5.1 al 17 Una posibilidad y una certeza
¿Qué de si la muerte disuelva este cuerpo que tenemos?
“Tenemos de Dios un edificio”. El tiempo presente expresa la certeza de que
recibiremos un cuerpo en resurrección, 1 Corintios 15.42 al 49. Hasta esto,
“gemimos” bajo la debilidad del cuerpo y nuestra propensión a pecar, anhelando
la gloria celestial. Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu,
gemimos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo, Romanos 8.23.
Nuestro futuro
glorioso está asegurado por cuanto lo tenemos prometido, el aval del Espíritu,
y aun ahora somos obra de Dios, “el que nos hizo”, v. 5. Por ahora sólo podemos
disfrutar de la anticipación de la gloria que vendrá. Por supuesto, nuestra
residencia presente en el cuerpo es un exilio del Señor, una ausencia de
nuestro hogar verdadero, v. 6. Es cierto que el Señor está presente
espiritualmente con todos nosotros, pero está ausente físicamente.
Pablo no abrigaba
duda acerca de qué le iba a suceder al morir, sabiendo que pasaría a la
presencia inmediata del Señor, v. 8. “… estoy puesto en estrecho, teniendo
deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor”, Filipenses
1.23. Por el momento su ambición era la de ser acepto en los ojos de Aquel.
“Procuramos … serle agradables”, v. 9.
“Es necesario que
todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo”, v. 10. Esto no está dicho para
empañar la perspectiva de la dicha que está por delante, sino como un estímulo
a la ambición de agradar al Señor. Los acontecimientos futuros inciden en la
vida presente del hijo de Dios. Lo que hemos hecho aquí en vida será
manifestado más adelante. El Maestro que va presidir en el escrutinio es el
mismo Señor que nos ama y se entregó a sí mismo por nosotros. Él no será severo
ni injusto, ni pasará por alto circunstancias atenuantes, sino comprenderá toda
dificultad que nos asedia.
Pable servía como uno
que tendría que rendir cuenta, v. 11, y por esto persuadía a los demás con base
en una profunda reverencia y en el temor de Dios. El amor de Cristo le
constriña, v. 14. El amor por los hombres que Cristo manifestó al morir por
ellos le obligaba a Pablo a ser fiel a ese Salvador. Le impelía, le dominaba.
Tenemos aquí el testimonio sin reserva de una vida que
estaba sujeta a un motivo poderoso y envolvente; era la bendita esclavitud de
una vida cautivada y comandaba por el Príncipe de amantes, el Señor Jesucristo.
Bien pudo escribir Zinzendorf, fundador de la Misión Moravia: “Tengo una sola
pasión en la vida: Él”.
B.OSBORNE
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