miércoles, 1 de agosto de 2018

VIDA DE AMOR (Parte VIII)


VICTORIA DEL AMOR


Recordemos nuevamente por un momento como el apóstol está tratando este gran tema. En los versículos 1-3 habla de la preeminencia y el valor del amor; en los versículos 4-7, de las prerrogativas y virtud del amor; y en los versículos 8-13 de la permanencia y victoria del amor.
Estamos considerando ahora la última de estas di­visiones: la permanencia y victoria del amor. A este res­pecto observamos nuevamente que se llega a un clímax en el versículo 8; se presenta un contraste en los versícu­los 8-12; una comparación es hecha en el versículo 13; y una norma es preceptuada en el capítulo XIV 1.
Consideremos ahora el versículo 13 en el cual se hace una comparación.
“Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; mas el mayor de ellos es el amor”.
El apóstol termina su cántico con la nota más alta. Ha dejado el acorde más espléndido para lo último.
Tres cosas pasan, dice; la profecía, las lenguas y el conocimiento; y tres cosas permanecen: la fe, la espe­ranza y el amor.
En el párrafo anterior la grandeza suprema del amor ha sido demostrada por vía de contraste (v. v. 8-12), pero aquí se demuestra por vía de comparación, no con los dones, sino con las virtudes compañeras del amor: la fe y la esperanza. Consideremos, pues, tres cosas: la ex­celencia, la permanencia y la grandeza de las tres virtudes.
La excelencia de las tres virtudes, la fe, la esperan­za y el amor. Debemos recordar cómo están asociadas éstas en los escritos del apóstol. En Romanos 5 versículos 1-5 leemos, “Justificados pues por la fe, nos gloriamos en la esperanza, porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones”. En Col. I 4,5, “Habiendo oído vuestra fe en Cristo Jesús, y el amor que tenéis a todos los santos, a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos”. En 1 Te. I 3, “Sin cesar acordándonos delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, y del trabajo de amor y de la tolerancia de la espe­ranza del Señor nuestro Jesucristo”. En 1 Tes. 5 versículo 8, “Vestidos de cota de fe y de amor, y la esperanza de salud por yelmo”.
El amor no es magnificado si disminuimos la gran­deza de la fe y la esperanza. Considerad por un momen­to la grandeza de la fe. La fe es la confianza, por causa de la evidencia, que conduce a la acción y que es humana y divina. La fe humana es una posesión universal que entra en todas nuestras relaciones con nuestros semejan­tes. Es la cualidad sobre la cual reposa todo el edificio de nuestra estructura social, comercial y gubernamental. Sin ella la vida civilizada sería imposible. La fe divina es una dependencia absoluta de Dios y una feliz confianza en El, y es poseída solamente por cristianos. Es tan sólo por la fe que se puede llegar a ser un hijo de Dios; “A todos los que le recibieron dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. La reli­gión misma depende de la fe, pues “es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es el galardonador de los que le buscan”. En el Antiguo Testamen­to tenemos el hecho de la fe ilustrado y en el Nuevo Testamento la doctrina de la fe expuesta.
Ahora pensad un momento en la grandeza de la es­peranza. La esperanza es una perspectiva del bien futuro, que abrigamos con gozo y firmeza. ¡Qué cualidad im­portante es la esperanza humana! Imaginaos un mundo de seres sin expectativas, sin miras al porvenir, sin espe­ranzas. Si bien toda esperanza terrenal es acompañada de incertidumbre y experimenta desilusiones, no obstante, continuamos esperando, y si la esperanza nos faltara la lámpara de la vida se apagaría. Una cualidad mucho más grande es la esperanza divina. La esperanza huma­na, en el mejor de los casos, es limitada a este mundo y sus cosas, pero la esperanza divina alcanza mucho más allá de las circunstancias temporales y ve horizontes más brillantes que el sol. Sin semejante esperanza el Cristia­nismo sería imposible, porque en esperanza fuimos sal­vos y si lo que no vemos esperamos, por paciencia espe­ramos. La esperanza cristiana no es un obscuro “quizás” sino una brillante seguridad. No es una vaga suposición, sino una alegre certeza.
¿Y qué puede decirse de la grandeza del amor? Esa es la substancia de todo el capítulo, en el cual se demues­tra que todos los dones, sin amor, no son nada, que el amor aun sin los dones es suficiente, y mientras que los dones son transitorios el amor permanece. Lo menos que se puede decir del amor es que es una de las tres cosas más grandes del mundo.
Cuán grande, pues, son estas tres cosas y cuán vi­talmente relacionadas. La fe es el tema preeminente de Pablo; la esperanza es el tema preeminente de Pedro; y el amor es el tema preeminente de Juan. La fe posee el pasado; la esperanza reivindica el futuro; el amor go­bierna el presente. La fe ve al Cristo que ha venido; la esperanza ve al Cristo que vendrá; el amor ve al Cristo siempre permaneciente.
Aunque separados en la representación, la fe, la es­peranza y el amor son en realidad compañeros insepara­bles, estrechamente unidos, no tan sólo a cada cristiano, sino también entre sí. ¿Qué, en realidad, es la fe sin la esperanza y el amor? Una convicción gozosa del intelec­to, pero sin un poder vital en el corazón ni fruto ma­duro en la vida. Sin la esperanza, la fe nunca vería el cielo, pero aun si pudiese entrar en él, el cielo carecería de su mayor ventura. ¿Y qué es la esperanza sin fe y amor? Cuando mucho un sueño fútil, del cual pronto tendremos el triste despertar, una fragante flor en el jar­dín, que se marchita antes de producir fruto. ¿Y qué es el amor sin la esperanza y la fe? El surgir de un senti­miento natural, quizás, pero de ninguna manera un prin­cipio espiritual de la vida. Si el amor no cree, tiene que morir; si no espera en la misma medida que ama, es en­tonces una fuente de sufrimiento sin par. De manera que, cualquiera de estas tres hermanas que quisiéramos separar de las otras, al hacerlo suscribiríamos su sentencia de muerte. Aun si dos de ellas permanecen unidas, el ful­gor de su hermosura es menguado cuando la tercera haya desaparecido.
Ahora pensemos en segundo lugar de la permanen­cia de las tres virtudes. Esto es indicado por dos palabras, “Ahora permanecen”, siendo ambas de suma importan­cia. Aquí tenemos una declaración, una ilación y una re­velación.
