al pueblo cristiano. La obra de Cristo nos ha hecho una familia sacerdotal. La bendición que se desprende de la obra de la cruz es ejercida respecto a todos los santos de otrora, pues Dios, por anticipado, pudo bendecirlos en Cristo, único mediador entre Dios y los hombres. Dios es nuestro Dios: ésa es la consecuencia de la obra de la cruz. Parece que la expresión "Anunciaré tu nombre a mis hermanos" no es solamente la revelación de que Dios es nuestro Padre, sino también el progreso que el Señor quiere hacernos realizar en cuanto al conocimiento y el disfrute de nuestro Dios y Padre, conocimiento que se profundiza en la medida en que uno se nutre de la Palabra y vive en comunión con el Señor. Y es también la revelación de Dios en nuestras propias circunstancias, tal como lo dice un cántico: «Para nosotros, él es un Padre».
Tal es, pues, la preciosa noticia que con tanta diligencia el Señor anuncia personalmente a los suyos. Los ángeles de la tumba dan testimonio de su resurrección, pero, en cuanto a la nueva relación en la cual desde entonces su obra colocó a los suyos y al conocimiento de su Dios y Padre, el Señor no confía a nadie más la tarea de informarles al respecto.
Éste es un conocimiento que conduce siempre a la alabanza. El Señor canta. "En medio de la asamblea te alabaré"; y él desea que nos asociemos a esa alabanza. ¡Con qué atención deberíamos procurar su dirección en ese servicio! "Cantaré con el espíritu..." (1 Corintios 14:15). ¿No es esto, en suma, cantar en armonía con el Señor?
Es evidente que, si nuestros corazones piensan seriamente en su sufrimiento y su muerte, como así también en su liberación y su gloria, tendremos entonces el oído atento para oír su voz y estar listos para seguirle, muy especialmente en la alabanza colectiva. Si, al contrario, nuestros corazones son livianos, poco sensibles a lo que Dios ha hecho por nosotros, no tendremos nada que expresar, ninguna nota que unir a su alabanza.
El Señor sólo tiene una cosa en vista: la gloria de Dios. —Yo te he glorificado en la tierra" (Juan 17:4). Eso es lo que tuvo ante sí toda su vida; en la resurrección, es también la alabanza y la gloria de Dios lo que él tiene en vista. Antes de la cruz, yendo al monte de los Olivos con sus discípulos, todos cantan un himno. Cuando todo está cumplido, entonces —en medio de la asamblea te alabaré".
En un mismo pensamiento asocia a su Padre y a sus hermanos. El vínculo queda establecido. Él piensa en Dios y piensa en los suyos. La obra de la cruz -no lo debemos olvidar nunca- es para Dios y es para el creyente.
Seamos humildes, considerando cuán a menudo nuestras actitudes, nuestras expresiones, nuestras actividades son convencionales. Eso se debe a que nuestro corazón no está verdaderamente cautivado por la gracia divina. Los conocimientos intelectuales no nos faltan, pero nuestro corazón está muy poco conmovido. Si él estuviese como debería estarlo ¡qué alabanza subiría hacia Dios y hacia Cristo a causa de su obra incomparable! Si supiéramos verdaderamente lo que es la gracia manifestada en Cristo, entonces nuestros corazones prorrumpirían en agradecimiento, en alabanza y en adoración.

domingo, 1 de junio de 2014

Pensamientos.

Es verdad que “los mares tranquilos nunca hacen a un marino”. La tribulación es el medio adecuado en el que se desarrolla la paciencia; las presiones de la vida ensanchan el corazón.                  
William Macdonald

