viernes, 27 de marzo de 2026

La Mujer que agrada a Dios (9)

La Mujer en el Hogar                                                                  Fay Smart y Jean Young 

RELACIÓN CON EL MARIDO

Ya hemos estudiado la relación de marido y esposa en Efesios 5:22-25: "Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella." Otros pasajes exhortan a la esposa a estar sujeta a su marido (Col. 8: 18; I P. 3: l). ¿Qué significa estar sujeta? El diccionario dice: “Someterse a la autoridad o dominio de otro.”  ¿Degrada esto a la mujer? No, de ninguna manera; es simplemente lo ordenado por Dios, diseñado para el bienestar de la humanidad.

Las distinciones entre lo masculino y femenino, según las determinó Dios, son importantes. El movimiento actual para anularlas es una amenaza para el matrimonio y para la sociedad, porque el matrimonio es fundamental para una sociedad firme y estable. El mandato de Dios para la esposa es sumisión, no servidumbre; para el marido es autoridad modelada en Cristo "quien se dio a sí mismo" El ideal es la consideración amorosa del uno para el otro y el respeto mutuo. Esta actitud se promueve cuando hay un espíritu de franqueza y diálogo. El marido y la esposa que comparten la misma meta en la vida: vivir para agradar a Dios, y que regularmente leen la Biblia y oran juntos como "coherederos de la gracia de la vida", tendrán poca dificultad con los conceptos de sumisión y autoridad. Cuando ambos están rendidos al Señor, todas las otras relaciones caerán en su lugar apropiado. El matrimonio cristiano es la unión de un hombre y una mujer, iguales en valor, complementándose en función y en armonía el uno con el otro porque Dios tiene el primer lugar en la vida de cada uno.

En el caso de una pareja en la cual el marido está fracasando en el Cumplimiento de su deber como lo indica Efesios 5:25, la esposa, aun así, debe ser obediente a su deber indicado en Efesios 5:22. De igual manera, si la esposa fracasa en su obligación, el marido no obstante deberá ser fiel a la suya. El deber de cada uno es claro y no depende de lo que haga el otro. El mandato para cada uno es sencillo y se deberá cumplir en obediencia al Señor, no importa cuál sea el comportamiento de uno o del otro.

Alguien dijo: " Si el marido desea ser tratado como un rey, debe tratar a su esposa como en a una tratarlo reina.  Si él trata a su esposa como reina, ella no tendrá dificultad de tratarlo rey."  Debe a su esposa haber como respeto reina, mutuo ella (Ef. 5:33; I P. 3:7), consideración mutua en las relaciones conyugales (l Co.7:3-5), y reconocimiento de interdependencia (1 Co. 11:8-12).

La esposa debe cumplir sus responsabilidades en el funcionamiento del hogar tan fielmente como ella espera que su marido cumpla las suyas en su empleo diario. Proverbios 14: 1 dice: " La mujer sabia edifica su casa." Tomar todas las piezas que componen su vida y darles forma de un modo creativo es un reto. Ciertamente hay tareas rutinarias y poco placenteras en el trabajo de ama de casa, pero ningún trabajo es degradante. Se nos ordena trabajar con nuestras manos (1 Ts. 4:11; Ef. 4:28). Nuestro Señor lo hizo y el apóstol Pablo también. El hacer las cosas con amor, el dar de nosotras mismas sin resentimiento, hará cualquier tarea más liviana.

RELACION CON LOS HIJOS

No es una responsabilidad pequeña ser esposa y madre piadosa. Si bien un niño recibirá sus conocimientos de Dios por conducto de ambos padres, la influencia de la madre es mayor en los primeros años de su vida. Los años preescolares son formativos y la importancia de la instrucción y el ejemplo piadoso de la madre no se pueden sobreestimar. Hemos visto ejemplos de esto en los hijos de Jocabed y Ana.

De manera creciente se nos hace entender la importancia que tiene el amor en el desarrollo total de un infante. Sin embargo, los medios de comunicación con mucha frecuencia traen noticias de niños rechazados. Verdaderamente, como mujeres cristianas, debemos derramar nuestro amor, no tan sólo sobre nuestros hijos sino también sobre cada uno de aquellos con quienes nos encontramos, particularmente sobre los que tienen necesidades especiales. "El que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí", dijo el Señor Jesús (Mt. 10:42; Mr. 9:37).

En nuestros días, cuando tantas mujeres trabajan fuera del hogar, hacemos bien en detenernos a examinar esta práctica. En caso de necesidad económica, y hay muchos casos así, no hace falta discutir el asunto. Pero cuando la madre trabaja sólo para poder obtener algunas cosas suplementarias para la familia o la casa, o para lograr un nivel de vida más alto, ella debe estar bien segura de que no está perdiendo más de lo que gana. Una persona que se encarga de cuidar a los niños o un centro de cuidado de niños no puede tomar el lugar de la madre para amar y educar al niño. Los días preescolares son de mucho valor y en total muy pocos. La madre debe tener tiempo para llevar a su hijo en paseos al aire libre y desarrollar en él un amor hacia la naturaleza, para leerle, cantar y orar, para jugar, para elevar cometas, para compartir su entusiasmo por las cosas que va descubriendo diariamente en el mundo que lo rodea, para enseñarle la diferencia entre el bien y el mal, para mostrarle que él es una persona importante, hecha por Dios y de valor para Dios. Esos primeros días de intercambio y comunión son necesarios si la comunicación ha de conservarse en y a través de los trece a los diecinueve años. Siempre que sea posible la madre debe encontrarse en el hogar cuando sus hijos estén allí.

Alguien ha dicho: "El hogar debe estar impregnado de una fragancia amorosa" y se refería a los aromas que salen de la cocina. El hogar debe ser un sitio de bienestar y amor, cálido y acogedor, un lugar de belleza ya que el amor nos debe ayudar a realizar las cosas con hermosura. ¿Qué recuerdos de su hogar llevarán nuestros hijos en el transcurso de su vida? Ser ama de casa puede ser la ocupación de mayor creatividad y satisfacción que una mujer sea capaz de desempeñar.

Parte sumamente importante de la labor de una madre es el entrenamiento y la disciplina de sus hijos. Es responsabilidad mutua del padre y la madre, pero como el padre no está en el hogar todo el día, gran parte de la carga necesariamente recae sobre la madre. Su guía debe ser la Palabra de Dios y es tan sólo por medio de la oración y la dependencia en el Señor que llega a ser capaz para afrontar esta responsabilidad.

Deuteronomio 6:6, 7 dice: "Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes." Estas son instrucciones que Moisés dio a Israel, pero las mismas son igualmente aplicables en el día de hoy. La palabra de Dios debe estar primero en nuestros corazones. "La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros" (Col. 3: 16), Ninguna madre puede permitir que le falte su tiempo a solas con el Señor, leyendo la palabra y orando día tras día. ¡Qué privilegio es enseñar a nuestros hijos acerca del Señor! Esto debe comenzar en la infancia y debe ser una parte natural de la vida diaria: hablar a Dios mientras se está en la casa, se camina al aire libre, a la hora de acostarse y en la mañana al levantarse, como Deuteronomio lo recomienda. También debe haber un tiempo cada día cuando toda la familia se reúne para leer la Biblia y orar. Esto puede ser a la hora del desayuno, la comida o en cualquier hora conveniente, pero debe ser una parte regular del programa de la familia, cuidadosamente planificado y observado.

Disciplina es una palabra que rechazamos. Significa fijar los límites de conducta para nuestros hijos. Si el niño deliberadamente cruza los límites marcados debe ser castigado. El conocer las reglas y saber desobediencia siempre será castigada, le da al niño un sentimiento de seguridad. Efesios 6:4 dice: "No provoquéis a ira a vuestros hijos" No regañe sin cesar para así provocar su ira o resentimiento. Debemos formular cuidadosamente nuestros propios valores y normas para la familia, para después instruir a nuestros hijos en estos principios bíblicos para que ellos comiencen por sí solos a tomar decisiones correctas en base de lo que ellos han aprendido. Esta es nuestra meta para ellos.

Sobre todo, debemos orar por nuestros hijos. En esto tenemos el ejemplo de Abraham (Gn. 17: 18) y David (1 Cr. 29:19). Se nos advierte en contra de la demostración de parcialidad: amar a un hijo más que a otro, por medio de los ejemplos tristes de Isaac y Rebeca (Gn. 25:28 Jacob (Gn. 37:3). Esto causa estragos en la vida familiar. También somos advertidos en contra de la indulgencia y la falta de corrección a nuestros hijos mediante el ejemplo del desastre familiar que se produjo en la familia de Elí, donde el juicio cayó "porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado" (1 S. 3:13).

VECINOS

La influencia de un hogar cristiano debe traspasar las paredes de ese hogar. ¿Es nuestro estilo de vida diferente al de nuestros vecinos? ¿Pueden ellos ver en nuestra familia algo de lo que ellos carecen y que les gustaría tener? La atmósfera de un auténtico hogar cristiano debe ser algo totalmente nuevo para los amigos de sus hijos que entran y salen de su casa y para los vecinos que lo visitan. Una familia feliz Y unida, en un hogar lleno de amor, no es un cuadro muy común en estos días.

La primera parte de esta lección concierne a las esposas y las madres, no atañe a la mujer soltera; pero las mujeres solteras tienen algún tipo   de hogar y vecinos a quienes ellas pueden mostrar el amor de Cristo Una amistad sincera y una voluntad dispuesta a ayudar y servir a otros siempre son apreciadas.

CARACTER Y ROPA

Dos pasajes que hablan de la mujer cristiana son 1 Timoteo 3:11 Y 2:3-5. Un resumen de los adjetivos que se mencionan allí incluye honestas, sobrias, prudentes, castas, buenas, cuidadosas de sus casas reverentes en su porte.

En cuanto a la ropa, I Pedro 3:3, 4 destaca, no el adorno externo más bien la belleza del espíritu. 1 Timoteo 2:9, 10 requiere ropa decorosa y modesta, sin ostentación y sin atracción indebida hacia nosotras. Busquemos en este asunto, así como en todos los otros, ser agradables a Dios. Seamos cuidadosas de dedicar más tiempo al desarrollo de la belleza interna del carácter que el que dedicamos a adornar nuestros cuerpos.

DEL HOGAR PARA EL SEÑOR

La hospitalidad es un ministerio que es altamente estimado por el Señor por su pueblo (l P. 4:9; Heb. 13:2). No es necesario tener una casa grande, bien equipada y ofrecer comidas espléndidas. Una persona soltera, viviendo en una sola habitación, puede mostrar hospitalidad. Un recibimiento afectuoso y una comida sencilla pueden brindar gozo y las mujeres solteras que practican la hospitalidad tienen vidas mucho más abundantes. 

Mucho servicio cristiano puede realizarse en el hogar. Aquí hay algunas sugerencias:

l. Clubes de niños. Muchos niños han llegado a conocer al Señor a través de clubes de niños en el hogar. Aquellas que sienten que no pueden enseñar, pueden ofrecer el uso de sus hogares una tarde a la semana y ayudar a la maestra en distintas formas.

2. Hora del café para mujeres. Estas han probado ser muy efectivas en alcanzar a las inconversas y también en ayudar a las jóvenes cristianas a crecer. Una vez más, aquellas que sienten que no pueden enseñar, pueden abrir sus hogares, invitar a sus vecinas, suministrar el café y apoyar con la oración a la hermana que esté dirigiendo al grupo.

3. Estudios para matrimonios. Parejas que se reúnan una noche a la Semana para estudiar la Palabra y orar, crecerán unidas aprendiendo juntas verdades eternas y formando amistades profundas y dura-

4. Otras actividades. Tal vez algunas sentirán que no les es posible encontrar tiempo para los ministerios que se han mencionado, pero hay aún otras cosas que se pueden hacer desde el hogar, tales como: a) Hablar por teléfono con quien está enferma o sola. b) Hacer galletas o cocidos para ayudar a una familia o una enferma que está en necesidad (o sólo para decirles "te quiero" de un modo práctico). c) Usar una destreza a como misioneros coser o tejer para hacer cosas para otros. d) Escribir cartas a misioneros o enfermos contando algo de la familia, de la iglesia o de los amigos. e) ¡Orar! Este último es del más grande de todos los ministerios y tal vez el más descuidado. Pero “todo lo que hagáis, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Co. 10:31).


COSAS QUE DIOS NO PUEDE HACER

 ¿De veras hay cosas que Dios no puede hacer? ¿No puede Dios hacerlo todo? Examinemos la Biblia para ver lo que Él mismo dice:

1.       Dios No Puede Mentir

“Pues sí”, dices, “está claro que Dios no puede mentir”. Esta puede parecer algo obvio o incluso de trampa, pero aun así es absolutamente cierta. La misma Palabra de Dios lo expresa así. “Dios, que no miente” (Tit. 1.2). Dios es el único que puede afirmar eso. Aun Balaam sabía esto, pues en Números 23.19 declaró: “Dios no es hombre, para que mienta”. Hebreos 6.18 declara: “Es imposible que Dios mienta”.

2. Dios No Puede Cambiar

“Por supuesto que no”, dices, “Dios no puede cambiar”. Esto también es una verdad obvia. Dios la afirma en Su Palabra, en Malaquías 3.6, “Yo Jehová no cambio”. Esta es otra característica que pertenece solamente a Él. En Hebreos 1.10-12 leemos: “Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, más tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán”.

3. Dios No Puede Permitir Que Los Pecadores Entren Al Cielo

“Bueno”, dices, “esto no lo tengo tan claro. NO sé si lo creo o no”. Pero, ¿cómo sabemos que esto es absolutamente cierto? Porque es Dios mismo que nos lo asegura, y recuerda, Él no puede mentir, como tampoco puede cambiar. Entonces, si Dios lo ha dicho, es verdad, y será así para siempre. Jesucristo dijo en Juan 3.3 y 5, “De cierto, de cierto [sin duda] te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios... De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”.

Con razón uno podría dudar de la veracidad de lo que los hombres afirman. Pero lo que encontramos en la Palabra de Dios (la Biblia) es absolutamente verdad, y verdad para siempre (Salmo 119.89). Ahora bien, si Dios no permitirá a los pecadores entrar en el cielo, es una noticia muy mala para todos nosotros, porque Él también declara que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3.23). Puede ser difícil aceptar eso, pero hay que afrontarlo. Quizás antes creías que no eras mala persona, pero ahora, por lo que Dios ha dicho, sabes que eres pecador. La Biblia dice en 1 Juan 1.10, “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él [a Dios] mentiroso”. Pero, ¿acaba aquí la historia? ¿No existe ninguna manera de llegar al cielo? Vamos a seguir viendo las palabras de verdad que Dios nos ha dado. En Juan 14.6, Jesucristo dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Explica que no hay varios caminos, sino uno solo, y es Jesucristo mismo, porque solo Él murió por nuestros pecados. “Siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5.8). Sabemos que es así, porque Dios lo ha dicho, y Él no miente ni cambia. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4.12). La salvación es solo por Jesucristo.

En una escena en la Biblia un hombre preguntó: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” La respuesta fue: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16.30-31). Si preguntas: “Pero, ¿no hay que hacer nada más?”, Dios responde: “Por gracia sois salvos por medio de la fe... no por obras” (Efesios 2.8-9). Simplemente cree a Dios, y confía en el Señor Jesucristo. Su Palabra es eternamente verdad (Salmo 119.160). Ahora sabes que eres un pecador condenado; sabes que no hay salvación por medio de buenas obras, rezos, o sacramentos. Sabes que Jesucristo llevó tus pecados en Su cuerpo, y murió por ti. Sabes que debes confiar en el Señor Jesucristo para ser salvo. Esas verdades están en la Palabra de Dios, y Él no miente ni cambia.

Pero hay que hacer más que saberlo. Hay que responder. Jesucristo manda: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1.15). Dios promete perdón y vida eterna a todos los que, arrepentidos, confían en el Señor Jesucristo.

Tiempo devocional matutino

 Hazme oír por la mañana tu misericordia, porque en ti he confiado; hazme saber el camino por donde ande, porque a ti he elevado mi alma. Salmo 143:8

Al buscar la presencia del Señor cada mañana, ciertamente experimentaremos el pleno gozo de sentir su bondad amorosa, la cual refrescará, alimentará, animará y fortalecerá nuestras almas. Entonces seremos capaces de enfrentar cualquier necesidad o prueba que tengamos que afrontar durante el día.

Por otro lado, nuestras oraciones matutinas siempre deberían centrarse en buscar la clara dirección de Dios para nuestro camino diario. Debemos reconocer que nuestra sabiduría personal no es suficiente para guiarnos, incluso en los asuntos más triviales. Algunos pueden pensar que Dios no se interesa por los pequeños detalles de nuestra vida diaria, pero eso no es así. Dios se preocupa por cada detalle de la vida del creyente, así que debemos acudir a él con confianza, pidiéndole que nos guíe claramente en todo. Cuando hayamos entregado todo a él, no necesitaremos preocuparnos por cada detalle, sino que podremos confiar en que Dios responderá a nuestras oraciones y nos guiará de la manera que él considere más adecuada.

Además de orar con verdadera confianza, Dios espera que meditemos en su Palabra, ya que es ahí donde realmente aprendemos su voluntad para nosotros. Si descuidamos esto, estamos ignorando la única y verdadera fuente de instrucción que Dios nos ha dado. Aunque no encontremos instrucciones específicas o detalladas para un asunto particular en nuestro camino diario, los principios de la Palabra de Dios quedarán grabados en nosotros de tal manera que no nos costará discernir su voluntad en todos estos asuntos cotidianos. “Tú me enseñaste… De tus mandamientos he adquirido inteligencia; por tanto, he aborrecido todo camino de mentira. Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:102, 104–105).

L. M. Grant

Lecciones que aprendí en mi asamblea (1)

Conversión y primeras experiencias

 Peter Fleming

Fui conducido al conocimiento del Señor en los días gloriosos del Gran Avivamiento y de cosecha espiritual que arrasó las Islas Británicas en 1859 y 1860. ¡Qué tiempos aquellos! Se palpaba en aquel movimiento una fluidez y plenitud del poder del Espíritu en la predicación como nunca más he visto. No había mucha exposición de la doctrina del Evangelio sino mucha advertencia del juicio venidero y el peligro de descuidar la necesidad de una reconciliación con Dios. ¡Qué aprehensión tenía la Palabra al ser predicada!

Y, el regocijo de los convertidos no conocía límite. Los cantos eran maravillosos, tal vez no desde el punto de vista musical, sino como melodía que salía del corazón, de la cual habla el apóstol en Efesios 5.19. No se empleaba un coro de cantantes selectos, sino que todos cantábamos y el canto de corazones llenos de Cristo tenía un gran efecto sobre los inconversos. Me emociono al recordar aquellas grandes reuniones de miles de oyentes que atendían a la invitación de la honorable Duquesa de Gordon en Huntly, virtuosa dama sumamente interesada en ellas. Parecía que cielo y tierra se unían mientras entonábamos alabanzas a Dios en aquellas verdes colinas escocesas. Uno de los presentes en estas reuniones escribió hermosamente:

Acaso recordamos aquellos cantos,

aquella dulce melodía,

¡cómo podemos olvidarnos!,

que al cielo y tierra unían.

 

Sí, cantado hemos los mismos

cantos pero nunca, jamás diría

que olvidar esos primeros cantos

nuestro corazón podría.

 

Pero, esos primeros días de frescura y celo por el evangelio pasaron. La marea alta de la bendición cedió, y los creyentes nuevos tuvimos que buscar orientación y ayuda en las cosas espirituales en cualquier lugar donde pudiéramos encontrarla. Donde yo vivía en ese entonces,

hace sesenta años ya, toda persona que se llamaba a sí misma cristiana era muy cumplida en asistir a una iglesia protestante. Algunos iban a las reuniones de una denominación y otros a las de otra, pero todos insistían en ser miembros de alguna “congregación”, como decíamos.

Nunca se oía esa palabra bíblica asamblea, aun cuando ésta es la única traducción verdadera del término griego ecclesía que el Nuevo Testamento emplea para describir el pueblo que Dios ha separado del mundo en derredor.

 

Reverendos

Unos pocos reverendos de las iglesias establecidas se habían incorporado plenamente en la ola de despertar y avivamiento, regocijándose en la salvación de muchas almas y participando en las bendiciones derramadas. La mayoría del clero cristiano hacía caso omiso de todo eso y algunos se oponían amargamente. En ese movimiento de 1859 y 1860 Dios tuvo a bien usar mayormente a los llamados laicos para conducir las almas a Cristo. Estos eran llamados así por el clero para distinguirlos de esos ministros de religión que habían recibido su título de una universidad o seminario y habían sido “autorizados” por hombres para ser ministros de la Palabra de Dios.

Estoy convencido de que Dios usó en aquel avivamiento a todo tipo de hombres precisamente para aflojar el apretón del clero sobre su pueblo en las diversas denominaciones. Los trabajadores que Él empleó eran de la nobleza y de las minas de carbón; eran terratenientes y peones; abogados y barrenderos; militares y oficinistas.

Fueron ellos los que llevaron el evangelio a sus prójimos, y los ojos de muchos cristianos fueron abiertos para ver que todo el sistema del clero era algo inventado por hombres y no por Dios. Se dieron cuenta de que el esquema de “los ministros de religión” era un estorbo en vez de un medio divino para la realización de su obra.

Por supuesto, había en aquel entonces, como hay ahora, hombres espirituales y capacitados entre los reverendos o ministros “autorizados”. Pero su éxito en ganar almas o alimentar y cuidar a los convertidos se debía a la gracia que Dios les dio y el don que el Espíritu les concedió, y no a algo aprendido en una universidad ni algo recibido por la ordenación de sus autoridades eclesiásticas.

Uno de los mejores de ellos me dijo una vez: “Si yo no hubiera renacido antes de comenzar en la escuela de teología, jamás habría sabido de mi necesidad estando allí. Y, si el Señor no me hubiera dado un corazón de amor por las almas, y alguna capacidad para ganarlas, jamás la habría conseguido por el estudio de idiomas muertos y teologías secas”.

 

Asistencia a la iglesia

Así, uno asistía a la iglesia cada domingo y a veces recibía algo que le ayudaba en la vida cristiana. Pero lo más común era un balde de agua fría para apagar nuestro “fervor avivamentalista” y muchas veces una arenga contra “la presunción de los que dicen estar seguros de ser salvos”. La experiencia nos enseñó a no esperar algo mejor en nuestras iglesias tradicionales del protestantismo.

Se daban casos de momentos de refrigerio, pero éstos se marchitaban pronto, y volvíamos al sermón seco, el discurso teológico y el evangelio de obras al estilo de los gálatas. No había una verdadera explicación de la Palabra de Dios ni un esfuerzo por trazar bien la Palabra. Lo cierto es que había poca exposición bíblica en el ministerio corriente.

 

Reunión de oración y estudio bíblico

Nos reuníamos una vez durante la semana para orar, y francamente eran ocasiones gratas. Por eso, se propuso llevar a cabo estudios bíblicos, cada cual aportando lo que podía. Aquellas sesiones nocturnas en torno a la Palabra eran ocasiones de verdadera ayuda en nuestra vida espiritual. La exposición —la entrada— de la Palabra alumbra, como dice Salmo 119.130. En esos estudios sencillos vimos verdades que nunca oímos desde la tribuna de la iglesia. Llegamos a esperar más de aquellas reuniones irregulares que de los servicios formales de cada domingo. Pero seguimos en nuestras respectivas iglesias porque no conocíamos otra cosa. No habíamos aprendido lo que sabríamos un poco más adelante por la misericordia del Señor; o sea, que aun aquí en la tierra Dios tenía para los suyos algo mejor que esa condición estéril.

¡A su nombre gloria! Ahora en la vejez me acuerdo bien de aquellos días cuando íbamos poniendo por obra las pequeñas cosas que aprendíamos. Con cada paso recibíamos algo más. Pero, había aquellos que no querían tomar el próximo paso, y ellos retrocedieron, volviendo poco a poco al mundo y perdiendo el gozo de la salvación.

 

Falta de ministerio útil

Fue en esta época que se tomamos como propia la verdad del creyente aceptado por Cristo y unido a otros creyentes a través de Él. Fuimos ayudados por los escritos de varios autores.1 En el sistema presbiteriano había uno que otro hombre anciano, realmente renacido y capaz en la exposición de las Escrituras.2 Y, de vez en cuando recibimos visitas de evangelistas que habían sido usados poderosamente en el Gran Avivamiento.3 Este apoyo lo recibíamos esporádicamente, pero sirvió para permitirnos ver que había mejores cosas que las que conocíamos en nuestras iglesias.

 

Cristo entregado

 

El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, Mateo 17.22.

Veamos cinco motivos por la entrega:


1. Judas entregó a Cristo por treinta piezas de plata a causa de su codicia; véase Mateo 27.3,4.

El terrible pecado de la codicia tuvo su principio en el Edén, cuando Eva codició el fruto del árbol prohibido para alcanzar la sabiduría; Génesis 3.6. ¡Cuán funestas fueron las consecuencias! Ella se rebeló contra su Creador y llevó a su marido consigo a la ruina espiritual. En su desarrollo la codicia engendra la avaricia, uno de los seis pecados mayores que se nombran en 1 Corintios 5.11 que exigen la excomulgación del culpable.

La codicia alcanzó su mayor proporción cuando Judas traicionó al Salvador en manos de sus enemigos. Cristo pronunció su maldición sobre Judas, diciendo: “¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado!” Mateo 26.24. Le llamó “el hijo de perdición”.

El apóstol Pablo denuncia el amor al dinero, diciendo: “Las muchas codicias necias y dañosas hunden a los hombres en destrucción y perdición”, 1 Timoteo 6.9. La codicia es responsable por más crímenes que cualquier otro mal.

2. El motivo por el cual el concilio entregó a Cristo en manos de Pilato fue la envidia; véase Mateo 27.18.

La envidia motivó el primer crimen fuera del Edén, cuando Caín mató a su hermano Abel. En Proverbios 14.30 leemos que la envidia es carcoma, o podredumbre, de los huesos. Hace sus funestos estragos entre jóvenes y ancianos, sea en la familia, entre amigos o en la asamblea.

El colmo fue cuando los mismos judíos, gente de los más elevados privilegios, fueron cegados por la envidia a tal extremo que demandaron la destrucción por crucifixión de su verdadero Mesías. Ese acto les costó la destrucción total de su ciudad y templo además de la matanza despiadada de tantos de ellos y de sus hijos. Debemos orar y velar para que no seamos tentados así.

3. El motivo de Poncio Pilato al entregar a Jesús fue la conveniencia.

El no tuvo valor en sus convicciones. Pilato sofocó la voz de su conciencia, sometiéndose al clamor popular. En Hechos 4.27 su nombre aparece después del de Herodes en las filas de los que se opusieron a nuestro Señor. ¡Infeliz hombre con su decisión fatal! Muchos son los que buscan la salida más conveniente, aunque esté en pugna con su conciencia y su convicción.

Pilato se lavó las manos en agua, diciendo: “Inocente soy yo de la sangre de este justo”. Enseguida azotó a Jesús y le entregó para ser crucificado; Mateo 27.24,26. Fue el primero en sacar la sangre, y el responsable por todo lo que nuestro amado Salvador tuvo que sufrir. Se ve el peligro de apagar la voz de nuestra conciencia y actuar contra nuestras convicciones, sea por complacer a otro o por miedo de sufrir oprobio.

Habiendo notado el lado humano, consideraremos ahora el lado divino en la entrega del Señor Jesucristo a la muerte.

4. El motivo divino fue el amor.

“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo”. “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo”, 1 Juan 4.9. En Hechos 2.23 leemos que Cristo fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios.

Según Romanos 8.32 el Padre no escatimó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros. El mismo versículo nos indica que su objeto fue el de darnos todas las cosas con Cristo. Este amor de Dios en su inmensidad ha sido derramado en nuestros corazones por su Espíritu que nos ha sido dado.

¿Cuál debe ser la reacción nuestra a un amor tan inmerecido, inagotable, más ancho que el mar y más alto que el cielo? Debemos amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente; Lucas 10.27.

5. El amor infinito fue también el motivo por el cual el Señor Jesucristo se entregó a sí mismo a la horrenda muerte de cruz. Dice el apóstol en Gálatas 2.20: “... el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

El amor de Cristo es la potencia mayor en la vida cristiana. Pablo pudo decir que el amor de Cristo nos constriñe. Este motivo fue el secreto de la devoción dinámica y el servicio incansable de aquel ilustre esclavo de Jesucristo. Produjo en él la carrera más admirable en toda la historia cristiana.

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”, dijo el Señor. Si queremos descubrir en qué medida hemos alcanzado este objetivo, consultemos 1 Corintios 13. La asamblea de Éfeso dejó su primer amor. Demas abandonó al apóstol en Roma porque había cambiado el amor de Cristo por el amor al mundo. ¡Qué negocio tan fatal!

Santiago Saword

¿Qué es y qué simboliza la ofrenda expiatoria?

 


Introducción

A diferencia de algunos comentaristas, considero que este tema abarca todo el capítulo 5 y hasta el 6:7. Se aprecia un contraste entre ambos capítulos: el cuarto trata de los pecados cometidos por error o ignorancia, mientras que el quinto expone pecados realizados deliberadamente, los cuales difícilmente pueden clasificarse como simples equivocaciones.

Este sacrificio es similar al de la expiación por el pecado y se conoce como ofrenda expiatoria. Estaba disponible para todas las personas, incluso las más pobres, quienes podían presentar únicamente un poco de harina.

 

Pecados Señalados

Encontramos al menos los siguientes pecados:

1.       Negarse a declarar en algún caso que es testigo (5:1)

2.       Tocar cosas impuras (cadáveres, animales inmundos, impureza humana) (5:2-3)

3.       Hacer juramentos a la ligera (o imprudentes) sin entender el fin del juramento, sea para bien o mal. (5:4)

4.       Pecar por yerro en las cosas santas de Jehová. (5:15)

5.       Si quebrare algún mandamiento de Jehová a sabiendas o no.  Tenemos prevaricación al no cumplir o ser fiel en lo que está bajo su cuidado: engaño en depósitos o préstamos; robo o fraude; negación de haber encontrado algo perdido; y juramentos falsos. (6:1-3).

Al analizar este pasaje vemos que se trata de pecados comunes en la vida diaria. Surge la pregunta: ¿no ocurre que, aun sabiendo lo que no debemos hacer, lo hacemos? Jóvenes y adultos pueden exponerse a imágenes que fomentan la lujuria; también podemos preguntarnos si hemos sido fieles con el dinero confiado para una compra. Tomar algo sin permiso es conscientemente violar un mandamiento del Señor, y, por tanto, pecar deliberadamente.

 

¿Qué sucedía?

Dios en su misericordia proveyó diferentes formas de acercarse según la capacidad económica del pecador. No porque fuera muy pobre que había de obviar este acto de sacrificio de expiación; todos somos pecadores, no importando nuestra condición social, para Dios eso es lo de menos. Para los más pobres proveyó que podían ir al campo y cazar dos palominos o dos tórtolas o llevar un poco de flor de harina.

Además, si había robo o fraude, el culpable no podía quedarse con lo sustraído, aunque hubiera hecho el sacrificio. No bastaba con el arrepentimiento: Dios mandaba restituir lo defraudado más una quinta parte, es decir, una quinta parte, o sea el 20%, adicional del valor.

¿Qué simboliza?

Evidentemente en nuestra vida como cristianos pecamos y esto provoca que nuestra comunión con el Padre se corte por algunos instantes. Esto provoca que nuestra conciencia comience aquejarnos y a llevarnos al arrepentimiento, y al confesarlos sentimos en alivio del perdón.

¿Por qué?

Porque tenemos un abogado que intercede por nosotros cuando confesamos nuestras faltas (veas 1 Juan 2:1). Su sangre nos limpia de esos pecados. No solo su sangre nos quitó el Pecado como esencial, sino que aquellos que nuestro viejo hombre nos induce a cometer, el Señor también ha hecho propiciación por aquellos (1 Juan 2:2).

Aunque recibimos perdón, las consecuencias del pecado deben afrontarse. Por ejemplo, si hemos robado, la justicia humana impondrá una pena, o nosotros mismos debemos resarcir el daño causado.

 

Resumen.

La obra de Cristo en la cruz no solo abarca la esencia del pecado, sino que abarca todos los pecados que podamos cometer después de nuestra conversión, y las consecuencias del pecado que cometimos se deben afrontar por causa de nuestra responsabilidad.

LEYENDO DIA A DIA 2 CORINTIOS (3)

 capítulo 2 Los triunfos del amor de Cristo


Pablo había sido consecuente. Su meta era la felicidad de los santos, y quería evitar una visita a Corinto que conllevaría una reprensión que les provocaría angustia, ya que empleaba la severidad y la reprensión con moderación. Si reprendemos mucho más que alabamos, nuestra severidad pierde efecto, siendo descontada la reprimenda por su frecuencia. Al reprender, Pablo lo hacía con amor, v. 4, y la única reprimenda eficaz es la que se da junto con un abrazo amoroso.

Ellos habían procedido a disciplinar después de la carta anterior, pero ahora eran culpables de una severidad excesiva. La disciplina había sido realizada con miras a la restauración del ofensor, y ahora debían manifestar una disposición a perdonar. El cristiano debe estar siempre dispuesto a perdonar, así como ha sido perdonado por Dios. Había dos peligros. Por un lado, una severidad exagerada podría sucumbir al ofensor en desespero, v. 7, o por otro lado Satanás podría aprovecharse de ella como oportunidad para ahuyentarle de la comunión de los santos, v. 11.

En Troas Pablo tuvo que tomar una de las decisiones más difíciles de su carrera. ¿Servir a los pecadores o a los santos? ¿La salvación de almas o los intereses de una iglesia carnal? El suyo era un ministerio doble: (i) el evangelio … del cual yo Pablo fui hecho ministro; y (ii) fui hecho ministro … para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, Colosenses 1.23 al 25. Él se marchó de Troas, y las oportunidades que presentaba, para atender a las necesidades de la asamblea de Corinto. En ese momento, era más importante impedir que le deshonren personas que eran llamadas por el nombre de Cristo que traer al conocimiento de Cristo personas que no le habían recibido.

Tito le había traído noticias de otro triunfo del amor de Cristo en Corinto y Pablo daba gracias a Aquel que siempre lleva en victoria. La metáfora del v. 14 se deriva de los generales victoriosos de Roma. El Conquistador Todopoderoso estaba llevando a Pablo por la vuelta del mundo como ejemplo ilustre de su poder para subyugar y salvar. El enemigo de Cristo era ahora el siervo de Cristo. Estaba en una marcha triunfal, no meramente como uno que había sido conquistado, sino como uno que estaba triunfando con Dios.

Los mismos predicadores apostólicos se presentan como un olor, su personalidad fragante con Cristo, su mensaje muy agradable para Dios. Le eran de un todo aceptables a Dios, aun cuando algunos de sus oyentes estaban rumbo a la destrucción mientras otros se salvaban, vv 15,16.

B.Osborne