martes, 5 de junio de 2018

LA ORACIÓN DEL SEÑOR (Parte III)


¿DEBERÍA SER USADA POR LOS CRISTIANOS? (continuación)


En segundo lugar, Dios ha hecho provisión de otra índole para nuestros pecados diarios. Hay que reconocer que ¡lamentablemente! nosotros pecamos diariamente; pero, tan cierto como eso es, si conocemos el valor pleno del sacrificio de Cristo, jamás padeceremos, ni por un momento, el pensamiento de la imputación de culpa. Por otra parte, no debemos aminorar jamás la gravedad de nuestros pecados diarios — pecados que son ahora contra la luz y el amor. Ningún lenguaje podría ser demasiado fuerte para expresar lo aborrecible que ellos son. Aún más que esto, jamás se debe olvidar que no hay necesidad de que el creyente peque diariamente. El apóstol Juan dice, "Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis." Una vez defendida la verdad acerca de este punto, él presenta después, la provisión de la gracia que ha sido hecha para los pecados en los cuales el creyente cae tan a menudo. "Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo." (1a. Juan 2: 1 y 2).
Es, entonces, la abogacía de Jesucristo el Justo con el Padre, la que atiende a nuestro caso con respecto a nuestros pecados diarios. Llevados a la comunión con el Padre y con Su Hijo Jesucristo (1a. Juan 1:3), nosotros perdemos el disfrute de esta comunión cuando pecamos; y el objetivo de la abogacía de nuestro bendito Señor es restaurarnos al lugar que hemos perdido, en cuanto a su disfrute. Y para este fin, Él ora por nosotros; Él no ora cuando nos arrepentimos, sino cuando pecamos. De hecho, nuestros pecados suscitan Su abogacía a nuestro favor; y es en respuesta a esto que, más temprano o más tarde, el Espíritu de Dios hace que recordemos, en nuestras conciencias, la Palabra de Dios, produciendo, de ese modo, el juicio propio, y nos conduce a la confesión en la presencia de Dios; y entonces encontramos la verdad de lo que el apóstol declara, "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad." (1a. Juan 1:9). Esto sucederá, más temprano o más tarde, pero se debe recordar — y esto prohíbe el pensamiento de 'tomar a la ligera' los pecados del creyente — que si se pospone el juicio propio y la confesión, Dios, como nuestro Padre, puede verse obligado, en Su amor por nosotros, a venir y tratar con nosotros en castigo y prueba, para prepararnos para la acción de Su Palabra sobre nuestras conciencias; porque Él no puede soportar que los que han sido redimidos, Sus propios hijos, continúen en una senda de pecado e iniquidad. El pecado no es nunca una cosa liviana a los ojos de Dios, y no debe ser jamás una cosa liviana a los ojos de Su pueblo. ¿Cómo podría serlo, cuando fue eso lo que llevó a nuestro bendito Señor a la terrible cruz?
Se verá, a partir de estas observaciones, que el Cristiano no debe orar nunca por el perdón de pecados. La culpa de todos sus pecados ha sido quitada; y la condición para el perdón de sus pecados diarios es la confesión. Ahora bien, la confesión, en vista de que ella sólo puede brotar del juicio propio, es una cosa mucho más profunda que orar por el perdón. Los padres pueden verificar esto muy pronto con sus hijos. Cuando estos han cometido faltas, si ven que sus padres se afligen, ellos pronto pedirán perdón; pero si se les demanda juicio propio, una verdadera estimación del carácter de sus acciones, y la confesión, ella no se obtendrá tan fácilmente. No; es una cosa mucho más seria ver nuestros pecados en la luz de la presencia d Dios, tener el pensamiento de Dios acerca de ellos, y decirle todo en humilde confesión; y esto es lo que Dios requiere, y no la oración por el perdón. La razón es simple. La propiciación ha sido ya hecha, y el perdón está listo para ser otorgado, y Él espera solamente hasta que nos hayamos juzgado a nosotros mismos, para asegurarnos Su amor perdonador, y para efectuar nuestra restauración a la comunión que habíamos perdido.
Se puede hacer otra observación acerca de esta petición — apenas necesaria, después de lo que se ha dicho, salvo para obviar objeciones. La medida del perdón por el que se va a orar es el de nuestro perdón a los demás — "como también nosotros perdonamos a nuestros deudores." Conociendo lo que nosotros somos, la sutileza de nuestros corazones, nuestras inconscientes reservas (recelos, desconfianzas, sospechas), y nuestra dificultad, en muchos casos, para otorgar un perdón libre, pleno, y absoluto a los que han pecado contra nosotros, jamás podríamos saber, a partir de esta petición, si acaso nos podríamos regocijar en el conocimiento del pleno perdón de nuestros pecados contra Dios; y esto sería enteramente inconsistente con la verdad que hemos estado considerando en Hebreos 9 y 10. Como habiendo sido presentada esta oración a los discípulos en la posición que ellos tenían en aquel entonces, y con respecto a sus relaciones mutuas, y a sus relaciones con todos los hijos del Reino, nosotros podemos percibir su sabiduría perfecta y divina, e incluso su aplicabilidad a los hijos de Dios, con respecto al gobierno del Padre, pero ella no estuvo destinada, en ninguna manera, a ser la expresión de nuestra necesidad, con relación a nuestros pecados, en la presencia de Dios.

SALVACIÓN Y RECOMPENSA (Parte III)


La Corona corruptible.


En 1 Tesalonicenses la segunda venida de nuestro Señor ocupa un lugar prominente. Podríamos decir que es el tema de la epístola. Cada capítulo contiene alguna referencia a ella, directa o indirec­tamente. En el capítulo 1 leemos acerca de los creyentes tesalonicenses que ellos se habían convertido:

”de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y es­perar de los cielos a su Hijo...”

Esperaban al Hijo, ¡y mientras es­peraban, le servían! Que ocupación santa y dichosa era la suya. Que sea la nuestra también.
En el capítulo 3 (dejando por el momento el capítulo 2), fueron exhortados a santidad de vida con la esperanza de “la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos” (3:13).
La “esperanza bienaventurada” es una esperanza purificadora, y un incentivo para vivir una vida de piedad. “Todo aquel”, se nos dice, “que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo” (1 Jn. 3:3).
El rapto —el orden de los eventos cuando el Señor descienda para llamar y llevar consigo a todos Sus santos— es desplegado preciosamente en el capítulo 4, y en el capítulo 5 vemos el alcance de la santificación perfecta en “la venida de nuestro Señor Jesucristo” (v. 23).
Pero ¿qué del capítulo 2? En esta sección en particular el apóstol escribe acerca de su propio servicio y el ministerio de sus colaboradores en vista de este evento glorioso. El piensa en el retorno del Señor como el tiempo de manifestación y recompensa, cuando las obras del siervo serán examinadas por el Señor mismo, quien también pronunciará sobre ellas. Será entonces que serán plenamente manifiestos los resultados de todos sus años de trabajo y esfuerzo. De esto él está seguro: que las almas que él ha guiado a Cristo serán entonces causa de acciones de gracias. Así escribe, y notamos lo que dice a sus propios hijos en la fe:

“Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo” (1 Ts. 2.19-20).

Habla de modo similar en Filipenses 4:1,

“Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados”.

Ellos también eran fruto de su mi­nisterio, y como los corintios, eran también el sello de su apostolado en el Señor.
¡Cuán dulce y tierna es la relación entre el ministro de la Palabra y los que él ha guiado a Cristo! Y al escribo esta frase: “el ministro de la Palabra”, no me refiero al clero ni a ninguna posición oficial, sino a cualquier creyente que ministre la verdad del evangelio a otra persona y así la guíe a Cristo.
Los que así han sido salvados por nuestro testimonio, en aquel día nos serán una corona de gozo. ¡Qué laurel de gozo será el verles salvos y sanos en la gloria, cantando las alabanzas del Cordero que les redimió, y entonces reconocer que en un sentido están allí debido a nuestro débil testimonio dado en el mundo! ¡De veras que seremos coronados con gozo!
Samuel Rutherford sabía algo de esto cuando, desde su lecho de enfermedad, miraba atrás a sus labores anteriores y dio curso a las hermosas palabras representadas en la poesía de la señora Anne Ross Cousins:

“Oh, Anwoth del Solway,
A mí me eres querido,
En los portales celestiales,
Derramo lágrimas por ti.
Oh, si un alma de Anworth,
Encuentro a la diestra de Dios,
Mi cielo será dos cielos,
En tierra de Emanuel”.

Sí, un alma, salvada de descender al abismo, arrebatada del fuego, como Judas 23 dice, será doble porción de gozo para aquel que Dios empleó para salvarle. ¿Qué significará esto para Pablo, a quien el Señor usó para salvar a miles de personas? ¿Y qué significará para todo evangelista levantado por Dios y empleado por Él para salvar a vastos números de hombres y mujeres por medio de la predicación de la Palabra?
Pero, como hemos intimado, no sólo los que han sido divinamente llamados a predicar podrán ganar esta corona, todos hemos sido llamados a testificar de Cristo, a buscar y ganar a otros para que le conozcan, “a quien conocer es vida eterna Y está escrito en la Palabra: "el que gana almas es sabio” (Pr. 11:30). Seamos sabios para enseñar la justicia a la multitud (Dn. 12:3).
Ganar almas no es en sí un don arbitrario. Es algo que puede ser cultivado por ejercicio y comunión con Dios. Él nos hace aptos para este servicio bienaventu­rado y honorable.
El primer requisito es reconocer la necesidad de los hombres, su condición perdida. ¿Alguna vez le has pedido a Dios que te haga sentir la necesidad aterradora de los inconversos que están alrededor tuyo? ¿Y Él ha contestado haciéndote sentir carga por sus almas? Entonces, sigue mirándole atentamente, para que te dé el mensaje. Él te dará denuedo santo, compasión tierna, sabiduría en la presen­tación de la verdad, y gracia para persistir a pesar de los rechazos. El gozo de ver a un pobre pecador cambiado en un santo recompensará ampliamente el trabajo y esfuerzo gastado en este mundo, y en la venida de Señor, la corona de gozo será tu galardón eterno.

