martes, 3 de julio de 2018

LA ORACIÓN DEL SEÑOR (Parte IV)



Como incidiendo sobre toda la cuestión acerca del uso de esta oración, invitamos al lector a prestar atención ahora a una Escritura en el evangelio de Juan. En la víspera misma de la partida del Señor. Él dijo a Sus discípulos, "Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza; más yo os veré otra vez, y se regocijará vuestro corazón, y ninguno os quitará vuestro gozo. Y en aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: Todo cuanto pidiereis al Padre en mí nombre, él os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo." (Juan 16: 22 al 24 - VM). Si la oración del Señor es examinada cuidadosamente, nada golpea la mente con tanta fuerza como la ausencia de toda mención del Nombre de Cristo. Por lo que atañe a las palabras, ellas no tienen relación alguna ni con el Nombre, ni con la obra de nuestro bendito Señor y Salvador. Y nuestro Señor dice expresamente en esta Escritura, que "hasta ahora" — y esto fue al final de Su estancia terrenal — Sus discípulos no habían pedido nada al Padre en Su Nombre. Teniendo en cuenta, entonces, que, en toda oración cristiana, el único terreno de acercamiento a Dios es en el Nombre de Cristo, se deduce, en primer lugar, que la oración del Señor no era en Su Nombre; y, en segundo lugar, ella no pudo ser dada, por tanto, para el uso de Su pueblo después de Su muerte y resurrección.
Otro hecho, de diferente índole, puede ser presentado como evidencia en apoyo de esta conclusión. En los Hechos y en las Epístolas tenemos el registro de varias oraciones, así como también las bendiciones especiales que los apóstoles desearon para los creyentes a los que ellos estaban escribiendo, y casi innumerables alusiones a la necesidad de orar, pero en ninguno de los casos hay allí el más mínimo rastro de la adopción de la oración que está bajo consideración, sea ello por individuos, o por los santos cuando se reunían. Esta omisión es ciertamente significativa, a la luz de la teoría de que el Señor presentó, en esta oración, una forma a ser empleada en la iglesia hasta el final de la época de la gracia.
Considerando todas estas cosas en su conjunto, no podemos sino concluir que esta teoría es un error, que además del hecho de que nuestro Señor no dictó una forma de oración para los cristianos, es evidente, por otra parte, que Él la presentó solamente a Sus discípulos para que ellos la usaran hasta Pentecostés. A partir de entonces, morando en ellos el Espíritu Santo, serían llevados al disfrute de todas las bendiciones aseguradas en Cristo mediante la redención, y con sus corazones engrandecidos por el poder de Su fuerza, orarían, en lo sucesivo, en el Nombre de Cristo y en el Espíritu Santo. (Véase Efesios 1: 15 al 23; Efesios 3: 14 al 21; Efesios 6:18; Judas 20, etc.). A partir de ese momento, sus deseos podían limitarse solamente a toda la gama de propósitos e intereses de Dios. Ni estos, ni siquiera sus necesidades personales (véase Filipenses 4:6) pudieron hallar una expresión plena y adecuada en esta forma de oración.
Es posible que sea necesario recordar al lector, que las observaciones efectuadas tienen referencia sólo al uso de esta oración, en su integridad, por los cristianos como una forma. Se admite libremente, no, más bien, se insiste sobre el hecho de que, aunque somos llevados a un lugar nuevo por medio de la muerte y resurrección de nuestro Señor y Salvador, y a la posesión y disfrute conocidos de más sublimes bendiciones, nosotros podemos volver atrás en el poder del Espíritu, y asumir y presentar delante de Dios, muchas de sus peticiones. Hagamos un repaso de ellas en una breve reseña.
Se ha explicado cabalmente que el cristiano — al menos uno que tiene inteligencia espiritual — no se podría dirigir ahora a Dios como "Padre nuestro que estás en los cielos.” Pero se trata del mismo Dios, y nosotros Le conocemos como 'nuestro Dios y Padre', porque es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. (Juan 20:17). Por tanto, cuando oramos, no decimos, 'nuestro Padre celestial', puesto que, en Su gracia, nosotros somos también un pueblo celestial, sino simplemente 'nuestro Dios y Padre', debido a que estos títulos nos expresan la doble relación a la que hemos sido llevados.
La primera petición es, "santificado sea tu nombre" — una petición que no podemos pronunciar jamás, si es que entendemos verdaderamente su solemne significado. "Nombre", en la Escritura, es siempre la expresión de lo que Dios es como revelado, y por eso, en relación con el Padre, es la verdad de lo que Dios es en esa relación. Entonces, si nosotros deseamos que Su nombre sea santificado, ello significa que debería ser santificado en nosotros, por nosotros, y por todos los que tienen el privilegio de invocar a Dios mediante este título precioso, y significa que debería haber, en nosotros, una respuesta sensible a Su santidad en esta relación. Nosotros hemos pronunciado, ciertamente, la petición, pensando poco acerca de lo que ella implicaba, e incluso mientras nosotros, como Sus hijos, ¡estábamos deshonrando Su nombre como nuestro Padre, mediante nuestras impías asociaciones e impíos modos de obrar! Presentar esta oración significa que deberíamos ser santos porque Él es santo, que Su nombre debería ser santificado en y por nosotros, en todo lo que somos y hacemos.

Escenas del Antiguo Testamento. (Parte XXII)

La pascua

Esta palabra pascua es bien conocida a todos nosotros, pero ¿cuántos sabemos su origen? Los israelitas, siendo esclavos en Egipto, debían salir libres para servir a Dios, pero debían ser redimidos con sangre.
La última de las diez plagas sobre Egipto ya venía en la forma de la muerte del hijo primogénito (el primer nacido en cada familia). Los israelitas no eran exentos del peligro, pero fueron enseñados por Dios a tomar cada familia un cordero sin mancha y guardarlo desde el día 10 hasta el día 14 del mes, sin duda para averiguar bien que el animal no tenía defecto. Tenían que beneficiarlo en la casa de familia, recogiendo la sangre en una vasija.
Debían aplicar la sangre con un manojo de hisopo a los dos lados y el dintel de la casa. (El hisopo es una matica muy común en aquellas tierras.) Una vez que la familia había entrado a su casa a través de la puerta identificada así con la sangre de esa víctima, debía asar la carne del cordero y comérsela antes de comenzar su viaje de salida de Egipto. Les era prohibido comerla crudo, o cocida con agua, sino sólo asada al fuego.

Dios había hecho saber a Moisés su propósito de mandar su ángel de la muerte para matar a todos los hijos primogénitos de Egipto, pero la sangre puesta sobre la puerta de los israelitas sería la señal para el ojo de Dios que los habitantes de aquella casa habían aceptado el cordero, la provisión divina, para morir en lugar del primogénito de la familia.
La aplicación de la sangre, según la palabra de Dios, permitía entrar y gozar de la fiesta que Él había ordenado. No había nada que temer; la provisión era de un todo suficiente. Dios había dicho: “Veré la sangre, y pasaré de vosotros”.
Sin duda hay un paralelo entre esta historia y la del creyente en Cristo en estos tiempos. Los condenados a muerte somos nosotros por causa de nuestros pecados. El cordero es nuestro Señor Jesucristo, cuya muerte ha sido necesaria para que su preciosa sangre intervenga entre nosotros y el santo juicio de Dios. La aplicación de la sangre a la puerta de cada casa por separado corresponde a la aceptación por fe de parte de cada individuo, de la sangre preciosa de Cristo a su necesidad personal.
No bastaba escoger el cordero, admirar sus cualidades y tan sólo atarlo a la puerta de la vivienda. Un cordero vivo no servía de protección, ni tampoco bastaba guardar la sangre en una vasija colocada a la entrada de la casa. Debían aplicar la sangre a los postes y el dintel de la puerta.
Pero hay muchos que tienen en gran estima a Jesús, hablan de sus cualidades morales y piensan que su misión a este mundo haya sido para enseñarnos por su ejemplo cómo debemos vivir. Estas personas no reconocen que la paga del pecado es la muerte, y que la única manera de escapar ese juicio es de abrazar la muerte de Cristo como a favor de ellos.
Hay otros que reconocen la importancia de esa muerte del Cordero de Dios, pero se imaginan que de hecho todos serán salvos, ya que Él murió por los pecadores. No ven que la sangre debe ser aplicada. Como en cada casa la sangre fue aplicada por el manojo de hisopo, así cada individuo de por sí debe poner su fe en Cristo.
Es tan cierto hoy como cuando Él lo dijo: “Es necesario nacer otra vez”. La carne, para ser comida de los israelitas, debía ser cocida al fuego. Nuestro Señor Jesucristo experimentó en la cruz el fuego de la ira divina para que el más humilde creyente en él no gustase nunca esa maldición.
Los israelitas tenían la palabra de Dios —el que jamás puede mentir— diciéndoles que no les llegaría el juicio que habría para cada casa sin sangre. La misma palabra nos asegura ahora que los que ponen su fe en la sangre de Cristo, y en ésa solamente, no vendrán a condenación, más habrán pasado de la muerte espiritual a la vida espiritual.
No creamos en nuestras obras, ni en cosa alguna que podamos hacer, sino tan sólo en la sangre derramada por Cristo en la cruz, el Hijo de Dios “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”, Colosenses 1.14.

