Separación a medias o completa
Peter Fleming
Cuando se hizo manifiesta la oposición contra
nosotros en esta posición de separación, algunos en el grupo pensaron que
podríamos apaciguarla al asistir de vez en cuando a las reuniones de
evangelización (donde las había) en los sistemas que habíamos dejado. Ciertos
miembros del grupo participábamos, por supuesto, en los esfuerzos
interdenominacionales los domingos en la noche mientras formábamos parte de las
respectivas congregaciones, y la idea era ofrecer nuestra colaboración si
aquellos hermanos parecían estar dispuestos a recibirla. Se hizo el intento por
un tiempo corto, pero pronto se hizo evidente que éramos como peces fuera del
agua. Sentimos más que nunca la servidumbre a los arreglos humanos a expensas
de la dirección del Espíritu Santo que estábamos gozando en nuestras pequeñas
reuniones propias.
Santa separación
Se nos hizo insoportable la creciente
hostilidad de algunos. Estos emplearon tácticas nuevas para manifestar su
disgusto ante nuestra posición como un pequeño grupo de adoradores sin pastor
asalariado y sin un encargado humano. Hubo prédicas contra “los que causan
divisiones”, sin hacer mención, por supuesto, de “contra la doctrina”, Romanos
16.17. Hay, como sabemos por Lucas 12.51, una “división” que es de Dios. Es
obra suya separar a los vivos de los muertos y “lo precioso del vil;” Jeremías
15.19. En esos “esfuerzos evangelísticos” oíamos referencias a nosotros mismos
como ladrones de ovejas y destructores de iglesias. Lo que habíamos hecho en
realidad era restaurar a algunas ovejas del Señor a su debido Dueño y a los
pastos que les correspondían, sacándolas de las sendas erradas adonde se habían
extraviado entre el ganado cabrío.
Una santa separación de los creyentes de entre
los inconversos no divide ni rompe nada que cuenta con la aprobación de Dios,
ya que una “multitud mixta” de creyentes y no creyentes no es una iglesia o
asamblea en el sentido que las Escrituras emplean el término. Salir de tal cosa
no es división sino sencilla obediencia al llamado del Señor; 2 Corintios 6.17.
Aprendimos que la separación no sería una experiencia teórica ni superficial
sino una manera de vivir delante de Dios y aparte de los impíos. Al obedecer
así el llamamiento de Dios, las cosas serían vistas pronto en su condición
real, ya que es la presencia de unos pocos creyentes legítimos en los sistemas
falsos que mantiene la cohesión de éstos y perpetúa su existencia.
Una separación completa y final
Una vez que vimos esto con claridad, nuestra
separación de la religión mundana dejó de ser parcial; fue entera y definitiva.
Estoy tan convencido como lo puedo estar que ningún grupo del pueblo del Señor
puede estar donde la Palabra de Dios lo llevaría, sin que practique a la vez
una separación resuelta de los sistemas religiosos de este mundo a pesar de que
éstos se le opongan amargamente.
Cualquier atenuación de las
normas de esta separación puede lograr cierta tolerancia de parte de aquellos
sistemas. Si se suprime la verdad que separa al cristiano de la religión
mundana, bien puede resurgir un intercambio entre los creyentes y los meros
religionarios, según el gusto de cada cual. Pero donde se reconoce un solo
Nombre y donde se guía por un solo Libro, no habrá ni afinidad ni amalgamación
entre una asamblea de verdaderos creyentes congregados al Señor Jesús y las
sectas del protestantismo u otro “ismo”.
La senda de la separación nunca conduce a
agrupaciones donde no se reconozca la plenitud y la exclusividad de la
autoridad de las Sagradas Escrituras. Eso sí: hay creyentes legítimos en
aquellas congregaciones, y ellos son nuestros hermanos en Cristo. Son miembros
del cuerpo de Cristo, y como tales, los amamos y tenemos una responsabilidad
por su cuidado en la medida en que ellos quieran recibir nuestra atención. Lo
que aborrecemos es el sistema, el esquema de religión humana que muchas veces
hasta esclaviza a estos hermanos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario