domingo, 23 de agosto de 2026

Lecciones que aprendí en mi asamblea (6)

 

Adoración bajo la dirección del Espíritu Santo

 Peter Fleming


Costumbres denominacionales viejas

Casi todos nosotros habíamos asistido a la iglesia de nuestros padres desde la niñez. Uno tenía que “ir a la iglesia”, escuchar el sermón y “tomar el sacramento” al estilo del protestantismo tradicional. Cuando adultos, y aun convertidos al Señor, habíamos continuado por un tiempo en esa rutina. Allí un solo hombre hacía todo; nosotros éramos sólo oyentes, siguiendo los pasos del reverendo en toda la ceremonia. Todo había sido arreglado de antemano: el ministro o pastor había escogido los salmos e himnos para el canto; el coro los había ensayado; la lectura bíblica había sido seleccionada para armonizar con el sermón que ese hombre tenía en mente; las oraciones habían sido escritas previamente o seleccionadas del librito que existía para ese fin.

Si el ministro del día era salvo, posiblemente modificaría el tema según su modo de pensar, pero ni así habría ejercicio de corazón o alma entre la congregación muda en cuanto a qué deberían ellos ofrecer a Dios en alabanza. Cada cual seguía las indicaciones del hombre en el púlpito.

La evidencia de la ayuda del Espíritu

Pero ahora todo había cambiado. Ahora nos reuníamos para encontrar al Señor mismo y anunciar su muerte hasta que Él venga; 1 Corintios 11.26. Lo hacíamos conforme a su Palabra cada primer día de la semana según el ejemplo de los creyentes primitivos; Hechos 20.7. En esa reunión no había púlpito, ministro, ni arreglo previo. En el caso nuestro, fue literalmente en un aposento alto donde los creyentes formábamos un círculo para reunirnos con el Señor, confiando en su promesa de estar en medio de nosotros, los “dos o tres”, en un sentido distinto a como en cualquier otra reunión; Mateo 18.20.

Donde el pueblo suyo se reúne así en respuesta a su llamado, en su Nombre o hacia Él, hay una asamblea de Dios, hay un templo de Dios, 1 Corintios 3.16, una “morada de Dios en el Espíritu”, Efesios 2.22.

Entre los que nos reuníamos así aquella primera mañana, ninguno había experimentado antes la presencia de Dios como en aquella ocasión. Íbamos a la reunión ahora para adorar por el Espíritu de Dios, Filipenses 3.3, y no bajo la dirección de un semejante. Contamos con una verdadera sensación de ayuda de parte del Consolador, quien estaba allí para dirigir nuestros corazones hacia Cristo en adoración sencilla pero sagrada.

                Yo había estado en catedrales impresionantes, donde se contaba con todo lo deseable para satisfacer los sentidos. La música y todo lo que la naturaleza humana refinada puede producir para crear “un ambiente religioso”, pero había poco para conducir el corazón hacia Dios, a Cristo o al cielo. En aquel salón, en cambio, había un círculo quieto de almas regeneradas con corazones presentados por el Espíritu al Cristo de Dios, meditando en las virtudes de su Persona incomparable, en el valor de su sangre preciosa, y en las consecuencias de su muerte sacrificial y expiatoria. Allí los corazones ardían al estilo de Lucas 24.32 mientras el Señor se revelaba a cada uno. Esta sí era comunión como las Escrituras la presenta, y no la “comunión” de la cual habíamos oído hablar antes en el sentido de la mera afiliación a una organización eclesiástica.

Había mucho que aprender, porque éramos como una gente recién emigrada a una tierra nueva, conociendo escasamente el clima y el paisaje inmediato. Con todo, nuestro olfato espiritual la discernía como “una tierra buena y ancha... tierra que fluye leche y miel”, Éxodo 3.8, con “toda bendición espiritual”, Efesios 1.3. Había un flujo libre y amplio de adoración a Dios, y la unción del Espíritu en el pueblo de Dios fue grata, tanto en su libertad como en su unidad. “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”, 2 Corintios 3.17. De exposición en la cena había poco; sólo una lectura corta, tal vez relacionando una porción de las Escrituras con otra para presentar a Cristo a nuestras almas.

“Pausas” causadas por el Espíritu

Había cortos lapsos de silencio, y esto preocupaba a los que no habían conocido antes una reunión de creyentes guiados por el Espíritu Santo. Ellos temían que se había perdido el rumbo o gastado toda la energía. Pero estas pausas eran gratas para la mayoría y a veces uno sentía cierto temor de interrumpirlas. Éste es siempre el efecto cuando el silencio reverente es consecuencia de la dirección del Santo Espíritu de Dios.

La meditación silenciosa sirve para llevar el alma a un contacto más íntimo con Dios y a la feliz realización de la comunión con Cristo. No es “tiempo perdido”, como han afirmado algunos que no entienden esto, sino la cumbre de las Montañas Deleitosas, por usar la figura empleada por Juan Bunyan en su inmortal Progreso del Peregrino; de allí el alma obtiene la mejor vista de la ciudad celestial.

Hay pausas y silencios que son producto de la pobreza espiritual, pero el alma en comunión con Dios sabe distinguir entre éstos y los momentos de silencio que hemos comentado. El creyente ejercitado no interrumpe la meditación grata y silenciosa del pueblo del Señor en la Cena sólo para “mantener el ritmo” o aparentar una adoración que no existe.

El tal ni se atrevería a terminar una pausa producto de la pobreza del alma, si es sólo “para decir algo” o romper la monotonía. Él buscará de Dios su gracia restauradora y el ministerio renovador del Espíritu Santo, para poder decir de nuevo con el salmista: “Se enardeció mi corazón dentro de mí; en mi meditación se encendió el fuego, y así proferí con mi lengua”, 39.3. La adoración unida de una asamblea dirigida por el Espíritu de Dios es aquella que está descrita en 1 Corintios 14. Su carácter interior se revela en Hebreos 10.19-22, donde leemos de la libertad para entrar en el Lugar Santísimo. Es en la adoración, como en ninguna otra actividad, que se revela el “pulso” espiritual de una asamblea. En la predicación del evangelio y en otras funciones de una asamblea, puede haber una buena apariencia aun sin el verdadero poder; pero en la cena del Señor es muy difícil aparentar una espiritualidad donde no la hay. De ahí, hermanos, la gran necesidad de parte de todos los que se congregan “conforme está escrito” con miras a adorar en espíritu y en verdad, de presentarse ante Dios con vida limpia y alma restaurada. Es así, y sólo así, que podemos responder cual arpa bien afinada al toque del Espíritu Santo cuando Él desea emplearlo a uno para conducir a la congregación en cualquier aspecto de la vida de una asamblea.

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