jueves, 1 de febrero de 2018

¿A qué época se refiere la profecía citada en Hechos 2:17-21?

Respuesta: Se refiere al tiempo después del arrebatamiento de la Iglesia. Habrá dos cosas de las cuales habla el apóstol en este momento; pero Pedro se detiene en la mitad del último versículo que cita. El final de dicho versículo dice que será en Jerusalén (Joel 2:32), y el apóstol no lo dice. De modo que cuando se verificarán estos acontecimientos el Señor tendrá Su reino establecido sobre la tierra, y habrá quienes invocarán Su nombre.
El contexto del capítulo 2 de Joel nos muestra que aquel día es un día de juicio, más "después de esto", dice el Señor "derramaré mi Espíritu sobre toda carne" (Joel 2:28). Habiéndose verificado un juicio en la Cruz, Dios derramó el Espíritu Santo después de la Ascensión. El Señor Jesucristo ha pasado por el juicio, y luego ha derramado su Espíritu sobre y en los que creen en Él (Hechos 2: 2-4). Zacarías 10:1 habla de la segunda lluvia en la "estación tardía". Es cuando el Espíritu será derramado por segunda vez.
Primeramente, a los diez días de haber ascendido el Señor al cielo (Hechos 1:9 y cap. 2), y después cuando saldrá para juzgar a su pueblo (Israel) y al mundo. Así pues, con excepción de Pentecostés, no habrá otro derramamiento del Espíritu en la presente economía de la gracia, la cual terminará pronto cuando venga el Señor a recoger a su amada Iglesia.
W. J. L.
Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1956, No. 23.-

SEGUNDO CENSO DE LOS HIJOS DE ISRAEL

Números 26:1-65


Aquí tenemos la segunda enumeración de los hijos de Israel, cuando están a punto de entrar en la tierra prometida. ¡Cuán triste es considerar que de los seiscientos mil hombres de guerra que fueron enumerados al principio, solamente dos habían sobrevivido, Josué y Caleb! Los cuerpos de todos los demás “cayeron en el desierto”. Dos hombres de fe sencilla quedaron para recibir la recompensa.
¡Cuán solemne y lleno de instrucción es todo ello! La incre­dulidad impidió a la primera generación de entrar en el país de Canaán, y la hizo morir en el desierto. Este es el hecho sobre el cual el Espíritu Santo funda una de las exhortaciones y advertencias más apremiantes que puedan encontrarse en todo el Libro inspirado. ¡Escuchémosle! “Por lo cual... mirad, hermanos, que en ninguno de vosotros haya corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice ‘Hoy’, porque ninguno de vosotros se endurezca con engaño de pecado. Porque participantes de Cristo somos hechos, con tal que conservemos firme hasta el fin el principio-de nuestra confianza; entretanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. Porque algunos de los que habían salido de Egipto con Moisés, habiendo oído, provocaron; aunque no todos. Mas ¿con cuáles estuvo enojado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que no obedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de su incredulidad. Tenemos, pues, que, quedando aún la promesa de entrar en su reposo, parezca alguno de vosotros haberse apartado. Porque también a nosotros se nos ha evangelizado como a ellos; mas no les aprovechó el oír la palabra a los que oyeron sin mezclar fe (Heb. 3: 12-19; 4: 1 y 2).
Aquí está el gran secreto práctico: la Palabra de Dios mez­clada con la fe. ¡Preciosa mezcla! ¡Cosa única que puede ser de provecho a cada uno! Podemos oír mucho, hablar mucho, profesar mucho; pero es lo cierto que la medida del verdadero poder espiritual, poder para allanar las dificultades, poder para vencer al mundo, poder para adelantar, poder para apropiarnos lo que Dios nos concede, la medida de este poder es simplemente la de la mezcla de la palabra de Dios con la fe. Esa palabra está establecida para siempre en los cielos; y si ella está fijada en nuestros corazones por la fe, hay un lazo divino que nos une al cielo y a cuanto con él se relaciona; luego, en la propor­ción en que nuestros corazones estén así unidos al cielo y a Cristo que está allí, estaremos prácticamente separados del presente siglo, librados de su influencia. La fe toma posesión de todo lo que Dios ha dado. Ella penetra adentro del velo; ella se sostiene como viendo al invisible; se ocupa de lo que es invisible y eterno, no de lo visible y temporal. El hombre piensa que los bienes de la tierra son seguros; la fe no conoce nada seguro sino Dios y su Palabra. La fe toma la palabra de Dios y la oculta en lo íntimo del corazón, y la conserva como un tesoro escondido, la única cosa que merece ser llamado un tesoro. El feliz poseedor de ese tesoro se vuelve enteramente independiente del mundo. Puede ser pobre en cuanto a las riquezas de este mundo perecedero; pero si es rico en fe, posee indecibles rique­zas, “los bienes permanentes y la justicia”, “las riquezas inson­dables de Cristo”. Si quieres creer lo que Dios dice, y creerlo porque Él lo dice, —esto es la fe—, posees entonces realmente un tesoro que hace a su poseedor completamente independiente de la tierra, en la cual los hombres no andan más que por la vista. Hablan de “lo positivo” y lo “real”, en otras palabras, de lo que pueden ver y palpar. La fe no conoce de positivo y real, sino sólo la Palabra del Dios vivo.
Pues bien; fue la ausencia de esa fe bendita que detuvo a Israel fuera de Canaán, y fue la causa de que seiscientos mil hombres cayeran en el desierto. Es también la ausencia de esa fe que tiene a millares de hijos de Dios en la esclavitud y en las tinieblas, cuando debieran andar en la luz y la libertad; que les tiene en el abatimiento y en la tristeza, cuando debieran andar en el gozo y el vigor de la plena salud de Dios; que les tiene en el temor del juicio, cuando debieran andar en la espe­ranza de la gloria; que les tiene en la duda de si escaparán de la espada del exterminador de Egipto, cuando debieran alimen­tarse con el trigo de la tierra de Canaán.
Que el Señor derrame su luz y su verdad, a fin de conducir a sus hijos al goce de la plenitud de su parte en Cristo, para que tomen su verdadera posición, rindiendo al mismo tiempo fiel testimonio mientras aguardan su gloriosa venida.
Tomado del Libro “Estudios sobre el libro de LOS NUMEROS”

MEDITACIÓN

“Maldecid a Meroz, dijo el ángel de Jehová; maldecid severamente a sus moradores, porque no vinieron al socorro de Jehová, al socorro de Jehová contra los fuertes” (Jueces 5:23).


El Cántico de Débora da cuenta de una maldición pronunciada contra Meroz por no acudir en ayuda del ejército de Israel cuando combatía contra los cananeos. La gente de Rubén también tiene parte en esta palabra fulminante; tenían buenas intenciones, pero nunca dejaron sus apriscos. Galaad, Aser y Dan comparten esta deshonra por no haber intervenido.
Dante dijo: “Los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que permanecen neutrales en épocas de gran crisis moral”.
Los mismos sentimientos encuentran eco en el libro de Proverbios donde leemos: “Libra a los que son llevados a la muerte; salva a los que están en peligro de muerte. Porque si dijeres: Ciertamente no lo supimos, ¿Acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá, y dará al hombre según sus obras” (Proverbios 24:11-12). Kidner comenta: “Es el asalariado, no el verdadero pastor, el que pone como pretexto las malas condiciones (v. 10), lo imposible de la tarea (v. 11) y la excusable ignorancia (v. 12); pero el amor no se apacigua fácilmente, como tampoco el Dios de amor”.
¿Qué haríamos si una gran ola de antisemitismo barriera nuestro país, y el pueblo judío fuera apiñado como manadas en campos de concentración, introducido en cámaras de gas y luego echado a los hornos? ¿Arriesgaríamos nuestras propias vidas para otorgarles asilo?
O si algunos de nuestros compañeros cristianos fueran perseguidos y fuera un delito capital darles cobijo, ¿les daríamos la bienvenida en nuestras casas? ¿Qué haríamos?
Tomemos un caso menos dramático, pero más contemporáneo. Supongamos que eres el director de una organización cristiana donde un fiel empleado está siendo acusado injustamente para satisfacer el capricho de otro director que es rico e influyente. Cuando se toma el voto final, ¿te quedarías con las manos cruzadas y permanecerías callado?
Supongamos que hubiéramos formado parte del Sanedrín cuando Jesús fue juzgado o en la Cruz cuando fue crucificado. ¿Habríamos permanecido neutrales o nos habríamos identificado con él?
“El silencio no siempre vale oro; algunas veces es tan solo simple cobardía”.

VIDA DE AMOR (Parte II)

II. PREEMINENCIA Y VALOR DEL AMOR (1 CORINTIOS XIII 1-3)



Ahora, volviéndonos a este himno de amor, notad que se divide en tres partes principales.
Los versículos 1 a 3 demuestran la preeminencia del amor; los versículos 4 a 7 detallan sus prerrogativas; y los versículos 8 a 13 declaran su permanencia. La pri­mera parte revela el valor del amor; la segunda parte revela su virtud; y la tercera parte afirma su victoria.
En la primera estrofa hay una visión de la vida sin amor; en la segunda hay una visión de amor como el se­creto y la fuerza del carácter; y en la tercera hay una vi­sión del amor como la meta de la vida.
Consideramos ahora la primera de estas tres divi­siones.
Primeramente, en los versículos 1 a 3, hallamos la preeminencia del amor. En estos versículos, como hemos dicho, tenemos una visión de la vida sin amor. Se nos dice que contemplemos una vida colmada de poderes y servicios, de los cuales uno apenas se atreve a soñar y, no obstante, por falta de amor, todo es vano y vacío. Aquí el reflector del amor es dirigido sobre los grandes poderes de emoción, de intelecto y de voluntad del hom­bre, y cada uno de éstos en su óptimo grado se demues­tra ser sin valor, careciendo de amor. Estas cualidades se distinguen en la declaración por la frase “mas no tengo amor” repetida en los versículos 1, 2 y 3.
Ante todo, pues, se declara que el amor debe ser supremo en el corazón humano. “Si hablo las lenguas de los hombres y de los ángeles, *mas no tengo amor, vengo a ser metal que resuena, o címbalo que retiñe”. El amor debe estar en posesión de toda nuestra naturaleza emoti­va. “Hablando diversas lenguas” es la expresión, según el contexto, de un éxtasis de gozo, de palabras pronun­ciadas bajo la más fuerte emoción. Por un momento el apóstol se imagina poseer este don en su forma más ele­vada y en el mayor grado. Habla “las lenguas de los hombres y de los ángeles”; emplea el lenguaje de exce­lencia tanto terrestre como celestial; usa la medida de ex­presión más amplia y más plena imaginable, y esto como indicativo de la más elevada y más intensa emoción.
Sin embargo, dice, un don semejante, no acompaña­do de amor, hace que su ejercicio sea sin ningún valor, pues este hombre talentoso pero desamorado no es más que “metal que resuena”, o un “címbalo que retiñe”. Aunque el ejercicio de este don incluyera todo lo que ambos mundos pudiesen expresar de grande y glorioso, con todo, sin amor para armonizarlo, resultaría sola­mente disonancia áspera y sin sentido. El poder de ex­presión no es determinado por la extensión del vocabu­lario de un hombre, sino por la grandeza de su corazón.
Poesía, sentimentalismo y retórica no pueden com­pensar la ausencia de divino amor. Podríamos tener, si fuera posible, la boca de un Demóstenes o de un Crisóstomo, con todo, si fuera sin el Espíritu de Cristo, no tendríamos éxito. ¿De qué sirve la elocuencia sin amor? El don de la palabra no es solamente inútil, sino peli­groso, si no es acompañado por amor. El amor es el único lenguaje que tiene un significado universal y, co­mo la naturaleza, no necesita de palabras. El lenguaje sin amor es ruido sin melodía; es el rechinar de un batintín y no la música de un órgano. La charla es inútil sin caridad, así como el sonido sin alma. El lenguaje pue­de llamar la atención, pero tan sólo el amor puede satis­facer el corazón. Jesús dijo: “El primer mandamiento de todos es, Amarás...”, y Pablo dice que eso es la suma de todos los mandamientos y el cumplimiento de la ley.
En segundo lugar, se Nos dice que el amor debe ser supremo en la mente. “Si tengo el don de profecía, y entiendo todos los misterios y toda la ciencia; y si tengo toda la fe, como para trasladar montes, pero no tengo amor, nada soy”.
Es decir, que el amor debe tener el gobierno de nuestras facultades intelectuales. Ahora, observad aten­tamente, las cuatro cosas aquí mencionadas, cosas que atañen a nuestra actividad intelectual, más bien que emo­tiva o volitiva. Por “profecía” se entiende el poder de interpretar y declarar. Un profeta es uno que interpreta la vida a los hombres en los términos de su significado eterno, así que la profecía significa en realidad facultad inspirativa. Por “misterios” debemos entender la pene­tración de secretos divinos, el conocimiento de lo espiri­tual. Por “ciencia” se entiende inteligencia en la verdad; y por “fe” la cualidad que nos da el dominio sobre las dificultades de la vida, firmeza de creencia.
Otra vez el apóstol se imagina poseer cada uno de estos dones en su perfección ideal, percibir todos los con­sejos de Dios, poder profundizar la verdad, y ejercer toda la fe imaginable y, además, por el poder de inspi­ración, por la profecía o predicación, compartir sus dones con los demás. Sin embargo, dice, con todo esto, si me falta amor “nada soy”.
Balaam demuestra que la facultad de inspiración es posible sin amor. Caifás demuestra que la percepción espiritual es posible sin amor. Judas demuestra que mu­cho conocimiento de las cosas divinas es posible sin amor; y Jacobo y Juan demuestran que cierta clase de fe es posible sin amor. Es tan sólo el amor que hace que estos dones sean de, algún valor real a sus posee­dores. Estas cosas no son despreciables, pero sin amor resultan últimamente sin valor. Tan sólo el amor es la prueba de la vida espiritual y la piedra de toque del carácter cristiano.
Las cosas aquí detalladas son dones, pero el amor es una gracia, y sabemos que podemos poseer dones sin gra­cia, o gracia sin dones. Lo que deberíamos aprender del pasaje que estamos estudiando, es que más vale tener esta gracia sin dones que tener todos los dones sin esta gracia. La ausencia de amor significa egoísmo; y las facultades de inspiración, penetración, conocimiento y fe pueden ser muy egoístas.
La fe sin amor ha hecho mucho para amargar la vida del mundo. Doquiera se halle en la misma vida profundas convicciones y simpatías superficiales, existe la posibilidad de mucha crueldad inconsciente. Fe sin amor podrá remover montañas de su propio camino, solamen­te para colocarlas en el camino de un hermano. El egoís­mo puede ser inteligente, decoroso y aun espiritual. El mundo ha tenido sus profetas desamorados, eruditos desamorados, “pioneers” desamorados, hombres que han tenido poder sin gracia; pero no son éstos los que se recuerdan con cariño y son finalmente coronados.
Se ha hecho esta afirmación solemne: “También en nuestros días se puede ser un teólogo célebre, el instru­mento de poderosos avivamientos, el autor de hermosas obras en el reino de Dios, un misionero de nombradía mundial; no obstante, si en todas estas cosas el hombre (o mujer) es interesado y no es el soplo de amor divino que lo anima a la vista de Dios, será solamente apariencia y no realidad”.
Lo que tal hombre haga puede ser de valor para la Iglesia, pero donde falta amor, no le aprovecha nada a él. El apóstol dice que un tal hombre es “nada”, es de­cir, que su carácter no tiene valor real.
Y, finalmente, en este párrafo que trata de la pre­eminencia y el valor del amor, se nos enseña que el amor debe ser supremo en la voluntad humana. Todo el pasaje es psicológicamente sólido y exacto.
“Y si reparto todos mis bienes para dar de comer a pobres, y si entrego mi cuerpo para que me quemen, mas no tengo amor, de nada me aprovecha”.
El amor debe dominar la facultad de la voluntad. En el versículo 1 la idea tiene relación con nuestro poder emotivo; en el versículo 2, con nuestro poder intelec­tual; y en el versículo 3 con nuestro poder volitivo; y estas son nuestras principales facultades. En el reino del alma, estas deberían cooperar las unas con las otras, pero lo pueden hacer eficazmente tan sólo en la medida que el amor tenga el dominio de todas. Solamente el amor puede armonizar y dirigir nuestras diversas facultades, y tan sólo en la medida que el amor lo hace puede la vida cumplir su verdadero fin.
Ahora bien, aquí se mencionan dos cosas, siendo imposible concebirse nada más extremo en el ejercicio de la voluntad. Estas son, el reparto de todo lo que uno posee, y la entrega de uno mismo a las llamas del fuego. El sacrificio absoluto de la propiedad y de la vida. El apóstol se imagina haciendo este sacrificio, diciendo al mismo tiempo que si estos actos no fueran motivados y dirigidos por amor, no le aprovecharían nada. Puede parecer increíble que sacrificios tales como éstos pudiesen ser hechos por una persona desamorada, sin embargo, eso es lo que el pasaje supone, y no sin cierto fundamento.
Se ha dicho: “No hay ninguno que haya visto alguna vez el acto de dar la limosna en un monasterio o en el patio del palacio de un obispo o arzobispo español o siciliano, donde sumas cuantiosas son desparramadas en céntimos entregados a muchedumbres de mendigos, que no haya sentido la verdad del “Si reparto mis bienes”, casi satírico, del apóstol.
Y en cuanto a la segunda idea, se sabe que esto ha sido hecho. Hay la historia de un tal Sapricius, un cristiano de Antioquía, que, camino al patíbulo, se rehusó a perdonar a su enemigo Nicéforo. Está probado, que un hindú, un budista, en el tiempo de Augusto, se quemó a sí mismo. Quizás el apóstol Pablo haya visto su tumba en Atenas, que llevaba esta inscripción: Zarmochegas, el hindú de Barchogas, de acuerdo con las antiguas costumbres de la India, se hizo inmortal, y yace aquí”.
El significado del pasaje es que es concebible que un cristiano haga el supremo sacrificio impulsado por algún motivo que no fuese el amor. Las acciones en sí mismas no tienen valor intrínseco. Su valor, tanto como manifestaciones de carácter, como de provecho espiritual para el que las realiza, depende enteramente del móvil, y si bien el sentimiento del deber puede ser un móvil digno, el más elevado y más noble es el amor.
La acusación de nuestro Señor contra la Iglesia de Éfeso es una advertencia para todos nosotros: “Conozco tus obras, y tu trabajo y paciencia, y que no puedes sufrir a los malos; … y tienes paciencia, y por amor de mi nombre has sufrido y no te has cansado. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor”.
¿Qué, pues, es la vida sin amor? El quíntuplo “si” y el cuádruplo “todos” del apóstol, crean una persona como nunca ha existido, uno que tiene inteligencia sin par, profunda penetración, vastos conocimientos, una fe sin límites y la voluntad de sacrificarse hasta el extremo, sin embargo, dice, si todas estas cualidades se hallaren en una sola persona, si no tuviere amor, lo que hiciere no le aprovechará nada, y él mismo no sería nada. A la vista de Dios todos los dones, sin amor, no tienen valor ninguno, pero el amor, aun cuando no exis­tan dones, es el todo. Por cierto, debemos tener en cuenta siempre que no se hace referencia a la amabilidad natural, o a un espíritu benévolo, sino al amor, que es espiritual, divino e indestructible.
Contemplemos bien la posibilidad de que el amor gobierne todo nuestro corazón, mente y voluntad, dominando todos nuestros sentimientos, pensamientos y elecciones. Luego, entreguémonos a esta sublime dirección y así experimentemos la voluntad de Dios para nosotros, que amemos con todo nuestro corazón, y toda nuestra mente, y todas nuestras fuerzas.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (XVII)

