domingo, 4 de mayo de 2014

Doctrina. El Hombre (Parte V)

V. Transmisión del Ser.


Quizás este tema es el más controvertido, porque hay diferentes teorías que tratan de explicar de cómo se origina el alma en las personas. Es importante  este tema, porque dependiendo de la respuesta que se le dé a la pregunta, se formulará la doctrina que tiene relación con la transmisión del pecado.
Cuando Adán engendró a Set, llegó a ser el padre de un hijo a su propia semejanza, conforme a su imagen (Génesis 5:3). Aunque Adán fue hecho directamente a la imagen de Dios; sus hijos fueron generados a la imagen de Adán, el cual, por supuesto, todavía conservaba la imagen de Dios aun después de la Caída (cf. 1 Corintios 11:7). Así que, la transmisión del ser, esa identidad que nos distingue de los animales, del hombre era y es por la generación natural.
Nadie cuestiona esto en lo que al aspecto material del hombre se refiere. Nuestros cuerpos provienen de nuestros padres, y los de ellos de los suyos, etcétera. Pero ¿cómo se transmite el aspecto inmaterial del hombre de generación a generación?  O ¿De dónde ha conseguido su alma el hombre?
Tradicionalmente varias respuestas se han sugerido a esta pregunta. Examinemos las teorías que proponen los teólogos al respecto:
 
La teoría de la preexistencia de las Almas.
Esta teoría sostenida por Orígenes (185-254 D.C.), siendo casi el único en sostener que todas las almas que jamás han estado, o que jamás estarán en el mundo, fueron creadas en el principio. Orígenes sostenía que las almas pasan por varias encarnaciones a través de la historia y contraen la pecaminosidad en el proceso. Al momento de la concepción, ellas son unidas con su cuerpo. 
Esta teoría fue enseñada primero por Platón, pero jamás fue aceptada por la Iglesia, por carecer de fundamento bíblico. Esta teoría  afirma que las almas, tanto si son eternas como si han sido creadas por Dios en el pasado, existen en una morada o “tesoro”, desde donde son tomadas y puestas en los hombres.  No pretende ser  una doctrina bíblica porque la Biblia nunca habla de creación de hombres antes de Adán. La Biblia tampoco atribuye la presente condición de la raza humana a ninguna fuente superior al pecado de Adán.
En tiempos modernos lo enseña la teosofía, el hinduismo, religiones modernas como los mormones, que son los principales exponentes de esta teoría. Ellos enseñan lo que dijimos más arriba, que las almas están en los cielos con Dios hasta que habita en una criatura. Esto es, en esencia, una forma de reencarnación, la cual no tiene bases escriturales.  El cristianismo ortodoxo nunca mantuvo este punto de vista, puesto que no tiene ninguna base bíblica. Además, el aspecto de reencarnación en esa enseñanza está en conflicto directo con la doctrina bíblica sobre la vida eterna o el castigo eterno para cada individuo nacido en este mundo. La Biblia sostiene que esta verdad, que el alma abandona esta vida, para ir a un castigo eterno o la presencia de Dios.
La teoría del creacionismo.
Según se sostiene[1], el creacionismo enseña que Dios crea el alma (de Novo) directamente al momento de la concepción o al nacer o en algún momento, e inmediatamente la une o es puesta en el cuerpo. El alma del feto es pecaminosa no porque su creación fuera en alguna forma defectuosa (o falla de fabricación), sino a causa  del pecado de los padres del género humano, de su contacto con la culpabilidad heredada por medio del cuerpo. Esta culpabilidad es adquirida por su inmediato contacto.
 Hodge ofrece tres argumentos en respaldo del creacionismo.
(1)   Está más de acuerdo con pasajes de las Escrituras como Números 16:22 y Hebreos 12:9, que dicen que el alma proviene de Dios (mientras que, por el contrario, el cuerpo proviene de los padres terrenales).
(2)   Puesto que la naturaleza del alma es inmaterial no pudiera ser transmitida por la generación natural.
(3)   La naturaleza inmaculada de Cristo solamente pudiera ser posible si Su alma hubiera sido creada (y, por supuesto, no se hubiera unido con un cuerpo pecaminoso —para que Su persona fuera sin pecado). Los católicos romanos y muchos teólogos reformados prefieren el creacionismo.
Existen otros textos en los que se basa esta teoría: Zacarías 12:1; Isaías 42:5.
Esta creencia sostiene que después de un periodo de días (cuarenta días piensan) de concepción, el alma se une con el cuerpo. El Catolicismo Romano propone esto de esta doctrina. También este punto de vista es aceptado por algunas iglesias protestantes, especialmente los reformados.
Si esta creencia fuera verdad, entonces Dios sería el Creador de almas pecadoras. Es más, la injusticia de parte del Dios justo sería enorme, porque estaría creando almas que serían condenadas al infierno sino creyesen en el Señor Jesucristo como Salvador personal.
La teoría del traducianismo.
Tertuliano es el autor de la teoría del Traducianismo que hacer surgir el alma racional ex traduce[2]. Es seguida por varios  escritores occidentales; desde la Reforma por los luteranos; también por la iglesia oriental. Los teólogos católicos y muchos evangélicos son de pensamiento creacionista, aunque  otros destacados creyentes[3] favorecen el traducianismo.
Esta teoría sostiene que tanto el alma, como el cuerpo, son derivados de los padres, es decir, el alma es transmitida junto con el cuerpo por medio de los procesos de la generación natural. Citan a Génesis 5:3 que dice: "Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set." Véase: Hechos 17:24-26.
Se cita tres clases de apoyo para esta teoría (propuestas por  Shedd).
(1)  Escritural: Hebreos 7:10 indica un acto racional y moral de parte de Leví, que aún no había nacido; Génesis 2:1–3 declara que Dios descansó en el séptimo día de la creación porque Su obra creativa ya estaba terminada. No se indica ningún otro acto, como el crear nuevas almas; y el versículo 7 no permite que el aliento de vida sea soplado sobre cualquier otro que no sea Adán.
(2)  Teológico: el creacionismo pone a Dios en la posición de crear un alma perfecta (El no pudiera crear una pecaminosa), entonces permitirle caer, en el caso de cada bebé recién nacido. El caso del Cristo sin pecado es en todo respecto una excepción y no el patrón para decidir esta cuestión.
(3)  Fisiológico: el hombre siempre se considera como una unión de alma y cuerpo; por lo tanto, es más natural pensar que lo psíquico y lo físico se desarrollan juntamente.
Por último, no Existen evidencias bíblicas para comprobar esta teoría y las conclusiones deben basarse en deducciones como las expresadas anteriormente. Estudios  modernos de la unidad de la herencia y la cuestión psicosomática no son concluyentes, aunque fácilmente podría interpretase desde el punto de vista traducionista.
Conclusión.
Ante las evidencias expuestas en las tres teorías anteriores, se puede  concluir que esta última es la que más se acerca a las evidencias y aun al razonamiento bíblico. Sin embargo, no se sabe cómo el cuerpo humano adquiere sus cualidades espirituales ni cuando lo hace. Esto es un misterio de Dios que no nos ha revelado; pero cuando estemos con Él, sabremos cómo era el proceso.
Sólo sabemos que heredamos la condición pecadora de nuestros padres, por lo cual debemos encontrar la reconciliación con Dios (Mateo 4:17; Hechos 17:30).


[1]  Charles Hodge
[2] Procreada por el Padre
[3] Shedd y Strong, por ejemplo

Meditaciones

“El mayor de ellos es el amor” (1Corintios 13:13).


El amor es el poder conquistador en un mundo de odio, contiendas y egoísmo. Puede hacer lo que ninguna otra virtud puede lograr; en ese sentido es la reina de las gracias. El amor devuelve los improperios con bondades, y ora pidiendo misericordia por sus verdugos. Actúa desinteresadamente cuando todos los de su alrededor vociferan por sus derechos. Da hasta que no puede dar más.
Un hindú guiaba a su elefante por la calle, aguijoneándole continuamente para que aumentara la velocidad. Repentinamente la aguijada de metal resbaló de su mano y cayó con fuerte estruendo sobre el suelo. El elefante, dando media vuelta, levantó la aguijada con su trompa y la devolvió a su amo. El amor es así.
En una de las fábulas de Esopo, había una contienda entre el sol y el viento acerca de quién podría hacer que un hombre se quitara el abrigo. El viento sopló furiosamente, pero cuanto más soplaba, el hombre más se apretaba el abrigo. Entonces el sol echó sus rayos sobre aquel hombre, y éste se quitó el abrigo. Lo hizo cambiar de parecer por medio del calor. El amor es así.
Sir Walter Scott arrojó una vez una piedra a un perro callejero, con tal fuerza y precisión que le rompió una pata. Mientras Scott miraba con remordimiento, el perro cojeó hasta él y lamió la mano que había arrojado la piedra. El amor es así.
Stanton lanzaba amargas invectivas contra Lincoln llamándole “patán vulgar y zorro” y “el gorila original”. Decía que había que estar loco para ir a África a buscar un gorila, cuando había uno en Springfield. Lincoln volvió la otra mejilla. De hecho, más tarde designó a Stanton como Ministro de Guerra, insistiendo en que era el hombre más calificado para el trabajo. Cuando Lincoln fue asesinado, Stanton permaneció al lado del cuerpo sin vida, llorando abiertamente y diciendo: “Aquí yace el gobernante más grande que el mundo haya visto jamás”. Lincoln le había conquistado volviendo la otra mejilla. El amor es así.
E. Stanley Jones escribió: “Al volver la otra mejilla desarmas a tu enemigo. Te golpea en la mejilla y tú, con tu audacia moral, al volverle la otra mejilla, le golpeas en el corazón. La enemistad se disuelve y tu enemigo deja de ser. Te deshaces de tu enemigo al deshacerte de su enemistad... El mundo está a los pies del Hombre que tenía poder para devolver el golpe, pero que tuvo poder para no devolverlo. Eso es poder, el máximo poder”.
Algunas veces puede parecer que se consigue más hablando con palabras ásperas, devolviendo ojo por ojo y defendiendo los propios derechos. Estos métodos tienen cierta cantidad de poder. Pero el balance del poder está del lado del amor porque, en lugar de profundizar la hostilidad, el amor transforma a los enemigos en amigos.
William Macdonald

Funciones eclesiásticas (Parte II)