LOS FILIPENSES

Durante su segundo viaje misionero, el apóstol Pablo llegó a Europa y se detuvo en Filipos (Hechos 16). La brillante antorcha del Evangelio que llevaba, encendió en esta ciudad muchos luminares. Y estos creyentes, ligados por el Espíritu Santo al cuerpo de Cristo en la tierra, formaron un testimonio local, una lámpara que difundió abundantemente su luz en medio de un mundo pagano.
Dentro de lo posible, el apóstol visitaba al menos dos veces a las jóvenes iglesias, para fortalecerlas en la fe y para corregir a tiempo los posibles desvíos de la verdad que pudiesen tomar. Por eso volvió a Filipos durante su tercer viaje misionero (Hechos 20:1-6).
Desde entonces, los años habían pasado y el após­tol se hallaba prisionero en Roma (Filipenses 1:17; 4:22. ¿Qué era de los filipenses? Jesús, su Señor y su gran Pastor, los habían cuidado en todos estos años y los había guardado. Pablo, su fiel siervo, tampoco los había dejado librados a sí mismos. Siempre, en todas sus oraciones, había intercedido por ellos ante el trono de la gracia (1:4). ¿Quedaría esto sin fruto? Cierta­mente que no. Esto se manifestó por su comunión en el Evangelio.
Desde el "principio de la predicación del evange­lio", mientras aún eran «jóvenes» en la fe, los filipenses le habían mandado al apóstol dos veces un don cuando partió de Macedonia, lo que ninguna otra iglesia había hecho (Filipenses 4:15). Más tarde, cuando el apóstol hizo otra visita a Filipos, los filipenses pasaban por una gran tribulación, pero igualmente habían hecho una colecta para los creyentes de Judea, quienes se hallaban en una indigencia total a causa de las persecuciones. Pablo escribe respecto de esto: "en grande prueba de tribulación" (se trata de las iglesias de Macedonia a las que pertenecía Filipos) "la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su genero­sidad. Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aún más allá de sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los san­tos" (2 Corintios 8:2-4). Y una vez más —ahora con el apóstol cautivo y padeciendo necesidad—, los filipen­ses le mandaron a Epafrodito para entregarle su don, a pesar de que ellos mismos sufrían necesidad (Filipen­ses 4:18-19).
¿No era éste un testimonio conmovedor del amor que los filipenses tenían para con su Señor, el apóstol y todos los creyentes? Allí donde podía verse semejante amor, no podía esperarse un estado del corazón sino bueno. Era una prueba de que no había lugar para el mundo en estos corazones, sino sólo para el Señor, para su obra y para sus intereses.
El apóstol llama esto "vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora". Y estaba persuadido de que Dios, que comenzó en ellos la buena obra, la perfeccionaría hasta el día de Jesucristo (1:5-6). ¡Qué hermosa y bendita es la vida de un creyente cuando, por la gracia de Dios, sigue este camino desde su conversión hasta el fin! El Señor recompensará rica­mente a aquel que le honra de esta manera.
La comunión en el Evangelio naturalmente incluye aspectos múltiples y, en el caso de los filipenses, no se limitaba a los dones materiales para los siervos del Señor y para los creyentes necesitados. Así es como lee­mos más adelante.

2) Tenían al apóstol "en el corazón" (Filipenses 1:7; versión francesa de J.N.D.)
Para explicar el sentido de esta expresión, tome­mos el ejemplo de un joven cristiano a quien el Señor ha dotado y ha llamado a su servicio a un lugar lejano. Para los padres cristianos, es un gran sacrificio dejar que su hijo se vaya tan lejos. Sin embargo, lo tienen en su corazón. Lo acompañan en el pensamiento durante su viaje y esperan sus noticias con impaciencia. Se interesan profundamente en todo lo que encuentra, en sus esfuerzos, en el fruto de su trabajo, en los peligros que lo acechan, en su bienestar personal. Cada día se acercan al trono de la gracia para interceder por él según las noticias que reciben. ¡Qué alentador ha de ser para el joven poder pensar: mis padres participan ple­namente en lo que vivo y en mi servicio aquí; real­mente oran por mí puesto que estoy en su corazón!
Exactamente de esta manera estaba el apóstol Pablo en el corazón de los filipenses. Esto también era para él un gran aliento y un profundo consuelo.
Lo mismo se había producido ya desde los prime­ros días en que pasó por Filipos: tan pronto como el
Señor abrió el corazón de Lidia, Sus enviados, Pablo y sus compañeros en la obra, hallaron lugar en él. Ella les abrió su casa y los obligó a aceptar su hospitalidad, lo que significaba mucho trabajo para ella y posiblemente hasta persecución (Hechos 16:12-15). Lo mismo suce­dió con el carcelero. Si su trabajo rudo podía haberle hecho insensible, la fe en cambio derramó el amor en su corazón. Sus primeros impulsos fueron en favor de estos siervos de Dios. "Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas" (v. 33). Esto también era "comunión en el evangelio".

