domingo, 23 de agosto de 2026

José como figura de Cristo

William Warke, 1930  

(1) José era objeto de intensa envidia de parte de aquellos a quienes buscaba. Los hombres odiaban a Jesús, pero por medio de la muerte suya en la cruz del Calvario puede ofrecer la salvación.

(2) Jacob amaba más a José que a sus hermanos, y tan pronto que éstos vieron que era amado de su padre, le odiaban aún más. Fue así también cuando el Padre envió al Hijo que amaba, pero con todo le dio a morir por ti y por mí, aunque la humanidad se opuso todavía más y procuró matar a aquel que vino para salvar.

(3) Por cuanto ponía al descubierto el pecado de sus hermanos, le odiaban más intensamente. Los hombres a su vez se alzaron en contra de Cristo porque descubría los pecados de ellos. “Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas,” Juan 3.19.

(4) Con todo, José salió en busca de aquellos hermanos suyos. El Señor Jesús salió de la presencia de Dios para nacer en pobreza e ir al Calvario por los que no le querían. El Padre vio al Hijo humillarse para poder salvarnos. Jesús “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres: y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz,” Filipenses 2.7,8.

(5) Al ver que se acercaba, sus hermanos exclamaron: “Viene el soñador. Matémosle.” Así con Cristo. Magos viajaron del Oriente a Jerusalén para indagar dónde iba nacer, porque querían adorarle. Al saber Herodes que Cristo nacería rey de su pueblo, mandó a matar a los niñitos, con el fin de no dejar vivir a Jesús. Durante su tiempo entre aquéllos a quienes Él vino a salvar, siempre hubo ese malvado deseo que se manifestó aun en el momento de su nacimiento. “Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos: y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos,” Romanos 3.15 al 18.

Cierto hombre plantó una viña y la dio en arrendamiento.; Mateo 21.33. Viajó a país lejano y al regresar envió un empleado a cobrar su porcentaje de la cosecha. Los arrendatarios golpearon al cobrador y lo despacharon sin nada. Otros recibieron el mismo trato. Entonces el dueño decidió enviar a su hijo, pensando que a él lo respetarían. Al verle, dijeron, “Este es el heredero. Matémosle.” Es, desde luego, una ilustración del corazón nuestro ante el Padre y el Hijo.

(6) Como José proporcionaría salvación para sus hermanos en la hora de su gran necesidad, así el Señor Jesús lo haría para nosotros, pero para la eternidad.

(7) Como José fue vendido por sus hermanos por veinte piezas de plata, así Jesús por treinta.

(8) Al ser vendido, José fue conducido lejos a Egipto y echado en la cárcel; Jesús a su vez fue “contado con los pecadores,” Isaías 53.12, y clavado en cruz entre dos malhechores.

(9) José es un cuadro de Cristo en su encarcelamiento con el copero y el panadero. Uno de ellos se salvó y el otro se perdió. Cada cual soñó. El copero le contó su sueño a José y éste le dijo que sería restaurado a su cargo en el palacio. El panadero se contentó y procedió a contar el sueño suyo, sólo para oir que sería decapitado.

El monarca mandó a buscar a José y le contó del sueño suyo. Nadie había podido explicarlo. Él habló de series de siete vacas y siete espigas, las cuales resultaron ser símbolos de siete años de abundancia y otros tantos de hambre. Habiendo explicado esto, José fue designado para recoger la abundancia y almacenarla para el tiempo de escasez.

(10) José fue sacado de la cárcel y nombrado segundo en el reino. En cuanto a nuestro Señor Jesucristo, “Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre,” Filipenses 2.9 al 11.

(11) En la historia del copero el vino es figura de la preciosa sangre de Cristo; quien confíe en la sangre suya será acepto con Dios, así como el copero ante el rey. La pastelería es como las así llamadas buenas obras en las cuales muchos confían, pero van a perecer juntamente con ellos. Uno de los dos malhechores en el Calvario reconoció, “Justamente padecemos,” pero el otro se burló. O sea, el primero llegó a ver que recibía lo que merecía, pero que Jesús moría por él, “el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios;” 1 Pedro 3.18. Así como el copero fue restaurado el tercer día y en ese mismo día el panadero murió, fue el tercer día que Cristo resucitó para la justificación de todo aquel que cree.

(12) Los hermanos de José se contentaron al venderle, pero llegó el momento de apuro. Faltaban alimentos. Su padre les aconsejó ir a buscar granos en Egipto, pero no sabían que iban a acudir a su propio hermano. José sabía quiénes eran, pero les acusó de ser espías. Encarcelados, tuvieron tiempo para reflexionar. “Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano,” dijo el uno al otro; “se nos demanda su sangre.” El pecado que habían ocultado, Dios lo trae delante de ellos años después. Y tú, mientras no seas salvo, pero procures decir que todo está bien, nunca tendrás paz con Dios hasta que llegues a clamar, “Verdaderamente he pecado.”

Pero se salvan todos aquellos que aceptan por fe la obra consumada en el Calvario por el “gran, mayor José” que es Jesucristo. Quien acude a él, quien confíe que Él puede satisfacer su enorme necesidad, es salvo. Faraón había mandado a buscar con José el alimento que tanta falta les hacía, y ninguno fue defraudado. Y para ti, para mí, “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos,” Hechos 4.12. Este evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

(13) Los hermanos de José no querían oírle antes, pero ahora se echan a sus pies en súplica. Los hombres no querían escuchar al Hijo de Dios, pero tendrán que doblarse ante Él en la eternidad. “Entonces comenzaréis a decir: «Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste.» Pero os dirá: «Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad.»

(14) José despachó a todos para estar solo con sus hermanos. Se dio a conocer: “Soy José.” Así fue el mensaje que recibió Saulo de Tarso en el camino cuando vio una gran luz y preguntó: “¿Quién eres, Señor?” Vino la respuesta: “Soy Jesús.” El alma que se salva recibe una revelación de Cristo, como José se reveló a los que amaba.  

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