El
Sumo Sacerdote de nuestra profesión
Examinemos
ahora otra división importante de nuestro tema. Hemos de considerar al “sumo
sacerdote de nuestra profesión”. Esto también está repleto de las más ricas
bendiciones para cada uno de los hermanos santos. El mismo Bendito que, como
Apóstol, descendió de Dios hasta nosotros para darle a conocer, ha vuelto a
Dios a fin de estar delante de Él por nosotros. Vino a hablarnos de Dios, y ha
vuelto a lo alto para hablar de nosotros a Dios. Aparece por nosotros ante la
faz de Dios. Nos lleva continuamente sobre su corazón. Nos representa delante
de Dios, y nos mantiene en la integridad de la posición en que su obra
expiatoria nos ha introducido. Su bendito sacerdocio es la provisión divina
para nuestra senda en el desierto. Si sólo fuese cuestión de nuestra posición o
de nuestro título, no tendríamos necesidad de sacerdocio; pero como se trata de
nuestro estado actual y de nuestra marcha práctica, no podríamos dar un solo
paso si no tuviésemos a nuestro gran Sumo Sacerdote viviendo siempre por
nosotros en la presencia de Dios.
Ahora bien, la
epístola a los Hebreos nos presenta tres preciosísimas facetas del servicio
sacerdotal del Señor. En primer lugar, leemos en el capítulo 4: “Por tanto,
teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios,
retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda
compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según
nuestra semejanza, pero sin pecado” [5]
Lector
cristiano, ¿no es una preciosa e inmensa bendición el tener, a la diestra de la
Majestad en los cielos, a Uno que se compadece de nuestras debilidades, que
participa en todos nuestros dolores, que siente por nosotros y con nosotros en
todos nuestros ejercicios de alma, nuestras pruebas y nuestras dificultades?
¡Qué inefable bendición el tener en el trono de Dios a un Hombre, a un corazón
humano perfecto, con el que podemos contar en todas nuestras debilidades,
nuestras cargas y nuestros conflictos; en todas las cosas, en una palabra,
aparte del pecado! Con este último —bendito sea su Nombre— Él no puede tener
ninguna simpatía.
¿Qué pluma, qué
lengua humana, sería capaz de describir digna y plenamente la profunda
bendición que resulta del hecho de tener en la gloria a un Hombre cuyo corazón
está con nosotros en todas las pruebas y los dolores de nuestra senda a través
del desierto? ¡Qué preciosa provisión! ¡Qué divina realidad! Aquel que tiene
toda potestad en los cielos y en la tierra, vive ahora por nosotros en el
cielo. Podemos contar con él en todo tiempo. Toma parte en todos nuestros
sentimientos, como ningún amigo en la tierra podría hacerlo. Podemos acudir a
Él y decirle cosas que no podríamos confiar a nuestro amigo más íntimo en la
tierra. Él solo puede comprendernos perfectamente.
Pero nuestro
gran Sumo Sacerdote puede comprender todo lo que nos concierne. Ha pasado por
todos los dolores y las pruebas que un corazón humano puede conocer. Por eso es
capaz de simpatizar perfectamente con nosotros, y se complace en ocuparse de
nosotros cada vez que pasamos por el dolor y la aflicción, cuando nuestro
corazón es quebrantado y abrumado bajo un peso de angustia que sólo Él puede
conocer plenamente. ¡Precioso Salvador! ¡Misericordioso Sumo Sacerdote! ¡Que
nuestros corazones hallen sus delicias en ti, y se acerquen más y más a las
fuentes inagotables de consolación y de gozo que se hallan en tu tierno amor
por todos tus hermanos probados, tentados, que lloran y sufren aquí abajo!
Hebreos 7:25
nos muestra otra preciosísima parte de la obra sacerdotal de nuestro Señor, a
saber: su incesante intercesión a favor de nosotros en la presencia de Dios.
“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a
Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.”
¡Qué poderoso
consuelo para todos los “hermanos santos”! ¡Qué seguridad bendita! Nuestro gran
Sumo Sacerdote nos lleva continuamente en su corazón delante del trono. Todo lo
que concierne a nosotros está en sus benditas manos, y jamás dejará que nada de
lo nuestro peligre. Vive por nosotros, y nosotros vivimos en Él. Nos llevará
adelante, en seguridad, hasta el fin. Los teólogos hablan acerca de «la
perseverancia final de los santos»; la Escritura habla de la perseverancia de
nuestro divino y adorable Sumo Sacerdote. Sobre eso reposamos. Él nos dijo:
“Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19). “Si siendo enemigos,
fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo —el único medio por el
cual podíamos ser reconciliados—, mucho más, estando reconciliados, seremos
salvos por su vida” (Romanos 5:10), es decir, su vida en lo alto en el cielo.
Él se ha hecho a sí mismo responsable —garante— de cada uno de los “hermanos
santos”, de llevarlos derecho a la gloria a través de todas las dificultades, pruebas,
trampas y tentaciones del desierto. ¡Que el universo entero alabe por siempre
su bendito Nombre!
Naturalmente
que no podemos, en tan breve escrito, abordar el gran tema del sacerdocio con
todos sus detalles. No podemos más que tratar brevemente los tres puntos
sobresalientes que ya mencionamos, y citar, para el lector, los pasajes de la
Escritura donde aparecen.
En Hebreos
13:15 tenemos la tercera parte del servicio que el Señor cumple por nosotros en
el santuario celestial: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él,
sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.”
