domingo, 4 de marzo de 2018

VIDA DE AMOR (Parte III)



Veréis por el resumen que la segunda parte de es­te Himno de Amor trata de sus prerrogativas y virtud. Pero antes de examinar esos versículos 4 a 7, debemos notar la relación que tienen con lo que acaba de decirse.
En los versículos 1 a 7 se trazan dos cuadros, de­mostrando en los versículos 1 a 3 lo que era la Iglesia de Corinto y no debía haber sido, y en los versículos 4 a 7 lo que la Iglesia de Corinto no era y debía haber sido.
En los versículos 1 a 3 se nos da una descripción de dones sin amor, y en los versículos 4 a 7 una des­cripción de amor sin dones. El hecho que en los versícu­los 4 a 7 no se dice nada respecto a los dones espiritua­les, y sin embargo el pasaje retiene toda su fuerza, aun estando ausentes los dones, prueba que, aunque los do­nes sin amor no tienen ningún valor, el amor, aun sin dones, conserva su valor no menguado.
En los versículos 1 a 3 se llama nuestra atención a varias grandes cualidades: elocuencia, inspiración, pe­netración, conocimientos, fe, servicio y sacrificio; y a és­tas, como poseídas todas en sumo grado por un solo hombre, quien, se declara, si carece de amor, no apro­vecha nada y no es nada. Estas siete excelencias son co­mo siete ceros, que sin una unidad antepuesta no su­man nada en total, pero que con la unidad “amor” an­te ellos, representan diez millones en valor moral. Es el amor que da a todas las otras cualidades su valor moral (y sin él son insignificantes), pero que, aun sin ellos, es inestimable.
Ahora bien, este cuadro de amor no es el sueño de un pintor, pero la obra de un fotógrafo, y Cristo es el original. Él era, y es, el Amor Encarnado, a quien po­demos dirigirnos como tal, sin ser abstractos o imperso­nales en nuestras ideas. Amar de esta manera es ser se­mejante a Cristo, y en la medida en que dejamos de ha­cerlo, así también somos desemejantes a Él. Casi todas las instrucciones en el Nuevo Testamento son sugeridas por alguna ocasión y se adaptan a ella. Tenemos en este capítulo, por ejemplo, no una disertación mística sobre el amor cristiano, sino una exposición de esta gracia en contraste con los dones extraordinarios a los cuales los Corintios daban un valor desmedido. Por lo tanto, aque­llas verdades respecto al amor son aducidas que se opo­nen al ánimo que manifestaban los Corintios en el uso de sus dones. Eran impacientes, descontentos, envidio­sos, jactanciosos, egoístas, indecorosos, suspicaces, resen­tidos, censuradores; y estas cosas son todas y siempre contrarias al amor.
Ahora apliquémonos al estudio de este maravilloso pasaje que, como hemos visto, trata de las prerrogativas y la virtud del amor. Aquí se nos muestra cuáles son los ingredientes del amor, o para emplear la figura de Enri­que Drumond, “se nos muestran los colores que com­binados forman la luz cálida y brillante del amor”.
“El amor es sufrido, el amor es benigno, no tiene envidia; el amor no se vanagloria, no se hincha; no se porta indecorosamente, no. busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta lo malo. No se goza de la injusticia, más se goza de la verdad; todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo sufre”.
Llamaría vuestra atención al hecho de que en este notable pasaje el amor es primero resumido y luego exa­minado: resumido en las dos primeras declaraciones del v. 4: “El amor es sufrido, el amor es benigno”. Luego estas dos afirmaciones son amplificadas, o quizás podría­mos decir analizadas, en la última parte del v. 4 y con­tinuando hasta el final del v. 7. Notad que en este su­mario en las primeras dos líneas del v. 4, se nos expone primero el amor en su aspecto negativo y pasivo —“el amor es sufrido”, y luego en su aspecto positivo y ac­tivo— “el amor es benigno”.
“El amor es sufrido” —el amor en su aspecto nega­tivo y pasivo es desarrollado en lo que sigue, empezan­do con “no tiene envidia” hasta “no se goza de la injus­ticia”. Veis que el amor es presentado aquí de una ma­nera negativa y pasiva.
Luego la segunda afirmación —“el amor es benig­no”— es desarrollado en el resto del v. 6 y en el 7, el aspecto positivo y activo del amor: se goza con la ver­dad, soporta, cree, espera y sufre todo.
Aquí, pues, tenemos dos declaraciones distintas res­pecto al amor, y éstas desarrolladas y elaboradas, ha­ciendo en todo catorce líneas de descripción, dos veces siete; estas líneas las tenéis expuestas en el resumen.