SALVACIÓN Y RECOMPENSA (Parte IV)



2 Timoteo 4 es un capítulo mara­villoso, escrito por un viejo cansado en una celda romana para los condenados a muerte, donde esperaba ser llamado para el último acto de un martirio que ya había durado la mitad de una vida normal. Pro­bablemente fue escrito desde el calabozo de la cárcel “Mamertinum” en Roma. Tuvo algunos años de libertad después de su primer encarcelamiento, pero fue arrestado otra vez y sentenciado a muerte por el crimen terrible de predicar “a otro rey, Jesús”. Su vida había estado llena de penalidades increíbles por causa del evangelio, y ahora en la cárcel se acabó el día de libertad y avanzaba una noche de oscuridad y desánimo sin alivio.
Pero el viejo apóstol no parecía considerarlo. Fueron lo que fueron aquellos sufrimientos, él veía la gloria más allá. Y su carta final a su compañero de muchos viajes y conflictos termina con una nota de triunfo cual el mundo ha escuchado pocas veces.
“Yo ya estoy para ser sacrificado”, exclama, pensando en sí como una vícti­ma lista para ser colocada en el altar de sacrificio; “y el tiempo de mi partida está cercano”. La palabra para “partida” es literalmente: “éxodo”, la misma palabra que Pedro emplea en 2 Pedro 1:15 donde habla de su muerte. Para estos varones de Dios, la muerte no era un estado inconsciente, sino una salida del cuerpo para estar presente con el Señor.
Mirando atrás y considerando su lar­ga historia, Pablo puede decir sin afectación:
“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guar­dado la fe” (v. 7).
No solamente había peleado bien. Ciertamente lo había hecho, pero él dejará que sea el Señor quien dice esto. Lo que declara aquí es que la batalla en la cual había estado involucrado es una causa buena, en oposición al mal. El artículo definido hace resaltar esto más claramente.
Y ahora, ¿qué del futuro? Mirando adelante, ¡todo lo ve resplandeciente!

"Por lo demás, me está guarda­da la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (v. 8).
¿No es correcto decir que esta última expresión nos da el secreto de la devoción de pablo a la causa de la justicia? Él amaba apasionadamente la gloriosa manifestación del Señor Jesucristo; por lo tanto, podía considerar todo lo demás como basura, para ganar la aprobación de Cristo en el día de Su manifestación.
Todos los creyentes son “hechos justicia de Dios en él” [Cristo] (2 Co. 5:21). A todo aquel que ha depositado su confianza en Él, Cristo es Jehová Tsidkenu: “Jehová Nuestra Justicia”.
Pero la corona de justicia es la recompensa, a distinción del “don de justicia”. Adornará la cabeza de cada uno que ha manifestado justicia práctica en la vida y devoción a los intereses del Salva­dor en este mundo. Esto es cómo mostrar que verdaderamente amamos la venida de nuestro Señor Jesús.

“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3).

Nada conduce tanto a una vida de integridad ante Dios y justicia ante los hombres como el sentido constante en el alma de la cercana venida del Señor. El que verdaderamente espera del cielo al Hijo de Dios será hallado sirviendo diariamente al Dios vivo y verdadero.
Una cosa es profesar la doctrina premilenaria de la venida de Cristo. Pero es otra cosa ser realmente impulsado y controlado por este pensamiento. Aquel cuya vida es injusta, cuyo espíritu es mun­dano, cuyo punto de vista sobre la vida es carnal y egoísta, todavía no ha aprendido a amar Su venida. Tampoco los tales ob­tendrán corona de justicia en aquel día. Es solamente para aquellos que estiman el vituperio de Cristo mayores riquezas que los tesoros de este mundo, y vivan ahora en vista de entonces, porque como Moisés, tienen “puesta la mirada en el galardón” (He. 11:26).
¡Oh, en aquel día cuán pequeños e insignificantes parecerán las cosas por las cuales viven los del mundo! Que amemos verdaderamente Su venida tanto como para seguir ahora felizmente Sus pisadas.

“A Ti, oh Forastero, fuera del campamento,
Vamos sin temer peligros, fuera del campamento.
Tu vituperio nos es más tesoro que todo el placer de Egipto,
Atraídos por amor infinito, fuera del campamento”.


     Entonces, cuando el Señor venga, ¡qué gozo abundante nos dará recibir de Sus manos traspasadas una corona de justicia, la cual será evidencia eterna de Su aprobación y reconocimiento de una vida de justicia!

¿ARREBATAMIENTO PARCIAL?


¿ARREBATAMIENTO PARCIAL? (Hebreos 9:28)

Pregunta: ¿Cabe deducir del versículo 28 de Hebreos capítulo 9 que algunos santos no serán arrebatados cuando venga el Señor? La parábola de las diez vírgenes, ¿confirmaría aquel pensamiento?

Respuesta: La aparente dificultad de este ver­sículo sólo se origina si se le quiere dar un sentido peculiar, aislándolo del resto de las Escrituras, lo que resulta peligroso.
Notemos en primer lugar que, aun­que la expresión "para salvar a los que le esperan" o "aparecerá para la salvación de los que le esperan" (VM) pueda tener mayor alcance (y aplicarse, por ejemplo, a la apa­rición de Cristo al remanente judío que le esperará; o a la espera y anhelo de las criaturas, es decir, de la creación entera que está gimiendo (Romanos 8: 19-21), se aplica plenamente a la venida del Señor para arrebatar a la Iglesia.
 I. La Palabra de Dios nos enseña claramente que la espera del Señor para salvación es una posición y un privilegio de los creyentes, que no de­penden de ellos, pero que han de rea­lizar para poder gozarlos. Somos to­dos exhortados a seguir el ejemplo de los Tesalonicenses, los cuales se ha­bían convertido de los ídolos a Dios para "esperar de los cielos a su Hijo." (1ª. Tesalonicenses 1: 9-10)
 II. Que lo realicemos o no, los creyentes estamos esperando la veni­da de Cristo, conforme a la preciosa promesa que nos hizo: "si me fuere, y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo" (Juan 14:3). Cristo arrebatará a todos cuantos hemos creído en El: "los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire" (1ª. Tesalonicenses 4: 16-17).
         III. Hebreos 9 nos enseña que "ahora, una sola vez en la consumación de los siglos, (Cristo) se ha manifestado para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo." (Hebreos 9:26 – LBLA).
Aquel sublime sacrificio nos ha granjeado una salvación completa y eterna cuya plena realización no se llevará a cabo mientras estemos aún en la tierra, pero lo será cuando el Señor vuelva para arrebatar a los que somos Suyos. La expresión del versículo 28: "aparecerá… para salvar" se refiere a la salvación definitiva: la redención del cuerpo completando la del alma.
La salvación definitiva es asegurada a todos los creyentes, o sea a los "mu­chos" mencionados en el citado versículo 28, y cuyos pecados fueron agotados por Cristo.
Ahora bien: la plena redención sólo se realizará cuando se produzca el arrebatamiento de los santos, y va indisolublemente ligada a aquel precioso acontecimiento: "esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya." (Filipenses 3: 20, 21).
¿Cómo suponer, entonces, que la expresión "los que le esperan" de Hebreos 9:28 esta­blezca una diferenciación entre los creyentes, —salvados todos por la san­gre preciosa de Cristo—, de modo que unos serían arrebatados cuando acontezca la venida del Señor mientras que otros se quedarían atrás? Semejante pensamiento no haría más que reba­jar singularmente los resultados de la obra de la Cruz.
"Los que le esperan" es pues un término que indica una posición, un privilegio adquirido, pero no siempre realizado o entendido, y que —sin distinción alguna— es la porción de los "muchos", cuyos pecados Cristo tomó sobre sí (versículo 28).
Numerosos cristianos ignoraron, y siguen desconociendo todavía, la ver­dad del regreso del Señor para arre­batar a la Iglesia. (Notemos, de paso, que la Reforma, en el siglo 16, hizo énfasis sobre la justificación por la fe y afirmó la autoridad absoluta de la Biblia en materia de fe, pero desconoció prácticamente las verda­des del regreso de Cristo para los Suyos y de la acción del Espíritu Santo en el creyente y en la asamblea).
El hecho de que tan preciosa verdad sea des­conocida, o muy imperfectamente entendida por los cristianos, no cambia ni resta nada de su valor, y, con todo, participarán de su cumplimiento. Los Corintio serán carnales; sin embargo, el apóstol les escribe que están "espe­rando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo", contando con Dios, el cual es fiel para confirmarlos para que sean irreprensibles "en el día de nues­tro Señor Jesucristo." (1ª. Corintios 1: 7-9).
 En cuanto a la parábola de las diez vírgenes, no parece relacionarse con el asunto que nos ocupa. Es verdad que las vírgenes insensatas no entraron con el Esposo a las bodas, pero ellas no son una imagen o símil de los cre­yentes: no poseían la vida divina, no tenían aceite en sus vasos (figura del Espíritu Santo). Las vírgenes pruden­tes, o sea las verdaderas creyentes, entran todas con el Esposo: aun cuando vemos que se dejaron invadir por el sopor, figurando así el decli­nar de la Iglesia, la cual ha dejado su primer amor (Apocalipsis 2:4).
¡Bendito sea el Señor! ¡No faltará ningún redimido en el glorioso en­cuentro con Cristo! Amados herma­nos, ya hemos oído el clamor de me­dianoche: aprestémonos para ir al encuentro del Esposo. Si por Él vi­bran nuestros corazones y afectos, vi­viremos constantemente en la espera de Su regreso.
Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1954, No. 9.-

MEDITACIÓN


“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25).

La iglesia ocupa un lugar de suma importancia en la mente de Cristo, y debe ser extremadamente importante en nuestra estima también.
Sentimos su importancia por el espacio prominente que se le da en el Nuevo Testamento. También reclamó un lugar significativo en el ministerio de los apóstoles. Por ejemplo, Pablo hablaba de su doble ministerio: predicar el evangelio y dar a conocer la verdad de la iglesia (Efesios 3:8-9). Los apóstoles hablaban de la iglesia con un entusiasmo que extrañamente se ha perdido en nuestros días. Dondequiera que iban establecían iglesias, mientras que la tendencia en nuestros días es la de comenzar organizaciones cristianas.
La verdad de la iglesia formaba la piedra final de la revelación bíblica (Colosenses 1:25-26). ésta fue la última doctrina importante que se reveló.
La iglesia es una enseñanza objetiva para los seres angelicales (Efesios 3:10). Aprenden por medio de ella lecciones extraordinarias acerca de la multiforme sabiduría de Dios.
La iglesia es la entidad sobre la tierra que Dios ha escogido para propagar y defender la fe (1 Timoteo 3:15). Se refiere a ella como columna y baluarte de la verdad. Aunque podemos agradecer a todas aquellas organizaciones para eclesiales que se han dedicado a diseminar el evangelio e instruir a los creyentes, la verdad es que ellas cometen el error de tomar el lugar de la iglesia local en las vidas de sus miembros. Dios prometió que las puertas del Hades no prevalecerían contra la iglesia (Mateo 16:18), pero no dio esta promesa a las organizaciones cristianas.
Pablo se refiere a la iglesia como la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo (Efesios 1:20-23). En gracia maravillosa, la Cabeza no se considera completa a sí misma sin Sus miembros.
La iglesia no es solamente el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:12-13); es también Su novia (Efesios 5:25-27, Efe 5:31-32). Como cuerpo, es el vehículo a través del que escoge representarse a Sí mismo al mundo en esta época. La novia es el objeto especial de Su afecto, y la está preparando para que comparta Su reino y gloria.
Por todo lo dicho, estamos obligados a concluir que la asamblea más débil y pequeña de creyentes significa más para Cristo que el imperio más grande de este mundo. él habla de la iglesia con términos de tierno cariño y dignidad única. También concluimos que un anciano en una asamblea local significa más para Dios que un presidente o un rey. No hallamos muchas instrucciones en el Nuevo Testamento acerca de cómo debe ser un buen gobernante, pero se dedica espacio considerable a la obra de un anciano.
Si alguna vez llegamos a ver a la iglesia como el Señor la ve, esto revolucionará nuestra vida y ministerio.