LOS DONES Y SU DIRECCION
Parece difícil que el hombre mantenga un balance en cosas espirituales, tendiendo a un extremo u otro. Esto se ve en cuanto a muchas verdades y no sólo la que consideramos al momento. Por un lado no se practica el sacerdocio de todo creyente y por otro lado, donde es practicado, se piensa que todo creyente también puede levantarse a predicar o enseñar, los dos casos siendo igualmente erróneos y así, inescriturales. El sacerdocio es el privilegio de todo creyente y todos pueden funcionar presentando los sacrificios ya mencionados, y además, todo sacerdote de esta dispensación debe esparcir el mensaje de salvación entre amigos vecinos etc.; esto es responsabilidad de todos, pero no quiere decir que todos se van a levantar para la predicación pública del evangelio y mucho menos para enseñar a los demás sacerdotes o digamos al pueblo. Hay que diferir entre sacerdocio y el ministerio aunque hay un sentido en que todo sacerdote es dotado de un ministerio y aquí cabe algo respecto a los dones que Dios ha dado a la iglesia, sujetándonos al orden puesto por Dios al respecto.
Volvemos a mencionar el texto, Ro. 12:1-2, porque, como su contexto demuestra, es de primordial importancia. Por falta de sujetarnos aquí, surgen problemas en el orden de la asamblea, los miembros no se sujetan los unos a los otros y un miembro se mete donde no debe, procurando realizar el deber o trabajo de otro miembro. ¿Qué dice la Palabra? "Más ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso", 1 Co. 12:18. "Como él quiso" - ¡Notémoslo y practiquémoslo! ¿Hemos descubierto el "rincón" nuestro, el trabajo que el Señor nos ha dado que hacer? Cuando un creyente toma un lugar en la iglesia por el cual no ha sido preparado o llamado por Dios, hay tres resultados:
1)        No llena el lugar,
2)        No deja que la persona capacitada llene el lugar y
3)        Su propio lugar queda vacío.
Así es que, su usurpación resulta en una triple falta.
¿Cómo se sabe que uno es dotado de Dios para una función especial? Respondemos que no hay creyente que no tenga su propia función pero, como se ve en el cuerpo, la ilustración bíblica, no todas las funciones son públicas. Dios no requiere algo por lo cual no hemos sido capacitados, pero sí, requiere que usemos fielmente toda capacidad que tenemos, que funcionemos según lo que nos es dado y según el principio perdurable de Dios, nos será dado algo más en lo cual serle fieles. Debe de haber un progreso continuo.
Antes de proceder más, cabe mencionar algo respecto a la dotación de estos dones. Es verdad que la dotación está a la disposición soberana de Dios, pero es interesante notar cómo, y a quiénes Dios dio el trabajo intrincado del tabernáculo del Antiguo Testamento, es decir, a quiénes Dios dotó de poder hacer ese trabajo. En el libro de Ex. 31:6, leemos: "He puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado". Aquí se declara un principio que nos abre a la vista la manera en que Dios obra en asignar sus dones. Es de notar que los dio a personas ya ejercitadas en la sabiduría de Dios; las que se ocupaban en el desarrollo de su personalidad según la revelada voluntad de Dios. El Señor no da un don especial a la persona perezosa o negligente que ni se ocupa en usar lo que tiene. En todo esto se ve el balance fino entre la soberana voluntad del Señor y la responsabilidad del hombre, en este caso un creyente. Nuestra responsabilidad se comprueba más cuando el apóstol nos exhorta: "Procurad, pues, los dones mejores", 1 Co. 12:31. Lo que importa es que cada creyente haga con toda diligencia lo que se le da por Dios sin traspasar los límites puestos por El, sea por no alcanzar nuestro deber o por tratar de hacer más, y así, desplazar a uno que es mejor habilitado de Dios para hacerlo.
Los Dones Públicos:
Cuando usamos esta frase nos referimos al ejercicio de los miembros que tienen la responsabilidad de ministrar en la asamblea o iglesia local. En Ef. 4:11 los dones son las personas dadas a la iglesia por el Señor ascendido y triunfante. En 1 Corintios Caps. 12-14, los dones son las funciones asignadas a las personas de Ef. 4:11. El que tiene estos dones tiene que tener presente que son para poder servir mejor, siempre a través de la norma expresada en 1 Co. 13 - la del amor. Ningún don poseído es para que la persona se enseñoree sobre su congregación local, mucho menos sobre otra congregación. Los nombres de las personas dotadas, apóstoles y profetas (excepcionales y temporales en su función), evangelistas, pastores y maestros indican un ministerio específico que cada uno de ellos tiene que cumplir. Primeramente su servicio es hacia el Señor y luego al pueblo del Señor. Notemos muy bien que los dones con sus funciones respectivas pertenecen a la iglesia y no la iglesia a las personas dotadas, 1 Co. 3:22, y todos pertenecen a Cristo y Cristo a Dios. Es importantísimo reconocer que los dones son dados para poder SERVIR al Señor en su iglesia.
LA DIACONIA Y EL OBISPADO
Estas palabras surgen como las menos entendidas en el cristianismo de hoy. Hemos visto que los dones son dados a la iglesia para servir, siendo la función el mejor descriptivo de ellos. Así también ha de ser nuestro énfasis en tratar el tema presente; el de servicio y función.
(1) El Diácono:- Notemos lo que dice un verso muy conocido; Mr. 10:45- "E1 Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir". La palabra diácono viene directamente del idioma griego al español en su forma de sustantivo pero ahora, vamos a componerla en forma verbal en este texto para que la diaconía se vea en su contexto correcto: "El Hijo del Hombre no vino para ser «diaconado», sino para «diaconar»". Apenas se necesita más para exponer el significado de la palabra diácono y se ejemplifica en la Persona a Quien el verso se refiere. El diácono sirve, atiende, ministra y no tiene nada que ver con cierto oficial nombrado popularmente como muchas veces se entiende. Es el siervo o diácono de la iglesia.
Hay dos clases de diáconos:
(a)      Los que sirven o ministran en cosas materiales y estos son escogidos por la iglesia (Hechos 6) como los mejores capacitados para cuidar los intereses materiales de la asamblea. Es razonable que la iglesia tenga esta responsabilidad respecto a quienes atiendan el manejo de sus propiedades, fondos, negocios etc. El requisito de buen carácter y reputación es esencial para las dos clases de diáconos o digamos, siervos; 1 Ti. 3:8-13.
(b)      Los que sirven en cosas espirituales y son escogidos y puestos por el Señor. La iglesia podía escoger los anteriores por su carácter que concordaba con lo expuesto y por su habilidad, pero ahora, Dios escoge personas que Él ha preparado por las experiencias de su vida cristiana, dotadas de El para enseñar y ministrar su Palabra de verdad, y que también alcanzan las calificaciones de carácter.
(2) El Obispo: Hay personas que no quieren que el sentido verdadero de esta palabra salga a luz. Hay varias palabras sinónimas que describen a la misma persona: obispo, sobreveedor, anciano y presbítero. Obispo y sobreveedor describen el trabajo y función de la persona, y anciano y presbítero describen el carácter del obispo. Su carácter tiene que ser de un nivel muy alto, 1 Ti. 3:1 -7; Tito 1:5-9, y su motivo de trabajo sin interés personal, 1 P. 5:1-4. Ninguno de los descriptivos del obispo indica posición de mando, ni por un momento, y repetimos que tales personas siempre actúan en una pluralidad en la iglesia local y que pertenecen a la iglesia y no la iglesia a ellos. Es verdad que hay cierta autoridad delegada a tales, pero no es la que enseñorea, sino la que ejemplifica la verdad en amor.
En todo este artículo, siendo leales a nuestro título, hemos procurado demostrar que el sacerdocio, los dones, el obispado etc. son funciones y no puestos oficiales; que son "funciones eclesiásticas". Carecemos de espacio para tratar del obispado y la diaconía como es debido, sin embargo, lo que hemos dicho se puede comprobar en cualquier diccionario bíblico que es confiable. Esperamos ampliar el tratamiento de estas personas y su obra en un artículo futuro.
Contendor por la fe,  Nº 109-110, 1971.

“Cumplido está” Pensamientos sobre el Salmo 22 (Parte V)

«El insulto cruel.... el oprobio sangriento del cual te colmó el mundo»


Los versículos 16 a 21 nos hacen discernir la delicadeza inigualable del Señor y los sufrimientos que padeció a este respecto. Exteriormente, él era un hombre como los otros, pero, entre otras diferencias, tenía en sí mismo una nobleza y una distinción moral infinitas. Ellas se ven aquí pisoteadas por los hombres, esos perros desencadenados contra él. ¡Qué ceguera la de ellos, la nuestra, para osar tan sólo poner las manos sobre el cuerpo del Señor! Él se ofreció a esta humillación sin protegerse tampoco de ella.
Si ellos mismos hubiesen guardado al menos la menor delicadeza, no se habrían atrevido a mirarle en la cruz. Hay cosas que no se miran. Un mínimo de consideración reclama que, con un sentimiento de turbación, se aparte la mirada de alguien que sufre. Por el contrario, ellos están ahí, cínicos, sin ninguna consideración. Le miran, le tocan, reparten sus vestiduras sin el menor miramiento. Está dicho repetidas veces: me han rodeado, me han cercado, para subrayar marcadamente la violencia y la maldad de esos hombres impuros. Todos ellos están coaligados contra el santo y el justo. Están todos unánimes en su ensañamiento contra el crucificado.
Estas expresiones de la Palabra son extremadamente elocuentes; evocan la hosquedad, la crueldad salvaje de los perros, la cobardía tan manifiesta hacia aquel que estaba indefenso. Tal era el corazón del hombre que desbordaba de odio contra su Creador venido hacia él, y venido para hacerle el bien: una verdadera jauría ladrando contra él, el perfecto, la expresión misma de la dulzura y la bondad. Son conocidas las reacciones feroces de una multitud en la que los instintos más bajos se revelan y se dan rienda suelta porque se escudan en el anonimato.
Estos versículos nos muestran de qué manera fue herido el corazón del Señor. Esta muchedumbre hostil a la que una curiosidad malsana atraía al espectáculo de la crucifixión y que debió de ser especialmente numerosa durante esos días de la Pascua, era la misma a la que, con solicitud y compasión, él había enseñado, sanado, alimentado en el desierto, la misma que había querido hacerle rey y que le había aclamado unos días antes, cuando entraba en su ciudad real de Jerusalén. ¡Cuán sentida debió de serle esta ingratitud! Es comprensible que su corazón se sintiera fundido como la cera ante tal odio del hombre en su contra. Las expresiones empleadas aquí son extraordinarias: "mi corazón... se derrite en medio de mis entrañas"; "como aguas he sido derramado---. Hubo violencia, hubo odio, ingratitud y burla; todo fue dirigido contra él. Todo lo que el corazón del hombre tiene de maldad se manifestó por completo en la cruz.
Sobre la base de sentimientos naturales se pueden apreciar algunas diferencias entre los hombres en cuanto a su manera de obrar. Algunos, ante la vergüenza de otro, harán algo para ocultarla en la medida de sus posibilidades. Pero aquí, todos indistintamente son ignominiosos, y no cabría más, después de esta escena, fiarse en absoluto de la delicadeza moral del corazón humano ni de la percepción del decoro que el hombre habría debido de tener para con Dios y para con el "Hombre perfecto". Cuando el "Hombre perfecto" se ofrecía, el hombre, sin reconocerlo, se aprovechó de ello de una manera total para revelarse enseguida tal como es. No pudo ser más hipócrita.
La completa ruina del hombre queda así definitivamente demostrada, al igual que la imposibilidad de un contacto con Dios. Sólo hay un contacto posible entre el hombre en su estado natural y Dios: es el juicio, si a eso puede llamársele un contacto. No lo decimos para rebajar al hombre, pero, si los sufrimientos del Señor y su gloria moral son un lado de la verdad, hay otro que es inseparable de ella, a saber, el triste estado del hombre. Para estar convencido de ello, Dios no necesitaba someter a prueba al hombre presentándole a su Hijo, pues conocía ese estado desde la caída del hombre. Pero nosotros sí teníamos necesidad de ello para poder ver así nuestro retrato. ¡Cómo deberíamos ser a este respecto ante los hombres que alientan un muy elevado concepto de sí mismos! ¡Cómo deberíamos distinguirnos de ellos y no tener temor de decir oportunamente lo que es el hombre a los ojos de Dios! Que no se hable, pues, de tacto o de delicadeza natural; en ese terreno, el hombre está catalogado. En sus relaciones entre ellos, eso puede tener su valor, pero Dios demostró -Cristo demostró lo que puede hacer el hombre desde el punto de vista de la delicadeza moral: regocijarse con malicia de la vergüenza de Jesús. Y lo que el Señor dice aquí -pues es siempre él quien habla- demuestra cuán sensible es al respecto: "ellos me miran, me consideran". Él lo experimentaba mucho más que nosotros porque él era perfecto; el pecado no había embotado su sensibilidad, una sensibilidad divina.
"Cuento todos mis huesos..." ¿no es ésta la declaración de su vergüenza física desplegada ante todas las miradas? Todos sus huesos eran visibles. La labor, la fatiga, los sufrimientos habían sido la parte del Señor, y su cuerpo daba testimonio de ello. Y es, además, una expresión de fe, ya que, según la Escritura, ninguno de sus huesos debía ser quebrado (Salmo 34:20). Parece que los huesos son el símbolo de la voluntad del hombre. Un hombre puede resistir porque tiene huesos, y se encuentra en varios pasajes de la Escritura, figurada o realmente, que Dios está obligado a quebrar los huesos para poder bendecir: "¡Así me romperá todos los huesos!" dice Ezequías (lsaías 38:13). Pero en el Señor no había nada que quebrantar, y ello debido a la ausencia de propia voluntad, o más bien debido a la voluntad profunda que consistía en hacer la del Padre, incluso hasta la muerte.
