sábado, 25 de julio de 2026

Lecciones que aprendí en mi asamblea (4)

Separación a medias o completa

 Peter Fleming


Cuando se hizo manifiesta la oposición contra nosotros en esta posición de separación, algunos en el grupo pensaron que podríamos apaciguarla al asistir de vez en cuando a las reuniones de evangelización (donde las había) en los sistemas que habíamos dejado. Ciertos miembros del grupo participábamos, por supuesto, en los esfuerzos interdenominacionales los domingos en la noche mientras formábamos parte de las respectivas congregaciones, y la idea era ofrecer nuestra colaboración si aquellos hermanos parecían estar dispuestos a recibirla. Se hizo el intento por un tiempo corto, pero pronto se hizo evidente que éramos como peces fuera del agua. Sentimos más que nunca la servidumbre a los arreglos humanos a expensas de la dirección del Espíritu Santo que estábamos gozando en nuestras pequeñas reuniones propias.

Santa separación

Se nos hizo insoportable la creciente hostilidad de algunos. Estos emplearon tácticas nuevas para manifestar su disgusto ante nuestra posición como un pequeño grupo de adoradores sin pastor asalariado y sin un encargado humano. Hubo prédicas contra “los que causan divisiones”, sin hacer mención, por supuesto, de “contra la doctrina”, Romanos 16.17. Hay, como sabemos por Lucas 12.51, una “división” que es de Dios. Es obra suya separar a los vivos de los muertos y “lo precioso del vil;” Jeremías 15.19. En esos “esfuerzos evangelísticos” oíamos referencias a nosotros mismos como ladrones de ovejas y destructores de iglesias. Lo que habíamos hecho en realidad era restaurar a algunas ovejas del Señor a su debido Dueño y a los pastos que les correspondían, sacándolas de las sendas erradas adonde se habían extraviado entre el ganado cabrío.

Una santa separación de los creyentes de entre los inconversos no divide ni rompe nada que cuenta con la aprobación de Dios, ya que una “multitud mixta” de creyentes y no creyentes no es una iglesia o asamblea en el sentido que las Escrituras emplean el término. Salir de tal cosa no es división sino sencilla obediencia al llamado del Señor; 2 Corintios 6.17. Aprendimos que la separación no sería una experiencia teórica ni superficial sino una manera de vivir delante de Dios y aparte de los impíos. Al obedecer así el llamamiento de Dios, las cosas serían vistas pronto en su condición real, ya que es la presencia de unos pocos creyentes legítimos en los sistemas falsos que mantiene la cohesión de éstos y perpetúa su existencia.

Una separación completa y final

Una vez que vimos esto con claridad, nuestra separación de la religión mundana dejó de ser parcial; fue entera y definitiva. Estoy tan convencido como lo puedo estar que ningún grupo del pueblo del Señor puede estar donde la Palabra de Dios lo llevaría, sin que practique a la vez una separación resuelta de los sistemas religiosos de este mundo a pesar de que éstos se le opongan amargamente.

Cualquier atenuación de las normas de esta separación puede lograr cierta tolerancia de parte de aquellos sistemas. Si se suprime la verdad que separa al cristiano de la religión mundana, bien puede resurgir un intercambio entre los creyentes y los meros religionarios, según el gusto de cada cual. Pero donde se reconoce un solo Nombre y donde se guía por un solo Libro, no habrá ni afinidad ni amalgamación entre una asamblea de verdaderos creyentes congregados al Señor Jesús y las sectas del protestantismo u otro “ismo”.

La senda de la separación nunca conduce a agrupaciones donde no se reconozca la plenitud y la exclusividad de la autoridad de las Sagradas Escrituras. Eso sí: hay creyentes legítimos en aquellas congregaciones, y ellos son nuestros hermanos en Cristo. Son miembros del cuerpo de Cristo, y como tales, los amamos y tenemos una responsabilidad por su cuidado en la medida en que ellos quieran recibir nuestra atención. Lo que aborrecemos es el sistema, el esquema de religión humana que muchas veces hasta esclaviza a estos hermanos.


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