Al escribir el apóstol esta carta, sabía que podía contar con el gran interés de los filipenses en toda la obra del Señor y en sus circunstancias personales, por­que él estaba "en su corazón". Ellos sabían que el Señor le había escogido para "llevar su nombre en pre­sencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel" (Hechos 9:15) y que había recibido una respon­sabilidad particular para "la defensa y confirmación del evangelio" (Filipenses 1:7, 17). ¿Cómo podían ayudarle a este respecto?: Siendo todos "participantes con él de la gracia" (v. 7) en este servicio. Pablo no podía cumplir esta difícil obra sin valerse de la gracia de Dios en todo; y ellos no podían ayudarle sino sosteniéndole y reclamando en favor de él esta gracia por medio de fervientes oraciones.
El corazón incrédulo puede preguntarse si la intercesión ayuda realmente o si esto no depende ante todo de la capacidad, de la pericia y de las armas del combatiente. Una experiencia sobrecogedora del pueblo de Israel podrá ayudarnos a comprender la verdad res­pecto de esto: Josué y el pueblo combatían contra Ama­lec. Sin embargo, Moisés, Aarón y Hur estaban sobre la cumbre del collado. "Y sucedía que cuando alzaba Moisés su mano, Israel prevalecía; más cuando él bajaba su mano, prevalecía Amalee" (Éxodo 17:9-11). Con la misma capacidad, la misma fuerza natural y las mismas armas, el pueblo prevalecía o retrocedía, sin que se pudiera explicar. El secreto solamente consistía en el hecho de que el que oraba en la montaña alzara o bajara su mano. El apóstol también conocía este secreto. Sin la intercesión, la victoria de la Palabra se ponía en duda. Porque ella abre "puerta para la pala­bra" (Colosenses 4:3) y da denuedo y fuerza para anunciarla (Efesios 6:19-20). Por eso, en sus cartas Pablo animaba siempre de nuevo a los hermanos y hermanas, diciendo: "Orad por nosotros" (1 Tesalonicenses 5:25). Tenían que orar "en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu", y justamente "velar en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí" (Efesios 6:18-19). Pero, tal como sucede con el que combate en el frente, el que ora tiene que saber dónde atacar, lo que se trata de defender, dónde hay peligro y cuáles son las intenciones del enemigo. Por esta razón, el apóstol da aquí a sus amados filipenses, que le tenían en su corazón, informes exactos sobre el lugar de su combate actual en Roma (Filipenses 1:12-18). Estaba seguro de que, en vista de las circuns­tancias que les describía, combatirían por él en oración (v. 19). Además, los filipenses sabían que la "defensa del evangelio" del cual el apóstol se encargaba muy particularmente, concernía al Evangelio completo, o sea, a la totalidad de las verdades relativas a la salva­ción en Cristo, a Cristo mismo, y a los consejos de Dios en cuanto a su Persona y a los que estaban ligados a él. Este Evangelio completo, anunciado por Pablo, era acometido por las potestades de las tinieblas. Por eso, era preciso defenderlo. Al orar por el apóstol, los filipenses tenían empeño en esta defensa.
Vemos, pues, cuán importante era que los filipen­ses tuviesen al apóstol "en su corazón". De ello manaba una rica bendición para él, para la obra, para los creyentes en todo lugar y para la propagación del Evangelio.
Pablo ya no está con nosotros. Hoy día, el Señor ha llamado a otros hermanos en el amplio campo de la mies de la tierra, particularmente para la "defensa y confirmación del evangelio". ¿Los tenemos en nuestro corazón? ¿Leemos sus informes? ¿Nos interesan los detalles de su servicio? ¿Estamos preocupados por su bienestar personal? ¿Estamos continuamente "sobre la cumbre del collado" para interceder por nuestros her­manos en el frente y en el combate? No olvidemos que buena parte del éxito de su actividad depende de nues­tra fidelidad respecto de estas cosas.

Para los filipenses, la "comunión en el evangelio" naturalmente no estaba limitada a ayudar al apóstol y a sus compañeros de trabajo, a pesar de que este aspecto del servicio estuviera en el primer plano en la epístola a los filipenses. En su propia ciudad y en su propia región, ellos mismos estaban en la brecha para anun­ciar el Evangelio y defenderlo. El hecho de que se enfrentaban con "los que se oponen", que tenían el pri­vilegio de "padecer por Cristo" y de combatir en el mismo conflicto que el apóstol (Filipenses 1:27-30), era la prueba de que se acercaban a la gente con el Evangelio en la mano para llevarles al Salvador. Tam­bién era la prueba de que la luz de su andar producía contradicción y que tenían que luchar para mantener la sana doctrina. El apóstol sólo les recordaba que tenían que comportarse como es digno del Evangelio (v. 27). Esto demuestra, entre otras cosas, que había un pleno acuerdo entre ellos y que todos "combatían unánimes por la fe del evangelio".
Con lo que precede, valiéndonos de varios ejem­plos de la Palabra, hemos recordado lo que nos ha de caracterizar desde nuestra conversión. Tengamos conti­nuamente presentes estas cosas y andemos en ellas, "desde el primer día hasta ahora", sí, ¡hasta nuestra última hora en este bajo mundo! Ya pronto el Señor va a venir "y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios" (1 Corintios 4:5).
Creced 2009, N°2

¿No hay respuesta a mi oración?

“Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento” (1 Corintios 14:15).