Se comprende que jamás existió a un hombre que, teniendo el poder de sustraerse a tales miradas, no lo haya utilizado. Nadie que tenga ese poder soportaría el dolor de semejante humillación de parte de los hombres ¡y de qué hombres! Sí, nosotros, que somos tan propensos a rodearnos de honores, a adornarnos y engalanamos, leamos lo que está dicho allí: 61 ¡Partieron entre sí mis vestidos...!"; y sabemos lo que a este respecto relata el Evangelio. El Señor habla como aquel que, consciente de todo, lo acepta porque ello era preciso. Él puede decir en otra parte: "Tú sabes mi afrenta, y mi confusión, y mi vituperio; delante de ti están todos mis enemigos. La afrenta me ha quebrantado el corazón...!" (Salmo 69:19-20).
En general, en nuestro culto, en nuestras meditaciones y en nuestros sentimientos hay lugar para el recuerdo de ello. Por cierto que eso no es la expiación, pero sin esta perfección previa -por así decirlo- ante sus ultrajes, la expiación no hubiera sido posible. Si hubiera habido el menor pensamiento de enojo en su corazón frente a tantas cosas horrorosas que están en todos nuestros corazones, no habría podido ser la santa víctima. ¿Por qué Cristo ` que vino aquí abajo esencialmente para cumplir la obra de la expiación, debió conocer igualmente las tres primeras horas de la cruz, durante las cuales no tenía todavía nada que ver con la cólera de Dios? ¿Por qué, ya que la redención debía ser lograda por medio de su muerte, tenemos en la Palabra el relato de su vida de hombre de dolores y en particular de esos últimos momentos en los cuales el odio de los hombres se vertía contra él sin medida? ¿Eso no habría podido serle ahorrado? No; entre otros motivos, era necesario que Jesús fuera manifestado como un sacrificio perfecto, y todas las pruebas por las que atravesó antes de las terribles horas de la cólera tuvieron ese maravilloso resultado. En el crisol del sufrimiento se manifestó un oro perfectamente puro. Todo se conjugó, de un lado, para hacer resaltar su perfección, y de otra parte para procurar impedirle que fuera perfecto. Es una escena inaudita, delante de la cual nuestras almas permanecen confundidas.
En estos dos párrafos (v. 12 a 15 y v. 16 a 20) en cierto modo se ve la manifestación de los dos caracteres del pecado: la violencia, por una parte, y por la otra la corrupción y sus efectos: la villanía, la bajeza. Cuántas veces, hombres que aparentemente tendrían vergüenza de dar un golpe a su prójimo se muestran moralmente bajos en su manera de hacer y de hablar. Todos debemos tener cuidado de esta perfidia de la naturaleza humana. La bajeza moral del hombre se encuentra en todas partes y nada la cambia. Hay cosas que la disimulan más o menos; se la verá quizá más fácilmente en ciertos medios calificados como realmente bajos, pero se la descubre igualmente en todos los medios. La educación, incluso la cristiana, no le hace nada. La frena, pero no la destruye. Sólo la naturaleza divina, dada al hombre cuando se convierte, está en condiciones de tener los caracteres de esta naturaleza. Sin el nuevo nacimiento no hay nada bueno en un hombre. Incluso después de la conversión, si la carne no es tenida por muerta, tarde o temprano ella se manifestará.
Un horrible sentimiento se pone aquí en evidencia, a saber, el odio respecto de todo lo que nos supera moralmente. Caín fue un homicida porque las obras de su hermano eran justas y las suyas eran malas (1 Juan 3:12). Tal sentimiento lo encontramos en esos "perros" y "toros", y lo encontramos también en nuestros corazones ¿no es verdad? Es una suerte de venganza hacia aquellos cuya perfección nos juzga. Y es exactamente lo que el mundo hace sentir al creyente en la medida en que éste sea fiel: el mismo odio contra todo lo santo, contra todo lo que manifieste el buen olor de Cristo. "Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo, padecerán persecución" (2 Timoteo 3:12).
En ninguna otra parte se nos da, como en esta escena de la cruz, la prueba de que no existe ninguna comunión entre la luz y las tinieblas. Como nada se podía reprochar a Jesús -al contrario-, entonces se vengaron de él. Pues bien; ¡el Señor ha permitido que sus testigos, a través de los siglos, soporten algo semejante e incluso que mueran en el oprobio! "En fatiga y arduo trabajo" -dice el apóstol- en frío y desnudez" (2 Corintios 11: 27). Éstas son palabras a las que no pesamos lo suficiente. Hay mártires a los cuales el Señor ha permitido que sean hechos espectáculo en una profunda humillación y que mueran honrándole sin tener malos pensamientos hacia sus verdugos. Así lo fue Esteban. Vemos en él un hombre que muere ignominiosamente, lapidado, ensangrentado, quebrantado, arrojado en tierra. Pero esta muerte es un verdadero triunfo; Esteban se parece a Jesús.
Cuando Adán y Eva cayeron no pudieron soportar su estado y se cubrieron con hojas de higuera. Moralmente nosotros hacemos igual, lo sabemos bien. Pero Cristo, aquí en la cruz, en contraste total con el primer hombre, cuando es despojado de todos sus vestidos soporta en todo sentido y ante todas las miradas la consecuencia de la falta de aquéllos. Este rebajamiento de Jesús -que nos hace falta saber leer entre líneas-, esta humillación pública, esta ausencia de todo lo que pudiera ocultarla es motivo de adoración para el creyente, ya que, a través de esta ignominia aceptada, la fe discierne toda la belleza moral que era el secreto de la fuerza desplegada para ocupar semejante lugar.
¡Qué cambio obra esto en nosotros respecto a todo aquello con lo cual tenemos, todos los días, un contacto inevitable, y acerca de todo lo que podemos hallar en nosotros mismos! ¡Cómo nos hace comprender también que no podemos buscar un jefe o un modelo fuera de Él!

¡He aquí nuestro jefe, nuestro Señor, nuestro Dios! Está en una cruz, despojado, humillado, afligido, rechazado por todos, hecho objeto de odio, de desprecio, de burla y de repulsión. ¿Estamos orgullosos de ello? ¿Nos gloriamos de pertenecer a tal amo y de adorar, ante el mundo, a un hombre crucificado? ¿Buscamos en ese mismo mundo otro lugar que no sea el suyo?

domingo, 6 de abril de 2014

El valor de la confesión

Antes que usted confiese sus faltas a Dios, él ya tiene conocimiento de ellas; pero el valor de la confesión consiste en que usted está de acuerdo con Dios, quien las condena. Entonces, el engaño ha desaparecido de su corazón.

Anónimo

La balanza.

Aquel que se aventura en un ministerio público sin haberse pesado debidamente en la balanza del santuario, y sin medirse de antemano en la presencia de Dios, se parece a un navío dándose a la vela sin haberse equipado convenientemente, cuya suerte indudable es el naufragio al primer embate del viento.                                           
C. H. Mackintosh.

PREPARACIÓN PARA EL MINISTERIO

Consideramos como una buena señal ver jóvenes reservados, sin demasiada confianza en sí mismos. Es siempre una buena cosa para todos, y más especialmente para los jóvenes, ser “prontos para oír, tardos para hablar” (Santiago 1:19). Es natural que un joven se sienta libre de dirigirse a algunas personas en un pequeño grupo, pero que sienta dificultad para tomar la palabra en una iglesia delante de cristianos llenos de experiencia y conocimiento. Nos gozamos cada vez que se manifiesta un don espiritual, ya sea de evangelista, de maestro o de pastor. Pero siempre hemos visto que una persona realmente espiritual no se precipita jamás para hacerse ver. Consideremos a Moisés. Le fueron necesarios ochenta años para prepararse para el ministerio, y a pesar de ello, ¡cuán lento fue para comenzar! Veamos a Jeremías, a todos los siervos verdaderamente eficaces de Cristo y al mismo Maestro que, aunque no necesitaba ninguna preparación, se guardó treinta años aparte, para darnos el ejemplo, antes de mostrarse en público para cumplir su obra. Estemos bien seguros de que esta preparación secreta, bajo la mano de Dios mismo, es necesaria para ser aptos para el ministerio público. Si continuamos sin pasar por esa preparación, corremos el peligro de fracasar e incluso de naufragar.

Creced 2004 - N° 2