sábado, 25 de julio de 2026

Lecciones que aprendí en mi asamblea (5)

 La verdad aprendida y practicada

 Peter Fleming


Durante los primeros seis meses de nuestra existencia como asamblea, muy poca gente del pueblo asistía a nuestras reuniones. El prejuicio religioso era fuerte y se alejaban aun aquellos que nos habían conocido y con quienes habíamos evangelizado; esto fue causa de los informes errados que habían oído, las doctrinas que profesábamos y el evangelio que proclamábamos. Uno de los pastores le explicó a su grey que éramos mormones y les advirtió que la juventud debería guardar buena distancia de nosotros. Otro consiguió que un estudiante presbiteriano escribiera un folleto en el cual se nos acusaba de negar “la ley de la moral” como regla de vida, afirmando que vivíamos sin reconocer el pecado. Un tercer predicador —el más evangelístico de los reverendos del pueblo— hacía saber a sus seguidores que nosotros exigíamos que uno fuese “sumergido en un río para alcanzar la salvación”. Este “informe” fue aceptado sin averiguación ni titubeo de parte de unos cuantos creyentes que nos habían conocido de cerca.

Escudriñando las Escrituras

Todo esto nos afligía mucho y servía para probar nuestra fidelidad a las verdades que habíamos aprendido. Nos estimulaba a buscar aún más en la Palabra. Muchas veces doy gracias a Dios por esa experiencia, ya que nos echó sobre el Señor y la Biblia para buscar la ayuda que necesitábamos en esos primeros meses de vida de la asamblea.

En realidad, no había ninguno en el grupo que no estuviera agradecido. Cada uno de nosotros tuvo que aprender directamente del Libro de Dios todo cuanto sabía de su verdad. Ninguno tenía don de enseñar, ni conocíamos otro grupo de cristianos que se reuniera de la manera que nosotros lo estábamos haciendo y del cual pudiéramos pedir ayuda en las cuestiones que escapaban a nuestros conocimientos. Así que, fuimos guardados en una posición de dependencia del Dios vivo, confiando en Él a medida que seguíamos.

Esa experiencia resultó ser una bendición para todos. Nuestras reuniones cada domingo por la mañana para partir el pan, como se indica en Hechos 20.7, eran sencillas y agradables. La oración colectiva, celebrada dos veces a la semana, se caracterizaba por un verdadero espíritu de súplica, y casi todos los varones participaban en voz alta.

Los miércoles celebrábamos el estudio bíblico sobre 1 Corintios, “la carta magna de la Iglesia”. Encontramos allí lo que el apóstol llama en el 14.37 los principales mandamientos del Señor, dados para la conducta de una asamblea congregada en su nombre: su adoración, ministerio, operación y disciplina. Los hermanos estudiaban cada capítulo en casa, y cada cual aportaba en la reunión lo que había aprendido. Por supuesto, todos recibimos luz nueva de la Palabra; se probó la fidelidad de la promesa en Juan 16.13: “Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad”.

Dependencia del Espíritu

Estoy seguro de que, si fueran más comunes entre nosotros las reuniones para la lectura y estudio colectivo de la Biblia, confiando sencillamente en el Espíritu Santo para echar luz sobre lo que no entendemos y para que emplee “a cada uno en particular como Él quiere” (1 Corintios 12.11) para impartir sus mensajes, habría menos diversidad de criterio sobre cuestiones importantes y prácticas, y habría una mejor relación entre las asambleas. La realidad es que estas diversidades suelen convertirse en divisiones y a veces se deben a que uno y luego otro insista sobre su propia opinión, cada cual afirmando que tiene la mente de Dios. Estas opiniones opuestas pueden dañar el testimonio, pero la manera de Dios es que haya una voz, una mente y un parecer, según Romanos 15.6 y 1 Corintios 1.10. Esto se logra sólo si todos aprenden humilde y pacientemente del mismo Libro, con el Espíritu como mentor. En la misericordia de Dios, experimentamos una buena medida de esta bienaventuranza en aquellos primeros meses de la asamblea local de mi pueblo. ¡Fue un tiempo de bendición!

Ministerio de un maestro enviado por Dios

Este período de aprendizaje, y de poner por obra lo que aprendíamos, fue seguido por la visita de parte de un maestro en la Palabra. Él pensaba quedarse con nosotros un fin de semana, pero Dios usó sus enseñanzas para atraer gente del pueblo, algunos de los cuales se habían mantenido alejados de nosotros, y el resultado fue que el hermano se quedó unos quince días. Una media docena de creyentes, los más espirituales entre los que se quedaban entre las denominaciones, recibieron ayuda por medio del ministerio del visitante; ellos partieron sus lazos con aquellas iglesias, fueron añadidos a la asamblea y continuaron como verdaderos colaboradores en la misma. Esto aprendimos: no ganamos la confianza de otros creyentes con desistir de presentarles algunas verdades, sino al hablar la verdad en amor, en la medida en que ellos puedan oírla y recibirla.

Responsabilidades nuevas y desarrollo espiritual

Esa etapa nos dio un gran estímulo. Mientras mayor era el número en la congregación, mayores eran las responsabilidades, especialmente en cuanto a la instrucción y orientación de los nuevos. Ellos, incluyendo varios jóvenes, tenían mucho que aprender, al igual que nosotros también. Pero todos estaban dispuestos, y aun deseosos, de conocer la Biblia y una consecuencia fue que durante ese invierno se celebraron muchas reuniones caseras para examinar las Escrituras. La comunión se sentía y las discusiones fueron altamente provechosas, de manera que son gratos los recuerdos que tenemos todavía.

No pasaron muchas semanas hasta que hubo otras reuniones caseras para la predicación del Evangelio. Esto dio oportunidad para que una media docena de varones jóvenes abrieran sus bocas; su ministerio fue bendecido en la salvación de almas.

Aquellos jóvenes seguían en su ejercicio; su don fue desarrollado y llegaron a ser predicadores de peso, tanto al aire libre como en el salón. Aquéllos fueron tiempos de verdadero y duradero progreso espiritual, añadiendo Dios a la iglesia los que habían de ser salvos.

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