Aquí tenemos una declaración: “Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor”. Todas las tres permane­cen. Toda una escuela de comentaristas, empezando con Crisóstomo, ha interpretado la palabra “ahora” en este pasaje, como refiriéndose al tiempo, como en el ver­sículo 12, pero indudablemente la palabra no es emplea­da en un sentido temporal, sino lógico. Es el equivalente de “así que”. No se usa en contraste con el “entonces” del versículo 12, sino que indica una conclusión del asun­to. Los corintios habían pensado que los dones eran lo permanente, pero Pablo les demuestra que éstos pasarán, y luego dice, en conclusión, “en realidad esto es lo que permanece y de ninguna manera lo que vosotros supo­néis”. Es curioso que este significado ha sido tan gene­ralmente pasado por alto por lectores del pasaje; tanto doctos como indoctos han dejado de notarlo. Con fre­cuencia notaréis que se presume en himnos — y la poesía sagrada no es siempre teología — y otra literatura reli­giosa, que la fe y la esperanza, en lugar de estar asocia­das al amor en esta cualidad de permanencia, como Pa­blo declara que son, están puestos en contraste con él, siendo que ellos son transitorios, mientras que el amor es eterno. Eso a veces resulta buena rima, pero es mala teología. Tal lenguaje es lo bastante plausible para ser generalmente aceptado, pero está en desacuerdo con las convicciones expuestas aquí. El pasaje que estamos con­siderando no es de significado dudoso. Ningún intér­prete competente podría dudar de que el propósito de Pablo es decir que la fe, la esperanza y el amor todos permanecen, y que al decir “permanecen” quiere indicar que no tienen el carácter mudable y transitorio que co­rresponden a las otras cosas de que ha estado hablando. Es cierto que está afirmando la gloria suprema del amor; es más grande, dice, que la fe y la esperanza, pero estas dos gracias hermanas comparten con ella la descripción singular que todas permanecen. El punto principal que debe notarse, pues, en esta declaración, es la permanen­cia que atribuye a estas gracias de las cuales habla. Re­presenta a la fe, la esperanza y el amor, estas tres, como siendo todas igualmente permanecientes. Por lo tanto “ahora” en nuestro pasaje, no significa “ahora” en tiem­po, pues entonces estas tres en nada diferirían de los dones. “Y ahora permanecen— a esta palabra debe dársele toda su fuerza. Es igual al “nunca fenece” del versículo 8a, y está en contraste con el “acabarán” del 8b. Lo que se dice del amor, pues, se dice también de la fe y la esperanza.
Cuando Pablo toma tres palabras y las junta con un verbo en singular[1], no ha hecho un error de plu­ma ni cometido una falta gramatical que un niño po­dría corregir, pero aquella aparente irregularidad grama­tical contiene una gran verdad, porque la fe, la esperan­za y el amor para los cuales no tiene sino un verbo en singular, se declaran por ello ser en su profundidad y esencia una sola cosa, y ello, la triple estrella, continúa brillando. Los tres colores primarios son uno en el rayo blanco de luz. No corrijáis la gramática y perdáis la ver­dad, más discernid lo que significa cuando dice “Ahora permanece la fe, la esperanza y el amor”, pues esto es lo que quiere decir: que las dos últimas provienen de la primera, y que sin ella no existen, y que ella sin las otras es muerta. La fe, la esperanza y el amor constituyen una trinidad en unidad; por lo tanto, son coextensivas unas con otras.
¿Pero es cierto que la fe y la esperanza permane­cen? ¿No será reemplazada la fe por la vista y la espe­ranza por la fruición? Las Escrituras no lo afirman en ningún lugar, y es seguro que no será así, si la continui­dad de la vida es una verdad. De manera que, después de esta declaración y encerrada en ella se halla una ila­ción (nexo); precisamente porque la fe y la esperanza, a la par del amor, son condiciones vitales de nuestras relaciones con Dios, deben existir mientras duren esas relaciones. La fe y la esperanza no son meros complementos de la vida humana, pero son condiciones fundamentales de nues­tra existencia personal, y por lo tanto deben permane­cer mientras existan Dios y el alma. Justamente porque continuaremos siendo eternamente finitos dependientes del infinito, la fe y la esperanza junto con el amor, que son condiciones de nuestra vida espiritual, deben perma­necer. Y en esta declaración e ilación se halla una reve­lación, una revelación de al menos dos cosas de gran sig­nificado e importancia. La primera de estas es que la vida futura será progresiva. Como por la fe y la espe­ranza adquirimos lo que es divino, y como nunca po­drá llegar el tiempo cuando no tengamos ya necesidad de adquirirlo, nunca podremos pasar sin la fe y la es­peranza. La fe continuará eternamente poseyendo a Dios más plenamente y la esperanza nunca cesará de ver nue­vas perspectivas de gloria. Debemos tener cuidado de no confundir lo eterno con lo final. Alcanzar lo final signi­ficaría no llegar a la eternidad. En el cielo habrá perfec­ción, pero habrá diferencia de desarrollo, así como una estrella es diferente de otra en gloria. Cada uno tendrá toda la bienaventuranza que podrá recibir, pero habrá diferencia en las capacidades y en cada caso habrá pro­greso de un plano a otro. “En la casa de mi Padre mu­chas moradas hay”, es decir, lugares de descanso, una figura que se refiere a aquellas estaciones sobre las gran­des carreteras, donde los viajeros podían obtener des­canso y alimento antes de continuar su viaje. La pala­bra contiene la idea tanto de progreso como de reposo, pero éstos, en el cielo como en la tierra, dependen de la fe y la esperanza.
Digamos nuevamente que no es más una idea bí­blica que la esperanza se pierde en la fruición (gozo), que lo es que la fe se pierda en la vista, sino más bien que el pro­greso futuro nos presenta, a éstas como las comunica­ciones continuas de un Dios inagotable a las capacida­des progresivas de nuestros espíritus. En esa comunica­ción continua hay progreso continuo; doquier haya pro­greso tiene que haber esperanza, y así la bella visión que tan a menudo ha flotado ilusiva ante nuestra vista, y nos ha conducido a pantanos y lugares cenagosos, es­fumándose luego, moverá ante nosotros por la larga ave­nida del progreso interminable, y una y otra vez volverá a decirnos de glorias invisibles que nos esperan más allá, para invitarnos a penetrar más en las profundidades del cielo y la plenitud de Dios, la esperanza permanece. Ca­da nueva adquisición de Dios hará posible una adquisi­ción más amplia, cada nuevo pináculo de gloria que escalamos revelará pináculos aún más gloriosos más allá, y el medio eterno de nuestro progreso allá, como aquí, será la fe, la esperanza y el amor. Tan solo éstas, de las cosas presentes, permanecen para siempre, porque son los elementos esenciales del carácter cristiano.


[1] Parece que, en el original griego, como también en las traducciones inglesas, el verbo está en singular — “permanece”.


ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (Parte XXIII)

Los enemigos vencidos

¡Cuán preciosa es la libertad! Los que han estado detenidos o en la esclavitud lo sabrán. Los largos días de angustia y humillación han pasado y el individuo respira de nuevo como hombre libre.
Cuando los egipcios vieron muertos a sus hijos mayores, vinieron rogando a los israelitas que abandonaron el país y les dieron prendas de oro y plata en pago de tanto trabajo duro que habían prestado. Así fue como una nación de esclavos pudo ser emancipado en un solo día.
Se formaron en compañías según sus tribus y salieron como un gran ejército de cerca de tres millones de personas. Delante iba una misteriosa señal en la forma de una columna de nube que les guiaba de día y de noche.
Pronto llegaron al Mar Rojo y no pudieron pasar. Faraón, arrepentido de haberles dejado ir, venía atrás con sus ejércitos y a cada lado les impedía un pendiente cerro. A los israelitas se les fue toda esperanza. Se angustiaron, pero Dios abrió un paso por el mar. Durante una noche oscura las aguas se iban alejando y dejaron un camino abierto para pasar los israelitas. A la palabra de Dios el pueblo avanzó, y los egipcios siguieron. Pero cuando los redimidos de Dios se encontraron todos salvos al otro lado, las terribles olas del mar volvieron y cubrieron a los egipcios. No escapó ni uno.
 

En la redención de Israel por la sangre del cordero y su salida de Egipto por el Mar Rojo, se figura la redención del pecador de nuestros tiempos por la sangre de Cristo y su regeneración por el Espíritu Santo. Cuando la persona cree en Cristo para su salvación, experimenta un poder en su alma. Es el poder del Espíritu Santo que libra de la esclavitud del pecado. ¿Lo has experimentado? ¿O está aún bajo aquel terrible dominio?
Los israelitas cantaron el canto de los redimidos, el cual será la canción de los cielos. ¿La has entonado? Si no la cantas en esta vida, no podrás en la eternidad. Los israelitas podían decir que el Cordero de Dios (Cristo) había muerto por cada uno de ellos y por eso eran salvos, pero tú corres el peligro de hundirte para siempre en las olas del Lago de Fuego de la ira de Dios.
En amor Dios te ha provisto una redención a precio infinito, por la muerte de su Hijo en la cruz, pero resta de parte tuya refugiar tu alma bajo esa sangre, confiando sólo en su virtud.

EL CRISTIANO VERDADERO (Parte VIII)



Es necesario cultivar la comunión cristiana, y es necesario también vigilarla. Cristiano lector, cultiva en forma bien definida, la amistad con otros creyentes. Asiste con regula­ridad a alguna iglesia fiel, a fin de que puedas cultivar la co­munión con tus hermanos. Si cambias constantemente de iglesia, ha de resultar difícil establecer esta clase de comunión. Invita a otros cristianos a tu hogar para un mayor compa­ñerismo social. Organiza picnics y otras sanas excursiones con familias cristianas. Pídeles que oren por ti y por tus problemas; y tú, ora por los problemas de ellos, y diles que lo estás haciendo. Ora en compañía de ellos en sencillas reu­niones familiares de oración.
Un método excelente es el de conseguir un “compañero de oración”. Busca a alguien que tenga más o menos tu edad, y luego comparte con él las cosas acerca de las cuales sientes necesidad de orar. Trata de juntarte con él una vez por semana a una hora fija, para orar acerca de todos estos pro­blemas. Naturalmente al cultivar la comunión con otros creyentes debe entenderse que además del aspecto espiritual, debe existir también el aspecto social. No es necesario que siempre estén orando o hablando de cosas espirituales. El lado puramente humano de tu naturaleza también tiene que ser alimentado por medio de tu comunión con otros creyentes. La comunión cristiana debe ser variada y universal. Debe comprender el comer juntos, jugar juntos, ayudarse mutua­mente en las cosas materiales, viajar en compañía, o simple­mente hacer visitas y conversar.
Recuerda que la responsabilidad de cultivar esta comunión es tanto tuya como de la otra persona. “El hombre que tiene amigos, ha de mostrarse amigo” (Prov. 18: 24). Y una vez que tengas amigos, atesora y cuida esa amistad. No seas egoísta ni malhumorado. Pasa por alto las faltas pequeñas. Todos las tenemos. No divulgues las confidencias del amigo. No dejes salir por tus labios todo lo que han escuchado tus oídos, Sigue el consejo del hombre más sabio de la tierra en este asunto de la comunión: “En todo tiempo ama el amigo” (Prov. 17: 17). “El que cubre la prevaricación busca amis­tad; mas el que reitera la palabra, aparta al amigo” (Prov. 17:9). “Las palabras del chismoso... llegan hasta lo más hondo de las entrañas” (Prov. 18: 8). “El hermano ofendido es más tenaz que una ciudad fuerte” (Prov. 18: 19). “El que anda en chismes, descubre el secreto; mas el de espíritu fiel encubre la cosa” (Prov. 11: 13).
Salomón también advertía sobre el peligro de abusar de la amistad: “Detén tu pie de la casa de tu vecino, porque harto de ti no te aborrezca” (Prov. 25: 17). Esta advertencia es especialmente sabia cuando se trata de creyentes con hijos. Si cualquier cosa ocurre que hace que se ponga tirante tu amistad con algunos de tus amigos cristianos, dirígete a ellos inmediatamente, y con franqueza procura que se disipen los malos entendidos. Si has estado mal, confiésalo. Sobre todo, olvida completamente el asunto, y deja que la comunión con­tinúe. Los amigos cristianos son demasiado valiosos como para que podamos perderlos, y son muy difíciles de reempla­zar. En realidad, son indispensables para el andar espiritual.
Si para llegar a ser discípulo de Jesucristo fue necesario que dejaras a algunos, o tal vez a la mayoría de tus viejos amigos, no te preocupes por ello, pues tendrás mejores ami­gos en Cristo que los que tuviste jamás en el mundo. Esa por cierto fue mi experiencia. Y Cristo lo ha prometido (Ma­teo 19: 29). Encontrarás que tus amigos cristianos son tus amigos verdaderos, con algunas excepciones, desde luego, pues siempre existen los hipócritas además de los verdaderos hombres y mujeres de Dios.
Yo he tenido amigos cristianos que me han acompañado en horas difíciles, cuando los amigos mundanos han huido y se han olvidado de mí. El mundano es, después de todo, un ser egoísta. El cristiano tiene en su corazón el amor de Dios y la compasión de Cristo. Un hombre egocéntrico sólo piensa en sí mismo, pero un hombre Cristo céntrico piensa en los demás. En realidad, aquellas personas que se interponen entre ti y Dios, y te apartan del Señor Jesucristo, no son verdaderos amigos. Son tus peores enemigos. Un hombre que impide que otro sirva a Dios, no es un amigo, sino un enemigo.
De manera que, si quieres amigos verdaderos, que han de ayudarte en todo sentido, búscalos entre los cristianos. Si deseas tener éxito y crecimiento en la vida cristiana, busca la comunión de otros cristianos. Si quieres que tu vida brille y hable de Cristo, cultiva un verdadero compañerismo cristiano. Si andas solo, puedes caer. Pero si andas en compañía de otros santos, siempre tendrás quien te apoye y te dé fuerzas.'
Hace algunos años yo me sentía sumamente desalentado un sábado a la noche. Me encontré con un cristiano del cual era amigo bastante íntimo, y pasamos unas horas conversando, visitando y orando. Yo no le dije una palabra acerca de mi desaliento. Cuando nos separamos, casi a media noche, me sentía tan contento en mi espíritu, que casi tenía ganas de salir a buscar más desalientos. Una quincena más tarde nos volvimos a encontrar, y lo primero que me dijo mi amigo fue lo siguiente: “Cuando estuvimos juntos esa noche, yo había estado tan desanimado que hasta tenía deseos de abandonarlo todo. Pero luego de que pasamos juntos esas horas mi fe y mi ánimo fueron renovados. Yo quería contárselo.” Aquí tenemos un ejemplo perfecto de lo que es el valor de la comunión cristiana. Dos cristianos desalentados pasan unas horas de comunión en compañía, y como resultado ambos fueron elevados por encima de sus preocupaciones y des- aliento. Cultiva algunos fieles e íntimos amigos cristianos. Luego, cuando estés desanimado o en dificultades, busca su comunión.
La comunión cristiana es una de las cosas más dulces, más sanas y más elevadoras que existen a este lado del cielo.

