domingo, 19 de enero de 2025

¡La gracia triunfa!

 


Así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro. Romanos 5:21

¡No ocultemos la maravillosa verdad de que la gracia reina hoy! No permitamos que nadie silencie o impida proclamar el “evangelio de la gracia de Dios” (Hch. 20:24). Que todos los que creen en nuestro Señor Jesucristo sepan que no están “bajo la ley, sino bajo la gracia” (Ro. 6:14). ¡La gracia está en el trono! Digamos a aquellos que son tímidos y están atribulados que se fortalezcan “en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Ti. 2:1). Digamos a los creyentes que sufren y están en diversas pruebas que hay un “trono de la gracia” (He. 4:16) al que pueden acercarse con confianza y encontrar gracia para el oportuno socorro. Digamos a cada reunión de creyentes, con todas sus diversas necesidades: “Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Ts. 1:1). Y digámosle al angustiado o al ansioso siervo del Señor: “Gracia, misericordia y paz” a ustedes (1 Ti. 1:2; Tit. 1:4).

Hagamos saber a todos que nuestro Salvador y Señor está sentado en el trono de las alturas; que el Santo, cuya maravillosa gracia lo llevó a las profundidades más oscuras del sufrimiento, ahora está ungido con óleo de alegría (Sal. 45:7) y adorna el trono de la Majestad en las alturas (He. 1:3). Descendió a un establo, a un pesebre, a las aguas del Jordán, al hambre y a la sed en el desierto, al rechazo, al desprecio, a los escupitajos, a las burlas y los golpes, a la corona de espinas, a la oscuridad y al abandono en la vergonzosa cruz.

Anunciemos a todos que ascendió a una posición sobresaliente como el Hombre Resucitado, al trono de Dios, a la corona de gloria y honra, a la exaltación por encima de todos los cielos. Después de haber glorificado a Dios en la tierra, ahora es glorificado por Dios en las alturas. Jesús, quien una vez murió por nuestros pecados, ahora vive para siempre y está entronizado. Por lo tanto, ¡la gracia reina a través de la justicia para la vida eterna! ¡La gracia triunfa!

H. J. Vine

MUJERES DE FE DEL NUEVO TESTAMENTO (10)

 

Salomé

  “El que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. (Mateo 20.27-28)

La historia está en Mateo 20.20-28, 27.55-56, Marcos 15.40-41 y Marcos 16.1-8.


Aquel día a la orilla del Mar de Galilea cuando el Señor llamó a Jacobo y a Juan para que le siguieran y que fueran pescadores de hombres, ni su madre Salomé ni su padre Zebedeo, con quien ellos pescaban, se opusieron. Entendían que el Mesías los había llamado a su servicio y parece haber sido una familia unida a la causa de Cristo. Por más de tres años Juan y Jacobo acompañaron al Señor en su ministerio público.

Varias veces el Señor les indicó a sus discípulos cuál era su verdadera misión y lo que iba a suceder. Habiendo “puesto su rostro como pedernal” (Isaías 50.7), Él fue con paso firme a Jerusalén, diciendo: “El Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y les entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; más al tercer día resucitará” (Mateo 20.18-19).

Aquella fue la ocasión menos apropiada para que Salomé presentara su aspiración a favor de sus hijos pidiendo que en el reino Jacobo y Juan recibiesen puestos de honor, uno a la derecha y el otro a la izquierda de Él. Tal vez ella pensaba que Cristo iba a librar a Israel del yugo de Roma y deseaba que sus hijos tuvieran preeminencia en el reino, que según ella pensaba, vendría pronto.

En su orgullo como madre, Salomé no percibió el divino propósito del Hijo de Dios en venir a este mundo e ignoraba el costo de lo que ella pedía. Jesucristo respondió diciendo que ellos no sabían lo que pedían, sabiendo que los hijos de Salomé estaban también deseando lo que ella había pedido. ¿Habría sido posible para ellos beber de la copa amarga que Él iba a beber? El Padre celestial será el que otorgue los puestos de honor a los creyentes de todos los siglos de acuerdo con su sufrimiento y fidelidad a Él en su causa.

Para los otros discípulos, que estaban disgustados con los dos hermanos, el Señor también pronunció una verdad sorprendente en cuanto a la verdadera grandeza: “El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor”. Jesucristo fue el perfecto ejemplo de humildad: “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2.8).

