sábado, 25 de julio de 2026

Conducta Personal

 Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor.  2 Timoteo 2:22


Es de suma importancia separarse de los vasos deshonrosos que hay en la casa grande de la cristiandad. Sin tal separación es imposible ser un vaso limpio, preparado para toda buena obra. El apóstol nos advierte acerca de los peligros personales, los cuales fácilmente se pasan por alto cuando se está obsesionado con las obscenidades de la sociedad. ¡Cuán necesario de tales cosas! El apóstol Pablo exhorta al creyente a ser un vaso separado, cuidando su conducta personal y manifestando las características de la nueva vida. Además de aplicarnos el lado negativo de la separación del mal, también debemos mantener el lado positivo siguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz con otros que también lo hacen.

El creyente debe examinar su conducta para mantener un andar práctico acorde con la justicia, a semejanza de Cristo. Es inútil testificar contra el mal en la Iglesia y separarse de él si uno fracasa en su conducta personal. Aquellos que aún están atrapados por la misma iniquidad de la cual dicen haberse separado, verán su fracaso. Con razón lo estigmatizarán por llevar una conducta no cristiana. Por lo tanto, el apóstol le ruega a Timoteo, y a todo creyente que quiera ser fiel, que esté en guardia. Lo exhorta a que evite todo cuanto pueda contradecir e invalidar su testimonio respecto a la separación del mal.

Además de evitar las pasiones mundanas y carnales, también es preciso abstenerse de las pasiones características de la juventud como la confianza en uno mismo, la frivolidad, la impaciencia, la falta de dependencia en el Señor, el alarde de conocimiento y el apasionamiento por la controversia. Son cosas propias de la juventud, pero también pueden aparecer en creyentes mayores y arruinar su testimonio. Un vaso para honra no debe caracterizarse por estas pasiones tan típicas entre los jóvenes debido a su confianza en sí mismos. Debe huir de cualquier tendencia que pueda arrastrarlo a estas pasiones y abstenerse de todo lo demuestre una falta de espíritu sobrio, manso y humilde, que son cosas que caracterizan a quienes caminan con Dios.

El creyente separado debe seguir la justicia, la fe, el amor y la paz. Debe andar según una justicia práctica, es decir, perseguir lo que es recto y conveniente ante Dios y el hombre. Notemos que el orden es: la justicia primero, luego la fe, después el amor y finalmente la paz.

La primera consideración es la justicia, no el amor ni la paz. Si uno piensa en el amor o en la paz como primera consideración, puede estar en peligro de comprometer la verdad y sacrificar la justicia. Por lo tanto, debemos buscar la justicia, ante todo. No puede haber paz con el mal ni con los enemigos de Cristo.

Junto con la justicia, debemos seguir lo que es de la fe. Esto nos mantiene en comunión con Dios y en dependencia de él. Cuando hay tal dependencia, él sostendrá el corazón en la senda de la justicia y en la separación con respecto al mal. La fe mantiene a Dios delante del alma y evita que uno mire las cosas desde el punto de vista de las conveniencias y los razonamientos puramente humanos. La fe es necesaria para continuar firmes en la senda de la justicia. Moisés es un ejemplo de esto. Él “se sostuvo como viendo al Invisible” (He. 11:27).

Sin la fe y el amor, nuestra decisión de seguir la justicia tiende a convertirse en algo frío y legalista con un sabor farisaico. Es por eso que la fe y el amor deben estar aliados con la justicia. En el versículo que estamos considerando, la fe viene antes del amor. La razón es que el ojo tiene que dirigirse hacia Dios, la fuente del amor, antes de que pueda haber verdadero amor cristiano en actividad. El amor tiene que ser resguardado por la justicia y la fe. No puede existir ningún amor verdadero sin obediencia. El amor verdadero hacia Cristo y hacia las almas nos impulsará a andar en la justicia y la fe.

Cuando la fe está activa, Dios estará delante del alma, su amor llenará el corazón, y el andar estará caracterizado por el amor divino. Esto es muy necesario para el vaso de honra. Debe seguir el amor de Cristo y manifestarlo en todas sus relaciones con otros.

Luego, el resultado de seguir la justicia, la fe y el amor será la paz, la paz sobre una base de justicia. El creyente separado no debe encapricharse en su propia voluntad ni tampoco ser causa de contiendas. Más bien debe seguir “lo que contribuye a la paz” (Ro. 14:19). “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18). Una persona contenciosa y complicada es una deshonra para Cristo y se manifiesta como alguien que no está siguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz.

Los siguientes tres versículos (vv. 23-25) nos dan más instrucciones en cuanto a la conducta personal que debe caracterizar a un vaso santificado para honra. Debe desechar las cuestiones necias e insensatas que engendran contiendas. No debe ser contencioso con nadie “sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen”. El argumento y la contienda referente a la verdad o sobre cuestiones necias no son ni de provecho ni de utilidad. La verdad de Dios debe ser proclamada de una manera clara, amable y enseñada con toda paciencia, delicadeza y mansedumbre, incluso a aquellos que se oponen. El siervo del Señor no debe ser contencioso con los que se resisten a la verdad.

Tales son las instrucciones para la conducta personal de los creyentes que quieren agradar al Señor y ser vasos santificados y útiles para la honra en medio de la ruina de la casa grande que es la cristiandad. Que el Señor nos dé gracia para mantener estas características.

R. K. Campbell

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