sábado, 9 de junio de 2012

LIBRO DEL PROFETA JONAS


CAPITULO 6: El Cristo

            La persona de Jonás representa al Cristo bajo dos aspectos diferentes, el primero de los cuales, la muerte y la resurrección de Cristo, para cumplir la obra de la Redención, lo encontramos en los evangelios de Mateo y de Lucas.
            En Mateo 12, los escribas y los fariseos que acababan de acusar al Señor de "no echar fuera los demonios sino en unión con Belcebú, príncipe de los demonios" (Vers. 24), pidiéndole una "señal de su parte" (Vers. 38), un milagro para acreditarle a El en sus ojos. ¡Pedir a Jesús lo que Le acreditaba, cuando toda Su vida y los milagros de bondad que operaba a cada paso proclamaban que era Emanuel, Dios con nosotros! Esa generación mala y adúltera, ¿podría todavía ser convencida por una señal? Por eso el Señor les contesta: "Mas ninguna señal le será dada, sino la señal de Jonás el profeta. Porque de la manera que Jonás estuvo en el vientre del gran pez por tres días y tres noches, así el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la tierra" (Vers. 39-40). ¡Tipo maravilloso, dado en la persona de Jonás, de los sufrimientos de Cristo, cerca de 900 años antes de Su venida! En efecto, Sus sufrimientos y Su muerte son el primer tema de la profecía.
            Pero la estancia de Cristo en la tumba fue también la señal de que ahora era demasiado tarde para el pueblo; que ya no había posibilidad para él de recibir al Profeta, al Enviado, al Hijo del hombre, al Hijo de Dios, como Rey suyo. Desde ese momento, todas las relaciones antiguas de Dios con Su pueblo quedaban interrumpidas y, para ser reanudadas, tan solo podrían ser basadas en su rechazamiento, y ya no en Su presentación al pueblo Suyo como Mesías y como Rey. Cristo vino a tomar, en amor, el lugar de Israel rechazado por su desobediencia, para que éste, en virtud de la expiación cumplida, pudiese volver a encontrar su sitio en el reino. Para nosotros cristianos, El tomó nuestro sitio, como pecadores, bajo el juicio, para que los cielos pudiesen sernos abiertos.
            A estas palabras, añade Jesús (Vers. 14): "Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás; y he aquí uno mayor que Jonás en este lugar". Las naciones, tan despreciadas por los judíos, eran mucho menos culpables que este pueblo. Nínive se había arrepentido sin ninguna señal, y por la simple predicación de un profeta sobre el juicio; — ¿Se había arrepentido Jerusalén con la predicación de uno más grande que Jonás, que no sólo era el Profeta de gracia, obedeciendo a la voluntad de Dios, sino Hijo de Dios? Por lo tanto esos hombres de las naciones serán, en el día del juicio, los testigos abrumadores de la justa condenación de Israel, que rechazó a Dios en la persona de Cristo venido en gracia.
            En Lucas 11:29-32, la instrucción es algo diferente. Después de haber dicho, en el versículo 29, que no sería dada a esa generación mala otra señal sino la de Jonás, Jesús añade: "Porque de la manera que Jonás fue señal a los Ninivitas, así también lo será el Hijo del hombre a esta generación" (Vers. 30). Asemeja esta generación judía culpable, a los Ninivitas, a un pueblo pagano.
            Jonás, muerto y resucitado en figura, era no solamente predicador, sino señal a los Ninivitas, señal que lo acreditaba entre ellos. En efecto, no se trata, en este pasaje, de la predicación, sino de la persona de Jonás. Un Cristo muerto y resucitado, recibido ahora entre las naciones como Salvador, y del cual Jonás es tipo, condena en adelante a Israel. Este pueblo era culpable de su muerte, y, Dios, al resucitarle, declaraba su plena satisfacción de la obra de Su Bien-amado, del cual Israel nada había querido, lo que le condenaba sin remisión. El Señor añade: "Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás; y he aquí uno mayor que Jonás en este lugar" (Vers. 32). De hecho, los Ninivitas se habían arrepentido sin señal, mientras que los judíos pedían una. La predicación de Jonás les había llevado al arrepentimiento; su palabra había producido este resultado. ¿Qué había ellos hecho, esos judíos, de la predicación del Cristo? Y sin embargo, ¡qué diferencia existía entre estos dos testimonios! Jonás venía para anunciar el juicio y la destrucción de Nínive; Cristo venía para anunciar la gracia a Su pueblo culpable. ¡Cuánto era pues el endurecimiento de Israel por haber rechazado tal mensaje!
            Tal es el tipo de Jonás en el Nuevo Testamento: Jonás rechazado, Jonás pasando tres días y tres noches en las entrañas del pez, Jonás resucitado: es Cristo, y, como tal, es presentado hoy para salvación a todos los hombres.
            El libro de Jonás nos muestra, además, más que ningún otro, que la profecía no puede interpretarse por el cumplimiento de acontecimientos históricos, uno de los numerosos errores de la teología moderna, pero que Cristo es el propósito final y la única solución.
            Cristo nos es presentado en este libro bajo un segundo aspecto. Jonás allí es tipo de Cristo, sufriendo él mismo la ira de Dios en Su gobierno y siendo librado de ésta, para que los fieles del fin (el residuo judío), atravesando la gran tribulación, encuentren en ello ánimo y consolación de los cuales precisarán para sufrirla ellos mismos. Esta verdad importante es resumida en un pasaje de Isaías: "Y así él se hizo Salvador suyo. En todas sus aflicciones él fue afligido, y el Ángel de su presencia los salvaba" (Isaías 63:8, 9). Es así que el remanente de Judá, culpable del rechazamiento del Mesías, pasando, en virtud de este pecado, en el horno y la angustia, y encontrándose él mismo rechazado, según Mateo 16: 4, encontrará, cuando sea tragado en las aguas profundas, que otro, su Salvador y su Redentor, ha estado allí antes que él y por él, y ha sido librado de ello. ¡Qué seguridad tal descubrimiento dará a su alma! En efecto, en la escena de Getsemaní, pudo decir: "en el día de mi angustia ¡inclina a mí tu oído!"; y: "Y he mezclado mi bebida con lloro, a causa de tu enojo y de tu ira; porque me has alzado, y me has arrojado" (Salmo 102:2, 10). El mismo dijo también: "¡Las aguas se me han entrado hasta el alma!" (Salmo 69:1). El mismo, "en los días de su carne, ofreció oraciones y también súplicas, con vehemente clamor y lágrimas, a aquel que era poderoso para librarle de la muerte; y fue oído y librado de su terror" (Heb. 5:7). Vemos en estos pasajes, y en otros muchos, a Cristo en Getsemaní, atravesando el día de la "angustia" (Salmo 102:2), y las angustias del juicio merecido por Su pueblo; simpatizando con él, realizando en Su alma lo que es la ira de Dios contra Israel culpable. Es al considerar eso, que los fieles del Residuo del fin serán animados en su piedad, en la confianza suya en Dios, en la seguridad de su libera¬ción final, y podrán decir: "¿Hasta cuándo?" ciertos de que un día tendrán respuesta. Aprenderán a conocer a Cristo en la profundidad de las aguas y compartiendo Su angustia, pero sabrán que salió en resurrección del gran abismo, para que ellos volviesen a encontrar la bendición en la "tierra de los vivientes".
            Esta liberación que nosotros, cristianos, poseemos hoy día, nos ha abierto el cielo; la de Israel, en los últimos días, le abrirá la tierra renovada bajo el reinado del Rey de paz, de suerte que ese pueblo podrá decir con la misma certidumbre que nosotros hoy día: "¡La liberación es de Jehová!"

La Biblia - Resumen de Sus 66 Libros


1 Timoteo

“Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Timoteo 3:16).



            La primera epístola a Timoteo («que honra a Dios») está dirigida a un individuo, un joven por quien Pablo evidentemente sentía un profundo afecto. De carácter tímido y retraído, y a pesar de haber sido dotado por Dios, necesitaba ser incitado a tener un sentido de responsabilidad en cuanto a la conducta que convenía observar “en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente” (3:15).
            Su ministerio le fue dado, no para ser ejercitado de forma independiente, sino por causa del bienestar de la Iglesia, el cuerpo de Cristo. Es llamado también a cuidar que la sana doctrina se mantenga en la iglesia local, y que ese orden sea mantenido con la participación de ancianos y diáconos fieles.
            La iglesia también debía ser un lugar de oración (cap. 2); y en el capítulo 3, es vista como “columna y baluarte de la verdad” (v. 15). Da testimonio que Dios fue: “manifestado en carne”, en la verdadera humanidad del Señor Jesús; “justificado en el Espíritu”, en el momento del bautismo de Jesús y durante el transcurso de su vida, vemos el poder de la unción del Espíritu Santo; “visto de los ángeles”, quienes nunca antes le habían visto; “predicado a los gentiles”, proporcionando un Evangelio universal para toda la humanidad; “creído en el mundo”, si son muchos o pocos, no marca ninguna diferencia, pero la fe respondió a tal revelación; “recibido arriba en gloria”, lo que completa esta lista de benditos hechos de los cuales la Iglesia da testimonio.
            Las instrucciones que hallamos en este libro son provechosas para nuestra conducta y nuestra vigilancia en cuanto a la Iglesia de Dios.

