domingo, 6 de enero de 2019

¿Quiénes son los 144,000 mencionados en el libro del Apocalipsis 7:4?

Pregunta: ¿Quiénes son los 144,000 mencionados en el libro del Apocalipsis 7:4?

Respuesta: Los versículos 4 al 9 del Apocalipsis 7 nos dan una clara respuesta: se trata del remanente fiel de las 12 tribus de Israel, el cual, tras el arrebatamiento de la Asamblea (1 Tesalonicenses 4:13 y siguientes), será señalado por Dios para que no sea alcanzado por Sus juicios. Compárese con Éxodo 8: 21-23; Éxodo 9: 4-7, 26; Éxodo 10: 21-23; Éxodo 11: 4-7; etc.
          Los grupos u organizaciones más o menos "cristianos" [los testigos de Jehová, Nota de Editor] que pre­tenden ser ellos aquellos 144.000, además de pecar de orgullo espi­ritual, cometen por lo menos dos faltas:
1.a — Olvidan que se trata de israelitas según la carne, y
2.a — olvidan que aquella escena pertenece todavía al futuro.

H. L. H.

MEDITACIÓN


“Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5).

Algunas veces las palabras del vocabulario cristiano tienen un significado diferente al que tienen en el uso normal. “Esperanza” es una de estas palabras.
En lo que se refiere al mundo, la esperanza a menudo significa aguardar con ansia algo que no se ve, pero sin certeza alguna de que se cumpla. Un hombre en medio de un grave problema financiero puede decir: “Espero que todo salga bien”, pero no tiene seguridad de que ocurra así. Su esperanza no pasa de ser una ilusión. La esperanza cristiana también aguarda con ansia algo invisible, como en Rom 8:24 Pablo nos recuerda: “La esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?” Toda esperanza trata con la esfera del futuro.
Pero lo que hace que la esperanza cristiana sea diferente es que está basada en la promesa de la Palabra de Dios y por lo tanto es absolutamente cierta. “La cual tenemos como segura y firme ancla del alma” (Heb 6:19). La esperanza es “fe que descansa en la Palabra de Dios y vive en la seguridad presente de lo que Dios ha prometido o predicho” (Woodring). “Notemos que utilizo la palabra esperanza para dar a entender ‘certeza’. La esperanza en la Escritura se refiere a los eventos futuros que sucederán pase lo que pase. La esperanza no es una ilusión engañosa para mantener a flote nuestros ánimos y evitar que avancemos ciegamente a un destino inevitable. Es la base de toda la vida cristiana. Representa la realidad esencial” (John White).
Ya que la esperanza del creyente está basada en la promesa de Dios, nunca nos avergonzará o desilusionará (Rom 5:5). “La esperanza sin las promesas de Dios es vacía y es inútil y a menudo hasta presuntuosa. Pero cuando se basa en las promesas de Dios, descansa sobre Su carácter y no puede llevar a la desilusión” (Woodring).
Se dice de la esperanza cristiana que es una “buena esperanza”. “Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia” (2Te 2:16).
También se le llama “esperanza bienaventurada”, refiriéndose particularmente a la venida de Cristo: “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tit 2:13).
El apóstol Pedro la llama “esperanza viva”. “Según su grande misericordia, nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1Pe 1:3).
La esperanza del cristiano le capacita para soportar las esperas aparentemente interminables, la tribulación, la persecución y hasta el martirio. No debemos olvidar que estas experiencias son solamente alfilerazos comparadas con la gloria venidera.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (28)