Los otros discípulos también abrigaban ambiciones egoístas, y el Señor les habló con claridad. Como Salomé y aquellos discípulos, nosotras también debemos aprender que la vida cristiana es una vida de humildad y servicio voluntario. “Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros” (Romanos 12.10).

Pero existe una mala tendencia de juzgar a las personas en base a una sola acción que hicieron. Considerando el ejemplo de Salomé, vemos a una mujer de gran valentía y abnegación. A pesar de que en aquella ocasión Jesús habló de sufrimiento y humildad cristiana, Salomé no dejó de seguirle hasta su muerte y resurrección.

El apóstol Juan escribió: “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofás, y María Magdalena”. Mateo menciona a la madre de los hijos de Zebedeo, y Marcos nombra a Salomé. Todos hicieron referencia a la misma mujer y así parece que Salomé era hermana de María la madre de Jesús. Vemos su devoción al ver de cerca al Salvador en la cruz, oyendo sus palabras y el vituperio de los hombres crueles.

Después de la crucifixión, muy temprano el domingo por la mañana, Salomé y otras mujeres devotas fueron al sepulcro donde el cuerpo del Señor había sido puesto. Llevaron las especias aromáticas que habían preparado para ungirle, pero vieron la piedra removida y al entrar en la tumba hallaron que el cuerpo no estaba allí. Dos ángeles sentados allí les dieron la noticia de que Jesús había resucitado. Salomé, María Magdalena, y la otra María fueron en busca de los discípulos y con gran gozo se encontraron con Cristo. ¡Qué grande honor para aquellas mujeres fue aquel encuentro con el Cristo resucitado!

Salomé fue fiel a su Señor hasta el fin y sus peticiones fueron concedidas de maneras inesperadas. Desde la cruz Jesús dijo: “He ahí tu madre”, y Juan, el hijo de Salomé, tuvo el privilegio de cuidar a la madre de nuestro Señor. El primero de los apóstoles en morir por Cristo fue Jacobo (Hechos 12.1-2). Así, él bebió de la copa que Cristo bebió, muriendo como un mártir. Sesenta años después, estando en el exilio por causa del evangelio, el apóstol Juan, también hijo de Salomé, les escribió a unos creyentes como “copartícipe en la tribulación” (Apocalipsis 1.9), y según la historia secular él también ganó la corona de mártir.

Las últimas palabras de Cristo (13)

 

JUAN 16 (CONTINUACIÓN)

Exposición del mundo presente Juan 16:8-11


A partir de este momento del discurso, el Señor retoma la enseñanza de los dos últimos versículos de Juan 15, en lo que a la venida del Espíritu Santo se refiere. En el ínterin de los versículos, el Señor habló del testimonio de los discípulos y de la persecución que esto conllevaría. Ahora retoma este tema con las palabras: «Cuando él venga», una expresión utilizada antes en Juan 15:26 y Juan 14:13, empezando en cada caso una nueva fase de la enseñanza. En Juan 16:8, Su venida es la demostración del verdadero carácter del mundo. En Juan 16:13, Él viene para guiar al creyente a la verdad sobre otro mundo.

 Antes de revelarnos el otro mundo, lo que se nos expone es el carácter real de este: «Cuando él venga, redargüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio». No hay ninguna duda para el que recibe esta demostración, pero queda afirmado el hecho de que la presencia del Espíritu Santo demuestra cuál es el auténtico carácter del mundo. En realidad, no es el mundo en sí el que recibe esta demostración, sino aquellos en quienes mora el Espíritu, si bien es cierto que ellos utilizan lo que han aprendido para testificarle cuál es su condición de verdad.

La presencia del Espíritu no constituye ninguna prueba para el mundo, que ya ha sido probado con la presencia de Cristo. Estuvo aquí de manera que este pudo ver sus obras de gracia y escuchar sus palabras de amor; y el Señor hace un resumen del resultado de esta prueba, diciendo: «Me han aborrecido a mí y también a mi Padre». Cuando el Espíritu venga, el mundo no le sabrá recibir porque no le verá ni le conocerá. Pero para los creyentes, en los que Él mora, hace la demostración del resultado de la prueba, de manera que ellos, enseñados por el Espíritu, no tengan ningún concepto falso sobre él. Por la enseñanza del Espíritu saben cuál es el verdadero carácter del mundo, tal como Dios lo ve, un carácter que se demuestra con respecto al pecado, a la justicia y al juicio. El alma tiene esta convicción sin necesidad de hacer ningún tipo de abstracción, puesto que apela directamente al Señor Jesús y a los grandes hechos de su historia.