La escalera de Jacob

Siempre ha sucedido que los que aprecian las cosas de Dios son perseguidos de los que las desprecian. Así vemos que, no pudiendo Esaú conseguir la primogenitura que había vendido tan miserablemente, él declara su intención de matar a su hermano. En vez de culparse a sí mismo por su triste pérdida, procura echar la culpa en su hermano. ¡Cuántos hacen otro tanto! No podemos olvidar la persecución de los hugonotes en Francia, la llamada Santa (?) Inquisición y semejantes horrores de la historia.
Al saber Rebeca, la madre, que Esaú meditaba la muerte de Jacob, ella le envió a Padan-aram, a la casa del abuelo. Todavía no parece haber conocido Jacob al Señor. Le alcanzó la noche en una parte desierta, y tomando de las piedras de aquel lugar, las puso a su cabecera y se acostó. Con tan dura almohada soñó que veía una escalera que alcanzaba desde la tierra hasta el cielo, por la cual subían y descendían los ángeles de Dios.
En esa hora también le habló Dios, revelándose a Jacob como Jehová, el Dios de Abraham y el Dios de Isaac. Esta revelación corresponde a la experiencia del que hoy día se convierte a Dios. Le son reveladas dos cosas: la extrema miseria de su alma a causa del pecado, y la provisión que la gracia y amor de Dios han hecho en Cristo.
El significado de la escalera está interpretado por el mismo Señor Jesús en Juan 1.51: “De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”. Cristo es el único medio de llegar a Dios. Dice Pablo: “Hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”, 1 Timoteo 2.5.
Para cubrir el gran trecho entre el santo Dios y el hombre pecador, hacía falta uno que fuera Dios y hombre en una misma persona. No lo ha sido ningún santo, ni la buena y virtuosa virgen madre de Jesús. Mas el Hijo de Dios se humanó para poder morir por nuestros pecados, y ahora vive en el cielo en cuerpo humano, para interceder por los fieles que creen en él. Ni los más fieles apóstoles han podido morir por nosotros, ni tampoco están en cuerpo en el cielo hasta que no venga Cristo otra vez para resucitarlos.
Recuerdo haber leído de un fraile que soñó que no vio una escalera para el cielo, sino dos. La una era roja y la otra blanca. Veía las almas subiendo por la roja, mas no pudieron nunca llegar al cielo. Se ponían sobre la blanca y sin dificultad entraban a la presencia de Dios. Al despertar él meditaba mucho sobre el sueño, y llegó a creer que Dios le había dado una revelación, que la roja era Cristo y la blanca era la virgen María. Subiendo por Cristo, las almas no llegaban al cielo, por María sí.
Ahora, no creemos en sueños de frailes, pero sí creemos en la palabra de Pedro y los demás apóstoles. Dice Pedro acerca de Cristo: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, Hechos de los Apóstoles 4.12. Dice el mismo Señor Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”, Juan 14.6.
Jacob jamás olvidó el día ni el lugar donde Dios le encontró, y lo llamo Bet-el, “la casa de Dios”. ¿Cuándo fue la ocasión, el lugar y las circunstancias del encuentro tuyo con Cristo para recibirle como tu Salvador?

CONOCIENDO LA VOLUNTAD DE DIOS (Parte II)

2. Encontrando la Voluntad de Dios
Podemos saber y creer que Dios tiene un plan para nuestras vidas. Empezamos a hacer una pre­gunta que hace cada creyente que realmente qui­ere conocer la voluntad de Dios — “¿Cómo pue­do descubrir la voluntad de Dios para mi vida?”
En la Biblia, Dios habló muchas veces a hom­bres y mujeres en una voz que escucharon clara­mente y les dijo qué hacer. Quería que Jonás fuera a Nínive, y así se lo dijo, Jonás 1:1,2. Quería que Samuel supiera Sus planes para juz­gar a los hijos de Eli, así que habló y Samuel pudo oír Su voz, 1 Samuel 3:10. También leemos de otras maneras en que Dios hizo saber al pueblo Su voluntad para ellos. Pablo se enteró de la voluntad de Dios para él de ir a Macedonia por medio de un sueño, Hechos 16:9,10. Un ángel dijo a María que iba a ser la madre de Jesús, Lucas 1:30,31. En el Antiguo Testamento, Dios a menudo mandó a Sus profetas para decirle a los israelitas lo que era Su voluntad para ellos.
¿Y qué de hoy? ¿Cómo muestra Dios Su vo­luntad para nuestras vidas? Ya no usa los ángeles para hablarnos. Ni escuchamos Su voz en forma audible diciéndonos lo que debemos hacer.
Miraremos cuatro maneras diferentes que Dios usa para revelar Su voluntad a nosotros. Son por Su Palabra (la Biblia), la oración, cris­tianos maduros o amigos, y las circunstancias. A voces, usa las cuatro para mostramos Su volun­tad, y otras veces sólo una es necesaria para dejamos saber Su voluntad claramente.
1. Primeramente, Dios nos revela Su voluntad por Su Palabra. Ya ha escrito mucho de lo que quiere que sepamos. ¡Por esto es importante estudiar la Palabra de Dios para entender lo que ya nos ha dicho! Existe la historia de una señorita cristiana a quien un joven no creyente propuso matrimonio. Este hombre le agradaba mucho, pero ella dijo que quería saber la voluntad de Dios antes de aceptar casarse con él. Entonces pasó muchos meses orando a Dios para que le mostrara si debía casarse con él o no. Es bueno pedirle a Dios que nos muestre Su voluntad, pero Dios ya nos ha dicho que un cristiano sólo debe casarse con otro cristiano.
“No os unáis en yugo desigual con los incré­dulos,” 2 Corintios 6:14.
Entonces esta señorita ni tenía que orar sobre esto. Dios ha escrito claramente lo que es Su vo­luntad en esta situación y no cambia de opinión.
A veces una persona tiene interés en cierto empleo, pero sabe que en este empleo hay cosas sobre las cuales tendrá que mentir y ser desho­nesto. Dios ya nos ha dicho lo que piensa de la deshonestidad en Colosenses 3:9 y 1 Corintios 6:9,10. Entonces no es necesario preguntar a Dios si debemos trabajar en tal situación cuando ya nos ha dicho Su voluntad en la Biblia.
La Biblia no da una respuesta definitiva a muchas de las decisiones que enfrentamos. Quizás sea un cristiano con quien deseas casarte y quieres estar seguro de que esta persona en par­ticular sea la elección de Dios para ti. O quizás el trabajo en que tienes interés sea muy bueno y no tendrás que ser deshonesto. ¿Cómo podemos descubrir la voluntad de Dios cuando la Biblia no dice claramente que “sí” o que “no”?

