Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto. Éxodo 5:1
El cristianismo nos ofrece todo lo
que necesitamos para satisfacer divinamente nuestras almas. ¿Qué nos da a
cambio de lo que nos quita? Nos brinda riquezas inescrutables en vez de basura
y escoria. Nos otorga una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible,
reservada en los cielos (1 P. 1:4), en lugar de una burbuja frágil y efímera en
el transcurso del tiempo. Nos da a Cristo, la alegría del corazón de Dios, el
objeto de la adoración celestial, el tema central de los ángeles, la luz eterna
de la nueva creación, en lugar de unos breves momentos de gratificación
pecaminosa y placer culpable. Y nos brinda una eternidad de dicha y gloria
inefable en la Casa del Padre celestial, en lugar de una eternidad en las
terribles llamas del infierno.
¿Qué opina usted de estas cosas?
¿No es un buen intercambio? ¿No podemos hallar en esto las razones más
convincentes para renunciar al mundo? Todas estas razones podrían resumirse en
un enunciado: ¡He hallado a Cristo! Esta es la verdadera forma
de plantear este asunto. Mientras que a los hombres no les resulta difícil
cambiar las cenizas por diamantes; la escoria por perlas o la basura por el
oro, a aquel que ha probado la preciosidad de Cristo, no le resulta difícil
abandonar el mundo. Si Cristo llena el corazón, el mundo no solo es expulsado,
sino que también se mantiene fuera.
No solo le damos la espalda a Egipto (figura del
mundo), sino que también nos alejamos lo suficiente de él como para no volver
jamás. ¿Y con qué propósito? Para celebrar “fiesta en el desierto”
al Señor, no para ser sombríos, amargados o cínicos. Es cierto que es “en el
desierto”, pero el desierto se convierte en el cielo cuando tenemos a Cristo
con nosotros. Él es nuestro cielo, la luz de nuestros ojos, la alegría de nuestros
corazones, el alimento de nuestras almas. Incluso el cielo no sería el cielo
sin él, y el mismo desierto se transforma en el cielo debido a su amada,
brillante y satisfactoria presencia en el alma.
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