El sacerdocio




En el libro del Levítico el sacerdote ocupa un puesto de notable importancia entre el pueblo de Israel. Aarón era el sumo sacerdote, y sus hijos eran los sacerdotes comunes del pueblo. Hablando generalmente, Aarón es figura de nuestro Señor Jesús, y sus hijos representan a los que en este tiempo de gracia han creído de corazón en Cristo.
Con todo, hay algunos contrastes importantes entre Aarón y Cristo. Aarón, cuando hacía alguna ofrenda de expiación por el pueblo, también tenía que ofrecer una por sí mismo. Esto porque era pecador. Cristo era sin pecado. No había necesidad de hacer ofrenda por sí mismo.
Aarón pudo hacer uso de los animales limpios para sus ofrendas a Dios por el mismo y por el pueblo, pero Cristo se ofreció a sí mismo, como está escrito: “Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias” (Hebreos 9.14).
El Señor Jesús es a la vez sacerdote y sacrificio, y su obra ha sido tal que no necesita ser repetida. El sacrificio del Calvario basta para la salvación de todo aquel que en esta vida cree en él. No de los que solamente creen la historia de Cristo, sino de los que confían de corazón en él y en su sacrificio en la cruz por sus pecados.
En la consagración de Aarón y sus hijos al sacerdocio, Moisés, el representante de Dios, debía bañarlo de cabeza a pies antes de vestirlos de las túnicas sagradas. Una vez hecho, no había necesidad de repetir esta ceremonia. Esto corresponde a lo hecho por el Espíritu de Dios en la conversión de cada hombre o mujer que viene a entrar en el camino al cielo. Por naturaleza todos somos inmundos de cabeza a pies, llenos de pecado, y la Palabra de Dios nos hace reconocerlo, compungidos de conciencia y arrepentidos. Pero no nos deja allí. Nos revela el medio de ser lavados: “La sangre de Jesucristo … limpia de todo pecado”, l Juan 1.7.
El vestido viejo de Aarón y de sus hijos fue echado a un lado para no ser usado más, y Moisés se vistió uno nítido y nuevo. Así el verdadero cristiano es uno que ha rechazado toda la justicia humana —es decir, su esperanza de salvarse por buenas obras, rezos, etcétera— y aparece delante de Dios tan sólo en la divina justicia que le ha sido otorgada en la redención por Cristo. Cuando el Salvador se ofreció por nosotros, todos nuestros pecados fueron puestos sobre él, para que por esa sustitución la divina justicia de Cristo fuese puesta sobre nosotros.
Además de lo explicado ya, el sacerdote debía ser ungido con el santo aceite de la unción. Cristo fue ungido del Espíritu divino. También lo ha sido todo hombre o mujer que ha creído en Cristo. Las pruebas de ello abunden en Hechos de los Apóstoles, en las Epístolas apostólicas, y en otras partes de las Sagradas Escrituras:               “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él”, Romanos 8.9.
       Todo esto debía tener lugar antes de entrar ningún hijo de Aarón a servicio alguno en la casa de Dios. Pero, cumplida, una parte importante de su consagración fue el acto de llenar las manos. En estos tiempos nuestros, ninguno que no sea purificado de sus pecados puede servir al Señor, ni hacer cosa alguna que le agrade, más una vez salvo por la gracia de Dios, es el deber suyo servirle de todo corazón.

EL CRISTIANO VERDADERO (13)



En el capítulo 5 de 2a. Corintios, comenzando con el versículo 15, leemos: “Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, más para aquel que murió y re­sucitó por ellos... y todo esto es de Dios, el cual nos recon­cilió a sí por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconcilia­ción. . . así que somos embajadores en nombre de Cristo, co­mo si Dios rogase por medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”.

Notemos en primer lugar en estos versículos, que nosotros los cristianos somos embajadores de Cristo, y que el minis­terio de la reconciliación de los hombres con Dios, nos ha sido entregado. Nosotros somos quienes, en lugar de Cristo, debemos salir y rogar a los hombres que se reconcilien con Dios. Solamente en la medida en que reconciliemos a los hombres con Dios, predicándoles el evangelio de la gracia del Señor Jesucristo, han de ser salvos. Esta es nuestra responsabilidad, y nuestra misión aquí en la tierra.
El que quiera ser un cristiano verdadero, debe ser un em­bajador de Cristo. Un embajador de Cristo es un hombre que sale en lugar de Cristo, y que ruega a sus semejantes que se reconcilien con Dios por medio de Cristo. La tarea de todo cristiano es la de ganar otras almas para el Señor. Si deseas llevar una vida verdaderamente cristiana y que sea del agrado de Dios, pon tu mano sobre el arado y empieza el trabajo de ganar almas.
En el primer capítulo de Juan, se rinde un hermoso tri­buto a Andrés, después que éste hubo encontrado a Jesús como su Mesías y Salvador: “Este halló primero a su her­mano Simón, y dijóle: Hemos hallado al Mesías.” Desde el momento mismo en que Andrés llegó a ser un seguidor del Señor Jesucristo, tuvo el deseo de ir y de traer otros, así que inició el trabajo, ganando para Cristo a su propio her­mano. Es importante notar que su hermano Pedro llegó a ser un discípulo de mayor influencia que Andrés mismo, y prestó servicios más importantes. Este hecho puede serte de aliento. Quizás consideres que eres un creyente sin influen­cia y muy humilde. Sin embargo, es posible que lleves a Cristo a alguna persona que pueda ser el medio de alcanzar a miles de almas para el Señor.
La persona que llevó a Cristo a D. L. Moody, por ejemplo, no sabía que estaba guiando hasta el Salvador, a un hombre que a su vez llevaría a miles de almas al cielo. Si quieres ser un cristiano verdadero, sigue el ejemplo de Andrés. Co­mienza la tarea de procurar que otras almas vayan .1 (Insto, e inicia tus trabajos, en el seno de tu propia familia. Notemos cuán sencillo era el testimonio de Andrés. Simplemente dijo: “Hemos hallado el Mesías.” Tú puedes ir a tus amigos y seres queridos, diciéndoles: “He hallado al Salvador.” ¿Será difícil hacerlo? ¿Está más allá de tu capacidad? ¿Quién sabe si el decirle a alguien que has hallado al Salvador, no resulte en su conversión, al igual de que el testimonio de Andrés resultó en la salvación de Simón Pedro!
El Apóstol Pablo, en el capítulo 4 de su carta a los Efesios, dice: “Y él mismo constituyo a unos, ciertamente, apóstoles; y otros, profetas, y otros, evangelistas; y otros, pastores y doctores, para perfección de los santos, para la obra del ministerio, pa­ra la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos llegue­mos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo” (Versión Hispano-Americana). Note­mos en este pasaje, que la gran Cabeza de la Iglesia, Jesu­cristo, le ha dado a todo cristiano algún don o alguna habili­dad. Y para cada uno de ellos existe alguna tarea que cum­plir. Este versículo dice que ha dado diversos dones a los cristianos, a fin de equiparlos en forma completa para el tra­bajo de servirle. 
Tú estás en condiciones de servir en alguna parte de la obra del Señor, en la tarea de ganar almas. Y fíjate que la finalidad última de todo el trabajo es la edificación del cuerpo de Cristo. A la medida que los cristianos en todo el mundo estén empeñados en la tarea de ganar almas para Jesucristo, el cuerpo de Cristo será edificado, es decir, com­pletado. Y entonces, cuando la última alma necesaria sea ganada, Jesús volverá a la tierra. ¡Qué estímulo para que salgamos a buscar almas para él! ¡Quién sabe si no ha de ser tu especial privilegio ganar la última alma, y luego vendrá el Señor, y nos tomará, para que estemos con él en el aire!