martes, 3 de julio de 2018

PENSAMIENTO


La vida cristiana no consiste en la observancia de ciertas reglas, mandamientos y tradiciones humanas. Es una realidad divina. Es tener a Cristo en el corazón y a Cristo reproducido en la vida diaria por el poder del Espíritu Santo. Es el nuevo hombre, formado sobre el modelo de Cristo mismo, y apareciéndose en los más minuciosos de talles de nuestra vida, en la familia, en los negocios, en todas nuestras relaciones con nuestros semejantes; en nuestro genio, espíritu, estilo, conducta, en todo. No es asunto de mera profesión, o de dogma, o de opinión o de sentimientos; es una realidad viva e inconfundible. Es el reino de Dios establecido en el corazón, ejerciendo su bendita dominación sobre todo el ser moral y derramando su genial influencia sobre toda la esfera en la que somos llamados a movernos días tras día. Es el cristiano que sigue las benditas pisadas de Aquél que pasó haciendo bienes, haciendo todo lo posible para satisfacer toda forma de necesidad humana; viviendo no por si mismo sino para los otros, deleitándose en servir y dar; listo para calmar y simpatizar con cualquier espíritu quebrantado o corazón desolado.
C.H Mackintosh, Deuteronomio (1), pág.,265, 266

LA PARABOLA DEL MAYORDOMO INFIEL

(Lucas 16:1-15)

En presencia de los fariseos, que eran avaros, el Señor Jesucristo "dijo también a sus discípu­los: Había un hombre rico que tenía un mayor­domo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo".
Al dar esta parábola sobre la mayordomía, el Señor se dirigía especialmente a sus propios discípulos. Pero al decir "también", indica que no dejaba fuera a los escribas y fariseos, ni a la multitud que escuchaba. El versículo 14 infor­ma que los fariseos oyeron todas estas cosas y se burlaban de Él y de su aplicación de la parábola.
La parábola sigue: "Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me qui­ta la mayordomía. Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reci­ban en sus casas. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Él dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: Y tú, ¿Cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. El le dijo: Toma tu cuenta y escribe ochenta. Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz".

LA APLICACION QUE EL SEÑOR HIZO.
Habiendo dado esta parábola, el Señor Jesús la aplicó a sus discípulos: "Yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las mora­das eternas. El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto» Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro? Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas".

LA VERDAD ESPIRITUAL DE LA PARABOLA.
MAYORDOMOS - Un mayordomo es uno a quien su amo confía sus bienes y le tiene co­mo responsable de su uso provechoso. Anterior­mente el Señor usó la figura del mayordomo en Lucas 12:42. Allí buscaba un mayordomo "fiel y prudente" al cual poner "sobre su casa, para que a tiempo les dé su ración".
El apóstol Pablo escribió: "Téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administra­dores (mayordomos) de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel" (1 Corintios 4:1-2). Y el apóstol Pedro exhortó: "Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios" (1 Pedro 4:10).
Los creyentes en Cristo somos mayordomos (administradores) responsables ante Dios de dos maneras distintas. Somos administradores de las cosas espirituales, como dicen las Escrituras mencionadas, y mayordomos de las posesiones materiales, como las riquezas que se conside­ran en la parábola que tenemos delante. Prestemos atención a que este mayordomo es acusado de disipar los bienes de su amo, y cuidémonos de que no suceda así con nosotros.
Se requiere que seamos fieles en el uso de aquello que el Señor ha confiado bajo nuestra responsabilidad, tanto espiritual como material. Ante el tribunal de Cristo seremos llamados a cuentas en cuanto a nuestra mayordomía.
"Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo... de manera que cada uno de noso­tros dará a Dios cuenta de sí" (Romanos 14:10-12). El cristiano debe considerar que su tiempo, su dinero, sus capacidades, su propiedad —son todos bienes de su amo. Y su deber es servir a su amo con aquello que le ha sido confiado.

LA APLICACION A LOS JUDIOS - Aun­que esta parábola puede aplicarse a todos en general, el mayordomo disipador de los bienes de su amo representa a los judíos que poseían muchos privilegios especiales como pueblo escogido de Dios (véase Romanos 3:1-2; 9:4-5). Pero en lugar de usar fielmente estas ventajas y favores, abusaron de ellos y deshonraron a Dios, Habían disipado los bienes de su amo, y ahora en el rechazo de su Mesías estaban a punto de ser desplazados de su mayordomía.

EL MAYORDOMO INJUSTO - Este mayordomo es llamado "el mayordomo infiel". No se le recomienda por su manera injusta de rebajar las deudas debidas a su amo. Sino que su amo le alabó por cuanto había obrado sagaz­mente (v. 8). Noten también que no fue el Señor Jesús quien alabó al mayordomo. Fue su amo terrenal que alabó su prudente proceder con las cosas del presente en vista del futuro.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS
Al aplicar la parábola a sus discípulos, el Señor Jesús dio una enseñanza práctica. Después de decir, "los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz", Jesús agregó: "Yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas" (vs. 8,9). El Señor notó que los hijos de este siglo son más prudentes con respecto a sus contemporáneos que los hijos de luz. Los inconversos estudian para sacar el mejor prove­cho terrenal y negocian más sabiamente que los hijos de Dios en asuntos materiales. El presente debe sacrificarse en vista del futuro.