Miremos ahora a cada una de éstas en sus aspectos negativos y positivos. Por supuesto, no habrá tiempo pa­ra mucho más que hacer algunas observaciones sobre ca­da uno, pero quizás será suficiente para nuestra consi­deración por lo pronto.
En primer lugar, el amor no es pronto de genio, si­no paciente. “Es sufrido”. La palabra denota un largo tiempo de espera, durante el cual una persona no quiere ceder a la cólera. El ser sufrido es una cualidad pa­siva que significa la victoria sobre un justo resentimien­to. El amor es sufrido cuando, habiendo sido agravia­do, se calla. El amor es sufrido cuando, frente a perjui­cios e injusticias, persiste, soporta y espera.
Por otra parte, el amor no es desconsiderado, sino bondadoso; es benigno. Si el ser sufrido es una cualidad pasiva, ésta es activa. Si el ser sufrido es la victoria so­bre un justo resentimiento, esto es la victoria sobre el vano egoísmo y la cómoda complacencia propia. Estos aspectos negativo y positivo del amor permiten a uno dejar sus derechos y agravios a Dios, y hallar la medida del altruismo dentro del cual servir a sus semejantes. El soportar solamente podrá ser un triunfo de terquedad, pero el soportar y ser bondadoso es un triunfo de gra­cia —el amor de Dios ciertamente es infinitamente pa­ciente— pero también infinitamente benigno. El amor tiene que ser bondadoso, es tan imposible tener amor sin bondad como tener primavera sin flores. La cosa más grande que uno puede ser para su Padre Celestial es ser bondadoso para con algunos de sus otros hijos.
Además, el amor no es envidioso, sino contento. “No tiene envidia”. Eso es, no se molesta vanamente por la superioridad de otros, envidiándoles sus dones y privile­gios y ventajas. Todos reconocemos, por supuesto, que la vida está llena de desigualdades, y solamente el amor puede contemplarlas y permanecer contento. Donde no hay amor, es casi seguro que habrá envidia. La envidia fue la causa del primer homicidio en la historia humana y es el último vicio que se desarraiga del corazón humano. Bacon la ha llamado “la afección más vil y más depravada”. Pero el amor no envidia, porque está contento. Está con­tento porque el corazón no está puesto en las ganancias y las dádivas terrenales, pero halla su gozo no en obte­ner, sino en dar.
Grandes ejemplos de amor no envidioso se ven en la actitud de Jonatán hacia David y de Juan el Bautista ha­cia Jesús. Verdaderamente, una sola cosa puede envidiar el cristiano, y eso es un alma grande, rica, generosa, que no envidia.
Luego, el amor no es jactancioso, sino modesto; “no se vanagloria”. Esto quiere decir, según traduce el doctor Moffatt, que “el amor no hace ostentación”. No hace alar­de de ninguna supuesta superioridad propia. La ostenta­ción es la exhibición de dones que realmente se poseen, y debe distinguirse de la jactancia de dones no poseídos. La ostentación desea ganar el aplauso de los demás y me­recer su admiración, pero esto nunca lo hace el amor.
Hablamos de vana jactancia. No hay otra clase de jactancia. La misma naturaleza y esencia de la jactancia es vanidad. La jactancia es siempre un alarde de po­breza. No tenemos más que pensar en las cosas de que se vanagloria el mundo, para darnos cuenta de que nin­guno tiene de qué jactarse. El amor no tiene nada de presumido, baladrón o fanfarrón. Es demasiado grande para eso. Era el sapo de la fábula de Esopo que quiso inflarse hasta el tamaño de una vaca. La jactancia denota falta de cultura, y el amor nunca es así.
El amor no es arrogante, sino humilde. “No se hincha”. El amor no sabe nada de presuntuosa estimación propia, de orgullo, con menosprecio de otros — y estas dos cosas siempre van juntas; no sabe nada de engrei­miento. No se da importancia. Nunca es soberbio, sino hu­milde y afable. Los hombres más grandes han sido siem­pre hombres humildes. Cuando el Dr. Cairns era director del Colegio de Teología de Edimburgo, se le ofreció la presidencia de la universidad, pero lo rehusó, prefiriendo» servir a su iglesia de una manera más humilde. En oca­sión de funciones públicas acostumbraba hacerse a un lado y dejar que otros pasaran adelante, diciendo: “Usted primero, yo sigo”. Cuando estaba moribundo, se despidió de los que amaba, pero sus labios continuaban moviéndose, y se inclinaron para oír la última palabra, que sin du­da fue dicha a Aquel que amaba más que la vida: “Usted primero, yo sigo”. Una humildad semejante es uno de los más ricos ingredientes del amor, y en su presencia el orgullo viene a ser una impertinencia y una ofensa.
(Continuará)