“Adelante, adelante, en la eter­nidad descansarás,
Y demasiado pocos están en la lista de servicio activo,
Ninguna labor para el Señor es inversión arriesgada,
Pero no hay recompensa si perdemos Su ‘está bien’”.

Y no se nos olvide el otro lado. Está escrito: “Al que acapara el grano, el pueblo le maldecirá” (Pr. 11:26). Aunque de momento a los inconversos no les gusta que les hablemos del evangelio, vendrá el día cuando nos echarán la culpa si en esta vida no les dimos una palabra de adver­tencia o el mensaje benigno de la gracia. Tenemos la comida para los que se están muriendo. Sabemos que sin el evangelio ellos están perdidos. Entonces, ¿cómo podemos con frialdad y egoísmo dejarles que mueran sin intentar despertar en ellos un sentido de necesidad, y sin hacerles saber del amor del salvador?
Cuando venga el Señor, ¿no nos dará vergüenza la memoria de tal infide­lidad?

“¿Iré con las manos vacías,
Así a encontrar a mi Redentor?
¿Sin gavilla con que saludarle.
Sin trofeo para echar a Sus pies?”

No tiene que ser así. Cada uno puede ser en cierta medida un ganador de almas, y así ganar una corona de gozo en aquel día sublime que pronto amanecerá. Lo que hace falta es una disposición a ser usado. Alguien ha dicho: “¡Dios tiene cosas maravillosas que mostrar, si sólo puede encontrar un buen mostrador!” Pablo era un “mostrador” así: “para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemen­cia” (I Ti. 1.16). ¡Oh, querido lector, que tú y yo también seamos empleados para mostrar la gracia de Dios a un mundo perdido, y para atraer otras personas a Él! Así tendremos este gozo y esta corona cuando Él venga para recompensar a Sus siervos.

lunes, 4 de junio de 2018

"AIRAOS, PERO NO PEQUÉIS"

"AIRAOS, PERO NO PEQUÉIS" (Efesios 4:26)

Pregunta: ¿Cómo explicar las palabras del Señor en Efesios 4:26: "Airaos, pero pequéis..."?