Con frecuencia leemos la Palabra de Dios de manera superficial, y esto es para nuestro perjuicio, sobre todo cuando se trata de enseñanzas relativas a la oración. El desconocimiento de los principales pasajes que se nos presentan en el Nuevo Testamento puede tener consecuencias nefastas para la vida espiritual, conduciendo al desaliento y a la incredulidad. ¿Quién de nosotros no ha experimentado esos sentimientos porque, aparentemente, su oración no tuvo respuesta? Desaliento, porque habiendo orado con insistencia por determinados motivos finalmente no obtuvimos el otorgamiento; incredulidad, porque Dios, quien ha hecho tantas promesas a la oración de fe, parece haber permanecido sordo y sin cumplir su palabra. ¿No sería Dios fiel a sus promesas?
Es importante, pues, examinar con atención algunas de esas promesas que, si bien nos parecen incondicionales, están sometidas a condiciones precisas. Aparecen en negrita en los pasajes que nos proponemos estudiar juntos.
1) “Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:13-14).
La promesa repetida alterna con una condición esencial que a veces se nos escapa. ¿Estamos siempre conscientes de que nuestras oraciones van más allá de nuestras propias circunstancias o de aquellas de las personas por las cuales intercedemos? Ellas interesan al Padre y al Hijo. Dios, quien vela por la gloria de Cristo, no puede permitir el uso excesivo del nombre de Jesús.
Para pedir algo en el nombre del Señor debemos estar seguros de que nuestro ruego es conforme al deseo de Aquel a quien el Padre no puede rehusarle nada.
“Yo lo haré”, afirma entonces el Señor Jesús. Dicho de otro modo, mediante el poder de su nombre y por el hecho de que goza de un crédito ilimitado ante el Padre, hallará respuesta; Dios no puede rechazar la petición de su Hijo amado.
Esta consideración nos trae a la memoria lo que el Hijo es para el Padre y nos enseña a no usar el nombre del Señor en vano, como si fuese una fórmula que lo solucionara todo.
2) “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7).
“Si permanecéis en mí”, dice el Señor a sus amados discípulos. Tomando el ejemplo del pámpano, el que debe permanecer en la vid para llevar fruto (Juan 15:4), Jesús acaba de recordarles lo que es la dependencia, esa gran virtud cristiana. Ahora bien, la oración es justamente la expresión de esta dependencia. Uno experimenta a la vez su propia debilidad y el poder del Señor, su propia ignorancia y la sabiduría del Señor; toma el lugar que le corresponde y reconoce el Suyo. El Señor posee todos los derechos sobre aquel que se inclina de rodillas ante él.
El Maestro agrega: “Si... mis palabras permanecen en vosotros”; esta condición va ligada a la primera. La Palabra nos comunica los secretos de Dios. Al leerla, seremos capaces de comprender Sus pensamientos por el Espíritu. Entonces, si permanecemos en ella y nos sometemos a ella, no tendremos otros deseos más que los suyos. “Pedid todo lo que queréis, y os será hecho”, dice entonces el Señor Jesús. Porque lo que queremos, es lo que el mismo Señor desea.
3) “Yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (Juan 15:16).
Aquí, la condición para ser otorgado está ligada a la del versículo 7, porque es absolutamente necesario depender del Señor y conocer su voluntad a través de su Palabra para saber cómo servirle. Para el discípulo escogido, establecido y enviado por el Señor, aquí se trata de ir y de llevar fruto, por ejemplo, el de realizar tal servicio útil.
¿Qué empleador envía a su obrero sin antes haberle dado los medios para llevar a cabo el trabajo que le ha encomendado? Si se trata de herramientas o de dinero, el obrero lo pedirá a su debido tiempo y, tratándose de los intereses del que lo envía, lo que pida no le podrá ser negado.
Así sucede, pues, con mucha más razón, el servicio cristiano; el Señor da lo necesario a la persona que él envía. Y si él no da nada, el obrero del Señor tendrá que preguntarse: ¿No significa ello que, lo que yo quiero emprender, no es lo que él me ha ordenado? Al contrario, si se trata de un fruto que ha de ser llevado para él, de un fruto que permanece ¿cómo ha de rechazar el Señor lo que necesita su siervo?
4) “Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:21-22).
Aquí hallamos dos condiciones que encuadran una promesa.
La primera es un corazón que no nos reprende; dicho de otro modo, cualquiera sea la cosa que le pidamos a Dios, nos es necesaria una buena conciencia. ¿Cómo acercarnos a él, si en nosotros tenemos algo que juzgar? Percibiremos muy bien que la distancia moral producida por una falta no confesada nos hace cerrar la boca.
La segunda condición, guardar los mandamientos de Dios y practicar lo que le agrada, se comprende mejor aún: Un niño obediente, quien por su comportamiento complace a sus padres, obtendrá de ellos todo lo que él les pida, porque tienen confianza en él y saben qué hará buen uso de ello.
Vemos que estas dos condiciones son complementarias o más bien constituyen dos aspectos de la misma actitud. La primera, una buena conciencia, manifiesta nuestros sentimientos para con Dios y nos da seguridad para dirigirle nuestras oraciones. La segunda expresa los sentimientos de Dios: desde el momento en que ponemos en práctica las cosas que le son agradables, se agrada también en satisfacer nuestras peticiones. Todo lo que pidamos, lo recibiremos de Él. Pero ¡qué buen estado espiritual se necesita de nuestra parte!
5) “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá... Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vues­tro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:7-11; ver también Lucas 11:9-13).
Tenemos a un Dios lleno de bondad, de quien no podemos esperar nada más que “buenas cosas”. Este Padre no dará nunca una piedra a alguno de sus hijos que le haya pedido un pan. Sin embargo, si nos equivocamos y le pedimos una piedra, ¿nos dará una piedra? Antes bien, nos dará ese pan que no supimos pedirle. El corazón de Dios nos es abierto, así como sus manos; pero no esperemos de él otra cosa que no se relacione con su naturaleza.
Santiago 4:2-3 nos da dos motivos por los cuales no recibimos nada.
El primero es simplemente porque no pedimos. De ahí la invitación del Señor: “pedid... buscad... llamad”.
El segundo es que pedimos mal: cosas malas para nosotros, mientras que nuestro Padre quiere darnos buenas cosas. Santiago explica: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. Pidámosle a Dios buenas cosas para el bien de nuestras almas, para el bienestar espiritual de nuestras familias y el de la asamblea, así confirmaremos las promesas del Señor: “Todo aquel que pide, recibe”.
6) “Todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:22)
La condición enunciada aquí es la fe de la que habla también el versículo precedente y el milagro de la higuera. Es necesario comprender bien qué es la fe. Algunos la consideran como una especie de autosugestión, de persuasión interior. Por ejemplo, en ciertos medios se dirá a un enfermo o inválido: «Usted debe ser curado por medio de la oración de fe; si no resulta, es porque no tiene suficiente fe». De este modo las pobres personas son sumergidas en el desaliento, llamadas a mirarse a sí mismas, a analizar su confianza en Dios para tratar de incrementarla por sus propias fuerzas, lo cual es absurdo.
Dios no da jamás su gloria al hombre. Ése sería el caso si sus respuestas dependieran sólo de la intensidad de nuestras oraciones, de la cantidad o de las condiciones en las que se dirigen (ayunos, cadenas o noches de oración, etc.); con todas estas cosas, nuestro astuto corazón pronto buscaría hacer valer sus derechos y méritos.
Ahora bien, la fe no es solamente una certeza y una convicción; es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). La fe no es un puente que se apoya en el vacío, ni un ancla sin punto de sujeción. Se apoya sobre algo que está fuera de ella; viene “por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Si no poseo promesas precisas de parte de Dios, no tendré la libertad de dictar a Dios la manera en que estimo que deba responderme.
7) “Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá. Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas” (Marcos 11:24-25).
El pasaje corresponde al precedente de Mateo, pero Marcos añade otra condición suspensiva: el caso de que, teniendo algo contra alguien, somos incapaces de perdonarle. Observemos en primer lugar que esto es general: no importa qué ni contra quién. Señalemos a continuación que el resentimiento es considerado aquí como humanamente justificado; nosotros somos la parte perjudicada, pues somos los que debemos perdonar. Con mucha más razón, esa restricción se nos aplica cuando la falta está en nosotros mismos.
Antes de escucharnos, el Señor nos llama a poner en orden nuestras relaciones con el prójimo... pudiendo ser por ejemplo nuestro cónyuge.
8) “Al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23).
Aunque no sea cuestión de orar en esa respuesta del Señor a un padre angustiado, podemos relacionar esta promesa con los versículos mencionados más arriba (ver punto 6). Nos confirma que podemos esperar grandes cosas de nuestro Dios todopoderoso y que debemos dirigir nuestros ojos hacia él de donde viene el socorro. Puede responder a todas nuestras necesidades; su poder es infinito. El versículo que hallamos en el capítulo siguiente nos afirma: “Todas las cosas son posibles para Dios” (10:27); ahí vemos la ilimitada perspectiva que se abre ante la fe. Todo lo que Dios puede, lo puede también la fe en Él.
Pero, entre todas las cosas posibles para Aquel a quien se le llama «el Dios de lo imposible», ¿pretenderíamos escoger la que nos parece más fácil para Dios? Eso no sería fe, sino falta de fe.
9) “Ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14-15).
Este precioso pasaje nos recuerda primero a quien hemos creído (2 Timoteo 1:12). Nuestra fe, como acabamos de ver, se apoya en las promesas. Pero el valor de una promesa va unido a la calidad de aquel que la hizo.
Pedro habla de “preciosas y grandísimas promesas” porque es un gran Dios el que las hizo y tienen como garantía a Cristo, precioso para el corazón de Dios y del creyente (2 Pedro 1:4).
La voluntad divina, buena, agradable y perfecta, forma nuestro entendimiento y nos conduce a hacer peticiones sabias, de modo que puedan ser escuchadas por Dios. Entre el versículo 14 y el 15 es posible que transcurra cierto tiempo, apropiado para ejercer la paciencia de la fe. Pero, la fe tiene el privilegio de considerar la cosa pedida como ya otorgada. Los verbos están en presente; desde el momento en que la petición ha sido presentada, sabemos que tenemos las cosas que hemos pedido.
10) “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:19-20).
He aquí dos promesas que se unen por medio de la palabra “porque”. ¿Bastará en efecto que dos creyen­tes estén de acuerdo en pedir cualquier cosa para que sea hecha? No, esto podría ser para su perjuicio. Tal promesa se une de manera muy entrañable a la presencia del Señor prometida a los que se reúnen en su nombre, es decir, reconociendo su indiscutible autoridad. Ello da a entender que las peticiones presentadas tendrán su aprobación. Si gozamos de esa santa presencia, ¿cómo podríamos formular peticiones sin reflexión? El nombre de Jesús que reúne a los suyos es el que además nos abre el corazón de Dios. No va una cosa sin otra.
Habiendo considerado estos diversos pasajes, quizás digamos con cierto desaliento: «Si son tantas las condiciones que cumplir para ser favorecido por el Señor, no nos quedan muchas oportunidades para la oración; estamos lejos de conocer siempre la voluntad de Dios; raramente tenemos una promesa precisa sobre la cual reposar nuestra fe, ni estamos comprometido en un servicio que requiera demandarle medios a nuestro Padre celestial. Entonces ¿para qué somos invitados a orar sin cesar (1 Tesalonicenses 5:17), a orar “en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu...”? (Efesios 6:18)».
Reconozcamos primero que nuestro Dios es soberano y que su gracia jamás se dejará prender por nuestra lógica humana. Aunque nos da en el Nuevo Testamento algunas normas para que comprendamos los principios según los cuales él obra, a veces le agrada intervenir de una manera que nos extraña, respondiendo a nuestras oraciones a pesar de todas nuestras incapacidades.
De todos modos recibiremos una respuesta. Un postrer pasaje lo prueba y nos alienta; hasta nos exhorta a orar cualesquiera que sean las necesidades, los momentos y las condiciones.
11) “En todas las circunstancias, por medio de la oración y la plegaria, con acciones de gracias, dense a conocer vuestras peticiones a Dios: y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros sentimientos, en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7, V.M.).
En todas las circunstancias: es algo general, sin ninguna clase de limitación, ni en número ni en forma. Sin condición alguna: nada demasiado grande, ni demasiado pequeño puede ser presentado al Señor. ¿Llevamos una carga o tenemos preocupaciones que no podemos solucionar, y no conocemos el pensamiento del Señor al respecto? Llevémoslo a él. En este caso, comprendemos que no podemos tener la promesa de que nuestra petición sea otorgada según nuestro deseo. Eso abriría la puerta a toda clase de oraciones careciendo de inteligencia que Dios no podría satisfacer. No está dicho, pues, que tendremos las cosas que pedimos, ya que no sabemos cuál es la voluntad de Dios al respecto.

No obstante, tenemos una respuesta para todo motivo, una promesa de elevado precio: La paz de Dios guardará el corazón del creyente. Se produce un intercambio que me favorece: mi carga para Él, Su paz para mí. Ella puede ahora llenar mi corazón, cualquiera sea la manera en que Él se ocupe de lo que acabo de depositar sobre Él. 
Creced 1995 - Nº 6

Doctrina. El Hombre (Parte VI)

VI. Condición, propósito y responsabilidad del Hombre


Al hacer un pequeño análisis podemos encontrar  cual era la condición del  hombre, su propósito en el Edén y que responsabilidad tenía. No fue puesto en la tierra para que estuviera holgazaneando. En la actualidad se han creado “paraísos” para que el hombre no haga nada; pero en paraíso de Dios,  el hombre tenía un propósito y una responsabilidad a cabalidad. Fue puesto para que gobernara la tierra.
Veamos algunos de ellas:
Condición.
1.      Su conocimiento
Al ser creado, el hombre tuvo conocimiento inmediato y entendimiento intuitivo. Él no era un infante adulto, ni un adulto infante. El nombró a todos los animales que vinieron de la mano de Dios. Esta tarea requería que el hombre tuviera inteligencia y una capacidad intelectual más que asombrosa. "Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; más para Adán no se halló ayuda idónea para él" (Génesis 2:20).
2.      La inocencia original del hombre.
Algunos declaran que Adán fue creado en santidad, o rectitud. Esto no es del todo exacto. El hombre fue creado perfecto, sí, pero fue creado en inocencia. Hay una vasta diferencia entre la inocencia y la rectitud. La inocencia es la impecabilidad que jamás ha enfrentado una prueba. La rectitud, o probidad, es la inocencia que ha sido probada y tentada y ha salido victoriosa.
3.      Su ambiente perfecto
Estaba ubicado en un jardín fructífero. "Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso al hombre que había formado." (Génesis 2:8) Algunos sostienen que el hombre primitivo era un hombre de las cuevas, pero esto no fue así, porque él era hombre de huerto. Los primeros registros que tenemos de hombres que vivieron en cuevas son de los que eran perseguidos: "De los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra" (Hebreos 11:38); y de los dementes: "Y cuando salió él de la barca, enseguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo" (Marcos 5:2).
Este jardín no es llamado "Edén," sino más bien, "el Huerto del Edén." Edén significa "planicie," o "meseta." Parece ser que Armenia es el lugar donde comenzó a habitar el hombre sobre la faz de la tierra.
 
