La verdad aprendida y practicada
Peter Fleming
Durante los primeros
seis meses de nuestra existencia como asamblea, muy poca gente del pueblo
asistía a nuestras reuniones. El prejuicio religioso era fuerte y se alejaban
aun aquellos que nos habían conocido y con quienes habíamos evangelizado; esto
fue causa de los informes errados que habían oído, las doctrinas que
profesábamos y el evangelio que proclamábamos. Uno de los pastores le explicó a
su grey que éramos mormones y les advirtió que la juventud debería guardar
buena distancia de nosotros. Otro consiguió que un estudiante presbiteriano
escribiera un folleto en el cual se nos acusaba de negar “la ley de la moral”
como regla de vida, afirmando que vivíamos sin reconocer el pecado. Un tercer
predicador —el más evangelístico de los reverendos del pueblo— hacía saber a
sus seguidores que nosotros exigíamos que uno fuese “sumergido en un río para
alcanzar la salvación”. Este “informe” fue aceptado sin averiguación ni titubeo
de parte de unos cuantos creyentes que nos habían conocido de cerca.
Escudriñando las
Escrituras
Todo
esto nos afligía mucho y servía para probar nuestra fidelidad a las verdades
que habíamos aprendido. Nos estimulaba a buscar aún más en la Palabra. Muchas
veces doy gracias a Dios por esa experiencia, ya que nos echó sobre el Señor y
la Biblia para buscar la ayuda que necesitábamos en esos primeros meses de vida
de la asamblea.
En
realidad, no había ninguno en el grupo que no estuviera agradecido. Cada uno de
nosotros tuvo que aprender directamente del Libro de Dios todo cuanto sabía de
su verdad. Ninguno tenía don de enseñar, ni conocíamos otro grupo de cristianos
que se reuniera de la manera que nosotros lo estábamos haciendo y del cual
pudiéramos pedir ayuda en las cuestiones que escapaban a nuestros
conocimientos. Así que, fuimos guardados en una posición de dependencia del
Dios vivo, confiando en Él a medida que seguíamos.
Esa
experiencia resultó ser una bendición para todos. Nuestras reuniones cada
domingo por la mañana para partir el pan, como se indica en Hechos 20.7, eran
sencillas y agradables. La oración colectiva, celebrada dos veces a la semana,
se caracterizaba por un verdadero espíritu de súplica, y casi todos los varones
participaban en voz alta.
Los miércoles
celebrábamos el estudio bíblico sobre 1 Corintios, “la carta magna de la
Iglesia”. Encontramos allí lo que el apóstol llama en el 14.37 los principales
mandamientos del Señor, dados para la conducta de una asamblea congregada en su
nombre: su adoración, ministerio, operación y disciplina. Los hermanos
estudiaban cada capítulo en casa, y cada cual aportaba en la reunión lo que
había aprendido. Por supuesto, todos recibimos luz nueva de la Palabra; se
probó la fidelidad de la promesa en Juan 16.13: “Cuando venga el Espíritu de
verdad, Él os guiará a toda la verdad”.
Dependencia del
Espíritu
Estoy seguro de que,
si fueran más comunes entre nosotros las reuniones para la lectura y estudio
colectivo de la Biblia, confiando sencillamente en el Espíritu Santo para echar
luz sobre lo que no entendemos y para que emplee “a cada uno en particular como
Él quiere” (1 Corintios 12.11) para impartir sus mensajes, habría menos
diversidad de criterio sobre cuestiones importantes y prácticas, y habría una
mejor relación entre las asambleas. La realidad es que estas diversidades
suelen convertirse en divisiones y a veces se deben a que uno y luego otro
insista sobre su propia opinión, cada cual afirmando que tiene la mente de
Dios. Estas opiniones opuestas pueden dañar el testimonio, pero la manera de
Dios es que haya una voz, una mente y un parecer, según Romanos 15.6 y 1
Corintios 1.10. Esto se logra sólo si todos aprenden humilde y pacientemente
del mismo Libro, con el Espíritu como mentor. En la misericordia de Dios,
experimentamos una buena medida de esta bienaventuranza en aquellos primeros
meses de la asamblea local de mi pueblo. ¡Fue un tiempo de bendición!
Ministerio de un maestro enviado por Dios
Este período de aprendizaje, y de poner por obra lo
que aprendíamos, fue seguido por la visita de parte de un maestro en la
Palabra. Él pensaba quedarse con nosotros un fin de semana, pero Dios usó sus
enseñanzas para atraer gente del pueblo, algunos de los cuales se habían
mantenido alejados de nosotros, y el resultado fue que el hermano se quedó unos
quince días. Una media docena de creyentes, los más espirituales entre los que
se quedaban entre las denominaciones, recibieron ayuda por medio del ministerio
del visitante; ellos partieron sus lazos con aquellas iglesias, fueron añadidos
a la asamblea y continuaron como verdaderos colaboradores en la misma. Esto
aprendimos: no ganamos la confianza de otros creyentes con desistir de
presentarles algunas verdades, sino al hablar la verdad en amor, en la medida
en que ellos puedan oírla y recibirla.
Responsabilidades nuevas y desarrollo espiritual
Esa etapa nos dio un
gran estímulo. Mientras mayor era el número en la congregación, mayores eran
las responsabilidades, especialmente en cuanto a la instrucción y orientación
de los nuevos. Ellos, incluyendo varios jóvenes, tenían mucho que aprender, al
igual que nosotros también. Pero todos estaban dispuestos, y aun deseosos, de
conocer la Biblia y una consecuencia fue que durante ese invierno se celebraron
muchas reuniones caseras para examinar las Escrituras. La comunión se sentía y
las discusiones fueron altamente provechosas, de manera que son gratos los
recuerdos que tenemos todavía.
No
pasaron muchas semanas hasta que hubo otras reuniones caseras para la
predicación del Evangelio. Esto dio oportunidad para que una media docena de
varones jóvenes abrieran sus bocas; su ministerio fue bendecido en la salvación
de almas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario