domingo, 21 de febrero de 2021

MEDITACIÓN

 LAS ALAS DE LA FE

Como el águila que excita su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas, Jehová solo le guio, y con él no hubo dios extraño. (Deuteronomio 32:11-12)


            Las pruebas nos enseñan qué es la fe; son el terreno fértil donde la confianza echa raíces. Las dificultades son los incentivos divinos que demandan y desarrollan nuestra confianza en la fidelidad y el amor de Dios.

            Para que sus pequeños aprendan a volar, el águila destruye su nido y los lanza al vacío. Ante tales circunstancias, lanzados a sus propios recursos, ellos deben volar o caer. Es en ese momento que los aguiluchos aprenden a usar sus pequeñas alas, y a medida que aletean desesperadamente, ellos descubren el secreto de una nueva vida y gradualmente aprenden a abrirse camino a través de un firmamento sin senderos, lanzados con sus alas al viento y con el sol sobre ellos. Y así es como Dios enseña a sus hijos a usar las alas de la fe. Él desarma sus nidos, quitándoles sus soportes, y a menudo los arroja a un abismo de impotencia, en donde o se hun­den o aprenden a confiar y a echarse al aparente vacío, en donde Dios les muestra que está debajo de ellos, como las alas susten­tadoras que el águila extiende bajo sus crías débiles y luchadoras.

            Es tan fácil para nosotros el apoyarnos en cosas que podemos ver. Sin embargo, es una experiencia completamente nueva el sentirnos solos y caminar con un Dios invisible, tal como lo hizo Pedro cuando caminó sobre las aguas. Esta es una lección que debemos apren­der para que nuestras almas moren siempre en la calma eterna de Dios, en donde la fe debe ser nuestro único sentido, y Dios nuestro todo en todos. Es por eso que, por lo general, la lección que corona nuestra vida espiritual la aprendemos en la escuela del sufrimiento.

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Meditaciones Bíblicas Diarias “El Señor Está Cerca”, 2020.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (53)

 

Jeremías y las imágenes



Desde tiempos antiguos los hombres han hecho para sí objetos de veneración y culto. Algunos son de madera, otros de oro o plata, cada uno según su cultura y concepto propio de lo que debían representar. El rico los tiene grandes y lujosos, el pobre según sus circunstancias y ambiciones permitan. Los más ilustrados los llaman imágenes, mientras que los ignorantes los consideran dioses, haciéndoles peticiones y oraciones, con le fe de ser oídos y atendidos.

          Parece increíble que seres dotados de razón pudiesen hacer con sus propias manos alguna cosa con el fin de pedir a ella y aun doblarse ante ella. ¿Cómo puede ser más potente el producto que su hacedor?

            Pero, ¿qué del argumento de tantos, que ellos no adoran ni piden a la imagen, sino que la tienen como medio que les ayuda a recordar al que representa?

            Me trae a la mente un diálogo que tuve con cierto individuo aquí en Puerto Cabello, Venezuela, que porfiaba que sus imágenes no eran más que un recordatorio para los devotos. “Explíqueme, entonces, le dije, cómo usted le hace un voto al Cristo de Borburata, llamado el Cristo de la Salud, y cuando por la bondad de Dios, y no de la imagen, usted se mejora en el viaje de regreso entre los barriales del camino hasta el Puerto, donde tiene que pagar su voto. ¿Por qué no hacer su voto por medio de la imagen que tiene en su propia casa?”

            “Oh”, dijo, “ésa no puede sanar como puede la otra”.

            “Pero usted acaba de decirme que no es la imagen a que se dirige el devoto, sino a un determinado santo en el cielo. Entonces, ¿por qué no sirve una imagen de Cristo, el Santo Ser, tanto como la otra? La verdad es, caballero, que usted se dirige a la imagen, y esto es idolatría”.

            En el capítulo 10 de su profecía, Jeremías describe la idolatría que había en su tiempo: “Las ordenanzas de los pueblos son vanidad: porque leño del monte cortaron, obra de manos con azuela. Con plata y oro lo engalanan; con clavos y martillo lo afirman, para que no se salga. Como palma lo igualan, y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos; porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder”.

            Por causa de la idolatría vino la maldición sobre los judíos, resultando en que fueron llevados a Babilonia. Habían dejado al Dios vivo, fuente de aguas vivas, para cavarse cisternas que no detienen aguas. Hacen peor los que en estos tiempos dejan al Dios vivo, el Salvador, por las imágenes muertas e inútiles. Es el pecado de la idolatría que conduce a la corrupción ahora y la muerte eterna más adelante.

            Jeremías el profeta protestaba enérgicamente en su día contra la introducción de la idolatría, y en nuestra generación serán conocidos los que representan al Dios vivo por su constante protesta contra la misma tendencia. Si viviera Jeremías ahora, seguramente sería conocido llamado un protestante. Si a nosotros nos llaman así por el hecho que protestamos contra este y otros males, tengámoslo por honra.

            Pero no por ser un protestante está uno en paz con Dios. Amigo lector, usted carece de un nuevo santo para algún nicho, ni de una imagen en un centro de adoración (o de hechicería, según el caso) por milagrosa que la dicen ser. Carece de un Salvador, el único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que puede ser salvo.

domingo, 17 de enero de 2021

Pensamiento

 Una fe puesta a prueba es una fe fortalecida. Por la prueba aprendemos a conocer nuestra flaqueza, pero también la fidelidad de Dios, sus tiernos cuidados aun en las dificultades, que Él envía a fin de que podamos atravesarlas con Él.

NUESTRO INCOMPARABLE SEÑOR

 Dios fue manifestado en carne

              El fundamento cristiano conocido por la expresión teológica de la Encarnación es un concepto por demás sorprendente; es la verdad más asombrosa jamás anunciada a la humanidad. Este concepto expone que el Creador ha visitado este rincón de la Creación en el hábito externo de su propia criatura, el hombre; Dios ha entrado en este mundo en humanidad con la finalidad de redimir.

            Esta entrada en los asuntos humanos no fue una visita protocolar atendida por la majestad y pompa que son las prendas legítimas del Eterno. Al contrario, fue, por decirlo así, “incógnita”. Dios moró entre los hombres en la forma de hombre con la insignia de su divinidad tan velada que la humanidad en general desconocía la identidad de su augusto visitante. “En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él; pero el mundo no le conoció”.

            Este acontecimiento estupendo acaeció en medio de una nación a la cual Dios se había revelado con anticipación, un poco allá y un poco acá, en preparación para esta revelación más amplia. Pero la verdad de la Persona, el mensaje y la misión del divino Visitante no fue comprendida por aquel pueblo. “A lo suyo —sus cosas propias— vino, y los suyos —su pueblo propio— no le recibieron”.

            No obstante, hizo saber su mensaje y misión, y la verdadera naturaleza de su Persona fue revelada a aquellos que recibieron sus palabras. A esas personas visitadas de gracia se les concedió capacidades nuevas que les habilitaron a penetrar el disfraz humilde con que Él se vistió. Vieron abrirse por un momento, en un lugar y otro, el manto gris de su humanidad humilde, revelando los símbolos brillantes de la deidad que adornan su pecho. “Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”. Y aquellos a quienes este conocimiento fue dado descubrieron que Él había traído todo lo que sus almas anhelaban, ya que estaba “lleno de gracia y de verdad”.

            Él era verdadero Hombre en su entrada a la humanidad por la vía de haber “nacido de mujer”. Parece ser sólo un hombre, pero aun en esto difiere de los demás hombres por cuanto no tuvo padre humano. La modalidad de su concepción fue única. El ángel anunció a la virgen María, su madre, que “el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”.

            Él era verdadero Hombre en su trayectoria humana. Pasó por la niñez, juventud y virilidad; trabajó con las manos; era pobre en sus circunstancias; realizó su itinerario cual predicador sin fondos ni comodidades. Pero aun en esto se distingue de todos los demás. Cual muchacho de doce años, manifestó un sentido de misión. Enriqueció a muchos, siendo pobre. Sin instrucción, era más sabio que sus maestros. Cual Maestro, único. Afirmó que sus palabras eran imperecederas, diciendo: “El cielo y la tierra pasarán, más mis palabras no pasarán”. Eran palabras de vida eterna. Al cabo de diecinueve siglos, su afirmación queda intacta.

            Era verdadero Hombre en su sujeción a la ley de Dios. Fue hecho bajo la ley; un judío entrando en el pacto legal por circuncisión, presenciando los actos de la religión nacional, cumplido en asistir a la sinagoga, versado en el Antiguo Testamento; hombre de veras.

            Pero aquí también se distingue de los demás. No hubo defecto en su obediencia. Él ofrece el ejemplo único en toda la historia de un hombre bueno, carente de toda conciencia de falta personal. “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” fue el reto que lanzó. “Hago siempre aquellas cosas que agradan al Padre”, afirmó.

            Él murió, la suerte común del hombre. Su muerte fue una que en su forma exterior había sido el fin de muchos otros. En ésta conoció dolor físico, debilidad, cansancio, hasta que por fin bajó la cabeza y entregó el espíritu. Nada ha podido anunciar mejor la realidad de su humanidad: Él murió.

            Pero en su muerte se distinguió de los demás hombres. Fue único en la declaración que hizo en cuanto a la influencia futura de su muerte. “Yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”. Tampoco tenía paralelo su propia interpretación del significado de esto. “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. De manera que aquella muerte por crucifixión, vergonzosa e ignominiosa, manifestó ser distinta a todas las demás muertes jamás padecidas. El comportamiento del universo físico en esa hora anunció la singularidad del acontecimiento, ya que la naturaleza entera estaba envuelta en tinieblas sobrenaturales y rasgada de convulsiones espantosas. Más sorprendente de todo, su muerte fue seguida asombrosamente por resurrección el día tercero después de acaecida.

            Verdadero Hombre, pero más que hombre. De que era divino en el sentido absoluto, Él mismo lo afirmó: “Yo y el Padre uno somos”. Esto mismo fue el convencimiento de aquellos que más contacto gozaron con él, como Juan el Evangelista, por ejemplo, cuyas últimas palabras son: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna”.

            La verdad de la encarnación no es que en alguna ocasión en su carrera terrenal Jesucristo haya llegado a ser Dios. Siempre era Dios y nunca dejó de ser Dios, ni pudo, al llegar a ser Hombre. Él asumió humanidad en su deidad y, sin cesar de ser lo que siempre había sido, en humillación llegó a ser lo que nunca era antes.

            Hay un eslabón vital y necesario entre la deidad de nuestro Señor y su obra de propiciación. No que un hombre haya sido hecho único, sino que Dios haya entrado en el mundo en forma de siervo en beneficio de nosotros los hombres. Bien se ha dicho que un Salvador que no es del todo Dios sería un puente caído al extremo lejano. La grandeza divina de la Persona se comunica con la obra que Él llevó a conclusión, y en particular con la muerte que murió. Esa obra queda para siempre; su valor nunca mengua. Prevalece de un todo por cuanto el que la realizó, siendo Dios en humanidad, Creador y Sustentador de todas las cosas y todos los seres, es mayor que la suma entera de sus criaturas.

            Verdadero Dios, perfecto Hombre, un Cristo. En él la deidad y la humanidad se unen sin admitir división, pero son distintas sin admitir confusión. Que su nombre sea alabado para siempre.

La Trampa de las Transgresiones Toleradas:


 Una actitud de ingratitud


¡Tenga cuidado con el pecado de la ingratitud! No es un asunto tan insignificante como tal vez nos imaginamos. Quizás sentimos que la gratitud es no más que decir un cortés “gracias”. O tal vez lo consi­deramos como un bonito accesorio para la experiencia cristiana, en vez de un componente clave del carácter cristiano o un elemento esencial de una vida victoriosa. Si pensamos así en cuanto a la gratitud, estamos muy equivocados.

            Una actitud de gratitud es la mentalidad que, si la adoptamos, cambiará más nuestra vida, exaltará más a Cristo, y honrará más a Dios. Esta actitud, más que cualquier otra virtud, tiene el poder de derrocar las perversas inclinaciones de nuestra naturaleza caída, y traer gozo y bendición duraderos a nuestras vidas y a las de los que están a nuestro alrededor.

            En contraste, cuando elegimos ser malagradecidos, las raíces de nuestra ingratitud penetrarán a lo profundo de la tierra contaminada de nuestra naturaleza caída, y producirán todo tipo de frutos corrompidos y actitudes dañinas que afectarán negativamente nuestra salud espiritual y nuestro bienestar emocional. Hay pocas cosas que son tan inapro­piadas en un hijo de Dios como un espíritu ingrato.

 

La causa

            La ingratitud está en el centro de nuestra naturaleza caída. Pablo nos dice que la idolatría, la adoración del yo y el culto a los seres creados, está arraigada en nuestra renuencia a ser agradecidos con Dios. La fuente de la idolatría no es intelectual, sino moral. No es un asunto de ignorancia, sino una terca decisión de rechazar a Dios: “pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias”, Romanos 1.21. Fíjese que su ingratitud recibió el juicio de Dios: “se envanecieron

            Criticamos y nos quejamos mucho más de lo que quisiéramos admitir. Si escogemos fomentar un espíritu quejumbroso y criticón, tristemente podríamos sentirnos justamente satisfechos por un poco de tiempo. Pero, ¿hasta dónde llegaremos? ¿Cuándo nos dirá Dios: “¡Basta!”? ¿Y cuáles son las consecuencias?

 

Las consecuencias

            Podríamos sentirnos tentados a creer que en este día de la gracia el Señor excusará o pasará por alto nuestra actitud de ingratitud, pero no es así. Las cosas que les sucedieron a los hijos de Israel “están escritas para amonestarnos a nosotros”, 1 Corintios 1.11, y se nos dice explícitamente que no debemos tentar al Señor (v. 9) o murmurar, “como algunos de ellos murmuraron”, v. 10.

            Poco más de un año después de que Moisés los sacara de la esclavitud egipcia por medio de señales y prodigios asombrosos, el pueblo de Israel “se quejó a oídos de Jehová; y lo oyó Jehová, y ardió su ira”, Números 11.1. Dios había sido paciente con sus quejas anteriores, pero en esta ocasión su juicio fue inmediato y severo: “se encendió en ellos fuego de Jehová, y consumió uno de los extremos del campamento”. Nunca había sido la intención de Dios que una generación entera viviera y muriera en una tierra seca e infértil, pero es lo que sucedió (Nm 14.29).

            Si elegimos una actitud de ingratitud, nosotros también nos encontra­remos errantes en un “desierto espiritual”, un lugar donde nuestras vidas se volverán cada vez más vacías y estériles. Si perdemos de vista la bondad de Dios y adoptamos la ingratitud del mundo, perderemos el gozo de Dios y experimentaremos más bien las frustraciones del mundo.

            Si consumimos enormes cantidades de tiempo y energía mental pensando en las mismas personas problemáticas y en las mismas situaciones frustrantes, seremos, por decisión propia, constantemente infelices. Obsesionarnos con la insatisfacción es un hábito emocional destructivo que disminuye nuestra capacidad de experimentar gozo y agradecimiento.

 

Necesidad y deseo

            Dios sabía lo que pueblo de Israel necesitaba y les dio el maná, el pan del cielo. Pero ellos eligieron ser ingratos, y desde ese momento en adelante el maná se les hizo algo común e indeseable. En sus corazones empezaron a anhelar algo diferente, algo de Egipto (Nm 11.5-6).

            Cuando empezamos a sentir que lo que Dios nos ha dado es menos de lo que merecemos, nuestros deseos insatisfechos se transforman en resentimiento. Perdemos la apreciación por las muchas bendiciones que tenemos, y nos desalentamos porque carecemos del tipo de casa, trabajo, pareja o hijos que otros tienen. Estas frustraciones pueden desencadenarse en peleas y discusiones unos con otros, porque segui­mos codiciando lo que no tenemos y no podemos alcanzar (Stg 4.2). Así como Israel aborreció el maná, de la misma manera nosotros rechazamos la provisión diaria de Dios con decepción o disgusto. Luego nos preguntamos por qué nuestra fuerza espiritual se ha agotado, y por qué nos atraen tanto las conductas pecaminosas que parecen ofrecer la satisfacción personal que nos falta.

            Tal vez desperdiciamos años buscando relaciones no espirituales o posesiones materiales en nuestro afán por hallar la satisfacción que tanto anhelamos. Quizás Dios nos permita darnos un gusto por un tiempo, pero en algún punto estas cosas se nos harán desagradables, cuando nos demos cuenta de que los deseos egoístas nunca se pueden satisfacer (Nm 11.19-20). En algún momento es necesario que aprendamos que el verdadero contentamiento proviene de estar satisfechos con lo que Dios nos ha dado.

Cultivemos la gratitud

            Como con cualquier otra virtud cristiana, una actitud de gratitud no se desarrolla en un solo día. Es el fruto de las decisiones que tomamos minuto a minuto, día tras día, de obedecer el mandato del Señor de dar gracias “en todo”, 1 Tesalonicenses 5.18. Esto incluye entrenar nuestros corazones a buscar e identificar nuestras bendiciones diarias y la bondad divina.

            Estar conscientes de los beneficios que tenemos y expresar nuestra gratitud al Señor y a otros sustituirá nuestra inclinación a ser malagra­decidos. Un espíritu agradecido nos pondrá en el centro de la voluntad de Dios.

            Solo Dios puede transformarnos en el pueblo verdaderamente agradecido que queremos ser (Fil 2.13). Cuando nos rendimos a Él, nuestra fe crecerá y madurará, Dios será glorificado, y será nuestro gozo verlo en cada paso de nuestro camino.


Ganando Almas a la manera bíblica

 

INTRODUCCIÓN

            Uno de los privilegios más grandes del creyente es estar asociado con Dios en la importante tarea de ganar almas para el Señor Jesucristo (Proverbios 11:30). Pocas de las cosas que el hombre puede hacer llegan tan lejos en términos de consecuencias. Ciertamente, el obrero afecta la eternidad, y recibirá recompensas eternas (Daniel 12:3).


            Dios se identifica a tal punto con los ganadores de almas que hasta les permite hablar como si ellos mismos fueran capaces de salvar al­mas. Por ejemplo, en Romanos 11:14, Pablo habla de salvar a algunos de su propio pueblo: “Por si en alguna manera pueda... hacer salvos a algunos de ellos". Y otra vez en 1 Corintios 9:22, escribe: “A to­dos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos”. Todos sabemos que Pablo no podía salvar a nadie por sí mismo. Sin embargo, Dios, en Su gracia, le permite usar este lenguaje por la ma­nera tan cercana en la que se vincula con los instrumentos humanos por medio de los que Él extiende Su obra.

            Pero el trabajo personal no es solo un privilegio, es también una ta­rea solemne. Los siguientes son tan solo tres de los muchos pasajes del Nuevo Testamento que enfatizan la responsabilidad de cada cristia­no respecto a este tema, y el plan divino de la evangelización mundial a través del testimonio individual.

            El primero es la Gran Comisión, Mateo 28:19-20. Aquí el Señor les encomienda a sus discípulos que:

1.    Vayan y hagan discípulos a todas las naciones;

2.    Los bauticen en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo;

3.    Les enseñen a guardar todas las cosas que Él ha mandado.

            No tiene sentido discutir si este mandamiento estaba dirigido solo a un grupo particular, o para un determinado período de tiempo. Es una orden del Señor para todo aquel a quien Él ha comprado con Su sangre.

            El segundo pasaje, Efesios 4:11-12, también enseña sobre la impor­tante verdad del evangelismo. A continuación, algunos pensamientos sobre estos versículos:

1.) v. 11. Él, el Cristo que ascendió, les dio dones a los hombres. ¿Cuáles fueron estos dones? Ellos eran hombres con cualidades divinas para propagar la fe cristiana. Algunos de estos hombres eran apósto­les, algunos profetas, otros evangelistas, pastores y maestros.

2.) v. 12. ¿Por qué dotó el Señor a estos hombres así? La res­puesta es para que, a través de ellos, todos los santos sean perfec­cionados para continuar en la obra del ministerio, y así el cuerpo de Cristo sea edificado.

            Este es un punto muy importante. Los dones no les fueron dados para que los santos pudieran relajarse, disfrutar de su ministerio y de­pender perpetuamente de ellos. Por el contrario, los dones tienen el fin de capacitar a todos los santos para la obra del ministerio. (Esto, por supuesto, no significa que se espera que todos los creyentes sean predicadores desde el pulpito; el propósito de Dios es que cada santo se dedique a hacer que Cristo sea conocido.)

            Por tanto, los dones en sí mismos son, de alguna manera, prescin­dibles. Su propósito es capacitar a cada hijo de Dios para el servicio cristiano activo. Y esto no excluye a las ocupaciones seculares, pero sí requiere que los intereses de Cristo estén en primer lugar, y que nues­tras ocupaciones solo tengan el propósito de permitirnos dar testimo­nio activo del Señor.

            El último pasaje se encuentra en 2 Timoteo 2:2. El apóstol Pablo, dirigiéndose a Timoteo, escribe: “Lo que has oído de mí ante mu­chos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” Este versículo es importante porque nos enseña el plan que debemos seguir en el evangelismo personal. Cada uno de nosotros debería mostrar la verdad a otros, instruir a esos otros a hacer lo mismo, para que el conocimiento de Cristo se espar­za en círculos cada vez más amplios, cual las ondas en un estanque. Alguien señaló una vez que aparecen cuatro generaciones de cris­tianos en este versículo (2 Ti. 2:2). ¡Qué rápidamente puede crecer la familia! Comenzando con un hombre, si cada año se pudiera dupli­car el número de cristianos, habría 2,1471483,648 creyentes al final de 31 años.

            Vemos esta ley de reproducción en la naturaleza que nos rodea. En 3 años, un grano de trigo o arroz se multiplicará para producir miles de cavanes [unidad de medida de áridos que equivale a 35.24 litros, N.E.). No es sorprendente, entonces, que la Biblia utilice con fre­cuencia el proceso de siembra para ilustrar la obra de evangelismo (Salmos 126:6; Eclesiastés 11:6; Mateo 13:1-23).

            Para resumir, hemos aprendido que el trabajo personal es:

            1. Un privilegio tremendo, que afecta la eternidad.

            2. Una responsabilidad solemne, que involucra a todo cristiano.

            3. El método divino para alcanzar a la mayor cantidad de gente en el tiempo más corto.

            La pregunta a la que cada uno de nosotros debe enfrentarse ahora es la siguiente: ¿Qué voy a hacer al respecto? A cualquiera que vacile en responder, simplemente le aconsejamos leer el siguiente párrafo escrito por un ATEO.

            “Si creyera firmemente, como millones dicen hacerlo, que el cono­cimiento y la práctica de la religión en esta vida influyen el destino de la otra, la religión entonces significaría todo para mí. Calificaría el deleite terrenal como escoria, los intereses terrenales como insensateces, y los pensamientos y sentimientos mundanos como vanidad. La religión se­ría mi primer pensamiento al levantarme, y mi última imagen antes que el sueño me hundiera en la inconsciencia. Trabajaría solo por su causa. Una sola alma ganada para el cielo valdría la pena de una vida entera de sufrimiento. Las consecuencias terrenales jamás deberían interponerse, ni sellar mis labios. La tierra, con sus alegrías y sus angustias, no ocupa­ría ni un solo momento de mis pensamientos. Me esforzaría por fijar mi vista solo en la eternidad, y en las almas inmortales que me rodean, que pronto serán eternamente felices o miserables. Iría al mundo a predi­carle a tiempo y fuera de tiempo, y mi lema sería: ‘¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?"' (Un ateo)

            “Lo último que el diablo quiere que usted haga es que gane un al­ma definitivamente para Cristo. Si no lo cree, solo inténtelo. El diablo le permitirá ir a reuniones de oración, lo dejará hablar de temas reli­giosos, y realizar ‘muchas cosas poderosas,’ si eso le impide persuadir a los hombres a que acepten a Cristo como Señor, y lo confiesen abier­tamente delante de los demás.” (Charles M. Alexander).

“Que Dios impida

Que hoy me encuentre con un alma

Que con el paso del tiempo pueda decir,

Que yo no le indiqué el Camino.”


William Macdonald

Con castigo sobre el pecado corriges al hombre

 Salmo 39:11

           


            Una institución sin disciplina vendría a ser un lugar de confusión, arbitrariedad y desventura. La disciplina empieza en el hogar y aquellos hijos levantados en la rectitud del orden y la obediencia vendrán a ser mañana los hombres que legislan, que enrumban la familia, que guían los pueblos, o son aptos para pastorear la grey del Señor.

            No me propongo dar clases de cívica, ni lecciones de moral. Tampoco pienso establecer reglas sobre el caso. Quiero hablar de tres disciplinas impuestas a Pedro que le resultaron de un fuerte sostén para la edificación de la vida espiritual.


Disciplina privada, o reprensión personal para quitarle el miedo a la cruz y alentarle al sufrimiento.

            “Entonces volviéndose dijo a Pedro: quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; no entiendes lo que es de los hombres ... Si alguno quiere seguir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame.” (Mateo 16:23,24)

Disciplina de tiempo, tres días para quitarle el orgullo y la confianza en su yo.

            “Entonces vuelto el Señor, miró a Pedro: y Pedro se acordó de la palabra que el Señor como le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces ... Y saliendo fuera Pedro, lloró amargamente.” (Lucas 22:61,62)

Disciplina pública, delante de todos, reprensión en la cara.

Medida profiláctica, pues había contaminado a otros. “Empero viniendo Pedro a Antioquía lo resistí en la cara, porque era de condenar.” (Gálatas 2:11-14)

            “El que tiene en poca la disciplina, su alma menosprecia; más el que escucha la corrección, tiene entendimiento.” (Proverbios 15:32)

            Hasta aquí parece que Pedro ignoraba que en la vida es menester pasar por dos clases de sufrimiento. Los sufrimientos físicos que provienen de conseguir “el pan con el sudor del rostro,” y los sufrimientos que se adquieren para entrar al reino de los cielos. Son estos sufrimientos morales e involuntarios que combaten adentro y afuera. Todavía a Pedro le faltaba mucho que aprender de los sufrimientos por la cruz de Cristo.

            En esta ignorancia el hombre torpe cree que puede aconsejar a Dios. (Mateo 16:22) Hay gentes en el mundo que nunca han sabido, ni han querido llevar una cruz y al no tener esa experiencia se burlan de las aflicciones de los creyentes o procuran persuadir a otros para que no lleven la cruz. (Gálatas 6:12)

            Sin que ninguna pretenda encaramarse sobre sus hermanos, porque debemos “considerarnos a nosotros mismos que no seamos también tentados,” debemos ser francos con nuestros hermanos. Si el caso amerita una reprensión fuerte personal, debemos hacerlo habiendo tenido antes ejercicio delante del Señor. Si el hermano se ofende porque se le dice la verdad, peor para él porque ya no será secreto de dos; Mateo 18:16,17.

            No podemos negar la veracidad y la ligereza de Pedro en sus decisiones; tampoco ignoramos que el orgullo de Pedro estaba intacto, porque muchas veces dio demostración de él en su manera de actuar. Orgullo natural y altivo, orgullo que llega hasta el sepulcro; y por ironía, sólo quien humilla el orgullo son los gusanos. Mientras más elevada es la posición del individuo, más orgullo se pone.

            Hace algún tiempo, una hermana de cierta posición social pecó porque se puso a recibir lecciones de los llamados Testigos de Jehová. Aquella señora se enfermó y no quería admitir que había errado. En su gravedad nos mandó a llamar; estaba en la cama casi inconsciente, los ojos cerrados, el rostro duro; parecía que estaba lejos del lugar. Dijimos en voz clara y fuerte: “Señora, ¿se retracta usted de haber recibido doctrinas heréticas de los Testigos de Jehová?” Aquella señora dijo, “¡Nooo!.” Días después confesó que había errado y enseguida murió.

            La mejor disciplina para el orgullo es poner a la luz del sujeto sus propios errores. A veces el orgullo es cubierto con una falsa humildad. Muchas veces la pena también es indicio de orgullo disfrazado.

            ¡Qué ejemplo más elevado de humildad tenemos en el Señor! “Quien cuando le maldecían no retornaba maldición, cuando padecía no amenazaba, sino remitía la causa al que juzga rectamente.” (1 Pedro 2:23) “Señor, enséñame a saber lo que no sé, y a reconocer en las pruebas la disciplina, hasta que, en una experiencia vivida, llegue a aprender: ‘Y ya no vivo yo’.”

            La tercera disciplina de Pedro en mi concepto la juzgo más grave. Ya que era viejo, sabía con certeza la fidelidad del Señor, “de estar con los suyos hasta el fin.” Pedro se había enfrentado a los representantes de la nación y les había imputado el crimen de haber dado muerte al Señor. Ciertamente testificó sin orgullo y sin miedo ante las mismas autoridades que le condenaron, de su fe en Cristo. Pedro había recibido una revelación especial de no hacer distinción entre judíos y gentiles: “Lo que Dios limpió no lo llames tú común.” (Hechos 10:15)

            El pecado de Pedro fue la simulación y en esta malicia habían sido otros contaminados; hasta el gran Bernabé era llevado también. “Un pecador destruye mucho bien.” Además de necesaria, era buena la disciplina o reprensión pública, porque en Pedro era “la mosca muerta en el perfume al estimado por sabiduría y honra.” (Eclesiastés 10:1)

            ¿Qué sería de la Iglesia si no se hubiera quitado el contagio de Ananías y Safira; si no se hubiera cortado la avaricia de un Simón mago; si no se reprende en la cara a Pedro; si no se pone fuera de comunión al incestuoso de Corinto? Vendríamos a ser la Iglesia Romana.

¡Gracias al Señor! por sus instrucciones para disciplina en su Iglesia.
José Naranjo