domingo, 30 de marzo de 2025

“TRABAJA”, es un mandamiento

 

Lee 2 Tesalonicenses 3.10-13. El verso 10 dice: “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”. Dijo William MacDonald: “es el mandamiento para los perezosos”. Tanto en el primer siglo, como hoy, hay personas adiestradas en “no trabajar”. Dicen que no encuentran trabajo (¡pero los demás sí!). Sin trabajo, viviendo a expensas de otros: sus padres, su esposa, o un hermano “generoso” (ingenuo). El trabajo es bueno e importante. Pero éstos, ya que no trabajan, tienen tiempo para meterse en otras cosas. “...Andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno” (v. 11). Lo ajeno es lo que no les corresponde. Pero como no tienen otras responsabilidades, se inventan cosas que hacer. Se inventan actividades, teorías (como el Dióxido de Cloro, o la Tierra Plana, u otras teorías de conspiraciones), y las protagonizan con los demás. Hablan, pero no trabajan.

Pablo da la solución: el trabajo “A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que, trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (v. 12). Que provean para sus propias necesidades. No vivan del paro, o del salario de otro - su esposa, sus padres, su hermano, etc... Algunos de ellos dicen que “están buscando trabajo”, pero curiosamente, nunca lo encuentran. Parece que no están dispuestos a aceptar cualquier trabajo. Pero, trabajar es hacer bien (v. 13). Aunque se remanguen y trabajen con horas largas y poco pago, luego hallarán que "dulce es el sueño del trabajador" (Ecl. 5.12). No les sobrará tiempo para otras cosas. Trabajar es mejor que estar parado, que soñar, y es mejor que entremeterse en lo ajeno.

C.H. MACKINSTOSH


HERMANOS SANTOS (3)

 El Sumo Sacerdote de nuestra profesión

Examinemos ahora otra división importante de nuestro tema. Hemos de considerar al “sumo sacerdote de nuestra profesión”. Esto también está repleto de las más ricas bendiciones para cada uno de los hermanos santos. El mismo Bendito que, como Apóstol, descendió de Dios hasta nosotros para darle a conocer, ha vuelto a Dios a fin de estar delante de Él por nosotros. Vino a hablarnos de Dios, y ha vuelto a lo alto para hablar de nosotros a Dios. Aparece por nosotros ante la faz de Dios. Nos lleva continuamente sobre su corazón. Nos representa delante de Dios, y nos mantiene en la integridad de la posición en que su obra expiatoria nos ha introducido. Su bendito sacerdocio es la provisión divina para nuestra senda en el desierto. Si sólo fuese cuestión de nuestra posición o de nuestro título, no tendríamos necesidad de sacerdocio; pero como se trata de nuestro estado actual y de nuestra marcha práctica, no podríamos dar un solo paso si no tuviésemos a nuestro gran Sumo Sacerdote viviendo siempre por nosotros en la presencia de Dios.

Ahora bien, la epístola a los Hebreos nos presenta tres preciosísimas facetas del servicio sacerdotal del Señor. En primer lugar, leemos en el capítulo 4: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” [5]

Lector cristiano, ¿no es una preciosa e inmensa bendición el tener, a la diestra de la Majestad en los cielos, a Uno que se compadece de nuestras debilidades, que participa en todos nuestros dolores, que siente por nosotros y con nosotros en todos nuestros ejercicios de alma, nuestras pruebas y nuestras dificultades? ¡Qué inefable bendición el tener en el trono de Dios a un Hombre, a un corazón humano perfecto, con el que podemos contar en todas nuestras debilidades, nuestras cargas y nuestros conflictos; en todas las cosas, en una palabra, aparte del pecado! Con este último —bendito sea su Nombre— Él no puede tener ninguna simpatía.

¿Qué pluma, qué lengua humana, sería capaz de describir digna y plenamente la profunda bendición que resulta del hecho de tener en la gloria a un Hombre cuyo corazón está con nosotros en todas las pruebas y los dolores de nuestra senda a través del desierto? ¡Qué preciosa provisión! ¡Qué divina realidad! Aquel que tiene toda potestad en los cielos y en la tierra, vive ahora por nosotros en el cielo. Podemos contar con él en todo tiempo. Toma parte en todos nuestros sentimientos, como ningún amigo en la tierra podría hacerlo. Podemos acudir a Él y decirle cosas que no podríamos confiar a nuestro amigo más íntimo en la tierra. Él solo puede comprendernos perfectamente.

Pero nuestro gran Sumo Sacerdote puede comprender todo lo que nos concierne. Ha pasado por todos los dolores y las pruebas que un corazón humano puede conocer. Por eso es capaz de simpatizar perfectamente con nosotros, y se complace en ocuparse de nosotros cada vez que pasamos por el dolor y la aflicción, cuando nuestro corazón es quebrantado y abrumado bajo un peso de angustia que sólo Él puede conocer plenamente. ¡Precioso Salvador! ¡Misericordioso Sumo Sacerdote! ¡Que nuestros corazones hallen sus delicias en ti, y se acerquen más y más a las fuentes inagotables de consolación y de gozo que se hallan en tu tierno amor por todos tus hermanos probados, tentados, que lloran y sufren aquí abajo!

Hebreos 7:25 nos muestra otra preciosísima parte de la obra sacerdotal de nuestro Señor, a saber: su incesante intercesión a favor de nosotros en la presencia de Dios. “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.”