En el capítulo anterior, dijimos mucho acerca de la ne­cesidad de que tú dieses un testimonio audible de tu fe en Cristo. Deseamos ahora expresar que el objeto primordial de tu testimonio debe ser ganar a otros para el Señor.
Desde luego, es cierto que queremos confesar al Señor Jesucristo aquí en la tierra a fin de que él nos confiese en el cielo a la diestra de su Padre; pero, por otra parte, lo que agrada más al Señor, lo que debe ser el mayor deseo de nuestros corazones es que podamos ser el medio de traer a otras almas a Cristo.
Como hemos de notarlo en la cita de 2 Corintios 5, no debemos vivir para nosotros mismos, para nuestros placeres y ocupaciones personales, sino para Cristo. Y la vida que es de mayor agrado a Cristo es aquella dedicada a ganar a las almas perdidas para él. Cuando él les dijo a sus discípulos, según lo leemos en Hechos 1, que debían ser sus testigos hasta lo último de la tierra, el gran objeto de ese testimonio era poder ganar para Jesucristo hombres y mujeres de todas las razas y lenguas, y pueblos y naciones.
Cuando fuiste a Cristo como pecador perdido, sin duda tu propósito principal era el de salvar tu alma; pero ahora que has sido salvado, el objeto primordial de tu vida debe ser buscar la salvación de los demás. Ninguna otra finalidad ha de cuadrarte bien como cristiano, ni agradar a tu Señor. La razón por la cual Cristo tiene tanto deseo que le confesemos delante de los hombres, es a fin de que por medio de nuestra confesión otros puedan llegar a conocerle como su Salvador.
Si el Señor no tuviese dicho propósito para nuestras vidas aquí en la tierra, sería mejor que nos llevara al cielo inme­diatamente después de nuestra conversión, pues así nos aho­rraríamos muchas tribulaciones y se ahorraría el Señor mucha pena. Pero él tiene un propósito para nosotros aquí en la tierra. Quiere que nuestras luces alumbren delante de los hombres, a fin de que quienes están en las tinieblas lleguen a conocerle como su Dios. Si eres un cristiano joven, Dios tiene grandes propósitos para tu vida, y si te permite vivir muchos años en la tierra, sólo será a fin de que, por medio de ti, muchos lleguen a conocerle. Si ya eres entrado en años y hace mucho que le conoces, el único propósito que tiene al dejarte en vida hasta ahora es sencillamente que otros, por medio de ti, puedan llegar a conocerle. ¿Se ha cumplido ese propósito en tu vida? ¿Has decepcionado a tu Salvador?
En el capítulo quince del evangelio de Juan tenemos la hermosa ilustración que nos da el Señor, de nuestra relación con él: la de la vid y los sarmientos. Dice en el versículo 5: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque sin mí, nada podéis hacer”.
La lección principal que nos está enseñando por medio de esta figura es que él es indispensable para nosotros. Del mismo modo que la vid resulta indispensable para el sarmiento, Cristo es indispensable para su pueblo. El mismo dice: “sin mí nada podéis hacer”. Como el sarmiento nada puede hacer sin la vid, así nosotros no podemos hacer nada sin Cristo. Es indispensable para la salvación de nuestras almas. Es indispensable para que llevemos frutos espirituales. Es in­dispensable para nuestra vida y salud espirituales. Es indis­pensable para nuestra fuerza. Fácil resulta comprender esta verdad.

DIGNO DE CONSIDERAR

El viaje que emprendemos, lo que es un símil de la vida cristiana, nos encontramos con distintos tipos de personas, como lo hacía el protagonista de la inmortal obra de Bunyan “El Progreso del Peregrino”, y cada uno de ellos tiene sus propias características. En nuestro viaje como cristianos, nos encontraremos con hermanos con distintos temperamentos, que en algún momento provocarán un tras pie, y cuyo resultado será que nacerá una enemistad entre los hermanos, es decir, como Pablo lo denominaba, surge una “Raíz de Amargura” (Hebreos 12:15), y de este modo contravenimos el mandamiento de nuestro Señor Jesucristo, “que nos amemos unos a otros” (Juan 13:34; 15:12).  


Tengamos presente que ese hermano, que ya no nos habla, que se cambia de camino para no encontrarse con nosotros NO ESTÁ AMANDO a su hermano como corresponde a un hijo de Dios, ha dejado que el “viejo hombre” opere en su vida, y éste impide que reconozca que ha pecado contra el hermano.
Pablo en la epístola a los Filipenses (4:2) menciona a dos mujeres creyentes que estaban enemistadas, de modo que el interviene para que la unidad que debe existir ese Cristo se reestableciese en ellas. Esta epístola, a mi parecer, esta escrita para que ellas pudiesen reconciliarse y volviese a existir es lazo de unidad que debe haber entre los que dicen amar al Señor Jesucristo.
El mismo Señor indicó a los suyos que: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Si en entre los hijos de desobediencia se nota cuando existe una enemistad entre congéneres, ¿Cuánto más se percibe entre los que son hijos de Dios? Deberíamos ser reconocidos porque el amor entre hermanos abunda y se desborda, pero en muchas ocasiones hay mas amor entre los que no son creyentes que en el pueblo de Dios.
Como hermanos debemos tolerarnos y soportarnos unos a otros, pero esto no da libertad a uno u otro para actuar como siempre lo ha hecho, y no le da libertad para ofender a otro, porque su carácter es así, sino todo lo contrario, este hermano debe aprender a tener dominio propio (templanza), y la única manera de lograrlo es poniendo al “viejo hombre“ en sujeción al  Espíritu Santo (cf. Gálatas 5:16; 6:8).
El hermano que ha recibido la ofensa, puede simplemente perdonar todas las veces que sea necesario (Mateo 18:21-22), ya que, si no lo hace, su propia oración no es escuchada por el Padre (cf. Mateo 18:23-35; Lucas 11:4; Mateo 6:12).
Y si existe una interrupción de la comunión de un hermano con otro, producto de pecado, el mismo Señor declara los pasos necesarios para poder ponernos de acuerdo:

Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.  (Mateo 18:15-17)

El Señor nos muestra los pasos a seguir para que la comunión en la asamblea no se vea perturbada por el conflicto de dos hermanos:
1.    Conversación personal con el hechor de la falta. Si hay reconocimiento del pecado, esto termina aquí.
2.     Si no lo escucha en lo privado, el siguiente paso es una conversación con testigos. Si hay reconocimiento del pecado, esto termina aquí
3.    El paso siguiente es llevar ante la asamblea el caso y confrontar al hechor y conminarlo al arrepentimiento. Si reconoce su falta, esta causa termina aquí. Si no lo hace, debería el infractor ser puesto fuera de comunión.

      Por último, procuremos ser lo suficientemente humildes como el Señor lo fue, ya que, si Él nos dio ejemplo para que siguiésemos sus pisadas, entonces sigámosle tal como lo enseñó (Juan 13:13-16; 1 Corintios 11:1).

sábado, 8 de diciembre de 2018

NOTAS PARA EVANGELIZACIÓN

Juan el Bautista

(Lucas 1.5 al 23,57 al 80)



Fue dicho de éste setecientos años antes de su nacimiento: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios ... Sécase la hierba, marchítase la flor; más la palabra del Dios nuestro permanecerá para siempre”, Isaías 40.3 al 8, etc. Y cuatrocientos años antes de su nacimiento: “Yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí”, Malaquías 3.1. Ambas profecías se citan en Marcos 1.2,3. En aquellos cuatrocientos años la condición de cosas era la de Salmo 74.9: “No vemos ya señales; ni hay más profeta, ni entre nosotros quien sepa hasta cuándo”.
Zacarías era sacerdote, de la tribu de Leví, y por ende Juan lo sería, pero nunca ejerció como tal. Jesús era su primo hermano, siendo de la tribu de Judá; el parentesco era por las respectivas madres. Los sacerdotes fueron divididos en grupos según se lee en 1 Crónicas 24.19, “para que entrasen en la casa de Jehová”. Uno de los grupos era el de Abdías, 24.10. Cada jornada era de una semana; cada mañana se echaba suerte para determinar quién realizaría cada función en el día. Eran tantos los sacerdotes en los tiempos de Zacarías que en toda probabilidad ésta fue la única vez en su vida que le tocó turno para ofrecer sacrificio.
Era costumbre que la gente se congregara en el templo para orar mientras se ofrecían los sacrificios, 1.10. “Suba mi oración delante de ti como el incienso, el don de mis manos como la ofrenda de la tarde”, Salmo 141.2. “... la hora novena, la de la oración”, Hechos 3.1. También Apocalipsis 8.3,4 asocia la oración con el incienso: “Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos”. Parece haber sido esto que inspiró al himnista: “Desde el día en que yo esté contigo en suma perfección, mis oraciones cambiaré en una eterna adoración”.
Zacarías había orado por un hijo pero aparentemente había perdido la esperanza, 5:13,18 al 20, y fue en esta ocasión de oración que supo que su rogativa sería contestada favorablemente. Él pidió para ese hijo el privilegio de “dar conocimiento de salvación a su pueblo, 1.77, cosa que el Bautista haría especialmente en Juan 1.29, “He aquí el Cordero de Dios ...” Sin embargo, predicaba ambos lados del evangelio del reino, como hizo Jesús en Marcos 1.14,15 al decir, “Arrepentíos y creed en el evangelio”. Es decir, Juan predicó la ira venidera, etc. en Lucas 3.7 et seq, y también las buenas nuevas en 3.16 al 18.

William Rodgers, Omagh, Reino Unido. 1879-1951

SIETE GRANDES VERDADES EN JUAN 3:16


¿Quién podrá jamás escrutar la amplitud de las riquezas contenidas en el maravilloso versículo que es Juan 3:16? Es un resumen de toda la Palabra de Dios, de toda la revelación divina, en cuanto a la salvación.
Siete verdades en él se expresan en sendas palabras que se encuentran varias veces en el Evangelio según Juan como notas predominantes.
De tal manera amó Dios
al mundo,
que ha dado
a su Hijo unigénito,
para que todo aquel
que en Él cree, no se pierda,
más tenga vida eterna.
La primera es amar. ¡Oh, el amor de Dios! ¿Hay algo más precioso? Dios ama; ello corresponde a su misma naturaleza, ya que Él es amor. Ustedes que tiemblan al pensar en Dios, consideren esa palabra y medítenla en sus corazones. Nuestro pecado nos hace tener miedo de Dios y nuestra mala conciencia no nos deja conocerlo tal como Él es. El enemigo de nuestras almas nos engaña, como siempre, e impide que nos regocijemos en el amor de Dios. No obstante, Dios nos ama, por pecadores que seamos.
El versículo que nos ocupa no sólo dice que Él amó, sino que amó tanto como para hacer lo que hizo. ¿Quién conocerá el corazón de Dios, y quién sondeará sus profundidades? “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer”, Juan 1.18.
Este dulce nombre de Padre nos muestra su amplitud. Los cielos proclaman la grandeza de Dios; Abraham conoció el poder del Dios fuerte y todopoderoso; Moisés pudo experimentar la fidelidad de Aquel que por cierto quería revelarse bajo el nombre de Yo soy, o Jehová. Es ésta una fidelidad muy grande, porque cuatrocientos años después de haber hecho la promesa, Él no la había olvidado y venía a ejecutarla mediante la liberación de su pueblo. Pero el nombre de Padre, revelado por el Señor Jesús, es el único que puede hacernos conocer todo lo que es ese Dios de amor. Nos hará falta la eternidad para sondear este amor infinito.
Pasamos a la segunda palabra de nuestro versículo, cuyo alcance es muy extenso, puesto que ella es el mundo. ¡Qué corazón el de Dios! Abarca al mundo entero. Aquí no se trata de un pueblo particular, como antaño lo fue el pueblo judío, ni de una clase especial de personas, de gente buena, amable, arrepentida, de personas que toman buenas resoluciones; no, el mundo entero ha sido objeto de todo el amor de Dios, ¡sin exceptuar a nadie! Es usted, soy yo. Las excepciones no provienen de Dios, sino que son el resultado de la incredulidad de nuestros corazones. Quienesquiera que seamos, reflexionemos acerca de esta palabra “mundo”.
Ninguno de nosotros podrá decir que Dios nos engaña, puesto que la siguiente expresión es que Él ha dado.
Habitualmente, cuando amamos a una persona nos agrada darle una prueba de nuestro amor, y nos sentimos felices al hacerlo. Dios, quien nos ama, también nos ha dado. Pero esa expresión, ¡cómo derriba todos los pensamientos del hombre acerca de Dios! Cree que hace falta ofrecerle algo a Él, sea una religión, obras, méritos, arrepentimiento o cosas semejantes.
Todo esto demuestra que Dios es un desconocido para todo aquel que no cree en su amor. Dios no pide, sino da. Entonces, ¿qué podríamos darle? “Si conocieras el don de Dios”, le dijo el Señor a la mujer samaritana en Juan 4.10. Un don real siempre es un don precioso; pero un don de Dios, ¡cuán maravilloso debe ser!
En efecto, no puede ser mayor, puesto que es el don de su Hijo unigénito. He aquí la cuarta expresión sobre la cual debemos fijar nuestra atención. Un hombre sacrificaría todo antes de sacrificar a su hijo, sobre todo si es su único hijo. Sin embargo, Dios ha dado a su único Hijo para salvar a malvados.
¿Qué acogida recibió al venir al mundo? Miren la cruz y ahí lo verán. A causa de todo eso, ¿cambió el amor de Dios? “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”, Marcos 16.15. Este evangelio, que concierne a su Hijo, lo manda anunciar a todos los hombres con el fin de que todos puedan encontrar sus delicias en Aquel que regocija su corazón desde la eternidad.
En la Biblia encontramos cuatro veces la palabra “unigénito” en relación con la persona del Señor Jesús. En la privilegiada época actual, Dios nos muestra un tesoro precioso, porque desea abrirnos todo su corazón. Hallamos esa expresión en los escritos del apóstol Juan, quien se había reclinado sobre el pecho del Señor Jesús, donde había aprendido a conocer el corazón de Dios.
Por primera vez, Juan 1.14 nos dice, “Vimos su gloria, gloria como del unigénito Hijo, lleno de gracia y de verdad”. ¡Qué gloria la de ese Hijo único, gloria que brilló en su humillación y en el despojo de sí mismo!
Después, en el versículo 18, “A Dios nadie le vio jamás; él unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer”. ¡Un Hijo único en el seno del Padre! ¡Cómo debía conocer su corazón! Él nos reveló ese corazón en su vida y en su muerte.
La tercera mención está en Juan 3.16 que es el tema que nos ocupa.
Finalmente, está escrito en 1 Juan 4.9, “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por Él”. ¡Lo que debía ser para el Padre enviar a su único Hijo a un mundo malvado! Dios no podía darnos mayor prueba de su amor que sacrificándolo por nosotros. ¿Cómo podríamos dudar de ese amor? Al dar a su Hijo por nosotros, nos reveló la plenitud de su amor.
Esto nos lleva a la quinta expresión o verdad de nuestro versículo: “para que todo aquel”. Nadie está exceptuado, ni siquiera un malhechor en la cruz, una María Magdalena que tenía siete demonios, o un Saulo de Tarso en el camino a Damasco. Todo aquel: usted, yo, con la única condición de no hacer a Dios mentiroso.
Es lo que se nos enseña con la sexta palabra: creer. “Todo aquel que en Él cree”. He aquí la única condición para poseer el objeto que Dios da; es lo único que Dios le pide al hombre. No es que haga obras, que llore sobre sus pecados, que mejore su conducta, sino —notémoslo bien— que crea. Dios da, el culpable cree y, creyendo, recibe el inefable don de Dios.
Y, poseyéndolo, tiene la vida eterna. Es la séptima gran verdad contenida en el versículo.
¿Cómo definir la vida eterna? ¿Lo finito podría explicar lo infinito y hablar de lo que sólo será conocido en su plenitud durante la eternidad? Ella no se puede acabar ni perder. Quien la posee goza de una felicidad conocida solamente por los que lo han probado.
Esta vida es Cristo mismo, puesto que Él es el Dios verdadero y la vida eterna, es el infinito de Dios mismo. Nos fue manifestada con toda belleza en el Hijo cuando estuvo aquí abajo. Es comunicada a todos los que creen, pues “el que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”, Juan 3.36.

De tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree,
no se pierda, más tenga vida eterna.