William
Warke, 1930
(1) José era objeto de intensa envidia de parte de aquellos
a quienes buscaba. Los hombres odiaban a Jesús, pero por medio de la muerte
suya en la cruz del Calvario puede ofrecer la salvación.
(2) Jacob amaba más a José que a sus hermanos, y tan pronto
que éstos vieron que era amado de su padre, le odiaban aún más. Fue así también
cuando el Padre envió al Hijo que amaba, pero con todo le dio a morir por ti y
por mí, aunque la humanidad se opuso todavía más y procuró matar a aquel que
vino para salvar.
(3) Por cuanto ponía al descubierto el pecado de sus
hermanos, le odiaban más intensamente. Los hombres a su vez se alzaron en
contra de Cristo porque descubría los pecados de ellos. “Esta es la
condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas
que la luz, porque sus obras eran malas,” Juan 3.19.
(4) Con todo, José salió en busca de aquellos hermanos
suyos. El Señor Jesús salió de la presencia de Dios para nacer en pobreza e ir
al Calvario por los que no le querían. El Padre vio al Hijo humillarse para
poder salvarnos. Jesús “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho
semejante a los hombres: y estando en la condición de hombre, se humilló a sí
mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz,” Filipenses
2.7,8.
(5) Al ver que se acercaba, sus hermanos exclamaron: “Viene
el soñador. Matémosle.” Así con Cristo. Magos viajaron del Oriente a Jerusalén
para indagar dónde iba nacer, porque querían adorarle. Al saber Herodes que
Cristo nacería rey de su pueblo, mandó a matar a los niñitos, con el fin de no
dejar vivir a Jesús. Durante su tiempo entre aquéllos a quienes Él vino a
salvar, siempre hubo ese malvado deseo que se manifestó aun en el momento de su
nacimiento. “Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura
hay en sus caminos: y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante
de sus ojos,” Romanos 3.15 al 18.
Cierto hombre plantó una
viña y la dio en arrendamiento.; Mateo 21.33. Viajó a país lejano y al regresar
envió un empleado a cobrar su porcentaje de la cosecha. Los arrendatarios
golpearon al cobrador y lo despacharon sin nada. Otros recibieron el mismo trato.
Entonces el dueño decidió enviar a su hijo, pensando que a él lo respetarían.
Al verle, dijeron, “Este es el heredero. Matémosle.” Es, desde luego, una
ilustración del corazón nuestro ante el Padre y el Hijo.
(6) Como José proporcionaría
salvación para sus hermanos en la hora de su gran necesidad, así el Señor Jesús
lo haría para nosotros, pero para la eternidad.
(7) Como José fue vendido
por sus hermanos por veinte piezas de plata, así Jesús por treinta.
(8) Al ser vendido, José fue
conducido lejos a Egipto y echado en la cárcel; Jesús a su vez fue “contado con
los pecadores,” Isaías 53.12, y clavado en cruz entre dos malhechores.
(9) José es un cuadro de
Cristo en su encarcelamiento con el copero y el panadero. Uno de ellos se salvó
y el otro se perdió. Cada cual soñó. El copero le contó su sueño a José y éste
le dijo que sería restaurado a su cargo en el palacio. El panadero se contentó
y procedió a contar el sueño suyo, sólo para oir que sería decapitado.
El
monarca mandó a buscar a José y le contó del sueño suyo. Nadie había podido
explicarlo. Él habló de series de siete vacas y siete espigas, las cuales
resultaron ser símbolos de siete años de abundancia y otros tantos de hambre.
Habiendo explicado esto, José fue designado para recoger la abundancia y
almacenarla para el tiempo de escasez.
(10) José fue sacado de la
cárcel y nombrado segundo en el reino. En cuanto a nuestro Señor Jesucristo,
“Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo
nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en
los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que
Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre,” Filipenses 2.9 al 11.
(11) En la historia del
copero el vino es figura de la preciosa sangre de Cristo; quien confíe en la
sangre suya será acepto con Dios, así como el copero ante el rey. La pastelería
es como las así llamadas buenas obras en las cuales muchos confían, pero van a
perecer juntamente con ellos. Uno de los dos malhechores en el Calvario
reconoció, “Justamente padecemos,” pero el otro se burló. O sea, el primero
llegó a ver que recibía lo que merecía, pero que Jesús moría por él, “el Justo
por los injustos, para llevarnos a Dios;” 1 Pedro 3.18. Así como el copero fue
restaurado el tercer día y en ese mismo día el panadero murió, fue el tercer
día que Cristo resucitó para la justificación de todo aquel que cree.
(12) Los hermanos de José se
contentaron al venderle, pero llegó el momento de apuro. Faltaban alimentos. Su
padre les aconsejó ir a buscar granos en Egipto, pero no sabían que iban a
acudir a su propio hermano. José sabía quiénes eran, pero les acusó de ser
espías. Encarcelados, tuvieron tiempo para reflexionar. “Verdaderamente hemos
pecado contra nuestro hermano,” dijo el uno al otro; “se nos demanda su
sangre.” El pecado que habían ocultado, Dios lo trae delante de ellos años
después. Y tú, mientras no seas salvo, pero procures decir que todo está bien,
nunca tendrás paz con Dios hasta que llegues a clamar, “Verdaderamente he
pecado.”
Pero
se salvan todos aquellos que aceptan por fe la obra consumada en el Calvario
por el “gran, mayor José” que es Jesucristo. Quien acude a él, quien confíe que
Él puede satisfacer su enorme necesidad, es salvo. Faraón había mandado a
buscar con José el alimento que tanta falta les hacía, y ninguno fue
defraudado. Y para ti, para mí, “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los
hombres, en que podamos ser salvos,” Hechos 4.12. Este evangelio es poder de
Dios para salvación a todo aquel que cree.
(13) Los hermanos de José no
querían oírle antes, pero ahora se echan a sus pies en súplica. Los hombres no
querían escuchar al Hijo de Dios, pero tendrán que doblarse ante Él en la
eternidad. “Entonces comenzaréis a decir: «Delante de ti hemos comido y bebido,
y en nuestras plazas enseñaste.» Pero os dirá: «Os digo que no sé de dónde
sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad.»
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