domingo, 23 de agosto de 2026

He aquí mi siervo (5)

 


Alfred E. Bouter, El Señor está cerca 

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto. Isaías 53:3


Este versículo forma parte de la futura confesión de Israel que comienza en el versículo 2. En esta confesión, reconocen la falta de reconocimiento y aprecio que el Mesías experimentó cuando vino. Los líderes de Israel influenciaron a la nación, lo cual llevó a su desprecio y rechazo, y luego a su crucifixión. A pesar de su resurrección y exaltación, su testimonio fue rechazado, y esto se repetirá en un futuro cercano cuando muchos de su pueblo acudan a un falso mesías. Jesús ya había predicho este rechazo final (véase Jn. 5:43). De hecho, él fue, es y será despreciado, rechazado y abandonado. ¡Ciertamente es el “Varón de dolores, experimentado en quebranto”!

Es difícil imaginar lo que significó para nuestro Señor, siendo él puro, justo y bueno, estar rodeado de toda clase de pecadores, rebeldes y blasfemos. Aunque Israel ha sufrido mucho, nada se compara con los sufrimientos que tuvo que soportar el Varón de dolores. Fue incomprendido desde su niñez y rechazado durante su ministerio en la tierra. Al final, fue maltratado injustamente cuando enfrentó los juicios injustos de los hombres, pero especialmente cuando fue clavado en la cruz. Padeció enormes sufrimientos a manos de los hombres. Sin embargo, su mayor sufrimiento fue durante las tres horas de tinieblas, cuando padeció el juicio de Dios por el pecado. Este sufrimiento fue algo indescriptible.

Jesús, al ponerse en el lugar del hombre y enfrentar la ira de Dios, sufrió penas insondables e irrepetibles. A lo largo de su vida, él experimentó sufrimientos físicos, mentales, emocionales y de muchas otras formas. Como el Gran Médico que sanaba a las personas, experimentó en su propia alma toda la miseria, enfermedad y aflicción que el pecado causaba en los demás. En la cruz, Jesús tomó sobre sí esos pecados, los reconoció uno por uno, los llevó en su propio cuerpo y los expió por completo. Como nuestro Sustituto, el Justo que sufrió por los injustos (1 P. 3:18), él resolvió de manera total el problema del pecado, satisfaciendo así a un Dios santo y justo.

Continuará

Nuestra suficiencia es Dios

 

Obediencia, reverencia, conciencia, diligencia

Estas cuatro huellas son marcas esenciales que deben mostrar todos los que son discípulos de Cristo. Son frutos ante Dios y ante los ojos de los hombres que han experimentado un nuevo nacimiento.

 


· La primera marca de uno que profesa una religión pura es la obediencia.

Pedro nos escribe con lujo de detalles los diferentes caracteres de la obediencia. Somos elegidos para obedecer. (1 Pedro 1:2) Por nuestra obediencia somos purificados. (1 Pedro 1:14) Por la obediencia a las leyes y a los gobernantes granjeamos alabanza a los que hacen bien. (1 Pedro 2:13,14) Hay la obediencia del empleado al patrón para tener buena conciencia delante de Dios. (1 Pedro 2:18,19) Hay la obediencia de la esposa a su marido en el Señor. (1 Pedro 3:6) Hay la obediencia a Cristo, de los ángeles, las autoridades y potestades en los cielos. (1 Pedro 3:22) Hay la perdición irremisible para los que no obedecen al evangelio de Dios. (1 Pedro 4:17) En fin, hay la obediencia de los jóvenes a los ancianos. (1 Pedro 5:5)

¡Qué ejemplo nos da el Señor! Toda su vida estaba sumiso a la voluntad de su Padre. “Yo hago siempre lo que le agrada” y su obediencia fue tan implícita que se hizo “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Juan 8:29, Filipenses 2:8) La porción del Señor, en la cual encuentra meollo, es la obediencia de su pueblo. “No se deleita en la fuerza del caballo, ni se complace en la agilidad del hombre. Se complace Jehová en los que le temen, y los que esperan en su misericordia”. (Salmo 147:10,11) ¡Cómo se enternece su corazón cuando hay la desobediencia deliberada! ¡“Oh, si me hubiera oído mi pueblo y si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos, y vuelto mi mano contra sus adversarios”. (Salmo 81:13,14)

· La segunda marca de uno que profesa una religión pura es la reverencia.