NUESTRAS AMISTADES - El Señor enseñó que, si Dios nos confía riquezas terrenales, debe­mos hacernos amigos mediante el uso correcto de tales riquezas en este tiempo. Debemos invertirlas en la obra del Señor, empleando nuestro dinero en proyectos para la salvación de las almas. Entonces, cuando el dinero y la riqueza faltan en la muerte, o en el colapso del sistema monetario del mundo (Santiago 5:1-3 y Apocalipsis 6:12-17), seremos recibi­dos en las moradas eternas. Allí veremos a amigos eternos que han resultado del sabio uso de nuestra riqueza terrenal invertida en la causa de Cristo en vista de la eternidad.
El Salvador llamó "riquezas injustas" a todo aquello que el hombre codicia —el dinero, la propiedad y las cosas materiales— usando la palabra aramea, "mamón", la cual originalmen­te fue el nombre del dios cananeo de las rique­zas, y fue llevada a la lengua de Israel como sinónimo de las riquezas o el tesoro.

FIDELIDAD — El Señor enfatizó la necesidad de ser fieles en nuestra mayordomía en las cosas chicas, así como en el uso de la riqueza material. También habló de ser fieles en lo ajeno. Cuatro veces el Señor usó la palabra "fiel" en los versículos 10-12.
Noten que Él requiere fidelidad en lo ajeno. Las posesiones presentes no son realmente nuestras. Pertenecen al Señor quien nos las ha confiado para usarlas para su gloria. Dios ha declarado que "mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados... mío es el mundo y su plenitud" (Salmos 50:10-12). También está escrito que "mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos" (Hageo 2:8). Por lo tanto, somos responsables de considerar nuestras posesiones como propie­dad del Señor y ser tan liberales con ellas en los intereses del Señor como el mayordomo infiel con los bienes de su amo. De este modo pode­mos asegurar el futuro, haciéndonos tesoros en el cielo (Mateo 6:20).

FIEL EN LO POCO - Las cosas chicas con frecuencia prueban la realidad y manifiestan el verdadero carácter de una persona. Si no somos fieles en asuntos de poco valor monetario, no hemos de ser confiables en cosas más grandes. Si no somos juiciosos y leales en el uso de "las riquezas injustas", las verdaderas riquezas espirituales no nos serán confiadas. Tal es el sentido de los versículos 11 y 12.
Las riquezas materiales son lo de menos im­portancia en comparación con las verdaderas riquezas espirituales y eternas. Estas son las cosas más grandes. Si un discípulo no es fiel como mayordomo sobre aquello que es de me­nor importancia y que pertenece a otro, proba­blemente no le serán confiadas las cosas más grandes —las riquezas verdaderas y espirituales. Mayordomía infiel en las cosas materiales con frecuencia se halla junto con la pobreza espiri­tual. "Lo que es vuestro" (v. 12) se refiere a las bendiciones eternas que son nuestras por medio de la fe en Cristo.

NO SE PUEDE SERVIR A DOS SEÑORES -
¡Qué ciertas son estas palabras del Señor! "No podéis servir a Dios y a las riquezas" son sus palabras finales en cuanto al tema de mayordomía. Lector, ¿qué de lo tuyo? ¿Quién es tu señor? ¿Sirves a Dios, reconociendo que le perteneces y que todo lo que tienes le pertenece también?
Sendas de Vida, 1986


LA FE QUE HA SIDO UNA VEZ DADA A LOS SANTOS (Parte II)

