Pastoreen
el rebaño de Dios entre ustedes… tampoco como teniendo señorío sobre los que
les han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño. 1 Pedro
5:2–3
Pastorear y apacentar
(alimentar) son términos profundamente relacionados, lo que nos puede dar
lecciones muy valiosas.
En primer lugar,
no podemos alimen-tar a otros si nosotros mismos estamos desnutridos. Es
crucial alimentarse adecuadamente con la Palabra de Dios para poder ayudar a
los demás. A lo largo de la historia, el rebaño de Dios ha sufrido debido
a pastores mal alimentados. Un buen pastor debe conocer
primero los pastos para luego conducir a su rebaño a ellos. David se sentía
feliz porque su Pastor lo hacía descansar en delicados pastos y junto a aguas
de reposo.
En segundo lugar,
pastorear también implica restaurar a las ovejas descarriadas, algo que es
inherente en ellas. Como dijo Isaías: “Todos nosotros nos descarriamos como
ovejas, cada cual se apartó por su camino” (Is. 53:6). Pedro escribió:
“Vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y
Obispo de vuestras almas” (1 P. 2:25). Sin embargo, más conmovedoras
son las propias palabras del Señor Jesús: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo
cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el
desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra,
la pone sobre sus hombros gozoso” (Lc. 15:4–5).
En tercer lugar,
pastorear demanda preocupación, compasión y compromiso. Requiere amor a las
ovejas a pesar de su tendencia a desviarse del camino. David, siendo pastor,
conocía bien a las ovejas, pero también se reconocía a sí mismo como una oveja
en el rebaño de Dios, y por eso habló de su propio Pastor: “Confortará mi alma;
me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” (Sal. 23:3).
¡Aprendamos de las enseñanzas
de nuestro Buen Pastor, quien dio su vida por las ovejas!

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