¡Qué poderoso consuelo para todos los “hermanos santos”! ¡Qué seguridad bendita! Nuestro gran Sumo Sacerdote nos lleva continuamente en su corazón delante del trono. Todo lo que concierne a nosotros está en sus benditas manos, y jamás dejará que nada de lo nuestro peligre. Vive por nosotros, y nosotros vivimos en Él. Nos llevará adelante, en seguridad, hasta el fin. Los teólogos hablan acerca de «la perseverancia final de los santos»; la Escritura habla de la perseverancia de nuestro divino y adorable Sumo Sacerdote. Sobre eso reposamos. Él nos dijo: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19). “Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo —el único medio por el cual podíamos ser reconciliados—, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10), es decir, su vida en lo alto en el cielo. Él se ha hecho a sí mismo responsable —garante— de cada uno de los “hermanos santos”, de llevarlos derecho a la gloria a través de todas las dificultades, pruebas, trampas y tentaciones del desierto. ¡Que el universo entero alabe por siempre su bendito Nombre!

Naturalmente que no podemos, en tan breve escrito, abordar el gran tema del sacerdocio con todos sus detalles. No podemos más que tratar brevemente los tres puntos sobresalientes que ya mencionamos, y citar, para el lector, los pasajes de la Escritura donde aparecen.

En Hebreos 13:15 tenemos la tercera parte del servicio que el Señor cumple por nosotros en el santuario celestial: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.”

¡Que consuelo es saber que tenemos delante de Dios a Uno que le presenta nuestros sacrificios de alabanzas y nuestras acciones de gracias! ¡Cuán dulcemente ello nos anima a llevarle en todo tiempo tales sacrificios! Es cierto que pueden parecer muy pobres, muy magros y muy imperfectos; pero nuestro gran Sumo Sacerdote sabe cómo separar lo precioso de lo vil. Toma nuestros sacrificios y los presenta a Dios en toda la perfección del perfume de buen olor de su propia Persona y de su ministerio. El menor suspiro del corazón, la menor expresión de los labios, el más insignificante acto de servicio, sube a Dios no solamente despojado de toda nuestra debilidad e imperfección, sino adornado de toda la excelencia de Aquel que vive siempre en la presencia de Dios, no solamente para simpatizar e interceder, sino también para presentar nuestros sacrificios de acciones de gracias y de alabanzas.

Todo esto está lleno de aliento y de consuelo. ¡Cuán a menudo tenemos que lamentarnos por nuestra frialdad, de nuestra esterilidad, de nuestra falta de vida, tanto en privado como en público! Parece que somos incapaces de hacer algo más que proferir un gemido o un suspiro. Pues bien, Jesús —y éste es el fruto de su gracia— toma este gemido o este suspiro, y lo presenta a Dios en todo el valor de lo que es. Ello es parte de su ministerio actual por nosotros en la presencia de nuestro Dios, ministerio que Él se complace en cumplir —¡bendito sea su Nombre! —. Él halla su gozo en llevarnos sobre su corazón ante el trono. Piensa en cada uno de nosotros en particular, como si no tuviera más que uno solo en quien pensar.

¡Qué maravilloso es esto!, pero así lo es. Él toma parte en todas nuestras pequeñas pruebas, en nuestros dolores más despreciables, en nuestros conflictos y ejercicios de corazón, como si no tuviera otra cosa en que pensar. Cada uno de nosotros posee la atención y la simpatía indivisas de su grande y amante corazón, en todo lo que pueda surgir durante nuestro curso a lo largo de esta escena de pruebas y de dolores. Él la recorrió toda. Conoce cada paso del camino. Podemos discernir la huella bendita de sus pisadas a través del desierto, y, mirando a lo alto los cielos abiertos, le vemos en el trono, a Él, al Hombre glorificado, pero al mismo Jesús que estuvo aquí abajo; las circunstancias en que estuvo han cambiado, pero no así su corazón tierno, amante y lleno de simpatía: “El mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”

Tal es, pues, amado lector cristiano, el gran Sumo Sacerdote que somos exhortados a considerar. Realmente, tenemos en él lo que responde a todas nuestras necesidades. Su simpatía es perfecta; su intercesión prevalece, sobre todo, y nuestros sacrificios, para Él, son hechos aceptables. Bien podemos decir: Lo tenemos “todo, en abundancia” (Filipenses 4:18 - V.M.).

"Considerémonos unos a otros"

Y ahora, como conclusión, echemos un vistazo a la exhortación de Hebreos 10:24: “Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras.”

La conexión moral de este pasaje con el que nos ha ocupado, primeramente, es verdaderamente hermosa. Cuanto más atentamente consideremos a Jesús, tanto más aptos y dispuestos estaremos para considerar a todos los que le pertenecen, quienesquiera que sean y dondequiera que se encuentren. Mostradme un hombre lleno de Cristo, y yo os mostraré a un hombre lleno de amor, de solicitud y de interés por cada miembro del Cuerpo de Cristo. Así debe ser. Es simplemente imposible estar cerca de Cristo, y no tener el corazón lleno de los más tiernos afectos por todos los que le pertenecen. No podemos considerarle a Él, sin acordarnos de ellos y ser conducidos a servirles, a orar por ellos, a tener simpatía respecto a ellos de acuerdo con nuestra débil medida.

