domingo, 23 de agosto de 2026

La visita más estupenda de los siglos

 

Cinco viudas en Lucas


1. Ana, la anciana, Lucas 2.36 al 38

Es un ejemplo de la devoción.

No obstante, su vejez (cien años y pico de edad), ella era constante en su asistencia al templo. En Hebreos 10.25 hallamos la exhortación: “No dejando nuestra congregación, como algunos tienen por costumbre”. Hay algunos cuyo amor por el Señor se ha enfriado tanto que ya merecen el apodo de dominicales. Cualquier pretexto o excusa les basta para ausentarse de las reuniones. En cambio, damos gracias a Dios por los hermanos ancianos, y en especial las viudas, que se esfuerzan por no perder un culto.

Ana se dedicaba a la oración, que es un ministerio importante en estos tiempos peligrosos. No hace mucho visitamos a un anciano predicador que ora diariamente por centenares de personas, por nombre. Además, Ana no se cansaba de hablar de su Señor, y ella poseía un conocimiento inteligente de la Palabra de Dios porque su esperanza era el advenimiento del Redentor. No debemos estar esperando la muerte sino la venida de nuestro Señor.

2. La viuda de Sarepta, 4.26

Es un ejemplo de la obediencia de la fe.

El profeta Elías le mandó primeramente que trajera agua, de la cual había gran escasez, y ella obedeció. Luego pidió un bocado de pan. Ella necesitaba más fe para obedecer esta vez, pero Elías le animó con la Palabra de Dios, 1 Reyes 17.14. Ella no sabía nada de la Palabra como nosotros la tenemos; sin embargo, con fe obedeció y tuvo el honor de alimentar a aquel gran profeta por un año entero.

Ella probó la suficiencia de Dios en cuanto a sus necesidades. El permite las pruebas en nuestras vidas para que podamos practicar la obediencia de la fe y recibir alabanza cuando Jesucristo fuere manifestado; véase 1 Pedro 1.7.

3. La viuda de Naín, 7.11

Es un ejemplo de las grandes angustias de la vida además del amparo y la compasión de Cristo.

Leemos que una gran compañía y muchos discípulos iban con él, y que también había un buen número con la viuda. Con Cristo había una procesión de vida y con ella una procesión de muerte. Las dos se encontraron y, una vez dada la palabra a la viuda, “No llores”, nuestro Señor dijo, “Joven, a ti te digo, levántate”.

El resultado fue asombroso. El muerto se incorporó y comenzó a hablar. Así la procesión de muerte se cambió en una de vida. Para nuestras queridas hermanas viudas no habrá soledad ni vacío en el hogar si dejamos al Señor Jesucristo ocupar su debido lugar en el corazón. Él es el Amigo que ama en todo tiempo, y es más que un hermano, como lo expresa Proverbios 18.24.

4. La viuda que apeló al juez, 18.2 al 7

Es un ejemplo de la importunidad.

En su debilidad e insuficiencia ella no tuvo otro recurso que clamar al juez. El no quiso atenderla, pero ella porfiaba con insistencia, y por fin ganó el apoyo de la justicia. De esta manera nuestro Señor quiere enseñarnos la importancia de perseverar en la oración, “velando en ella con hacimientos de gracias”, Colosenses 4.2.

5. La pobre que dio dos blancas, 21.1 al 3

Es un ejemplo de la liberalidad.

Nuestro Señor se admiró más de esta ofrenda sin reserva que de las de los ricos. Esa mujer trabajó arduamente para ganar su diario y las dos monedas representaban lo que había recibido por la labor del día. Ella dio todo a Dios, pero es seguro que no fue a su casa para morir de hambre.

El Señor recompensa con aumento lo que le damos a él de todo corazón. Dice la Palabra: “El alma generosa será prosperada”, Proverbios 11.25.

Se cuenta de un predicador que, despidiendo la gente después de una reunión en Londres, recibió de una dama una moneda de oro. Dijo ella, “Don Fulano, aquí está la blanca de la viuda”. Contestó él, “Pero la viuda dio dos”. “Ah, es verdad”, exclamó ella, y le dio otra. “Pues, señora”, respondió el hombre, “dice que ella dio todo el sustento que tenía”. Allí terminó el asunto, pues la dama no estaba dispuesta a llegar a tal extremo. A veces nos alabamos por tanto que damos, pero el Señor puede ver lo que retenemos para nosotros mismos.

Santiago Saword


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