El temor de Dios y el
cumplimiento en casa
El hogar que pone a Dios primero
será el hogar ideal y constructivo, hogar donde el hombre hallará respiro y
alivio de los afanes y molestias originados por el pecado. Para llegar a la
realidad de este hogar es menester guardar condiciones que no son onerosas,
pero sí son responsabilidades que traen lustre y privilegios a un verdadero
hogar de refrigerio. Muchas familias se contentan con un conocimiento teórico
de la grandeza de Dios, y dicen: “Dios es sobre todas las cosas”. Otros ponen
un texto en el vestíbulo de su casa, “Cristo es supremo en este hogar”, cuando
esa casa es más bien digna de un manicomio, o bien de un texto elevado que
diga, “El mundo tiene su imperio en este hogar.”
Hace un tiempo visitamos una
asamblea, y después del culto hablé con un sujeto que estaba sentado atrás.
Pregunté si era salvo. Me dijo que tenía varios años de convertido. “¿Es
bautizado?” Me dijo que no. Le dije: “Pues hay un caucho espichado. Su carro no
está corriendo bien”. Entonces me contó que un hermano había ido a visitarlo y
al entrar en su casa el visitante dijo: “¿Esta casa es de Dios o es del
diablo?” Él se enojó por eso y no había pedido el bautismo. Un tiempo después
volví a la misma asamblea y encontré al mismo individuo; le pregunté si ya era
bautizado. “El inconveniente ha sido quitado,” le dije, “el hermano de su
dificultad está con el Señor”. El hombre cerró la boca. Su casa sigue siendo
más del diablo que de Dios. La falta de aseo; las inmoralidades; la grita de
los grandes y los pequeños parecen chirridos de araguatos.
Dos
cosas contribuyen al ambiente de un hogar feliz: el temor de Dios y el
cumplimiento de las obligaciones mutuas. El temor de Dios no consiste en
palabras solamente; el temor de Dios es activo. Nuestro Señor Jesucristo llegó
a la casa de Pedro y sanó a su suegra. Ella se levantó y enseguida le servía.
Lo mismo sucedió en el hogar de Betania, en el hogar de Felipe el evangelista
en Cesarea, en el hogar de Lidia en Filipos, etc.
Empecemos
con el Señor en el hogar. “Yo y mi casa serviremos a Jehová”. (Josué 24:15) No
es prudente emprender un servicio sin oración. “Ante todo, que se hagan
rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres”.
(1 Timoteo 2:1,2) En un hogar consagrado hay vigilancia y cumplimiento en la
oración. Job se levantaba en la mañana y ofrecía holocaustos conforme al número
de sus hijos. Cornelio era piadoso y temeroso de Dios con toda su casa. Hacía
muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios siempre. (Job 1:5, Hechos 10:2)
Se
requiere celo en el cumplimiento y el amor a Dios que impone obligaciones. El
Señor tomó a sus discípulos más confiden-ciales y les dijo: “Quedaos aquí, y
velad conmigo... Vino lego y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no
habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad para que no entréis en
tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”.
(Mateo 26:38-41) Es posible que la indulgencia de la carne y la tolerancia en
consentir cosas que antes condenábamos han invertido el orden enseñado por el
Señor, y hoy es el espíritu el que está enfermo y la carne ligera, precipitada
y complaciente. Más oración aunada en el hogar atraerá más bendiciones que
disfrutar. Es la oración de fe constante y devocional que produce milagros y
bienaventuranzas.
Otra cosa
en el hogar consagrado es la lectura y reverencia a la palabra de Dios. No es
preciso cursos por correspondencia, ni clases de moral para hacer un hogar
agradable. La palabra de Dios enseña las atribuciones que corresponden al
marido que obra por amor a su Señor, a su esposa y a sus hijos. No hallaremos
un hogar perfecto mientras “el hombre animal” sea primero; habrá defectos, pero
éstos debemos encerrarlos en la palabra de Dios. Está escrito: “El amor cubrirá
multitud de pecados”. (1 Pedro 4:8)
La palabra de Dios enseña a la
esposa sus obligaciones que en su capacidad propenden en gran manera hacer del
hogar una casa de Dios y un ambiente gozoso. Una de las iglesias en Roma estaba
establecida en la casa de Priscila y Aquila. La casa de Aristóbulo eran todos
amigos de Pablo. La casa de Narisco todos eran fieles al Señor. Una de las
iglesias en Laodicea estaba fundada en la casa de Ninfas. (Romanos
16:3,5,10,11, Colosenses 4:15)
La mujer que se sujeta a su marido
le obedece por amor. Entonces el amor demanda. Lo primero que hace es convidar
a su marido a la oración privada. Esto no solamente hace el hogar agradable,
sino que lo hace poderoso. Lo segundo, pide a su marido sin imponerle carga
agravante cosas indispensables, necesarias para el hogar. Su ejemplo lo toma de
la mujer fuerte de Proverbios 31. Lo tercero, cuida de los niños, “criándolos
en disciplina y amonestación del Señor”. (Efesios 6:4) Para mantener la paz
honesta del hogar, la esposa vigila con esmero la clase de amigos que toman sus
hijos. Hay varios hogares que hoy están llorando por contemporizar con las
amistades de sus hijos. Estos consiguieron sus amistades entre sus
condiscípulos, los cuales los empujaron a una senda de rebelión y criminales
felonías.
Fuera
del descanso que han recibido nuestras almas por la fe en Cristo, el otro
reposo para el hombre en la tierra es el hogar donde hay amor. La dicha no
estriba en el lujo, las comodidades o la abundancia, sino donde marido y mujer
son correspondidos. “Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, que de
buey engordo donde hay odio. Mejor es un bocado seco y en paz, que casa de
contiendas llena de provisiones. Mejor es vivir en un rincón del terrado, que
con mujer rencillosa en espaciosa casa.” (Proverbios 15:17, 17:1, 21:9) Amor, paz y humildad nos enseñan los
tres versículos, virtudes suficientes para hacer un hogar bendecido.
Otra
de las atribuciones para hacer un hogar con espíritu cristiano es el servicio
que se dispensa por amor a Cristo y a su obra. ¡Qué cambio hizo el evangelio en
el hogar de Filemón! ¡Cuántos más hogares que no alcanza la espada para
nombrarlos se gozaron de servir con alegría hospedando a los santos! Entre
ellos se destacan Gayo, Estéfanas, Aquila y Priscila, y Febe de la iglesia de
Cencrea.
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