martes, 3 de julio de 2018

MEDITACIÓN


“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25).

La iglesia ocupa un lugar de suma importancia en la mente de Cristo, y debe ser extremadamente importante en nuestra estima también.
Sentimos su importancia por el espacio prominente que se le da en el Nuevo Testamento. También reclamó un lugar significativo en el ministerio de los apóstoles. Por ejemplo, Pablo hablaba de su doble ministerio: predicar el evangelio y dar a conocer la verdad de la iglesia (Efesios 3:8-9). Los apóstoles hablaban de la iglesia con un entusiasmo que extrañamente se ha perdido en nuestros días. Dondequiera que iban establecían iglesias, mientras que la tendencia en nuestros días es la de comenzar organizaciones cristianas.
La verdad de la iglesia formaba la piedra final de la revelación bíblica (Colosenses 1:25-26). ésta fue la última doctrina importante que se reveló.
La iglesia es una enseñanza objetiva para los seres angelicales (Efesios 3:10). Aprenden por medio de ella lecciones extraordinarias acerca de la multiforme sabiduría de Dios.
La iglesia es la entidad sobre la tierra que Dios ha escogido para propagar y defender la fe (1 Timoteo 3:15). Se refiere a ella como columna y baluarte de la verdad. Aunque podemos agradecer a todas aquellas organizaciones para eclesiales que se han dedicado a diseminar el evangelio e instruir a los creyentes, la verdad es que ellas cometen el error de tomar el lugar de la iglesia local en las vidas de sus miembros. Dios prometió que las puertas del Hades no prevalecerían contra la iglesia (Mateo 16:18), pero no dio esta promesa a las organizaciones cristianas.
Pablo se refiere a la iglesia como la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo (Efesios 1:20-23). En gracia maravillosa, la Cabeza no se considera completa a sí misma sin Sus miembros.
La iglesia no es solamente el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:12-13); es también Su novia (Efesios 5:25-27, Efe 5:31-32). Como cuerpo, es el vehículo a través del que escoge representarse a Sí mismo al mundo en esta época. La novia es el objeto especial de Su afecto, y la está preparando para que comparta Su reino y gloria.
Por todo lo dicho, estamos obligados a concluir que la asamblea más débil y pequeña de creyentes significa más para Cristo que el imperio más grande de este mundo. él habla de la iglesia con términos de tierno cariño y dignidad única. También concluimos que un anciano en una asamblea local significa más para Dios que un presidente o un rey. No hallamos muchas instrucciones en el Nuevo Testamento acerca de cómo debe ser un buen gobernante, pero se dedica espacio considerable a la obra de un anciano.
Si alguna vez llegamos a ver a la iglesia como el Señor la ve, esto revolucionará nuestra vida y ministerio.

VIDA DE AMOR (Parte VII)


PERMANENCIA DEL AMOR (continuación)

1 CORINTIOS XIII 8-12

“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Cualquiera que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios, porque Dios es amor”.
Ahora sigue, en el versículo 12, la confirmación de lo que acaba de afirmarse. Recordad nuevamente el hilo del pasaje, el tema de los versículos 8-13 es la perma­nencia del amor. Empieza el pasaje con “El amor nunca fenece”, en el versículo 8. Termina con “Permanece el amor”, en el versículo 13, y entre estas dos aserciones se demuestra que los dones, o desaparecerán, o tomarán formas más elevadas. Esto es primeramente afirmado, luego explicado, después ilustrado y finalmente confir­mado. El tema de este versículo 12 es todavía el niño y el hombre; lo parcial y lo perfecto, el presente y el fu­turo; y el apóstol confirma lo que acaba de decir ha­ciendo el contrasté entre nuestra visión y conocimientos actuales y futuros.
Habla ante todo de nuestra visión presente y futu­ra. Ahora vemos por espejo, en un enigma[1], pero en­tonces veremos cara a cara. El contraste es entre el ver de una manera indistinta y ver claramente; viendo de una manera indistinta en el presente y claramente en el futuro.
Los espejos antiguos eran generalmente de metal pulido y reflejaban tan sólo de una manera confusa e imperfecta: y además, por una ilusión, lo que se veía en el espejo parecía estar detrás de él. De allí la expresión “vemos por espejo”. La expresión “en un enigma” (en el griego) u “obscuramente”, significa de una manera confusa y se refiere a nuestro conocimiento de las cosas mediatamente e inmediatamente. Es una cuestión intere­sante si el espejo tiene un significado subjetivo u obje­tivo, es decir, si se refiere a la torpeza de nuestra com­prensión, obscuridad en la revelación, o a ambos.
Seguramente, somos tardos en comprender la ver­dad revelada, ¿pero no es el medio de esa revelación tam­bién obscura? La revelación más clara de las cosas de Dios por medio de palabras es como un enigma compa­rado con la vista. Todo es relativo: las revelaciones he­chas a Moisés eran claras en comparación con las comu­nicaciones hechas a otros por medio de visiones y sueños. Pero los escritos de Moisés eran enigmas comparados con la revelación contenida en el Evangelio. Y el Evangelio mismo es obscuro comparado con el medio lúcido por el cual veremos en el más allá.
La revelación actual de Dios es relativamente obs­cura. Por ejemplo, la Creación. La creación no es el re­flejo perfecto de Dios. No podemos explicar sus muchos misterios, sus ciclones destructores, sus enfermedades mortíferas, sus erupciones volcánicas, sus terremotos fu­nestos.
La Historia no es el reflejo perfecto de Dios. Está llena de problemas que no podemos dilucidar, guerras horrorosas, el éxito de los inicuos y los padecimientos de los inocentes.
Luego las Escrituras no pueden reflejar a Dios per­fectamente por causa de la obscuridad relativa en la ma­nifestación de las cosas divinas y lo defectuoso de nues­tra aprehensión de la verdad. En comparación con lo que veremos, la Naturaleza aquí y ahora refleja imper­fectamente las glorias de Dios, la Historia refleja imper­fectamente su gracia. Ahora vemos tan sólo vislumbres y oímos solamente susurros de las grandes verdades de las cuales dependen nuestra vida más elevada y esperan­zas inmortales.
No vemos las cosas divinas mismas, sino tan sólo en símbolos y palabras, que no las expresan sino imper­fectamente. La naturaleza humana, al tratar los hechos divinos, solamente los puede expresar de una manera in­directa, metafórica, enigmática, bajo figuras humanas y como ilustradas por fenómenos visibles, pero algún día, dice el apóstol, veremos cara a cara. Ya no habrá tor­peza en nuestra comprensión ni obscuridad en la revela­ción, pero todo será claro. La visión misma será directa, el órgano de la visión será perfecto, la atmósfera no será nublada por el pecado y las condiciones de la vida allá asegurarán una comunión no interrumpida.
Para dar énfasis a esto, el apóstol pone en contraste nuestro conocimiento actual con el futuro: “Ahora co­nozco en parte, pero entonces conoceré cabalmente, co­mo también fui conocido”. Esto no es una repetición de la declaración precedente, sino que amplía la idea. En ambas afirmaciones “ahora” se refiere al tiempo presente y “entonces” a la eternidad. En nuestro estado actual, nuestro conocimiento es limitado en su alcance porque nuestras facultades son limitadas, nuestras oportunida­des son restringidas y nuestra vida es cercenada. Ade­más, no sabemos todo lo que es revelado y lo que sabe­mos se comprende imperfectamente.
Pero cuando venga lo que es perfecto, conoceremos perfectamente las cosas que aquí sólo las empezamos a comprender. Sin duda esferas del saber, eternamente nue­vas, se abrirán a nuestras mentes ávidas del conocimien­to. Dios será revelado a nuestra contemplación y a nues­tro entendimiento de una manera y en una medida que son imposibles aquí. El conocimiento es ahora fragmen­tario, sucesivo y por deducción, pero entonces será intui­tivo, central, distinto, completo. Ahora conocemos pro­gresivamente y por esfuerzo, entonces conoceremos ple­namente y comprenderemos cabalmente el significado de nuestra salvación.
Esta declaración amplia y profunda es destinada a exponer más claramente y de una manera sublime la vas­ta superioridad del amor sobre todo lo demás. Todas las características del régimen actual pasarán, pero el amor nunca fenece.


[1]  Véase versión Pablo Besson.


EL CRISTIANO VERDADERO (Parte VII)



Las compañías de una persona influyen en forma decisiva sobre el carácter de ésta. No sólo la vida intelectual y social, sino también la vida espiritual es ayudada o dañada por las amistades que una persona elige. Es importante pues, que todo cristiano busque como compañeros íntimos a amigos que sean espirituales, y que cultive deliberadamente la comunión cristiana.
En el libro de los Proverbios, que es el libro más práctico del Antiguo Testamento, encontramos muchas referencias a los amigos y compañeros. Veamos algunas de las afirmacio­nes: “El que anda con los sabios, sabio será; más el que se allega a los necios, será quebrantado” (13:20); “Mejor es el pobre que el mentiroso” (19: 22); “No te acompañes del iracundo, ni te acompañes con el hombre de enojos; porque no aprendas sus maneras y tomes lazo para tu alma” (22: 24, 25); “Diente quebrado y pie resbalador es la confianza en el prevaricador en tiempo de angustia” (25: 19).
No importa quiénes seamos ni cuan fuertes pueden ser nuestros caracteres y nuestras vidas cristianas, todos somos afectados por nuestras compañías. Y ya que somos seres so­ciales que necesitamos comunión y compañerismo sociales, debemos como cristianos escoger, apreciar y cultivar amis­tades que sean realmente cristianas.
Para que sean tus amigos más íntimos, busca algunos po­cos hermanos que tengan aproximadamente la misma edad tuya, y que se interesen en el estudio bíblico, en la oración y en ganar almas para Cristo. Por otra parte, evita toda am listad íntima con aquéllos que sabes te han de dañar moral y espiritualmente. No es necesario que un cristiano se aparte del todo de las personas no convertidas, pero debe cuidar de no tomar de entre ellas a sus amigos íntimos. Si encuentras que, a pesar de todos tus esfuerzos tu amistad con una persona te está haciendo mal, debes dejarla.
No vayas a pensar que la vida cristiana es solitaria, ca­mine en absoluto de todo buen compañerismo y de relacio­nes sociales. ¡De ninguna manera! Las más hermosas amis­tades del mundo se hallan entre los cristianos. Fueron la unión social y la armonía que existían entre los cristianos de los primeros siglos, que impresionaron a los gobernantes paga­nos e hicieron que el emperador romano Constantino adop­tara la fe cristiana y la proclamara como la religión oficial de su imperio. Los paganos en cuyo seno vivían estos cris­tianos, no podían entender el amor y la devoción que se pro­fesaban entre sí, y el puro compañerismo y comunión que existían entre ellos.
En Cristo desaparecen los prejuicios sociales y los odios de clases, y los hombres y las mujeres llegan a tener conciencia de que están unidos en él. En algunas tierras de misiones he visto trabajar, vivir y orar juntos como si fuesen hermanos de sangre, a miembros de tribus y razas que se odian entre «í, como perros y víboras. He visto a judíos amargados y ára­bes arrogantes en el norte de África, unidos en Cristo, dis­frutar de la santa comunión alrededor de la Mesa del Señor, y en la vida diaria. En mi propio país he conocido a personas que durante años se han odiado, pero que luego de con­vertidas han llegados a tener una amistad íntima.
La comunión cristiana hasta franquea las barreras del lenguaje humano. En cierta ocasión un creyente norteamericano en Londres se encontró con un creyente europeo, en uno de los parques de la ciudad. Ambos estaban lejos de sus hogares, en una ciudad extraña, y por ello se sentían bas­tante solos. Cuando se miraron, de alguna manera enten­dieron que los dos eran cristianos, y este entendimiento mu­tuo hizo que se acercaran entre sí. Uno de ellos, mirando al otro, exclamó: “¡Aleluya!” y el otro le respondió con un sonoro: “¡Amén!”. Con sólo estas dos palabras ambos se sintieron elevados y bendecidos por su contacto y su comu­nión. Hay una ligadura común que ata entre sí a los cora­zones cristianos, y un lenguaje común que va más allá de los vocabularios lingüísticos. T. J. Bach, el bien conocido mi­sionero y dirigente cristiano de actuación en los últimos cin­cuenta años, desdoblando el vocablo inglés fellowship, que significa comunión, lo dividía en sus dos elementos fellow (individuo) y ship (barco). Decía entonces que la comunión, es dos individuos en un mismo barco. Están en el mar, lejos de todo, y tienen que tener muchas cosas en común. Tienen que trabajar juntos, hacer frente a los temporales juntos, y también compartir sus provisiones. Una ruptura entre ellos sería algo trágico, y hasta desastroso. Satanás está muy acti­vo en nuestra época tratando de quebrar la comunión de los cristianos. Procura hacerlo, interrumpiendo la comunión en­tre iglesias, denominaciones y grupos, aún en aquellos casos en que estén unidos en la aceptación de las verdades cardi­nales de la fe cristiana. Trata de hacerlo dentro de las iglesias, entre los miembros. Procura hacerlo entre los diri­gentes cristianos, aún entre los grandes adalides de la iglesia. Trata de hacerlo entre obreros cristianos, en la familia cris­tiana, en el hogar. Busca interrumpir la comunión entre ami­gos cristianos. Siempre y en todas partes, está tratando de echar a perder la comunión entre creyentes.
La comunión interrumpida entre los hijos de Dios es una tragedia. Nuestro Salvador se entristece cuando ella se produce, pues él oró que sus seguidores “todos sean una co­sa; como tú Oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa; para que el mundo crea” (Juan 17: 21). El Espíritu Santo también se entristece, porque por él hemos sido bautizados en un cuerpo (1 Cor. 12: 13). En Efesios 4: 30-32 leemos: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual estáis sellados para el día de la reden­ción. Toda amargura, y enojo, e ira, y voces y maledicencia sea quitada de vosotros, y toda malicia: antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los irnos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo.” El cristiano mismo pierde el gozo del Señor cuando se quie­bra la comunión con los demás hijos de Dios. La oración es impedida. El testimonio es débil. Los no convertidos no saben qué pensar. Nuestros hijos se encuentran desconcerta­dos y a veces se apartan. Así los estragos de Satanás produ­cen víctimas tanto en la tierra como en el cielo.

martes, 5 de junio de 2018

Pensamiento


"Una cosa es tener doctrinas en la mente, y completamente otra es tener a Cristo en el corazón y a Cristo en la vida." C. H. Mackintosh en "Nuestro estándar y Nuestra Esperanza."

LA FE QUE HA SIDO UNA VEZ DADA A LOS SANTOS


JUDAS 3

Es muy importante, amados amigos, en toda nuestra senda, saber primero dónde estamos, y, luego, conocer el pensamiento de Dios para descubrir la senda que Dios ha trazado y que debemos seguir en medio de las circunstancias en que nos encontramos.
No sólo es cierto que Dios nos ha visitado en gracia, sino que también debemos tomar conciencia de los resultados presentes de esa gracia, a fin de guardar tenazmente los grandes principios bajo los cuales Dios nos ha colocado como cristianos; y, al mismo tiempo, debemos ser capaces de aplicar esos principios a las circunstancias en que nos hallamos. Esas circunstancias pueden variar dependiendo de nuestra situación, pero los principios nunca varían.
Su aplicación a la senda de fe puede variar, y, de hecho, lo hace. Voy a ilustrar lo que quiero decir. En el tiempo del rey Ezequías, se le dijo al pueblo: “En quietud y en confianza será vuestra fortaleza” (Isaías 30:15), y también se le dijo que el asirio no entraría en Jerusalén y ni siquiera levantaría contra ella baluarte. Debían permanecer perfectamente quietos y firmes; y el ejército de Asiria fue destruido. Pero cuando llegó cierto tiempo de juicio en los días de Jeremías, entonces aquel que saliese de la ciudad para ir a los caldeos —sus enemigos—, se salvaría.
Ellos eran todavía, al igual que antes, el pueblo de Dios, aunque, por el momento, en el tiempo de juicio, Él decía: “No sois pueblo mío” (Oseas 1:9-10), y eso marcó la diferencia. No se había alterado el pensamiento de Dios ni su relación con su pueblo: eso nunca sucederá. Sin embargo, la conducta del pueblo tenía que ser exactamente opuesta. Bajo el reinado de Ezequías, fueron protegidos; bajo Sedequías debían someterse al juicio.
Me refiero a estas circunstancias como testimonio, para demostrar que mientras la relación de Dios con Israel es inmutable en este mundo, sin embargo, la conducta del pueblo en un determinado tiempo tenía que ser la opuesta a la que venía presentando anteriormente.
Miremos el principio de los Hechos de los Apóstoles, y fijémonos en la Iglesia, la Asamblea de Dios en el mundo. Encontramos allí la plena manifestación de poder; todos eran de un corazón y un alma, y tenían todas las cosas en común; hasta el lugar donde estaban congregados tembló (Hechos 4:31-32). Pero si tomamos la iglesia ahora, incluyendo el sistema católico romano y todo lo que lleva el nombre de cristiano, si contemplamos todo eso y lo reconocemos, en seguida nos sometemos a todo lo malo.
Aun cuando los pensamientos de Dios no varíen, y él conozca a los suyos, no obstante, necesitamos discernimiento espiritual para ver dónde estamos y cuáles son los caminos de Dios en tales circunstancias, en tanto que nunca nos hemos de apartar de los grandes principios primordiales que él estableció en su Palabra para nosotros.
Hay otra cosa también que debemos tomar en cuenta como un hecho establecido en la Escritura, y es que dondequiera que Dios haya puesto al hombre, lo primero que el hombre ha hecho ha sido arruinar la posición original: siempre debemos tener en cuenta este hecho.
Miremos a Adán, a Noé, a Aarón, a Salomón y a Nabucodonosor. La paciente misericordia de Dios jamás sufre alteración, pero el camino uniforme del hombre, según leemos en las Escrituras, ha sido malograr y arruinar lo que Dios había establecido como bueno. Por consiguiente, no puede haber ninguna marcha con verdadero conocimiento de nuestra posición, si esto no se toma en cuenta. Pero Dios es fiel y continúa en su paciente amor. Por eso leemos en Isaías 6:10: “Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos…”, pero no se cumplió sino después de 800 años y, cuando Cristo vino, lo rechazaron.
Así seguía la paciencia de Dios; las almas individuales eran convertidas, había varios testimonios dados por los profetas, y un remanente todavía fue preservado. Pero si fuésemos a alegar por la fidelidad de Dios ―que es invariable― para justificar positivamente el mal que el hombre ha introducido, todo nuestro principio sería falso.
Eso es precisamente lo que hacían en los días de Jeremías cuando se acercaba el juicio, y lo que la cristiandad hace ahora. Decían: “Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este”, y “la ley no faltará al sacerdote, ni el consejo al sabio, ni la palabra al profeta” (Jeremías 7:4; 18:18), cuando todos estaban por ser llevados cautivos a Babilonia. La fidelidad de Dios fue invariable, pero tan pronto como la aplicaron en apoyo de una mala posición, vino a ser la misma causa de su ruina. Los mismos principios que constituyen la base de nuestra seguridad, pueden significar nuestra ruina si no tomamos conciencia de la posición en que nos encontramos.
Tenemos la palabra: “Mirad a la piedra de donde fuisteis cortados, y al hueco de la cantera de donde fuisteis arrancados. Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os dio a luz; porque cuando no era más que uno solo lo llamé, y lo bendije y lo multipliqué” (Isaías 51:1-2), un pasaje a menudo mal aplicado. Dios dice allí que Abraham estaba solo, y que Él lo llamó. El pueblo de Israel, a quien se dirigió esta palabra, consistía entonces tan sólo en un pequeño remanente. Pero Dios les quiso decir: «No os preocupéis por eso, yo llamé a Abraham estando solo.» No tenía importancia el hecho de que fuesen pequeños: Dios podía bendecirlos igualmente solos, tal como lo hizo con Abraham.
Ahora bien, en Ezequiel el pueblo dijo algo similar en circunstancias diferentes, lo cual es denunciado como iniquidad. Dijeron: “Abraham era uno, y poseyó la tierra; pues nosotros somos muchos” (Ezequiel 33:24). Decían que Dios había bendecido a Abraham y que, como ellos eran muchos, Él los tendría que bendecir aún más a ellos. En realidad, no entendieron la condición en la que se hallaban, y con la cual Dios trataba, por su falta de conciencia. Y de la misma manera hoy día, si no tomamos conciencia de nuestra condición —quiero decir, de la condición de toda la iglesia profesante en medio de la cual estamos—, estaremos completamente faltos de inteligencia espiritual.
Estamos en los últimos días, pero a veces pienso que algunos no estiman debidamente el pleno significado de ello. Creo que puedo mostrarles por medio de las Escrituras que la iglesia, como sistema responsable sobre la tierra, era, desde el mismo principio, aquello que había entrado en la condición de juicio, y su estado era tal que requería fe individual para juzgarlo.

¡UN PADRE QUE NUNCA MUERE!

Una pareja de edad muy avanzada se encontraba en una pobreza extrema. Sin embargo, a estos ancianos siempre se los veía felices. Nunca se les oía quejarse de su suerte. Un día, un amigo mío encontró al marido y, en el transcurso de la conversación que mantuvieron, le expresó:
— Ustedes deben de sentirse muy incómodos. No entiendo cómo hacen para vivir... y, sin embargo, siem­pre están contentos. La alegría que irradian es incluso contagiosa, porque algunos momentos pasados en su compañía bastan para poner de buen humor al hombre más triste.
—   Está usted equivocado —contestó el anciano. No nos sentimos tan incómodos como usted cree. Tene­mos un Padre muy rico y Él no permite que nos falte lo necesario.
—   ¡Cómo! ¿Su padre vive todavía? ¡Yo lo creía muerto desde hace mucho tiempo!
Entonces el anciano replicó, con rostro resplande­ciente:
—   Mi Padre nunca muere. Vive eternamente. Pro­vee a las más variadas necesidades de sus hijos. Nues­tras necesidades, por otra parte, son muy limitadas. Sin embargo, no puedo anticipar de dónde o cuándo llegará la provisión. No obstante, la respuesta siempre llega, porque mi Padre nunca muere.
Amigo lector, ¿conoce usted a Dios como a su Padre celestial? ¿Está reconciliado con él por la fe en Jesucristo? ¡Qué felicidad poder vivir con entera con­fianza en el Dios vivo! Aquel que posee la paz con Dios lo conoce como Padre suyo. Sabe que él ha prometido proveer a todas las necesidades de sus hijos. Y él es fiel a sus promesas.
He aquí lo que dice la Biblia, la Palabra de Dios, acerca de lo que acabamos de expresar: "Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis... Buscad primeramente el reino de Dios y su jus­ticia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal" (Mateo 6: 8, 33-34).
Creced, 1990

AUTORIDAD DE LA BIBLIA (Parte II)

(continuación)



¿Qué decir, entonces, cuando la ciencia pretende decretar fuera de su competencia, prejuzgar acerca de lo inmaterial, decidir respecto a si el universo es finito o infinito, o en cuanto a la existencia o no existencia de Dios? El ser, la eternidad, la vida, la muerte, el pro­blema de los orígenes como la angustiosa cuestión de los fines últimos, todos los grandes interrogantes subsis­ten. Esta esfera de lo incognoscible aparece más ce­rrada que nunca a la inteligencia humana.
Nuestro propósito no es, sin embargo, replantear el perpetuo debate de la ciencia y de la fe, por más necesario que sea recordar que es propio de la ciencia cuestionarlo todo sin sacar conclusiones definitivas, mientras que es propio de la fe concluir según las conclusiones de Dios, el único que lo conoce todo. El punto sobre el cual insistimos, porque es capital, es éste: la fe viene de la misma Palabra de Dios. Por ella, la fe comprende que la posición de la criatura fallida es reconocer su caída, y que sólo la gracia de Dios la esta­blece sin pecado en una nueva creación. He ahí la parte y la posición del cristiano. Ella está fundamentada en la obra de Cristo. Para él no se trata de hacer compren­der su fe —la que siempre será locura para la sabiduría humana— sino de vivir su fe, como está escrito en San­tiago 2:18: "Yo te mostraré mi fe por mis obras". Y las explicaciones racionales pierden toda fuerza para el que vive de la vida de Cristo. Decirse cristiano y negar a Cristo venido en carne, muerto y resucitado, y luego glorificado, es un contrasentido, porque el cristianismo está fundado sobre esos hechos, los más increíbles de todos: la encarnación, la muerte expiatoria y la resu­rrección, hechos de los cuales sólo la Biblia habla, y sólo ella puede hacerlo porque solo ella es la Palabra de Dios. Pero está llena de tales hechos. Tengan cuidado con la voz mentirosa: "¿Conque Dios os ha dicho?" (Génesis 3:1). Sepamos responder: "Escrito está" (Mateo 4: 4, 6, 7 y 10; Lucas 4: 4, 8 y 10).
3) Esto que acaba de ser recordado es suficiente para hacer considerar como una empresa peligrosa y vana la de lanzarnos a polémicas científicas para dar razón a la Biblia, y construir teorías para dar a los sin­gulares hechos bíblicos una explicación que Dios no ha estimado conveniente dárnosla. Así se trate de la for­mación y de la historia de la tierra (geología), de los fenómenos propios de los seres vivientes (biología), de la constitución íntima de la materia (ciencias físicas y químicas), todos son temas perfectamente legítimos en sí mismos, pero corrientemente utilizados contra Dios y la Palabra de su poder. Nos exponemos, oponiendo hipótesis que nos parecen plausibles a las teorías forja­das por los incrédulos —de las cuales muchas son seductoras para el espíritu humano— a ponernos en mala postura y finalmente desacreditar a la Biblia que queremos defender. La Palabra de Dios misma es su propia arma. Y debe ser, ella sola, la nuestra. ¿Vamos a poner una espada de cartón en la mano de un Gedeón que tiene "la espada de Jehová"? (véase Jueces 7: 20). Jesús, tentado por Satanás, no discute con él para demoler su argumento, sino que le responde simple­mente: "Escrito está".