RespuestaNotemos primero que encontramos una enseñanza idéntica en Santia­go 1: 19-20. La Palabra de Dios distingue entre la ira según Dios, y "la ira del hombre [que] no obra la justicia de Dios". La ira según Dios es la indignación que siente la naturaleza divina en presencia del pecado. La ira del hombre es también la indignación que provoca en él una falta cometida, sobre todo cuando él se halla perjudicado o molestado por ella. La presencia del pecado no siempre es suficiente para que el hombre se indigne. El diccionario de la Real Academia Española define la ira como una "pasión del alma, que causa indignación y enojo", y el diccionario Larousse dice "pasión del alma, que se indigna contra lo que le disgusta". Bien sabemos que no hay nada que nos disguste tanto como el ser tocados, heridos en nuestro amor propio. Por lo tanto, nuestra indignación contra el mal no puede servirnos como jus­ta medida para apreciar lo que debe ser la ira, porque la gravedad o culpabilidad del pecado viene, ante todo, del hecho que todo pecado es cometido contra Dios, es decir que debe considerarse en relación con Dios y no con nosotros mismos. Si no estamos en comunión con Dios, corremos el riesgo de juzgar el mal según 'nuestra' pobre me­dida, sea indignándonos con exceso, sea obrando con demasiada tole­rancia.
La santidad absoluta de Dios no puede tolerar el pecado. Todo pecado provoca Su ira, pues es cometido primero contra Él, y des­honra Su dignidad, y la majestad de Su Ser supremo. José le dijo a la mujer de Potifar: "¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y peca­ría contra Dios?" (Génesis 39:9). La medida de la ira divina fue mos­trada en la cruz, cuando el Hijo amado de Dios, que habíamos ofen­dido, tomó sobre Sí mismo nuestros pecados y llevó el castigo merecido. Entonces fue cuando se realizó sublime y plenamente que "la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres." (Romanos 1:18).
El creyente participa de la naturaleza divina, es "creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad" (Efesios 4:24), por lo cual, en la medida en que permanece en comunión con Dios, tiene horror al pecado, y manifiesta una santa indignación en su presencia. El siente, juzga lo que es el pecado en sí mismo para Dios, y, por consiguiente, para la nueva naturaleza. No hay necesidad que se halle perjudicado para que se indigne.
Pero puede ocurrir también que el creyente mundanice, se familia­rice con el mal, y entonces necesita la exhortación del Señor: "Airaos, pero no pequéis". El cristiano que no se indigna demuestra su indife­rencia ante el mal; impasible en presencia del pecado, es propenso a mucha indulgencia para consigo mismo, y a indignarse contra el mal solamente cuando se halla perjudicado. En este caso, se revelará muy susceptible, reprenderá con energía a los que le hayan dañado, pero será indiferente en cuanto a los derechos de Dios. Su ira o indigna­ción ya no será según Dios, será "la ira del hombre [que] no obra la justicia de Dios", es decir, del hombre que no cumple con la jus­ticia de Dios. Semejante indignación es un pecado, y debemos evi­tarla.
Consideremos ahora la enseñanza del apóstol Santiago. Después de haber declarado que Dios "nos engendró con la palabra de verdad" (Santiago 1:18 - BTX), exhorta a cada hombre a que sea "pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios" (Santiago 1: 19, 20). Pronto para oír, para que sus pensamientos y sus acciones estén formadas por la Palabra de Dios. Tardo para hablar, es decir, procurando que su lengua sirva para expresar sola­mente lo que proviene de la nueva naturaleza enseñada por Dios, evitando ser como una fuente que echa a la vez "agua dulce y amar­ga" (Santiago 3:11). Tardo en airarse, es decir, tomando tiempo para poder juzgar primero si su ira es según Dios, o es la "ira del hombre".
La carne en nosotros se encuentra siempre dispuesta a entrometerse con lo que proviene de la nueva naturaleza. Por eso, al declarar "airaos", el Espíritu de Dios añade, como exhortación correctiva: "pero no pequéis", para que evitemos esta mezcla o asociación de 'la ira según Dios' con los sentimientos carnales. "Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo; ni deis lugar al diablo." (Efesios 4: 26, 27). De modo que nuestra indignación contra el pecado debe provenir única­mente del hecho que Dios ha sido ofendido, deshonrado por un acto contrario a Su naturaleza. Si los motivos son diferentes, nuestra in­dignación o ira no es según Dios, y pecamos.
De igual modo, la santidad es la separación del mal, por Dios, y Dios solo es su medida. Si rebajamos esta medida a nuestra propia estimación de las cosas, o a la de otros, perdemos la verdadera me­dida de la santidad.
Una verdadera indignación contra el mal tiene pues como causa y medida: Dios, su gloria y sus intereses, y nuestros sentimientos na­turales no deben intervenir o influir en modo alguno. Además, la Pa­labra añade: "no se ponga el sol sobre vuestro enojo": Dios sabe con qué facilidad dejamos introducirse nuestros sentimientos en lo que concierne a Su gloria, por lo cual nos muestra que nuestra ira, nuestro enojo, no debe prolongarse más allá de una justa medida., Para ello, es preciso que nos juzguemos o examinemos a nosotros mismos; de no hacerlo, 'damos lugar al diablo', dándole rienda suelta a la carne. La carne es un enemigo vencido para el nuevo hom­bre, pero si nos colocamos en su propio terreno, si la dejamos obrar, ella se apodera de nosotros y nos vence.
         La confusión entre la ira del hombre y la ira o indignación según Dios ha producido siempre lamentables resultados entre los santos. En presencia del mal, del pecado en la asamblea, el primer movi­miento del alma es una indignación según Dios, producida por la nueva naturaleza. Pero luego, la carne quiere intervenir; por eso, nuestra indignación no debe prolongarse, salir de los límites que con­vienen, sino careceremos de discernimiento, y nuestro juicio será fal­seado por la introducción de motivos carnales.
Existen casos en los cuales el culpable no ha ofendido a nadie individualmente. Pero algún hermano habrá tenido dificultades con él anteriormente, guardándole resentimiento o rencor, o teniéndole solamente antipatía. Estos sentimientos renacen en él, y su indigna­ción va más allá de la medida de los sentimientos del nuevo hombre, deja que 'el sol se ponga sobre su enojo', la carne obra, so pretexto de defender los intereses del Señor, y Satanás halla una ocasión favo­rable para turbar y alterar el ejercicio de la disciplina según Dios, produciendo turbación en la asamblea. ¡Hermanos!, es de toda im­portancia que no guardemos rencor o resentimientos para con los hermanos con quienes hemos tenido dificultades. Juzguemos estas co­sas, juzguemos y abandonemos las antipatías naturales: es una leva­dura que - tarde o temprano - produce lamentables y funestos resultados.
Si un hermano se estima perjudicado por el pecado de otro, debe obrar con mucha reserva y, en su juicio, no añadir la 'ira que viene del hombre' a la indignación según Dios. Es conveniente entonces que deje intervenir a aquellos cuyos intereses personales no son toca­dos, y quienes cuidarán de hacerlo sin espíritu de partido, con el temor de Dios.
         Amados hermanos, seremos guardados en el pensamiento de Dios si pensamos ante todo en Su gloria, en lo que es el pecado para Su naturaleza Santa, y si no olvidamos que la santidad de Dios debe ser la santidad de la asamblea.
Ello nos preservará de introducir la carne, los motivos personales, el espíritu de partido o de familia, las simpatías y antipatías natu­rales. Cultivemos la comunión con Dios, examinémonos a nosotros mismos, para tener en todo el pensamiento de Dios, la estimación del santuario. Así será como evitaremos las intervenciones de la carne en las cosas santas.
 S. P.
Revista "VIDA CRISTIANA", año 1961, No. 49.-

MEDITACIÓN

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne” (1Timoteo 3:16).

El misterio es grande, no porque sea enigmático sino porque es asombroso. El misterio es la verdad extraordinaria que Dios fue manifestado en carne.
Significa, por ejemplo, que el Eterno nació en un mundo donde hay tiempo, y vivió en una esfera de calendarios y relojes.
Aquel que es Omnipresente y capaz de estar en todos los lugares al mismo tiempo, se confinó a Sí mismo a un sólo lugar: Belén, Nazaret, Capernaum o Jerusalén.
Es maravilloso pensar que el Dios Grande, que llena el cielo y la tierra se comprimiera en un cuerpo humano. Cuando los hombres lo miraban podían decir con precisión: “En él habita corporalmente toda la plenitud de la deidad”.
El misterio nos recuerda que el Creador visitó este insignificante planeta llamado Tierra. Siendo tan sólo una partícula de polvo cósmico, en comparación con el resto del universo, no obstante, pasó por alto el resto para llegar aquí. ¡Del palacio del cielo a un establo, a un pesebre!
El Omnipotente se convirtió en un indefenso Bebé. No es exagerado decir que Aquel a quién María sostenía en sus brazos también sostenía a María, porque él es el Sustentador así como el Hacedor.
El Omnisciente es la fuente de toda sabiduría y conocimiento y a pesar de esto, leemos acerca de él que, siendo Niño, crecía en sabiduría y conocimiento. Es casi increíble pensar que el Dueño de todo llegaba como alguien inoportuno a sus propias posesiones. No hubo lugar para él en el mesón. El mundo no le conoció, los Suyos no le recibieron.
El Amo llegó al mundo como un Siervo. El Señor de la gloria veló Su gloria en un cuerpo de carne. El Señor de la vida vino al mundo a morir. El Santo se internó en una jungla de pecado. Aquel que es infinitamente alto llegó a ser íntimamente cercano. El Objeto de la delicia del Padre y de la adoración angélica se encontró hambriento, sediento y cansado, junto al pozo de Jacob, durmió en una barca en Galilea y vagó “como un extranjero sin hogar en el mundo que Sus manos habían hecho”. Vino del lujo a la pobreza, sin tener siquiera un lugar donde reclinar Su cabeza. Trabajó como carpintero. Jamás durmió en un colchón. Nunca tuvo agua corriente caliente y fría u otras comodidades que nosotros damos por sentado.

VIDA DE AMOR (Parte VI)


