Adoración bajo la dirección del Espíritu Santo
Peter Fleming
Costumbres denominacionales viejas
Casi todos nosotros habíamos asistido a la
iglesia de nuestros padres desde la niñez. Uno tenía que “ir a la iglesia”,
escuchar el sermón y “tomar el sacramento” al estilo del protestantismo
tradicional. Cuando adultos, y aun convertidos al Señor, habíamos continuado
por un tiempo en esa rutina. Allí un solo hombre hacía todo; nosotros éramos
sólo oyentes, siguiendo los pasos del reverendo en toda la ceremonia. Todo
había sido arreglado de antemano: el ministro o pastor había escogido los
salmos e himnos para el canto; el coro los había ensayado; la lectura bíblica
había sido seleccionada para armonizar con el sermón que ese hombre tenía en
mente; las oraciones habían sido escritas previamente o seleccionadas del
librito que existía para ese fin.
Si
el ministro del día era salvo, posiblemente modificaría el tema según su modo
de pensar, pero ni así habría ejercicio de corazón o alma entre la congregación
muda en cuanto a qué deberían ellos ofrecer a Dios en alabanza. Cada cual
seguía las indicaciones del hombre en el púlpito.
La
evidencia de la ayuda del Espíritu
Pero ahora todo había
cambiado. Ahora nos reuníamos para encontrar al Señor mismo y anunciar su
muerte hasta que Él venga; 1 Corintios 11.26. Lo hacíamos conforme a su Palabra
cada primer día de la semana según el ejemplo de los creyentes primitivos; Hechos
20.7. En esa reunión no había púlpito, ministro, ni arreglo previo. En el caso
nuestro, fue literalmente en un aposento alto donde los creyentes formábamos un
círculo para reunirnos con el Señor, confiando en su promesa de estar en medio
de nosotros, los “dos o tres”, en un sentido distinto a como en cualquier otra
reunión; Mateo 18.20.
Donde el pueblo suyo se reúne
así en respuesta a su llamado, en su Nombre o hacia Él, hay una asamblea de
Dios, hay un templo de Dios, 1 Corintios 3.16, una “morada de Dios en el
Espíritu”, Efesios 2.22.
Entre los que nos reuníamos
así aquella primera mañana, ninguno había experimentado antes la presencia de
Dios como en aquella ocasión. Íbamos a la reunión ahora para adorar por el
Espíritu de Dios, Filipenses 3.3, y no bajo la dirección de un semejante.
Contamos con una verdadera sensación de ayuda de parte del Consolador, quien
estaba allí para dirigir nuestros corazones hacia Cristo en adoración sencilla
pero sagrada.
Yo había estado en catedrales
impresionantes, donde se contaba con todo lo deseable para satisfacer los
sentidos. La música y todo lo que la naturaleza humana refinada puede producir
para crear “un ambiente religioso”, pero había poco para conducir el corazón
hacia Dios, a Cristo o al cielo. En aquel salón, en cambio, había un círculo
quieto de almas regeneradas con corazones presentados por el Espíritu al Cristo
de Dios, meditando en las virtudes de su Persona incomparable, en el valor de
su sangre preciosa, y en las consecuencias de su muerte sacrificial y
expiatoria. Allí los corazones ardían al estilo de Lucas 24.32 mientras el Señor
se revelaba a cada uno. Esta sí era comunión como las Escrituras la presenta, y
no la “comunión” de la cual habíamos oído hablar antes en el sentido de la mera
afiliación a una organización eclesiástica.
Había
mucho que aprender, porque éramos como una gente recién emigrada a una tierra
nueva, conociendo escasamente el clima y el paisaje inmediato. Con todo,
nuestro olfato espiritual la discernía como “una tierra buena y ancha... tierra
que fluye leche y miel”, Éxodo 3.8, con “toda bendición espiritual”, Efesios
1.3. Había un flujo libre y amplio de adoración a Dios, y la unción del
Espíritu en el pueblo de Dios fue grata, tanto en su libertad como en su
unidad. “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay
libertad”, 2 Corintios 3.17. De exposición en la cena había poco; sólo una
lectura corta, tal vez relacionando una porción de las Escrituras con otra para
presentar a Cristo a nuestras almas.
“Pausas”
causadas por el Espíritu
Había cortos lapsos de silencio, y esto
preocupaba a los que no habían conocido antes una reunión de creyentes guiados
por el Espíritu Santo. Ellos temían que se había perdido el rumbo o gastado
toda la energía. Pero estas pausas eran gratas para la mayoría y a veces uno
sentía cierto temor de interrumpirlas. Éste es siempre el efecto cuando el
silencio reverente es consecuencia de la dirección del Santo Espíritu de Dios.
La meditación silenciosa sirve para llevar el
alma a un contacto más íntimo con Dios y a la feliz realización de la comunión
con Cristo. No es “tiempo perdido”, como han afirmado algunos que no entienden
esto, sino la cumbre de las Montañas Deleitosas, por usar la figura empleada
por Juan Bunyan en su inmortal Progreso del Peregrino; de allí el alma obtiene
la mejor vista de la ciudad celestial.
Hay pausas y silencios que son producto de la
pobreza espiritual, pero el alma en comunión con Dios sabe distinguir entre
éstos y los momentos de silencio que hemos comentado. El creyente ejercitado no
interrumpe la meditación grata y silenciosa del pueblo del Señor en la Cena
sólo para “mantener el ritmo” o aparentar una adoración que no existe.
El
tal ni se atrevería a terminar una pausa producto de la pobreza del alma, si es
sólo “para decir algo” o romper la monotonía. Él buscará de Dios su gracia
restauradora y el ministerio renovador del Espíritu Santo, para poder decir de
nuevo con el salmista: “Se enardeció mi corazón dentro de mí; en mi meditación
se encendió el fuego, y así proferí con mi lengua”, 39.3. La adoración unida de
una asamblea dirigida por el Espíritu de Dios es aquella que está descrita en 1
Corintios 14. Su carácter interior se revela en Hebreos 10.19-22, donde leemos
de la libertad para entrar en el Lugar Santísimo. Es en la adoración, como en
ninguna otra actividad, que se revela el “pulso” espiritual de una asamblea. En
la predicación del evangelio y en otras funciones de una asamblea, puede haber
una buena apariencia aun sin el verdadero poder; pero en la cena del Señor es
muy difícil aparentar una espiritualidad donde no la hay. De ahí, hermanos, la
gran necesidad de parte de todos los que se congregan “conforme está escrito”
con miras a adorar en espíritu y en verdad, de presentarse ante Dios con vida
limpia y alma restaurada. Es así, y sólo así, que podemos responder cual arpa
bien afinada al toque del Espíritu Santo cuando Él desea emplearlo a uno para
conducir a la congregación en cualquier aspecto de la vida de una asamblea.
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