 

2 Timoteo

“Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios” (2 Timoteo 1:8).



            La segunda epístola a Timoteo trata también de la responsabilidad individual en relación con la Iglesia. Es la última epístola del apóstol Pablo. La escribió desde la prisión, sabiendo que iba a ser enviado a la muerte por testificar del Señor. Aquí ya no habla de “la casa de Dios”, sino de “una casa grande” (2:20), ya que aquello que una vez había sido la casa de Dios en cierta medida de pureza y verdad, se había degenerado hasta el punto de aceptar errores groseros y vasos de deshonra. Además, todos los que estaban en Asia habían abandonado a Pablo, indudablemente porque no deseaban más su enseñanza. Pero él no se desanima. En efecto, con un corazón gozoso anima a este joven Timoteo, fortaleciéndole contra su propia timidez natural. Timoteo no debe avergonzarse del testimonio del Señor, debe “usar bien la palabra de verdad” (2:15), hacer completo uso de toda esa bendita verdad, actuando con firmeza y decisión para Dios. No debe descuidar nada de ello, ya sea en la obra de evangelista o en el ministerio para el pueblo de Dios. El capítulo 2 muestra al creyente en ocho importantes aspectos de la vida, y es muy útil para cualquiera persona que honestamente desea servir al Señor hoy en día.
            Así pues, este libro contiene un gran estímulo para el corazón que es recto en estos días de alejamiento y descuido espiritual. Revela la bendición de los recursos de Dios quien conoce las presentes condiciones, para que, independientemente de cual sea la deshonra hecha al nombre de Dios por la cristiandad profesante, el creyente pueda, con todo, ser fiel al significado del nombre Timoteo: «que honra a Dios».

Tito

“Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres” (Tito 3:8).

            Tito («cuidador») es también una epístola individual.
            Su tema no es exactamente el de la piedad en el mantenimiento de la verdad en la Iglesia de Dios (como en Timoteo), sino más bien la verdad que produce la piedad y el orden en la Iglesia. Si hay verdad, ella es “según la piedad” (1:1).
            Tito había permanecido en Creta con el propósito de establecer ancianos allí en cada ciudad. Pablo y Bernabé habían hecho tal obra, como se muestra en Hechos 14:23, y Pablo había delegado autoridad en Tito para hacerlo. Él bien pudo haber delegado también tal autoridad en Timoteo, aunque esto no se indica; sino que, en realidad, escribió a Timoteo en cuanto a las cualidades de un anciano u obispo. Al dirigirse a Tito, insiste, por supuesto, en la piedad si uno iba a ser establecido para tal obra.
            Hoy en día, no hay nadie que tenga autoridad para nombrar ancianos, sin embargo, los creyentes deberían reconocer fácilmente a hombres con tales cualidades, y respetar su experiencia y juicio, sin que sean designados oficialmente.
            Notemos, también, que Pablo insiste en la piedad en las variadas relaciones de los creyentes entre sí, y exhorta a que Tito sea un ejemplo para todos ellos. Aquellos que habían creído a Dios debían ser exhortados seriamente a ser celosos “de buenas obras” (2:14). Esto no es simplemente abstenerse de obrar mal, sino de comprometerse en aquello que es positivamente beneficioso para el bien de otros.
            Vemos a través de estas líneas que cuidar almas es una obra valiosa.

No vestirás ropa de lana y de lino juntamente


LISTOS PARA EL VIAJE
            Los Rubenitas, Gaditas y los de la media tribu de Manasés parecen tomar lugar entre Lot, Jonatán y Abdías por un lado y Moisés, Abraham y Elías por el otro. Ellos representan una generación que no quiere de ninguna manera separarse del llamamiento de Dios y de su pueblo, pero que sin embargo traiciona en su carácter moral, una extraña inconsecuencia con relación a este llamamiento. Esta clase es muy común y hasta podemos decir, la más numerosa (ver Nm. 32). Cada uno de nosotros lo siente muy bien en su corazón. Josué experimentaba una ansiedad temerosa para con este pueblo; precisa­mente como Moisés lo había sentido antes. Los llama a él para dirigirlos particularmente una palabra de exhortación y de advertencia en el momento cuando comienza la acción para el pueblo de Dios (Jos. 1). Lo más mínimo en las Escrituras son las cosas a veces más significativas, como es el caso del primer capítulo de Josué, creo. En cuanto a las tribus en general, para Josué le es suficiente decirles: "Preparaos comida, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán, para entrar a poseer la tierra que Jehová vuestro Dios os da en pose­sión". Las tribus estaban libres de toda preocupación y en orden para el viaje; no tenían sino que esperar la señal de partida. Noé también estaba listo para el viaje hacia otro mundo; no le faltaba sino el mo­mento para entrar, él y su familia, en el barco. Las dos tribus y me­dia no estaban tan libres; varias cosas les ataban; tal vez por eso Josué, instintivamente obra para con ellos como con personas atadas con un bagaje pesado y numeroso, en el momento de salir. Les tuvo que re­cordar el compromiso para con Israel, pues a sus ojos, ellos no estaban ligados y unidos completamente a Israel. En cierta medida, él hace para con estas tribus lo que el ángel hizo con Lot cuando vino a Sodoma.
            Consideremos todavía a este mismo pueblo en Josué 22.
            El arca había pasado del otro lado del Jordán, cuando las aguas se separaron ante los pies de los sacerdotes que la llevaban; el arca había atravesado el río dirigiendo y garantizando al Israel de Dios. Rubén, Gad y Manasés habían pasado también. Pero mientras que Israel y el arca quedan en Canaán, las dos tribus y media vuelven para esta­blecerse allá donde sus hermanos habían vivido errantes y viajeros; presentando así a los ojos de todos el espectáculo extraño de israe­litas encontrando su lugar y su interés fuera de los límites naturales de la heredad prometida y buscando un lugar para sí mismos, allí donde el arca no había podido ni debido permanecer.
            Josué lo siente y es así como antes del regreso les dirige una adver­tencia especial. Parece que ellos también sienten algo igual tan pronto como ponen los pies en la tierra de su elección. Cierto ma­lestar parece tomar sus almas y levantan un altar. Todo esto tiene para nosotros un lenguaje que debería ser comprendido por los "israelitas de nuestros días que habitan el país de Galaad".

ALTARES ARTIFICIALES
            Josafat se había sentido molesto también en el trono de Acab; bajo el peso de este malestar que siempre oprime a un verdadero israelita en medio de incircuncisos, Josafat hizo llamar a un profeta de Jehová. Este es precisamente el lenguaje del espíritu renovado que se encuentra en una tierra extraña. Las dos tribus y media levantan un altar y le ponen el nombre "Ed", que quiere decir Testimonio (Jos. 22:34). Era como un testimonio de que el Dios de Israel era su Dios y que ellos tenían parte en el llamamiento y en las esperanzas del Israel de Dios. ¿Por qué todo esto? Si ellas hubieran tomado su porción en Canaán, nada semejante hubiera sido necesario; ellas hubieran tenido el altar original en lugar de una sombra. Sus almas hubieran poseído el verdadero testimonio interior y no hubieran tenido necesidad de un "Ed" exterior. Pero estas tribus no estaban en Canaán, sino en Galaad. Silo no estaba más a su vista. Necesitaban pues un memorial para sostener y ayudar a su confianza y para dar testimonio por un medio de su propia invención, de que ellas eran uno con el Israel de Dios. Esto es de un gran significado y que se ve mucho hoy. Nuestra alma, como la de los que nos rodean, requiere un testimonio eviden­te de lo que somos, cuando nos encontramos en una posición que no está en armonía con el llamamiento de Dios. Se siente la necesidad de algo artificial o secundario; tener la aprobación de otros; un he­cho con el que se nos reconozca; el examen de nuestra condición personal junto a una incertidumbre de espíritu; mucho razonamiento con nosotros mismos sobre todo esto, o también el recuerdo de días mejores vuelven "necesario algo secundario", como el altar de "Ed'". Tal es el caso del alma cuando no es íntegra, simple y fiel. Conoce­mos todo esto representado por la inscripción en el país de Galaad. La mujer de Lot, o la estatua de sal, lleva una sentencia que nuestro divino Maestro descifró para nosotros: Que el monumento erigido por los israelitas fuera de los límites del país de la promesa, pueda advertir a nuestras almas, si ellas buscan la tranquilidad, la seguridad del corazón y la paz profunda de la conciencia, para que no vayamos a establecemos fuera de donde la Iglesia debe estar como peregrina.
            Alma mía, ¿sabes leer esta inscripción? Cada corazón conoce sus propios motivos de humillación. Toda esa turbación de espíritu, esta agitación de pensamiento, el deseo de Josafat por ver un profeta de Jehová, el altar de "Ed", son tantos testimonios en favor y en contra nuestro: ellos demuestran un espíritu renovado, pero lo muestran en medio de condiciones y de experiencias que un ojo simple, un cora­zón más lleno de amor por Cristo, lo hubiera rechazado.
            Rubén, Gad y Manasés reciben una segunda advertencia. Josué y las tribus que están en Canaán les hablan como ya lo había hecho Moisés. El altar de Galaad despierta dudas como ya anteriormente había despertado dudas el hecho de querer establecerse en Galaad. Todo esto es frecuente y muy natural, pero al mismo tiempo muy significativo. Los santos de Galaad no dan seguridad de su llama­miento y elección en el corazón de sus hermanos, al menos sin previa información. Se produce un gran movimiento entre las tribus que ya estaban en Canaán, y en la posesión consciente de Silo y del taber­náculo de Dios. Es enviada una embajada de en medio de ellos para inquirir sobre el asunto. Algo de lo que ellos no pueden darse cuenta, llama la atención a su mirada como en desacuerdo con el llama­miento de Israel; es necesario, pues, una explicación a todo esto. ¡Qué cuadro tan significativo para nosotros! Seguramente que estamos en una escena semejante en la cristiandad, circunstancias semejantes nos son muy familiares. No dudamos que el apóstol fue lo mismo en las epístolas a los Corintios en el Nuevo Testamento como lo fue el Antiguo Finees, hijo de Eleazar el sacerdote, cuando cruzó el río pa­ra ir a pedir informes sobre el altar erigido en Galaad. Había en Corinto algunas cosas que alarmaron al apóstol, y que eran para él síntomas tremendos de abandono de la posición celestial de los santos. Los corintios parecían estar como príncipes de este siglo, reinando como reyes sobre la tierra. El ministerio del apóstol Pablo, ejercido con amor y celo en Cristo, empezaba a ser rechazado mien­tras que otros comenzaron a gozar de la estima y la confianza a causa del rango y ventajas que tenían en este mundo. Las escuelas del hombre y su sabiduría tomaban autoridad, y los santos parecían querer afirmarse allí donde la Iglesia no tenía que ser sino una ex­tranjera desconocida. Con el celo de Finees, Pablo "cruza el Jordán", por así decirlo, y, qué tranquilidad produjo su descubrimiento... (2 Cor. 6:11-13).
            Las tribus de Galaad pueden satisfacer a Finees y a sus hermanos, mejor de lo que los santos en Corinto pudieron satisfacer al apóstol. He aquí tantas diferencias y variedades que se reproducen en nuestros días, en el estado moral del pueblo de Dios. He aquí pues nuestro motivo común de tristeza y de humillación porque el llamamiento y elección no son retenidos con firmeza en nuestros corazones y que a menudo tenemos que hacer el camino, o lo mandamos a hacer a los demás para la inspección de nuestros caminos, de nuestro "Ed", de nuestros altares, de nuestras columnas, y del balido de nuestros ganados en las llanuras de Galaad, en lugar de reposar y nutrirnos juntos aprendiendo los secretos del tabernáculo y del altar de Silo. En el Nuevo Testamento, la Iglesia de Corinto recuerda al israelita del otro lado del Jordán, del lado del desierto. Los temores del após­tol para con ellos no se trataba de las influencias del judaísmo; tam­poco de las especulaciones incrédulas del pensamiento; al menos no es el caso de la segunda epístola; no se trataba de la gracia vuelta en disolución. Es cierto que estos temores ocupaban el pensamiento del Espíritu cuando se dirige a otros santos o a otras iglesias; pero a Corinto, era por la mundanalidad con que estaba amenazada la Igle­sia. Parece que un individuo había cautivado a los santos; la natura­leza y las circunstancias le habían dotado de todo lo que es suscepti­ble para ganar el corazón del hombre del mundo. Parece tratarse de una persona como le llamaríamos hoy "una persona bien"; sus mane­ras elegantes, buena posición, influencia a la que los corintios habían cedido; se habían dejado embelesar en alguna manera, mirando las apariencias de un hombre que se engrandecía tomando ocasión de su naturaleza y de sus circunstancias para recomendarse a ellos.
            Fue también como el apóstol tuvo que oponerse a un miserable esta­do de cosas. Se notaba que una parte del afecto y de la confianza de sus queridos corintios había desaparecido, porque él no podía glo­riarse de las ventajas carnales que comenzaban a tener precio para ellos. Seguramente que tampoco tuvo jamás el pensamiento de hacer­se valer en algo semejante. Aunque sabemos que tuvo mucho de qué gloriarse "en la carne", sin embargo Pablo prefirió gloriarse en "sus debilidades". Quiso ser débil en cuanto a sí mismo. Habla de las ventajas carnales que ese hombre poseía y que había hecho valer en medio de los santos, en un lenguaje semejante al que Moisés hubiera podido emplear hablando de la "ropa tejida de lana y de lino". "No os unáis en yugo desigual con los infieles", dice el apóstol ahora co­mo Moisés lo había dicho a Israel: "No ararás con buey y con asno juntamente. No vestirás ropa de lana y lino juntamente". Pablo no estaba asociado de esa manera ni tampoco vestido así. Había sido uno de los primeros de la vanguardia de la tribu de Judá para cruzar el río.

EL LLAMAMIENTO DE DIOS NOS SEPARA
            Todo esto es para nosotros una ilustración de lecciones importantes. No debemos mezclamos con lo que el llamamiento de Dios nos sepa­ra. No tenemos que llevar puesto un vestido de diversos materiales. Pero si lo rechazamos, si vestimos el vestido puro, si tomamos la po­sición y entramos en las relaciones que conducen al llamamiento de Dios, es necesario que nos encontremos con un vestido ceñido, no solamente un vestido sin mezcla, y que persistamos en estas cosas. El Señor no nos llama a trabajar para mejorar al mundo, sino a tomar y a guardar una posición separada del mundo. Pues, muy amados, si tomamos como principio esta posición de separación, busquemos la gracia y el poder que solos pueden adornar y embellecer ese testimo­nio según el Señor.
            Tal es el carácter del tiempo por el que atravesamos hoy. El dios y príncipe de este mundo deja que los ciudadanos barran y ordenen la casa; y esto les hace admirar su nuevo estado, y felicitarse de haberla transformado tanto que ya no es, según piensan ellos, la misma de antes. El error es grande y peligroso; la casa sigue hoy más que nunca como la morada del espíritu inmundo; pero está tanto más limpia para sus designios, pues se halla barrida y adornada. No tardará él en hacer uso de todo ese trabajo de sus ciudadanos para el cumplimien­to de sus propósitos impíos. "El que conmigo no recoge, desparrama"

CUIDADO CON EL YUGO DESIGUAL
            Nuestro trabajo, ¿es conforme a los designios de Cristo? ¿Es cumpli­do según Su peso y Su medida? Si no es así, aunque lo hagamos en Su nombre, ese trabajo no será sino para ventajas del enemigo. En la parábola se encuentra que el cuidado que se empleó para barrer y adornar la casa, fue completamente aprovechado por el espíritu inmundo, quien no dejó de ser el maestro aunque le hubiera dejado por un tiempo. Todo lo que fue hecho para el embellecimiento de la casa es para su maestro. Satanás es hoy el dios de este mundo tanto como jamás lo ha sido; y continuará siéndolo hasta que el juicio cai­ga sobre él por parte de Aquel que está sentado en el caballo blanco. La paz que durante tantos años ha gozado Europa, ha dado numero­sas ocasiones para barrer y adornar la casa. A la manera humana, la espada se cambió en arado; la tierra y sus recursos, el hombre y sus facultades han sido cultivados más allá de lo que había sido hecho; la casa parece pues muy distinta de lo que fue, después que los siervos, por sus esfuerzos, han venido a limpiarla y a adornarla. Los progresos literarios, morales, artísticos y religiosos son inmensos. Las sociedades de paz y las que luchan contra los vicios, el gusto por la literatura y la música, los congresos de las diferentes naciones, las proclaman tan alto como las orgullosas pretensiones del día que se hacen en todas partes. Toda esa diligencia es según el pensamiento del maestro de la casa, o el dios de este mundo. Esta es una verdad muy seria. "Aquel que conmigo no recoge, desparrama". Palabras solemnes. "No os unáis en yugo desigual con los incrédulos". Es la confusión. Es el tejido "prohibido" de lana y de lino. Mientras que nuestros labios pronuncian esas palabras, nuestros corazones confie­san con humildad que más de un siervo del Señor, recto y sincero, trabajando con amor, con celo y con simplicidad, pero equivocado en cuanto al objetivo, se encuentra en cuanto a la práctica, delante de muchos que han discernido netamente el error.
            Tememos a la indiferencia más que a la mezcla. Tememos a Laodicea más que a Sardis. Que podamos recibir una lección de la una y de la otra. Que aprendamos a evitar la actividad religiosa de Sardis, que tiene el nombre del que vive, tanto como el formalismo frío y egoís­ta de Laodicea. Seamos diligentes, pero en un servicio verdadero. Utilicemos nuestros talentos, pero utilicémoslos para servir a un Maestro rechazado, sin esperar nada de este mundo que le rechazó, sino contando en todo con Su presencia, de la que pronto iremos a gozar.
Por  J.G. Bellet. Editorial Luz.

EL TABERNÁCULO


EL LUGAR SANTÍSIMO


Como la ciudad de Apocalipsis 21: 16, el lugar santísimo era cúbico, manifestando así la perfección de Dios en todo. Era oscuro, pues, según 1 Reyes 8: 12, Dios había dicho que "habitaría en la oscuridad", manifestando de esa forma que aún no había sido ple­namente revelado a los hombres. Esta plena revelación sólo tuvo lugar en Cristo, Dios manifestado en carne (Juan 1: 14).
Finalmente, el lugar santísimo estaba cerrado por el velo, sobre el cual se encontraban los querubines que recordaban los de Edén, los cuales cerraban el camino al árbol de la vida. Nadie (salvo Moisés, quien se hallaba en una situación especial) podía entrar allí, excepto el sumo sacerdote una vez al año con la sangre (Levítico 16; Hebreos 9: 7). Ahora el velo está rasgado desde la muerte del Señor Jesús (Lucas 23: 45) y noso­tros podemos acercarnos por el "camino nuevo" descripto en Hebreos 10: 19-22.

1. El arca (Éxodo 25: 10-22)
En las ordenanzas para el tabernáculo dadas por Dios a Moisés, en los capítulos 25 a 27, el arca ocupa el primer lugar. De igual manera, cuando Dios se nos revela, parte del santuario y sale hacia el atrio; nos pre­senta primeramente lo que es el objeto supremo de su corazón: la persona de Cristo. Cuando consideramos el camino por el cual nosotros nos acercamos a Dios, acu­dimos primeramente al atrio, al altar, luego a la fuente y sólo entonces podemos entrar en el santuario. Por eso en nuestra charla hemos dejado el arca para el final.
Si el arca es el primer objeto colocado ante nues­tros ojos en estos capítulos, es sin duda porque la Per­sona de Cristo debe tener el primer lugar en nuestro corazón. En el Salmo 132 vemos qué importancia tenía el arca para David. Es notable que este salmo esté seguido por el 133, en el cual se ve "cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía". Es preciso primeramente el Centro para que la reunión se realice.
No se podía ver el arca más que en el lugar santí­simo. El acceso a él está abierto para nosotros hoy en día; pero conviene que al ocuparnos en la Persona del Señor lo hagamos siempre con la mayor reverencia.
El arca tenía 2 1/2 codos de largo, 1 1/2 de ancho, 1 1/2 de alto; estaba hecha de madera de acacia y de oro puro (para las tablas no se dice oro puro), pues es una figura de la Persona de Cristo, "el Verbo (la Pala­bra)... hecho carne" (Juan 1: 14), "Dios... manifestado en carne" (1 Timoteo 3: 16). ¡Misterio ante el cual ado­ramos! Pero de ninguna manera nos conviene querer hacer la disección de la humanidad perfecta (la madera de acacia) de la divinidad (el oro), siempre presentadas en la Palabra maravillosamente unidas en una sola Per­sona, tal como nos la revelan los evangelios y otras páginas de la Escritura. Por haber querido mirar en el arca, los hombres de Bet-semes murieron (1 Samuel 6: 19) y, por haber tocado el arca, Uza fue herido de muerte (2 Samuel 6: 6-7).
Una cornisa o coronamiento de oro se encontraba alrededor del arca (Éxodo 25: 11), hablándonos de la excelsa gloria de Cristo, pero formando también como una especie de protección contra toda irreverencia ante el misterio de su Persona (la misma cornisa se ve en el altar de oro y en la mesa de los panes).
Como los otros objetos del tabernáculo, el arca estaba munida de varas para llevarla. Estas últimas tie­nen una importancia particular en relación con el arca, sea que se piense en todas las etapas que ella recorrió desde Sinaí hasta su reposo final en el templo de Salo­món (1 Reyes 8: 81 sea que una vez más haga falta subrayar la santidad de lo que representaba el propio Cristo: el arca siempre debía ser llevada en andas y no puesta en un carro (1 Crónicas 15:2).
En Números 4: 5-6 vemos al arca marchando a través del desierto, cubierta de azul, tal como Cristo en este mundo: "el que viene del cielo" (Juan 3:31). Bajo el azul, las pieles de tejones cubrían sus glorias diversas: el velo (v. 5) el cual era el único que podía estar en contacto con el arca misma. "No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos" (Isaías 53: 2). Sólo la fe podía discernir las glorias del velo, bajo las pieles de tejones. En cuanto a la propia arca, "nadie conoce al Hijo, sino el Padre" (Mateo 11:27). Es el inescrutable mis­terio.
En el desierto (pero no después de haber atrave­sado el Jordán), el arca es llamada "el arca del testimo­nio" (Éxodo 25: 16). Hubo en el desierto de este mundo un Testigo fiel que respondió en todo a la voluntad de Dios (tablas de la ley en el arca) y que le glorificó en la tierra.
En Números 10:33 tenemos "el arca del pacto", base de las relaciones de Dios con su pueblo; y, por último, está "el arca de Jehová", cuando se trata de mostrar su poder, como en el Jordán, en Jericó o en la casa de Dagón (Josué 4: 5; 6: 6-13; 1 Samuel 5: 3).

2. El propiciatorio (Éxodo 25: 17-21)
El arca era un cofre y tenía una tapa llamada propiciatorio. El término hebreo traducido por propi­ciatorio deriva de "cubrir o cubierta". En el Antiguo Testamento, la propiciación (expiación en la Reina- Valera 1960) de los pecados significa que éstos eran "cubiertos", como en el Salmo 32: 1; mientras que en el Nuevo Testamento, una vez que la obra de Cristo fue cumplida, los pecados son "quitados" (Hebreos 9: 26; 10:4, 11-18). La palabra propiciatorio, —traducida en la versión alemana por "Gnadenstuhl" y en la versión inglesa por "mercy-seat" (o sea "el asiento de la gra­cia") — contiene también la idea de gracia, de miseri­cordia.
El propiciatorio estaba enteramente hecho de oro puro, lo que nos habla de la justicia inherente a la na­turaleza divina. Por otra parte, encima del propiciato­rio había dos querubines de oro batido, de una sola pieza con el propiciatorio. Los querubines, asiento del trono de Dios (Salmo 80: 1; 89: 14), hablan fundamen­talmente del juicio de Dios; así la justicia divina reclama el juicio inexorable de Dios sobre su pueblo pecador, el cual de ninguna manera observó la ley (Éxodo 32: 19).
Pero los querubines y el propiciatorio estaban colocados sobre el arca, que es como decir sobre Cristo, quien sí cumplió plenamente la voluntad de Dios y le permitió a ésta el cumplimiento de amor en favor del hombre (el arca contenía las tablas de la ley); luego, sobre el propiciatorio, se encontraba la sangre de la víc­tima que el sacerdote había llevado allí el gran día de la expiación (Levítico 16:14-15). Los querubines no tenían una espada, como en Edén, sino, al contrario, alas para proteger, y sus rostros —uno enfrente del otro— estaban vueltos hacia el propiciatorio, es decir, ¡miraban la sangre!
El conjunto —el arca, el propiciatorio y los queru­bines— vino a ser así no ya el trono de Dios en juicio, sino el de la gracia. Todo nos habla de Cristo y de su obra; vemos en ello, de una manera sorprendente y profunda, cómo Él respondió plenamente a la justicia y al amor de Dios (Salmo 85: 10). El trono de la gracia está fundado sobre la obediencia de Cristo hasta la muerte.
El propiciatorio era el lugar de encuentro de Dios con el hombre en un doble sentido:
(a) Aarón, el sacerdote, representando al pueblo ante Dios, acudía con la sangre; (b)        Moisés, el enviado de Dios, el apóstol, recibía allí los mensajes de Dios para el pueblo (Éxodo 25: 22).
El Señor Jesús, en Hebreos 3:1, reúne el doble carácter de Moisés y de Aarón cuando es llamado "apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión".

3. Contenido del arca (Hebreos 9: 4)
a)    Las tablas de la ley
Las primeras tablas habían sido quebradas ante la idolatría del pueblo (Éxodo 32: 19). Las segundas tablas nos son presentadas en Deuteronomio 10:3-5 como no hechas hasta después de la construcción del arca y colocadas allí en cuanto Moisés descendió del monte: sólo Cristo podía cumplir la ley de Dios (Salmo 40: 8); sólo a causa de El, figurado por el arca, Dios podía continuar habitando en medio de su pueblo.
b)    La vasija de oro (Éxodo 16: 32-34)
Esta vasija de oro que contenía el maná nos pre­senta dos pensamientos:
—  la fidelidad de Dios, quien durante cuarenta años había alimentado a su pueblo a través del desierto; convenía tenerlo presente: "te acordarás de todo el camino" (Deuteronomio 8:2);
—  ella es un memorial de Cristo descendido del cielo, pan de vida, alimento de su pueblo en el desierto (Juan 6:31-38, 58).
Cabe señalar al respecto que los israelitas recogían cada día un omer de maná; tal es nuestra parte: alimentarnos de Cristo cada día. Pero el último versículo de Éxodo 16 nos dice que "un gomer (u omer) es la décima parte de un efa", vale decir que lo poco que podemos captar de Cristo aquí abajo no es más que una débil parte de la plena medida que tendremos en la gloria.
c) La vara de Aarón (Números 17)
Esta vara, que había brotado, producido flores y almendras, nos habla de la gracia y de la resurrección. Así, todo lo que el arca nos enseña acerca de la Persona de Cristo es completado por su contenido: su obedien­cia perfecta, su humillación como descendido del cielo, su gracia y su resurrección.