PERMANENCIA DEL AMOR

 1 CORINTIOS XIII 8-12

En los cuatro versículos siguientes (9-12) el após­tol deja el tema del amor para demostrar por qué los do­nes han de ser reemplazados. De manera que tenemos en estos versículos una explicación, empezando con la palabra “porqué”: “Porque en parte conocemos, y en par­te profetizamos; más cuando haya venido lo perfecto, entonces lo que es parte acabará”.
Lo que hemos previsto, ahora se manifiesta clara­mente, a saber, la razón porque los dones han de pasar. ¿Por qué? Es porque lo parcial y lo imperfecto no pue­den ser permanentes. El entendimiento y el conocimien­to son progresivos. Esto es cierto de los conocimientos en general. No hay tal cosa como una provisión de co­nocimientos, fija, definida y completa. Los conocimien­tos se están siempre aumentando, extendiendo y desa­rrollando. Lo que una generación llama conocimiento, la siguiente llama ignorancia.
Lo que es cierto de los conocimientos en general, lo es también del conocimiento espiritual. Conocemos tan sólo en parte y profetizamos tan sólo en parte. Esto era cierto de los santos en tiempos pre-cristianos: Dios les habló “muchas veces y en muchas maneras” y poco a poco aprendieron de su propósito redentor, y aunque ahora en Cristo un raudal de luz ha sido derramado, sin embargo, todo alrededor hay confines de tinieblas, así que conocemos tan sólo en parte.
Aun los conocimientos revelados adolecen de imper­fecciones, que, por lo tanto, no están en las cosas reve­ladas, pero en la extensión y manera de la revelación. “En parte conocemos” forzosamente. El conocimiento es como la forma y substancia del cuerpo que cambia desde la infancia hasta la edad viril; pero el amor es como el principio de vida que persiste siempre.
Ahora se llama la atención al tiempo cuando los do­nes pasarán: “Cuando haya venido lo perfecto”. Es completamente obvio que lo perfecto nunca llega en es­te mundo y, por lo tanto, la referencia debe ser al es­tado celestial, de manera que la profecía y el conoci­miento parciales e imperfectos son coexistentes con el régimen cristiano. No será hasta la venida de Cristo que vendrá lo perfecto. Entonces las cosas parciales de tiem­po serán substituidas por las cosas perfectas de la eter­nidad.
Cuando se llega al grado superior de la escuela, los textos de los grados inferiores se dejan a un lado. Las antorchas usadas de noche, de nada sirven cuando llega el día. Algunas flores están envueltas en un capullo du­rante el primer período de su crecimiento, pero cuando la flor llega a la perfección el capullo cae. Cuando las cosas han servido su propósito, desaparecen. Pero el pro­pósito del amor es eterno, nunca desaparece.
Pero no olvidemos que lo parcial es una prepara­ción para conducir hacia lo perfecto; que sirve a un pro­pósito real, indispensable. El crepúsculo de la mañana prepara para el mediodía; el invierno es precursor de la primavera; y la primavera es precursora del verano. Lo perfecto no podría venir sin lo parcial. Tras la edad viril está la juventud, tras la juventud la niñez, tras la niñez la infancia. No despreciemos las etapas que con­ducen a la meta. El bien parcial e imperfecto no desa­parecerá por extinción, sino que será absorbido por algo más elevado, como los charcos de agua dejados en la playa por la bajamar, son absorbidos en la plenitud del océano cuando la marea vuelve.
Mientras tanto, podemos amar con un amor que es puro y elevado, paciente, generoso, no desalentadle, e imperecedero. Sobre todo, lo demás están las señales de lo imperfecto y transitorio, pero sobre el amor está el sello de la eternidad. El amor nunca fenece. Es lo más grande de todo lo grande. Por lo tanto, amar es vivir.
Ahora sigue una ilustración (v. 11). “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, ra­zonaba como niño; ahora que soy hombre, he acabado con lo que era de niño”. El apóstol se vale de una ilus­tración natural y personal, para demostrar que la ley del crecimiento espiritual es la misma que la ley del creci­miento natural, eso es, por desarrollo y transformación.
Mirad primero a la ilustración del punto de vista que ilustra. Cuán grande es la diferencia entre la niñez y la edad viril en cuanto a lenguaje, sentimiento y pen­samiento. Comparad la impresión hecha en la mente de un niño y de un astrónomo, respectivamente, por la con­templación del cielo estrellado. La impresión hecha en la mente del niño no es científica, no obstante, para un niño, es una impresión justa y verdadera. El punto de vista del niño no es ni irracional ni falso; es sencilla­mente inadecuado. Todo niño es una Alicia en el País de las Maravillas y vive en un mundo de fantasía e ima­ginación, ¡y qué mundo triste sería si fuese de otra ma­nera! La tragedia de la vida de Coleridge[1] era que nunca fue niño.
Pero la niñez es tan sólo una etapa de la vida y no su meta. Una persona que es un hombre en cuanto a edad y todavía un niño en mente y hábitos, es sen­cillamente una monstruosidad. ¡Cuán dulce es oír la charla de un niño! ¡Cuán triste oír a un adulto char­lando como un niño! La ley de crecimiento es la trans­formación por el desarrollo. Las facultades del niño ad­quieren una manera más elevada de actividad, de modo que la manera anterior se vuelve inútil. El hombre ha llevado a su mayor edad todos los elementos esenciales de su niñez. Sin embargo, ha dejado su anterior ma­ñera pueril de hablar y sentir y pensar. He allí la ilus­tración.
Ahora consideremos la cosa ilustrada. Como en la natural, así es también en la niñez y madura edad es­piritual; es muy importante ver el punto preciso de com­paración. La madurez espiritual no es como la natural, considerada dentro de los límites del tiempo. Es un con­cepto completamente erróneo de la idea pensar que la niñez aquí significa los primeros años de nuestra vida cristiana, y la madurez los años posteriores. O que la niñez indique los primeros siglos de la Iglesia Cristiana y la madurez los siglos posteriores. Si hemos alcanzado la madurez ahora ¡Dios tenga misericordia de nosotros! En salvaguardia de la comparación tenemos las palabras en el versículo 10, “lo que es en parte” — eso es la ni­ñez — y “lo perfecto” — eso es la madurez. Y en el versículo 12, las palabras “ahora” — eso es el tiempo de la niñez sobre la tierra; “pero entonces” — eso es el tiempo de madurez en el cielo.
Por esto vemos que la niñez espiritual es coextensiva con esta vida, y que la madurez se alcanza tan sólo en la vida futura. Todos los dones espirituales pertenecen al estado de niñez espiritual. Pero cuando Cristo venga y se llegue a la madurez, no se necesitarán más, y serán dejados. La verdad enseñada ahora, pues, es triple: pri­meramente, como la niñez es base de la edad viril, así también la vida espiritual aquí es el fundamento de la vida espiritual en el más allá; en segundo lugar, como la niñez es el medio de llegar a la edad viril, así también lo que alcanzamos parcialmente aquí es con miras de una perfección en el más allá; tercero, como la niñez es absorbida por la virilidad, así también la comprensión incompleta aquí cederá a la plena comprensión del más allá.
Justamente como las cosas de la virilidad son tan superiores a las de la niñez como para reemplazarlas del todo, así también la madurez del cristiano en el cielo substituirá y sobrepasará su niñez en la tierra. El futuro será un desarrollo y expansión del presente. Como el ro­ble es el producto de la bellota y como el río es la ple­nitud de la fuente, así también el hombre es el producto y la plenitud del niño. El futuro sobrepasará tan inmen­samente al presente como el mediodía sobrepasa al alba y como el fin de la revelación sobrepasa su principio.
Lo que el apóstol afirma e ilustra es lo siguiente: que mientras que la profecía y el conocimiento deben nece­sariamente ser reemplazados el amor permanece siempre lo mismo. Nunca cambia y nunca falla. Solamente el amor puede llevarnos a la verdadera medida de la vida y a la plenitud de su propósito. Por la gracia del amor debemos dejar atrás las puerilidades y las insensateces de la naturaleza humana; debemos entrar en contacto vital con todas las corrientes que fluyen de la vida divina. Debemos alcanzar, no aquí, sino en el más allá, la re­sistencia vigorosa de la madurez espiritual, y el gozo y conocimiento y simpatía universales de la vida que lo es de veras.



