domingo, 15 de febrero de 2026

DE CIERTO, DE CIERTO

 

—El reino milenial del Hijo del hombre

De cierto, de cierto os digo: De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre. Juan 1:51

Esta es la primera vez que escuchamos al Señor Jesús usar la expresión “de cierto, de cierto”. Quizás pensamos que bastaba con decir “de cierto” tan solo una vez, como lo hizo en varias ocasiones en los otros Evangelios. Sin embargo, en el Evangelio según Juan, él habla de esta forma para resaltar la importancia de las palabras que dice a continuación.

Felipe fue a buscar a Natanael, un hombre que evidentemente estaba esperando al Mesías prometido. Cuando lo halló, le dijo que había encontrado a Aquel de quien Moisés escribió en la Ley, así como los profetas. El Señor Jesús, que conocía todo acerca de Natanael, lo describió como un verdadero israelita en el cual no había engaño. Estas dos cosas indican que Natanael tomaba en serio las Escrituras y tenía un sincero deseo de agradar a Dios. Su historia nos demuestra que el Señor Jesús siempre estará dispuesto a recibirnos cuando respondemos a la invitación que nos dice ven y ve (v. 46). Aunque aquellos que dan testimonio de él pueden hacerlo de manera imperfecta, el Señor suple las deficiencias de sus siervos y atiende a todas nuestras necesidades.

Natanael, sentado bajo la higuera, una figura de Israel, buscaba inicialmente la liberación nacional del oprobio de los romanos. Sin embargo, su encuentro con el Señor Jesús lo llevó mucho más allá. Descubrió que Jesús es el Hijo del hombre que ha de reinar sobre toda la creación, tal como está profetizado en el Salmo 8. Pronto llegará el día en que la tierra y sus habitantes verán “el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre”. En ese día, los ángeles, aquellas poderosas criaturas, ¡llevarán a cabo la voluntad de Dios en este mundo!

—El nuevo nacimiento

De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Juan 3:3

Nicodemo se acercó al Señor Jesús de noche para evitar que sus compañeros fariseos lo vieran conversando con un Galileo. A pesar de ello, se dirigió a él llamándolo Rabí y reconoció que Dios estaba con él. Aunque esto fue un buen comienzo, Nicodemo necesitaba ir más allá y creer en él como el Hijo unigénito de Dios (v. 16).

Nicodemo necesitaba comprender que el reino de Dios había llegado y que él no formaba parte de él. Independientemente de nuestras credenciales naturales, todos necesitamos experimentar un nuevo nacimiento para poder ver el reino de Dios. Nicodemo veía las cosas desde una perspectiva terrenal, material y temporal, y no lograba encontrarles sentido. En respuesta, nuestro Señor volvió a utilizar la expresión “de cierto, de cierto”. Entonces le señaló que para nacer de nuevo y entrar en el reino es necesaria una purificación moral por medio del poder del Espíritu (v. 5). En Efesios 5:26 aprendemos que el agua utilizada en este proceso es la Palabra de Dios.

Nicodemo debería haber entendido esto, ya que se menciona en el Antiguo Testamento, por ejemplo, en Ezequiel 36:24–26. Sin embargo, el Señor lo instruyó amablemente, mostrándole que incluso los judíos necesitan nacer de nuevo. ¡Alabado sea el Señor! Nicodemo experimentó este nuevo nacimiento y creyó en él. Más adelante, leemos que Nicodemo intentó defender a Jesús ante los fariseos (véase Jn. 7:50–52) y cuidó de su cuerpo en aquellas tristes y oscuras horas posteriores a su muerte (Jn. 19:39).

Pedro escribió que todo creyente en el Señor Jesús ha nacido de nuevo, “no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 P. 1:23). Tenemos una nueva naturaleza implantada en nosotros por Dios, la cual debe caracterizar a quienes forman parte de su reino espiritual. Sin embargo, él no ha desamparado a su pueblo terrenal. Se acerca el día en que ellos también experimentarán un nuevo nacimiento y Su reinado llenará la tierra (véase Zac. 13:1; Dn. 2:35).

—Realidades eternas

De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Juan 5:19

La Deidad es única en naturaleza, propósito y actividad. Las palabras de nuestro Señor transmiten esto de manera exquisita. Los judíos se ofendieron cuando él sanó a un enfermo durante el día de reposo. Cuando le cuestionaron su acción, el respondió: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (v. 17), lo que los enfureció, pues consideraron que se estaba poniendo a la par de Dios. Los judíos valoraban principalmente la superioridad que creían que el día de reposo les confería como el pueblo terrenal de Dios, permaneciendo indiferentes ante la aflicción de la multitud que yacía bajo los cinco pórticos de Betesda.

Lleno de gracia, el Señor Jesús se presentó como el enviado del Padre para satisfacer todas las necesidades del hombre pecador, ofreciendo incluso más de lo que Israel jamás tuvo: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida” (v. 24). ¡Qué afirmación tan potente! La adquisición de la vida eterna, la evasión del juicio, la superación de la muerte y el goce de la vida eterna. Sin embargo, todo esto depende de escuchar su Palabra y creer en Aquel que lo envió. Aunque los judíos eran un pueblo privilegiado, corrían el riesgo de perder esta oportunidad.

Más adelante en este capítulo, nuestro Señor hizo la siguiente declaración: “Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz” (vv. 28–29). No habrá opción de rechazar sus palabras en ese momento. El resultado será una “resurrección de vida”, si durante nuestra vida creímos en él, o una “resurrección de condenación”, mil años más tarde, si no lo hicimos. Nuestro deseo es que todos los que leen o escuchen este mensaje sean parte de la “resurrección de vida”.