EL ACCESO AL SANTUARIO
El tabernáculo nos ha hablado de la Casa de Dios y del conjunto de sus rescatados, representados por las tablas, las cortinas, los doce panes, las columnas y las cortinas (o colgaduras) del atrio, figuras —entonces incompletas— del misterio que debía ser plenamente revelado al apóstol Pablo: la Iglesia que es su Cuerpo (Efesios 3 : 5-6).
Mejor aun, el tabernáculo nos ha presentado la revelación de Dios en Cristo; en todas sus partes, desde el arca hasta la puerta, hemos visto en ella a Cristo. Ojalá pueda ser él, cada vez más, el objeto de la medita­ción de nuestros corazones y el atractivo de nuestras almas.
El tabernáculo, finalmente, nos muestra el camino por el cual tenemos acceso a Dios. En sus trazos gene­rales, el evangelio de Juan sigue el plano del taberná­culo. Los capítulos 1 a 13 representan el atrio: desde la entrada se encuentra primero el altar de bronce; de la misma manera, el Cordero de Dios se presenta a noso­tros (1: 29). El capítulo 13 corresponde a la fuente de bronce. Los capítulos 14 a 16 nos hacen entrar en el lugar santo: el Señor Jesús conversa con sus discípulos, en especial del Espíritu Santo y de las luces que él les traerá. Luego, en el capítulo 17, nuestro sumo Sacer­dote entra solo en el lugar santísimo para hablar con su Padre e interceder por los suyos.
Cualquiera en Israel podía entrar en el recinto del tabernáculo por la puerta ancha, cuyo acceso no estaba interceptado por ningún querubín, con tal que aquél trajese un sacrificio. En el altar de bronce, el culpable sabe cómo sus pecados pueden ser perdonados. Hoy, en la cruz, el pecador arrepentido sabe por la fe que la sangre de Cristo quitó su pecado, del cual Dios no se acordará nunca más.
Hecho sacerdote, el creyente encuentra la fuente de bronce, la que soluciona las manchas del camino. Una vez dentro del santuario (los lugares santos no forman más que una sola cosa hoy en día para noso­tros), el hijo de Dios halla alimento y luz. Tiene con­ciencia de ser presentado ante Dios en Cristo: ""voso­tros en mí" (Juan 14:20). En el altar de oro puede adorar y hacer subir ante Dios algo de las perfecciones de la maravillosa Persona que llena ese santo lugar. Y ahora, a través del velo desgarrado, puede contem­plar la belleza y las glorias de Aquel del cual el arca no era más que una sombra (Salmo 27: 4; 2 Corintios 3: 18).
Cuando la nube, señal de la presencia de Dios, llenó el tabernáculo y luego el templo, los sacerdotes debían permanecer fuera (Éxodo 40: 35; 2 Crónicas 5: 14). Esa nube, objeto de terror incluso para los discí­pulos (Lucas 9: 34), es hoy para nosotros la morada del Padre, desde la cual resuena la voz: "Éste es mi Hijo amado; a él oíd" (Marcos 9: 7). Hebreos 10: 19-22 nos describe la suma de nuestros actuales privilegios. En lugar de un acceso cerrado, tenemos plena libertad para entrar en los lugares santos. La sangre de Jesús ha sido vertida; el camino nuevo y vivo ha sido abierto por él a través del velo; él es nuestro sumo sacerdote, quien presenta a Dios, purificadas, nuestras santas ofrendas. ¿Acaso permaneceremos "lejos", como en otro tiempo los ancianos de Israel? (Éxodo 24: 1). Al contrario, podemos acercarnos sin temor. Pero corresponde hacerlo con el debido estado práctico: un corazón sin­cero que ame al Señor; una plena seguridad de fe, cer­tidumbres fundadas en la Palabra de Dios; los corazo­nes — merced a la aspersión de la sangre de Cristo — purificados de mala conciencia, y el cuerpo, una vez para siempre, lavado con agua pura (Tito 3:5; Juan 13 : 10).
"Acerquémonos" (Hebreos 10:22) es verdadera­mente una palabra maravillosa. Todo lo que hemos visto en el tabernáculo repite que "aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo" (9: 8). Dios habitaba "en la oscuridad" (2 Crónicas 6: 1). Hoy todo está abierto, todo es luz. Cristo vino con su propia san­gre; ofreció su propio cuerpo; y ahora —bendita posi­ción mientras aguardamos la gloria— "por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo
            Espíritu al Padre" (Efesios 2: 18). Habiendo "gustado la benignidad del Señor", las "piedras vivas" se acer­can a él (1 Pedro 2: 3-4). Es el deseo de su corazón tenernos en su presencia; el Padre busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad (Juan 4: 23). Seguramente no habría mejor conclusión para nuestro estudio que esta exhortación imperiosa: Acerquémonos.

domingo, 6 de mayo de 2012

Candelero - 2012-05

Se encuentra ya publicado la revista Candelero Encendido del mes de Mayo
Se puede descargar la revista en formato pdf en la siguiente dirección 

sábado, 5 de mayo de 2012

CAÍDA Y RESTAURACIÓN DE PEDRO


SU CAÍDA



            Mediante la historia de Pedro, la Palabra de Dios nos muestra cómo un creyente que ha caído en el pecado es restablecido.
            La vuelta de Simón Pedro no requirió mucho tiempo. Entre el momento de su caída y el de su restauración sólo transcurrieron unos días. Pero ¿no hay muchos creyentes cuyo extravío dura meses y a veces hasta años? Sea cual fuere el descarrío, ya breve, ya largo, el camino debe ser el mismo para todos. Se necesita volver a Dios.
            La caída de Pedro fue muy grave. A simple vista, se podría decir que lo que le ocurrió fue muy natural. El ataque fue fuerte, y, gracias a sus respuestas, escapaba de la muerte. Sin embargo, si reflexionamos sobre ello profundamente, llegamos a la conclusión de que su caída fue seria. Pedro había proclamado: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, y “Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Mateo 16:16; Juan 6:68). Luego, en el patio del sumo sacerdote, él mismo dijo del Señor Jesús: “No conozco al hombre”, y reforzó su afirmación poniéndose a maldecir y a jurar (Mateo 26:74). Uno se pregunta cómo es posible que a un creyente ardiente y celoso que había dado tan bello testimonio ante los otros discípulos le pueda acontecer semejante cosa.
Desgraciadamente, lo que ocurrió en la vida de Pedro, muchas veces tuvo lugar entre los creyentes, y ocurre aún hoy día. No obstante, al igual que para Pedro, un verdadero arrepentimiento de la confianza en uno mismo y de la voluntad propia no necesita esperar mucho tiempo. Dichoso el hombre que lo hace. Por desgracia, ocurre con frecuencia que creyentes que se apartan del camino recto no perciben la mirada dulce y a la vez reprobadora del Señor. Las palabras de amor no ejercen ninguna influencia en ellos. ¡Qué pena para Su corazón!
            Pedro amaba a su Salvador ardientemente, pero pensaba que ese amor lo hacía capaz para todo. Hasta se imaginaba que su amor por Jesús era más grande que el de los otros discípulos. Aunque todos lo abandonaran, él nunca lo haría. En esa confianza propia se fue al lugar donde el Señor Jesús fue interrogado.
            Por eso Dios no podía estar con él. No quiso preservarlo de la caída. Pedro debía ser abandonado a sí mismo a fin de que su conciencia fuese más profundamente alcanzada. No digo que una persona deba caer. Uno puede aprender a conocerse a sí mismo antes de llegar a la caída. Pero cuando un creyente no se conoce a sí mismo y, por ese motivo, confía en sí mismo, cuando no escucha las exhortaciones del Señor y no siente la necesidad de ser guardado por la gracia, cuando se enfrenta ante las dificultades con su propia fuerza, entonces Dios debe dejarlo ir hasta la caída. Es cierto que Dios puede impedir todas las cosas, si le place. Habría podido impedir que Pedro entrase en el patio del sumo sacerdote. Hoy también puede prevenirlo todo, pero ello no nos sería provechoso. Para que Pedro llegara a ser un creyente dichoso y capaz de apacentar el rebaño del Señor, le era necesario negar a su Maestro en esas circunstancias.
La falta no podía ser imputada sino a Pedro, quien estimaba que su amor por su Salvador le daría la fuerza para hacer frente a todo. No obstante, era Dios quien había ordenado todo para que él fuera preservado de una caída definitiva.
            Cuando el Señor le anunció esa humillante caída, añadió: “Simón, Simón... yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:31-32). Sólo la gracia puede guardarnos hasta el fin. Sin ella, seríamos llevados a la desesperación. A Simón, entre los apóstoles del Señor Jesús, le fue encomendada una misión particular; él fue denominado “Pedro”, o «piedra», «roca». Sin embargo, si el Señor no hubiera rogado por Pedro, habría continuado en su mal camino y habría sucumbido. Dios preservó a Pedro, lo que no hubiese podido hacer el ardiente amor que lo animaba.
            ¡Qué bendición que eso fuese así, y también para nosotros! El Señor Jesús vive siempre, e intercede por nosotros. Es nuestro Sumo Sacerdote ante el Padre. Si no fuese así, no podríamos permanecer firmes. La oración del Señor tuvo como resultado que la fe de Pedro no desfalleciera, que volviera y se aferrase a Él firmemente, pudiendo ser así restablecido en su servicio.
            Nadie sabía que Pedro negaría a su Maestro. Antes de que él mismo lo pudiera imaginar, y antes de que el Señor se dirigiera a él, la oración del Salvador ya había sido elevada a Dios en su favor. Es lo que el Señor Jesús hace también por nosotros. Si no fuera así, ¿qué sería de nosotros? Tras nuestros fracasos, no volveríamos al camino recto.