[1] 1 Poeta inglés (1772-1834).


ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO.(Parte XXI)


La soberbia y su fin



Durante los años del rigor de su esclavitud en Egipto, los israelitas se multiplicaron en gran manera, tal que el rey de Egipto veía en ellos un peligro para su reino. Él temía que sin vencía un enemigo contra él, los israelitas podrían juntarse al tal enemigo y así librarse de su poder.
Satanás, el que hoy esclaviza las almas, no teme otra cosa más que la posibilidad de escapársele sus víctimas. Así que cada día aprieta más las cadenas del vicio y del placer mundano e inventa nuevas cosas para amarrar a los hombres. Cuántas veces se oye decir, “Yo sé que cosa es malo, pero no puedo dejarlo”. Satanás tiene a ese locutor encadenado.
Se acercaba el tiempo en que debía Dios librar a los israelitas, y eso sin guerra alguna. Se preparaba en la casa de Faraón mismo el que debía librarlos. El niño Moisés, hijo de padres israelitas, había sido dejado al lado del río en un arca de juncos. La princesa que le halló le adoptó por hijo y él recibió una esmerada educación entre los grandes de la nación.
Transcurriendo el tiempo, se despertó en el alma de Moisés el deseo de conocer y servir al Dios vivo y verdadero. Anticipando el tiempo debido para librar su pueblo, él defendió a un israelita y mató al egipcio que lo había atacado. Por este hecho tuvo que huir y pasar cuarenta años en un país lejano, donde aprendió mejor a servir a Dios. Fue durante ese tiempo que vio la visión de la zarza que ardía y no quemaba, una verdadera obra de Dios. El milagro era una figura de cómo Dios podía librar su pueblo del horno de su aflicción en Egipto.
Con su alma llena de la convicción de que para Dios nada es imposible, él, acompañado de su hermano Aarón, fue al rey de Egipto para presentar su demanda: “Jehová, el Dios de Israel, dice así: «Deja ir a mi pueblo.»“ La respuesta fue: “¿Quién es Jehová? … Yo no conozco a Jehová”.
El espíritu de vil soberbia contra Dios que se manifestó en ese rey se nota muchas veces en los hombres hoy día, pero hay una regla divina y cierta: “Cualquiera que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. Moisés, que dejó las glorias de Egipto, y humillándose escogió sufrir aflicción con el pueblo de Dios, fue ensalzado y salió cual caudillo de la nación de los israelitas. Faraón, que se ensoberbeció contra Dios y habló tan orgullosamente, fue humillado por una plaga tras otra, y por fin fue anegado con su ejército en el Mar Rojo.
¡Cuántas personas en estos tiempos se portan como Faraón! Cuando algún enviado de Dios les llama la atención al hecho de que deben arrepentirse de sus pecados y buscar la misericordia de Dios en Cristo Jesús, ellos se llenan de ira y soberbia. Su contesta es un verdadero desafío de Dios.
De otra parte, hay los que con humildad atienden a la Palabra de Dios y de los fieles siervos suyos. Reconocen prestamente que merecen el castigo divino y escuchan con interés el Evangelio de la gracia de Dios que les ofrece el perdón de sus pecados mediante la fe en el sacrificio que hizo el Señor Jesús en el Calvario.
Acuérdate, apreciado lector, que Dios dice: “Cualquiera que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. Humíllate a reconocer tus pecados, aceptando la salvación que el único Salvador te está ofreciendo.

EL CRISTIANO VERDADERO (PARTE VI)

TU COMUNIÓN CON DIOS (continuación)