—Uno mayor que Abraham

Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy. Juan 8:58

Cristo les dijo a quienes habían creído en él: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (vv. 31–32). Al igual que los judíos en aquella época, hay quienes pueden ofenderse ante la aseveración de que son esclavos. Ante esto, Cristo afirma: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (v. 34). Esta es una realidad a la que todos nos enfrentamos, y la esclavitud al pecado es la más dura de todas. Sin embargo, es alentador escuchar a Cristo decir: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (v. 36).

Aunque sus oyentes confiaban en su vínculo natural con Abraham, su hostilidad hacia Cristo demostró que realmente no eran descendientes del patriarca ni de Dios, sino del diablo. Cristo, quien siempre habló con verdad, fue insultado cuando sus acusadores no hallaron cómo culparlo. Ante esto, Cristo encomendó las cosas en manos de Dios. Sin embargo, este estallido de violencia anticipaba la persecución de los creyentes, por lo que Cristo anima a sus discípulos, diciendo: “De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte” (v. 51). Aunque puede que enfrenten la muerte, esta no es el fin, sino tan solo una puerta que conduce a la presencia y bendición de Dios.

Finalmente, el Señor comenzó a hablar de sí mismo en relación con Abraham, el padre que tanto respetaban sus enemigos. Les aseguró que Abraham se alegró al anticipar su día, y lo vio, y se gozó. La fe de Abraham preveía la venida del Señor a través de Isaac, el ansiado hijo de la promesa. Sus adversarios no entendieron sus palabras ni su significado, por lo que comenzaron a hablar de él como si fuera un hombre común. Esto lo llevó a hacer la gran proclamación del versículo de hoy. Sí, aquel que se hizo hombre es y siempre será Dios, el gran Yo soy. Hoy en día, las bendiciones del “creyente Abraham” son nuestras en Cristo (Gá. 3:9, 14). ¡Que Dios nos halle siendo fieles a él!. 

Simón Attwood

El Señor está cerca 2025

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NUESTRA POSICIÓN EN LA TIERRA

 Queridos hermanos, me gustaría atraer vuestra atención sobre nuestra posición aquí en esta tierra. Veremos que también está en relación con Cristo. Pues, así como fuimos hechos semejantes a Cristo, para poder comparecer ante Dios, también hemos sido hechos iguales con Cristo ante el mundo. En otras palabras: Aquí hemos sido elevados a Su posición, y así estamos de pie ante Él en Cristo. Para todos nosotros será útil tener siempre presente esta verdad.

Hay, sin embargo, cuando se trata de nuestra posición en esta tierra, dos aspectos los cuales son de gran significado. El primer aspecto está en relación con el mundo y el segundo aspecto con el «campamento». El «campamento» es la cristiandad organizada que en esta economía ha tomado la posición del judaísmo como testimonio profesante para Dios (ver Romanos 11, comparar con Mateo 13).

Nuestra posición frente al mundo

El Señor Jesús dice a los judíos: «Vosotros sois de abajo; yo de arriba soy; vosotros sois de este mundo; yo no soy de este mundo» (Jn 17:16). Veréis que en los versículos 14-19 Él verdaderamente eleva a Sus discípulos a Su propia posición con respecto al mundo, igual como les llevó en la porción anterior (vers. 6-13) a Su propia posición con respecto al Padre. Por eso ellos ocupan Su posición en este mundo. Fijaos bien en esto, porque ellos no son del mundo como tampoco Él no es del mundo; pues después de haber ellos nacido de nuevo, ya no pertenecen más al mundo. De allí en adelante Él habla de ello repetidamente, a saber, que ellos al igual que Él serían odiados y perseguidos. De ahí dijo, por ejemplo: «Si el mundo os odia, sabéis que me odió a mí antes que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo os amaría como a cosa suya; más por cuanto no sois del mundo, sino que yo os he escogido del mundo, por esto os odia el mundo. Acordaos de aquella palabra que os dije: El siervo no es mayor que su señor. Si me han perseguido a mí, a vosotros también os perseguirán; si han guardado mi palabra, guardarán también la vuestra» (Jn 15:18-20). De la misma manera el apóstol Juan señala la tremenda diferencia que hay entre los creyentes y el mundo, cuando dice: «Sabemos que nosotros somos de Dios, en tanto que todo el mundo yace bajo el dominio del maligno» (1 Jn 5:19).

Pero todavía hay más cosas que estas importantes porciones de la Escritura nos dejan ver. Cada creyente es considerado de parte de Dios como muerto con Cristo y resucitado (Ro 6; Col 3:1-3). Está considerado a los ojos de Dios, por medio de la muerte y la resurrección de Cristo, como perfecto y colocado fuera de este mundo, tal como Israel había sido llevado fuera de Egipto pasando a través del mar Rojo. Pero ya no es «del mundo», aunque ha sido enviado otra vez a él (Jn 17:18), a fin de vivir en medio del mundo para Cristo. Por eso Pablo podía decir, mientras obraba en el mundo para Cristo: «Mas nunca permita Dios que yo me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por medio de la cual el mundo me ha sido crucificado a mí, y yo al mundo» (Gá 6:14). En la cruz de Cristo vio que el mundo ya estaba juzgado, y al aplicar la cruz a sí mismo, se consideraba a sí mismo como muerto –crucificado al mundo–, de modo que entre él y el mundo existía una separación completa, que solamente la muerte podía ocasionar.