SU RESTAURACIÓN
            Pedro, por no estar atento a la voz de su Maestro, cayó en un grave pecado. Tres veces negó a su Señor públicamente. Luego, por la gracia de Dios, fue restaurado. Eso no tuvo lugar de una sola vez, sino de forma progresiva. Podemos distinguir tres etapas: la primera, en casa de Caifás, el sumo sacerdote; la segunda, el día de la resurrección del Señor Jesucristo y, la tercera, algunos días después junto al mar de Tiberias.

La mirada del Señor
            En el patio del sumo sacerdote, Pedro afirmó con juramento que no conocía a Jesús (Mateo 26:72). “Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro” (Lucas 22:61), de la manera que sólo el Salvador podía hacerlo. Bien podemos representarnos esta escena. ¿Acaso ya no nos ha mirado de manera que nos haya traspasado? Ninguna mirada humana puede causar semejante impresión. El Señor miró a Pedro hasta penetrar y transformar su alma. Eso ocurrió en un instante. No fue cuestión de temor del hombre o de confianza en sí mismo. Semejante a un malhechor, Pedro salió en la oscuridad de la noche y lloró amargamente.
            ¿No es una magnífica escena? El Hijo de Dios y Pedro se encuentran frente a frente el uno al otro, aunque a cierta distancia. El Señor Jesús, ligado y abandonado de todos, conduce a Pedro al arrepentimiento por medio de una mirada. No hubo ni una palabra de exhortación ni de amonestación. Todo lo que fue necesario para su restablecimiento ocurrió con la sola mirada del Señor. Lleno de confusión, Pedro salió del lugar donde se encontraba, mientras que las lágrimas de arrepentimiento corrían en sus mejillas.
            Luego tuvo lugar la crucifixión de su Señor. Consideremos lo que esto debió representar para Pedro. Imagínese que usted se encontrara al lado de un moribundo y que la última palabra que le dirigiera fuese una palabra de reproche. Después de su muerte, jamás la podría olvidar y pensaría en ella durante toda su vida. La mirada penetrante del Señor que traspasó el alma de Pedro fue el último contacto que Él tuvo con su discípulo antes de su muerte. Para Pedro, esto debió de haber sido terrible. ¡Qué horribles momentos debió de pasar durante los tres días que siguieron! No hubo palabra humana que lo consolara ni le diera la paz del corazón. Debía reconocer que sólo él era el culpable de todo lo acontecido. Los otros discípulos, aunque tratasen de consolarlo, no podían poner paz en su corazón. No, era necesario que el mismo Señor Jesús viniese a él.

La visita del Señor
            El Señor vino a visitar a sus discípulos. Esto no sólo causó profunda impresión en Pedro, sino también en los otros. “Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón”, se alegraron (Lucas 24:34). No se sabe lo que se dijo en esa conversación. Tal cosa no se dio a conocer; era un secreto entre el Señor y aquel a quien encontró.
            El Señor Jesús visitó a Pedro de manera muy personal. El hecho de haberlo mirado no era suficiente, era necesario que fuese a su encuentro, asegurándole su perdón y mostrándole su amor. De otro modo, Pedro hubiera pasado el resto de su vida en la inquietud. Es una maravillosa gracia que sobrepasa por encima de nosotros.
            Antes de aparecer en medio de los suyos, Jesús habló a solas con su discípulo que había caído. Pedro debía primero recibir la certeza de su perdón antes de poder regocijarse de su presencia.
            El Señor Jesús no obra de manera diferente para con nosotros. Nos mira y, cuando reconocemos nuestro pecado y nos arrepentimos, viene hacia nosotros para restablecer la comunión con Él. Desgraciadamente, ocurre que a veces transcurren semanas, meses y hasta años antes que dejemos de justificarnos. Por eso, es provechoso considerar la historia de Pedro. Para él bastó una mirada del Salvador para llevarlo a la confesión de sus faltas. Tres días más tarde, pudo gozarse de nuevo de la comunión con el Señor y con los suyos; un tiempo después, pudo ser restablecido en su servicio.
            Cuando nos hemos apartado del camino recto, los argumentos no sirven para nada. Es necesario que Dios nos dé la seguridad de su gracia. Si podemos decir: el Señor me ha mirado, ha llegado a mí, entonces podemos encontrarlo con toda libertad. Así pues, deja que tomemos nuestro lugar en medio de los otros. Sólo de esta manera uno que se arrepintió con sinceridad de sus faltas y se humilló realmente ante Dios puede volver a ser feliz. Ello no significa que se olvida de todo lo ocurrido. Pedro nunca lo olvidó; Dios tampoco, ya que encontramos este acontecimiento cuatro veces en la Biblia. Dios ha olvidado únicamente el castigo y el juicio. No quiere que intentemos alejar de nuestra memoria lo que se pasó.

Junto al mar (Juan 21:1-14)
            Para Pedro, todo volvió a ser como antes, y hasta mejor aún. Había aprendido mucho, había perdido la confianza en sí mismo. Por esa caída, había venido a ser más sabio. Dios podía sacar el bien del mal, pero nunca debemos pecar para que la gracia abunde. “En ninguna manera”, dijo el apóstol Pablo (Romanos 6:2).
            El Señor Jesús tuvo cuidado de que Pedro volviera a recobrar su lugar entre los discípulos. Luego trató aún de restablecerlo en su servicio, y esto no sólo como pescador de hombres, sino para apacentar y guardar las ovejas y los corderos del Salvador. Era una nueva tarea que le confiaba. Ni Juan ni Santiago, sino Pedro era la persona calificada para ello. Para poder ser pastor, uno debe tener experiencia, haber aprendido a conocerse a sí mismo y tener un profundo sentido de la misericordia y de la gracia de Dios.
            Pedro debía aprender a verse enteramente a la luz de Dios y descubrir la raíz del mal. Cuando una persona ha robado y después lo ha confesado, no quiere decir que se haya humillado. Es necesario que llegue hasta la causa del mal y la reconozca. Pedro debía descubrirse sí mismo y confesar cuán terrible era su pecado, no solamente la negación del Señor, sino también el hecho de haber dicho: “Aunque todos se escandalicen, yo no” (Marcos 14:29). Entonces se terminó esta hora con tristeza.
            “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? (Juan 21:15). Era una pregunta que partía el corazón y que debía haberlo trastornado. Pedro había pensado que su amor por su Maestro era mayor que el de los otros; y ¡lo había negado! Por esta razón, esa pregunta era necesaria. ¡Cuán maravillosa fue la respuesta de Pedro! “Sí, Señor; tú sabes que te amo”. Todos los que aman al Señor Jesús puedan decir esto. A pesar de todo: “tú sabes”. Así era. Sus miradas volvieron a encontrarse de nuevo. Pero el Señor, no satisfecho con esto, le dijo por segunda vez: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? En esta ocasión no dijo: “más que éstos”.
            Con esta pregunta, la cuña penetró más profundamente. El Señor Jesús, ¿dudaría de su amor porque hubo dicho: “no le conozco”? Negar a una persona es lo contrario de amarla. Esta pregunta debió penetrarle hasta la médula. Pedro respondió: “Si, Señor; tú sabes que te amo”.
            No obstante, no se encontraba donde debía estar. Una mirada más profunda debía dirigirse aún en su corazón. Por tercera vez suena la pregunta: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?”
            Es interesante notar que Pedro en sus respuestas utilizó una palabra menos fuerte para amar que la que empleó el Señor Jesús en sus preguntas. En esta tercera pregunta, el Señor volvió a utilizar la palabra que dijo Pedro. Éste habló de un amor amistoso, pero el Señor del profundo y verdadero amor de Dios hacia los hombres, y recíprocamente.
            Esta última pregunta fue muy dura para Pedro. Fue entristecido, y es posible que hasta llegara a llorar. ¿Dudaba el Señor realmente de que Pedro tuviese amor por Él? No, pero para el Señor se trataba de llevar a cabo un profundo trabajo en la conciencia de su discípulo. Entonces, Pedro llegó a la raíz del mal. Descubrió lo que era y de qué manera había llegado a esa humillante caída. Debía ser totalmente restaurado de la alta estima que poseía de sí mismo. De esta manera, se halló en condiciones de cumplir un servicio como pastor.
            ¿Qué ocurrió un poco más tarde? El hombre que negó al Señor Jesús con juramento tuvo la osadía de presentarse delante de los judíos y decir: “Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo” (Hechos 3:14).
            Aquel que cayó y que había sido levantado, podía entonces ser una bendición para otros. Desde el momento en que el Señor, con sus preguntas, hubo sondeado hasta lo más profundo el corazón de Pedro, éste no sólo llegó al restablecimiento de la comunión con su Señor, sino que también recibió una nueva misión en cuanto a su servicio.

Las cercanas escenas de Malaquías y Judas


En la comparación de estos dos escritos inspirados, nosotros encontramos muchos puntos de similitud y muchos puntos de contrastes. Ambos, los profetas y los apóstoles retratan escenas de ruina, corrupción y apostasía. Los primeros se ocupan con la ruina del Judaísmo y los últimos con la ruina de la cristiandad. El profeta Malaquías, en sus dictámenes del comienzo, da con un inusual brillo, el origen de la bendición de Israel y el secreto de su caída. "Yo os he amado, dice Jehová" Aquí estaba la fuente de todas sus bendiciones, toda su gloria y toda su dignidad. El amor de Jehová considera para todo las resplandecientes glorias del pasado de Israel y todas las resplandecientes glorias del futuro de Israel. Por otro lado, su resuelto e infiel desafío, "¿En qué nos amaste?" Para considerar la profundidad miserable de la presente degradación de Israel.
            Hacer semejante pregunta, después de todo lo que Jehová ha hecho por ellos desde los días de Moisés a los días de Salomón, prueba una condición de corazón insensible en un último grado. Aquellos quienes, con la maravillosa historia de los hechos de Jehová ante sus ojos, pudieron decir, "¿En qué nos amaste?" Estaban más allá del alcance de toda apelación moral. Por consiguiente, se requiere no seamos sorprendidos por las palabras ardientes del profeta. Nosotros estamos preparados para semejante declaraciones como las que siguen: "Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿dónde está mi temor? Dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre?". Había una consumada insensibilidad tanto hacia el amor del Señor, como a sus propios malos caminos. Estaba la dureza del corazón que podía decir, "¿En qué nos amaste?" y "¿En que te hemos deshonrado?" Y todo esto con la historia de mil años ante sus ojos - una historia cubierta por la gracia sin igual, misericordia y paciencia de Dios, una historia mancillada de principio a fin con el registro de sus infidelidades, necedades y pecados.
            Más nosotros escuchamos lo que concierne a la reconvención del agravio y la ofensa al Dios de Israel. "En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En que te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable. Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿No es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto?
            Dice Jehová de los ejércitos... ¿Quién también hay de vosotros que cierre las puertas o alumbre mi altar de balde? Yo no tengo complacencia en vosotros, dice Jehová de los ejércitos, ni de vuestra mano aceptaré ofrenda. Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice Jehová de los ejércitos. Y vosotros lo habéis profanado cuando dices: Inmunda es la mesa de Jehová, y cuando dices que su alimento es despreciable. Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! Y me despreciáis, dice Jehová de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o cojo, o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? Dice Jehová".
            Aquí entonces tenemos un triste y lóbrego cuadro de la condición moral de Israel. La pública adoración a Dios había caído a un total desprecio. Su altar fue deshonrado, Su servicio despreciado. Así para los sacerdotes, esto era un simple asunto de dinero. Así al pueblo, todas las cosas se han vuelto un fastidio, una formalidad vacía, una insensible y cruel rutina. No había un corazón para Dios. Había abundancia en el corazón para la ganancia. Cualquier sacrificio, que era mutilado o desgarbado, era considerado suficientemente bueno para el altar de Dios. Lo cojo, lo ciego y  lo enfermo, lo peor que ellos tenían, aquello que ellos no osaron ofrecer a un gobernador humano, fue puesto sobre el altar de Dios. También si una puerta estaba para ser abierta o el fuego para ser encendido, esto debía ser pagado, de no serlo no se hacía. Así tal era la lamentable condición de las cosas en los días de Malaquías. Esto hace al corazón enfermarse al contemplar esta condición.
            Más, gracias y gloria sean a Dios, que hay un lado distinto del cuadro. Hay algunas extraordinarias y hermosas excepciones a la regla de oscuridad (algunas conductas que sorprenden y son hermosamente destacadas en consuelo de este oscuro panorama). Es verdaderamente refrescante en medio de todo esta venalidad y corrupción, frialdad y vaciedad, pobreza y cobardía, arrogancia y soberbia del corazón, el lee tales palabras como estas: "Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre".
            ¡Cuán precioso es este memorial registrado! ¡Cuánto deleite el contemplar este remanente en medio de esta ruina moral! No hay pretensión o arrogancia para establecer alguna cosa, no hay un esfuerzo a reconstruir la economía caída, no hay el impresionar con el despliegue de poder. Aquí esta el sentimiento de debilidad y mirando a Jehová. Este es el verdadero secreto de todo poder real. Nosotros no necesitamos estar temerosos de tener conciencias débiles. Es fuertemente impresionante que nosotros tengamos miedo y retrocedamos ante algo. "Cuando soy débil, entonces soy fuerte" es siempre la regla para el pueblo de Dios - una bendita regla, muy segura. Dios es para ser considerado siempre. Nosotros podemos poner esto en tierra como una gran raíz principal, por que así no nos ha de importar cual pueda ser el actual estado de la profesión del cuerpo, más en la individual fe se puede gozar la comunión con Dios conforme a la más alta verdad de la dispensación.
            Este es un gran principio para aferrar y tener seguro. La profesión en el pueblo de Dios es siempre individual, y son ellos quiénes juzgan y se humillan ante Dios, son quienes pueden gozar su presencia y bendición sin impedimento o límite. Los testimonios de Daniel, Mardoqueo, Esdras, Nehemías, Josías, Ezequías y tantos otros que caminaron con Dios, llevando a cabo los grandes principios y gozo a los extraordinarios privilegios de la dispensación, cuando todos ellos estaban en medio de la ruina desesperanzadora. Había una celebración de la pascua de los Judíos en los días de Josías de tal manera que no se conocía desde los días Samuel el profeta (2Cron. 35:18). El débil remanente, en su retorno de Babilonia, celebró la fiesta de los tabernáculos, un privilegio que no habían saboreado desde los días de Josué hijo de Nun (Neh. 8:17). Mardoqueo, sin algún aliento sorprendente, ganó una espléndida victoria sobre Amalee conseguida también por Josué en los días de Éxodo 17 (Ester 6:11-12). En el libro de Daniel vemos al orgulloso monarca del mundo postrado a los pies de un cautivo Judío.
            ¿Qué nos enseña a nosotros todos estos casos? ¿Qué lección ellos relatan en nuestros oídos? Simplemente que el alma humilde, confiada y obediente le es permitido gozar la más profunda y rica comunión con Dios, en desprecio del fracaso y ruina del testimonio del pueblo de Dios y la partida gloriosa de la dispensación en que su porción es vertida.
            En estos términos eran las escenas cercanas de Malaquías. Todo estaba en ruina desesperanzadora, pero que no impidió que aquellos que amaron y temieron al Señor, consiguieran reunirse para hablar acerca de Él y meditar sobre Su precioso nombre. Verdaderamente, ese era un remanente débil, no como la gran congregación que se reunió en los días de Salomón, desde Dan a Beerseba, más esto tuvo una gloria única. Tuvo la divina presencia en un modo maravilloso aunque no tan llamativo. Nosotros no estamos refiriendo de algún "libro de memoria" en los días de Salomón. Nosotros no estamos diciendo del escuchar y el oír de Jehová. Quizás esto puede ser dicho, más no habría necesidad. De esta manera, no hemos de empañar el brillo de la gracia que resplandece sobre un pequeño grupo en los días de Malaquías. Nosotros podemos osadamente afirmar que el corazón de Jehová estaba así refrescado por la cariñosa inspiración de ese pequeño grupo, también por el espléndido sacrificio en los días de la dedicación de Salomón. El amor de ellos resplandece con toda la brillantez en contraste con el cruel formalismo en el testimonio, y la corrupción de los sacerdotes.
            "Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve. Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve. Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama. Más a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada. Hollaréis a los malos, los cuales serán ceniza bajo las plantas de vuestros pies, en el día en que yo actúe, ha dicho Jehová de los ejércitos".
            Nosotros ahora daremos brevemente una ojeada a la epístola de Judas. Aquí nosotros tenemos todavía un más aterrador cuadro de apostasía y corrupción. Hay un dicho que nos es familiar entre nosotros, que la corrupción de lo mejor es la peor corrupción. Desde aquí es que el apóstol Judas desarrolla ante nosotros una página mucho más oscura y más horrible que la presentada por el profeta Malaquías. Es el registro expresado del hombre fracasado y arruinado, bajo los más altos y ricos privilegios que le pudieron ser conferidos a él.
            Avanzando en su solemne dirección, el apóstol nos concede saber que esto está puesto sobre su corazón "de escribiros acerca de nuestra común salvación". Esto podría haber sido lejos su más deleitosa tarea. Pudo haber sido su gozo y su refresco, expandiéndolo sobre los presentes privilegios y futuras glorias, que están abrigadas en los contenidos de esa preciosa palabra "Salvación". Pero él sintió esta "necesidad" para volver desde esta agradable obra a fortalecer nuestras almas contra la creciente oleada que amenazó los mismos fundamentos del Cristianismo. "Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos". Todo eso que era vital y fundamental era como una estaca. Era un asunto de contender seriamente por la fe misma "Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo".