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (XVIII)


Jacob, el pastor


Después de la visión de la escalera, Jacob siguió en su viaje hasta la tierra de Mesopotamia, donde encontró parientes. Casándose, se dedicó al cuidado de los rebaños de su tío.
La Biblia no da muchos detalles de los veinte años que duró en el servicio de Labán, pero se sabe algo. El día que llegó a Mesopotamia, mostró un vivo interés en el bien de las ovejas, pues cuando Raquel venía con su padre, él fue al pozo, quitó la piedra que lo cubría, y dio de beber a las ovejas. Al fin del tiempo de su servicio se defendió contra las demandas injustas de su tío Labán, diciendo: “Nunca te traje lo arrebatado por las fieras: yo pagaba el daño: lo hurtaba así de día como de noche, de mi mano lo requerías. De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño se huía de mis ojos. Así he estado veinte años en tu casa: catorce años te serví por tus dos hijas, y seis años por tu ganado: ya has mudado mi salario diez veces”, Génesis 31.39 al 41.
En soportar el calor del día y el frío de la noche, Jacob mostró su aptitud de pastor. Al salir la fiera a devorar algún cordero, no dejaba de exponer su vida en salvarlo. Si alguna oveja se quedaba perdida en la montaña, la buscaba; o si fuera preciso vigilar de noche sobre el rebaño mientras quedaba en los pastos del llano, él no dormía, aguantando frío. De día el sol oriental constantemente le estropeaba, mientras conducía los rebaños a beber, cuando sanaba las enfermas o cuidaba de los corderitos. Lo hacía por afición, no por obligación, y no faltaba su premio, pues en manos de Jacob los rebaños de Labán se aumentaron en gran manera.
Nuestro Señor Jesucristo se ha llamado el Buen Pastor. Hablando de los falsos, dice que son ladrones y robadores. El único interés de ellos en el rebaño era de comer sus carnes y vestir su lana. Siendo así, no estaban dispuestos a exponerse por las ovejas. Huían delante del enemigo, y abandonaban las ovejas cuando no podían extraerles más.
No así el Señor Jesús. Estando nosotros expuestos al infernal enemigo, Satanás, y la eterna condenación por causa de nuestros pecados, Él interpuso su preciosa vida. “El Buen Pastor su vida dio por las ovejas”. No solamente expuso su vida, como a menudo lo hizo Jacob, sino la dio, sabiendo que tendría que sufrir el castigo Él mismo si nos iba a librar de la condenación eterna.

Parece claro que es verdadero pastor el que hace el trabajo por amor de las ovejas, sea en la esfera material o en la espiritual. No entra a hacer ese trabajo porque sus padres le han educado para tal carrera, como hace el abogado o el médico, sino por tener vocación divina. En hacerlo no manifiesta interés en cuánto puede sacar de las ovejas, sino cuánto puede darles. Predica el Evangelio de Cristo sin interés en lo material, procurando traer los pecadores al arrepentimiento. Guía las ovejas del rebaño por los pastos de la Santa Biblia, hartando sus almas de las delicias espirituales. El que niega a las ovejas del Señor los pastos divinos de la Sagrada Biblia, no puede considerarse pastor de almas.
El Buen Pastor te llama, amigo. Él dio su preciosa sangre en la cruz para lavar las manchas de tus pecados. Ha hecho toda la obra de tu salvación. Si tú, arrepentido, te acoges a él, poniendo tu fe en él y no en obras, Él te perdonará y te llevará al celestial redil.

Conociendo la Voluntad de Dios (Parte III)