El estado del mundo es probado, antes que nada, con respecto al pecado. La presencia del Espíritu es en sí una prueba del estado maligno del mundo, pues si no hubiera rechazado a Cristo el Espíritu Santo no estaría aquí. Su presencia es la prueba de que le ha aborrecido y expulsado, crucificando al Hijo de Dios. Tanto el judío como el gentil se unieron en representación del poder religioso y político para decir «crucifícale», y por consiguiente el mundo no cree en Cristo, lo que constituye un acto solemne y demostrable de que está en pecado. Podríamos llegar a entender que el mundo no crea en ninguna otra persona, pero si no cree en Cristo, en quien no halló ninguna culpa, es una prueba evidente de que lo domina un principio maligno que Dios llama pecado.

La demostración final y absoluta de que el mundo está en pecado puede verse, no en el hecho de que los hombres hayan transgredido ciertas leyes de Dios, ni contaminado el templo o apedreado a los profetas, sino en que cuando Dios se manifestó en toda la gracia, el amor, el poder y bondad en la persona del Hijo encarnado para ocupar el lugar del hombre culpable, este le rechazó de manera formal rehusando creer en su Hijo. He aquí el hecho más sobresaliente que viene a demostrar el pecado del mundo. Sea cual sea la clase de justicia que pueda aparentar en ocasiones, o los avances de su civilización y progreso, la presencia del Espíritu es la prueba demostrable de un mundo que no cree en Cristo y que está bajo pecado.

 En segundo lugar, la condición maligna del mundo se demuestra con respecto a la justicia. La presencia del Espíritu no solo es la prueba de la ausencia de Cristo, sino también la de su presencia en la gloria. Si la ausencia de Cristo de este mundo es la mayor prueba contra el pecado, su presencia en la gloria es la mayor expresión de justicia. La maldad de los hombres llegó a cotas inalcanzables cuando pusieron al Simpecado sobre la cruz. Por una parte, está la justicia de que Cristo, tras ser clavado en ella, ha regresado al Padre, y por otra, que el mundo no le verá más. Por lo tanto, no puede por menos que tener derecho a su gloria en los lugares exaltados y que el mundo pierda tal derecho de no verle más, quedando así demostrado que está bajo pecado y sin justicia.

En último lugar, el Espíritu presenta la prueba del juicio con el que el príncipe de este mundo está juzgado. Detrás del pecado del hombre hay la astucia de Satanás. El hombre es solo una herramienta del diablo, pues Dios ha determinado en consejo poner a Cristo en el lugar de supremo poder en el Universo. Y el diablo se ha propuesto frustrar los propósitos de Dios. Desde el jardín de Edén hasta la cruz del Calvario ha utilizado al hombre como medio para llevar a cabo sus planes. Y cuando parecía que había triunfado al utilizarle para clavar en una cruz de deshonra al que Dios había destinado a un trono de gloria, la presencia del Espíritu es la prueba de que Dios ha triunfado sobre el pecado del hombre y el poder del diablo. El lugar de gloria donde está Cristo prueba que el diablo ha sido derrotado en lo que se refiere a todo su poder, lo que significa su juicio definitivo y absoluto, y si él es juzgado el mundo entero vendrá también a juicio por servirle. El juicio no ha sido aún ejecutado sobre sus moradores, pero a un nivel moral están ya condenados.

Este es el estado del mundo tal como lo ve Dios, demostrado por la presencia del Espíritu. Es un mundo bajo pecado, sin justicia y que va directo al juicio.

Cuatro obras del alfarero divino

 

Descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra de Jehová diciendo: “¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero...?” Jeremías 18


Adán

Una de las obras sublimes de Dios, el alfarero divino, fue la del primer hombre, Adán. “Hagamos al hombre a nuestra imagen”, Génesis 1.26. Sólo en este versículo hay la referencia en el capítulo a Dios en el plural. Al decir hagamos, la referencia es al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, indicando que ésta es la obra insigne de la creación.