VIDA DE AMOR (Parte VII)


PERMANENCIA DEL AMOR (continuación)

1 CORINTIOS XIII 8-12

“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Cualquiera que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios, porque Dios es amor”.
Ahora sigue, en el versículo 12, la confirmación de lo que acaba de afirmarse. Recordad nuevamente el hilo del pasaje, el tema de los versículos 8-13 es la perma­nencia del amor. Empieza el pasaje con “El amor nunca fenece”, en el versículo 8. Termina con “Permanece el amor”, en el versículo 13, y entre estas dos aserciones se demuestra que los dones, o desaparecerán, o tomarán formas más elevadas. Esto es primeramente afirmado, luego explicado, después ilustrado y finalmente confir­mado. El tema de este versículo 12 es todavía el niño y el hombre; lo parcial y lo perfecto, el presente y el fu­turo; y el apóstol confirma lo que acaba de decir ha­ciendo el contrasté entre nuestra visión y conocimientos actuales y futuros.
Habla ante todo de nuestra visión presente y futu­ra. Ahora vemos por espejo, en un enigma[1], pero en­tonces veremos cara a cara. El contraste es entre el ver de una manera indistinta y ver claramente; viendo de una manera indistinta en el presente y claramente en el futuro.
Los espejos antiguos eran generalmente de metal pulido y reflejaban tan sólo de una manera confusa e imperfecta: y además, por una ilusión, lo que se veía en el espejo parecía estar detrás de él. De allí la expresión “vemos por espejo”. La expresión “en un enigma” (en el griego) u “obscuramente”, significa de una manera confusa y se refiere a nuestro conocimiento de las cosas mediatamente e inmediatamente. Es una cuestión intere­sante si el espejo tiene un significado subjetivo u obje­tivo, es decir, si se refiere a la torpeza de nuestra com­prensión, obscuridad en la revelación, o a ambos.
Seguramente, somos tardos en comprender la ver­dad revelada, ¿pero no es el medio de esa revelación tam­bién obscura? La revelación más clara de las cosas de Dios por medio de palabras es como un enigma compa­rado con la vista. Todo es relativo: las revelaciones he­chas a Moisés eran claras en comparación con las comu­nicaciones hechas a otros por medio de visiones y sueños. Pero los escritos de Moisés eran enigmas comparados con la revelación contenida en el Evangelio. Y el Evangelio mismo es obscuro comparado con el medio lúcido por el cual veremos en el más allá.
La revelación actual de Dios es relativamente obs­cura. Por ejemplo, la Creación. La creación no es el re­flejo perfecto de Dios. No podemos explicar sus muchos misterios, sus ciclones destructores, sus enfermedades mortíferas, sus erupciones volcánicas, sus terremotos fu­nestos.
La Historia no es el reflejo perfecto de Dios. Está llena de problemas que no podemos dilucidar, guerras horrorosas, el éxito de los inicuos y los padecimientos de los inocentes.
Luego las Escrituras no pueden reflejar a Dios per­fectamente por causa de la obscuridad relativa en la ma­nifestación de las cosas divinas y lo defectuoso de nues­tra aprehensión de la verdad. En comparación con lo que veremos, la Naturaleza aquí y ahora refleja imper­fectamente las glorias de Dios, la Historia refleja imper­fectamente su gracia. Ahora vemos tan sólo vislumbres y oímos solamente susurros de las grandes verdades de las cuales dependen nuestra vida más elevada y esperan­zas inmortales.
No vemos las cosas divinas mismas, sino tan sólo en símbolos y palabras, que no las expresan sino imper­fectamente. La naturaleza humana, al tratar los hechos divinos, solamente los puede expresar de una manera in­directa, metafórica, enigmática, bajo figuras humanas y como ilustradas por fenómenos visibles, pero algún día, dice el apóstol, veremos cara a cara. Ya no habrá tor­peza en nuestra comprensión ni obscuridad en la revela­ción, pero todo será claro. La visión misma será directa, el órgano de la visión será perfecto, la atmósfera no será nublada por el pecado y las condiciones de la vida allá asegurarán una comunión no interrumpida.
Para dar énfasis a esto, el apóstol pone en contraste nuestro conocimiento actual con el futuro: “Ahora co­nozco en parte, pero entonces conoceré cabalmente, co­mo también fui conocido”. Esto no es una repetición de la declaración precedente, sino que amplía la idea. En ambas afirmaciones “ahora” se refiere al tiempo presente y “entonces” a la eternidad. En nuestro estado actual, nuestro conocimiento es limitado en su alcance porque nuestras facultades son limitadas, nuestras oportunida­des son restringidas y nuestra vida es cercenada. Ade­más, no sabemos todo lo que es revelado y lo que sabe­mos se comprende imperfectamente.
Pero cuando venga lo que es perfecto, conoceremos perfectamente las cosas que aquí sólo las empezamos a comprender. Sin duda esferas del saber, eternamente nue­vas, se abrirán a nuestras mentes ávidas del conocimien­to. Dios será revelado a nuestra contemplación y a nues­tro entendimiento de una manera y en una medida que son imposibles aquí. El conocimiento es ahora fragmen­tario, sucesivo y por deducción, pero entonces será intui­tivo, central, distinto, completo. Ahora conocemos pro­gresivamente y por esfuerzo, entonces conoceremos ple­namente y comprenderemos cabalmente el significado de nuestra salvación.
Esta declaración amplia y profunda es destinada a exponer más claramente y de una manera sublime la vas­ta superioridad del amor sobre todo lo demás. Todas las características del régimen actual pasarán, pero el amor nunca fenece.


[1]  Véase versión Pablo Besson.


EL CRISTIANO VERDADERO (Parte VII)



Las compañías de una persona influyen en forma decisiva sobre el carácter de ésta. No sólo la vida intelectual y social, sino también la vida espiritual es ayudada o dañada por las amistades que una persona elige. Es importante pues, que todo cristiano busque como compañeros íntimos a amigos que sean espirituales, y que cultive deliberadamente la comunión cristiana.
En el libro de los Proverbios, que es el libro más práctico del Antiguo Testamento, encontramos muchas referencias a los amigos y compañeros. Veamos algunas de las afirmacio­nes: “El que anda con los sabios, sabio será; más el que se allega a los necios, será quebrantado” (13:20); “Mejor es el pobre que el mentiroso” (19: 22); “No te acompañes del iracundo, ni te acompañes con el hombre de enojos; porque no aprendas sus maneras y tomes lazo para tu alma” (22: 24, 25); “Diente quebrado y pie resbalador es la confianza en el prevaricador en tiempo de angustia” (25: 19).
No importa quiénes seamos ni cuan fuertes pueden ser nuestros caracteres y nuestras vidas cristianas, todos somos afectados por nuestras compañías. Y ya que somos seres so­ciales que necesitamos comunión y compañerismo sociales, debemos como cristianos escoger, apreciar y cultivar amis­tades que sean realmente cristianas.
Para que sean tus amigos más íntimos, busca algunos po­cos hermanos que tengan aproximadamente la misma edad tuya, y que se interesen en el estudio bíblico, en la oración y en ganar almas para Cristo. Por otra parte, evita toda am listad íntima con aquéllos que sabes te han de dañar moral y espiritualmente. No es necesario que un cristiano se aparte del todo de las personas no convertidas, pero debe cuidar de no tomar de entre ellas a sus amigos íntimos. Si encuentras que, a pesar de todos tus esfuerzos tu amistad con una persona te está haciendo mal, debes dejarla.
No vayas a pensar que la vida cristiana es solitaria, ca­mine en absoluto de todo buen compañerismo y de relacio­nes sociales. ¡De ninguna manera! Las más hermosas amis­tades del mundo se hallan entre los cristianos. Fueron la unión social y la armonía que existían entre los cristianos de los primeros siglos, que impresionaron a los gobernantes paga­nos e hicieron que el emperador romano Constantino adop­tara la fe cristiana y la proclamara como la religión oficial de su imperio. Los paganos en cuyo seno vivían estos cris­tianos, no podían entender el amor y la devoción que se pro­fesaban entre sí, y el puro compañerismo y comunión que existían entre ellos.
En Cristo desaparecen los prejuicios sociales y los odios de clases, y los hombres y las mujeres llegan a tener conciencia de que están unidos en él. En algunas tierras de misiones he visto trabajar, vivir y orar juntos como si fuesen hermanos de sangre, a miembros de tribus y razas que se odian entre «í, como perros y víboras. He visto a judíos amargados y ára­bes arrogantes en el norte de África, unidos en Cristo, dis­frutar de la santa comunión alrededor de la Mesa del Señor, y en la vida diaria. En mi propio país he conocido a personas que durante años se han odiado, pero que luego de con­vertidas han llegados a tener una amistad íntima.
La comunión cristiana hasta franquea las barreras del lenguaje humano. En cierta ocasión un creyente norteamericano en Londres se encontró con un creyente europeo, en uno de los parques de la ciudad. Ambos estaban lejos de sus hogares, en una ciudad extraña, y por ello se sentían bas­tante solos. Cuando se miraron, de alguna manera enten­dieron que los dos eran cristianos, y este entendimiento mu­tuo hizo que se acercaran entre sí. Uno de ellos, mirando al otro, exclamó: “¡Aleluya!” y el otro le respondió con un sonoro: “¡Amén!”. Con sólo estas dos palabras ambos se sintieron elevados y bendecidos por su contacto y su comu­nión. Hay una ligadura común que ata entre sí a los cora­zones cristianos, y un lenguaje común que va más allá de los vocabularios lingüísticos. T. J. Bach, el bien conocido mi­sionero y dirigente cristiano de actuación en los últimos cin­cuenta años, desdoblando el vocablo inglés fellowship, que significa comunión, lo dividía en sus dos elementos fellow (individuo) y ship (barco). Decía entonces que la comunión, es dos individuos en un mismo barco. Están en el mar, lejos de todo, y tienen que tener muchas cosas en común. Tienen que trabajar juntos, hacer frente a los temporales juntos, y también compartir sus provisiones. Una ruptura entre ellos sería algo trágico, y hasta desastroso. Satanás está muy acti­vo en nuestra época tratando de quebrar la comunión de los cristianos. Procura hacerlo, interrumpiendo la comunión en­tre iglesias, denominaciones y grupos, aún en aquellos casos en que estén unidos en la aceptación de las verdades cardi­nales de la fe cristiana. Trata de hacerlo dentro de las iglesias, entre los miembros. Procura hacerlo entre los diri­gentes cristianos, aún entre los grandes adalides de la iglesia. Trata de hacerlo entre obreros cristianos, en la familia cris­tiana, en el hogar. Busca interrumpir la comunión entre ami­gos cristianos. Siempre y en todas partes, está tratando de echar a perder la comunión entre creyentes.
La comunión interrumpida entre los hijos de Dios es una tragedia. Nuestro Salvador se entristece cuando ella se produce, pues él oró que sus seguidores “todos sean una co­sa; como tú Oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa; para que el mundo crea” (Juan 17: 21). El Espíritu Santo también se entristece, porque por él hemos sido bautizados en un cuerpo (1 Cor. 12: 13). En Efesios 4: 30-32 leemos: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual estáis sellados para el día de la reden­ción. Toda amargura, y enojo, e ira, y voces y maledicencia sea quitada de vosotros, y toda malicia: antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los irnos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo.” El cristiano mismo pierde el gozo del Señor cuando se quie­bra la comunión con los demás hijos de Dios. La oración es impedida. El testimonio es débil. Los no convertidos no saben qué pensar. Nuestros hijos se encuentran desconcerta­dos y a veces se apartan. Así los estragos de Satanás produ­cen víctimas tanto en la tierra como en el cielo.