3. Obedeciendo la Voluntad de Dios
Para terminar, veremos nuestra respuesta a la voluntad de Dios. No es suficiente saber que Dios tiene un propósito para nuestras vidas o aun saber cuál es la voluntad de Dios. Un cristiano tiene una responsabilidad mayor, que es obede­cer la voluntad de Dios. No tiene sentido pedir a Dios que nos muestre la dirección que debemos seguir para luego decidir que no nos gusta y tomar nuestra propia decisión de todos modos. Si vamos a confiar en Dios, también tenemos que obedecerle.
Hay serias advertencias en la Biblia sobre lo que puede suceder a personas que no obedecen la voluntad de Dios. Caín no hizo su sacrificio en la manera que Dios quería y fue castigado, Génesis 4:11-13. Moisés golpeó la peña en vez de sólo hablar como Dios le había dicho y Dios no le permitió entrar en la tierra de Canaán, Números 20:7-12. Podemos pensar que es sólo una cosa pequeña, pero hemos desobedecido la voluntad de Dios. Esto siempre resulta en una relación pobre con el Señor. Podemos disfrutar de nuestra relación con El de nuevo, pero prime­ramente tenemos que confesar nuestro pecado y comenzar a hacer lo que quiere que hagamos.
Por el otro lado. Hay gran gozo y bendición para el cristiano que honestamente busca seguir y obedecer la voluntad de su Señor para su vida. David pecó vez tras vez, pero tenía un gran anhe­ló de conocer y obedecer la voluntad de Dios, Salmo 86:7. Colosenses 1:9-12 también habla de las recompensas de obedecer la voluntad de Dios.
Es bueno recordar que el Señor no nos mues­tra Su voluntad completa de una vez. Normal­mente, cuando pedimos sabiduría, el Señor sólo, nos muestra un paso a la vez. Debemos obede­cer lo que sabemos, y entonces el Señor nos mostrará el paso siguiente. Abraham nos da un buen ejemplo de seguir paso a paso. Leemos en Hebreos 11:8 que Dios le llamó y obedeció por fe, aunque no sabía a donde iba. Los discípulos también obedecieron a Jesús cuando les dijo “Síganme” aunque no entendían lo que les iba a costar.
A veces nos sentimos inciertos sobre una decisión que debemos hacer; todas nuestras elec­ciones están de acuerdo con la Palabra de Dios, hemos orado sobre ello y hemos hablado con hombres santos. En ese caso, llega el momento para escoger, y escogemos, confiando en Dios para cerrar las puertas si realmente no es según Su voluntad. Dios revelará Su voluntad al cris­tiano que sinceramente lo busca. Dios no juega con nosotros. Desea lo mejor para nosotros y nos mostrará Su voluntad mientras buscamos y oramos. Lee Jeremías 29:11-13 y Proverbios 3:5,6.
Qué podamos todos experimentar el gozo de conocer y obedecer la voluntad de Dios en nues­tras vidas. Luego podremos decir con David, “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado,” Salmo 40:8.

EL CRISTIANO VERDADERO (Parte III)

LA SEGURIDAD DE LA SALVACIÓN


¿Es posible tener la seguridad de la salvación? Algunas personas religiosas afirman que es imposible que un hombre sepa si posee la vida eterna antes de que muera y se presente ante el tribunal de Dios. Se muestran muy sorprendidas, y hasta indignadas, cuando oyen el testimonio de aquellos cristianos que dicen que tienen la seguridad de la salvación. Hay también algunos cristianos verdaderos que no poseen la seguridad de la salvación y que creen que ella no se puede obtener du­rante esta vida.
Si ser cristiano significara hacer lo mejor posible para se­guir a Cristo, pero no saber nunca, si al final de cada día se está un día más cerca del cielo o del infierno que el día anterior, por cierto, que el cristianismo sería un asunto bastan­te pobre. Si Cristo me invitara a seguirle y a confiar en él, para luego no darme ninguna seguridad en cuanto a mi des­tino, no sería gran cosa como Salvador. Y este es el con­cepto que mucha gente tiene acerca de Cristo y del cris­tianismo.
Pero ¿qué dice la Biblia? ¿Nos muestra el Nuevo Testa­mento a los seguidores de Cristo andando por la vida en tinieblas e incertidumbre, sin saber hasta el día de su muerte si se perderán o salvarán? ¿Será la mejor esperanza que po­demos presentar a las personas a quienes invitamos a que sigan a Cristo? ¿Será el mejor mensaje que puede llevar un predicador del evangelio a los hombres y a las mujeres que están sin esperanza? ¿Será el mejor mensaje que puede ofre­cer el misionero a los paganos cuando sale para predicarles a Cristo? ¿Será el mensaje del evangelio un mensaje de duda e incertidumbre?
¡Es posible tener la seguridad de la salvación! El creyente tiene el privilegio de saber que posee la vida eterna. El Apóstol Juan dice en su primera epístola: “Estas cosas he escrito a vosotros... para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5: 13). Juan escribió toda esta epístola con el propósito bien definido de que los creyentes a los cuales iba dirigida pudiesen saber que tenían la vida eterna. En realidad, negar la posibilidad de la seguridad de la salvación del creyente es negar el men­saje de la Primera Epístola de Juan, y afirmar que ella fue escrita en vano; y ello sería un insulto al Espíritu Santo quien inspiró a Juan para que la escribiera. A aquellos que dicen que el cristiano que afirma saber que está salvado es un presuntuoso, les respondemos como sigue: ¿es presunción creer lo que dice Dios? ¿No será más bien presuntuoso no creer a Dios, haciéndolo mentiroso?
Cristo promete la vida eterna como una posesión actual a todos los que depositan su confianza en él, y dudar de que tienes la vida eterna después de haber creído en Cristo, es considerar que él no cumple sus promesas.
Pero ¿cómo puede una persona saber que posee la vida eterna? Tres fuentes son las que producen esta seguridad: (1) el cambio que ha sido efectuado en tu vida; (2) el tes­timonio de la Palabra de Dios; (3) el testimonio interior del Espíritu Santo.
El testimonio del Apóstol Pablo era: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5: 17). En primer término, cuando una persona llega a conocer a Jesucristo co­mo Salvador verdadero, se produce una transformación divina en su vida. La nueva naturaleza de Cristo es impartida al alma, de modo que, como dice la Biblia, somos “hechos partícipes de la naturaleza divina”. Esta nueva naturaleza, como es natural, produce nuevos afectos en el alma, nuevas sim­patías, nuevas antipatías, nuevos amores y nuevos odios. Las cosas que antes amaba, ahora las odia. Las cosas que odiaba, las ama. Toda la personalidad interior ha sido transformada.
Este cambio no sólo se hace sentir en la conciencia interior del individuo mismo; su vida ha de aparecer diferente a quienes lo rodean. Con frecuencia se produce un cambio com­pleto de carácter. Y hasta las conversaciones han de cambiar, tanto en sus temas como en su vocabulario.
Después de mi conversión, tuve épocas de duda en cuanto a la verdad de la experiencia de mi salvación. Pero de una cosa estaba completamente seguro: se había producido un cambio dentro de mí. Todas mis ideas acerca de la vida eran diferentes. Yo tenía un verdadero deseo de servir al Señor y de orar. Ansiaba tener comunión con él. Deseaba aprender su Palabra. Me gozaba en la compañía de los cristianos. Me agradaba cantar himnos evangélicos. Me agradaba asistir a reuniones en que se enseñaba la Palabra de Dios. Todas estas cosas eran ajenas a mi naturaleza, antes de mi conversión a Cristo. Poco o nada me llamaban la atención. Lo más notable fue el cambio que sufrió automáticamente mi vocabulario cuando me convertí. Antes mi lenguaje había sido inmundo y blasfemo. Casi no sabía cómo expresarme sin emplear malas palabras. Pero después que dejé que el Señor Jesús entrara a mi corazón, yo mismo me sorprendí al ver cómo esa clase de lenguaje desapareció.
Además, aunque yo era joven, ya había sido esclavizado por varios vicios, entre ellos el del tabaco, pues mascaba y fumaba. Mi organismo exigía el tóxico. Pero cuando me convertí, desapareció la necesidad del tabaco. Aunque con posterioridad tuve alguna ves deseos de fumar, nunca fue­ron lo suficientemente fuertes para vencerme. No estoy afir­mando que porque una persona se sienta tentada a usar tabaco ella no sea cristiana; lo que quiero destacar es que cuando uno se encuentra con el Señor, habrá cambios dentro de sí mismo, y especialmente en cuanto a sus deseos.
Si tú puedes decir honestamente que se ha producido un cambio en tu vida, y que tus deseos, afectos y naturaleza interior se han tornado de las cosas malas a la santidad, pue­des estar seguro de que la transformación ha sido hecha por el Espíritu de Dios, y es una señal de que has nacido de Dios. Cuando una persona se convierte en cristiana, nace de nuevo. El nacimiento es la recepción de la vida. El nuevo nacimiento es la recepción de la nueva vida, la vida espiri­tual, la vida parecida a la de Cristo. Este nuevo nacimiento y esta nueva vida significan naturalmente que existe una nue­va naturaleza interior. Si tienes conciencia de una nueva naturaleza interior, es una prueba de que has nacido de Dios. Por supuesto, también se encuentra presente la vieja naturaleza, y a veces hay un conflicto entre ésta y la nueva, pero la sola existencia del conflicto es una prueba de que eres cristiano.
Pablo dice: “Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne: y estas cosas se oponen la una a la otra, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5: 17). Si se está librando dentro de ti esta clase de lucha, es una señal bien clara de que te han sido impartidas una nueva vida y una nueva naturaleza. Tu vieja naturaleza, “la carne,” lucha contra la naturaleza del “Espíritu”. De modo que, si has aceptado a Cristo como tu Salvador, y si como resultado tienes conciencia de que se ha obrado un cambio dentro de ti, esto es una prueba de que eres un cristiano ver­dadero, que has sido salvado y hecho un hijo de Dios para siempre.
En segundo término, el creyente en el Señor Jesucristo puede tener la seguridad de la salvación por el más firme de los fundamentos, ya que la Palabra de Dios afirma que es hijo de Dios. El testimonio de la Biblia es el testimonio de Dios mismo; por lo tanto, cualquier cosa que digan las Escrituras, es absolutamente cierta. En Juan 1: 12 leemos: "Mas a todos los que le recibieron dióles potestad (derecho) de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su Nombre.” Esta es una afirmación clara en la santa Palabra de Dios: que todo el que recibe a Jesús y cree en él para su salva­ción, se convierte positivamente en hijo de Dios. En Hechos 13: 39 dice: “en éste es justificado todo aquel que creyere.” Ser justificado, significa ser declarado justo, ser declarado li­bre de la culpabilidad del pecado. Todo el que cree en Jesús puede saber que es justificado de todas las cosas, porque la Palabra de Dios lo afirma con mucha claridad. Y ¿qué me­jor fundamento para la seguridad que ella?
(Continuará)

jueves, 1 de febrero de 2018

DOCTRINA: CRISTOLOGÍA (Parte XXV)

Muerte, Resurrección y Ascensión.
Ascensión y exaltación.



I.             Introducción
La ascensión del Señor Jesucristo es un hecho histórico. Esta está muy vinculada a la Resurrección, que, si se niega esta, entonces su ascensión también debería negarse. La verdad es que es difícil para algunas personas aceptar este hecho, ya que contraviene las leyes naturales, pero si hemos aceptado como verdadero todos los demás hechos de su vida; y tenemos el testimonio de su resurrección como algo que sucedió realmente, entonces por fe aceptamos que Él se encuentra glorificado a la diestra del Padre Celestial. Esta verdad es corroborada por los evangelios, el libro de los Hechos, las epístolas, Apocalipsis y profetizado en el Antiguo Testamento; y creerlo como cierto parte de nuestra doctrina.

II.           El Hecho
         Esta doctrina enseña que “después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios” (Hechos 1:3). En este periodo no fue tiempo perdido como nos muestra el pasaje citado, sino de plena enseñanza “acerca del reino de Dios”. Y esto duró hasta que llegó o se cumplió el tiempo para que él volviese de donde vino. “Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. (Hechos 1:9). En cielo Él ocupó su lugar, es decir, está “sentado a la diestra de Dios” (Colosenses 3:1; Hebreos 10:12; Marcos 16:19). Revisen también los siguientes pasajes: Lucas 24:51; Hechos 1:9, 11; Efesios 1:20; 1 Timoteo 3:16; Filipenses 2:9.

III.    El significado de la ascensión y exaltación.
Citamos a William Evans[1]:
«Cuando hablamos de la ascensión de Cristo nos referimos a aquel hecho en la vida de nuestro Señor resucitado por el cual se separó visiblemente de sus discípulos para ir al cielo. Este hecho está relatado en Hechos 1:9-11: “Este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo,” etc.
La exaltación de Jesucristo significa aquel hecho de Dios por el cual el Cristo resucitado y ascendido recibe el lugar de poder a la diestra de Dios. Fil. 2:9: “Por lo cual Dios también le ensalzó a lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre.” Efes. 1:20, 21: “La cual obró en Cristo, resucitándole de los muertos, y colocándole a su diestra en los cielos, sobre todo principado y potestad.” Véase también Hebreos 1:3.»

IV.   Hechos Importantes que ocasionó la ascensión y exaltación
Este hecho puso fin oficial al ministerio de Cristo en la Tierra. El Hijo de Dios vino a cumplir una obra específica en la tierra con el fin de revelar al Padre y a él como el Verbo Divino; de modo que él sería el único mediador Divino entre Dios y el hombre (Juan 16:28; cf.  13:13).  Y dio origen a Su exaltación. Trenchard escribe al respecto: “De este modo [el Padre] anula el veredicto adverso del Sanedrín, tribunal que condenó al Príncipe de vida, haciéndole clavar en la cruz de Barrabás”[2]. La ascensión declara el triunfo de Cristo y su exaltación a la diestra del Padre, teniendo todo el poder y gloria que antes de la encarnación había tenido. “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís”. (Hechos 2:32, 33). “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.” (Ap. 3:21).  Dios le revistió de nueva gloria como Cabeza triunfante de la raza humana (Hechos 2:24-36; 3:13; Filipenses 2:8-11; Hebreos 1:3; 2:9). La Ascensión inaugura esta doble gloria del Dios-Hombre.
También marca el inicio del Ministerio como sumo sacerdote. (Hebreos 2:17,18; 4:14-16;5:1-10;6:20;7:24-28; 1 Juan 2:1,2). E Indica el comienzo del reino espiritual del Hijo de Dios como Rey-Sacerdote, cuyo fin será la victoria sobre sus enemigos (Salmo 1104; Hebreos 10:12, 13; 1 Corintios 15:24-28). Inaugura el periodo de Gracia y la obra del Espíritu Santo. (Juan 16:7). Cristo había dicho que Él debería irse para que viniese el “otro Consolador” (Paracletos; Juan 14:16), el cual tiene una misión específica que realizar (Juan 14:26; Juan 16:8). Promesa que se cumpliría diez días después de su ascensión (Hechos 2:1-4).
Su ida, de igual modo, se relaciona con su segunda venida. Los ángeles les declararon a los discípulos que estaban mirando al cielo viendo con nostalgia como el Señor era ascendido: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11 comparemos con 1 Tesalonicenses 4:13-17).