Causa en nuestros corazones admiración el pensar que para formar al hombre el Dios del alto cielo bajó hasta el polvo de la tierra. El pudiera haber usado el oro más famoso del universo, pero tuvo a bien emplear material abundante y poco estimado.

Es humillante reconocer nuestro origen, pero aun así el hombre es la obra maestra de la creación. Desde el polvo Dios le ensalzó a tener señorío sobre los peces del mar, las aves del cielo y las bestias del campo. Sopló en su nariz aliento de vida, una palabra que figura en el plural en el texto hebreo, por cuanto (i) Dios le dio la vida física, la cual acaba cuando uno muere, y (ii) la vida del alma que es para la eternidad. En esto vemos una distinción entre el hombre y todas las demás criaturas. “Te alabaré, porque formidables y maravillosas son tus obras”, dijo el salmista en el 139.14 al referirse al ser humano.

Pero, “el vaso de barro que él hizo se echó a perder en su mano”. El primer hombre, tan pronto que salió de la mano del Hacedor, se echó a perder a causa del pecado. El Alfarero hizo otro según mejor le pareció. La calamidad que sucedió con el primer Adán parecía no admitir remedio, pero en su sabiduría infinita Dios ha podido producir una vasija nueva: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”, 2 Corintios 5.17.

Cristo

“Me preparaste cuerpo”, Hebreos 10.5.

Cristo, llamado el postrer Adán en 1 Corintios 15.45, es “espíritu vivificante”. El primer Adán fracasó, pero el postrero fue engendrado del Espíritu Santo, y de una virgen El nació inmaculado y sin naturaleza pecaminosa. Esta sí es la obra trascendental de Dios.

Las excelencias del postrer Adán son innumerables y quedan más allá de nuestra comprensión. El profeta Isaías dio testimonio de él unos setecientos años antes de su nacimiento, diciendo: “Se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”. El sería impecable, la personificación de amor puro, la plenitud de gracia y la preeminencia sobre todas las cosas.

Adán perdió su señorío sobre las criaturas, pero Cristo tuvo un dominio supremo, inclusive sobre los demonios. Al recibirle como Salvador, le entregamos sin reserva todo lo que tenemos y somos. Finalizada la Batalla de Trafalgar, el almirante francés abordó la fragata del almirante Nelson y extendió la mano para saludarle. Nelson no la recibió, sino dijo: “Su espada, primeramente, y la mano después”. La rendición nuestra debe ser absoluta; nada de espada en mano; el lenguaje debe ser, “Dejo el mundo y sigo a Cristo”.

En cuanto al postrer Adán, podemos decir que Él también se quebró en la mano del Alfarero. En el Calvario, en cumplimiento de los propósitos del Padre, aquella vida hermosa fue quebrada por un acto de violencia de parte de la criatura y por la justicia divina a la vez. “Se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres”, Isaías 52.14.

En Filipenses 2.6 al 8 vemos sus siete pasos hacia abajo:

à no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse

àse despojó a sí mismo

àtomando forma de siervo

àhecho semejante a los hombres

àse humilló a sí mismo

àhaciéndose obediente hasta la muerte

ày muerte de cruz

Desde allí, la cruz, el Alfarero le hizo “otra vasija, según le pareció mejor hacerla:”

àle exaltó hasta lo sumo

àle dio un nombre que es sobre todo nombre para que — se doble toda rodilla

à en los cielos

àen la tierra

àdebajo de la tierra

àtoda lengua confiese que es Señor

àpara gloria de Dios Padre.

En el Calvario, “toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho”, Lucas 23.48. Pero habrá otro “espectáculo”, y de éste leemos en Apocalipsis 5. La multitud será de millones y millones. Cristo, el Cordero inmolado, habrá sido resucitado y será ensalzado a lo sumo; en medio del trono de Dios, El será digno de recibir la plenitud de bendición, honra, gloria y poder para siempre, no sólo de los ángeles sino también de los “ancianos”, los representantes de la Iglesia.

La humilde vasija de barro de tierra habrá sido transformada en Rey de reyes y Señor de señores, llenando las alturas de la gloria celestial con la fragancia de su presencia y la memoria de su triunfo en la Cruz.

Israel

Dios en su gracia soberana escogió a Israel de entre todas las naciones del mundo. La promesa a Abraham, por ejemplo, fue: “Pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera”, Génesis 17.2. De un solo hijo, Isaac, Dios le prometió al patriarca hacer una nación tan numerosa como la arena del mar y las estrellas del cielo.