JUDAS 3


La opinión prevaleciente, que es común entre miles de personas, es la de escapar a la idea de la presente confusión para echar mano de esta especie de recurso: que la iglesia enseña y juzga y hace esto y aquello; pero, contrariamente a eso, es Dios quien juzga a la iglesia. Él muestra paciencia y gracia, y llama almas hacia sí tal como lo hizo en Israel. Pero lo que debemos mirar de frente es el hecho de que la iglesia no ha escapado de los efectos de ese principio propio de la pobre naturaleza humana, a saber, que lo primero que hace es apartarse de Dios, y arruinar todo lo que Él ha establecido.
Cuando hablamos de los últimos tiempos, no se trata de algo nuevo, sino de algo que tenemos en las Escrituras, de algo que Dios, en su soberana bondad, nos ha revelado antes del cierre del canon de las Escrituras. Él permitió que el mal surgiese para poder darnos el juicio de las Escrituras sobre él.
         Si consideramos la epístola de Judas —y ahora tomo sólo algunos de los principios que la Iglesia de Dios necesita—, dice: “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). La fe ya estaba en peligro, y ellos se veían obligados a contender por aquello que se les estaba escapando de las manos, por así decirlo, “porque algunos hombres han entrado encubiertamente”, etc. de modo que ahora debéis considerar el juicio. Dios salvó a su pueblo de Egipto, y más tarde tuvo que destruir a aquellos que no creyeron. Algo similar ocurrió con los ángeles también.
Luego también Enoc profetizó de aquellos de quienes habla Judas, de los impíos sobre los cuales el Señor ejecutará juicio cuando venga otra vez. Éstos ya estaban allí, y el comienzo del mal en los días de los apóstoles, era suficiente para que Dios nos revelara Sus pensamientos en su Palabra. La base del juicio para cuando el Señor vuelva ya estaba presente. Leemos en la primera epístola de Juan: “Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo” (1 Juan 2:18). De modo que no se trata de algo nuevo que se ha desarrollado, sino de algo que empezó en los primeros tiempos, tan precisamente como ocurrió en Israel cuando hicieron el becerro al principio de su historia, y sin embargo Dios los soportó por siglos, pero el estado del pueblo era juzgado por un hombre espiritual. Dice Juan: “Conocemos que es el último tiempo.” Supongo que la iglesia de Dios difícilmente haya mejorado desde entonces. En el v. 20 agrega: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas”, es decir, tenéis lo que os capacitará para juzgar en tales circunstancias.
Veamos de nuevo el estado práctico de la iglesia tal como lo ve el apóstol Pablo en Filipenses 2:20-21: “Pues a ninguno tengo del mismo ánimo, y que tan sinceramente se interese por vosotros. Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús.” Eso sucedía en sus días. ¡Qué testimonio! No quiere decir que ellos habían desistido de ser cristianos.
El apóstol le dice a Timoteo: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta” (2 Timoteo 4:16). ¡Ninguno se quedó con él! Pedro nos dice que “es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1 Pedro 4:17). Cito estos pasajes como la autoridad de la Palabra de Dios que nos muestra que ya entonces, desde el mismo principio, algo estaba sucediendo públicamente, que el Espíritu de Dios podía discernir, y de lo cual podía dar testimonio como la causa del juicio final, pero que ya era manifiesto en la iglesia de Dios.
Hay otra cosa que demuestra positivamente este principio, lo cual es la causa de la acción, bajo las circunstancias reveladas en las siete iglesias de Asia: Apocalipsis 2 y 3. No dudo de que se trata de la historia de la iglesia de Dios, pero el punto principal es éste: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” Las iglesias no podían guiar, ni tener autoridad, ni nada de esa naturaleza, pero todo aquel que tenía oído para oír la Palabra de Dios, debía juzgar el estado de ellas. Éste, evidentemente, es un principio importante, y algo muy solemne. Cristo habla a las iglesias, no como Cabeza del cuerpo —aunque lo es para siempre—, sino que ellas son contempladas como responsables aquí en la tierra. No es que el Padre envía mensajes a la iglesia tal como lo hace a través de las diversas epístolas, sino que se trata de Cristo caminando en medio de ellas para juzgarlas. Él, pues, está aquí, no como Cabeza del cuerpo, ni como el Siervo. Está vestido “de una ropa que llegaba hasta los pies” (Apocalipsis 1:13); si se tratara de servicio, uno la recoge si quisiera servir; pero no es el caso aquí. Él anda en medio de ellos para juzgar su estado. Es algo nuevo.
Se trata de una cuestión de responsabilidad; en consecuencia, hallamos unas asambleas aprobadas y otras desaprobadas. Su condición está sujeta al juicio de Cristo, y ellas son aquí llamadas para oír lo que Él tiene que decir. No es precisamente la bendición de Dios lo que tenemos en relación con estas iglesias, aunque ellas tenían muchas bendiciones, sino la condición de las iglesias una vez que estas bendiciones habían sido puestas en sus manos. ¿Qué uso habían hecho de ellas?
Consideremos a los tesalonicenses en su frescura: la obra de fe, el trabajo de amor y su perseverancia en la esperanza eran manifiestos. Pero en la primera epístola a las iglesias, esto es, en la epístola dirigida a Éfeso, leemos: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia” (Apocalipsis 2:2). ¿Dónde estaban la fe y el amor? Faltaba la fuente. El Señor tenía que decir: “Quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido” (v. 5). Ellos habían sido colocados en un lugar de responsabilidad, y el Señor los trata conforme a eso. Lo primero que dice es: “Has dejado tu primer amor” (v. 4), por lo que, ya era “tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1 Pedro 4:17).
Estas palabras de Pedro se refieren a Ezequiel cuando dice: “Comenzaréis por mi santuario” (Ezequiel 9:6), la casa de Dios en Jerusalén, porque es allí donde Dios busca primero la justicia, en su propia casa. Siento que esto es algo tremendamente solemne, algo que debe inclinar nuestros corazones delante de Dios. La iglesia ha faltado en ser la epístola de Cristo (2 Corintios 3:3), y como tal fue puesta en el mundo, pero ¿vemos acaso que responda a ese propósito ahora? ¿Puede un pagano, “si lo vemos de esa manera” ver algo de ello? Puede que haya individuos que anden en santidad; pero ¿dónde encontramos fe como la de Elías, el que, si bien no conocía a ninguno que fuese fiel en Israel, Dios, sin embargo, conocía a siete mil? Era un hombre bendecido, pero aun su fe faltó, y Dios le pregunta: “¿Qué haces aquí Elías?” Esto no ha de desanimarnos tampoco, pues Cristo nos es suficiente. Nada iguala la fidelidad plenamente perfecta de la propia gracia de Dios, y nuestros corazones debieran inclinarse enteramente al contemplarla.
Tampoco es cuestión de atacar o de culpar, porque todos somos responsables en cierto sentido; pero nuestros corazones deben tomar en cuenta aquello tan hermoso que fue establecido por el poder del Espíritu de Dios, y preguntarse: ¿en qué quedó todo? ¡Esto hace que nuestras almas echen mano de esa fuerza que nunca falta!
Cuando volvieron los espías a Israel, la fe de diez cedió. Caleb y Josué dijeron: “Ni temáis al pueblo de esta tierra, porque nosotros los comeremos como pan.” Lo mismo es para nosotros frente a las dificultades y a la oposición presente. Somos llamados a ver dónde estamos, y cuál es la senda y el lugar en donde debemos andar: se nos llama a tomar conciencia del estado en el que se halla todo lo que nos circunda. Pero si bien la iglesia ha fracasado, la cabeza no puede fallar jamás. Cristo es más que suficiente para nosotros hoy para el estado de cosas en que nos hallamos, tanto como al principio cuando estableció la iglesia en hermosura y santidad. Posiblemente tengamos que mirar su Palabra para discernir Su pensamiento, pero no debemos cerrar nuestros ojos ante la realidad del estado de cosas en que nos encontramos.

EL CAMINO HACIA LA GLORIA

EL HOMBRE


A la imagen de Dios
Nos diferenciamos de todas las demás criaturas vivientes que nos rodean en la tierra en que estamos, de forma más o menos consciente, bajo la acción de Dios. Éste es el carácter distintivo del hombre. El Dios creador de todas las cosas lo ha hecho a su imagen. No se limitó a darle la existencia por medio de su palabra todopoderosa, sino que lo formó y sopló en él “aliento de vida”. De él hizo un ser privilegiado que mantenía relación con él, y le dio señorío sobre todas las otras criaturas.
La chispa de vida fue puesta en nosotros por el soplo de Dios de manera que no se puede apagar. “Y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). Si bien nuestro cuerpo debe volver al polvo, nuestra alma, la parte inmaterial de nuestro ser, es indestructible. Lo que nos pone por encima del mundo animal no es solamente nuestra inteligencia y nuestro lenguaje, sino también ese sentimiento de una supervivencia más allá de la muerte y la aspiración hacia la deidad que se encuentran en todos los pueblos.
Dios, quien tenía eternos pensamientos de gracia hacia el hombre, desde siempre quiso revelarse a él, y lo hizo de múltiples y diversas maneras: conversó directamente con él en los primeros tiempos de la humanidad; le dio en las cosas creadas un testimonio constante que le permitiera discernir, por medio de la inteligencia, Su potestad eterna y Su divinidad; por último, hizo consignar por escrito, mediante santos hombres conducidos por el Espíritu Santo, sus declaraciones sucesivas; y ahora la compilación completa de esas comunicaciones, que constituye la Santa Biblia, es la fuente segura de la cual podemos beber para conocer el pensamiento de Dios. La Biblia entera, y la Biblia únicamente, tiene para nosotros la autoridad indiscutible de la PALABRA DE DIOS. Tan sólo a ella tenemos que recurrir para ser enseñados sobre nuestras relaciones con Dios.

La caída, la muerte, el juicio
La criatura sólo puede estar en una relación de dependencia respecto a su creador. La Biblia nos dice que al primer hombre Dios sólo le prohibió una cosa.
Puesto en Edén, un jardín de delicias, Adán disponía libremente de todo, salvo del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, del cual no debía comer bajo pena de muerte. Pero, cedió a las sugerencias de Satanás, infringió la prohibición, y así introdujo el pecado en el mundo (Génesis 3).
Esta desobediencia era un desprecio por la palabra de Dios, un desafío a su autoridad. Dios no pudo menos que poner en ejecución su justa sentencia. Con el pecado, la muerte - que es su salario- entraba en el mundo, y después de Adán pasó a todos sus descendientes, “por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). En todo hombre hay una profunda tendencia a obrar contrariamente a la voluntad de Dios; eso es «el pecado», oculta fuente de todos «los pecados»: hechos, palabras, sentimientos que infringen la voluntad divina.
El hombre debe dar cuenta a Dios de toda su conducta (Romanos 14:12). La nueva facultad, adquirida por la desobediencia, ha hecho de él un ser responsable que sabe discernir el bien y el mal, pero incapaz de practicar el bien y de abstenerse del mal. Su propia naturaleza, heredada de Adán, a la que la Biblia llama “la carne”, no puede someterse a la ley de Dios (Romanos 8:7).
No obstante, la muerte, a la cual el hombre es sometido justamente, debido a su condición de pecador, no es el definitivo arreglo de cuentas. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”, declara solemnemente la Palabra de Dios (Hebreos 9:27).
Morir en sus pecados (Juan 8:24), comparecer en juicio ante Dios, cargado de sus pecados, ¡qué terrible perspectiva! Es lo que da a la muerte su carácter tan temible y la hace el “rey de los espantos” (Job 18:14). El hombre, sobrecogido de terror, trata de persuadirse de que no hay Dios, de que después de la muerte no hay más que la nada; y Satanás, siempre engañador, hace que la pobre criatura se aferre a sus pensamientos de incredulidad.
Pero las negaciones del hombre no disminuyen en nada la verdad de Dios. Y la Biblia describe de antemano la escena de ese juicio: “Vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Ésta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:11-15).
¿Se encamina usted hacia ese terrible desenlace, querido lector? ¿No hay ningún medio para escapar de él? ¿No es cuestión de un libro de vida? ¿Quién puede tener su nombre escrito en ese registro de salvación? Seguramente sólo aquellos que por ningún pecado tienen que responder. Pero la Biblia declara inexorablemente: “No hay justo, ni aun uno”; “no hay diferencia, por cuanto todos pecaron” (Romanos 3:10, 22-23).
      Y el testimonio de nuestra conciencia viene a hacer eco a las declaraciones divinas. Sin embargo, tratamos de minimizar nuestras faltas, de encontrarles excusas, de establecer un paralelo a nuestro favor con otros más culpables que nosotros. Es en vano, ya que no tenemos que habérnosla con un juicio humano, sino con la justicia absoluta de Dios. Estamos infinitamente lejos de poder responder a ella; estamos, pues, perdidos, sin recurso en nosotros mismos; no merecemos más que una eternidad de infortunio lejos de Dios.