V.           Testimonios.
                En el Antiguo Testamento encontramos atisbos de este hecho portentoso. David profetizaba cuando escribió: “Porque no dejarás mi alma en el Seol, Ni permitirás que tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a tu diestra para siempre.” (Salmo 16:10, 11). También dice David: “Subiste a lo alto” (Salmo 68:18); y además dice: “Tú eres sacerdote para siempre... El Señor está a tu diestra” (Salmo 110:4, 5).
El Testimonio del propio Salvador nos revela que tenía pleno conocimiento de lo que sucedería con él después que resucitase: “Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51).  “¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?” “Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.  (Juan 6:62; 16:28)
En los evangelios encontramos distintas referencias a este hecho: Véase Marcos 16:19; Lucas 24:51; Hechos 1:9-11. El Libro de los Hechos relata cuando Esteban era martirizado, vio a su Señor glorificado a la diestra del Padre (Hechos 7:55, 56).
         Los apóstoles Pedro, Pablo y Juan nos dejaron su testimonio en sus cartas o en sus predicaciones.  Véase I Pedro 3:22; Hechos 3:15, 20, 21; 5:30, 31. Romanos 8:34; Efesios 1:20, 21; 4:8-10; Colosenses 3:1; I Timoteo 3:16. Apocalipsis 1:1-20.

VI.         La naturaleza de la Ascensión y Exaltación de Jesucristo.
La ascensión dio origen a una serie de hechos que lleva a la exaltación del Hijo al lado derecho del Padre para co-regir en conjunto esta humanidad. Desglosemos un poco los hechos de este periodo, para visualizar este proceso de glorificación del Señor Jesucristo. 
(1)  Encontramos que su ascensión fue vista por sus discípulos hasta que una nube le ocultó de la vista de ellos (Hechos 1:1, 2; 9-11). Y el autor de la carta a los hebreos completa lo que los apóstoles no pudieron ver: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión.” (Hebreos 4:14).
(2)  Él fue hecho más sublime que los cielos. O en palabras de Pablo: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre…”. Esto significa que Él fue hecho más alto que todos los seres creados en los cielos, en la Tierra y debajo de la tierra; y todo ser deberá doblar su rodilla ante Él y confiesen que Él es el Señor (Hebreos 7:26; Filipenses 2:9).
(3)  Se sentó a la diestra de Dios (Hebreos 8:1; Efesios 1:20; Colosenses 3:1).

VII.        La necesidad de la Ascensión y Exaltación de Cristo.
¿Por qué era necesario que el Señor ascendiera y fuera exaltado? En la Escritura encontramos algunas razones que debemos tener en consideración:

(1)    Era necesario que el Hijo volviese al Padre, para que el Espíritu Santo fuese enviado por el Padre para que comenzase su obra en el mundo, convenciendo de pecado, justicia y juicio (Juan 16:8).
(2)    Para demostrar que su obra estaba completa. “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados. (Hechos 5:31). También leamos Hebreos 10: 9, 10 para reforzar esta consideración.
(3)    Para facilitar la adoración humana, de modo que Cristo fuese el objeto ideal de culto (Véase Juan 4:23, 24; Filipenses 2:10, 11).
(4)    Para ser Cabeza de la iglesia. “y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.” (Ef. 1:22, 23).

VIII.      El Objetivo o propósito de la Ascensión y Exaltación.
A continuación, anotamos algunas de las razones que encontramos que tenía como objetivo que el Señor se fuese a su hogar:
(1)     El entró en el cielo como nuestro Precursor. (Hebreos. 6:20). La idea que hay detrás de esta frase es que Él señala el camino que debe seguir el cristiano.
(2)     Él entró en los cielos para tomar su lugar a la diestra del Padre, de modo que su obra llegue a todas las personas (Efesios 4:10).
(3)     El entró al cielo para dar dones (Efesios 4:8, 11). La idea implícita en este versículo es del general que reparte los despojos de la batalla a sus soldados.
(4)     Él fue al cielo para preparar lugar para los suyos (Juan 14:2, 3).
(5)     Para presentarse a nuestro favor delante de Dios (Hebreos 9:24).

IX.         El ministerio actual de Cristo
No porque haya cumplido el propósito de su venida a este mundo y haya ascendido, sentándose a la diestra del Padre, esté descansando. Por el contrario, está en completa actividad:
(1)  Cristo está orando por su pueblo, para garantizar la seguridad de su salvación (Hebreos 7:25); asegurar la comunión con Dios (1.a Juan 2:1); y es un poderoso protector (Juan 17:15).
(2)  Como ya lo hemos indicado, está preparando un lugar para nues­tra habitación eterna (Juan 14:3).
(3)  Cristo está ahora edificando la Iglesia que es su cuerpo (Mateo 16:18).
(4)  Como Cabeza de la Iglesia, tiene el debido control de todas actividades que ha delegado a los suyos (Efesios 4:8, 11).
(5)  Contesta nuestras oraciones (Juan 14:14); y da ayuda a quienes la solicitan (Hebreos 4:16; 2:18).
(6)  Él es la fuente de nutrición de los suyos para que estos den fruto abundante (Juan 15:1-16).