El libro del Éxodo empieza con el espectáculo triste de Israel como esclavos, como el polvo de la tierra en la estimación de Faraón. Ese pueblo tuvo que trabajar sin remuneración, y luego fue levantado otro rey todavía más cruel, quien quería matar a cada niño varón en Israel.

Así fue la situación con Israel cuando Dios descendió del cielo para ver su miseria y oír sus gemidos. Eran como barro en manos del gran Alfarero, y El empezó a obrar por Moisés y Aarón, quebrantando la resistencia de Faraón para sacar a su pueblo con triunfo y cargado con muchas riquezas que los egipcios les dieron para apurar su salida.

Ese pueblo pasó cuarenta años en el desierto, aprendiendo la lección importante que Dios vale para todo y ellos no valían para nada. Una vez en Canaán, les fue dada su herencia e Israel prosperó y se hizo grande. Pero sería cumplida la figura: El vaso que él hacía sería roto en la mano del alfarero.

Israel disfrutó de la gracia de Dios, pero le dio las espaldas, entregándose a la idolatría y las demás abominaciones de los paganos. La nación despreció los esfuerzos de Jeremías y otros siervos de Dios que querían conducirles al arrepentimiento. Por fin Dios tuvo que traer a Nabucodonosor con sus ejércitos, los cuales matarían a miles. Además, llevaron los tesoros a Babilonia, prendiendo fuego a la ciudad de Jerusalén, la cual quedaría en ruinas por setenta años. Efectivamente, “la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano”.

Luego hubo una restauración parcial por medio del ministerio de Esdras, Nehemías y otros fieles hombres de Dios, hasta aquel acontecimiento insigne del nacimiento de nuestro glorioso Salvador. “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho”, pero, “el mundo no le conoció”, Juan 1.10. Las gentes despreciaron todo su amor y las bendiciones que El trajo, y al final gritaron, “¡Crucifícale!”, y, “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Le escupieron en el rostro, le insultaron y le abofetearon. Hasta el día de hoy el pueblo judío en general le tiene por impostor.

Unos 36 años más tarde, el ejército romano bajo el mando de Tito sitió la ciudad. Tras largos y costosos esfuerzos, penetró en Jerusalén y efectuó una matanza terrible, sin respetar ni ancianos ni niños. Se llevó a cabo lo pedido: la sangre fue sobre los hijos de la generación anterior.

Pero los propósitos de Dios se cumplirán todavía más. El gran Alfarero hará otra vasija, y será una mejor. La palabra profética nos enseña que después de tres años y medio de la Gran Tribulación, habrá una nación nueva compuesta de judíos fieles que no habrán aceptado la marca de la bestia.

Muchos miles, mártires de la fe y fieles al Señor Jesucristo, serán resucitados para ocupar un puesto de honor y dignidad en el reinado de nuestro Señor que durará mil años sobre la tierra.

La Iglesia

¿No tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros ...? Romanos 9.22 al 24

La Iglesia de Dios estaba en sus pensamientos y propósitos desde antes de la fundación del mundo; El “nos escogió en él [Cristo] antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos”, Efesios 1.4. Nos amó cuando éramos extraños y enemigos de ánimo, y por medio de la redención nos ha hecho irreprensibles delante de él.

Así fue la Iglesia como barro en manos del Alfarero desde su inauguración el día de Pentecostés. Empezó con tres mil creyentes, dirigida por el Espíritu Santo, y creció hasta contar con cinco mil varones, con los esfuerzos de los apóstoles y los diáconos como Esteban y los evangelistas como Felipe. Había los que fueron hasta Antioquía, donde se formó la primera iglesia misionera y donde los creyentes fueron llamados por vez primera cristianos. Hasta aquí esta obra hermosa de Dios iba adelante.

Pero “la vasija de barro ... se echó a perder”.

Con Pérgamo, nombre que significa casado, empieza una época nueva; “Tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam ... también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas”, Apocalipsis 2.12 al 17. Es la Iglesia de Cristo casada con el mundo, resultado de que el emperador Constantino haya adoptado literalmente al cristianismo como la religión del Estado, con la mundanalidad que esto traía.