Si hacemos un resumen de lo leído, vemos que, aunque el cristiano está en el mundo, no es del mundo. Él tampoco es del mundo en el mismo sentido en que el Cristo no lo era. Pertenece a un orden nuevo; porque «Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura» (2 Co 5:17). Como ya hemos visto, ha sido sacado del mundo completamente por la muerte y la resurrección de Cristo. En adelante tiene que mantenerse enteramente separado de él. Para el cristiano no es decoroso el que se haga parecido al mundo (Gá 1:4; Ro 12:2). En el Espíritu, en los hábitos, en su hacer y en su andar, tiene que dar a conocer que no es de este mundo. Aún más: Ya que se aplica la cruz a sí mismo, tiene que considerarse como crucificado al mundo, y entonces entre dos cosas así sentenciadas no puede ya haber inclinaciones ni poder de atracción. Pero todavía hay una cosa más. Un cristiano en el mundo está allí en el lugar de Cristo. Esto es, que está por Cristo y Le es igual en este mundo. De esa manera tiene que testificar de Cristo y andar, así como Él anduvo (Fil 2:15; 1 Jn 2:6). Ha de contar con ser tratado exactamente como lo fue Cristo. No que tengamos que ser crucificados físicamente como le ocurrió a Él. Pero si somos fieles encontraremos en el mundo la misma resistencia que Él encontró. Sí, conforme a nuestra fidelidad a seguir en Sus pasos, así serán las persecuciones. El hecho de que los creyentes de este tiempo experimenten tan poco odio en contra de ellos, encuentra su causa en nuestro «no-ser-separados» del mundo.

Antes de considerar otro aspecto de este punto, no puedo dejar de señalar con énfasis la necesidad de romper cada lazo que os ata moralmente con el mundo. Hace falta poca penetración para comprender que el espíritu del mundo, la conformidad con el mundo, se extiende rápidamente dentro de la Asamblea de Dios, hasta en la misma mesa del Señor hay quien se jacta de ello. ¡Cuán deshonroso, sí, cuán doloroso para Él en torno del Cual estamos reunidos para anunciar Su muerte! Que sería exhortación es esa para todos los santos, para que se humillen ante Dios y de nuevo supliquen, a fin de recibir la gracia de vivir más para Él, de estar más separados de manera que el mismo mundo vea que pertenecemos a Aquél que ellos han rechazado, expulsado y crucificado.

Cuán pocos entre nosotros tenemos el espíritu de Pablo, que anhelaba «la comunión de sus sufrimientos», para ser hecho «conforme a Su muerte», al mirar por delante hacia un Cristo glorificado, el objeto de su corazón y la meta final de su esperanza.

Ojalá que se nos diera a nosotros y a todos los amados santos más de esta entrega al Señor, y de la perfecta separación del mundo.

Nuestra posición frente al «campamento»

En la Epístola a los Hebreos leemos: «Porque los cuerpos de aquellos animales, cuya sangre es presentada por el sumo sacerdote en el santuario, como ofrenda por el pecado, son quemados fuera del campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo de Dios, con su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos pues a él. fuera del campamento, llevando su vituperio» (He 13:11-13).

En este pasaje se puede reconocer dos cosas:

1. La sangre de la ofrenda por el pecado fue llevada al santuario.

2. Los cuerpos de las víctimas para la ofrenda se quemaron fuera del campamento.

Ahora el apóstol muestra, que estas dos cosas se concuerdan con la muerte de Cristo, sí, que Él es verdadero antitipo de estos sacrificios.

Pero en esto vernos también los dos aspectos de la posición del creyente. A la vez su sitio ante Dios en el santuario, a donde se llevaba la sangre, y también su sitio sobre la tierra, fuera del campamento, donde Cristo había sufrido. Como he dicho, en Cristo somos hechos uno ante Dios con Él y revestidos de todo el valor de Su dulcedumbre. Pero también hemos sido hechos uno con Él en esta tierra, en Su deshonra y rechazamiento. La posición del creyente, por lo tanto, está fuera del «campamento». Por ello el escritor de la epístola dice: «Salgamos pues a Él, fuera del campamento, llevando su vituperio».

A lo mejor me preguntan: «¿Qué es el campamento?» De la porción de la que acabamos de leer se desprende con claridad, que se trataba del campamento del judaísmo. ¿Qué es lo que eso representa hoy día? El judaísmo era de Dios y en la tierra tomó la posición de un testimonio (de Él). El judaísmo fracasó, y después del definitivo rechazamiento de Cristo, después de la predicación de los apóstoles, fue puesto de lado. El cristianismo lo reemplazó (como posición de testimonio) como se enseña en Romanos 11. El «campamento» es ahora la cristiandad organizada como la iglesia profesante. Ahora quizás objetaréis: ¿Por qué entonces se nos pide que salgamos del «campamento»? Por su completo fracaso como testimonio para Dios. «Quien tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias» (Ap 2:11, etc.).

Andamos con seguridad y somos responsables, referente a todo lo que alcanza la pretensión de ser de Dios, de comprobar todo con las Escrituras en la mano. Si comprobamos todas las confesiones así, se presentan como desobedientes y defectuosas. Por eso, para un creyente que quiere obrar según el pensamiento de Dios no le queda más remedio que tomar su posición «fuera», separado de toda la confusión de este siglo malo, juntamente con todos aquellos que en obediencia hacia Su Palabra se reúnen hacia el Nombre del Señor Jesús (Mt 18:20).

Éxodo 33 es muy instructivo en esta conexión. Cuando Moisés bajó del monte (Éx 32), vio que el pueblo entero había caído en la idolatría. Después de haber dado la vuelta para interceder por el pueblo, volvió con una mala noticia para ellos. «Moisés tomo la Tienda y la plantó fuera del campamento, lejos del campamento; y lo llamó Tabernáculo de Reunión. Y sucedía que todo aquel que tenía que acudir a Jehová salía al Tabernáculo de Reunión que estaba fuera del campamento» (Éx 33:7). Moisés obró de este modo en la presencia del pueblo caído, por que conocía los pensamientos de Dios. En este relato encontramos un retrato moral de nuestra época. Como tal quisiera yo recomendarlo para vuestra seria meditación.

Es muy necesario que comprendamos la posición del creyente en la tierra. Vemos por una parte la separación del mundo y por otra la separación del «campamento». Si tomamos esta posición, eso acarreará consigo que por una parte seamos odiados y por la otra despreciados. Pero si eso es así, siempre seremos cada vez más parecidos a nuestro bendito Señor. En la Epístola a los Hebreos esto se llama «Su oprobio».

Ojalá que no nos espantemos ante el uno, ni nos avergoncemos ante el otro; No, más bien regocijémonos de ser hechos dignos de sufrir oprobio por Su Nombre (Hch 5:41).

E.Dennet, 

Revista Fe


La Mujer que agrada a Dios (8)

 Instrucciones adicionales

Ahora mencionaremos otros tres pasajes que tratan sobre la sujeción. Estos van dirigidos específicamente a las esposas. "Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos" (Ef. 5:22-24). Véase también Colosenses g: 18. Obsérvese que el mandato es "estén sujetas", indicando una aceptación voluntaria de esta posición. Los versículos que siguen (vs. 25-33), imponen una carga muy pesada sobre los maridos: "Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella Dios ha puesto la autoridad, que debe estar acompañada de amor, en el marido y Dios dispone que la esposa ayude al marido a cumplir su responsabilidad, no a hacerla difícil para él. La sujeción de las esposas a sus maridos, igual que la sujeción de la iglesia a Cristo, constituye una parte importante del testimonio de la iglesia ante el mundo. Es una ilustración hermosa de la verdad divina.

En I Pedro 3:1-4 leemos: "Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa, Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el   interno, el del corazón, el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de gran estima delante de Dios."

Aun cuando estas instrucciones van dirigidas particularmente a las esposas, dan a conocer la clase de mujer que agrada a Dios, sea casada o soltera. Ciertamente un estilo de vida lleno de virtud y sin dar importancia a adornos externos sino a la belleza del carácter, debe ser la aspiración de todas nosotras. La preciosa cualidad de un espíritu afable y apacible parece estar muy distante de las demandas y pretensiones de asertividad, de las voces estridentes y de la agresividad que se ven en algunas mujeres hoy día. Se nos exhorta a no conformarnos a este siglo, pero a transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento (Ro. 12:2). La sujeción no es fácil para ninguna de nosotras Porque el comportamiento natural del ser humano es la afirmación propia. pero debemos exhibir lo sobrenatural, la misma vida de Cristo, “quien no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse… sino se despojó a sí mismo… hasta la muerte, y muerte de cruz” por nosotros (Fil 2:5-8), ¿De qué otra manera mejor podríamos mostrar la vida de Cristo en nosotras, haciéndole visible al mundo que nos rodea, que siguiendo su ejemplo de sujeción? Él dijo: Levad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt. 11:29).

De nuevo puntualizamos que la sujeción no significa inferioridad ni debilidad, más bien indica fortaleza de carácter. "El que se enseñorea de su espíritu (es mejor) que el que toma una ciudad" (Pr. 16:32).

Una palabra final sobre la sujeción, Obviamente este privilegio no es exclusivo para las esposas, o para todas las mujeres, sino que es para todo cristiano. Pablo escribe: " Sed llenos del Espíritu . . . someteos unos a otros en el temor de Dios" (Ef. 5:21). Véase también I Pedro 5:5. Un corazón sumiso debe ser característica de todo creyente; primero al reconocer el señorío de Cristo en su vida entera y luego al rendir su vida al servicio de sus semejantes (l Jn. 3:16).

Las mujeres cristianas no necesitan atraer la atención a sí mismas con adornos externos, ni buscar "posición social" con actividades públicas.  Al estar conscientes de su valor ante los ojos de Cristo y de su posición   en él, ellas tienen una dignidad y belleza interior que el mundo no les puede dar. Durante el primer siglo, al observar la modestia y la sencillez de las mujeres cristianas, contrastándolas con las extravagancias de las mujeres paganas y con su inmoralidad, un escritor llamado Libanius comentó: "Qué mujeres tienen esos cristianos!"

EL PRINCIPIO DEL SILENCIO

I Corintios 14:84, 85; I Timoteo 2:1115

Unido al principio de autoridad y sujeción está el del silencio de la mujer en las reuniones de la iglesia. Pablo escribe: "La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio" (l Ti. 2:11, 12).

La prohibición específica es que la mujer no enseñe a los hombres ni tenga autoridad sobre ellos en asuntos de la iglesia. Y se dan razones: “Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión" (l Ti. 2: 13, 14). Aquí el apóstol Pablo apela al orden de la creación y a la caída como el principio básico para el mandato de silencio de la mujer, no a una situación local o cultural del primer siglo.   Se trata de un principio fundamental y por lo tanto el mandato es válido para nosotras en el día de hoy. Obsérvese también que en I Timoteo 2 Pablo restringe la oración pública a los hombres.

Pablo escribió a los creyentes en Corinto: "Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas… Es indecoroso que una mujer hable en la congregación (I Corintios 14:34,35), Algunos sostienen que Pablo está prohibiendo la charla y los chismes de las mujeres durante el servicio, pero la palabra traducida "hablar" no tiene el significado de "charlar" Es la misma palabra que se usa con relación a Dios en el versículo 21.

Observemos que todo el capítulo 14 trata sobre el orden en las reuniones y la edificación de la iglesia (vs. 4, 5, 12, 19, 23, 33). Se establecen normas para el uso de lenguas, el ministerio de los profetas-y se dan instrucciones para las mujeres. Es con respecto a esto, pues, que se expone cuál es el comportamiento correcto de las mujeres: no se les permite hablar y se les pide la obediencia. El hablar en público invalidaría la sujeción de ellas. El testimonio uniforme del Nuevo Testamento es que, a pesar de los muchos ministerios valiosos que ellas tienen, a la mujer no se le ha dado un ministerio público en la iglesia. De hecho, no les está permitido ni siquiera hacer preguntas en público (v. 35). E. W, Rogers escribe: "Toda la controversia en cuanto al lugar de la mujer se basa en la noción exagerada de la importancia del ministerio desde el púlpito. Todo siervo de Dios sabe que la oración es más importante que la predicación y esto es exactamente lo que las hermanas pueden hacer, tal vez mejor que los hombres."

Nótese que Pablo dice: "Lo que os escribo son mandamientos del Señor" (v, 37). Esto incluye todo lo que ha tratado previamente, incluyendo las instrucciones sobre las mujeres. ¡Estas no son ideas particulares de Pablo!

No podemos dejar el tema del silencio sin hacer mención de lo que se dice en I Corintios 11:5: "Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza," ¿Estaban las mujeres orando y profetizando en público? ¿Está Pablo permitiendo el ministerio público de las mujeres en I Corintios ll y prohibiéndolo en I Corintios 14? ¡Difícilmente! Mucho se ha escrito desde todos los puntos de vista Posibles sobre el significado y la importancia de este versículo. Sólo podemos señalar que el tema bajo consideración en el capítulo ll es la autoridad y la sujeción, no el orden en la iglesia. Pablo no está tratando aquí el asunto de si la mujer debe o no debe hablar en público. Cuando este tema está presente al tratar sobre el orden en la iglesia (cap. 14), no hay duda en cuanto a la enseñanza: se ordena el silencio. ¿Cómo podemos entender, pues, la referencia al orar y profetizar de las mujeres en el capítulo ll? Podemos llegar a la conclusión que, si las mujeres estaban orando y profetizando en público en Corinto, esto estaba fuera del orden normal y estaba mal hecho, no fue la costumbre en las otras iglesias (l Co. ll: 16). En Corinto había numerosas irregularidades, El mandamiento a guardar silencio es muy claro en I Corintios 14 y I Timoteo 2 y concuerda con la enseñanza sobre autoridad y sujeción que encontramos en 1 Corintios ll. No debemos poner la enseñanza clara en duda por una referencia incidental a las actividades irregulares de las mujeres en Corinto.

Fay Smart y Jean Young

La Carrera

 

El indebido apresuramiento


Ahora no me propongo escribir sobre la carrera del atleta cristiano, sino sobre la carrera que pone la respiración jadeante, la carrera que trae suspiro, dolor de corazón, lágrimas en los ojos y palabras de desconsuelo. El inexperto dice: ¿De qué carrera hablará éste? El carnal dice: Aunque vaya cojeando yo voy a llegar; pero solamente llegará aquel que persigue una sola cosa “Olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13,14).

Quiero entrar en mi tema. Esta carrera es el apuro, la precipitación con que se procede hoy para llevar a cabo ordenanzas bíblicas doctrinales las cuales necesitan calma, madurez, experiencia; y sobre todo dar lugar al Espíritu Santo para que nos muestre el camino que debemos escoger, la ordenanza que se debe cumplir. Si Pablo y sus compañeros por puros sentimientos, aprehensión o precipitación se hubieran dedicado a hablar la palabra en Asia, o resueltamente hubieran seguido a Bitinia (Hechos 16:6 al 10) la obra hubiera sido de la carne, y el diablo hubiera preparado barreras insalvables en Macedonia.

Hay carrera por ver conversiones. Parece que fuera una desilusión, una vergüenza si predicamos el evangelio en un lugar y no vemos frutos. Somos amantes de las noticias, aún más, de la fama. Aun ponemos una mampara al fracaso, y citamos: “Así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía” Isaías 55:11). No nos paramos a pensar si la palabra ha salido de la boca de Jehová, o de mi propia boca; y estos fiascos nos llevan a apurar una confesión poniendo en la boca del individuo las palabras que el Espíritu Santo puede inspirarle.

Un predicador iba camino a su casa y se topó con un borracho, el cual muy alegre se volvió hacia el predicador diciéndole: “Aquí viene mi padre espiritual”; el predicador abrumado, con los ojos muy abiertos, dijo: “Hijo mío debes ser, porque si fueras hijo de Dios no estarías en esa condición”. Es lamentable que este espíritu está contagiando a muchos en las asambleas y a algunos predicadores también.