Si oís que alguno habla en alta voz de su amor por Cristo, de su apego a su Persona, del deleite que halla en Él, y, al mismo tiempo, veis que no hay en esta persona ni amor por aquellos que pertenecen a Cristo, ni solicitud respecto de ellos, ni interés por sus circunstancias, ni buena disposición para dedicar tiempo y esfuerzo para ellos, ni sacrificio de sí mismo por amor a ellos, podéis estar seguros de estar en presencia de una profesión vacía y sin valor. “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” Y todavía: “Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1.a Juan 3:16-18; 4:21).

Son estas palabras saludables para cada uno de nosotros. ¡Ojalá que hagan mella en el fondo de nuestro corazón! ¡Ojalá que, por la poderosa acción del Espíritu Santo, podamos ser hechos capaces de responder de todo nuestro corazón a estas dos importantes y acuciantes exhortaciones: Considerar al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, por una parte, y, por la otra: ¡Considerar los unos a los otros! Y recordemos que una consideración conveniente de los unos por los otros jamás revestirá la forma de una curiosidad indiscreta, ni de un espionaje inexcusable: cosas que no pueden ser consideradas más que como la plaga y la destrucción de toda sociedad cristiana. No; es lo contrario de todo esto. Es la solicitud tierna y amante, que se expresa de una manera refinada, delicada y oportuna en todo servicio brindado, fruto del amor de una verdadera comunión con el corazón de Cristo.

C.H. MACKINSTOSH


LOS DOCE HOMBRES DE PABLO (9)

 


El hombre "carnal" y el hombre “maduro”


En 1ª Corintios 2: 6, el Apóstol dice: "Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez". Y luego, en 1ª Corintios 3: 1-3, él dice, "Y yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no alimento sólido; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales". 1ª Corintios 3: 1-3 – RV1977). Aunque estos dos términos no se encuentran en el mismo versículo ellos parecen ser otro contraste donde Pablo compara el estado y la madurez de los cristianos.

 

EL HOMBRE CARNAL

"Carnal" significa, 'guiado por las sensaciones de los sentidos'. Dicha palabra Indica un estado en que la persona es gobernada por la carne y no por el Espíritu. Un hombre "carnal" podría incluso ser un cristiano que tiene el Espíritu de Dios, pero no vive según el Espíritu. Un cristiano carnal se anquilosará en su crecimiento espiritual. Este era el problema con muchos de los corintios.

Hay tres ocasiones en las que el apóstol Pablo habla de un niño de forma no recomendable. Muchos de los creyentes judíos estaban aún en aquel estado porque no habían abandonado las formas y rituales de la religión terrenal, — el Judaísmo. (Hebreos 5: 11-14). Del mismo modo, un creyente que se aferra a un orden religioso externo, formal, en la cristiandad, también se verá impedido en su crecimiento. Luego, en Efesios 4, Pablo habla de los cristianos que permanecen como "niños" por no aprovechar los dones que Cristo, la Cabeza celestial, ha concedido a la Iglesia. (Efesios 4: 14). El propósito de estos dones es ayudar a los santos a entender la verdad y a andar conforme a ella. Luego estaban los corintios que eran "niños" por otro motivo, — la carnalidad al seguir a hombres. (1ª Corintios 3: 1-4). Ninguno de estos, obviamente, son encomiables. El único momento en que la niñez espiritual es aceptable es cuando una persona es joven en la fe, siendo recién salva. (1ª. Juan 2: 18-27).

 

EL HOMBRE MADURO

Maduro conlleva el pensamiento de 'perfecto' o 'crecimiento pleno'. Un hombre maduro no es uno que nunca comete un error sino un creyente que tiene un solo objeto en Su vida, — Cristo. (Filipenses 3: 13-15). Cuando el Señor venga, seremos hechos perfectos en todo el sentido de la Palabra. Ya no tendremos la carne y por lo tanto ya no fallaremos en nada. (Filipenses 3: 12; Hebreos 11: 40; Hebreos 12: 23). Pero hasta ese momento el deseo de Dios es que espiritualmente "lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños". (Efesios 4: 13, 14).

La costumbre de Pablo era hablar de la sabiduría de Dios "entre los que han alcanzado madurez". (1ª Corintios 2: 6). Comentando acerca de este versículo Hamilton Smith dijo: «El término ["madurez"] no designa simplemente a un creyente en contraste con un pecador. Dicho término es usado más bien para describir a un creyente adulto y maduro en contraste con aquellos de quienes el Apóstol habla como siendo niños». Ello significa que Pablo procuraba llegar a aquellos de su audiencia que estaban avanzando espiritualmente. Si ellos recibían su doctrina y eran edificados mediante ella a su vez podían presentarla a los demás cuando ellos podían recibirla. Pablo enseñó a Timoteo a hacer lo mismo. Él debía presentar la verdad a "hombres fieles" para que enseñaran también a otros (2ª Timoteo 2: 2). Aunque la mayoría de los corintios eran "niños" debido a su carnalidad, había algunos que eran "maduros" en este sentido. 1ª Corintios 16: 15-18 indica esto. Era a éstos a quienes Pablo procuraba comunicar el "alimento sólido" de la verdad, pero a los "niños" él los alimentaba sólo con "leche".

 

Perfil Escritural del Hombre Maduro (Perfecto).

