5.18 al 21 El
ministerio de la reconciliación
La reconciliación es la sustitución de amistad por enemistad, y por
insinuación señala a una amistad que existía una vez, pero fue perdida. El
hombre fue hecho para amistad con Dios y cumple su destino cuando está en
unanimidad con él. Pero hay una influencia perjudicial — el pecado. El pecado
se ha interpuesto entre Dios y el hombre. El alejamiento del hombre de Dios,
junto con la consiguiente enemistad proactiva contra Dios, fue consecuencia de
la desobediencia y el pecado de Adán. La desobediencia a la voluntad de Dios
imposibilitó la comunión entre el hombre y su Creador. Esta consecuencia, la
comunión rota, sigue vigente hasta el día de hoy.
El hombre tiene que ser rectificado ante Dios; tiene que ser reconciliado,
y en esto se prueba cualquier evangelio profeso. Es una prueba crucial, porque
la cruz es el punto esencial. Dios nos reconcilió así al hacer pecado de Cristo
por cuenta nuestra. Cristo era sin pecado, ni conocía pecado; era de un todo
santo. Fue tentado en todo a semejanza de nosotros, pero nunca fue tentado por
pecado innato. Desde luego, era inconcebible que Él pudiera pecar, porque era
Dios manifestado en carne.
Fue hecho pecado. Su impecabilidad era la cualidad que permitía en la
estima de Dios que fuese el agente de la reconciliación. Dios lo asoció a él
con el pecado, el que no tenía pecado, cosa que requería nada menos que la
muerte de cruz. Cristo no sólo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el
madero, sino también fue hecho pecado. Pesó en su contra todo el asunto del
pecado, y mientras aquello estaba pendiente, la reconciliación era imposible.
Pero Cristo, siendo hecho pecado, murió y lo quitó
una vez por todas. El pecado le fue impuesto por Dios, y su muerte es la
ejecución de la sentencia divina sobre aquello. Al morir, Él quitó el pecado,
de manera que no es una barrera ahora. Dios ha hecho la paz por la transacción
del Gólgota, realizando así la reconciliación. El pecado podía ser atendido tan
sólo por la muerte. Exigía la muerte de Aquel que, siendo Hombre, podía morir,
y siendo Dios, podía impartir a su sacrificio expiatorio toda la dignidad,
virtud y gloria de su Persona divina.
“Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al
mundo”, v. 19. El creyente es un embajador del corte celestial que trae del Rey
el ministerio de la reconciliación del hombre.
B.OSBORNE.
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