¡Que consuelo
es saber que tenemos delante de Dios a Uno que le presenta nuestros sacrificios
de alabanzas y nuestras acciones de gracias! ¡Cuán dulcemente ello nos anima a
llevarle en todo tiempo tales sacrificios! Es cierto que pueden parecer muy
pobres, muy magros y muy imperfectos; pero nuestro gran Sumo Sacerdote sabe
cómo separar lo precioso de lo vil. Toma nuestros sacrificios y los presenta a
Dios en toda la perfección del perfume de buen olor de su propia Persona y de
su ministerio. El menor suspiro del corazón, la menor expresión de los labios,
el más insignificante acto de servicio, sube a Dios no solamente despojado de
toda nuestra debilidad e imperfección, sino adornado de toda la excelencia de
Aquel que vive siempre en la presencia de Dios, no solamente para simpatizar e
interceder, sino también para presentar nuestros sacrificios de acciones de
gracias y de alabanzas.
Todo esto está
lleno de aliento y de consuelo. ¡Cuán a menudo tenemos que lamentarnos por
nuestra frialdad, de nuestra esterilidad, de nuestra falta de vida, tanto en
privado como en público! Parece que somos incapaces de hacer algo más que
proferir un gemido o un suspiro. Pues bien, Jesús —y éste es el fruto de su
gracia— toma este gemido o este suspiro, y lo presenta a Dios en todo el valor
de lo que es. Ello es parte de su ministerio actual por nosotros en la
presencia de nuestro Dios, ministerio que Él se complace en cumplir —¡bendito
sea su Nombre! —. Él halla su gozo en llevarnos sobre su corazón ante el trono.
Piensa en cada uno de nosotros en particular, como si no tuviera más que uno
solo en quien pensar.
¡Qué
maravilloso es esto!, pero así lo es. Él toma parte en todas nuestras pequeñas
pruebas, en nuestros dolores más despreciables, en nuestros conflictos y
ejercicios de corazón, como si no tuviera otra cosa en que pensar. Cada uno de
nosotros posee la atención y la simpatía indivisas de su grande y amante
corazón, en todo lo que pueda surgir durante nuestro curso a lo largo de esta
escena de pruebas y de dolores. Él la recorrió toda. Conoce cada paso del
camino. Podemos discernir la huella bendita de sus pisadas a través del
desierto, y, mirando a lo alto los cielos abiertos, le vemos en el trono, a Él,
al Hombre glorificado, pero al mismo Jesús que estuvo aquí abajo; las
circunstancias en que estuvo han cambiado, pero no así su corazón tierno,
amante y lleno de simpatía: “El mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”
Tal es, pues,
amado lector cristiano, el gran Sumo Sacerdote que somos exhortados a
considerar. Realmente, tenemos en él lo que responde a todas nuestras
necesidades. Su simpatía es perfecta; su intercesión prevalece, sobre todo, y
nuestros sacrificios, para Él, son hechos aceptables. Bien podemos decir: Lo
tenemos “todo, en abundancia” (Filipenses 4:18 - V.M.).
"Considerémonos
unos a otros"
Y ahora, como
conclusión, echemos un vistazo a la exhortación de Hebreos 10:24:
“Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras.”
La conexión
moral de este pasaje con el que nos ha ocupado, primeramente, es verdaderamente
hermosa. Cuanto más atentamente consideremos a Jesús, tanto más aptos y
dispuestos estaremos para considerar a todos los que le pertenecen,
quienesquiera que sean y dondequiera que se encuentren. Mostradme un hombre
lleno de Cristo, y yo os mostraré a un hombre lleno de amor, de solicitud y de
interés por cada miembro del Cuerpo de Cristo. Así debe ser. Es simplemente
imposible estar cerca de Cristo, y no tener el corazón lleno de los más tiernos
afectos por todos los que le pertenecen. No podemos considerarle a Él, sin
acordarnos de ellos y ser conducidos a servirles, a orar por ellos, a tener
simpatía respecto a ellos de acuerdo con nuestra débil medida.
Si oís que
alguno habla en alta voz de su amor por Cristo, de su apego a su Persona, del
deleite que halla en Él, y, al mismo tiempo, veis que no hay en esta persona ni
amor por aquellos que pertenecen a Cristo, ni solicitud respecto de ellos, ni
interés por sus circunstancias, ni buena disposición para dedicar tiempo y
esfuerzo para ellos, ni sacrificio de sí mismo por amor a ellos, podéis estar
seguros de estar en presencia de una profesión vacía y sin valor. “En esto
hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros
debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este
mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo
mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua,
sino de hecho y en verdad.” Y todavía: “Y nosotros tenemos este mandamiento de
él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1.a Juan 3:16-18;
4:21).
Son estas palabras saludables para cada uno de
nosotros. ¡Ojalá que hagan mella en el fondo de nuestro corazón! ¡Ojalá que,
por la poderosa acción del Espíritu Santo, podamos ser hechos capaces de
responder de todo nuestro corazón a estas dos importantes y acuciantes
exhortaciones: Considerar al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, por
una parte, y, por la otra: ¡Considerar los unos a los otros! Y recordemos que
una consideración conveniente de los unos por los otros jamás revestirá la
forma de una curiosidad indiscreta, ni de un espionaje inexcusable: cosas que
no pueden ser consideradas más que como la plaga y la destrucción de toda
sociedad cristiana. No; es lo contrario de todo esto. Es la solicitud tierna y
amante, que se expresa de una manera refinada, delicada y oportuna en todo
servicio brindado, fruto del amor de una verdadera comunión con el corazón de
Cristo.