1.       Tiene un solo interés en la vida, — Cristo. (Filipenses 3: 13-15).

2.       Toma alimento sólido y no sólo leche. (Hebreos 5: 11, 12).

3.       Anda en separación del mundo. (2ª Corintios 6: 14-17).

4.       Se juzga a sí mismo. (2ª Corintios 7: 1).

5.       Ha abandonado el judaísmo y todos sus principios judaicos. (Hebreos 6: 1-4).

6.       Es gobernado por la obediencia sencilla. (1ª. Juan 2: 5).

7.       Tiene un amor más profundo y amplio por los demás. (1ª. Juan 4: 11, 12).

8.       Está menos ansioso en la prueba. (Santiago 1: 2-4).

9.       Controla su lengua. (Santiago 3: 2).

10.    Es generoso con sus posesiones. (Mateo 19: 21).

11.    Anda en coincidencia con sus hermanos. (Juan 17: 21-23).

12.    Su servicio es conforme al pensamiento de Dios. (Hebreos 13: 21).

 

Algunas consideraciones prácticas

Podemos preguntarnos por qué es que algunos cristianos después de ser salvos, progresan rápidamente en las cosas divinas mientras que otros parecen progresar más lentamente con muchos altibajos. Si nosotros lo tuviéramos marcado en un gráfico la línea sería casi vertical para algunos mientras que para otros ascendería y descendería. Algunos imaginan que esto es debido a que todos tenemos distintos niveles de inteligencia. Otros dirán que ello tiene que ver con que, si usted es estudioso o no, — a menudo excusándose ellos mismos diciendo que no son lectores. Y además algunos piensan que usted necesita tener un don para ello y que no todos los cristianos lo tienen. Pero estos no son los motivos por los que unos crecen más rápido que otros.

Alguien dijo que el crecimiento espiritual es como encender una fogata. Usted puede colocar la leña de tal manera que cuando encienda el fuego este realmente prenda y arda bien. Pero usted también puede colocar la leña descuidadamente de modo que el fuego no enciende muy bien. Lo mismo ocurre en las cosas de Dios. Nosotros necesitamos tener ciertos principios a punto en nuestras vidas para que el Espíritu de Dios pueda tomar la verdad de Dios y aplicarla a nuestros corazones y conciencias para crear un crecimiento verdadero. Ya que hay un paralelo entre el crecimiento natural y el crecimiento espiritual nosotros necesitamos tener las siguientes cosas a punto en nuestras vidas, a saber,

Buen alimento, — alimentarse de Cristo en la Palabra de Dios. (1ª Pedro 2: 1, 2).

Aire fresco, — Respirar la atmósfera celestial de la comunión con Dios Padre y con Su Hijo. (Juan 14: 23).

Ejercicio regular, — Juicio propio mediante el cual toda cosa carnal es eliminada de nuestras vidas. (1ª Timoteo 4: 7).

Un entorno libre de contaminación, — comunión cristiana en separación del mundo. (2ª Corintios 6: 14-17; Hechos. 4: 23; 2ª Timoteo 2: 22).

Con castigo sobre el pecado Corriges al hombre (Salmo 39:11)

 Una institución sin disciplina vendría a ser un lugar de confusión, arbitrariedad y desventura. La disciplina empieza en el hogar y aquellos hijos levantados en la rectitud del orden y la obediencia vendrán a ser mañana los hombres que legislan, que derrumban la familia, que guían los pueblos, o son aptos para pastorear la grey del Señor.

No me propongo dar clases de cívica, ni lecciones de moral. Tampoco pienso establecer reglas sobre el caso. Quiero hablar de tres disciplinas impuestas a Pedro que le resultaron de un fuerte sostén para la edificación de la vida espiritual.

Disciplina privada, o reprensión personal para quitarle el miedo a la cruz y alentarle al sufrimiento.

“Entonces volviéndose dijo a Pedro: quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; no entiendes lo que es de los hombres ... Si alguno quiere segur en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame.” (Mateo 16:23,24)

Disciplina de tiempo, tres días para quitarle el orgullo y la confianza en su yo.

“Entonces vuelto el Señor, miró a Pedro: y Pedro se acordó de la palabra que el Señor como le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces ... Y saliendo fuera Pedro, lloró amargamente.” (Lucas 22:61,62)

Disciplina pública, delante de todos, reprensión en la cara.

Medida profiláctica, pus había contaminado a otros. “Empero viniendo Pedro a Antioquía lo resistí en la cara, porque era de condenar.” (Gálatas 2:11-14)

“El que tiene en poca la disciplina, su alma menosprecia; más el que escucha la corrección, tiene entendimiento.” (Proverbios 15:32)

Hasta aquí parece que Pedro ignoraba que en la vida es menester pasar por dos clases de sufrimiento. Los sufrimientos físicos que provienen de conseguir “el pan con el sudor del rostro,” y los sufrimientos que se adquieren para entrar al reino de los cielos. Son estos sufrimientos morales e involuntarios que combaten adentro y afuera. Todavía a Pedro le faltaba mucho que aprender de los sufrimientos por la cruz de Cristo.

En esta ignorancia el hombre torpe cree que puede aconsejar a Dios. (Mateo 16:22) Hay gentes en el mundo que nunca han sabido, ni han querido llevar una cruz y al no tener esa experiencia se burlan de las aflicciones de los creyentes o procuran persuadir a otros para que no lleven la cruz. (Gálatas 6:12)

Sin que ninguna pretenda encaramarse sobre sus hermanos, porque debemos “considerarnos a nosotros mismos que no seamos también tentados,” debemos ser francos con nuestros hermanos. Si el caso amerita una reprensión fuerte personal, debemos hacerlo habiendo tenido antes ejercicio delante del Señor. Si el hermano se ofende porque se le dice la verdad, peor para él porque ya no será secreto de dos; Mateo 18:16,17.

No podemos negar la veracidad y la ligereza de Pedro en sus decisiones; tampoco ignoramos que el orgullo de Pedro estaba intacto, porque muchas veces dio demostración de él en su manera de actuar. Orgullo natural y altivo, orgullo que llega hasta el sepulcro; y por ironía, sólo quien humilla el orgullo son los gusanos. Mientras más elevada es la posición del individuo, más orgullo se pone.

Hace algún tiempo, una hermana de cierta posición social pecó porque se puso a recibir lecciones de los llamados Testigos de Jehová. Aquella señora se enfermó y no quería admitir que había errado. En su gravedad nos mandó a llamar; estaba en la cama casi inconsciente, los ojos cerrados, el rostro duro; parecía que estaba lejos del lugar. Dijimos en voz clara y fuerte: “Señora, ¿se retracta usted de haber recibido doctrinas heréticas de los rusellistas [Testigos de Jehová]?” Aquella señora dijo, “Nooo.” Dios días después confesó que había errado y enseguida murió.

La mejor disciplina para el orgullo es poner a la luz del sujeto sus propios errores. A veces el orgullo es cubierto con una falsa humildad. Muchas veces la pena también es indicio de orgullo disfrazado.

¡Qué ejemplo más elevado de humildad tenemos en el Señor! “Quien cuando le maldecían no retornaba maldición, cuando padecía no amenazaba, sino remitía la causa al que juzga rectamente.” (1 Pedro 2:23) “Señor, enséñame a saber lo que no sé, y a reconocer en las pruebas la disciplina, hasta que, en una experiencia vivida, llegue a aprender: ‘Y ya no vivo yo’.”

La tercera disciplina de Pedro en mi concepto la juzgo más grave. Ya que era viejo, sabía con certeza la fidelidad del Señor, “de estar con los suyos hasta el fin.” Pedro se había enfrentado a los representantes de la nación y les había imputado el crimen de haber dado muerte al Señor. Ciertamente testificó sin orgullo y sin miedo ante las mismas autoridades que le condenaron, de su fe en Cristo. Pedro había recibido una revelación especial de no hacer distinción entre judíos y gentiles: “Lo que Dios limpió no lo llames tú común.” (Hechos 10:15)

El pecado de Pedro fue la simulación y en esta malicia habían sido otros contaminados; hasta el gran Bernabé era llevado también. “Un pecador destruye mucho bien.” Además de necesaria, era buena la disciplina o reprensión pública, porque en Pedro era “la mosca muerta en el perfume al estimado por sabiduría y honra.” (Eclesiastés 10:1)

¿Qué sería de la Iglesia si no se hubiera quitado el contagio de Ananías y Safira; si no se hubiera cortado la avaricia de un Simón mago; si no se reprende en la cara a Pedro; si no se pone fuera de comunión al incestuoso de Corinto? Vendríamos a ser la Iglesia Romana.

¡Gracias al Señor! por sus instrucciones para disciplina en su Iglesia.

José Naranjo

Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto.


 Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto.  Éxodo 5:1


El cristianismo nos ofrece todo lo que necesitamos para satisfacer divinamente nuestras almas. ¿Qué nos da a cambio de lo que nos quita? Nos brinda riquezas inescrutables en vez de basura y escoria. Nos otorga una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos (1 P. 1:4), en lugar de una burbuja frágil y efímera en el transcurso del tiempo. Nos da a Cristo, la alegría del corazón de Dios, el objeto de la adoración celestial, el tema central de los ángeles, la luz eterna de la nueva creación, en lugar de unos breves momentos de gratificación pecaminosa y placer culpable. Y nos brinda una eternidad de dicha y gloria inefable en la Casa del Padre celestial, en lugar de una eternidad en las terribles llamas del infierno.

¿Qué opina usted de estas cosas? ¿No es un buen intercambio? ¿No podemos hallar en esto las razones más convincentes para renunciar al mundo? Todas estas razones podrían resumirse en un enunciado: ¡He hallado a Cristo! Esta es la verdadera forma de plantear este asunto. Mientras que a los hombres no les resulta difícil cambiar las cenizas por diamantes; la escoria por perlas o la basura por el oro, a aquel que ha probado la preciosidad de Cristo, no le resulta difícil abandonar el mundo. Si Cristo llena el corazón, el mundo no solo es expulsado, sino que también se mantiene fuera.

No solo le damos la espalda a Egipto (figura del mundo), sino que también nos alejamos lo suficiente de él como para no volver jamás. ¿Y con qué propósito? Para celebrar “fiesta en el desierto” al Señor, no para ser sombríos, amargados o cínicos. Es cierto que es “en el desierto”, pero el desierto se convierte en el cielo cuando tenemos a Cristo con nosotros. Él es nuestro cielo, la luz de nuestros ojos, la alegría de nuestros corazones, el alimento de nuestras almas. Incluso el cielo no sería el cielo sin él, y el mismo desierto se transforma en el cielo debido a su amada, brillante y satisfactoria presencia en el alma.

C. H. Mackintosh

MUJERES DE FE DEL NUEVO TESTAMENTO (12)

 

Marta

“Le hicieron una cena; Marta servía”. (Juan 12.2)

La historia está en Lucas 10.38-42, Juan 11.1-44 y 12.1-3.


Un día Jesús llegó a Betania, un pueblo a unos tres kilómetros de Jerusalén, y allí fue recibido en casa de una mujer llamada Marta. No mucho tiempo antes Él había dicho que no tenía dónde recostar su cabeza. En otros lugares Él había sido rechazado y en este momento iba rumbo a su peor rechazo. Pero en las últimas semanas antes de ir a la cruz fue a la casa de Marta, María y Lázaro, y allí halló descanso y sosiego.

Marta preparó una comida para Jesús y tal vez para los discípulos que le acompañaban, algo muy loable, mientras que su hermana María estaba sentaba a los pies del Señor, aprendiendo de Él. Pero Marta, cansada y agitada, dio rienda suelta a su irritación sugiriéndole al Señor que ni a María ni a Él les importaba que ella trabajara sola. En ese momento ella sintió lástima por sí misma, y esta historia nos advierte que la autocompasión es un veneno espiritual que nos puede hacer daño.

Pero antes de criticar a Marta nos conviene contar las veces en que hemos trabajado motivadas por algo menos que el amor hacia nuestro Salvador. Tal vez nuestros esfuerzos han sido buenos, pero si lo que nos impulsa no es amor hacia Él, no vamos a disfrutar del gozo que el Señor Jesús nos quiere dar.

“Marta, Marta”, le dijo Jesús cariñosamente, y es la única vez que leemos que Él repitiera el nombre de una mujer de esta manera. “Afanada y turbada estás”, dijo Él. “Sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quita”. El apóstol Pablo aconsejó: “Por nada estéis afanosos” (Filipenses 4.6). ¡Cuántas veces hemos sido vencidas por preocupaciones innecesarias!

La prioridad para cada una de nosotras debe ser nuestra comunión a solas con Él cuando leemos y meditamos en la Palabra de Dios, oyendo su voz y orando. Nuestro servicio para el Señor es secundario y el gozo del Señor será nuestra fuerza si el amor de Cristo a favor de nosotras es lo que nos constriñe (2 Corintios 5.14).

Más tarde Lázaro se enfermó y las hermanas mandaron a decirle al Señor que “el que amas está enfermo”. Pero Jesús se quedó dos días más donde estaba y Lázaro murió.

Tan pronto como Marta supo que Jesús estaba cerca de Betania, salió a encontrarle. “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”, dijo ella. Cuán natural es pensar como pensaba Marta cuando se nos muere un ser querido: “Si hubiese...” La fe de Marta fue deficiente. Ella sabía que Jesús podía haber impedido la muerte de su hermano, pero no entendía que Él, siendo Dios, tenía poder para sanar de lejos y que podía resucitar a los muertos y dar vida eterna a los que confían en Él.

Por segunda vez ella estaba casi reprochando al Señor, esta vez al decir que si Él hubiera llegado cuando Lázaro estaba enfermo su hermano no habría muerto. Jesús le dijo con ternura: “Tu hermano resucitará”, pero Marta pensaba en una futura resurrección general, como creían los judíos.

Entonces Jesús pronunció una declaración trascendental: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». Es como si estuviera diciendo: “Yo soy Dios y tengo el poder de la resurrección y la vida, y puedo impartir vida eterna a todos los que creen en Mí. Puedo levantar a tu hermano y lo haré”.

Cristo es el Autor de la vida, y todos los que vienen a Él en arrepentimiento y lo reciben como su Salvador personal, obtendrán la salvación de su alma. Un día no muy lejano Él vendrá para llevarse a su presencia a los que han confiado en Él. Los salvados que han muerto serán arrebatados juntamente con los creyentes vivos y estaremos con Cristo en el cielo.

Esta verdad entró en el alma de Marta, y cuando el Señor preguntó: “¿Crees esto?”, ella exclamó: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”. Marta creyó en Jesús como su Salvador y se fue a decirle a su hermana María que el Maestro estaba allí.

Los líderes judíos decían que no valía la pena hablarle a una mujer acerca de la religión porque las mujeres no tenían la capacitad para entender temas divinos. Pero Jesucristo impartió doctrinas trascendentes a muchas mujeres, incluyendo a Marta.

Parece que el cuerpo de Lázaro no había sido embalsamado porque cuando Jesús les mandó a los hombres que quitaran la piedra, la fe de Marta flaqueó y ella protestó: “Señor, hiede ya, porque es de cuatro días”. “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”, le aconsejó el Señor. La piedra fue quitada, y después de orar al Padre el Señor clamó: “¡Lázaro, ven fuera!” y el muerto revivió.

Seis días antes de la última pascua, Jesús estaba en otra cena en la casa de Marta, Lázaro y María. Lázaro estaba sentado a la mesa, un testimonio del poder del Señor. Marta servía de buena gana. Damos gracias a Dios por las mujeres en nuestras congregaciones que, como Marta, siempre están dispuestas a servir a los demás.

“Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Juan 11.5). Cuando el Señor iba a ascender al cielo y volver a la presencia del Padre Dios, Él llevó a los suyos hasta Betania. En ese pueblo Él había recibido la bienvenida en el hogar de algunos que le amaban.

Rhoda Cumming

Las últimas palabras de Cristo (15)

 

JUAN 16 (CONTINUACIÓN)

El día nuevo (Juan 16:16-33)


El Señor ha terminado la parte de su discurso en que revela a los discípulos la gran luz de su mente como resultado de la venida del Espíritu Santo. A medida que termina, Él ya no habla del Espíritu, sino de aquel día —el nuevo día que amanecerá—, con la nueva revelación de Sí mismo en resurrección (16-22), el carácter nuevo de comunión que tendrán con el Padre (23-24) y la nueva forma con la que el Señor se comunicará con ellos (25-28).

Haremos bien en recordar que los dos acontecimientos que distinguen aquel día son la partida de Cristo para estar con el Padre, y la venida del Espíritu para morar en los creyentes. En la parte del discurso que aquí acaba, aquel día es visto en relación con la venida del Consolador. En esta última parte, aquel día se contempla en relación con Cristo, que va al Padre, y con todo lo que tiene que ver con su lugar con el Padre.

v. 16. Ante la mirada de los discípulos se han sucedido maravillosas comunicaciones de las glorias venideras que se revelarán con el poder del Espíritu, pero como los últimos momentos con los discípulos tocan a su fin ellos solo tienen a Jesús como el Objeto de

sus afectos. El Espíritu les descubrirá estos afectos, pero no será como Jesús el objeto de los mismos. Así es como el Señor mantiene ocupados sus corazones con Sus cosas, cuando les dice: «Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis». De estas palabras también se desprende el hecho de que los hace partícipes de los grandes sucesos que están aproximándose, y prepara sus corazones para los cambios que se producirán.

vv. 17-18. Las palabras del Señor originan ansiosas consultas entre los discípulos, poniendo de manifiesto que todas sus afirmaciones eran para ellos un misterio. Es de destacar que a medida que progresan los discursos escasean las palabras de los discípulos. Cinco de ellos hablan en alguna ocasión, pero desde que abandonan el aposento alto no se oye otra voz que la del Señor. Cuando se revelaban las verdades sobre la venida del Espíritu, ellos escuchaban en silencio lo que no sabían comprender. Ahora, cuando el Señor vuelve a hablar de Él, sus corazones son estimulados a conocer el significado de Sus palabras. Hablan entre ellos y dudan de si deben expresar al Señor aquello que tienen dificultad para comprender.

vv. 19-22. El Señor se adelanta a su deseo de preguntarle lo que significan Sus palabras, y así no solo arroja más luz sobre lo que ya ha dicho, sino que además les explica lo cambiados que se volverán sus corazones, afectando por igual dolor y alegría debido a los grandes acontecimientos que se sucederán muy pronto.

Las palabras del Señor hablan claramente de dos intervalos de tiempo, dando a entender que pronto los discípulos no le verán, y que le verían otra vez. A la luz de los sucesos que llegan, es como si pudiéramos deducir de estas palabras que hubo unos breves momentos antes de que el Señor dejara a los discípulos y desapareciera de la vista de los hombres para entrar en las tinieblas de la cruz y la tumba. Tras el segundo todavía un poco, los discípulos verían al Señor, no como en los días de su carne, sino resucitado. Si no como en los días de su humillación, lo verían para siempre en la nueva y gloriosa condición de la resurrección, una vez traspasadas la muerte y la sepultura. Sería el mismo Jesús que habitó entre ellos y llevó sus debilidades, quien sostuvo su fe y ganó sus corazones el que ahora vendría y se pondría en medio de ellos, diciéndoles: «Mirad mis manos y mis pies, que soy yo mismo».

Les dice cuánto les va a afectar estos cambios, en lo que se refiere al dolor y gozo que experimentarían. El pequeño intervalo en que no le verán será un tiempo de gran pesar para los discípulos, un tiempo de duelo y lamentación para uno que ha muerto y cuya sepultura significa el fin de todas sus esperanzas terrenales. El mundo, desde luego, se alegraría pensando que había obtenido una victoria sobre Aquel cuya presencia dejaba en evidencia sus malas acciones. Pero cuando el pequeño intervalo terminara, el dolor de ellos se convertiría en gozo.

Para hacerles entender estos acontecimientos, el Señor utiliza la ilustración de la mujer que da a luz. El dolor de parto tan extremado, y la transformación de la angustia en gozo por el recién nacido plasman con exactitud la súbita pesadumbre de los discípulos para el momento en que el Señor hubiera pasado a la muerte, y el cambio repentino que sufrirían cuando le vieran otra vez resucitado como el Primogénito de los muertos.

Cuando el Señor aplica esta ilustración detalla más sus palabras, diciendo: «Me veréis»; y después añade «Os veré otra vez». El mundo no le vería, ni Él tampoco vería al mundo. Solo a los suyos: «Y entonces aconteció que Jesús se puso en medio, y les dijo: Paz a vosotros. Y, dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor» (Juan 20:19,20).