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse. Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios”. (Santiago 1:19,20) Si el hombre guarda silencio es oportunidad para Dios obrar. Si el hombre está en soberbia, Dios calla, pero obra conforme a su voluntad. “Mi santuario tendréis en reverencia. Yo Jehová.” Siglos después otro escribió: “La santidad conviene a tu casa”. (Levítico 19:30, Salmo 93:5)

Es necesario tener más celo en cuanto a nuestra conducta en la casa de Dios. Hay casos frecuentes cuando creyentes han tenido el pecado en embrión, por lo cual algunos hermanos que lo saben son escandalizados; con todo eso, el tal creyente llega al culto y es el primero en abrir el culto con himno, o se atreve a enseñar al pueblo del Señor. Otros han pecado con la esposa, y sin arreglo ninguno van al culto a tomar ejercicio. Es irreverente la hermana que habiéndose mochado el cabello vaya a la casa de Dios donde “los serafines cubren sus rostros y sus pies”. Es irreverente en la casa de Dios la ostentación y mundanalidad por medio de modas y adornos que le restan contemplación al Señor.

Salomón y Pablo coinciden respecto a la reverencia que se debe guardar en la casa de Dios: “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie, y acércate más para oír que para dar el sacrificio de los necios, porque no saben que hacen mal”. “Para que, si tardo, sepas cómo debe conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. (Eclesiastés 5:1,2, 1 Timoteo 3:15)

La sincera reverencia es la expresión de un corazón agradecido por la condescendencia del Dios infinito en habitar con los hombres; y a esto se une el cúmulo de sus beneficios con que nos colma cada día.

· La tercera marca del que profesa una religión pura es la buena conciencia.

“Desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas”. (Santiago 1:21) La mala conciencia forma su juicio de sí mismo, y no admite el discernimiento de la palabra de Dios; da pábulo a la crítica, murmura de los predicadores. Tiene un ojo impúdico, anda mirando en la congregación a quien echarle el gancho de los amores carnales.

El asunto que más afecta a hipócritas es hablar de la conciencia; ellos juzgan a los demás por su mismo proceder. Pablo dijo en el concilio: “Yo con buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy”. La palabra llegó hasta el mismo corazón del sumo sacerdote Ananías; herido su orgullo, “ordenó a los que estaban junto a él, golpeándose a Pablo en la boca”. (Hechos 23:1,2)

¿Cómo se puede ir a la casa de Dios a ofrecer sacrificio sin pedir perdón al hermano ofendido? La buena conciencia demanda perdón para los que nos ofenden (Marcos 11:25,26); limpieza en el ministerio que desempeñamos (2 Corintios 4:1,2); honradez en el manejo de los intereses del Señor (2 Corintios 6:20,21); testimonio a Cristo, de su muerte y su resurrección; respaldo a la palabra con la conducta (Hechos 24:15,16).

· La cuarta marca del que profesa una religión pura es la diligencia.

“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”. “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo”. (Santiago 1:22,27) Oído diligente, servicio diligente, andar diligente. En nosotros mismos hay un enemigo de la diligencia, y es nuestro hombre viejo. (Romanos 8:7) Si no somos activos para aguijonear la carne, perdemos el culto, o la mitad del culto. Si no nos sobreponemos mediante concentración e interés, perdemos la enseñanza y olvidamos las experiencias. Muchas vidas hay arruinadas por la negligencia; se han acostumbrado a no trabajar; se contentan con vivir en la miseria y habitar en una miseria: “El indolente ni aun asará lo que ha cazado; pero haber precioso del hombre es la diligencia”. (Proverbios 12:27)