4.      Su compañera
"Más para Adán no se halló ayuda idónea para él... Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre." (Génesis 2:20-22) Las palabras "ayuda idónea" significan "compatible." Eva era la compañera adecuada para Adán. Hay algunos que se ríen del "cuento de la costilla," pero no pueden decirnos de dónde vino la mujer. ¿Por qué razón cree usted que Dios no hizo a la mujer del polvo de la tierra? Por la sencilla razón de que Dios no quería tener dos orígenes para la humanidad.

5.      Su comunión con Dios
El hombre podía tener comunión con Dios. "Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer" (Génesis 2:16). "Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer" (Génesis 1:29). "Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo, ¿Dónde estás tú?" (Génesis 3:9).
6.      Hecho para la eternidad
Al existir el árbol de la vida en el huerto del Edén, nos indica que el hombre no estaba hecho para que naciera y muriese, cumpliendo el ciclo que estamos acostumbrados a ver y sufrir después de la caída. Sino que está destinado a vivir por siempre.
“Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista,  y bueno para comer;  también el árbol de vida  en medio del huerto,  y el árbol de la ciencia del bien y del mal”  (Génesis 2:9) .Es curioso que el  árbol de la vida  y el árbol de la ciencia del bien y el mal estuviesen  juntos en el huerto. El hombre tenía que elegir la vida o  la muerte a diario. Y por un tiempo eligieron la vida, comían del fruto del árbol de vida para conservarla.
Sin embargo, cuando fueron expulsados del lugar donde vivían gratamente y en comunión con Dios, Dios expresamente puso un guardia para que no comiese de ese árbol que daba vida eterna (Génesis 3:22-24) para que su condición de pecadores no fuese eterna.
El Propósito de la Creación del Hombre
¿Por qué, entonces, creó al hombre? Dios hizo al hombre para una sola razón: Su propia gloria. Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice (Isaías 43:7).  Por lo cual tenemos tres obligaciones que cumplir:
1.      Para glorificarlo
Dios hizo al hombre para glorificarse a Sí mismo. Dicho de otro modo, fuimos creados para glorificar a Dios. Dios no creó a los seres humanos porque necesitara de ellos, el propósito principal era tener en la tierra un orden distinto de seres inteligentes y libres que le adorasen y le sirvieran como los ángeles lo hacían en el cielo. Habiendo sido hechos a la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:27), los seres humanos tienen la habilidad de conocer a Dios – y por tanto, amarlo, adorarlo, servirle, y tener compañerismo con Él. En esto vemos que Dios nos hizo con propósito. Si vivimos para este propósito (si vivimos conforme al propósito de Dios en hacernos), además del gran privilegio de glorificar al Creador, hay un beneficio enorme para nosotros: Gozo. Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a tu diestra para siempre (Salmo 16:11).
Dios, como en todas Sus obras, buscaba Su gloria (Deuteronomio 32:15-18, Eclesiastés 12:1-3, Romanos 1:25).  Como Dios, Él no necesita de nada. En toda la eternidad pasada, Él no sintió soledad, así que no estaba buscando un “amigo”. Él nos ama, pero esto no es lo mismo a necesitarnos. Si nunca hubiéramos existido, Dios seguiría siendo Dios – El Inmutable (Malaquías 3:6) El YO SOY EL QUE SOY (Éxodo 3:14) jamás estuvo insatisfecho con Su propia existencia eterna. Cuando Él hizo el universo, Él hizo lo que le agradó, y puesto que Dios es perfecto, Su acción fue perfecta. “Era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
Como decían algunos hermanos en el pasado: “El fin principal y más elevado del hombre es glorificar a Dios, y gozar de Él (o deleitarse en Él) para siempre”. Así es la “vida abundante” que Cristo Jesús prometió a los santos en Juan 10.10. Esto (nuestro gozo de “deleitarnos” en Dios) se debe al carácter de Dios: Sobre todo lo demás Él es bueno, misericordioso y bondadoso. Él es amor. Una vez en Su presencia, nunca querremos salir porque ahí porque estaremos en Su perfecto amor incondicional y allá encontraremos el gozo pleno. ¡Y Dios se glorifica en que nos gozamos y que nos deleitamos así en Él porque esto magnifica cómo Él es (bueno, bondadoso, generoso… amor)!
Por consiguiente volvemos afirmar, el hombre ha sido creado para la gloria de Dios y no para su propia gloria personal. El reino de Dios y Su justicia debe ser su mayor preocupación, esperando que las demás cosas han de ser añadidas. En la actualidad el propósito de Dios se cumple en los creyentes que sinceramente le entregan sus vidas y viven para El, porque le entregan la adoración y alabanza que le corresponde. Es tan cierto esto que el hombre no se siente feliz hasta descubrir esta verdad y decidir a cumplir en su vida el propósito inicial de su creación. No hasta ser correcto en la vida, la meta es vivir para Aquel que nos creó.
2.      Para cumplir la misión encomendada.
Dios, al momento de crearlos, les dio un mandamiento claro y específico. Debían fructificar y llenar la tierra con los de sus propia especie, y señorear sobre las especies que cohabitan con el hombre: “Fructificad y multiplicaos;  llenad la tierra,  y sojuzgadla,  y señoread en los peces del mar,  en las aves de los cielos,  y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra (Génesis 1:28).”
Ese mandamiento quedó sin cumplirse, ya que el hombre al pecar se declaró no apto para dominar sobre las especies. Por esta falta de control, existe “un descontrol en la naturaleza”, ya que existen animales cazadores y presas. Si Adán hubiese aprobado su examen, los animales no se matarían entre sí, para servir de alimento a otros, sino que sería como lo describe el profeta: que el lobo pacerá con el cordero (Isaías 11:6; 65:25).
Cuando el Señor Jesucristo, el postrer Adán, Reine, el equilibrio y paz volverán a existir en este planeta, cumpliendo así los propósitos iniciales establecidos por Dios, y la profecía de Isaías se cumplirá por completo.  Y en ese plano, los creyentes, estamos llamados a un propósito superior. Y este propósito, de seguro es ayudar a gobernar todo el universo, según lo que disponga el Señor; y esta responsabilidad de acuerdo a los méritos de cada uno (Compárese Mateos 25:15-30).
3.      Compañerismo.
Sabemos que la “independencia” de Dios es uno de Sus atributos incomunicables. Esto quiere decir que Dios no necesita nada ni a nadie. Él, en Sí mismo y por Sí mismo, es todo lo que Él necesita. Antes de Adán, Dios no se sentía solo y no necesitaba a un compañero. Dios estaba plenamente contento antes cuando sólo Él existía, la Trinidad.
Las personas son seres creados a la imagen de Dios (Génesis 1:26,27): libres, racionales, capaz de estimarse y de autoexpresión, capaz de entendimiento moral y espiritual, creados para tener compañerismo con Dios. Encontrarán su lugar apropiado en la Creación sólo al tener una debida relación con Dios mediante la redención obtenida por Jesús.
Nuestra necesidad de estar con Dios, de nuestro eterno compañero, queda de manifiesto en los siguientes versículos. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre (Salmo 73.25-26). Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, Que habitar en las moradas de maldad (Salmo 84.10).
4.      Su Obra
"Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y Multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra." (Génesis 1:28) "Tomó pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase" (Génesis 2:15).
En ese huerto había empleo, pero no fatiga. Había trabajo, pero no la clase de trabajo que nos agota físicamente. En Génesis 2:15 vemos la palabra "guardase." ¿Contra quién debía Adán guardar, o proteger, el huerto? ¿Contra animales salvajes? No, porque todavía no había ninguno. ¿Contra hombres salvajes? No, porque Adán era el único hombre. Creemos que él fue puesto en guardia contra la posible aparición del diablo. Siempre que el hombre es colocado en un cargo de confianza, Dios le da amplia advertencia.