En toda la Biblia se pone mucho énfasis sobre el hecho de que Dios desea que su pueblo salvado sea alegre y gozoso. Pero cuando un hombre no anda en comunión con Dios, pierde la alegría de la salvación. Los creyentes gozosos son aquellos que viven en estrecha comunión con Dios, los que oran y leen la Palabra de Dios. El gozo del matrimonio con­siste en la comunión entre el marido y la mujer. Cuando di­cho feliz compañerismo desaparece, desaparece también la alegría del matrimonio. El gozo de un hogar consiste en la alegre comunión o el compañerismo entre todos los miembros de la familia. Cuando desaparece, se destruye la alegría del hogar.
La comunión con Dios es indispensable para vivir una vi­da de victoria sobre el pecado y Satanás. La oración, la lec­tura de la Palabra de Dios, y la comunión vital con Dios son fuentes de fortaleza espiritual. El cristiano que anda mal comenzó a retrogradar, desatendiendo este asunto de cultivar la comunión con Dios. Si no vives en comunión con Dios, y dejas de orar y leer la Palabra, pronto comenzarás a alejarte del Señor. Bien pronto caerás en pecado, y Satanás ganará la victoria sobre ti. El Diablo es demasiado fuerte para que podamos hacerle frente con nuestras propias fuer­zas. Tenemos que obtener fuerza del Señor, y dicha fuerza nos es entregada a medida que gozamos de la comunión diaria con él. Ningún cristiano puede ser fuerte espiritualmente, ni triunfar sobre el pecado y el mundo, si no vive una vida de oración y comunión con el Señor. Satanás co­noce bien esta verdad, y por esa razón trata con todas sus fuerzas de conseguir que no oremos. Satanás prefiere que ha­gamos cualquier otra cosa menos orar.
La comunión con Dios es indispensable, también, si quere­mos llevar fruto para el Señor. En el capítulo quince del Evangelio de Juan, Jesús ilustró por medio de la vid y el sarmiento, la relación entre sí mismo y el cristiano. Señaló que el sarmiento sólo puede llevar fruto mientras permanece en la vid y extrae de ella las cualidades vitales que le per­miten llevar fruto. Luego dice el Salvador: “Estad en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede llevar fruto de sí mismo si no estuviere en la vid, así ni vosotros, si no estuvieseis en mí... porque sin mí, nada podéis hacer”. Un sar­miento que no vive por su unión con la vid, extrayendo su savia de aquélla, pronto morirá y será inútil. Y así acontece con los que somos cristianos. Si no permanecemos en Cristo, viviendo en constante y consciente comunión con él, nuestras vidas se tomarán muertas y estériles. Sólo en la medida en que vivamos y permanezcamos en comunión con nuestro Sal­vador, hemos de poder llevar fruto. Si estás enseñando en una clase de Escuela Dominical, si eres dirigente de una agrupación de jóvenes, si estás tratando de ganar almas por medio de la obra personal, recuerda que, si no estás en co­munión constante con Cristo, recibiendo de él la fuerza inte­rior que necesitas para tu labor, poco o nada has de poder hacer.
Un creyente de vida muy santa ha dicho que “si te mantienes constantemente cerca de Cristo, tomándole como tu única esperanza, y tomando su vida inmaculada como tu gran ejemplo, se verá en tu vida un progreso espiritual que irá en aumento hasta que el día es perfecto. Con conocimientos en tu mente, gracia en tu corazón y obediencia en tu vida, lograrás un carácter tan bello y simétrico, que ha de llevar a los hombres a glorificar a tu Padre que está en los cielos. En la recia lucha contra los pecados que te asaltan, Cristo será tu fuerza; y no te ha de dejar hasta que tu último enemigo no perezca vencido en el campo de batalla. Las pasiones imprudentes e impetuosas serán reemplazadas por un tranquilo y santo descanso en Dios. Estallidos de mal genio serán vencidos por la mansedumbre de Jesús. La impaciencia malhumorada será reemplazada por un santo sometimiento a la voluntad de Dios. Los pensamientos mundanos serán vencidos por la comunión con Dios y por un concepto más claro de la grandeza y gloria de las cosas eternas”.
Alguien ha dicho: “En lugar de hacer que tu religión se incline para adaptarse a tus conveniencias mundanas, haz que tus conveniencias mundanas se inclinen frente a tu reli­gión. Pide a Dios con sinceridad y fe que te haga crecer en la gracia y te dé fuerzas que te sostengan frente a las pruebas y tentaciones de la vida; pero no pongan a la oración en el lugar de los deberes que tú mismo debes cumplir”.
Debemos evitar el formalismo muerto en nuestra vida de oración, y algunas pequeñas reglas y propósitos de corazón te han de ser, más que de ayuda, indispensables. En primer lugar, comienza el día con Dios en acción de gracias y en oración. Cuando piensas en las nuevas bendiciones que Dios te da todos los días, dale las gracias por ellas. Luego cuando pienses en las tentaciones con que puedes encontrarte du­rante el día, pídele a Dios que te dé fuerzas para vencerlas. Libra de antemano tus batallas de rodillas por la mañana, y exígele a Dios con oración su gracia vencedora. No dejes que el trajín de los negocios del día te despoje de tu hora de vi­gilia matutina con el Señor.
En segundo término, durante el agitado correr del día, de­tente de tiempo en tiempo para orar y darle gracias al Señor. Algunos instantes a solas con Dios a diferentes horas del día, te mantendrán tranquilo y triunfante en medio de la confusión y de las preocupaciones de la vida.
Tercero, concluye tu día con acción de gracias y oración. Cuando llegues al final del día, antes de que te entregues al descanso, debes pasar en revista las bendiciones de la jor­nada, dándole gracias a Dios por ellas, una por una.
Cuarto: lo último que debes hacer todos los días es pedirle a Dios que perdone todas aquellas cosas de tu vida que sabes que a él le han desagradado durante el día. Confiesa sincera­mente tu pecado delante de él, para obtener el perdón y la limpieza. Haz una pausa de un momento durante la oración, y deja que el Espíritu Santo escudriñe tu corazón, señalándo­te algunos pecados de los cuales tal vez tú no has estado cons­ciente. Recuerda ese lema que ves en tantas partes. El he­cho de que sea tan conocido no hace que sea menos cierto: “La oración cambia las cosas.” La oración es la fuente de tu victoria. La oración es aquello que ha de hacer que lleves fruto. La oración es en primer término comunión con Dios. La comunión con Dios no sólo es un privilegio, sino un fac­tor indispensable para poder llevar una vida cristiana ver­dadera.