2. Una manera importante es por medio de la oración. Pide a Dios que te muestre Su voluntad y que te dé Su paz sobre cuál elección debes hacer. Santiago 1:5 dice “si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente.” Pide a Dios la sabi­duría para conocer Su voluntad y hacer la deci­sión correcta. Al seguir orando, obtendrás la paz sobre la dirección en que Dios quiere que te mue­vas, y las oportunidades o se abrirán o se cerrarán al buscar la dirección de Dios. Jeremías 33:3 dice “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces". El cristiano puede estar seguro de que Dios le mostrará Su voluntad para su vida, si ora y espera la direc­ción de Dios.

3. Debemos hablar con cristianos maduros o parientes. Esta es otra manera en que a veces podemos descubrir la voluntad de Dios para nuestras vidas. Los ancianos de tu iglesia local deben poder hablar y orar contigo sobre las deci­siones que debes hacer. Otra palabra para anciano es “pastor”. El pastor tiene la responsa­bilidad de guiar y proteger a las ovejas del peli­gro. Dios ha dado esta responsabilidad a cada anciano verdadero como también la sabiduría y el juicio para mostrarte cosas que te ayudarán a decidir lo que sea la voluntad de Dios. Tito 1:8,9 dice que un anciano debe amar lo bueno, ser sobrio y apto para enseñar la Palabra de Dios.
Una persona madura también tiene más expe­riencia y posiblemente pueda ayudarte a ver cosas que no has considerado. Si te conoce, estará consciente de tus puntos fuertes y débiles. Un hombre joven quería ser maestro; todos sus amigos eran maestros y parecía un buen empleo. Oró sobre eso, pero todavía no sabía si era la voluntad de Dios para él. Al fin habló con los ancianos y algunos de sus parientes más maduros. Le recordaron cuán nervioso parecía ponerse cuando hablaba delante de un grupo de personas y cómo balbuceaba. ¿Realmente creía que esto cambiaría al terminar su preparación como maestro y tener que enseñar una clase cada día? También le dijeron que habían notado el buen trabajo que hizo cuando ayudó a hacer bancas para las clases de la escuela dominical. Y a todos les gustó cómo ayudó a su vecino a reparar su techo cuando el viento lo dañó. Le hicieron dos sugerencias. En primer lugar, debía practicar enseñar en grupos pequeños para ver si desaparecía su miedo y sus dificultades al hablar. En segundo lugar, debía orar y pensar en prepa­rarse como carpintero.

4. Otra manera en que Dios nos revela Su vo­luntad es por medio de las circunstancias. Las circunstancias son las cosas que suceden en nues­tras vidas que no podemos controlar. A veces Dios muestra Su voluntad al permitir cosas que están fuera de nuestro control. Quizás habías ahorrado dinero para comprar un terreno, pero no sabías si Dios quería que compraras ese terreno. Luego un día mientras todavía orabas, otra perso­na lo compra. Ya no está disponible; estas circuns­tancias te muestran que no era la voluntad de Dios para ti.
O quizás oras para ver si debes ser enfermera.
Crees que Dios te quiere en cierta escuela, así que mandas tu solicitud por escrito. La escuela te contesta diciendo “Lo sentimos mucho, estamos llenos para este año y no hay lugar para más estudiantes”. Estas circunstancias te muestran que ese instituto no era la voluntad de Dios para ti — a lo menos no este año.
Recuerda que en 2 Corintios 12:7-9 Pablo dice que pidió al Señor tres veces que le quitara su “aguijón en la carne”, pero Dios no lo hizo. Sabía que Pablo aprendería a confiar en El más a causa de su aflicción.

Otra cosa importante es recordar que Dios no siempre contesta nuestras oraciones en seguida. A veces dice que “sí”, a veces que “no”, y a veces tenemos que esperar. Parece que Ana esperó muchos años antes que Dios le concedió su deseo de tener hijos, 1 Samuel 1:1 - 2:20. Él sabía cuándo era el tiempo apropiado, y Ana fue bendecida con hijos, aunque no tan pronto como quería.

EL CRISTIANO VERDADERO (Parte II)