La falta de diligencia afecta el amor, enferma el cuerpo, arruina los sentimientos y puede matar el alma. La diligencia es práctica y activa con hechos y oración. Empieza conmigo, con los míos, con mi casa, sigue con mis hermanos en el Señor, y sigue con mis prójimos hasta terminar en el amor fraternal: “Poniendo toda diligencia por esto mismo añadid a vuestra fe virtud”. “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado”. “Por tanto es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos”. (2 Pedro 1:5-7, 1 Timoteo 2:15, Hebreos 2:1)

 José Naranjo


Pastorear y apacentar

 



Pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes… tampoco como teniendo señorío sobre los que les han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño. 1 Pedro 5:2–3


Pastorear y apacentar (alimentar) son términos profundamente relacionados, lo que nos puede dar lecciones muy valiosas.

En primer lugar, no podemos alimen-tar a otros si nosotros mismos estamos desnutridos. Es crucial alimentarse adecuadamente con la Palabra de Dios para poder ayudar a los demás. A lo largo de la historia, el rebaño de Dios ha sufrido debido a pastores mal alimentados. Un buen pastor debe conocer primero los pastos para luego conducir a su rebaño a ellos. David se sentía feliz porque su Pastor lo hacía descansar en delicados pastos y junto a aguas de reposo.

En segundo lugar, pastorear también implica restaurar a las ovejas descarriadas, algo que es inherente en ellas. Como dijo Isaías: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” (Is. 53:6). Pedro escribió: “Vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas” (1 P. 2:25). Sin embargo, más conmovedoras son las propias palabras del Señor Jesús: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso” (Lc. 15:4–5).

En tercer lugar, pastorear demanda preocupación, compasión y compromiso. Requiere amor a las ovejas a pesar de su tendencia a desviarse del camino. David, siendo pastor, conocía bien a las ovejas, pero también se reconocía a sí mismo como una oveja en el rebaño de Dios, y por eso habló de su propio Pastor: “Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” (Sal. 23:3).

¡Aprendamos de las enseñanzas de nuestro Buen Pastor, quien dio su vida por las ovejas!

A. M. Behnam

Lecciones que aprendí en mi asamblea (6)

 

Adoración bajo la dirección del Espíritu Santo

 Peter Fleming


Costumbres denominacionales viejas

Casi todos nosotros habíamos asistido a la iglesia de nuestros padres desde la niñez. Uno tenía que “ir a la iglesia”, escuchar el sermón y “tomar el sacramento” al estilo del protestantismo tradicional. Cuando adultos, y aun convertidos al Señor, habíamos continuado por un tiempo en esa rutina. Allí un solo hombre hacía todo; nosotros éramos sólo oyentes, siguiendo los pasos del reverendo en toda la ceremonia. Todo había sido arreglado de antemano: el ministro o pastor había escogido los salmos e himnos para el canto; el coro los había ensayado; la lectura bíblica había sido seleccionada para armonizar con el sermón que ese hombre tenía en mente; las oraciones habían sido escritas previamente o seleccionadas del librito que existía para ese fin.

Si el ministro del día era salvo, posiblemente modificaría el tema según su modo de pensar, pero ni así habría ejercicio de corazón o alma entre la congregación muda en cuanto a qué deberían ellos ofrecer a Dios en alabanza. Cada cual seguía las indicaciones del hombre en el púlpito.

La evidencia de la ayuda del Espíritu

Pero ahora todo había cambiado. Ahora nos reuníamos para encontrar al Señor mismo y anunciar su muerte hasta que Él venga; 1 Corintios 11.26. Lo hacíamos conforme a su Palabra cada primer día de la semana según el ejemplo de los creyentes primitivos; Hechos 20.7. En esa reunión no había púlpito, ministro, ni arreglo previo. En el caso nuestro, fue literalmente en un aposento alto donde los creyentes formábamos un círculo para reunirnos con el Señor, confiando en su promesa de estar en medio de nosotros, los “dos o tres”, en un sentido distinto a como en cualquier otra reunión; Mateo 18.20.

Donde el pueblo suyo se reúne así en respuesta a su llamado, en su Nombre o hacia Él, hay una asamblea de Dios, hay un templo de Dios, 1 Corintios 3.16, una “morada de Dios en el Espíritu”, Efesios 2.22.

Entre los que nos reuníamos así aquella primera mañana, ninguno había experimentado antes la presencia de Dios como en aquella ocasión. Íbamos a la reunión ahora para adorar por el Espíritu de Dios, Filipenses 3.3, y no bajo la dirección de un semejante. Contamos con una verdadera sensación de ayuda de parte del Consolador, quien estaba allí para dirigir nuestros corazones hacia Cristo en adoración sencilla pero sagrada.

                Yo había estado en catedrales impresionantes, donde se contaba con todo lo deseable para satisfacer los sentidos. La música y todo lo que la naturaleza humana refinada puede producir para crear “un ambiente religioso”, pero había poco para conducir el corazón hacia Dios, a Cristo o al cielo. En aquel salón, en cambio, había un círculo quieto de almas regeneradas con corazones presentados por el Espíritu al Cristo de Dios, meditando en las virtudes de su Persona incomparable, en el valor de su sangre preciosa, y en las consecuencias de su muerte sacrificial y expiatoria. Allí los corazones ardían al estilo de Lucas 24.32 mientras el Señor se revelaba a cada uno. Esta sí era comunión como las Escrituras la presenta, y no la “comunión” de la cual habíamos oído hablar antes en el sentido de la mera afiliación a una organización eclesiástica.

Había mucho que aprender, porque éramos como una gente recién emigrada a una tierra nueva, conociendo escasamente el clima y el paisaje inmediato. Con todo, nuestro olfato espiritual la discernía como “una tierra buena y ancha... tierra que fluye leche y miel”, Éxodo 3.8, con “toda bendición espiritual”, Efesios 1.3. Había un flujo libre y amplio de adoración a Dios, y la unción del Espíritu en el pueblo de Dios fue grata, tanto en su libertad como en su unidad. “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”, 2 Corintios 3.17. De exposición en la cena había poco; sólo una lectura corta, tal vez relacionando una porción de las Escrituras con otra para presentar a Cristo a nuestras almas.

“Pausas” causadas por el Espíritu

Había cortos lapsos de silencio, y esto preocupaba a los que no habían conocido antes una reunión de creyentes guiados por el Espíritu Santo. Ellos temían que se había perdido el rumbo o gastado toda la energía. Pero estas pausas eran gratas para la mayoría y a veces uno sentía cierto temor de interrumpirlas. Éste es siempre el efecto cuando el silencio reverente es consecuencia de la dirección del Santo Espíritu de Dios.

La meditación silenciosa sirve para llevar el alma a un contacto más íntimo con Dios y a la feliz realización de la comunión con Cristo. No es “tiempo perdido”, como han afirmado algunos que no entienden esto, sino la cumbre de las Montañas Deleitosas, por usar la figura empleada por Juan Bunyan en su inmortal Progreso del Peregrino; de allí el alma obtiene la mejor vista de la ciudad celestial.

Hay pausas y silencios que son producto de la pobreza espiritual, pero el alma en comunión con Dios sabe distinguir entre éstos y los momentos de silencio que hemos comentado. El creyente ejercitado no interrumpe la meditación grata y silenciosa del pueblo del Señor en la Cena sólo para “mantener el ritmo” o aparentar una adoración que no existe.

El tal ni se atrevería a terminar una pausa producto de la pobreza del alma, si es sólo “para decir algo” o romper la monotonía. Él buscará de Dios su gracia restauradora y el ministerio renovador del Espíritu Santo, para poder decir de nuevo con el salmista: “Se enardeció mi corazón dentro de mí; en mi meditación se encendió el fuego, y así proferí con mi lengua”, 39.3. La adoración unida de una asamblea dirigida por el Espíritu de Dios es aquella que está descrita en 1 Corintios 14. Su carácter interior se revela en Hebreos 10.19-22, donde leemos de la libertad para entrar en el Lugar Santísimo. Es en la adoración, como en ninguna otra actividad, que se revela el “pulso” espiritual de una asamblea. En la predicación del evangelio y en otras funciones de una asamblea, puede haber una buena apariencia aun sin el verdadero poder; pero en la cena del Señor es muy difícil aparentar una espiritualidad donde no la hay. De ahí, hermanos, la gran necesidad de parte de todos los que se congregan “conforme está escrito” con miras a adorar en espíritu y en verdad, de presentarse ante Dios con vida limpia y alma restaurada. Es así, y sólo así, que podemos responder cual arpa bien afinada al toque del Espíritu Santo cuando Él desea emplearlo a uno para conducir a la congregación en cualquier aspecto de la vida de una asamblea.

La visita más estupenda de los siglos

 

Cinco viudas en Lucas


1. Ana, la anciana, Lucas 2.36 al 38

Es un ejemplo de la devoción.

No obstante, su vejez (cien años y pico de edad), ella era constante en su asistencia al templo. En Hebreos 10.25 hallamos la exhortación: “No dejando nuestra congregación, como algunos tienen por costumbre”. Hay algunos cuyo amor por el Señor se ha enfriado tanto que ya merecen el apodo de dominicales. Cualquier pretexto o excusa les basta para ausentarse de las reuniones. En cambio, damos gracias a Dios por los hermanos ancianos, y en especial las viudas, que se esfuerzan por no perder un culto.

Ana se dedicaba a la oración, que es un ministerio importante en estos tiempos peligrosos. No hace mucho visitamos a un anciano predicador que ora diariamente por centenares de personas, por nombre. Además, Ana no se cansaba de hablar de su Señor, y ella poseía un conocimiento inteligente de la Palabra de Dios porque su esperanza era el advenimiento del Redentor. No debemos estar esperando la muerte sino la venida de nuestro Señor.

2. La viuda de Sarepta, 4.26

Es un ejemplo de la obediencia de la fe.

El profeta Elías le mandó primeramente que trajera agua, de la cual había gran escasez, y ella obedeció. Luego pidió un bocado de pan. Ella necesitaba más fe para obedecer esta vez, pero Elías le animó con la Palabra de Dios, 1 Reyes 17.14. Ella no sabía nada de la Palabra como nosotros la tenemos; sin embargo, con fe obedeció y tuvo el honor de alimentar a aquel gran profeta por un año entero.

Ella probó la suficiencia de Dios en cuanto a sus necesidades. El permite las pruebas en nuestras vidas para que podamos practicar la obediencia de la fe y recibir alabanza cuando Jesucristo fuere manifestado; véase 1 Pedro 1.7.

3. La viuda de Naín, 7.11

Es un ejemplo de las grandes angustias de la vida además del amparo y la compasión de Cristo.

Leemos que una gran compañía y muchos discípulos iban con él, y que también había un buen número con la viuda. Con Cristo había una procesión de vida y con ella una procesión de muerte. Las dos se encontraron y, una vez dada la palabra a la viuda, “No llores”, nuestro Señor dijo, “Joven, a ti te digo, levántate”.

El resultado fue asombroso. El muerto se incorporó y comenzó a hablar. Así la procesión de muerte se cambió en una de vida. Para nuestras queridas hermanas viudas no habrá soledad ni vacío en el hogar si dejamos al Señor Jesucristo ocupar su debido lugar en el corazón. Él es el Amigo que ama en todo tiempo, y es más que un hermano, como lo expresa Proverbios 18.24.

4. La viuda que apeló al juez, 18.2 al 7

Es un ejemplo de la importunidad.

En su debilidad e insuficiencia ella no tuvo otro recurso que clamar al juez. El no quiso atenderla, pero ella porfiaba con insistencia, y por fin ganó el apoyo de la justicia. De esta manera nuestro Señor quiere enseñarnos la importancia de perseverar en la oración, “velando en ella con hacimientos de gracias”, Colosenses 4.2.

5. La pobre que dio dos blancas, 21.1 al 3

Es un ejemplo de la liberalidad.

Nuestro Señor se admiró más de esta ofrenda sin reserva que de las de los ricos. Esa mujer trabajó arduamente para ganar su diario y las dos monedas representaban lo que había recibido por la labor del día. Ella dio todo a Dios, pero es seguro que no fue a su casa para morir de hambre.

El Señor recompensa con aumento lo que le damos a él de todo corazón. Dice la Palabra: “El alma generosa será prosperada”, Proverbios 11.25.

Se cuenta de un predicador que, despidiendo la gente después de una reunión en Londres, recibió de una dama una moneda de oro. Dijo ella, “Don Fulano, aquí está la blanca de la viuda”. Contestó él, “Pero la viuda dio dos”. “Ah, es verdad”, exclamó ella, y le dio otra. “Pues, señora”, respondió el hombre, “dice que ella dio todo el sustento que tenía”. Allí terminó el asunto, pues la dama no estaba dispuesta a llegar a tal extremo. A veces nos alabamos por tanto que damos, pero el Señor puede ver lo que retenemos para nosotros mismos.

Santiago Saword


¿Qué es y qué simboliza la fiesta de Pentecostés?

 Introducción

“En el ciclo de las siete fiestas, Pentecostés ocupa el centro, el desenlace de las tres primeras” (G. André, Las siete fiestas de Jehová).

El término Pentecostés nos es conocido por lo que relata Hechos 2. Esta palabra corresponde a una transliteración del griego y se utiliza para indicar “el día cincuenta” o “quincuagésimo”. En hebreo se emplea la palabra Shavuot, que se traduce como “semanas”; de ahí que en varios pasajes se mencione como “fiesta de las semanas”, según el contexto (véase Levítico 23:15; Deuteronomio 16:9; Éxodo 23:16; 34:22).

Esta fiesta se celebraba exactamente cincuenta días después de la Pascua, el 6 de Siván, es decir, al inicio del tercer mes lunar, cuando comenzaba la recolección del trigo, entre finales de abril y principios de junio.

Deuteronomio 16:9–10 la llama “la fiesta de la cosecha del trigo”, indicando el cierre de la cosecha; y Éxodo 34:22 la denomina “las primicias de la cosecha del trigo”. Si entendemos correctamente estos dos puntos aparentemente yuxtapuestos, veremos que para Pentecostés ya se había recolectado suficiente trigo maduro, aunque no era el fin de la recolección. Por tanto, se presentaban las primicias en forma de panes hechos con trigo nuevo, como agradecimiento por la abundante producción de la tierra.

Como nota al margen, la tradición rabínica asocia esta fecha con la entrega de la Ley en el Sinaí a Moisés.

 

Rito

Como se celebra esta fiesta se encuentra en Levítico 23:15–21, donde se detalla el ritual de agradecimiento que debía realizar el sacerdote.

Se presentaban dos panes como ofrenda mecida con grano nuevo. Estos tenían la particularidad de estar hechos “de dos décimas de efa de flor de harina (equivalente a 2 gómer o 4,8 kilos), cocidos con levadura, como primicias para Jehová”. Es importante notar que este es el único caso en que se presenta una ofrenda con levadura.

Con esta ofrenda se ofrecían “siete corderos de un año, sin defecto, un becerro de la vacada y dos carneros”, para “holocausto a Jehová”, acompañados “con su ofrenda y sus libaciones, ofrenda encendida de olor grato para Jehová”. Además, se debía ofrecer un macho cabrío por expiación y dos corderos de un año en sacrificio de ofrenda de paz. El sacerdote los presentaba como ofrenda mecida “delante de Jehová”, junto con el pan de las primicias y los dos corderos. Estas ofrendas eran cosa sagrada para Jehová y pertenecían al sacerdote.