Quisiéramos suplicar a nuestros hermanos que sopesen estas cosas. Nuestra fe, repitámoslo, no se ali­menta de teorías ni tampoco obra mediante teorías. Las nuestras, incluso relacionadas por algún punto en común con la Biblia, son tan vacilantes y pasajeras como las otras, las que pretenden suplantar a los mitos paganos y son tan decepcionantes como ellos. Una rechaza a la otra, después de haber traído a la luz, es cierto, algunas nociones nuevas, descubrimientos per­mitidos por Dios en la esfera de las cosas creadas, pero que no cambian en nada el estado moral del hombre y le da la ilusión de progreso. Las ideas que él se hace del mundo material descansan sobre cierta hipótesis que tarde o temprano deja el lugar a otra.
Nuestro siglo ha visto, en el campo fisicoquímico, por no hablar más que de éste (aunque domina otros muchos) una acumulación de descubrimientos que han barrido doctrinas tenidas por inatacables en el siglo precedente. El descubrimiento de la radiactividad ha abierto el camino para penetrar la estructura íntima de la materia, el complejo sistema de los núcleos atómicos, su desintegración que libera una energía hasta entonces ignorada. Han sido formuladas teorías prestigiosas, de las cuales la de la relatividad y la de los «cuantas» res­paldan una nueva física. Pero ellas ya van vacilando. Éstas harán lugar a otras, y así será mientras dure este mundo. Ellas lo habrán marcado con su paso, conjunta­mente con todas las aplicaciones prácticas de la electró­nica y la utilización de esta energía atómica (o nuclear) que a la vez maravilla y aterra a los hombres, sin darles, desgraciadamente, ningún otro objetivo más que la sa­tisfacción de los deseos de un corazón cada vez más ale­jado de Dios. "Seréis como Dios", dice aún el Mentiroso.
Cristianos, profundicemos nuestra fe, no por medio de la sabiduría humana, sino alimentándonos de la Palabra de Dios, "permaneciendo en mi palabra" dice Jesús (Juan 8:31), teniéndola siempre presente con su autoridad y su poder. Que los jóvenes creyentes desconfíen de una búsqueda de la verdad que desvíe, por poco que sea, de esta Palabra. Y que el inconverso a quien Dios busca sepa que irá de decepción en decep­ción, de obscuridad en obscuridad, si piensa lograr la fe de otro modo que no sea escuchando la Palabra de Dios.
Ella siempre será locura para la locura de la sabi­duría humana. Ella no tiene nada que hacer con esta sabiduría. Se opone con frecuencia la razón a la fe, pero, la fe da a la razón su empleo más espléndido. Cuando el Espíritu de Dios ilumina la razón y ella se deja iluminar, es puesta en contacto con el Dios vivo y verdadero. Creyentes, dejad a la Palabra actuar en vosotros (1 Tesalonicenses 2: 13), para que seáis "reno­vados en el espíritu de vuestra mente" (Efesios 4:23). Creerla, implica reconocer humildemente que ignora­mos muchas cosas y que, sobre todo, reconocemos que el hombre natural es incapaz, a causa del pecado, de conocer lo que únicamente importa: Dios revelado a los niños como Padre por medio de Jesucristo. Encon­trar a Dios, a solas con él... "Mas ahora mis ojos te ven" dijo Job (Job 42: 5); al conocer a Dios, toma él por propia iniciativa el lugar que conviene, el arrepenti­miento en el polvo y la ceniza. ¡Y fue entonces que para él brotó el manantial de bendiciones, para gloria de Dios!
En resumen, la Biblia no tiene necesidad
— ni de la garantía de hombres de prestigio en este mundo;
— ni de ser confirmada por su acuerdo con la ciencia de los hombres;
— ni de ser demostrada como verdadera por teorías cimentadas o no sobre ella.
Ella es "la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre" (1 Pedro 1: 23).