Los futuros ministerios de nuestro Señor los estudiaremos cuando veamos los temas de escatología. Reseñamos los siguientes puntos:
(1)  su venida para recoger a los suyos en el rapto de la Iglesia (1.a Tesalonicenses 4:13-18),
(2)  el derramamiento de la ira del Cordero sobre la Tierra durante el período de la tribulación (Apocalipsis 6:16-17),
(3)  la vuelta del Rey de reyes y Señor de señores para gobernar este mundo con vara de hierro (Apocalipsis 19:11-16),
(4)  y su Reino eterno, primero en el reino milenial y luego para siem­pre.

Conclusión del tema.
         A pesar de que el mundo (1 Juan 2:18; 4:3) quiere por todos los medios negar a Jesús, es decir, apagar su luz (cf. Juan 8:12; 9:5; 12:46). A través de la historia han apareciendo diferentes grupos religiosos no ortodoxos que han establecido características que no eran propias de él, que no estaban descritas en la Escritura. O han aparecido suplantadores hombres que mueren y no resucitan que tienen miles de seguidores que lo único que hacen es apropiarse de sus bienes y condenarlos a la perdición eterna. Otros creen haber encontrado sus huesos y los de su “esposa” en una tumba oculta por el tiempo … Otro grupo de persona que lo ha rebajado a “un dios” (vea la versión de ellos de Juan 1:1) como piensan los neo-arrianos, los mal llamados “Testigos de Jehová”. Podríamos seguir agregando ejemplos de las tergiversaciones que el enemigo de Dios ha estado creado para esconder la Verdad: que él es un ser derrotado y que tiene muy poco tiempo, ya que Dios tiene fijado una hora determinada para que llegue la consumación de los siglos.
         Nos hemos tomado más de un año en completar nuestro estudio sobre el tema de Cristología. Sólo hemos raspado un poco de esta inmensa montaña que es el Señor Jesucristo, su vida y su obra. Nunca fue la idea demorarnos tanto, sino que a medida que entrabamos en algún tema, nos dábamos cuenta de que unas pocas palabras no bastaban para expresar todo lo que se quería hablar del tema.
        Por tanto, al estudiar con claridad la doctrina de Cristo, este ejercicio nos permite reforzar nuestra fe, pero por sobre todo nos lleva a conocer a quien Amamos. Estos simples estudios son para iniciarlos, de modo que cada uno pueda profundizarlos. Estamos seguros de que jamás llegaremos a entender completamente la mente y el corazón de Dios de Nuestro Padre y del Señor Jesucristo en cuanto a la obra del Señor Jesucristo y sus alcances. Por más que lo intentemos no podemos, es como si intentáramos trasladar todo el contenido de los océanos de un lugar a otro. 
         Sentimos que hemos dejado abierta la puerta para que los hijos de Dios sigan estudiando acerca de su Señor, Jesús el Cristo.




Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. 
(Apocalipsis 1:5-6)



[1] Las Grandes doctrinas de la Biblia, Editorial Portavoz, Página 106.
[2] Trenchard, Estudio de Doctrina Bíblica, Portavoz, página 175.

COSAS QUEBRADAS

Dios usa para su gloria las personas y las cosas que han sido quebradas o vaciadas.
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: el corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” Sal. 51. 17.
Jacob fue lleno de poder espiritual porque su fuerza natural había sido quebrada completamente, Gn. 32. 24-31.
Gedeón y sus trescientos hombres escogidos fueron usados por Dios cuando quebraron los cántaros, manifestando así su luz, y como resultado sus adversarios fueron derrotados. Estos cántaros quebrados nos hablan del quebrantamiento de nosotros mismos.
La viuda pobre vació la única botija de aceite que tenía y así, Dios lo multiplicó para proveerle con que vivir y para pagar sus deudas, 2 R. 4.1-6.
Esther despreció la estricta etiqueta del palacio del rey, despreciando su vida, para obtener la salvación para su pueblo.
Los cinco panes fueron quebrados para el Señor, siendo multiplicados y usado» para dar alimento a una multitud.
María quebró su alabastro de ungüento de nardo espique de mucho precio, rindiendo así un servicio de amor para el Señor, que lo apreció y le alabó.
El Señor Jesús permitió que su precioso cuerpo fuera quebrado por los clavos, la lanza, y las espinas para que saliera de El aquel manantial de vida donde nosotros, pecadores, podemos beber y vivir eternamente.
“Más el que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed: más el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salté para vida eterna” Jn. 4.14.
Tr. M. de K.,

Contendor por la fe, 1969