Después se convocaba ese mismo día “santa convocación”, y nadie debía realizar “trabajo de siervos”. Era una ordenanza o “estatuto perpetuo dondequiera que habitéis por vuestras generaciones”.

 

Profecía


La llegada del Espíritu Santo en Pentecostés marca un antes y un después en el plan divino para la salvación. Se establece el punto de inflexión donde la Ley queda atrás como algo insuficiente para alcanzarla (cf. Hebreos 8:13). Ningún hombre puede afirmar que ha cumplido perfectamente los diez mandamientos, excepto el Señor Jesucristo (Mateo 5:17).

El judío, sabiendo que nadie podía cumplirlos, añadió más reglas, creyendo que así tendría mayor mérito ante Dios (cf. Marcos 15:1–20). Pero para Dios tiene más valor un corazón quebrantado que el corazón orgulloso y altivo de un religioso que cree estar haciendo lo correcto sin reflexionar sobre su error. La parábola del fariseo y el publicano ilustra esto claramente: el publicano, con su corazón completamente quebrantado, es quien sale “justificado” (cf. Lucas 18:9–14); el fariseo, en cambio, sale tal como entró: vacío.

Al leer con atención Levítico 23 y los otros pasajes, podemos observar las siguientes características que llaman nuestra atención:

 

1. Periodo de cincuenta días

El camino hacia esta fiesta incluye otras celebraciones: la Pascua, los Panes sin Levadura y las Primicias. Cada una tipifica el proceso que el Señor atravesó para lograr nuestra redención: su muerte, sepultura y resurrección.

Después de su resurrección, el Señor capacitó a los suyos durante cuarenta días: “…a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios” (Hechos 1:3). Los diez días restantes hasta la fiesta debían permanecer en Jerusalén.

2. “Las primicias de la cosecha de trigo”

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos” (Hechos 2:1). Estos perseveraban “unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hechos 1:14). Las primicias eran esos 120 creyentes que estaban unánimes orando (Hechos 1:15). Fueron ellos las primicias de este “trigo nuevo espiritual”.

3. Dos panes con levadura de harina nueva

En los sacrificios, son escasas las ocasiones en que se presenta una ofrenda de tortas o panes con levadura (Levítico 2:11; 7:12; 8:26; Números 6:15). En las fiestas anteriores estaba prohibido el uso de levadura, como en la Pascua, los Panes sin Levadura y las Primicias.

En esta ocasión sí se permitía ofrecer pan leudado hecho con harina de trigo nuevo. El Espíritu Santo nos enseña que estos 120 creyentes, “las primicias del trigo nuevo”, son presentados a Dios como panes leudados. Ellos representan el inicio de un nuevo tiempo: la venida del Espíritu Santo sobre cada uno. En este acto se marca la diferencia con el Antiguo Pacto, donde el Espíritu venía sobre las personas, pero no moraba en ellas. Ahora, en esta “nueva generación de creyentes”, el Espíritu Santo habita en ellos y los llena.

Los dos panes nos hablan de condición humana (levadura) revestida por el Espíritu Santo (harina). Siendo pecadores, tenemos el sello del Espírito Santo en nuestros corazones (Efesios 1:13-14; 4:30; 2 Corintios 1:21-22).

¿Por qué dos panes? Simbolizan a los creyentes que formarían la Iglesia: judíos y gentiles.

4. Holocausto a Jehová

El holocausto representa el sacrificio de olor fragante de nuestro Señor Jesucristo. En este contexto, simboliza la satisfacción de Dios con la Iglesia santificada por Cristo.

5. Los obreros

En toda faena de recolección de trigo se requieren obreros capacitados. Estos primeros creyentes fueron preparados por el mismo Señor Jesucristo y obtuvieron una “buena cosecha”: tres mil personas (Hechos 2:41), y luego cinco mil (Hechos 4:4). Capacitados por el Espíritu Santo, divulgaron el evangelio a samaritanos, gentiles y por todo lugar donde iban, dejando discípulos preparados para continuar la obra (2 Timoteo 2:24).