La visión de la que habla el Señor no creo que pueda reducirse a las visitas fugaces durante los cuarenta días después de la resurrección. Se ha dicho con acierto: «el Señor resucitado y vivo se mostró a los sentidos de la vista para quedarse ante la mirada de la fe, no como recuerdo sino como presencia. Era una visión que no podía disminuir en intensidad ni perder su forma, pues fue más manifiesta cuanto más espiritual se hacía». Para todo el tiempo que dura su ausencia y nuestra permanencia en la tierra, las palabras del Señor siguen siendo las mismas desde la gloria: «Me veréis» y «Yo os veré». Al mirar firmemente en esa gloria, Esteban dice: «He aquí veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios». Una vez más, el autor de la epístola a los Hebreos dice: «Vemos a Jesús… coronado de gloria y de honra».

Esta es la visión especial que da la seguridad del gozo del creyente. «El Señor vivo es el gozo de su pueblo; y como su vida es eterna este gozo permanece como algo seguro». El Señor dice, como consecuencia: «Nadie os quitará vuestro gozo».

vv. 23-24. El Señor acaba de hablar de su nueva revelación en el día nuevo que pronto amanecerá. Ahora habla del nuevo carácter que la comunión tendrá adaptada al nuevo día. «En aquel día —dice el Señor— no me preguntaréis nada». Esto no significa que no nos dirigiremos al Señor, sino más bien que tendremos acceso directo al Padre. Marta desconocía el concepto de hablar directamente al Padre, porque ella dijo: «Sé ahora que cualquier cosa que pidas a Dios, Dios te la dará» (Juan 11:22). Ahora es diferente, no tenemos que apelar al Señor para que vaya al Padre rogando de nuestra parte, sino que nosotros tenemos el privilegio de pedir directamente al Padre en el nombre de Cristo. Hasta aquí los discípulos no habían pedido nada en Su nombre, pero en aquel día ellos lo harían y el Padre les respondería, para que su gozo fuera completo. Al utilizar estos vastos recursos a su disposición, ellos hallarían la plenitud del gozo.

v. 25. Dicho esto, las comunicaciones tendrán un nuevo carácter de parte del Señor. Hasta este momento ha dado casi toda su enseñanza en forma de parábolas o alegorías. En el día que pronto iba a amanecer, Él hablaría del Padre sin tapujos. Así fue en la resurrección, cuando envió un mensaje claro y conciso a los discípulos: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».

vv. 26-28. Si bien el Señor nos explicará con claridad acerca del Padre, no será necesario que Él le ruegue por nosotros como si el Padre desconociera nuestras necesidades, o porque no tengamos acceso directo a Él, pues el Señor dice: «El Padre mismo os ama». El Padre tiene todo su profundo interés puesto en los discípulos y los ama, porque ellos amaron a Cristo y creyeron que Él vino de Dios.

Esta parte del discurso concluye con la afirmación de las grandes verdades en las que se basa toda la superestructura del cristianismo. «Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre». La cristiandad profesante, a la que no le duelen prendas para alabar la vida perfecta de nuestro Señor, está abandonando con rapidez las santas demandas que esta afirmación implica. La afirmación de Su origen divino, de Su misión en el mundo y Su regreso al Padre pone fin a la enseñanza de los discursos.

vv. 27-32. Las palabras del final no son tanto una enseñanza como una advertencia contra la flaqueza de los discípulos, seguidas de una palabra que revela los sentimientos del corazón del Señor, y una última palabra de ánimo. En presencia de esta plena afirmación de la verdad, los discípulos dicen: «He aquí que ahora hablas claramente, y no dices ninguna alegoría». La verdad que habían podido apreciar vagamente se vuelve ahora clara y precisa con las sencillas palabras del Señor. Qué poco comprendían el camino de la muerte que el Señor tomaba para ir al Padre. El Señor dice: «¿Ahora creéis?» Sí creían, pero como suele ocurrirnos a nosotros, sabían muy poco lo débiles que eran. El Señor tiene que advertirles de que se acercaba la hora, y desde luego sabrían de su llegada cuando todos fueran dispersados a su lugar de origen y dejaran solo a Aquel en quien habían profesado su fe.

Llega el momento en que los compañeros que ha tenido en vida piensan solo en ellos y le dejan solo en la hora de la prueba, pero Él se proveerá de una nueva compañía que le amará y le seguirá. «El Padre está conmigo». Como en los viejos días de aquella escena que era la sombra de otra mayor, vemos a Abraham e Isaac andando juntos al monte Moria: «E iban ambos juntos» (Gén. 22:6). Ahora el Padre y el Hijo irán juntos al aproximarse el gran sacrificio.

v. 33. Si el Señor les avisa de sus debilidades, Él no les dejará sin una última palabra de ánimo y consuelo. Por muchos que sean los fallos que tengamos que deplorar en nuestra vida, y las pruebas que todavía tengamos que pasar en el mundo, en Cristo tendremos paz. Los discípulos verán muchos defectos en ellos y el mundo los cuestionará, pero en Cristo tendrán un recurso infalible y le podrían confiar su corazón para obtener la paz perfecta. El mundo podía vencer a los discípulos, como se comprobará en breve, pero Cristo ha vencido al mundo.

Tanto los discípulos como nosotros podemos tener buen ánimo, porque Aquel que nos ama y vive por nosotros y el que viene a socorrernos es el que ha vencido al mundo. Al llegar a su final, los discursos nos dejan una palabra de ánimo que nos eleva por encima de nuestros fallos y dejan que contemplemos las victorias del Señor.

H. Smith