Hay carrera en bautizar. Hoy no se espera la suficiente prueba en el creyente. Cierto que no tenemos dones apostólicos para conocer a los engañados y a los verdaderos. (Hechos 8:23) Particularmente no estoy de acuerdo, aunque no me opongo a esas asambleas que celebran más de dos bautismos en el año. Valor moral para rechazar evitó un espectáculo de un parto en un bautismo. Conocí a uno bautizado extra, o sea horas después que se había celebrado el bautismo, fue a la cena el domingo y no volvió más nunca. Conocí otra de bautismo extra y el pecado de fornicación estaba oculto.

Carrera hay para predicar y poner a predicar. No hace mucho que hermanos de esos apurados impulsaban a otro creyente de veintiún días de bautizado a predicar, en vez de esperar que el joven en silencio aprendiera a obedecer para después dirigir. Hermanos hay que dejan su asamblea sola y sin ser enviados ni por el Señor, ni por su asamblea, se van el domingo a otras asambleas donde pueden tener chance para predicar; algunos de ellos no tienen don, y otros no gozan de la plena confianza en su propia asamblea.

Hay carrera para la recepción. Hemos llegado al tiempo que el individuo sin ser iniciado en los primeros rudimentos de la doctrina, ya está informado de lo que pasa en el seno de la asamblea; estos sujetos en el culto son pasados adelante a ocupar puestos que los temerosos no se atreven a ocupar. Eso sucede porque hay hermanos que, aunque tienen años en el Señor, parece que disciernen muy poco entre lo limpio y lo inmundo. Algunos de esos metidos se valen de nuestra generosa candidez y se pasan sin consultar con toda confianza más allá de los límites de la prudencia. Pocos hermanos saben que un gran mal necesita un gran remedio. Una señora pasó veinte años justos fuera de la comunión por soberbia; al cabo de este tiempo volvió buscando la comunión, las palabras en su boca fueron: “Hay hermanos que tienen el corazón muy grande y la cabeza muy pequeña o viceversa”.

Ojalá que no tengamos carrera para formar asambleas sin que tengamos la seguridad de que es la voluntad del Señor, pues algunas asambleas son sostenidas por puntales o pie de amigos como casas viejas, que si le quitan los puntales les viene la ruina.

No hay espacio para escribir sobre la carrera para casarse, tema que merece un artículo especial. Carrera para estudiar, que es bueno, sin descuidar lo principal, la palabra de Dios. Carrera para comprar un carro antes que una casa. Carrera para entablar amistad con personas o compañeros que le perjudican, pues no saben si son de Egipto o el mundo, si son de Moab ¾la carne¾ o son de Judá ¾de Dios.

 José Naranjo


Levítico: Dios halla descanso en su Hijo

 


Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová. Levítico 1:3

Santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo. Levítico 25:10


Al final del libro de Éxodo, leemos cómo la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. Cuando Dios entra en su morada, no hay lugar para el hombre. Ahora, Dios habla desde su lugar en el santuario, y solo un objeto llena sus pensamientos: su Hijo amado.

En Génesis, Dios habló y los mundos fueron creados. En el Éxodo, Dios habló desde el majestuoso monte, y el pueblo tembló intensamente, incapaz de soportar la luz de su presencia. En Levítico, Dios vuelve a hablar, pero esta vez no para revelar sus justas exigencias hacia el hombre pecador, sino para expresar lo que hay en su corazón. Dirige nuestra atención a la Persona de su Hijo. Los tipos y figuras que leemos en los primeros capítulos nos presentan al Señor Jesucristo en su majestuosidad, perfección y la eficacia de su gran sacrificio. En él, Dios encuentra un lugar de descanso después de todo su trabajo. La obra ha sido realizada y completada por su amado Hijo.

Todos aquellos que han encontrado paz y descanso en Cristo están invitados a compartir el gozo del Padre en su Hijo. ¡Qué sagrado privilegio y bendita ocupación! Nos conduce a adorarlo postrados a sus pies. “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9). Como sacerdotes reales, tenemos el privilegio de anunciar su excelencia y su gracia a todos los que nos rodean. Esto anticipa el año del jubileo con el que concluye el libro de Levítico.

Jacob Redekop

El Señor estña cerca

La Salvación, Una Introducción: (8)

El nuevo nacimiento y la Regeneración

Puntos clave

•  El nuevo nacimiento es una obra espiritual, a diferencia del nacimiento natural que es una obra física.

•  El nuevo nacimiento ocurre en el momento de la salvación y crea una nueva naturaleza.

•  El nuevo nacimiento es un requisito para entrar al reino en su forma visible e invisible.

•  El nuevo nacimiento por medio del Espíritu se debe diferenciar de la morada del Espíritu en nosotros.

    Aunque el ser humano haya sido hecho a imagen de Dios y posea un alma y una consciencia, estos aspectos de su naturaleza no garantizan que viva como Dios quiere. Para que eso suceda, Dios debe cambiar al ser humano. En la salvación, Dios imparte una nueva naturaleza y esta nueva naturaleza responde a Dios. Esto no significa que la vieja naturaleza, que en la Biblia se llama “la carne”, sea erradicada, sino que ahora tiene un rival.

La nueva naturaleza no es visible en una radiografía, pero debe ser visible por medio de un cambio de actitudes e intereses. Dios da la nueva naturaleza en el momento del nuevo nacimiento. La forma más común de describir el momento de la regeneración es “nacer de nuevo”. Otras expresiones similares son “el segundo nacimiento, un “nuevo” nacimiento y “nacido de arriba”. El nuevo nacimiento no precede a la salvación, como algunos sugieren. Tanto Pedro como Santiago describen el nuevo nacimiento como algo que viene por oír la Palabra de Dios. Esto indica que el nuevo nacimiento coincide con nuestra aceptación de esa Palabra. Por consiguiente, el nuevo nacimiento ocurre por una obra de Dios que coincide con nuestra creencia de la verdad.

Aunque los creyentes del Antiguo Testamento eran contados como justos por su fe en Dios, no hay ninguna indicación clara de que los creyentes del Antiguo Testamento fueran regenerados por el Espíritu Santo. El nuevo nacimiento como una doctrina distintiva aparece por primera vez en las enseñanzas del Señor Jesucristo en Juan 3. Aunque la dispensación de la gracia y la edad de la iglesia aún no habían comenzado cuando el Señor Jesucristo enseñó a Nicodemo, es evidente que gran parte de su enseñanza es anticipativa. El Antiguo Testamento había enseñado que el nuevo pacto se caracterizaría por la obra del Espíritu. Entonces, aunque sea correcto reconocer que los creyentes del Antiguo Testamento tenían vida divina, quizás no sea posible decir que la obra regeneradora del Espíritu había sido hecha en ellos como se enseña en el Nuevo Testamento.

El nuevo nacimiento en Juan 3 nos consigue la entrada al reino. Este reino en el Evangelio de Juan es inaugurado por Cristo y predicho por Juan el Bautista. Actualmente es invisible, pero será manifestado durante el milenio. La iglesia es parte del reino, pero el reino no tiene la misma duración que la iglesia. Es obvio que el Señor Jesucristo estaba enseñando una nueva verdad cuando le explicó a Nicodemo que la salvación no se basa en guardar la Ley, sino en “nacer de nuevo” por el Espíritu. Creo que los que argumentan que Nicodemo debía haber apreciado que la regeneración nacional de Ezequiel 37:14 era lo mismo que el nuevo nacimiento individual está siendo un poco duros con él (y posiblemente estén equivocados).

Al relacionar la enseñanza del Señor sobre el nuevo nacimiento con las epístolas aprendemos que éste marca el fin del “viejo hombre”. Aunque algunos pasajes hablan de ponerse el “nuevo hombre” como un acto decisivo “una vez para siempre”, que coincide con el acto de despojarse del “viejo hombre”, las Escrituras también indican que el “nuevo hombre” debe ser cultivado y el “viejo hombre” (o la carne) hay que dejarlo “morir de hambre”. La vieja naturaleza permanece con nosotros hasta el momento en que seamos traslados al cielo, aunque judicialmente somos tratados como nuevos hombres en Cristo Jesús.

El nuevo nacimiento es una obra divina. Ningún niño jamás ha elegido el momento de su nacimiento. Del mismo modo, solo el Espíritu puede impartir vida. Sin embargo, es obvio por Juan 3 que, en paralelo con la enseñanza sobre el nuevo nacimiento, el Salvador también enseñó que la salvación es una consecuencia de la fe en el Señor Jesucristo, Aquel que fue “levantado”. Asimismo, el Salvador le enseñó a Nicodemo que los que nacen de nuevo y han recibido la vida eterna se caracterizan por un deseo de “venir a la luz”. La fe de ellos se hace conocida por sus obras.

ESCRITURAS CLAVE

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3).

Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es (Juan 3:5,6).

Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23).

Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas (Santiago 1:18).

Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:5).

No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, 10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno (Colosenses 3:9,10).

Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado (Romanos 6:6).

Pónganse la nueva naturaleza, creada para ser a la semejanza de Dios, quien es verdaderamente justo y santo (Efesios 4:24 NTV).

Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis (Gálatas 5:16,17).

De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17).

CITAS CLAVE

Existen tres términos que deben distinguirse, aunque están estrechamente relacionados. Son “vivificante”, “nacer de nuevo” y… “regeneración”

...La idea principal de “vivificante” es la impartición de vida divina… Entonces leemos: “El Espíritu es el que da vida” Jn. 6:63…Muchas referencias comprueban que el Padre mismo está involucrado en esto: Efesios 2:1,5; Colosenses 2:13…La expresión “nacer de nuevo” implica la admisión a la familia. Cuando nacemos de manera natural comenzamos a formar parte de la familia de nuestro padre. Así es también espiritualmente.

Solo cuando “nacemos de nuevo” pasamos a formar parte de la familia de Dios. Esto no sucede por medio del bautismo, vínculos familiares naturales, ritos religiosos ni ninguna otra cosa hecha por una persona, o sobre ella, ya sea por sí misma o por algún otro ser humano. El nuevo nacimiento es de Dios. Por eso el Señor Jesucristo le dijo a Nicodemo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo Juan 3:3,7… Nunca se nos dice que somos nacidos de Cristo. Aprendemos de 1 Pedro 1:23 que Dios, usando su Palabra, lo produce (The Glory of His Grace [La gloria de su gracia] cap. 9 Regeneración). Brian Cvrrie

En el concepto reformado del orden de la salvación, se dice que la regeneración precede a la fe. Esto se basa en la lógica de que un pecador, muerto en sus delitos y pecados, debe recibir nueva vida (es decir, ser regenerado) para que él o ella pueda creer (posteriormente). Aunque parezca un orden lógico, indiscutiblemente no es cronológico. La regeneración no precede a la fe en orden cronológico. A mi juicio, no es sabio expresar esta idea ni siquiera en el sentido lógico, porque es prácticamente imposible eliminar las implicaciones cronológicas del concepto, aun cuando la intención sea presentarla solo de manera lógica. Uno pudiera invertir la lógica y argumentar que, si el pecador tiene nueva vida y luego cree, no tiene necesidad de creer, porque ya fue regenerado. Si hay alguna secuencia cronológica en la que a la regeneración le sigue la fe, entonces debe existir un intervalo, aun cuando sea de corta duración, durante el cual la persona es regenerada sin haber creído. Una idea tan atroz es totalmente antibíblica. La regeneración y la fe ocurren simultáneamente. Charles Caldwell Ryrie

 Alan Summers 


El Significado del cinturón

 

Nos llama la atención las muchas referencias en las Sagradas Escrituras a distintas clases de cinturones.

La ropa larga y holgada, al estilo oriental, hace necesario recogerla y amarrarla con un cinturón al entregarse uno a algún trabajo. Hace años mirábamos mientras unos trabajadores descargaban sacos de maíz, de cincuenta kilos cada uno, en una playa de La Vela de Coro. Cada uno llevaba un cinturón de lona de unos doce centímetros de ancho. Al meterse en las olas a recibir su saco, el obrero apretaba bien su cinturón, permitiéndole llevar esa carga en circunstancias difíciles. Nos hizo pensar en el creyente en Cristo, ceñido de la verdad para llevar la carga que le corresponde.

La pascua en Egipto

Dios dio instrucciones al pueblo de Israel por su siervo Moisés para la celebración de la pascua la noche de su salida de Egipto. Él mandó en Éxodo 12.11 que ellos comiesen con los lomos ceñidos, sus pies calzados y su bordón en la mano. Ellos tenían que estar completamente prevenidos para salir apresuradamente al oír la llamada divina. Los israelitas esperaban el momento de comenzar la marcha, como el cristiano hoy en día está en espera de la venida del Señor y el traslado al cielo.

Los tres requisitos tienen su contraparte espiritual para el creyente. En cuanto a los lomos, Pedro nos da la aplicación: “Ceñidos los lomos de vuestro entendimiento”, 1 Pedro 1.13. O sea, no debemos dejar vagar los pensamientos por las cosas del mundo, sino poner la mirada en las cosas de arriba.

En cuanto a los pies, sabemos que parte de la armadura del soldado es el calzado, y que Efesios 6.15 nos manda a guardar los pies calzados con el apresto del evangelio de la paz. Todo nuestro andar debe ser controlado por el testimonio que damos, adornando con los labios la doctrina del Señor. En lugar de contención, chismes y escándalos, “sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación”, Romanos 14.19. El que se llama hermano, pero manifiesta un espíritu contencioso, es un estorbo en el testimonio de la asamblea.

En cuanto a la mano, el bordón es la insignia del verdadero peregrino. En el célebre capítulo sobre los héroes de la fe, Jacob recibe sólo una mención breve. En Hebreos 11.9 él mora en tiendas, o sea, sin hogar permanente en esta vida; y en el 11.21, al morir, él “adoró apoyado sobre el extremo de su bordón”.

Jacob, entonces, mantuvo su carácter de peregrino hasta el fin, apoyándose sobre un bordón de madera. ¡Pero el nuestro es superior! El Señor “nos ha dado preciosas y grandísimas promesas” para que por ellas lleguemos a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia;” 2 Pedro 1.4.

Jesús en el aposento alto

En Juan 13 tenemos el noble ejemplo de nuestro Señor cuando Él se ciñó con una toalla y lavó los pies de sus discípulos. Fue un acto de humillación y un ministerio de amor. Fue un ejemplo para ellos, mostrándoles que deberían hacerlo entre sí.

Años atrás, conocimos en lo que eran las selvas del Yaracuy, una parte llamada Agua Negra, a un hermano en Cristo llamado Jacinto. Cuando niñito él sufría de lo que llaman clavitos en la planta de los pies. Le fue aplicado el tratamiento muy crudo de meter sus pies en agua sumamente caliente, con el resultado que era cojo hasta el fin de sus días. Es una lección para nosotros, a fin de que mostremos compasión al intentar la corrección de alguna falta en otro. La amonestación en Gálatas 6.1 es, “considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.

El Señor entre las iglesias

“Vi ... a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro”, Apocalipsis 1.13.

Aquí Cristo practica su ministerio del gran sumo sacerdote entre las asambleas. El escudriña cada iglesia, dando palabras de recomendación al alabar sus méritos y palabras de censura al condenar sus errores. Sólo en esta escritura encontramos a uno ceñido de oro por el pecho.

El oro habla de su soberanía, y el pecho significa que actúa por amor. Sus ojos “como llama de fuego” en el versículo siguiente hacen saber que es imposible esconder algo de él, lo que nos impone un santo temor. “Sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor”, Hebreos 12.28,29.

Los siervos en espera de su amo

“Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas, y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida”, Lucas 12.35,36. Este pasaje trata de nuestra fidelidad, testimonio (figurado en la lámpara), ejercicio (indicado por los lomos ceñidos), y vigilancia en la oración en la ausencia de nuestro Señor. Habrá una admirable recompensa por el cumplimiento en su ausencia, pero los versículos 45 al 47 sirven de advertencia para el siervo infiel.

La primera referencia es a los lomos ceñidos en servicio. En vista de la ausencia de su señor, el siervo fiel no quita su cinturón para hacerse el flojo; él sigue prevenido y ocupado en los negocios que le han sido encomendados. También se encuentra velando (para nosotros, la oración), a diferencia de los tres discípulos en el Getsemaní que no pudieron velar una hora con su Señor.

“Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así”. Que estas palabras nos constriñan a ser más cumplidos y consagrados en nuestro servicio para Cristo.

Santiago Saword