6. “Fiesta de la cosecha de trigo”

Esta expresión apunta a un tiempo futuro, cuando se complete la cosecha y el Señor llame a descansar. Entonces celebraremos con Él los frutos obtenidos.

Conclusión

Esta fiesta marca la inauguración de la Iglesia, representada por los dos panes con levadura: símbolo de una Iglesia aún imperfecta, pero santificada por el sacrificio de Cristo. Al mismo tiempo, nos proyecta hacia el futuro, cuando la cosecha termine y el “Señor de la tierra” recompense a sus obreros por el trabajo realizado.

Aunque no sabemos cuándo volverá el Señor por los suyos, esto no nos debe detener la recolección del “fruto”; el evangelio debe llegar a todos los hogares, pues en ellos puede haber “pueblo de Dios”.

Paráfrasis del relato italiano sobre la Villa Areconati que no enseña a no desanimarse:

El jardinero contratado por el dueño de una gran casa lleva décadas trabajando. Todos los días realiza su labor. Cuando un viajero le pregunta cuántas veces ha venido el dueño, responde: “unas pocas veces”. El viajero le dice: “Usted tiene el jardín tan bien cuidado y tan hermoso como si su dueño fuera a venir mañana”. La respuesta del jardinero es clara y precisa: “El dueño podría venir hoy mismo, y todo debe estar listo.”                              S.K.R.

LEYENDO DIA A DIA 2 CORINTIOS (8)

por B.Osborne

 

capítulo 6 Afectos restringidos, asociaciones relajadas


¿Por qué eran los corintios tan negativos hacia Pablo? La respuesta es que su amor no era lo que debía ser, v. 12. Eran estrechos en su amor. El calor expande, y el calor del corazón de Pablo siempre ensancha el corazón de otro. A diferencia de los corintios, su boca estaba “abierta” y su corazón “ensanchado”. Era enteramente franco y sentía un amor cálido por ellos.

Esta afirmación es más maravillosa en sus labios, debido a que los corintios habían negado la veracidad de su ministerio — ¡y qué ministerio era! — vv 3 al 10. Le habían acusado de motivos ulteriores, se habían burlado de su estilo y ridiculizado su apariencia. ¡Y ante todo esto su corazón se ensanchó!

El apóstol no conocía el estrechamiento. Su corazón les abrigaba a todos ellos, pero no todo lo que tenían en el corazón. Su corazón era suficientemente amplio para que todos sus convertidos fuesen objetos de su afecto, pero ellos no siempre eran así para con él, v. 12. “Ensánchense”, les dice.

También debían cuidar sus relaciones interpersonales. Cuando Cristo no está ante el corazón, de una u otra manera el mundo se interpondrá. Uno no se da cuenta de las excusas que tapan las alianzas malsanas, y pronto el honor del Señor se queda comprometido.

Los vv. 14 al 18 prohíben todo nexo malo, por cuanto no podemos aceptar tanto el yugo del Señor, Mateo 11.29, como el del mundo que le rechazó y crucificó. El texto prohíbe todo tipo de unión en la cual el carácter del cristiano pierde algo de su integridad y rasgo distintivo. No podemos comprometernos por medio de una comunión con nada en el mundo que es ajeno a Dios.

Hay cosas en el mundo con las cuales el cristiano no se atreve asociarse, ni puede, y por esto el llamado a la separación en el v. 17. Con todo, su vida no es un renuncio estéril, ya que está separado del mundo con un propósito nada menos de el de disfrutar de comunión con Dios, quien nos recibe, nos ve con beneplácito. Nos regocijamos en ser hijos e hijas del Dios vivo.

                Las marcas de auténticos ministros de Cristo se destacan como consecuencia de esta separación. Sólo ellas pueden sostener las 28 características enunciadas en vv 4 al 10, ya que los servidores suyos tienen el propósito específico de no dar ocasión de tropiezo, v. 3.