            Esto es peor que cualquier cosa de las que nosotros tenemos en Malaquías. Había en esto un asunto de la ley, como nosotros leemos "Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel". Pero en Judas el tema que trata no es este de olvidar la ley, sino de volver realmente a la sensualidad la preciosa y pura gracia de Dios, rechazando el señorío de Cristo. Por tanto, en lugar de morar sobre la salvación de Dios, los apóstoles buscaron fortalecernos contra las maldades y las ilegalidades de los hombres "Más quiero", él dijo "recordaros, ya que una vez lo habéis sabido, que el Señor, habiendo salvado al pueblo sacándolo de Egipto, después destruyó a los que no creyeron. Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día".
            Todo esto es muy solemne, pero nosotros no podemos permanecer sobre el aspecto sombrío de esta escena: el lugar no permite esto, nosotros deseamos mejor presentar al Cristiano lector un cuadro más encantador del remanente Cristiano dadas en estas exactas líneas de estos examinados versos. Como en Malaquías nosotros tenemos entre las imposibilitadas ruinas del Judaísmo, un devoto grupo de Judíos adoradores que amaron y temieron al Señor, tomando el afable consejo juntos. Así en Judas, entre las más aterradoras ruinas de la profesión Cristiana, el Santo Espíritu presenta un grupo a quienes Él dirige como "Amados". Estos son "llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo". A estos Él solemnemente exhorta contra las variadas formas del error y el mal, que estaban ya del principio para hacer su aparición, pero que se dio de semejantes proporciones formidables. A estos Él los volvió, con la más exquisita gracia y los guió a seguir la exhortación "Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna".
            Aquí nosotros tenemos una seguridad divina contra todas las oscuras y terribles formas de la apostasía - "el camino de Caín, y se lanzaron por el lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción de Coré. Murmuradores, querellosos, habla cosas infladas, fieras ondas, estrellas errantes, adulando a las personas para sacar provecho". Los "amados" están para "edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo".
            Permita el lector notar esto. No hay una sílaba aquí en cuanto a un orden de los hombres para suceder a los apóstoles, ni una palabra acerca de los dones a los hombres de alguna clase. Es bueno ver esto y llevar esto siempre en la mente. Nosotros oímos en un gran medio de nuestras carencias de dones y poder, de no tener nuestros pastores y maestros. ¿Cómo podríamos nosotros esperar tener muchos dones o poder?, ¿Nosotros los merecemos? Lamentablemente nosotros hemos fallado, pecado y hemos avanzado poco. Más nosotros poseemos esto y hemos puesto nuestra salvación sobre el Dios viviente, quién nunca a abandonado a un corazón verdadero.
            Viendo lo tocante a la proclama de Pablo a los ancianos de Éfeso en Hechos 20. ¿A quienes él nos ha encomendado en vista del final del ministerio apostólico?, ¿Hay alguna palabra acerca de los sucesores de los apóstoles? Ninguna, a menos que verdaderamente esto se refiera a los "lobos rapaces" de lo cual él habla o aquellos hombres que se levantan en lo mas secreto de la iglesia, hablando cosas perversas para arrastrar a los discípulos tras de ellos. ¿Cuál entonces es el recurso del fiel? "Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados".
            ¡Cuán precioso recurso! Ninguna palabra acerca del talento de los hombres, aunque valioso puede ser en su lugar correcto. Dios prohíbe que nosotros estemos en alguna manera despreciando los dones que a pesar de todo el fracaso y el pecado, nuestro bondadoso Señor puede ver adecuado conceder sobre Su Iglesia. Más todavía esto conserva bien la bendición apostólica, en la inclinación en que a ido la Iglesia, encomendándonos a no seguir los talentos de los hombres, sino a Dios mismo y la Palabra de Su gracia. Por consiguiente al seguir esto nuestras debilidades son siempre más grandes, nosotros tenemos a Dios mirando y dispuesto. Él nunca abandona a aquellos que confían en Él. No se está limitado sea lo que fuere a la bendición que nuestras almas pueden paladear, si nosotros vemos a Dios en humildad de mente y en confianza de niños.
            Aquí descansa el secreto de toda bendita verdad y poder espiritual - humildad de mente y confianza simple. Debemos por un lado no tener arrogancia de poder y por el otro no debemos en la incredulidad de nuestros corazones limitar la bondad y la fidelidad de nuestro Dios. Él puede y otorga dones para el crecimiento de Su pueblo. Él otorgará mucho más si nosotros no estamos tan preparados para dirigirnos por nosotros mismos. Si la Iglesia estuviera observando más a Cristo su cabeza viviente y amado Señor, en lugar de las organizaciones de los hombres y los métodos de este mundo, ella podría tener un muy diferente relato para contar. Pero si nosotros, por nuestros proyectos en incredulidad y nuestros impacientes esfuerzos para proporcionar una maquinaria para nosotros mismos, apagando, impidiendo y agraviando al Santo Espíritu, ¿necesitamos nosotros maravillarnos si hemos dejado de probar la pobreza y la vaciedad, la desolación y la confusión de tales cosas? Cristo es suficiente, pero Él debe ser probado, Él debe ser creído, debemos permitirle a Él actuar. La plataforma debe ser dejada perfectamente clara por el Espíritu Santo para desplegar encima las preciosidades, la plenitud, la toda suficiencia de Cristo.
            Pero precisamente en esta gran cosa nosotros destacamos este abandono. Nosotros intentamos esconder nuestras debilidades con vestiduras provistas por nosotros mismos, en lugar de confiar simple y enteramente en Cristo en todas nuestras necesidades. Nosotros nos cansamos de la actitud de espera humilde y paciente. Nosotros tenemos prisa para ponernos en una apariencia de fuerza. Esta es nuestra necedad y nuestra triste perdida. Si nosotros pudiéramos estar dirigidos a creer en esto, nuestra real fuerza solo es conocer nuestras debilidades y unirse a Cristo en absoluta fe día tras día.
            Es la más excelente forma que el apóstol Judas exhorta al remanente Cristiano en sus breves líneas. "Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe". Estas palabras ponen fuertemente la responsabilidad de todos los verdaderos cristianos para ser encontrados juntos en lugar de estar divididos y esparcidos. Nosotros estamos para ayudarnos unos a otros en amor, de acuerdo a la medida de gracia otorgada y el genuino don comunicado. Es una cosa mutua - "Edificándoos". Esto no es observando un orden de hombres, ni es lamentándose de nuestra carencia de dones, sino simplemente cada cual hace que pueda alentar la común bendición y sirve a todos.
            El lector notará las cuatro cosas que nosotros estamos exhortando para hacer, particularmente "edificándoos", "orando", "conservaos", "esperando". ¡Que bendita obra hay aquí! Sí y está obrando para todos. No hay una verdad Cristiana frente al mundo que no pueda realizar algo o todas aquellas ramificaciones del ministerio. Ciertamente cada persona es responsable también de hacerlo. Nosotros podemos edificarnos a nosotros solos sobre nuestra más santa fe, nosotros podemos orar en el Espíritu Santo, nosotros podemos conservarnos solos en el amor de Dios y mientras hacemos estas cosas nosotros podemos esperar por la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.
            Puede ser preguntado, "¿Quiénes son los amados? ¿A quienes se les aplica este termino?" Nuestra respuesta es, "A quienes quiera esto pueda concernir". Vemos en esto que nosotros estamos sobre el fundamento de aquellos quienes los preciosos títulos son aplicados. No es la arrogancia del titulo, sino ocupar el verdadero fundamento moral. No es un profesar vacío, sino una posesión real. No es demandar el nombre, sino siendo el objeto.
            No se realiza la responsabilidad del remanente Cristiano finalizando aquí. No es simplemente de sí mismos lo que ellos tienen para pensar. Ellos están para dirigir una cariñosa mirada y extender firme una mano de ayuda más allá de la circunferencia de su propio círculo. "A algunos que dudan, convencedlos. A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne". ¿Quiénes son "algunos"? y ¿Quienes son los "otros'? ¿No hay la misma belleza indefinida acerca de estos como la hay acerca de los "Amados"?. Posteriormente estos no estarán perdidos para descubrir lo antiguo. Allí están las preciosas almas dispersas y abatidas en medio de las ruinas aterradoras de la Cristiandad, "algunos" de ellos para ser vistos ofreciendo compasión, "otros" para ser salvados con temor piadoso, para que los "amados" no se vuelvan a involucrar en la contaminación.
            Este es una fatal equivocación el suponer que, para arrancar al pueblo del fuego, debemos entrar al fuego nosotros mismos. Esto nunca se hace. La mejor manera de liberar al pueblo de una mala posición es estar absolutamente fuera de esa posición misma. ¿Cómo puedo de la mejor manera sacar a un hombre de una ciénaga? Seguramente no por entrar a la ciénaga, sino por permanecer en terreno firme y desde allí prestarle ayuda. Yo no puedo sacar a un hombre de cualquier situación a menos que yo mismo este fuera. Sí nosotros deseamos ayudar al pueblo de Dios quienes están mezclados con la ruina de los alrededores, la primera cosa para salvarlos es estar en entera y decidida separación. La próxima cosa es tener nuestros corazones rebosantes y fluyendo con un extenso, y ferviente amor para todos los que llevan el precioso nombre de Jesús.
            Aquí nosotros debemos cerrar, y haciendo esto nosotros citaremos para el lector que la bendición doxológica con que los apóstoles resumen su solemne y seria dirección "Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén." Nosotros tenemos una gran I porción acerca de la "caída" en esta epístola - Israel caído, los ángeles caídos, ciudades caídas. Más bendito sea Dios, que está Aquel que es competente para mantenernos de nuestras caídas y esto es por Su santo resguardo en nosotros que estamos confiados.

Traducido por D.V.