Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová. Levítico 1:3
Santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis
libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de
jubileo. Levítico 25:10
Al
final del libro de Éxodo, leemos cómo la gloria de Jehová llenó el tabernáculo.
Cuando Dios entra en su morada, no hay lugar para el hombre. Ahora, Dios habla
desde su lugar en el santuario, y solo un objeto llena sus pensamientos: su
Hijo amado.
En
Génesis, Dios habló y los mundos fueron creados. En el Éxodo, Dios habló desde
el majestuoso monte, y el pueblo tembló intensamente, incapaz de soportar la
luz de su presencia. En Levítico, Dios vuelve a hablar, pero esta vez no para
revelar sus justas exigencias hacia el hombre pecador, sino para expresar lo
que hay en su corazón. Dirige nuestra atención a la Persona de su Hijo. Los
tipos y figuras que leemos en los primeros capítulos nos presentan al Señor
Jesucristo en su majestuosidad, perfección y la eficacia de su gran sacrificio.
En él, Dios encuentra un lugar de descanso después de todo su trabajo. La obra
ha sido realizada y completada por su amado Hijo.
Todos
aquellos que han encontrado paz y descanso en Cristo están invitados a
compartir el gozo del Padre en su Hijo. ¡Qué sagrado privilegio y bendita
ocupación! Nos conduce a adorarlo postrados a sus pies. “Vosotros sois linaje
escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que
anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable” (1 P. 2:9). Como sacerdotes reales, tenemos el privilegio
de anunciar su excelencia y su gracia a todos los que nos rodean. Esto anticipa
el año del jubileo con el que concluye el libro de Levítico.
Jacob Redekop
El Señor estña cerca

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