Si Cristo murió por nosotros, y pagó la deuda de nuestros pecados, ¿debemos llegar a la conclusión por ello de que todos los hombres son salvados automáticamente? ¿No hay nada que nosotros mismos debemos hacer para ser salvados? Si tenemos que hacer algo, ¿en qué consiste? O, como lo expresó un personaje de las Sagradas Escrituras: “¿Qué debo yo hacer para ser salvo?”
Toda alma que se da cuenta de su necesidad, se formula esta pregunta, conozca o no el mensaje del evangelio. Cuan­do una persona llega a sentir ansias de la salvación y de la comunión con Dios, lo primero que dice, naturalmente, es: “¿Qué debo hacer?” Por desgracia, hay muchas personas que están tan obsesionadas con la idea de que deben hacer algo para salvarse, que son como ciegos frente a lo que Dios ya ha hecho para su salvación. Sin embargo, la pregunta es ló­gica y natural, y hasta diríamos inevitable. ¿Qué es lo que debo hacer para llegar a ser cristiano?
Los hombres no se salvan en masa y automáticamente por el simple hecho de que Cristo murió por ellos. Hay un papel que debe ser desempeñado por cada individuo. Pero debes tener presente en forma bien clara, que el papel nuestro en el asunto de la salvación es muy sencillo y pequeño. Todo lo que tenemos que hacer es aceptar, con fe sencilla, lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz. Creer, aceptar, confiar y recibir, lo que él ha hecho en favor nuestro. La parte que te corresponde a ti, pues, en la salvación, es muy sencilla. Es TENER FE. “Por gracia sois salvos —dice la Palabra de Dios— por la fe” (Efesios 2:8).
Cuando el carcelero de Filipos les dijo a Pablo y a Silas: “Señores, ¿qué debo yo hacer para ser salvo?”, el gran após­tol le respondió sencillamente a esa alma ansiosa y desesperada: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hechos 16: 31). Sí, la parte que nos toca a nosotros en el plan de la salvación de nuestra alma es simplemente que tengamos fe, una fe sencilla como la de los niños, que confían implícitamente. No se requiere nada más, pero nada menos ha de bastar; nada menos ha de darnos la salvación.
Pero quizás se suscite en tu pensamiento otra pregunta: ¿Qué es la fe? A la mente humana le resulta difícil compren­der lo que es la fe, y más difícil aún, ponerla en práctica. Sin embargo, debiera ser lo más fácil de entender, y en cierto sentido lo es.
En primer lugar, la fe abarca conocimiento o comprensión. Esto es cierto en cuanto a cualquiera de sus formas, aun cuando se trate de aquella fe común que se ejerce de mil maneras en la vida diaria. No podemos creer en algo de lo cual no tenemos ningún conocimiento. La fe viene como re­sultado de algo que oímos o aprendemos. Cuando oyes hablar acerca de alguna cosa, crees, o no crees; ejerces la fe, o no lo haces. La fe salvadora requiere el conocimiento y la com­prensión de la cruz y de lo que hizo Cristo en ella. Cuando alguien oye el mensaje de la muerte de Cristo por sus pecados, la fe salvadora no nace hasta que la persona no se da cuenta del hecho de que Cristo ha pagado una vez y para siempre, el precio de dichos pecados, y de que no queda más por hacer sino aceptar esa obra.
Cualquier alma que escucha el evangelio con su mensaje de que Cristo murió por sus pecados, y que realmente en­tiende el hecho glorioso de que la salvación es una obra ya consumada efectuada por Cristo para nosotros, ya tiene dentro de sí la esencia de la fe. Una vez que el hecho de la salvación haya sido comprendido, la fe ya estará bien ci­mentada. Nunca olvidaré la noche en que la fe llegó a ser mía. Un siervo de Dios me había hablado larga y paciente­mente, llevándome hacia la cruz y hacia la invitación de Cris­to de que yo fuese salvado; pero parecía que todo lo que yo podía ver era mi pecado y mi indignidad. El hombre oró conmigo, y yo traté de orar también, pero salí de la reunión esa noche sumido en las tinieblas espirituales y en la tristeza. No obstante, cuando llegué a casa, de rodillas junto a mi lecho, comprendí claramente que Jesucristo había pagado el castigo de todos mis pecados ¡Había expiado mis pecados! ¡Había muerto por mí! Comprendí por vez primera el alcance del plan de la salvación. La fe nacía en mi alma. Comprendía lo que Cristo había hecho en la cruz del Calvario. Dicho conocimiento constituye el primer elemento de la fe.
La fe también significa decisión. Una vez que haya com­prendido el glorioso hecho de la obra de la cruz, el alma forzosamente tiene que tomar una decisión: la del arrepen­timiento del pecado y la aceptación de Cristo, o lo contrario. Una vez que haya sido comprendido el mensaje de salvación,
LA SALVACION tiene que hacerse esta decisión de fe. Hay personas que se han criado en hogares cristianos, y han recibido durante to­das sus vidas enseñanzas evangélicas, pero que, a pesar de ello, nunca han decidido personalmente aceptar a Cristo.
La decisión de aceptar a Cristo, desde luego, comprende la decisión de arrepentirse del pecado. Todo el que posee algún conocimiento de las verdades espirituales, sabe que se­guir a Cristo significa abandonar el pecado. El que no lo entiende así, no ha recibido todavía ni los primeros destellos de la fe. Y es esta necesidad de arrepentimiento del pecado que hace que muchas personas no acepten a Cristo. La de­cisión tiene que hacerse. Habiendo ya comprendido lo que Cristo hizo para mí en la cruz, y sabiendo que aceptarle y seguirle significa arrepentirme de mis pecados y abandonarlos, tengo que decidir qué es lo que voy a hacer. Triste es decirlo, pero hay quienes, sabiendo perfectamente lo que es la salva­ción, y lo que significa aceptar a Cristo, resuelven rechazar su gracia y seguir en su camino de pecado. Los tales, no han ejercido la fe, pues ésta implica la decisión. No sólo debe existir la comprensión intelectual sino también el ejercicio de la voluntad. La Fe afecta al intelecto y a la voluntad. Ya que Cristo murió por mí, y yo lo reconozco, lo único que se interpone entre mi persona y la salvación de mi alma, es mi propia voluntad. ¿Cuál será mi elección, al ver a Cristo inmolado en la cruz, pagando el precio de mi pecado?
Veamos algunas ilustraciones de estas verdades. Suponga­mos que tú estás enfermo de gravedad. Tus parientes llegan a saber acerca de un célebre médico que sabe cómo curar la enfermedad de que padeces. Lo llaman a tu cabecera, diagnos­tica tu caso, y receta el remedio necesario. Este, es sumamente costoso, pero a pesar de ello, tus parientes lo consiguen, pa­gando por él, con grandes sacrificios, la suma exigida. ¿Te salvas de la muerte porque el remedio ha sido recetado, com­prado y puesto al lado de tu cama? Desde luego que no. Tienes que tomar el remedio que te ha sido traído. Si te niegas a hacerlo, has de morir. Si estás dispuesto a tomarlo vivirás. Así sucede con el asunto de la salvación. Tienes que aceptar lo que Cristo ha hecho por ti, a fin de que seas bene­ficiado por su obra.
Supongamos que desees hacer un viaje a Europa en avión. Compras el boleto, y lo llevas en la mano. Miras el avión en la pista de aterrizaje del aeropuerto, y dices que conoces sus buenas condiciones y que tienen confianza en él. ¿Bastará todo esto para que cruces el océano? Por cierto, que no. Tie­nes que embarcarte en el avión. Cuando la fe que decías tener en él empieza a traducirse en hechos, y subes al apa­rato, has de llegar a su destino, a menos que fallen los moto­res. En el caso de Cristo, él, la Nave de la Salvación, no puede fallar. Pero ¿has ejercido tu fe subiendo a bordo?
¿Has hecho tu decisión? ¿Has aceptado a Cristo, arrepintiéndote de tus pecados y proponiéndote en tu corazón con sinceridad seguir en pos de él? Si no lo has hecho aún, estás frente a frente con esta decisión. ¿Cómo reaccionarás frente al hecho de que Cristo murió por ti y que ahora te está ro­gando que acudas a él para obtener un perdón completo? ¿Cuál será la respuesta de tu voluntad a este conocimiento de la cruz que ahora posees?
¡Bienaventurado todo aquel que haya hecho ya su deci­sión! Es la más importante de todas las decisiones, pues de ella depende tu destino eterno. Si ya la has hecho, si has aceptado a Cristo y te has arrepentido de tus pecados, en­tonces tu salvación está asegurada para siempre.
La fe es simplemente creer las promesas de la Palabra de Dios. La Biblia dice: “A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Juan 1: 12). “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hechos 16: 31). “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6: 37). “Venid a mí todos los que estáis tra­bajados y cargados, que yo os haré descansar” (Mateo 11: 28), también son palabras de Cristo. “Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3: 16).
¿Cumplirá Dios su Palabra? ¿Cumplirá Cristo sus prome­sas? De ello depende nuestra salvación; sobre ello descansa nuestra fe. De allí que la fe en su último y más simple aná­lisis, es creer las promesas de la Biblia, que es la Palabra de Dios. Si no nos aferramos a sus promesas, no podremos tener una esperanza segura. Si su palabra es segura, lo es también nuestra fe.
La fe es cuestión de aferramos a la única esperanza de salvación, que es el Cristo crucificado. Tal vez no alcances a comprender todo el significado espiritual de la cruz o todas las explicaciones teológicas de la expiación, pero sabes que Cristo hizo algo en la cruz que pagó el precio de tus pecados, y sabes que la obra hecha allí es tu única esperanza de sal­vación. Y a ese Salvador crucificado, te abrazas con fe senci­lla y sincera. Toplady lo expresó con belleza cuando escribió:

Roca abierta ya por mí,
Tengo abrigo siempre en ti;
Es tu sangre, Oh Jesús,
Por mí derramada en cruz,
El remedio eficaz
De mi culpa contumaz.

Todo celo vano es,
Vanas son mis lágrimas:
Tú Oh Jesús mi Salvador,
Sólo puedes perdonar,
Vuestra cruz es mi perdón,
Sólo en ti hay salvación
Las últimas líneas expresan lo que constituye la fe verdadera, fe que salva. “Vuestra cruz es mi perdón, sólo en ti, hay salvación”. Un cristiano que estaba pasando por momen­tos de duda acerca de su salvación, me confió cuales eran sus dificultades. Estaba preso de grandes angustias. Yo le aconsejé que cada vez que volviesen a presentarse las dudas que le atormentaban, dijese, en coloquio con su alma: “Mi única esperanza de salvación es Cristo y su obra efectuada en la cruz; a él he de aferrarme para la salvación, venga lo que vi­niere; y si fuere al infierno, iré allí confiando en Cristo”. Yo sabía que ninguna persona convertida podía ni siquiera pen­sar por un instante que podría ir al infierno confiando en Cristo. Si alguna vez te sientes tentado a dudar de la gloriosa salvación de Dios, recurre al método que acabo de exponer.
Cerremos este capítulo con las palabras de otro himno, escrito por Carlota Elliot:

Tal como soy, sin más decir,
Que a otro yo no puedo ir
Y tú me invitas a venir;
Bendito Cristo, vengo a ti.

Tal como soy, me acogerás;
Perdón, alivio, me darás;
Pues tu promesa ya creí,
Bendito Cristo, vengo a ti.