5.      Su Alimento
"Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla os serán para comer" (Génesis 1:29). El primer hombre y la primera bestia del campo eran vegetarianos. Sus dietas no incluían la carne. El primer hombre no fue carnívoro[1] como lo declaran los evolucionistas. Es más, la misma dentadura del ser humano no es la correspondiente a un ser que su dieta es a base de carne, no tiene los dientes llamados canino con la capacidad de desagarrar como el lobo o león.
Su responsabilidad
1.      De llenar la tierra con el nuevo orden
"Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla" (Génesis 1:28). Adán fue el primer hombre. "...fue hecho el primer hombre Adán alma viviente" (I Corintios 15:45). Eva es la madre de todos los seres humanos. "Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes" (Génesis 3:20).
2.      Abstenerse de comer el fruto prohibido
Este fruto era del árbol del conocimiento del bien y del mal. "...y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás." (Génesis 2:16-17)
En el huerto de Edén había en abundancia, y al hombre y la mujer se les permitió comer libremente. Había solamente un árbol que estaba prohibido a ellos. No sabemos qué clase de fruto era. No había nada de malo con el fruto; solamente la prohibición de Dios detrás del mismo. Dios quería que Adán y Eva tuvieran conocimiento, pero Él no quería que ellos lo adquirieran por la desobediencia. Recordemos que el hombre había sido puesto de sobre aviso de la consecuencias de desobedecer. Siendo que esto es la verdad, ¿por qué permitió Dios que Adán y Eva fueran sometidos al ataque del diablo? La prueba siempre viene antes de la bendición, y el hombre siempre debe ser probado antes de ser ascendido.



[1] No lo fue hasta después del diluvio, ver Génesis 9:3