Luego aparece la Iglesia de Roma, apoyada por las potestades políticas, usurpando el poder religioso hasta gozar de monopolio y aplicando toda forma de tortura cruel para acabar con los cristianos fieles. Empiezan los llamados “siglos oscuros”, cuando la Biblia era prohibida terminantemente por los papas de Roma. La historia se vuelve triste.

Pero, “volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla”.

En el transcurso del tiempo Dios levantó a los grandes reformadores: Lutero, Zwingli, Wycliffe y muchos hombres de Dios y siervos del Señor Jesucristo. Su gran admiración por las Sagradas Escrituras les impulsó a traducirlas en los idiomas del vulgo, y la luz de la Palabra disipó las tinieblas de ignorancia espiritual.

Creemos que el cuadro profético de la carta a Filadelfia, Apocalipsis 3.7 al 13, tuvo su cumplimiento pleno hace 150 años, cuando en varios países el Espíritu Santo comenzó a obrar en individuos doctos en la Palabra y espirituales en su modo de ser.

Ellos fueron convencidos que debían volver a la sencillez del Nuevo Testamento y rechazar los nombres sectarios y el clericalismo. Se congregaban en grupos pequeños que tomaban sólo el nombre del Señor Jesucristo y celebraban cada primer día de la semana la Cena del Señor.

Cristo se presentará para sí una Iglesia sin arruga, santa y sin mancha. No habrá más barro; participaremos de la naturaleza celestial de nuestro Señor. En Apocalipsis 19, donde leemos de las Bodas del Cordero, dice que su esposa se ha preparado, vistiéndose de lino fino, limpio y resplandeciente, porque “el lino fino es las acciones justas de los santos”.

La Iglesia de Cristo ha fracasado muchas veces, pero “el fin del negocio es mejor que su principio”, y por eso no debemos descuidarnos. En vista de la pronta venida de Cristo al aire en busca de su esposa, cuánto ejercicio debemos tener, para entonces decir, “Amén; sí, ven, Señor Jesús”.

Supongamos unas bodas de alto rango donde la novia se presenta con una mancha fea en su costoso vestido. ¡Qué humillación para el novio! ¡Qué reacción de parte de los convidados! Acordémonos de aquellas bodas donde el hombre se metió en la cena sin haberse vestido para la ocasión. Fue una falta imperdonable, y el rey mandó a echarle en las tinieblas de afuera.

Dijo Juan: “Vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa, ataviada para su marido”, Apocalipsis 21.2. Que sea, pues, nuestro sentir el del himno que cantamos:

Haz lo que quieras de mí, Señor;
Tú el Alfarero, yo el barro soy.
Dócil y humilde anhelo ser;
cúmplase siempre en mí tu querer.

Santiago Saword

Viviendo por encima del promedio (19)

 El recolector de basura judío


En los días en que las personas guardaban diarios, trapos y metales, ocasionalmente escuchaban a un recolector de basura, por la calle, quien gritaba para hacer que su presen­cia fuera fácilmente identificable.

Un día, H. A. Ironside escuchó ese llamado familiar, se apresuró hasta la entrada de su casa y le dijo al hombre que le acompañara al sótano. Este particular recolector de basu­ra era judío, un pueblo por el cual Ironside tenía gran apre­cio, ya que su Salvador también era judío.

En el sótano había un montón de periódicos, y una pila bastante grande de tubos y otros metales.

Ironside decidió entablar un amistosa ida y vuelta de re­gateos, intentando conseguir la mayor cantidad de dinero posible. No que realmente le importara. Lo importante era sacar la basura del sótano.

Por consiguiente, exaltó el gran valor de su tesoro de cosas juntadas. Pero el recolector estaba en su salsa, por lo tanto, jugó el juego magníficamente y ganó. Le en­tregó una pequeña suma a Ironside, y comenzó a car­gar su botín.

Cuando se estaba yendo con su último montón, el Dr. Ironside lo llamó de vuelta, colocó algo de dinero en su mano y le dijo: “Aquí. Quiero darte esto en el nombre de Jesús.”

El hombre de la basura quedó asombrado por un mo­mento. Luego se fue caminando y murmurando: “Nunca al­guien me dio algo en el nombre de Jesús.”

¿No es ese acto de amabilidad del Dr. Ironside algo co­mo lo que el Señor Jesús habría hecho?

¿Es la oración una característica de la verdadera vida cristiana?

 Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. (1 Tesalonicenses 5:17-18)


La oración: una característica de la verdadera vida cristiana La oración es una expresión natural de nuestra nueva naturaleza, una de las funciones más normales del Espíritu que mora en nosotros, y es un acompañamiento vital de nuestra salvación. La oración es la expresión de dependencia en Dios de parte del cristiano y de nuestra debilidad humana que se aferra al Dios omnipotente. El poder, la gracia y el amor de Dios pueden intervenir para ayudarnos, y la oración sincera demuestra que somos conscientes de ello. En una palabra, la oración es dependencia de Dios, y la expresión natural de la nueva vida del cristiano.

Por lo tanto, el hábito de la oración debería ser una característica visible en todos los que afirmamos ser cristianos nacidos de nuevo. La oración ha sido comparada con la respiración de la vida espiritual. Cuando un niño nace, esperamos que respire de forma natural, y si no lo hace, sabemos que no hay vida en él. Del mismo modo, cuando alguien afirma haber nacido de nuevo en la familia de Dios, es natural esperar que respire el aire espiritual de la oración.

La oración es comunión con Dios. Cuando oramos, hablamos con él, y cuando leemos su Palabra, él nos habla a nosotros. Así es como obtenemos el alimento y la fortaleza que nuestra nueva naturaleza anhela. A lo largo de la Biblia y a lo largo de los siglos, la oración ha sido una característica distintiva del pueblo de Dios. Incluso el siervo más grande de Dios, el Señor Jesucristo, era esencialmente un Hombre de oración. Lo vemos orando en varias ocasiones en los Evangelios, a veces pasando toda la noche en oración y otras veces levantándose temprano para orar. ¡Si incluso él necesitaba orar con tanta frecuencia, cuánto más necesitamos hacerlo nosotros! Por lo tanto, debemos comprometernos a hacer de la oración un hábito característico en nuestras vidas.

R. K. Campbell

LEYENDO DIA A DIA 1 CORINTIOS (9)

 capítulo 9: El apostolado cuestionado


¿Algunos en la ciudad estaban cuestionando la autoridad apostólica de Pablo y de esta manera intentando socavar su obra? Esto debe ser considerado y resuelto aquí y ahora, ¿o de qué provecho será esta carta? Pablo trata el asunto de tres maneras.

• Establece los derechos de su vida y servicio, vv 1 al 15. Les hace recordar que no debería tener necesidad de certificar su apostolado, por cuanto ellos mismos eran el sello de su llamamiento, siendo fruto de su ministerio. Además, ¿era esencial haber visto al Señor para ser un apóstol? Le he visto, dice. ¡Él nunca se olvidó del camino a Damasco!

Así que, procede a defender su libertad apostólica. ¿Ellos dudan de sus derechos físicos, matrimoniales y laborales? vv 4 al 6. ¿Acaso los soldados no sirven por salario, los viñadores no comen del fruto y los pastores no viven de la grey? Y ahora procede a precedentes escriturarias, citando la ley del buey en la siega, el labrador y el sacerdote, vv 9 al 13. Entonces, ¿el que labora en la esfera espiritual no merece recompensa en lo material? ¿El Señor no lo ha autorizado? “Ordenó el Señor que los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio”, v. 14.

Pablo ha basado sus derechos sobre tres consideraciones: las normas de la vida, el testimonio de las Escrituras y la palabra del Señor mismo. Derechos tenía, pero los renunciaba por el bien del evangelio.

• Prosigue hablando de sus responsabilidades, vv 16 al 23. El evangelio era la carga de su vida, y tenía la responsabilidad de velar por su necesidad. Le había sido encomendada una mayordomía, y hacía todo por el bien del evangelio. Cumplía de balde. Aun cuando podría sostenerse por la evangelización, lo hace manufacturando tiendas. Su dedicación es a todos, buscando sólo su salvación.

• Luego afirma su decisión, vv 24 al 27. Esta determinación sacrifica sus derechos y sostiene su responsabilidad. En una carrera el atleta se concentra en la meta; en los juegos deportivos el participante piensa en la corona; cual boxeador en el ring, Pablo se conformará con el encomio del Señor. También así va a “correr”, sin hacer caso del desdén y de los adversarios imaginarios, disciplinándose y negándose a sí mismo acaso sea rechazado.

Él ocupa un cargo, respeta una confianza y cumple una comisión.

Lección: ¿Qué me cuestan mi obra y mi testimonio?